Posts Tagged ‘páramo’

Páramos angostos del Cerrato

16 enero, 2019

El paisaje del Cerrato es un canto a las formas y relieves, a los tonos y colores, a las encinas y robles austeros, a los pastores y sus rebaños, a la soledad de unas llanuras perfectas; a la vez, el Cerrato canta suavemente, como puede susurrar el viento cuando intenta mover las hojas de esas encinas centenarias y se roza con las formas pétreas que las aguas han labrado a lo largo de miles de años.

7-enero-019

La Mambla…

Y es que, en la primera parte de esta excursión, pudimos contemplar, en muy pocos kilómetros, diferentes formas de cerros: frente a Valoria de asoma el impresionante pico del Águila, con amplias rebabas de yeso blanco pintadas en sus viejas cárcavas trazadas por el agua en torrentera., a la ves que una estrecha faja blanca se dibuja a media ladera, como si fuera reciente crema pastelera. Y abajo, sobre la horizontalidad quieren salir arcillas amarillentas, sepultadas hace millones de años. Y eso que, en realidad no es un pico, sino una abrupta caída en busca del cauce del arroyo Madrazo.

y el Condutero

Continuamos, y nos metemos por un camino a media altura entre la Mambla y el Condutero. La primera -casi no hay que indicarlo- es un voluptuoso tetón. Pero como estamos en Castilla -que no otra cosa es el Cerrato- es gris, firme y austero. El Condutero, por su parte, nos ofrece su cara oeste, blanca y triangular, abundante en yesos. El camino, con tanta escultura ciclópea pero proporcionada, es precioso: enseguida cruzamos el Portillejo, que une las estribaciones de los dos cerros anteriores con el páramo de Cevico, hacia el que ascendemos lentamente por un camino apto para soñar despierto.

Ahora -segunda parte- todo es llano, aunque nos asomamos al valle del arroyo Madrazo por la Gargantada. Otra preciosidad. Pero nuestro objetivo no era nada de todo esto. Era -es- el páramo Angosto y su continuación, el de Abajo o de los Cariñuelos (tercera parte). El Angosto es una lengua estrecha que no llega a kilómetro y medio de largo por 200 metros en su parte más ancha. Se ha formado tras largos milenios -¿unos dos millones de años?- de trabajo de los arroyos Maderano y Madrazo. Uno por el norte y el otro por el sur, de modo que es una terraza privilegiada para contemplar dos de los más bellos valles del Cerrato. Y no digo más porque lo estropearía. Solo animo a subir allí.

Cristales de yeso

El páramo de los Cariñuelos -¿a quien se los harían?- es, diría yo, más salvaje y primigenio, con unos dos kilómetros de largo por 200 metros de ancho. Hay cultivos y monte, como en el anterior, al que está unido por las denominadas Motas. Vemos los mismos valles, además de la progresiva desaparición del propio páramo que nos sustenta en dirección a Castrillo de Onielo: una estrecha loma que por momentos parece convertirse en la cresta de un dragón. Abajo, Vertavillo, casi a un tiro de piedra, Alba -cercana igualmente- y Cevico de la Torre, además del ya mencionado Castrillo.

La cuarta y última parte de la excursión consistió en desandar lo andado -o rodado- a través del valle que baja de Alba a Valoria, que también tiene su aquél, sus laderas y sus cerros. Por supuesto, buenas laderas blancas cortadas casi a pico, las del este; que las del oeste son algo más suaves y oscuras.

Otro aspecto a resaltar es la abundancia de chozos y corrales pastoriles, lo que pone de manifiesto la importancia de la ganadería ovina en épocas lejanas. Pasamos cerca de los corrales y chozo de Pedro Mozo, en buen estado, en el término de Cevico; luego por los corrales y chozo de la Nave, que se mantiene en pie, en Alba. También en este término vimos los corrales del Páramo Angosto, en un precioso lugar, cuyos dos chozos puede decirse que ya han desaparecido.

En los Cariñuelos vimos un enorme chozo con un increíble corral semicircular que contiene dos corralizas, en mal estado todo el conjunto, y, en la ladera norte de este mismo páramo, otro curioso chozo con un corral circular dividido en dos originales mitades. No le queda mucho futuro. Ya de vuelta, cerca de las laderas de las Claras, de un blanco hasta brillante, en Población, vimos las ruinas de otro chozo de pastor junto a un camino que ni está señalado en los mapas y que lleva las Gargantada.

En fin, si a todo esto le añadimos manchas de monte, campos de cultivo agrestes por la abundancia de piedra, encinas y robles aislados, y un tiempo helador en un día de sol luminoso y con poco viento, diremos que la jornada anduvo cerca de la perfección.

Aquí dejamos el trayecto seguido. Aviso: la primera parte de la bajada de los Cariñuelos se hizo con la bici de la mano.

Anuncios

Lagunas de La Parrilla y de Santibáñez

20 julio, 2018

Esta vez se trataba de comprobar si tenían agua dos charcas o lagunas, la primera en el término de La Parrilla y la segunda en el de Santibáñez de Valcorba.

Como primera medida, subimos al páramo de La Parrilla desde Tudela siguiendo el camino de Valdecarros: las laderas hermoseaban con un verde del que se aprovechaban los toros bravos de Taru. Al llegar a la curva donde la subida se hace más fuerte, pudimos comprobar que el agua caída en los últimos meses había provocado unas roderas –por llamarlas de alguna manera- de más de medio metro de profundidad, o sea, verdaderas zanjas. Por tanto, el camino estaba impracticable. Pero no importa, las ganas de subir eran más grandes todavía que los socavones.

Hacia Valdecarros

Ya arriba, nos asomamos al territorio del caserío de Tovilla: hasta parecía más grande ese pequeño azud de color verdeazulado que se alimenta del manantial de la fuente de Arriba. Las flores: salvia, marrubio, margaritas, linos, gordolobos, amapolas… estaban en todo su esplendor, a pesar de haber entrado julio. O tal vez se deba a que mayo lluvioso y junio tormentoso, hacen un julio florido y hermoso

Una buena nueva: ¡han arreglado el chozo del corral del Quiñón! Se trata de un chozo de planta circular y cuerpo de cubo, cerrado con una caperuza ancha, en forma de cono. Está en el límite del monte, junto a tierras de labor. En su corral, junto a la tapia, surge una encina. Hermoso conjunto.

El Quiñón

Nos dirigimos hacia La Parrilla y, al llegar a la carretera, tomamos el camino de la Carbonerilla. Segunda sorpresa: los restos de la casa de Cosme Noriega. De la casa nada queda, por lo menos a simple vista, pero posee un enorme corral con tapias y esquinas de cantería, todo abandonado entre el pinar y los campos de cultivo. Y al llegar a este punto el camino que llevábamos desaparece asfixiado por la alta hierba. No nos atrevemos a seguirlo y giramos por el corral introduciéndonos en el pinar. A pesar de tratarse de un humilde monte, resulta que a veces se cierra con encinas y pinos enormes que nos protegen en un ambiente umbroso y de cierto frescor. Pero seguimos rodando hasta la siguiente sorpresa del día.

Los corrales de la casa de Cosme

Después de pasar junto a los restos de un viejo pozo -todavía con agua- oculto entre encinas jóvenes, casi de repente, tercera sorpresa: aparece una gran hoya rodeada de monte de encinas y pinos, en la que se ha plantado cereal en la zona cercana al perímetro, en cuyo punto más profundo y central vemos una laguna de forma redondeada, rodeada a su vez de hierba. Del agua surgen dos chopos, lo que tal vez quiera decir que el nivel está relativamente alto. También vemos hileras de piedras calizas con la base sumergida. Hoy día no es muy normal encontrase con estas charcas en los páramos; hasta hace poco abundaban las navas con sus lagunas, pero la mayoría han sido desecadas o, simplemente, la sequía o la captación de manantiales las impide mantenerse.

El monte Bayón al fondo

En fin, ha sido sorprendente el viaje hasta aquí por montes y caminos poco transitados y, además, el lugar descubierto ha merecido la pena sin ninguna duda.

Nos encaminamos hacia el este primero por un camino entre encinas hasta que se corta en otro camino que lo atraviesa. Al sur queda el monte Bayón y al norte espacios delimitados por hileras de encinas dedicados al cultivo del cereal y plantas forrajeras. Pero el paraje sigue siendo encantador. Uno tiene la sensación de que por aquí no hay más almas.

Un poco más y atravesamos el camino de Montemayor a Traspinedo y bajamos hacia Santibáñez.

1 julio 171

El manantial de los Garbanzos

Nos acercamos hasta el manantial de los Garbanzos -con cuyas aguas seguramente se preparaban buenos cocidos- y nos vamos directamente por la carretera de Sardón a ver qué queda de la laguna Sangusera. Pues ahí está, un tanto modificada. La han recuperado, aguas abajo de donde antes se encontraba y, un poco más hundida, han construido laderas de protección. No es la misma, ni tan natural como antes, pero más vale así que seca. Casi no se ve la lámina de agua que, por no tener profundidad, está cubierta de plantas.

Laguna Sangusera

Ahora nos vamos por una pista que atraviesa el pinar de la dehesa de Traspinedo hasta su cruce con el arroyo Valcorba, que seguimos hacia su desembocadura. Pasamos junto a un puente de esos tradicionales, en piedra caliza, sin pretiles, luego cruzamos el pinar del Zarzal hasta la zanja del Molino y, finalmente, llegamos a Puente Hinojo que tiene fuente. El resto del camino, atravesando por la Dehesa de Peñalba hasta conectar con la senda del Duero, ya es conocido. Por cierto, la senda está impracticable: ha sido invadida por la maleza y en bici no se puede circular.

Esquema del recorrido

 

El páramo sin (mucho) calor

27 junio, 2017

En plena ola de calor –además por la tarde- algunos nos atrevimos a dar una vuelta en bici. Las únicas armas fueron aprovisionarse de abundante agua y elegir un páramo, donde la brisa no falla y, por mucho calor que hiciera, siempre haría algún grado menos que en los valles. Punto de salida: Quintanilla de Arriba.

Tomamos una vía pecuaria hacia el oeste, entre el río y la carretera, hasta que conectamos con la cañada  de  Dardo, que sube hacia el páramo cruzando la vía de Ariza, donde crecen hasta los árboles pero se mantienen las señales de precaución en su mismo cruce. La subida, entre picachos, cárcavas y majuelos,  es fuerte y con el calor lo más sano es ascender caminando tranquilamente. Detrás, el paisaje todavía verde de la vega del Duero. La misma cañada todavía está verde e incluso florida: coronillas, salvia, candileras, marrubio, carrasquillas… ponen la nota de color al calor.

Subida desde el Duero. En primer término, corrales junto a la cañada

Arriba las cosas cambias y, efectivamente, la brisa hace que te olvides de los sudores. Desde los bordes del Confesionario vemos un hermoso paisaje del valle del Duero. Es un pico que se levanta no sólo sobre el valle, sino sobre el mismo páramo, que queda al sur con una perspectiva distinta, salpicado de robles y enmarcado por el fondo de la sierra segoviana. Esta es otra característica propia de estos llanos: se encuentran moteados de grandes robles y encinas, quedando el monte de carrascas para las laderas y algunos linderos.

Majuelo sobre una colina; al fondo, San Bernardo

Nos acercamos a las fuentes. En la de Valdemoros –que se encuentra en un entorno precioso con olmos y guindaleras- hay un zorro muerto, tal vez a causa del veneno que le hizo arder por dentro y, por ello, buscar el frescor de las aguas y en la de Ontanillas –con su solitario chopo- un verdadero enjambre de abejas se arremolina en torno al caño. ¡Menos mal que llevamos abundante agua!

Encinas

Después, a seguir rodando entre terrenos rasos o ligeramente ondulados del término de Manzanillo. Descubro un corzo al que puedo seguir con las vista durante casi un kilómetro de su recorrido. Bordeo pequeños pinares. Paso por zonas que se encharcan en otras épocas del año, llamadas las Navas, Navajuelas, el Charco (este todavía conserva carrizo seco). Y por fin, llega la hora de bajar cuando el sol quiere ponerse y, primero por vallejos perdidos entre cárcavas, cortados y peñas, y luego entre majuelos y almendreras con tapiales, llego a Quintanilla, donde la gente está en la calle esperando a la fresca que no acaba de llegar. Lógicamente, se nota que la temperatura es más elevada aquí que allá arriba, en el páramo, donde parece que se ha quedado la fresca.

La bajada

El pico del Tajón

17 agosto, 2016

Pico Tajon Villaco 2016

El Valle Esgueva se extiende, con curvas muy suaves, de este a oeste desde su nacimiento en las peñas de Cervera hasta Valladolid. Aunque la forma que predomina es la típica de artesa (fondo plano y laderas de media inclinación) sobre todo en su curso medio y final,  también se encuentra roto por los frecuentes vallejos que a él se dirigen. O por colinas y tesos, que es el caso que nos ocupa hoy.

Hileras de chopos en el Valle Esgueva

Hileras de chopos en el Valle Esgueva

Efectivamente, frente a Villaco vemos lo que denominan el Cueto, aprovechado para instalar algunas antenas de telefonía. Pero detrás tenemos el pico del Tajón, especie de colina que, arrancando desde el páramo quiere meterse en el valle y, hasta cierto punto, lo consigue. En el lado este tiene una caída más abrupta -¿de ahí lo de tajón?- poblada de monte de roble. Hacia el oeste, por el contrario, la ladera es suave y dedicada al cultivo de cereal. En el extremo de la lengua y en otros puntos alguien ha construido pequeños refugios de piedra del páramo para protegerse del viento y disfrutar apaciblemente del paisaje. Pueden verse Piña y Villanueva, y hasta la salida del Valle Esgueva. Por el oeste la visibilidad es menor, pero alcanzamos a distinguir, por encima del ras, el Otero de Encinas de Esgueva. Pero bueno, seguro que cualquiera que vaya de nuevas por allá descubre vistas interesantes…  Y es que el lugar merece la pena.

Desde el Tajón

Desde el Tajón

A poco que rodemos por este páramo llegaremos entre bosquecillos de roble hasta el arroyo de San Juan, ya en Palencia y perteneciente a Hérmedes de Cerrato. Nada más salir del Tajón, vemos unos grandes corrales con tres chozos ya destruidos. No lejos, veremos también la casa de Usinio, de barro, y su pozo; la Cabañona; los corrales –¡en uso!- de Miranda; los de Valdealar, los de Roblepolonia. Todos ellos son ruina de lo que fueron, cuando los pastores pasaban largas temporadas en montes de abundante pastos, relativamente lejos del pueblo donde vivían.

Sobre el lomo del Tajón

Sobre el lomo del Tajón

Los vallejos nacen aquí muy cerca del valle que no es el de su río o desembocadura. Eso hace que el páramo esté muy cuarteado, que los campos de cultivo aprovechen superficies que dibujan formas caprichosas y siempre diferentes. Las laderas suelen estar cubiertas de monte de roble que prolongan sus líneas adentrándose en la superficie del páramo. Abundan también las hoyadas y navas; hay por todas partes piedras y majanos. Así, este páramo es muy diferente a los que conocemos en el resto de la provincia. Pasear por sus campos y caminos tiene un atractivo especial.

Uno de los chozos del Tajón, con buena chimenea

Uno de los chozos del Tajón, con buena chimenea

Como estamos en verano, aprovechamos para recorrer algunos tramos  a campo traviesa, de manera que descubrimos un corral cuadrangular de muros altos –pocos hay de este estilo- en la Roza, o un campo de girasoles en un corral muy extenso, en Valdelali. Y así, entre corrales –también vemos los de Marimartín-, pequeños montes y cañadas, y llegamos a ver la famosa Mata Fombellida, delante de Hérmedes. Finalmente nos dejamos caer hacia Torre de Esgueva donde reponemos fuerzas en el prado de la fuente, vigilados de lejos por palomares en ruina y por chavales que juegan al badminton.

Arco de Santa Clara

Arco de Santa Clara

Como el paseo nos ha parecido poco, desde el arco de Santa Clara que denota la existencia de un viejo castillo, en Castroverde, subimos por la colada de la Piojosa hasta el Pocillo, de excelentes aguas y con bomba en funcionamiento. Allí dejo olvidado el bidón de la bici. Por el Val y a campo traviesa bajamos hasta Villaco, no sin detenernos en fuente Odre a repostar y en el Esgueva a pegarnos un buen baño. El agua está fría en contrasta con la temperatura exterior.

La Cabañona

La Cabañona

***

Lo menos agradable de esta excursión fue el calor, pues eran las tres de la tarde cuando rodábamos por el áspero páramo. Pero la brisa continua del noreste hizo el trayecto llevadero. Los campos estaban ya agostados. Una cosechadora, allá, al fondo, todavía trabajaba en medio de un remolino de polvo. Casi todo se vestía de un amarillo pajizo difuminado por la luz de un verano en el que no ha caído una triste tormenta que limpiara la atmósfera. Como compensación, el monte de un gris marrón suavizado de verde que pedía agua. Eso sí, olores fuertes a tomillo y espliego.

Fuente Odre

Fuente Odre

Primavera en la paramera

4 abril, 2016

Velilla 2016

Jueves Santo, día para estrenar la primavera. Hemos dado un paseo por los valles y páramos occidentales de Torozos: páramo de Velilla, valle de los Berceros, páramo del Monte, valle del Hornija. Esto facilita la contemplación de paisajes diferentes: raso, valles y vallejos, muelas y mamblas, y llanura de Villalar. Las piernas se resienten con las cuestas arriba pero se relajan cuesta abajo. ¿Qué más se puede pedir para una breve mañana de 35 km?

El Hornija

El Hornija

Y ya casi hemos comentado la excursión. Todavía podemos añadir que el firme de los caminos estaba en perfecto estado a pesar de las últimas lluvias y que el cereal aquí, en las alturas, no llegaba aun a la altura de un palmo. Pero lo que más nos impresionó fue ver el río Hornija en su ancho valle como pocas veces: con abundante y limpia agua corriente. Y es que estamos acostumbrados a todo lo contrario: hasta hace pocos meses era un cauce seco, sobre todo al salir del páramo, o bien tenía un hilillo de agua sucia. También contemplamos algas y ovas que ondeaban a la corriente cual banderas al viento. Y si a esto le unimos el precioso puente de Gallegos, pues está dicho todo. ¡Que dure así el año entero!

Dejando atrás Berceruelo

Dejando atrás Berceruelo

Pasamos por varios pueblos que parecían despoblados. En Berceruelo visitamos las ruinas de la iglesia románica y las bodegas junto a las eras. En Gallegos, el ábside de la iglesia parecía estar sujetado y elevado por los cipreses que le rodean. En Vega de Valdetronco nos refrescamos en la fuente, junto a la iglesia de original fachada. En Bercero, en fin, rodamos por sus calles que son una lección viva de arquitectura popular… Pero gente, poca.

Entre suaves laderas

Entre suaves laderas

También pasamos junto a la mambla de Vega, de donde antaño se extraía el Blanco España; en otra ocasión nos acercaremos a ver cómo están sus pequeñas canteras. Igualmente, nos quedamos con las ganas de asomarnos al valle de Bercero desde el pico de Fray Gaspar, y también lo dejamos para otra ocasión. La verdad es que el paisaje es siempre inagotable. No sólo porque es ancho y variado, casi inabarcable; también porque cambia con las estaciones del año, y hasta con el día y la noche. Menos mal que no se mueve y que aquí nos espera para otras excursiones…

Traseras en Bercero

Traseras en Bercero

Un páramo y dos valles desde La Cistérniga

30 noviembre, 2015

29 noviembre 007Esta mañana la gélida niebla inundaba nuestros valles. Palencia, Valladolid y Zamora estaban sumergidas en ella. Sin embargo, la semana pasada había sido luminosa como pocas, sin nieblas ni nubes.

Así que ayer, domingo, salimos a primera hora. El campo estaba escarchado y los charcos con hielo. A veces, los ciclistas nos ponemos un periódico bajo la chaqueta cuando hace frío y hay que afrontar una larga cuesta abajo. Pero esta vez para nosotros duró poco la helada, pues fue empezar a subir la Cuesta Larga desde La Cistérniga y entrar en calor. Como su nombre indica, esta cuesta es prolongada y -por tanto- relativamente suave, pues en dos kilómetros superamos un desnivel de 100 metros. El sol y las cuestas son los mejores abrigos.

Las Mamblas entre neblina

Las Mamblas entre neblina

Arriba nos presentamos en las Tres Rayas –La Cistérniga, Valladolid y Renedo- desde donde tenemos una magnífica visión del final del valle Esgueva, con Valladolid incluida. Pero es que continuamos rodando y nos vamos al otro valle, al del Duero, donde el panorama no es menos magnífico, con las desafiantes Mamblas que separan al Jaramiel del Duero. Aquí vemos a este río flanqueado por los últimos páramos, pues precisamente entre Herrera y Tudela se libera de ellos.

Rodamos durante unos pocos kilómetros por la cañada real Leonesa disfrutando del sol para tomar dirección Tudela entre el páramo de la Negra y el de los Robles. (Ni vemos a la Negra ni tan siquiera a uno sólo de aquellos robles). Es una cuesta complicada y muy inclinada al principio, pero luego con buen firme. Nos dejamos caer por donde antaño se levantó la localidad de Santa Cecilia, de la que no quedas restos.

De velta

De vuelta

Finalmente, el Canal del Duero –sus aguas no suelen estar transparentes, como lo están hoy- nos lleva hasta el cruce del camino de Herrera a La Cistérniga, y lo tomamos hacia el norte.

¡Sin alejarnos de Valladolid hemos dado un agradable paseo de casi 30 km!

El recorrido

El recorrido