Posts Tagged ‘Paramos’

Robles solitarios

2 julio, 2016

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Hay demasiados pinos en nuestros alrededores. También abundan las encinas. De otras especies –álamos, chopos, fresnos, sauces…- están bien adornadas las riberas de nuestros ríos. Pero los robles solemos encontrarlos solos, aislados. Incluso los poquísimos bosques de robles de la provincia nos han llegado muy aclarados. Tal vez por eso tienen un aire especial, majestuoso en los sobrios páramos castellanos; misterioso en su soledad; aparece perfecto pues se le contempla exento, sin acompañamiento que nos distraigan al mirarle; poético entre la tierra y el cielo…

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El roble vallisoletano es el roble quejigo, Quercus faginea, que contrasta con las encinas porque suele ser más esbelto, con hojas más claras y suaves en verano, que pierde avanzado el invierno. Sus bellotas son rojizas con escabullo de escamas tomentosas. Aunque forma bosques, éstos ha sido diezmado a lo largo de los siglos, si bien todavía podemos acercarnos a Las Liebres, en  Valdenebro, a los montes de San Martín de Valvení o al Monte Alto de Pesquera de Duero. Desgraciadamente los bosques de roble de la Santa Espina hoy son más bien de matas de roble.

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Y robles aislados nos quedan en el páramo de los Torozos, hacia Mucientes, Corcos y Quintanilla de Trigueros. Robladillo fue, sin duda, un robledal; hoy quedan dos o tres ejemplares. También abundan en los páramos del Esgueva, Jaramiel y Duero. A veces los vemos en medio de un campo de cultivo, como indultados por el agricultor.

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Un roble solitario en el páramo es un refugio para la fauna, pues en él muchas aves podrán hacer su nido. Y, para nosotros los excursionistas, es una referencia en la llanura, además de ser el contrapunto más o menos vertical –distinto, al menos- a la horizontal paramera. Su hojas más bajas son ramoneadas por ovejas y corzos.

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El roble cambia de color a lo largo del año. Es tierno amarillento en primavera, verde en verano, amarillo oscuro en otoño y principios del invierno, hasta que pierde las hojas. Además, nos ofrece sus originales gallaras, que se utilizaban como curtiente para pieles y como astringente.

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Y tiene un porte excelente, siendo referencia de fortaleza, pues ¿a qué se comparan los fuertes?

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Río Botijas y páramos de Peñafiel

8 noviembre, 2013

 Botijas Mélida(50 km aprox.)

La salida

El castillo de Peñafiel se asienta en el valle del Duero, pero realmente se levanta sobre un cerro que es divisoria entre los ríos Duratón y Botijas, cuyos valles han sido tajados rompiendo el páramo de piedra caliza. Si el Duratón viene de lejos –nace en la provincia de Madrid- el Botijas es humilde, pues su valle se puede recorrer en unas horas en bici o incluso andando. Pero también impresiona, como veremos.

El día, excelente: nubes al principio, sol al final. Viento a favor en la ida, en contra a la vuelta. Pero a la vuelta contábamos con las paredes protectoras del valle. Temperatura agradable.

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El punto de partida fue Mélida, pequeña localidad muy próxima a Peñafiel junto al Botijas. Subimos al páramo por un camino en el que abundan las huertas, los almendros y los manantiales. Ya arriba, todavía tardamos un poco en llegar al ras del páramo, al principio ondulado. Desde Valdivieco nos asomamos al valle para divisar los alrededores de Olmos abajo y, más allá, los inconfundibles cerros que protegen de Castrillo.

Una lengua de páramo

Un poco más allá volvemos a ver el valle, tapizado de robles en las laderas y con chopos dorados junto al cauce del río. Cruzamos tierras de cultivo con solitarios robles o encinas: aunque da la impresión de que rodamos por un páramo inmenso, lo cierto es que vamos por una estrecha lengua entre Botijas y Duratón. De hecho, nos acabamos asomando al amplio valle de este río –la vista se pierde de tanta profundidad- en la Cuesta Espinosa. Diferentes pueblecitos desperdigados; el más próximo, Sacramenia, nos lo oculta un liegue del páramo.

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Entre ruinas de corralizas cambiamos de rumbo. Dejamos al sur un amplio llano que nos llevaría a la sierra de Pradales, que parece levantarse a un tiro de piedra y nos asomamos ¡por fin! al valle, cortado a pico en su mayoría, del río Botijas. Lo bordeamos –por caminos o a campo traviesa- y, de vez en cuando, bajamos a alguna de sus cuevas que antaño sirvieran para recoger el ganado.

Rodeamos los arroyos secundarios que acrecientan el río, durante unos kilómetros navegamos por el páramo de Corcos -entre Burgos y Segovia-  y por los corrales de Valdeperniego –hoy son ruinas de establos- bajamos a Las Madres, o sea, a los manantiales donde brota nuestro Botijas.

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Descendiendo por el valle

Ahora no tenemos mas que dejarnos llevar: como las aguas bajan, también bajamos, rodando por un buen camino. Desde el fondo se aprecian bien los cortados, peñascos, derrumbaderos y cuevas. Los buitres, apostados en lugares estratégicos, parecen vigilar nuestra marcha. Los manantiales brotan cada pocos metros. Algunas fuentes disponen hasta de vaso para servirse el agua. Sauces y chopos aislados quieren saludarnos. Nadie. Estamos perdidos en la inmensidad del páramo y ocultos en el tajo del río. Conforme avanzamos las laderas van dejando algo de su verticalidad y empiezan a ser ocupadas por bosques de robles o encinas, como el monte de Tornazal. Abundan las endrinas, algunas tan maduras que casi podían comerse.

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La abundancia de chopos, álamos, frutales y huertas anuncia que estamos llegando a Cuevas de Provanco. Efectivamente, el pueblo aparece tranquilo y como tumbado en la ladera Este, recibiendo con agrado el tibio sol de poniente.

El valle se ensancha en Castrillo (por eso el río reduce la velocidad de su corriente y forma pecina), se estrecha en Olmos y, cuando estamos a la vista del castillo de Peñafiel, entramos en Mélida. Frente a ella, nos vigilan las bocas horadadas en la pared que cae del páramo.

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¡Adiós, río Botijas, qué bien te has portado con nosotros!

El Cerrato, una comarca encantada

21 julio, 2008

Existe una comarca que pertenece administrativamente a dos provincias–Palencia y Valladolid- llamada El Cerrato. Es una comarca mágica y encantada: ríos, arroyos y páramos se entremezclan formando cerros, valles, barcos, mamblas y paramillos. Y todo se adorna con fuentes, pozos, molinos, robledales, cañadas, chozos y corralizas. No se sabe exactamente donde empieza o donde termina (Ahí están, por ejemplo, Cabezón de Cerrato o Villamuriel de Cerrato…)

Aproximadamente 50 kms

Aquí no abundan los amplios páramos, como en Torozos, sino que son estrechas y largas lenguas de llanura, son páramos pequeños; la llamativa abundancia de fuentes y arroyos ha provocado este paisaje de continuos y variados valles y elevaciones.

Su peculiar orografía ha propiciado también su aislamiento e incomunicación, pues no lo cruzan carreteras generales, sino comarcales y locales. La abundancia de laderas facilita el crecimiento de montes y matorral diverso, haciendo de esta comarca una de las más salvajes en la provincia de Valladolid al menos. No son raros los lobos.

En esta excursión –que iniciamos en Valoria la Buena llegando hasta Vertavillo- nos esperaba, en primer lugar Valoria, que es como un guardián en la boca del valle. Su original iglesia de planta octogonal bien merece una visita. También pueden ser visitadas –y probadas, claro- la bodega Pilcar y la quesería Quevedo, que nos trasforman en alimento los productos del Cerrato. Valoria es, además, un territorio perfecto para excursiones a pie. ¿Sugerencias? La panorámica desde el pico del Águila; las ruinas del molino de la Galleta, en la ribera del Pisuerga; los chozos, corrales de Carramonte; la Mambla y su vallejo; la granja Hernani; el promontorio de Mira al Río; las riberas próximas a la Muedra…

Y ahora nos trasladamos a Vertavillo, dejando para la siguiente entrada el páramo de Llantadas por el que fuimos hasta esa localidad y la Cañada Real Burgalesa, por donde volvimos.

Vertavillo se encuentra perdido en el Cerrato, en el mismo valle que Valoria, pero más arriba y con unas laderas, por tanto, mucho menos elevadas. Posee molinos y arroyos: Madrazos, Arroyales, Arroyuelos y abundantes a la par que excelentes fuentes: Valduntrigo, Junqueruela, Ligueras… Se asienta en una ladera y a sus pies verdes arboledas desprenden cierto frescor. Es, por así decirlo, el típico pueblo castellano de los de antes, de los de toda la vida. Hoy contemplamos todavía una puerta, del Postigo –que abre el pueblo al valle- y un señorial rollo renacentista recuerda la justicia que aquí se impartía.

Pero, sin duda, lo mejor de Vertavillo es su paisaje: pequeñas llanuras salpicadas de roble que da cereal; densas laderas de encina y quejigo que protegen animales de todo tipo; valles húmedos, amplios y largos, como el de Arranca, que es cañada real y limita con Villaco; vallejos y barcos con la caliza rasgando la tierra… Todo aquí es primigenio, profundo y poético a la vez. Hasta alguna mariposa nos hizo compañía. Lo mágico del Cerrato se siente aquí con particular intensidad.

Y, ya cerca del páramo y de los corrales de la Tiñosa, la fuente de Valdileja, donde comimos. Su agua es fresquísima, y gracias a su pilón pueden refrescarse también bebidas o frutas. Al lado, unas mesas facilitan la postura y unos robles dan sombra, refrescante también. En un lugar así el verano abrasador no existe. ¡Palabra!