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Campos encharcados, lavajos y pinares

17 marzo, 2018

Seguimos recorriendo los pinares y campos cercanos al río Adaja.

Esta vez salimos de Ataquines rumbo a San Pablo por un camino ancho paralelo a la vía del ferrocarril. Los campos rezumaban agua: cruzamos por uno de ellos para acercarnos a un lavajo surgido de manera espontánea gracias a las lluvias y a punto estuvimos de hundirnos con las bicis y todo, casi como si fueran arenas movedizas. Pero lo peor no fue esto: un ventarrón fortísimo nos daba de costado y, una y otra vez, intentaba tirarnos a la cuneta, y poco le faltó para conseguirlo. De todas formas, daba gusto contemplar el paisaje, con agua por todas partes después de un largo periodo de sequía, y con la sierra al fondo, blanca de nieve.

Lavajo renacido

San Pablo de la Moraleja

En San Pablo recalamos en el lugar donde aún se yerguen, obstinados, los restos de lo que fue el monasterio que dio origen a la localidad. No sabemos a qué se refiere el término Moraleja -¿a un moral, tal vez?- pero el de San Pablo está claro: al convento dedicado precisamente a la Conversión de San Pablo. El primer convento de Carmelitas Calzados se levantó aquí hacia 1315; las ruinas corresponden a otro que data de los siglos XVI y XVII, que duró hasta mediados del XIX en que fue desamortizado. Podemos ver todavía la portada, una espadaña, la nave del templo con paredes, parte de la torre con su escalera interior y parte de lo que fue otra nave, a juzgar por los restos de un ábside semicircular, todo en ladrillo con algunos zócalos de piedra. Nada queda del claustro, si bien se adivina donde se levantó.

Restos de San Pablo

Además, contaba con una capilla dedicada a la Virgen de la Soterraña ¿tal vez el inicio del convento?, con bodega y un molino sobre el Adaja, a legua y media. El conjunto, con las ruinas sobre humedales –hoy de un verde reluciente- y con las nubes de distintas tonalidades cambiando de forma a causa del viento, impresionaba.

Lavajos y pinares

Continuamos hacia el pinar pasando junto a otros humedales con sus charcos y por el lavajo de Sacaperal. Ya en el monte, un rebaño de ganado vacuno y caprino nos pasó por delante y los perros se acercaron a saludarnos. Más tarde, tres corzos también cruzaron nuestro camino unos metros por delante. Como el tiempo está inestable, nos van cayendo distintos chaparrones, pero el viento esta vez se porta y nos seca.

Humedal

Bajamos hasta el Adaja en el vado de Don Hierro y volvimos hacia arriba por el mismo camino. Finalmente, salimos del pinar a campos de labor. ¡Y allí estaba esperándonos de nuevo el vendaval! Así que, a luchar contra él. Llegamos a una laguna junto al ferrocarril que es donde nace la Agudilla; intentamos seguir por la lengua del humedal –hierba rala, tierra salinizada y dura, con charcos- hasta el apeadero de Palacios de Goda pero tuvimos que abandonarlo y nos hundimos de nuevo en tierra tan empapada. Al otro lado del apeadero, tras la vía, otro lavajo ha renacido. Menos mal que los tres kilómetros que nos separaban del pueblo estaban asfaltados. Eso sí, tardamos media hora, pues era muy esforzado avanzar en contra del viento.

En el pinar del Otero

En Palacios nos recibió una escultura moderna de un toro de lidia. Pero lo que más nos llamó la atención fue la ermita de la Virgen, por dos detalles: su advocación, de la Fonsgriega, o sea, de la fuente griega, y su portada, con generosas jambas y dintel en sillería de granito.

Los fantasmas de Honquilana

Honquilana

Al fondo se distingue y nos espera la puntiaguda torre de Ataquines, así que tomamos el camino de Santiago de Levante. No sdetenemos en Honquilana: hacía mucho tiempo que no estábamos en este olvidado lugar, que fue un pueblo, ahora es un montón de barro y mañana ya no se reconocerá ni existirá, y será un campo más de los muchos que se extienden entre Medina y Arévalo. Por si fuera poco, el cielo se oscureció por el oeste, delante del sol, y los montones de barro parecían retazos perdidos de supuestos fantasmas en pena. Menos mal que nos queda la fuente del Caño, con su frontal triangular y su sencilla pila en granito de una pieza, aunque no por mucho tiempo pues está siendo devorada por la maleza. Seguramente dio origen al pueblo y lleva su antiguo nombre: Fons Aquilana. A sus pies, una charca enfangada y, un poco más abajo, un lavajo en el centro de una pequeña pradera, suficiente para crear un entorno vivo, agradable y pastoril.

El lavajo de la fuente bajo la lluvia

Los ataquines

Con cierto espanto, vemos cómo la nube negra viene hasta nosotros: un airón revuelto la anuncia y una inmensa cortina de lluvia se acerca casi de repente y nos envuelve. De manera que el agua helada, impelida por el viento huracanado, nos castiga duramente y llega a hacerse insoportable. Pero no hay mal que cien años dure y cuando llegamos a Ataquines, brilla de nuevo un sol que nos seca. Luce tanto en un ambiente tan limpio que los ataquines parecen de ayer, como recién esculpidos, ingenuos en un mundo viejo y tormentoso.

Los ataquines

El paseo termina junto a la iglesia, donde se han aprovechado como bancos losas de antiguas sepulturas. Es el tributo que viejos nobles pagan aquí a los traseros modernos, y sin quejarse. Aquí dejo el recorrido -casi 34 km- en en Wikiloc según Durius Aquae.

Por Tierra de Campos desde Las Liebres (Montealegre, Meneses, Palacios, Valdenebro)

26 abril, 2015
Primer roble de Las Liebres, entrando desde Valdenebro

Primer roble de Las Liebres, entrando desde Valdenebro

Antes de llegar al río Anguijón, cruzamos el monte de las Liebres, que ahora se está desperezando: la hierba parece que quiere verdear y los tímidos robles empiezan a echar yemas y brotes que son anuncio de su perezosa hoja, que ni se cae en otoño –lo hace en invierno- ni sale hasta casi el verano. Nos acordamos de que tenemos que volver por aquí una noche de invierno sin luna para intentar descubrir los seres que en este tenebroso monte podrían habitar. Nos sorprendió un pozo ganadero que no habíamos visto en otras ocasiones.

Después de cruzar un descampado, llegamos al despoblado de Fuenteungrillo, que fue una localidad relativamente populosa –llegó a tener dos parroquias- entre los siglos X y XIV. Luego se sumió en la noche del olvido, y tanto que algunos hemos llegado a comtemplar –hace unos 30 años- esta ruinas cubiertas de una pradera de yerba rala que durante muchos siglos fue descansadero del trashumante ganado merino. Ahora está excavado en parte, y visitable.

Camino de Fuenteungrillo

Camino de Fuenteungrillo

A continuación, nos sumergimos en el valle del río Anguijón, como ya hemos contado en la entrada anterior. Y salimos de él para encontrarnos a los pies del cerro donde se levanta el castillo de Montealegre. Por cierto, allí, en el centro mismo de un cercado de piedra que ahora está sembrado de cebada, podemos ver un pozo de noria de buena piedra caliza y mejor factura, con su puentecillo en medio y a unos metros del suelo, que servía para reparar más fácilmente el mecanismo elevador, del que no queda nada.

Y ahora, ¡a rodar por Tierra de Campos! Bien protegidas las espaldas (la retaguardia la protege el castillo) llegamos a Meneses. Aquí el Anguijón es una pobre zanja cubierta de maleza. Visitamos la ermita del Cristo, la placita del Ayuntamiento, la Iglesia –su torre parecía la de un castillo- y algunas casas que son verdaderos palacetes. Pueblo tranquilo. No hay mucha vida ciudadana en esta Tierra.

En Palacios de Campos

En Palacios de Campos

A rodar de nuevo, pasando por las lagunas de la Polea –seca- y, ya en Palacios, de los Árboles. Es un amplio y llano espacio desde el que resulta siempre visible Montealegre y su castillo. En Palacios entramos por las eras que disponen de casetas tradicionales de barro para conservar el grano. Y un chozo con un pozo anejo. Las eras también se han vestido de primavera y sus verde se anima con chirivitas y dientes de león. Otro capítulo a visitar fueron los palomares: naturalmente, casi todos están en un triste y franco proceso de derrumbe. No deja de ser curiosa la escalinata y los arbotantes –nada comunes en estas localidades- de la Iglesia.

Llegando a Valdenebro

Llegando a Valdenebro

Y ahora el último paseo hasta Valdenebro. Disfrutamos del sol poniente, de los campos luminosos y hasta coloreados, de las alamedas a medio vestir, de paderas, y de algunos árboles frutales todavía en flor. Nos esperaba, al final del camino, una fuente de piedra de buenas dimensiones –una de las muchas que posee la localidad- y los restos de una calzada que ha dado servicio durante siglos y siglos, hasta que llegó ese asfalto cuyos baches hay que reparar cada año para no volver –de repente- más allá de la edad Media.

Cerca de Montealegre

Cerca de Montealegre