Entre Tudela y Traspinedo por senderos

Muchos recorridos los conocemos muy bien, pero no cansan. Tienen un aquel que les hace adecuados en todo momento y, a la vez, distintos. Es el caso, por ejemplo del trayecto desde Tudela a Traspinedo por el páramo y, de vuelta, por la ribera del Duero.

Subimos por un antiguo firme perfectamente conocido, muy  suave y sin dejar de contemplar el amplio valle del Duero.   Ya arriba, bordeamos el cercado de Toros Taru y nos acercamos al vallejo de la dehesa de Tovilla, donde está la fuente de Arriba y álamos y chopos que rompen el bosque de encina y roble.

Después, el sendero nos lleva por el mismo cerral, si bien las vistas no abundan precisamente por la abundancia de arbolado, que las impide. El monte se alterna con sembrados y el sendero nos ofrece la posibilidad de ir por la ladera.

Finalmente, un camino ancho nos deja en las ruinas del humilladero de Traspinedo. Atravesamos el pueblo y luego, por el antiguo camino del apeadero, cruzamos la vía e Ariza y la carretera de Soria para acercarnos a la dehesa de Peñalba, tomar por unos metros el canal del Duero y conectar, finalmente, con el otro sendero, o– la senda del Duero.

Un poco más y estamos de vuelta en Tudela. Trayecto corto, intenso, interesante y hermoso. No se le puede pedir más. He aquí el recorrido, de unos 28 km.

El sol y la luna enrasan el páramo

Víspera de Santiago. El objetivo era contemplar, casi a la vez, la puesta del sol y la salida de la luna. Subimos al páramo Villabáñez-Villavaquerín-Olivares por la senda de Valdelosfrailes, que cuenta ya casi arriba con un agradable mirador sobre el valle del Duero.

 

Fuimos a dar al vértice geodésico de Los Altillos, precisamente por donde pasará dentro de nada la famosa autovía del Duero, cuyas obras rompen el páramo, que no el valle. El sol ya casi tocaba el suelo, pero antes se entretuvo en atravesar una línea de nubes cercanas al horizonte. El páramo, un plano raso sólo interrumpido en algún momento por hileras de buenos robles. Un tractor trabajando y levantando una inmensa polvareda que se posaba, quieta ante la falta de aire, en el suelo. Trigales sin cosechar aprovechaban los últimos rayos del astro rey. Todo se había serenado a esta hora como pasa asistir a este acontecimiento, a pesar de que todos los días se celebra… Nosotros también parados, absortos, disfrutando de la última luz a través de las ramas de uno de los robles.

Por fin el sol de puso y la temperatura bajó de repente, volviéndose más grata todavía. Los campos se volvieron oscuros, grises, mientras el cielo se iba apagando lentamente.

En estas, tomamos la cañada de la Sinova para asomarnos desde el cerral al valle del Jaramiel y luego pusimos rumbo hacia Olivares, sin llegar a bajar. Después, por el camino del Lote, volvimos hacia Los Altillos para tomar la carretera de Villabáñez y parar en el páramo de las Rozas.

 

Conforme avanzábamos hacia el sur nos llegaba la fría brisa del Duero que nos aconsejaba la manga larga. Si rodábamos en otra dirección, la manga corta se agradecía. ¡Cosas del páramo!

Y la segunda parte: la Señora Luna emerge, siguiendo fuerzas gravitatorias ancestrales, del horizonte este y se eleva poco a poco sobre la inmensa paramera de Castilla. Anaranjada y enorme al principio, va volviendo a su natural color y tamaño conforme sube. Entre ella y el horizonte oeste, Venus. Al poco, van naciendo todas las estrellas. ¡Ufff! ¡Hemos tenido suerte, los cielos estaban despejados!

Las obras de la autovía

No esperamos mucho más y volvemos a nuestras burras para caer sobre Villabáñez. Mientras la luna y sus estrellas iluminaban los cielos, las alegres luces de las cosechadoras iluminaban las tierras.

Antes de subir al páramo habíamos rodado por la senda de los Aragoneses hasta Peñalba de Duero para luego cruzar el río en Sardón y asomarnos al Jardín del Carretero y a lo que queda del molino de Santa Eugenia sobre el arroyo Valimón. Después, por la Granja, conectamos con Valdelosfrailes a través de majuelos de Matarromera.

Cerca de Peñalba

Mañana esta excursión será distinta: ruidos de autovía, pasos elevados, luces artificiales. Hemos pillado algo así como la última expiración de un páramo que se muere. Todo pasa.

 

Por la cañada merinera de Castrojeriz

El recorrido de hoy, nada menos que por una cañada real merinera, nos va a llevar desde el antiguo Priorato de la Quinta, en Valbuena de Pisuerga, hasta Castrojeriz. Como la inmensa mayoría de las cañadas reales al norte del Duero, sigue una clara dirección norte-sur.

Unía los puertos de la cordillera cantábrica con las dehesas de la Extremadura. Este -en otro tiempo- importante tramo, iba desde Castrojeriz hasta las mismas orillas del Arlanzón para cruzarlo luego por Quintana del Puente o bien cruzar el Pisuerga en Cordovilla la Real. Como veremos, el trazado casi se ha perdido. Ya no pasa ganado: ni rastro hemos visto de él, y la anchura se ha reducido desde las tradicionales noventa varas a la de un estrecho camino, salvo en el primer tramo que hemos recorrido y en parte de la zona poblada por aerogeneradores.

La subida por el monte

Hay que destacar que el tramo recorrido va siempre por el páramo. A ello estaban obligados los antiguos pastores para no toparse con los agricultores ni molestarlos. Y se ve claramente como rozan las vaguadas buscando agua o pastos húmedos, pero nunca llegan a bajar al valle. Por eso nosotros hemos podido hacer toda la primera parte del recorrido subiendo en Valbuena y bajando sólo al final, en Castrojeriz. O sea, rodando también por el páramo, manteniéndonos en él. Y eso tiene su encanto.

La cañada discurre entre campos de cereal sembrados también de molinos

En realidad hemos salido al encuentro de la Cañada en La Quinta, cuando ya lleva más de 7 km recorridos por la paramera. Desde allí hemos rodado por el monte del Caballo y la Encina Bonita, parajes todos donde se mezclan grandes encinas y robles con matas del mismo árbol sobre una alfombra de hierba y matorral todavía verdes y aromáticos, y sembrados de cereal. Un hermoso mosaico, la verdad. Destacamos también un chozo que forma una cúpula perfecta pero rota por una acacia que ha nacido justo en el lugar donde los pastores prendían el fuego.

Hasta aquí un camino normal con unas orillas de un metro o poco más. A partir de aquí entramos en el raso de los Quemados –o sea, que esto fue un monte como el que hemos dejado- que ha sido aprovechado al cien por cien para la agricultura y ahora también para plantar molinillos. El camino no es tan agradable y levantamos polvo. A cambio, posee buen firme, necesario para las máquinas que sirven a los molinos.

15 julio 051
Corrales cerca de la fuente de la Pedraja

Y… ¡qué curioso sistema de parcelación de la tierra! Son como largas y estrechas tiras de cultivo, de este a oeste, que vamos atravesando. El lado más largo tiene señalados sus límites por hileras de piedra que no llegan a formar una verdadera valla. Al menos el paisaje que resulta es más agradable y llamativo que esas grandes extensiones de cultivo de Tierra de Campos. Y recuerda las parcelas típicas del páramo de los Torozos, si bien éstas se encuentran limitadas por hileras de matas de roble.

Al tocar el inicio del valle de Valbonilla, la cañada hace un quiebro hacia el oeste para acercarse a la fuente de la Pedraja. Otra sorpresa: ¡qué chorrón de agua tan potente! Es como los dos de la fuente de San Pelayo juntos. ¡Aquí no hay sequía que valga! También vemos cierta extensión de prados; seguramente antaño había más. O sea, un pequeño oasis abierto en la austera llanura de Castilla. Siempre así.

Un páramo inabarcable que se come todo, hasta la cañada

La cañada continúa su dirección noreste. Ahora es un pequeño camino entre sembrados que se trasforma en una cinta de maleza entre las tierras cultivadas. Lo peor es que ya nadie pasa por aquí. Sólo dos locos en bici… ¿cómo vamos a conservar así nuestro patrimonio pastoril? Es imposible pero… ¡no dejaremos de cruzar!

El mapa señala corrales que ya no existen: del Mojón, de la Roza, de las Casillas… Todo así, todo cambiado, eliminado, a pesar de estar en pleno campo, en tierras despobladas y vaciadas.

Arrebatacapas

Atravesamos la carretera de Vallunquera, cuya torre de la iglesia se deja ver. Seguimos nuestro rumbo y vemos a lo lejos cómo se perfila en el horizonte el castillo de Castrojeriz ¡que  lo estamos pasando de largo! Pero no, al llegar a una carretera que cruzamos la cañada gira 90 grados hacia el oeste para enfilar Castrojeriz.  Hacemos dos kilómetros llanos, por el páramo, para asomarnos a los valles que se juntan en esa localidad. Al este, Villaquirán y el camino de Santiago; al oeste se abre el valle del río Odra.

Camino hacia Santiago

Y bajamos, bajamos hasta el collado de Arrebatacapas para rodear en ladera el cerro de San Cristol. Al fondo, se agranda Castrojeriz, que es largo como una cañada que abraza a un cerro…

¿Dónde nos deja nuestra cañada? Justo en la misma puerta del convento –gótico- de Santa Clara. Abrimos despacio la puerta y pasamos de la claridad del día a la penumbra de los cirios. Es jueves. Las monjas rezan al Santísimo Sacramento expuesto en la custodia y rodeado de velas. Sin duda a muchos pastores les pasó lo mismo que a nosotros. O algo similar.

* * *

Puente ¿o muro? de Bárcena sobre el Odra

El camino de vuelta fue más breve y rápido, y lo hicimos siguiendo el río Odra primero y luego el Pisuerga. Curioso Odra y curioso puente de Bárcena. Más que un puente parece un muro para atravesar una laguna o zona pantanosa. Supongo que el Odra, antiguamente, se extendía anchuroso e inundaba prados, y esa sería la razón del muro.

Después visitamos otro viejo puente –esta vez sobre el Pisuerga- para, finalmente, acercarnos a la presilla de Villalaco.

El recorrido -unos 58 km- puedes verlo aquí, y otra visión del mismo trayecto en este otro artículo.

Fuente a los pies de Santa María del Manzano (Castrojeriz)

Y de Astudillo a Villamediana pasando por Valdespina

Iniciamos la vuelta en la mota donde se levanta la ermita del Santísimo Cristo de Torre Marte, punto desde el que se aprecia perfectamente el inicio de esa extensa comarca llamada Tierra de Campos. Aquí se levantan las últimas colinas, estribaciones del páramo, y se abre la inmensa llanura terracampina. Todo el paisaje entre el amarillo y el verde, como si todavía no hubiera llegado el verano… Parece que los agricultores van a tener que esperar unas semanas para poder cosechar.

Desde Torre Marte

Desde la ermita de Torre Marte alcanzamos el camino de los Mosteleros (mostela es gavilla, o sea, de los gavilladores). Nos hicimos unos 10 km en línea recta o casi. Además, sacamos la vela y el viento nos empujaba dando pedales sin esfuerzo, no como a la ida. Estos campos fueron monte hace muchos años, así lo demuestran las corralizas junto a las que pasamos. Cansados de rectilinear, nos desviamos a Valdespina, localidad perdida en un vallejo. Descubrimos dos joyas ocultas, la iglesia de San Esteban –a la que se accede por una original calle que es una escalinata- y la ermita de la Virgen del Olmo, que mantiene al menos la portada románica; también conserva el tronco de lo que en otro tiempo fue el olmo. Por no hablar de sus calles, que –como en Astudillo- nos transportaron a otros tiempos.

En Valdespina

Desde la ermita y por el camino de San Pedro ascendimos de nuevo al páramo. Arriba nos encontramos un extenso monte que fuimos atravesando por el camino de la Muñeca Alta, con firme de tierra roja salpicada de la piedra caliza que por aquí aflora. Robles jóvenes, alguna encina, mucho verde por todas partes y alguna lengua de cereal. A lo largo del camino, en la linde, cada cien metros aproximadamente, unos trabajados mojones de piedra caliza con la leyenda grabada del Conde de las Amayuelas señalaban a las claras de quien es –o fue- este inmenso territorio. Se agradece una cosa así, que señala perfectamente pero deja libre el paso y casa con el paisaje (¿sabría de medio ambiente este conde?), no como otras posesiones modernas que te ponen una valla metálica que te impide cruzar, además de afear cualquier perspectiva. En fin.

Algunos mojones del conde de las Amayuelas

Poco a poco, como sin querer, fuimos dejando el camino para introducirnos en el ancho valle del arroyo del Prado del Heno a través de un sendero poco marcado, señal de que por aquí no hay tránsito en demasía. Pero fue uno de los mejores momentos de la excursión, sobre todo al cruzar el barco de las Ánimas, y eso que hubo muchos y buenos instantes. Al acabarse el monte salimos a una zona de sembrados –el camino o lo que fuera estaba muy enyerbado- y, finalmente, a la carretera que nos dejó en Villamediana.

En el barco de las Ánimas

Pero no acaba aquí la cosa. Villamediana nos seguía esperando, con sus bocas o yeseras en un cortado del páramo junto al que se asienta. Pudimos contemplar sus fuentes romanas, sus calles –en una de ellas, una galería volada a gran altura- con sus recovecos, sus casas típicas, con sus aleros y tejaroces sobre algunas puertas… La iglesia misma también es llamativa: en primer lugar por su dedicación a Santa Colomba, lo que induce a pensar que sus primeros pobladores fueron mozárabes; su porte catedralicio con rasgos góticos; su torre sobre la que se eleva una pequeña espadaña…

Cerca del prado del Heno

Pero algo que no se ve todos los días es una ermita como la dedicada a la Virgen de los Esclavos, conocida como La Esclavina. ¿Se le encomendaba la redención de los cautivos en tierra de moros? Y no sólo por su peculiar nombre, también porque se asienta sobre una puerta de la antigua muralla, pues muralla tuvo esta localidad antiguamente.

…y un detalle de una casa en Villamediana

Y nos quedamos con las ganas de saber de dónde viene lo de Villa Mediana

(El track puede verse en un enlace de la entrada anterior)

De Villamediana a Astudillo por el páramo

Cada vallejo del Cerrato esconde un viejo tesoro; cada sendero, una sorpresa; cada cerral, un mirador; cada ráfaga de aire, un aroma; cada sembrado, un color, y cada monte, un pequeño concierto…

Sí, tal vez me ha salido demasiado poético el inicio de esta entrada, pero intentaré mostrar que la última excursión ha sido realmente así. Fue la primera excursión de este verano recién estrenado aunque fuimos en manga larga durante la primera mitad del trayecto.

Trigos y encinas

El objetivo era llegar desde Villamediana hasta Astudillo, en el Cerrato palentino. En Astudillo ya estamos en los inicios de Tierra de Campos, pero no existe una raya clara y distinta para separar estas dos comarcas naturales. En la misma Villamediana subimos al páramo, y en Astudillo bajamos, lo que quiere decir que es un páramo extenso ya que seguimos (casi) en todo momento la línea recta. Así que nos hicimos unos 22 km por el páramo sólo a la ida. Al principio, la llanura era ondulada, con abundantes sembrados que se mezclaban con lenguas y rodales de monte. O al revés, que viene a ser lo mismo. Así que navegamos por un paisaje mixto: ganadero o forestal y agrícola. Con el viento en contra, eso sí.

Abundan los pozos con abrevadero

Además, los sembrados –de cebada y trigo en su mayoría- mantenían esas tonalidades que van del verde al amarillo, que ya contemplamos en la excursión anterior,  mantenidas gracias a la abundancia de lluvias y ausencia de fuerte calor. De hecho, al día siguiente empezó a cambiar el tiempo y a entrar de nuevo el calor en estas tierras.

El monte, por su parte, mantenía su alfombrado verde repleto de florecillas. Esta vez destacaban los ramos de margaritas y las cervellinas, pero también el lino azul y el blanco, jaboneras, ardiviejas, gordolobos y zumillos. No faltaron los aromas del tomillo y de la salvia. Se dejó ver alguna orquídea acampanada. Mayor variedad, imposible. En las lindes de los caminos cercanos al cereal se agrupaban –o alineaban- las amapolas. Predominaban las matas de roble y encina, pero había algunos viejos y corpulentos quejigos.

Corrales en la paramera

Por supuesto, el mohedal estaba muy activo. No sólo por los conejos, lagartos y culebras. También pudimos oír los incansables cantos de herrerillos, carboneros y otros pequeños pajarillos. En las alturas, destacaban algunos buitres.

Los campos ondulados desaparecieron para dar paso a un plano casi perfecto. Tanto a la ida como a la vuelta descubrimos chozos pastoriles con sus correspondientes corrales. Algunos estaban remozados y como en uso. Otros, arruinados. Pero no sé, aquí parece como si el tiempo hubiera permanecido parado, sin derruir las corralizas. Incluso pudimos ver que la tenada del Tendero había sido retejada no hace mucho. Dentro, su único habitante, un perro, nos olfateó y ladró. Pero la puerta estaba cerrada y faltaba Óscar entre nosotros, cuya sola presencia despierta los peores instintos caninos. Finalmente, nos topamos con un rebaño de aerogeneradores, pero los esquivamos por la izquierda para bajar a Astudillo.

Aquí hubo un roble

Pero las sorpresas continuaron en esta localidad. Nada más llegar paramos ante un palacio mudéjar. Yo diría que había visto algo muy parecido en Tordesillas, pero estábamos muy lejos del Duero… Pues resulta que este es también un convento de Clarisas y precisamente de aquí salieron las primeras monjas que iniciaron el recién fundado convento de Tordesillas; seguramente en los dos –fundados en tiempo de Pedro I, a fines del s. XIV- trabajaron los mismos alarifes, o de la misma escuela. En cualquier caso, ambos son una preciosidad.

Bajada hacia Astudillo (y hacia la Tierra de Campos)

Dimos un paseo por las calles de Astudillo viendo casas, soportales, pozos,  pero…   ¿estamos en la edad media o dónde nos encontramos?, nos acabamos preguntando. Otro punto llamativo fue el castillo, convertido en un peculiar barrio de bodegas, tanto el propio castillo como sus alrededores.

Aquí dejamos el trayecto seguido. La vuelta, en la entrada siguiente.

Entre Langayo y Oreja

No es necesario realizar largos recorridos para contemplar un paisaje diferente. Basta con visitar los alrededores de una localidad, o parte de ellos. Es el caso de la excursión que traemos hoy a esta página: un recorrido por la zona suroeste de Langayo.

No sabemos mucho de esta localidad -perdida en los páramos y vallejos próximos a Peñafiel- en comparación con lo que debió ser a lo largo de la historia. De entrada, su nombre es de origen prerromano, se encuentra situada en un promontorio dominando los valles de Oreja y la Peña y entra en la historia con la repoblación del Duero, acompañando a Peñafiel. Hay que proponérselo para acercarse hasta aquí, pues si antaño no estaba lejos de la histórica cañada de la Yunta que unía Cuéllar y Peñafiel, hoy queda al margen de cualquier carretera medianamente frecuentada. Pero su estampa y el lugar donde se levanta no pueden ser más hermosos. Un lugar adecuado para recordar que el mundo está bien hecho, ahora que se ha homenajeado a Jiménez Lozano en la Feria del Libro de Valladolid.

Entre el camino y el sembrado, cardos y amapolas

Los caminos que hemos recorrido no son anchas pistas de buen firme, sino caminos normales, estrechos, con roderas y abundante hierba y flores. Pero el firme no es malo. Únicamente sufrimos un poco en una zona en la que debía haber caído una tormenta el día anterior, pues las ruedas se llenaron de esa greda tan pegajosa y molesta para los ciclistas.

Chozo de pastor

El campo estaba en su punto álgido primaveral. Los sembrados, cada uno con su específica tonalidad según fuera un tipo u otro de cebada o trigo. Además, abundaban las plantas de guisantes para pienso y estaban naciendo los girasoles. En las laderas quedan terrenos dedicados -al menos históricamente- a pastos.

El día, por el contrario, no fue bueno. Fresco –se agradecía el cortavientos- con el sol ausente. Como estamos ya en junio se echaba  de menos.

Así que fuimos rodando caminos de manera simple: cuesta arriba, llano, cuesta abajo. Y vuelta a empezar. Así, hasta cinco subiditas. Pero la cosa estuvo muy bien, pues la variedad estaba asegurada.

Veamos las cinco.

Desde el Vallejo

1.- El Vallejo.-  Empezamos a subir prácticamente al salir de Langayo. Bonito camino con buen firme. Conforme nos alejábamos, ganaba perspectiva el valle sin perderla la torre de la iglesia de San Pedro. Subimos por una cabeza de páramo, dejando más al oeste otra en la que se observa un guardaviña dominando el valle entre almendros. Arriba la vista se agranda sobre los valles adyacentes y alcanza al páramo de la otra orilla del Duero.

Ya más remetidos en el páramo, nos esperan restos de corrales. Por este lugar cruzan veredas y coladas. Ya bajando, topamos con más corralizas, sobresaliendo un buen chozo de pastor recostado en la ladera.

Aquí tenía Isa su monte. Alguien se lo arrebató.

2.- El monte de Isa– Pues allá subimos, por otro camino con abundancia de hierba y bien floreado, que es la estación. Donde comenzamos la subida fuerte vemos los cimientos de una antigua casa -¿la de Isa?- y, muy cerca, una corza se aleja con su cría. Rodamos unos metros por el páramo pero el camino desapareció: menos mal que quedaban dos roderas –de algún tractor- en el trigal. Las aprovechamos y salimos al cerral sobre el arroyo de la Peña. Otra espléndida vista. En las laderas, todavía queda algún bosquete de matas de roble. Bajamos por otro camino poco transitado, que son los que más encanto tienen.

Panorámica del arroyo de la Peña

3.- La Cañada. De nuevo al páramo. Por la cañada, según el mapa. Pero ya no existe. Arriba, entre los sembrados, se levantan algunos robles de buen porte. Alguien se olvidó de talarlos y nosotros se lo agradecemos. Y por otro cabezo de páramo, siguiendo un camino un tanto aéreo, nos presentamos en el largo valle que modela el arroyo de Oreja.

Aspecto de Conejeras

4.- Conejeras.- ¡De nuevo arriba! Ahora aprovechamos el camino de los Fermines, que con alguna revuelta, entre sembrados, barbechos y baldíos nos conduce a un páramo luminoso, a pesar de la ausencia de sol, y es que las cebadas brillan además de tener buen color. Y ondean al viento. Buscamos el vallejo de las Conejeras que se encuentra protegido por unos buenos riscos y cantiles de caliza, esculpidos por el agua y el viento durante milenios. Ya se ve que no hay dos vallejos iguales. Por un sendero en ladera acabamos conectando por un camino carretero –o casi- que desciende entre algunas densas choperas hasta al arroyo de Oreja.

Cardos marianos entre Oreja y las Conejeras

5.- Oreja y Valdebarajas. Estamos en un valle de vegetación exuberante y de fuertes laderas que dejan ver, sobre todo en la parte más alta, la piedra caliza. No nos ve una corza con sus dos crías, lo que aprovechamos para observarlas. Durante un minuto la corza otea y vigila, para mordisquear durante unos breves segundos, y así sucesivamente. Mientras, las crías saltan y comen. Hasta que me dejo ver y se esconden silenciosamente entre la vegetación de la chopera del arroyo.

Al final se abrió un poco el cielo

Sigo por un sendero que domina bien el valle. Por fin, puedo ver de lejos las ruinas de Oreja. Sobre el monasterio románico de Oreja no se ha descubierto nada nuevo, ningún documento que aclare sus misterios quiere salir a la luz. Pero descubro –al volver a casa- que alguien ha reconstruido Oreja virtualmente, durante la pandemia. Aquí puede verse.

Otra vez en el páramo. Ahora nos mantenemos en él bastante tiempo, recorriendo primero el camino de la Gargantina y luego el de Valdebarajas, para caer finalmente en Langayo.

Ahora conocemos un poco más los vallejos de Langayo. El trayecto en wikiloc.