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El balcón de Valcavado y vuelta por montes y panes

26 junio, 2019

(es continuación de la entrada anterior)

Ahora subimos lo bajado, alcanzamos la cañada del Monte con sus pequeñas praderas, pasamos junto al alto de la Vela (917 metros, punto más alto hasta el momento y seguramente de todo el recorrido) y alcanzamos la cañada del Henar, que tomamos para dirigirnos a Mambrilla de Castejón. Se agradece la cañada: llana, buen firme, campos de forraje todavía verdes, manchas de monte, grandes robles y encinas aislados en los campos de cultivo. Entramos en el valle por su cola y la bajada se acelera. Nos llama la atención una recia y relativamente construcción de piedra. De cerca se ve que está arruinada y tal vez pudo ser el arca de una fuente, pero ahora todo está seco, aunque al otro lado del camino hay una lagunita que surte de agua a una reguera. Más abajo está la fuente del Henar, con su lavadero, su pradera y sus troncos medio vivos de sauces venidos a menos…

Restos de un arca en la bajada a Mambrilla

Visitamos Mambrilla, que tiene varias fuentes tradicionales, un rollo jurisdiccional… y unas calles empinadas.

Pero aguantamos poco y por la carretera entre la Mambla y el pico de Santa María nos vamos a Valcavado de Roa: el pueblo está en las alturas. Más en concreto, en el cerral. Como hemos subido por la carretera, nosotros y nuestras burras no hemos sufrido mucho. Además, teníamos a un lado la bonita estampa de las bodegas asomando bajo grandes robles. Y nos esperaban arriba dos generosos caños de una fuente. A su lado, una imagen de la Virgen de buen tamaño preside la plaza.

Desde el balcón

Seguimos hasta un mirador del pueblo, que denominan el Balcón de la Ribera, y desde luego que nombre está bien puesto, pues domina toda la inmensa hoya de Roa y mucho más. En un canto del pueblo se abre un pequeño jardín con una balconada y, a nuestros pies, la tierras en verdes -majuelos, pinares, campos de trigo- y amarillas por el cereal maduro. La Manvirgo se levanta sobre todo lo demás, pues no en vano posee en su cima la piedra del mismo páramo. Las demás elevaciones son montículos, motas, mamblas, colinas, de menor elevación. Entre las poblaciones, la que parece más grande es Roa. Aranda también se atisba, detrás. Y la línea de ribera del Duero. Al fondo, los páramos de Aza -se dibuja la silueta de la torre de la iglesia- o de Torresandino, donde se adivina la cercanía del Esgueva, que por milagro no se unió aquí con el Duero y que la suerte lo llevó al Pisuerga. Y ya como telón de fondo, las alturas de la sierra de la Demanda y de la cordillera Central ¡casi nada! En un cartel se sitúan todos los pueblos y accidentes más importantes para poder reconocerlos. En fin, entretenida clase de geografía práctica.

Bodegas en Valcavado

Dejamos Valcavado siguiendo el cerral y por un sendero con abundante maleza nos vamos hasta la fuente de Valdepinilla, que arroja su agua a una piscina de un azul deslumbrante. El paraje está oculto en un bosque de robles, en el nacimiento de un valle.

De nuevo en el páramo. Con el sol arriba. Todo luz. El cielo azul. Se agradece, al principio, la sombra de los robles, que luego desaparecen. En esta excursión hemos visto, solitarios o en pareja, unos ocho o nueve corzos. Ahora vemos un verdadero bambi, solitario y despistado en medio del camino. Al pasar a su altura corre diez metros para ocultarse en el cereal. ¿Donde estará su madre? El camino de San Martín nos va llevando hacia el sur; abundan los rodales de monte, seguramente porque antaño todo fue monte. Y también los sembrados de cereal, especialmente de trigo, pues son tierras suaves y amorosas, de pan llevar. A pesar de la sequía, por aquí no será muy mala la cosecha.

En el páramo

Avanzamos por la solitaria carretera de Valdearcos hasta la cañada de San Martín y bajamos al arroyo de Valdepila, donde se pierde el camino y cañada para recuperarlos en la subida. Por aquí ya estuvimos hace unos años, yendo a San Martín.

Finalmente nos acercamos al valle del Cuco, y se impone un baño en el pilón frío y limpio de la fuente de Barcervejo, gracias a los dos generosos caños que la llenan y renuevan continuamente.

Trigo (i) y cebada (d)

Bajada hasta las proximidades de Valdearcos y casi descansando, por la carretera, llegamos a Bocos. Todavía tenemos tiempo para ver algunas entradas a bodegas y graneros, admirar el molino con su balsa restaurados por fuera (no sé por dentro), admirar algunas casetas de huerta y beber agua no clorada en su fuente.

Barcorvillo y el páramo de Bocos

23 junio, 2019

La excursión de hoy va a discurrir por el páramo esculpido por el Duero –al este y sur- y el arroyo Madre –al oeste- del valle del Cuco. Administrativamente pertenece a las provincias de Valladolid y Burgos, y domina sobre la Ribera del Duero.

Salimos de Bocos. Empezamos bien: las estribaciones del pico Gurugú relucen al sol de la mañana y en los salientes calizos numerosos buitres se solazan esperando que el aire se caliente para volar cómodamente. Abajo, el Duero discurre tranquilo y con poco caudal, protegido por una tupida arboleda.

Peña Ahumada

Vamos por el camino, ahora lleno de maleza, que daba servicio al canal de Riaza. Con las nuevas infraestructuras de regadío ha quedado abandonado y a nadie se le ocurre utilizarlo, salvo a los ciclistas todo terreno. Sobre nosotros, los escarpes y laderas del Cantizal, con sus cárcavas salvajes, que son continuadas con pasarelas sobre el canal para que no anegue el cauce el barro de la escorrentía. Pasarelas inútiles ya; suponemos que con el paso de los años esta zona del canal acabará tapada. Además, la cuesta no tiene casi pinos ni vegetación que la sostenga.

Ladera de Barcorvillo

Y vemos algo que será la tónica en todas las laderas por las que vamos a cruzar: estuvieron aprovechadas, mediante bancales o terrazas sostenidos por albarradas de piedra caliza, para el cultivo. Se ven perfectamente los rastros de aquel modo de cultivar, hoy abandonado en nuestra región. Un poco más abajo, entre nosotros y el Duero, a casi cien metros de distancia, discurre una antigua calzada que ha llegado hasta nuestros días con diferentes nombres, uno de los más conocidos es el camino de los Aragoneses.

Llegamos a la peña Ahumada; dan ganas de escalarla a la vista de sus escarpes y derrumbaderos, pero seguimos hasta la entrada del Barcorvillo, en el que nos introducimos para subir al páramo. Pero no lo hacemos en directo por el camino actual, sino por el firme cubierto de hierba y matorral del antiguo. Vemos el arca de una fuente y otras zonas en las que tal vez hubo manantiales, pues abundan las junqueras. Contrastan las dos laderas de este barco: la del este –por la que vamos- llena de vegetación; la oeste, blanca y casi desértica, con viseras de caliza y alguna cueva superficial a la que nos acercamos.

En el páramo

Arriba el panorama cambia, pues los cultivos están amarillos o les falta poco para estarlo. O en barbecho. No obstante, nos asomamos al valle del Cuco donde abunda la vegetación para volver hacia atrás por el camino de los Pilones. El lino y las coronillas van desapareciendo, las amapolas están mustias; ahora domina la salvia, azul y aromática. Pasamos por algunas ruinas de antiguas casetas y corrales. Y junto a la raya de las provincias –o de Bocos y San Martin- nos asomamos al valle del Duero.

Páramo y valle

Nos paramos un momento para contemplar el paisaje. Y lo que vemos nos asombra. Un amplio valle de varios kilómetros de anchura, tal vez quince, que se cierra a nuestros pies, formando un paso o valle estrecho, casi un desfiladero, de un kilómetro de ancho aproximadamente. Enfrente, las intrincadas laderas del Salto de Caballo, que conocía bien el Empecinado por haber crecido en ellas; abajo, el Duero. Ya se ve que estos cerros sobre los que estamos han aguantado bien el empuje de las aguas del Duero y del Riaza, que han abierto un gran valle –luego lo veremos mejor- alrededor de Roa. ¡Qué formaciones modela el agua para belleza de la geología…!

Últimas amapolas

Nos vamos hacia el norte hasta enlazar con un camino que bordea el cerral y que nos permite seguir disfrutando del paisaje (del páramo y del valle) con asomadas como la del Bujerón, que en parte se aprovecha para cultivos a pesar de la sensación de inestabilidad que dan los campos, aquí inclinados. Pero no a nosotros, pues hasta el cerral tiene a veces una especie de pequeña tapia de piedra que parece protegernos de alguna posible caída…

Asomada

Comienzan los bacillares, seguimos rodando y… ¡el páramo se hunde! O sea, una inmensa hondonada de varios kilómetros de ancho y largo, a modo de suave e inmensa vaguada, de abre delante de nosotros. Abajo del todo -no se le ve- está San Martín de Rubiales. En el punto más bajo por el que cruzamos, una alameda y una fuente nos refrescan, que la temperatura comienza a subir en serio. El paraje se llama Las Fuentes y seguiremos en la próxima entrada.

Dejamos aquí el recorrido.

Cresteando

23 abril, 2019

El Cerrato tiene su encanto y su misterio. Tal vez por eso algunos volvemos una y otra vez. Además es amplio y variado: cada valle, cada rebarco, cada cerrato oculta una sorpresa, como si poseyera algo propio y distinto. El Cerrato atrae. Es un mundo de subidas y bajadas, de huecos y cimas, en medio de la ancha llanura castellana.

Cevico de la Torre se asienta en una cuesta, en un espolón de un páramo. Un páramo que muere -o nace, quién sabe- allí mismo y, tras más de 20 km de lengua, hacia el este, acaba unido a un páramo más ancho y extenso. Es el que hemos seguido esta vez. Si Unamuno decía que todo el páramo es una inmensa cima, cuando caminamos por una paramera estrecha y alargada estamos, sin duda, cresteando en medio de Castilla. Y eso solo se puede hacer en el Cerrato, donde abundan las crestas.

Siguiendo el camino por el páramo

Hemos ascendido desde el núcleo del pueblo para pasar junto a las casas-cueva, numerosas en la comarca, usadas en otro tiempo, para rodear el cerro cónico del Castillo y asomarnos al Balcón de Pilatos, que hoy deberíamos llamar más bien de las antenas. ¡Así son los tiempos! Desde allí tenemos una hermosa vista del pueblo y de sus valles.

Seguimos rodando. A nuestros pies se abren los dos valles sobre los que, verdaderamente, volamos. Al sur, el del arroyo Maderano y al norte el del Rabanillo. Curiosa sensación. Tan curiosa como posible y casi vulgar, en el Cerrato. Trozos o tiras de tierra de labor, sembrados de cereal o plantas forrajeras; es el tono verde. Monte de encina y roble; es el tono pastoril. Sobre el yeso, aulagas de viva flor amarilla, tamarillas del mismo color, lechetreznas verdes, elegantes collejones morados; ofrecen el tono primaveral, tímido todavía en estas elevadas cimas.

Collejón

Pero lo que abunda de manera especial son las corralizas y los chozos de pastor, que certifica a las claras la dedicación de esta comarca desde tiempo inmemorial. Muchos de ellos están en medio de las tierras de labor, aislados, lo que quiere decir que antaño estos campos no lo eran, eran montes dedicados a pastos. Así, van pasando los corrales de Maricio y de Tacona, de la Isabelilla y de Martín, todos con sus chozos o cabañas en pésimo estado, casi desaparecidos. Volatilizados, y eso que son de dura piedra. En el páramo de Valdegerite nos encontramos con un chozo en perfecto estado, o casi. El de Hijón está mal pero los corrales de la Paloma bien. En todo caso, dominan las ruinas por franca goleada.

En la Paloma

A los 3 o 4 km de salir nos topamos con el portillo de Renedo, con una bajada de 50 m. y su correspondiente subida e, inmediatamente el camino desaparece (!) durante un kilómetro aproximadamente. Literalmente se lo han comido. ¡Estas épocas nuestras, que devoran caminos y corrales….!

En fin, poco más diremos. Si alguien sigue esta ruta podrá disfrutar de una navegación de altura. El caso es que, poco después de pasar por los corrales de la Paloma, giramos hacia el norte para descender enseguida por el valle esculpido por el arroyo Rabanillo. Naturalmente, conforme descendíamos, el valle se iba ensanchando y en sus laderas más altas y más inclinadas- se refugiaban los quejigos que empezaban a verdear, sobre todo en la falda sur.

En la Virgen del Valle

Y así fuimos cayendo hasta el puente de Esguevillas y la ermita de la Virgen del Valle, que se levanta sobre una suave cotarra, donde el valle se ensancha aun más. Es un edificio muy remozado con una agradable y pequeña pradera alrededor.

Y después de visitar Valle de Cerrato, continuamos valle abajo hasta Cevico. El cielo había estado gris, sosteniendo lluvias, con algo de viento y buena temperatura. Hemos rodado casi 45 km, algunos a campo traviesa por desaparición de caminos. He aquí el trayecto seguido.

Caseta de era. Valle de Cerrato.

Páramo de los Infantes

25 febrero, 2019

El Cerrato se asoma al valle del Pisuerga por el páramo de los Infantes, que se encuentra entre Valoria la Buena y Cevico de la Torre. Desde su extremo oeste se puede contemplar todo este amplio valle, 175 metros más abajo que es, tal vez, la diferencia de altura más notable en nuestra provincia. Antaño este páramo fue monte de encinas y robles y monte bajo, y estuvo dedicado al pastoreo; hoy se han realizado extensas plantaciones de pino carrasco a la vez que se han roturado terrenos para tierras de labor. El suelo, ciertamente, es bueno aunque abunda la piedra caliza de mediano y pequeño tamaño.

Salimos de Valoria para rodear el páramo por el oeste. Muy arriba se distingue la ermita de la Virgen de la Paz y nos acercamos a la falda, cubierta de pinos. Seguimos hasta el Montecillo y el Toroalto, dos mogotes deprendidos del páramo, el primero pequeño y calvo y el segundo más elevado y cubierto por un pinar. En este último nos acercamos a fuente Amarga, que todavía mana agua. Finalmente, subimos por un camino en zigzag relativamente cómodo al páramo de los Infantes. A nuestros pies vemos Dueñas y, más al fondo, la ciudad de Palencia.

Tierras inclinadas en el valle, junto a fuente Amarga

Ya en el páramo nos acercamos a los corrales que –según los mapas- se encuentran en el borde del barco de Valoria pero de ellos ya no queda nada: toda esta zona, antes cubierta de monte bajo, ha sido levantada –incluyendo corralizas- y roturada para destinarla al cultivo de cereal. Luego, volviendo hacia el oeste, nos acercamos a otros corrales que se levantan, junto a una cabaña cerrada, en un claro del pinar. Después, buscamos los corrales de Pica, perdidos y estrangulados por el pinar carrasqueño; solo encontramos piedras amontonadas entre las que nos pareció distinguir los restos de un chozo. Así, enfilamos hacia el este sin salir del pinar. Una pareja de corzos nos mira y se aleja tranquilamente. Abunda la piedra caliza de tamaño mediano, no sé si son restos de viejos corrales o fueron levantadas para la repoblación forestal.

En el borde del páramo

Aquí sobrecoge la soledad. Nadie cultivando el terreno, nadie pastoreando ganado. Tampoco quedan ya construcciones ganaderas, y las cañadas han sido recortadas, o han desaparecido. Como compañeros del ciclista, sólo algún conejo, algún corzo, algún milano, además de las aves terreras, que parecen cantar al buen tiempo. Y el viento. Y el sol: hoy, 17 de febrero manga y pantalón corto, primer día de primavera que quiere llegar antes de tiempo.

Del pinar pasamos al monte bajo con algunas encinas y robles. Nos detenemos en los corrales del Espino, que han sido reconstruidos, incluyendo su amplio y precioso chozo. Se encuentran en una ligera vaguada que es el comienzo del barco de la Mazuela.

Corrales del Espino

¡Qué asombrosos son los caminos de estos paramillos cerrateños! Huyen de la uniformidad del páramo raso, pues cuentan con ligeras ondulaciones y, sobre todo, con encinas y robles salteados a los que se ha respetado porque, a cambio, sirven para amontonar a su alrededor, en buenos majanos, las piedras retiradas de los campos de cultivo. En algunos casos, la superficie para este fin se amplía y se juntan ordenados montones de piedra –parecen muros auténticos- con carrascas y otros arbustos… Es como navegar por un mar lleno de pequeñas islas e inofensivas olas.

Al extremo, nos asomamos a Cevico de la Torre y, al ver el valle y sus caseríos, desaparece la sensación de soledad. Las laderas aquí, son agrestes, con caliza descarnada. Curiosamente, un viejo camino sube como abriendo un surco en la misma piedra. Tal vez una antigua calzada.

Robles

Pero volvemos hacia el este, ahora por el cerral hasta el barco de los Poyatos donde, inclinados en plena ladera y aprovechando un pliegue en la falda del páramo, descubrimos el corral y chozo de Sacristán. Se conservan relativamente bien, pues el chozo está casi completo y practicable y, frente a él, los dos corrales de cuyo vallado se levanta todavía firme. Tal vez por lo alejado y escondido del lugar se mantiene todo en relativo buen estado. Más alejados, como perdidos en las laderas, nos parece verlos restos de otros corrales. Es un paraje especialmente bello y agradable, donde la hierba nos acoge y el barco nos protege, a pesar de que están orientados hacia el norte.

Chozo de Sacristán

De nuevo en el páramo, nos plantamos en los corrales de Revillamajano. Antaño llegaba hasta aquí una cañada desde el valle que seguía hacia el interior del páramo. Hoy los corrales, o lo que queda de ellos, son una isla en tierras de labor. Pero debieron ser importantes. De los chozos que aquí se levantaron no queda ya nada.

Restos de un colmenar

Nos metemos, cuesta abajo, por las laderas de la Mazuela para subir enseguida por la carretera de Cubillas a Cevico, carretera por la que nunca pasa nadie, al menos nunca lo vimos. Por el barco de los Borregos nos vamos a bordear los pinares del Condutero y de allí nos dirigimos a seguir el cauce del arroyo Valdedueñas. Paramos para contemplar los restos de un típico colmenar cerrateño, que debió ser sencillo y hermoso -¡qué pena tanta desolación!- y acabamos donde empezamos, en Valoria. Aquí podéis ver el trayecto.

Páramos angostos del Cerrato

16 enero, 2019

El paisaje del Cerrato es un canto a las formas y relieves, a los tonos y colores, a las encinas y robles austeros, a los pastores y sus rebaños, a la soledad de unas llanuras perfectas; a la vez, el Cerrato canta suavemente, como puede susurrar el viento cuando intenta mover las hojas de esas encinas centenarias y se roza con las formas pétreas que las aguas han labrado a lo largo de miles de años.

7-enero-019

La Mambla…

Y es que, en la primera parte de esta excursión, pudimos contemplar, en muy pocos kilómetros, diferentes formas de cerros: frente a Valoria de asoma el impresionante pico del Águila, con amplias rebabas de yeso blanco pintadas en sus viejas cárcavas trazadas por el agua en torrentera., a la ves que una estrecha faja blanca se dibuja a media ladera, como si fuera reciente crema pastelera. Y abajo, sobre la horizontalidad quieren salir arcillas amarillentas, sepultadas hace millones de años. Y eso que, en realidad no es un pico, sino una abrupta caída en busca del cauce del arroyo Madrazo.

y el Condutero

Continuamos, y nos metemos por un camino a media altura entre la Mambla y el Condutero. La primera -casi no hay que indicarlo- es un voluptuoso tetón. Pero como estamos en Castilla -que no otra cosa es el Cerrato- es gris, firme y austero. El Condutero, por su parte, nos ofrece su cara oeste, blanca y triangular, abundante en yesos. El camino, con tanta escultura ciclópea pero proporcionada, es precioso: enseguida cruzamos el Portillejo, que une las estribaciones de los dos cerros anteriores con el páramo de Cevico, hacia el que ascendemos lentamente por un camino apto para soñar despierto.

Ahora -segunda parte- todo es llano, aunque nos asomamos al valle del arroyo Madrazo por la Gargantada. Otra preciosidad. Pero nuestro objetivo no era nada de todo esto. Era -es- el páramo Angosto y su continuación, el de Abajo o de los Cariñuelos (tercera parte). El Angosto es una lengua estrecha que no llega a kilómetro y medio de largo por 200 metros en su parte más ancha. Se ha formado tras largos milenios -¿unos dos millones de años?- de trabajo de los arroyos Maderano y Madrazo. Uno por el norte y el otro por el sur, de modo que es una terraza privilegiada para contemplar dos de los más bellos valles del Cerrato. Y no digo más porque lo estropearía. Solo animo a subir allí.

Cristales de yeso

El páramo de los Cariñuelos -¿a quien se los harían?- es, diría yo, más salvaje y primigenio, con unos dos kilómetros de largo por 200 metros de ancho. Hay cultivos y monte, como en el anterior, al que está unido por las denominadas Motas. Vemos los mismos valles, además de la progresiva desaparición del propio páramo que nos sustenta en dirección a Castrillo de Onielo: una estrecha loma que por momentos parece convertirse en la cresta de un dragón. Abajo, Vertavillo, casi a un tiro de piedra, Alba -cercana igualmente- y Cevico de la Torre, además del ya mencionado Castrillo.

La cuarta y última parte de la excursión consistió en desandar lo andado -o rodado- a través del valle que baja de Alba a Valoria, que también tiene su aquél, sus laderas y sus cerros. Por supuesto, buenas laderas blancas cortadas casi a pico, las del este; que las del oeste son algo más suaves y oscuras.

Otro aspecto a resaltar es la abundancia de chozos y corrales pastoriles, lo que pone de manifiesto la importancia de la ganadería ovina en épocas lejanas. Pasamos cerca de los corrales y chozo de Pedro Mozo, en buen estado, en el término de Cevico; luego por los corrales y chozo de la Nave, que se mantiene en pie, en Alba. También en este término vimos los corrales del Páramo Angosto, en un precioso lugar, cuyos dos chozos puede decirse que ya han desaparecido.

En los Cariñuelos vimos un enorme chozo con un increíble corral semicircular que contiene dos corralizas, en mal estado todo el conjunto, y, en la ladera norte de este mismo páramo, otro curioso chozo con un corral circular dividido en dos originales mitades. No le queda mucho futuro. Ya de vuelta, cerca de las laderas de las Claras, de un blanco hasta brillante, en Población, vimos las ruinas de otro chozo de pastor junto a un camino que ni está señalado en los mapas y que lleva las Gargantada.

En fin, si a todo esto le añadimos manchas de monte, campos de cultivo agrestes por la abundancia de piedra, encinas y robles aislados, y un tiempo helador en un día de sol luminoso y con poco viento, diremos que la jornada anduvo cerca de la perfección.

Aquí dejamos el trayecto seguido. Aviso: la primera parte de la bajada de los Cariñuelos se hizo con la bici de la mano.

Lagunas de La Parrilla y de Santibáñez

20 julio, 2018

Esta vez se trataba de comprobar si tenían agua dos charcas o lagunas, la primera en el término de La Parrilla y la segunda en el de Santibáñez de Valcorba.

Como primera medida, subimos al páramo de La Parrilla desde Tudela siguiendo el camino de Valdecarros: las laderas hermoseaban con un verde del que se aprovechaban los toros bravos de Taru. Al llegar a la curva donde la subida se hace más fuerte, pudimos comprobar que el agua caída en los últimos meses había provocado unas roderas –por llamarlas de alguna manera- de más de medio metro de profundidad, o sea, verdaderas zanjas. Por tanto, el camino estaba impracticable. Pero no importa, las ganas de subir eran más grandes todavía que los socavones.

Hacia Valdecarros

Ya arriba, nos asomamos al territorio del caserío de Tovilla: hasta parecía más grande ese pequeño azud de color verdeazulado que se alimenta del manantial de la fuente de Arriba. Las flores: salvia, marrubio, margaritas, linos, gordolobos, amapolas… estaban en todo su esplendor, a pesar de haber entrado julio. O tal vez se deba a que mayo lluvioso y junio tormentoso, hacen un julio florido y hermoso

Una buena nueva: ¡han arreglado el chozo del corral del Quiñón! Se trata de un chozo de planta circular y cuerpo de cubo, cerrado con una caperuza ancha, en forma de cono. Está en el límite del monte, junto a tierras de labor. En su corral, junto a la tapia, surge una encina. Hermoso conjunto.

El Quiñón

Nos dirigimos hacia La Parrilla y, al llegar a la carretera, tomamos el camino de la Carbonerilla. Segunda sorpresa: los restos de la casa de Cosme Noriega. De la casa nada queda, por lo menos a simple vista, pero posee un enorme corral con tapias y esquinas de cantería, todo abandonado entre el pinar y los campos de cultivo. Y al llegar a este punto el camino que llevábamos desaparece asfixiado por la alta hierba. No nos atrevemos a seguirlo y giramos por el corral introduciéndonos en el pinar. A pesar de tratarse de un humilde monte, resulta que a veces se cierra con encinas y pinos enormes que nos protegen en un ambiente umbroso y de cierto frescor. Pero seguimos rodando hasta la siguiente sorpresa del día.

Los corrales de la casa de Cosme

Después de pasar junto a los restos de un viejo pozo -todavía con agua- oculto entre encinas jóvenes, casi de repente, tercera sorpresa: aparece una gran hoya rodeada de monte de encinas y pinos, en la que se ha plantado cereal en la zona cercana al perímetro, en cuyo punto más profundo y central vemos una laguna de forma redondeada, rodeada a su vez de hierba. Del agua surgen dos chopos, lo que tal vez quiera decir que el nivel está relativamente alto. También vemos hileras de piedras calizas con la base sumergida. Hoy día no es muy normal encontrase con estas charcas en los páramos; hasta hace poco abundaban las navas con sus lagunas, pero la mayoría han sido desecadas o, simplemente, la sequía o la captación de manantiales las impide mantenerse.

El monte Bayón al fondo

En fin, ha sido sorprendente el viaje hasta aquí por montes y caminos poco transitados y, además, el lugar descubierto ha merecido la pena sin ninguna duda.

Nos encaminamos hacia el este primero por un camino entre encinas hasta que se corta en otro camino que lo atraviesa. Al sur queda el monte Bayón y al norte espacios delimitados por hileras de encinas dedicados al cultivo del cereal y plantas forrajeras. Pero el paraje sigue siendo encantador. Uno tiene la sensación de que por aquí no hay más almas.

Un poco más y atravesamos el camino de Montemayor a Traspinedo y bajamos hacia Santibáñez.

1 julio 171

El manantial de los Garbanzos

Nos acercamos hasta el manantial de los Garbanzos -con cuyas aguas seguramente se preparaban buenos cocidos- y nos vamos directamente por la carretera de Sardón a ver qué queda de la laguna Sangusera. Pues ahí está, un tanto modificada. La han recuperado, aguas abajo de donde antes se encontraba y, un poco más hundida, han construido laderas de protección. No es la misma, ni tan natural como antes, pero más vale así que seca. Casi no se ve la lámina de agua que, por no tener profundidad, está cubierta de plantas.

Laguna Sangusera

Ahora nos vamos por una pista que atraviesa el pinar de la dehesa de Traspinedo hasta su cruce con el arroyo Valcorba, que seguimos hacia su desembocadura. Pasamos junto a un puente de esos tradicionales, en piedra caliza, sin pretiles, luego cruzamos el pinar del Zarzal hasta la zanja del Molino y, finalmente, llegamos a Puente Hinojo que tiene fuente. El resto del camino, atravesando por la Dehesa de Peñalba hasta conectar con la senda del Duero, ya es conocido. Por cierto, la senda está impracticable: ha sido invadida por la maleza y en bici no se puede circular.

Esquema del recorrido