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Los Tres Obispos

6 julio, 2020

Se cuenta en Cuevas de Provanco que cierto día los obispos de Valladolid, Segovia y Burgos se reunieron a comer en Cuevas y los tres estaban sentados en sus respectivas diócesis. Y ello porque existe un punto donde coinciden las tres. Lo mismo podríamos decir de los tres Alcaldes (Cuevas, Castrillo de Duero y Valdezate) o de las tres Comunidades de Villa y Tierra (Fuentidueña, Peñafiel y Haza). Pero lo cierto es que el paisaje no entiende de rayas administraciones (al revés a veces sí, ya que estas pueden seguir ríos y montañas) y hay que amojonar en pleno campo para saber en qué término municipal nos encontramos.

Subida al páramo desde el valle del Botijas

Sea como fuere, Cuevas sí entiende de leyendas pues además de los Tres Obispos tenemos la de la mora Penta, Valdezate sabe de pastores, como luego veremos, y Castrillo alardea de héroes y señores, a juzgar por sus palacios blasonados y porque es cuna de El Empecinado.

Como si tuviera un especial magnetismo, hemos vuelto a subir al páramo desierto de Corcos. Esta vez, atraídos por los extensos corrales que pueden contemplarse incluso a través de Google Maps. Una primera punta de páramo, la más cercana a Castrillo, ofrece grandes corrales de todas las formas: redondos, cuadrados, ovoides; también los había en la ladera por la que accedimos. Ahora luchan contra el olvido, sobre todo en los sitios que aún no se han roturado para tierra de cultivo. Nada más hay, salvo algún aprendiz de roble, soportando el sol de justicia de este verano recién estrenado. El paisaje, a estas alturas del año, es un tanto desolador. Sólo algunas flores de gallocresta, candelera y tomillo lo dulcifican.

Castrillo y, al fondo, Olmos

Pero en el cerral nos espera una grata sorpresa. Distinguimos el valle del Botijas con Castrillo perfectamente visible y, detrás, Olmos de Peñafiel, que hasta parecen estar juntos. También atisbamos buena parte de Nava de Roa, la sobresaliente iglesia de Valdezate y un montón de pueblos más. Y lo mejor: la inmensa hoya de Aranda, donde las aguas del Duero han destruido los páramos salvo, precisamente, por donde más aguas han circulado, desaguando todas, o sea, por el oeste. Tan amplio es el panorama que entre la Manvirgo y Roa vemos, muy al fondo, el vallejo de Valdongil y, a través del él, el mismo valle del Esgueva. Son casi 30 km en línea recta. Y todo en llano. ¡Ufff!

La capa de caliza se derrumban

Seguimos rodando por la paramera hasta que de pronto, como en una alucinación, distingo un rebaño de ovejas totalmente inmóvil, sesteando, con las cabezas invisibles. Por poco no lo veo a pesar de la cercanía. A unos cien metros, el perfil de un pastor sobre un pequeño montón de piedras, aprovechando la sombra de una escuálida mata de roble. Mutuamente nos sorprendemos de encontrar un humano por estos pagos desérticos y perdidos. Me habla de su duro trabajo –no hay más que verlo-, que es de Valdezate, que cuando empezó a pastorear había en el pueblo más de veinte rebaños y ahora quedan sólo dos, que está pensando en retirarse. Terminamos hablando del covid (¡gran tema!) y nos despedimos. Sigo rodando, ahora un tanto reconfortado, sabiendo que no estoy totalmente solo en el páramo.

El páramo se deshace en laderas…

Busco algunas fuentes señaladas en los mapas pero no encuentro ninguna. Desaparecieron, tal vez. Termino en las cercanías de Cuevas, contemplando viejos corrales y paseo por el pueblo, si es que se puede pasear por una localidad levantada prácticamente sobre un cortado, y no más bien escalar o dejarse caer. Sorprende el valle del Botijas, que aquí es un vergel, mientras que en Castrillo el color verde ya se había ausentado.

Volvemos a rodar por el páramo. Se produce el mismo efecto óptico que en la excursión anterior: ahora, con la sierra al fondo, parece que el páramo acaba en una gran vaguada. Hasta que, por las cañadas de Valdeperniegas y Valdezate, caemos en esta última localidad.

Perfil de Castrillo

Y ahora vamos a recorrer una especie de valle muy abierto, producto de la rotura de los páramos de Corcos y Peñafiel, a través del cual llegaremos a Castrillo. No es un vallejo al uso pues, además de muy abierto, contiene multitud de colinas, cerrillos, cabezos y oteros, abundantes cuestas que, en definitiva, lo hacen agradable a la vista pero cansado a las piernas que pedalean. De hecho, nos encaramamos a uno de estos mogotes en La Alberiza para poder acontemplar a gusto el panorama. Tampoco encontramos las fuentes que buscamos (de la Zapatera, de Tardevás) pero nos acompañan algunas alamedas, pinarillos y árboles frutales.

Una de las casas señoriales

En Castrillo nos paseamos por sus calles, contemplando sus fuentes y sus palacetes, que parecen competir en el porte y señorío de sus blasones. Merece la pena ver fachadas con tanta historia antes de que se caigan –algunas- por completo, si bien otras se encuentran felizmente restauradas. Al menos el espíritu de El Empecinado sigue entre sus callejas y rincones, pues el de otros héroes que fueron, como pastores, pronto desaparecerá del todo…

Aquí podéis ver la ruta seguida.

Páramo de Corcos

29 junio, 2020

Se trata de un páramo calcáreo entre las provincias de Burgos y Segovia, a menos de 3 km de Castrillo de Duero, éste ya en la provincia de Valladolid. No conozco su historia, pero sin duda está ligada a la de Haza, pues la mayor parte de su territorio pertenece a esta villa, siendo el resto de Valdezate, Fuentemolinos, Cuevas de Provanco y Valtiendas.

Torre de Corcos

Lo primero que nos encontramos al subir al páramo desde Valdezate a través de un vallejo recóndito y precioso con laderas de caliza descarnada es la torre de Corcos: ¿torre defensiva? ¿Restos del despoblado de Corcos? Tal vez las dos cosas: aquí pudo estar el único poblado de este extenso páramo –hoy desierto- y, a la vez, serviría de punto clave para dominar la extensísima llanura, pues de hecho aquí, sobre la ruina, se situado un vértice geodésico. Corcos bien podría depender de Haza, razón por la cual este municipio sigue administrando la infinita paramera.

Por este vallejo subimos al páramo

Y la verdad es que rodar por estos es retrotraerse casi a los tiempos en que el conde de Castilla Gonzalo Fernández, allá por el año 912 poblara Haza… que 400 años después era mencionada nada menos que en la Divina Comedia como patria de la madre de Santo Domingo de Guzmán, Juana de Haza. Y es que parece que nada hubiera cambiado desde aquellas épocas: labrantíos, corrales, muchos corrales y cañadas. Tan despoblado como entonces, bueno, mucho más ya que hoy nadie vive aquí; antaño, en torno a la torre y a algunas tenadas vivirían seguramente vigías y pastores tal vez sus familias.

Una primavera todavía visible

Un páramo infinito

¿Qué hemos visto? Una inmensa llanura. Pero con un paisaje distinto a las habituales de Valladolid. Si en esta provincia los páramos hacen horizonte con el cielo –salvo en días muy claros en los que se ve un lejano y bajo perfil de las montañas cantábricas o del Sistema Central- aquí, en Corcos, en dirección sur, hemos visto como telón de fondo nada lejano, pues hay continuidad, la Serrezuela de Pradales. Tiene poco más de 1.300 metros de altura, pero suficientes, por la cercanía, para que aparezca ante nuestros ojos como una buena montaña.

Por otra parte, aquí los caminos se dirigen, sobre todo, de este a oeste, y es difícil dar con uno norte-sur, como la cañada que finalmente nos ayudó a llegar a Aldehorno. Y también numerosos restos de tapias –o tal vez simplemente piedras retiradas de las tierras de labor- orientados igualmente de este a oeste. Por supuesto, nada de árboles, sólo campos de cereal, de secano en los que el trigo está todavía verde. Y, como ya hemos dicho, corrales, algunos muy grandes –así, el corral de la Priora-y bien preparados para atender con cierta estabilidad al ganado.

Abundan los restos de corralizas

Conforme avanzábamos hacia el sur vimos algunos viñedos, la mayoría ya fuera del término de Haza. Los viticultores han sabido aprovechar antiguas corralizas y tenadas como almacenes auxiliares para la viña, lo que ha evitado su ruina. Es el caso, por ejemplo, de las tenadas de los Charcos, ya en término de Moradillo de Roa, con sus grandes y profundos charcos que, por cierto, estaban secos.

La primera parte del páramo corrió por antiguos caminos infectados de maleza, caminando y tirando de la bici, hasta que cogimos uno de buena rodadura en dirección este. Luego, cambiamos de dirección casi 180 grados hasta llegar a los corrales de la Calera. Justo aquí tomamos lo que queda de un cordel de ganados que nos llevó hasta las tenadas de los Charcos. Se trata de un antiguo cordel o cañada que iba de Valdezate a Aldehorno (17 km) si bien hoy ha quedado reducido a unos 5 km.

En el corral de la Priora

¿Una inmensa vaguada?

Conforme avanzábamos hacia el sur o sureste, viendo al fondo la Serrezuela, vislumbrábamos como un inmenso y precioso valle entre nuestro páramo y la citada sierra. Además, rodábamos ligera pero claramente cuesta abajo. Una excursión de ensueño, con la montaña al fondo, como pocas veces. Bueno, pues al terminar la rodadura y mirar el mapa comprobamos nuestro error: desde la torre de Corcos hasta La Mata, justo antes de caer al arroyo de la Serrezuela, no habíamos hecho otra cosa que ascender, no mucho, pero pasamos de los 946 a los 1000 metros de altitud (!) ¿La razón? Seguramente, el viento a favor y la falda de la montaña nos habían engañado… O sea, Thea, diosa de la visión, y Eolo, del viento, se habían burlado de nosotros. Mejor, pues fueron unos kilómetros especialmente agradables.

No obstante, al llegar a la tenada de los Charcos, observamos que el suelo cambiaba a cantos rodados y arena, señal de que el páramo calcáreo había desaparecido cubierto tal vez por esta grava procedente de cierto aplanamiento de la montaña.

Tenada

Por el valle del Riaza

Y esta fue la excursión por la paramera. Resumo ahora lo más interesante del paseo por el arroyo de la Serrezuela o de la Veguilla y el valle del Riaza:

  • Nos impresionó la localidad de Aldehorno, típicamente serrana, perteneciente a Segovia.
  • Ya en Burgos, Moradillo de Roa posee un típico y cuidado barrio de bodegas, sobre el que se asienta la iglesia, de San Pedro, magnífico mirador sobre el valle
  • El manantial de Hontanguillas, en la Sequera de Haza y el de Fuentemolinos. Ambos dan a luz auténticos ríos.
  • La gruta –típicamente pastoril- de la Virgen de la Cueva, en Hontangas. Y, también en esta localidad, la arruinada ermita de San Mamés y la fábrica de harina.
  • Las escarpadas laderas de Haza.
  • El vado, ya perdido, en el Riaza de la cañada que va de Haza a Fuentemolinos.

Bodega en Moradillo

De Fuentemolinos saltamos a Valdezate por el páramo de Corcos otra vez. Fuimos bordeándolo y observando el valle del Duero, con la Manvirgo en medio. Al llegar a la meta visitamos el barrio de bodegas, el alto de la iglesia y el monumental crucero.

¡Excepcional excursión por tierras burgalesas y segovianas, limítrofes con Valladolid. Aquí podéis ver la ruta seguida, según Durius Aquae.

Vista de Haza

Inmensa cima

25 marzo, 2020

Llana e inmensa cima. Así es el páramo de los montes Torozos, en este caso por Villán de Tordesillas. Kilómetros y kilómetros de llanura. Desde Palencia a Tiedra y de Tordesillas a Medina de Rioseco. El camino que vemos aprovecha el trazado de una cañada. Cereal naciente a un lado y a otro, al fondo -a una y otra orilla de la cañada- majanos que recogen piedras seculares. La tierra es buena, ligera, rica, pero da demasiadas piedras a los campesinos; nunca se acaban. Una nube perdida en la bóveda azul del cielo. Rodar por aquí es como navegar entre el cielo y la tierra. 25 de marzo de 2007: 13 años nos separan.

La están peinando

10 febrero, 2020

O al menos eso parece en este campo de cereal, con la cebada verde y crecidita para la época del año en que estamos. Y es que cualquier paseo por el campo te da siempre alguna sorpresa. En este caso, el recorrido fue ya a última hora de la tarde, entre Aroyo de la Encomienda y Simancas, con algunos almendros en flor.

Así se veía -en este caso con el cereal comenzando a despuntar entre terrones- la fuente de la Puerca con el barco del Fraile al fondo. En primer plano, un corral con muro de piedra coronado por una tela metálica, para proteger el ganado de los lobos, junto al arroyo del Rodastillo. El sol, antes de ponerse, quiere sacar los mejores colores al paisaje. Y lo consigue.

Y aquí, rascando una nube y cumpliendo su cometido, el Picancielo, ahora cubierto de de pinos rastreros que protegen las laderas. La tarde se iba cubriendo de esas nubes que parecen gasas. Detrás, el ras de los Torozos ya no pica, sólo se extiende en una cima inabarcable. Como mucho, rasca.

Pocos minutos después, el sol se oculta permitiendo que la luna brille convirtiéndose en la reina del crepúsculo. Desde el páramo y sobre la ciudad, parece más cercana, y continuará ganando en brillo y esplendor, y a la vez, curiosamente- reduciendo su tamaño. De vuelta a casa, el paseo ha merecido la pena, como de costumbre. Tal vez la próxima luna llena sea el momento de lanzarse a una excursión nocturna. Veremos.

El balcón de Valcavado y vuelta por montes y panes

26 junio, 2019

(es continuación de la entrada anterior)

Ahora subimos lo bajado, alcanzamos la cañada del Monte con sus pequeñas praderas, pasamos junto al alto de la Vela (917 metros, punto más alto hasta el momento y seguramente de todo el recorrido) y alcanzamos la cañada del Henar, que tomamos para dirigirnos a Mambrilla de Castejón. Se agradece la cañada: llana, buen firme, campos de forraje todavía verdes, manchas de monte, grandes robles y encinas aislados en los campos de cultivo. Entramos en el valle por su cola y la bajada se acelera. Nos llama la atención una recia y relativamente construcción de piedra. De cerca se ve que está arruinada y tal vez pudo ser el arca de una fuente, pero ahora todo está seco, aunque al otro lado del camino hay una lagunita que surte de agua a una reguera. Más abajo está la fuente del Henar, con su lavadero, su pradera y sus troncos medio vivos de sauces venidos a menos…

Restos de un arca en la bajada a Mambrilla

Visitamos Mambrilla, que tiene varias fuentes tradicionales, un rollo jurisdiccional… y unas calles empinadas.

Pero aguantamos poco y por la carretera entre la Mambla y el pico de Santa María nos vamos a Valcavado de Roa: el pueblo está en las alturas. Más en concreto, en el cerral. Como hemos subido por la carretera, nosotros y nuestras burras no hemos sufrido mucho. Además, teníamos a un lado la bonita estampa de las bodegas asomando bajo grandes robles. Y nos esperaban arriba dos generosos caños de una fuente. A su lado, una imagen de la Virgen de buen tamaño preside la plaza.

Desde el balcón

Seguimos hasta un mirador del pueblo, que denominan el Balcón de la Ribera, y desde luego que nombre está bien puesto, pues domina toda la inmensa hoya de Roa y mucho más. En un canto del pueblo se abre un pequeño jardín con una balconada y, a nuestros pies, la tierras en verdes -majuelos, pinares, campos de trigo- y amarillas por el cereal maduro. La Manvirgo se levanta sobre todo lo demás, pues no en vano posee en su cima la piedra del mismo páramo. Las demás elevaciones son montículos, motas, mamblas, colinas, de menor elevación. Entre las poblaciones, la que parece más grande es Roa. Aranda también se atisba, detrás. Y la línea de ribera del Duero. Al fondo, los páramos de Aza -se dibuja la silueta de la torre de la iglesia- o de Torresandino, donde se adivina la cercanía del Esgueva, que por milagro no se unió aquí con el Duero y que la suerte lo llevó al Pisuerga. Y ya como telón de fondo, las alturas de la sierra de la Demanda y de la cordillera Central ¡casi nada! En un cartel se sitúan todos los pueblos y accidentes más importantes para poder reconocerlos. En fin, entretenida clase de geografía práctica.

Bodegas en Valcavado

Dejamos Valcavado siguiendo el cerral y por un sendero con abundante maleza nos vamos hasta la fuente de Valdepinilla, que arroja su agua a una piscina de un azul deslumbrante. El paraje está oculto en un bosque de robles, en el nacimiento de un valle.

De nuevo en el páramo. Con el sol arriba. Todo luz. El cielo azul. Se agradece, al principio, la sombra de los robles, que luego desaparecen. En esta excursión hemos visto, solitarios o en pareja, unos ocho o nueve corzos. Ahora vemos un verdadero bambi, solitario y despistado en medio del camino. Al pasar a su altura corre diez metros para ocultarse en el cereal. ¿Donde estará su madre? El camino de San Martín nos va llevando hacia el sur; abundan los rodales de monte, seguramente porque antaño todo fue monte. Y también los sembrados de cereal, especialmente de trigo, pues son tierras suaves y amorosas, de pan llevar. A pesar de la sequía, por aquí no será muy mala la cosecha.

En el páramo

Avanzamos por la solitaria carretera de Valdearcos hasta la cañada de San Martín y bajamos al arroyo de Valdepila, donde se pierde el camino y cañada para recuperarlos en la subida. Por aquí ya estuvimos hace unos años, yendo a San Martín.

Finalmente nos acercamos al valle del Cuco, y se impone un baño en el pilón frío y limpio de la fuente de Barcervejo, gracias a los dos generosos caños que la llenan y renuevan continuamente.

Trigo (i) y cebada (d)

Bajada hasta las proximidades de Valdearcos y casi descansando, por la carretera, llegamos a Bocos. Todavía tenemos tiempo para ver algunas entradas a bodegas y graneros, admirar el molino con su balsa restaurados por fuera (no sé por dentro), admirar algunas casetas de huerta y beber agua no clorada en su fuente.

Barcorvillo y el páramo de Bocos

23 junio, 2019

La excursión de hoy va a discurrir por el páramo esculpido por el Duero –al este y sur- y el arroyo Madre –al oeste- del valle del Cuco. Administrativamente pertenece a las provincias de Valladolid y Burgos, y domina sobre la Ribera del Duero.

Salimos de Bocos. Empezamos bien: las estribaciones del pico Gurugú relucen al sol de la mañana y en los salientes calizos numerosos buitres se solazan esperando que el aire se caliente para volar cómodamente. Abajo, el Duero discurre tranquilo y con poco caudal, protegido por una tupida arboleda.

Peña Ahumada

Vamos por el camino, ahora lleno de maleza, que daba servicio al canal de Riaza. Con las nuevas infraestructuras de regadío ha quedado abandonado y a nadie se le ocurre utilizarlo, salvo a los ciclistas todo terreno. Sobre nosotros, los escarpes y laderas del Cantizal, con sus cárcavas salvajes, que son continuadas con pasarelas sobre el canal para que no anegue el cauce el barro de la escorrentía. Pasarelas inútiles ya; suponemos que con el paso de los años esta zona del canal acabará tapada. Además, la cuesta no tiene casi pinos ni vegetación que la sostenga.

Ladera de Barcorvillo

Y vemos algo que será la tónica en todas las laderas por las que vamos a cruzar: estuvieron aprovechadas, mediante bancales o terrazas sostenidos por albarradas de piedra caliza, para el cultivo. Se ven perfectamente los rastros de aquel modo de cultivar, hoy abandonado en nuestra región. Un poco más abajo, entre nosotros y el Duero, a casi cien metros de distancia, discurre una antigua calzada que ha llegado hasta nuestros días con diferentes nombres, uno de los más conocidos es el camino de los Aragoneses.

Llegamos a la peña Ahumada; dan ganas de escalarla a la vista de sus escarpes y derrumbaderos, pero seguimos hasta la entrada del Barcorvillo, en el que nos introducimos para subir al páramo. Pero no lo hacemos en directo por el camino actual, sino por el firme cubierto de hierba y matorral del antiguo. Vemos el arca de una fuente y otras zonas en las que tal vez hubo manantiales, pues abundan las junqueras. Contrastan las dos laderas de este barco: la del este –por la que vamos- llena de vegetación; la oeste, blanca y casi desértica, con viseras de caliza y alguna cueva superficial a la que nos acercamos.

En el páramo

Arriba el panorama cambia, pues los cultivos están amarillos o les falta poco para estarlo. O en barbecho. No obstante, nos asomamos al valle del Cuco donde abunda la vegetación para volver hacia atrás por el camino de los Pilones. El lino y las coronillas van desapareciendo, las amapolas están mustias; ahora domina la salvia, azul y aromática. Pasamos por algunas ruinas de antiguas casetas y corrales. Y junto a la raya de las provincias –o de Bocos y San Martin- nos asomamos al valle del Duero.

Páramo y valle

Nos paramos un momento para contemplar el paisaje. Y lo que vemos nos asombra. Un amplio valle de varios kilómetros de anchura, tal vez quince, que se cierra a nuestros pies, formando un paso o valle estrecho, casi un desfiladero, de un kilómetro de ancho aproximadamente. Enfrente, las intrincadas laderas del Salto de Caballo, que conocía bien el Empecinado por haber crecido en ellas; abajo, el Duero. Ya se ve que estos cerros sobre los que estamos han aguantado bien el empuje de las aguas del Duero y del Riaza, que han abierto un gran valle –luego lo veremos mejor- alrededor de Roa. ¡Qué formaciones modela el agua para belleza de la geología…!

Últimas amapolas

Nos vamos hacia el norte hasta enlazar con un camino que bordea el cerral y que nos permite seguir disfrutando del paisaje (del páramo y del valle) con asomadas como la del Bujerón, que en parte se aprovecha para cultivos a pesar de la sensación de inestabilidad que dan los campos, aquí inclinados. Pero no a nosotros, pues hasta el cerral tiene a veces una especie de pequeña tapia de piedra que parece protegernos de alguna posible caída…

Asomada

Comienzan los bacillares, seguimos rodando y… ¡el páramo se hunde! O sea, una inmensa hondonada de varios kilómetros de ancho y largo, a modo de suave e inmensa vaguada, de abre delante de nosotros. Abajo del todo -no se le ve- está San Martín de Rubiales. En el punto más bajo por el que cruzamos, una alameda y una fuente nos refrescan, que la temperatura comienza a subir en serio. El paraje se llama Las Fuentes y seguiremos en la próxima entrada.

Dejamos aquí el recorrido.