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Y vuelta a La Parrilla

4 febrero, 2020

Viene de la entrada anterior.

Con el día lluvioso y laderas de yeso, para volver había que elegir un buen camino, y el de Tudela tiene la ventaja de estar empedrado desde la salida de Camporredondo hasta lo alto del páramo. Luego ya no hace falta, pues la piedra caliza se encuentra en el mismo ras del suelo.

A un lado y a otro de la subida se alinean las entradas –de piedra y ladrillo- a bodegas, alguna con su tejadillo que podría proteger de una lluvia más fuerte. Pasamos junto a la fuente de Carramambre, hoy moderna captación de agua. Cuenta con un abrevadero moderno que responde al esquema de antiguo, ya en desuso, conservado más arriba, junto a la primitiva arca.

En el páramo de Camporredondo

En llegando al páramo nos recibe un almendro desnudo, que muestra al aire todas las ramas de una hermosa estructura. Ya arriba hay más almendros, abundante piedra caliza y tierras de labor, como una plataforma limpia a modo de antesala del pinar. Al este vemos Montemayor de Pililla.

Barco de Valdalar

Avanzamos hacia el norte. Da gusto rodar sobre suelo duro: una ligera capa de tierra se asienta sobre la caliza. Pero todo se acaba y después de recorrer por estos caminos, cruzamos la cañada leonsea y ¡zas! se abre ante nosotros un pinar de arena y dunas en el que nos tenemos que bajar, con frecuencia, de la bici. Ha cambiado por completo la manera de avanzar. Llegamos a una charca rodeada de cañizo que no conocíamos, a pesar de estar junto a la pista que une Fuente Minguez con Montemayor. Después, ya por esta pista, rodamos sin esfuerzo hasta La Parrilla.

El Raso al atardecer

Como la tarde aun estaba viva, quedaba tiempo para rodar -o pasear- un poco más, de manera que pusimos rumbo al pinar de Ontorio, pasando junto al humilladero, atravesando el barco de Valdalar, cuyo arroyo llevaba agua abundante. Bordeamos el pinar hasta asomarnos al raso de Portillo -Aldeamayor en medio- por el barco de Santinos y paramillo de San Zoilo. Esto lo hicimos caminando, pues el sendero se pierde en tierras de labor y se recupera en los montes. El sol se estaba poniendo y la torre de la iglesia de San Martín se recortaba entre los destellos luminosos que cruzaban la neblina.

Pino en Ontorio

A la vuelta, ya a media luz, nos embarramos de pegajosa greda en la bajada hacia los colmenares. Como el arroyo llevaba agua pudimos limpiar un poco la bici. La Parrilla ya se había recogido en paz.

San Francisco de La Parrilla y una vieja cañada

28 enero, 2020

Estamos en La Parrilla. La puerta de la ermita de San Francisco de San Miguel está abierta, como invitándonos a traspasarla. Dentro saludamos al presidente de la cofradía del Santo y a una señora que lo acompaña; están en tareas de limpieza porque dentro de poco comenzará la novena de preparación de la fiesta que es el 5 de febrero, aniversario del martirio –en 1597, en Japón- de este hijo del pueblo.

Llama la atención por su limpieza y buena conservación. José María, que así se llama el presidente, nos explica la vida del Santo sobre dos precioso grabados que se encuentran a la izquierda del altar y en la sacristía. En ellos podemos apreciar una escena dantesca si no fuera por el verdadero arte que, con su belleza, lo dulcifica todo, hasta lo más terrible. Vemos 26 cruces con sus crucificados –uno de ellos nuestro san Francisco- atravesados o a punto de serlo por lanzas, sobre una colina. En el retablo, san Francisco en esa forma, otra obra de arte sencilla y popular. Llama la atención la movilidad de este parrillano en aquella época: después de recorrer muchos conventos en España, misionó en México y Filipinas para acabar muriendo en Nagasaki. Eso sin contar que fue embajador de España en Japón y consiguió del emperador que no invadiera las Filipinas. Mucho le debemos a este parrillano santo y sabio.

Nuestro santo es el señalado bajo una x, el “sol” es sólo reflejo del cristal

Vista la ermita, nos fuimos por la cañada de Montemayor a tomar la cañada leonesa, que coincide con la carretera de Tudela a Montemayor. Por aquí llegaban los ganados merinos después de pasar por Cabezón, Renedo, Tudela. A La Parrilla no se acercaban, sino que seguían por la cañada –que trazado se aprovechó para la carretera- y al llegar al pinar de las Navas torcían hacia el sur, siguiendo el camino de Camporredondo. Como era pinar, se podían extender, ensanchando el rebaño, sin mayores problemas. Unas veces hemos sido siguiendo la pista y otras –como esta- rodamos cerca de la raya de Montemayor por un camino que se asienta sobre la piedra del páramo. Al otro lado de la raya, nos mira desafiante un ganado que parece bravo.

En la cañada abundan los negrales

Entramos en el término de Portillo y giramos hacia el oeste; ahora estamos en el pinar de las Arenas. Aquí descubrimos, una vez más, que todas las cañadas discurren por un límite, y que la que hoy seguimos no es una excepción. Parece que se hicieron para delimitar municipios, montes, tierras, lomas… Pues bien, ésta leonesa avanza por el límite de las arenas y las peñas. Nuestro páramo se encuentra recubierto de arena traída por el viento del sur. Pero no está recubierto en todas partes. En Camporredondo, por ejemplo, las laderas del norte están limpias de arena, mientras que por las del sur es imposible rodar y aun caminar. Al avanzar por nuestra cañada vemos que una duna se extiende, paralela a la vía pecuaria, por el norte. A la vez, hacia el sur estamos acompañados de un espacio amplio sin pinos, sin hierba y casi sin musgo. El suelo no posee ni arena ni casi tierra, sino que aflora la piedra caliza por todas partes. Los pocos pinos que intentan crecer no lo consiguen, están raquíticos, y alguien ha plantado arizónicas.

Difícilmente crece algo sobre un suelo de piedra

O sea que vamos por la divisoria de la peña con la arena. No podía ser de otra manera. ¿Por qué? Seguramente de buscó a propósito para librarse de los terribles arenales, complicados también para el avance del ganado. Si desde La Parrilla se traza una linea recta hacia Santiago o Megeces -hacia donde van los merinos- resulta que tendrían que atravesar un arenal de terribles dunas. Entonces, más vale dar un rodeo por terreno firme.

Finalmente, la cañada cae hacia el arroyo Mesegar y cruzarlo, para enarenarse hasta límites insospechados en el pinar de los Hoyos y seguir hacia Cogeces de Íscar. Nosotros hemos pasado antes por el pico Yeseras para contemplar el amplio valle, Santiago del Arroyo y, de frente, el Riscal. También hemos visto cómo en esta época lluviosa las lagunas del Toro quieren volver por sus fueros perdidos y se producen encharcamientos cercanos, en el Prado.

Santiago del Arroyo al fondo

Visitamos lo que queda –más bien poco y ruinoso- de las antiguas yeseras al tiempo que a las ruedas se pega esta materia blanquecina. Nos salva la carretera, que nos lleva hasta Camporredondo.

Y aquí lo dejamos para seguir en la próxima entrada, con el trayecto completo a vuestra disposición.

Niebla en los valles, sol en los páramos

6 enero, 2020

Estos días muchos hemos recordado el dicho aquel de mañanitas de niebla, tardes de paseo que refleja el típico tiempo de niebla; sin embargo, la niebla en nuestra comarca tiene también un reflejo espacial que se podría enunciar más o menos así: cuando los valles nublados, los páramos soleados. Toda la pereza que da salir a rodar con niebla desaparece si piensas que puedes salir por el páramo cercano. Y aquí tenemos para elegir: Torozos, La Parrila, Cerrato.

Esta vez nos fuimos a La Parrilla en coche. Nada más subir la cuesta, el sol brillaba con fuerza y calor, a pesar de estar metidos en el crudo invierno.

Ya sobre la bici, unos campos estaban luciendo un blanco espectacular, otros lo habían lucido pero el sol se lo había arrebatado y otros, en fin, no habían tenido esa suerte, porque la niebla nocturna por estos lares es así de caprichosa. Pero el día estaba luminoso como pocos. Igualmente, los charcos, en su mayoría, brillaban con sus carrancas.

Cruzamos por montes de La Parrilla y Montemayor, circundando las grandes fincas que hay valladas entre ambos municipios. La primera parte, después de salir de los pinares contiguos a la localidad siguiendo la vieja cañada leonesa, nos llevó por la linde de estos términos municipales, señalada ahora por una valla metálica y antaño por un muro bajo de piedra que aprovechaba también el tronco de los robles y que se encuentra medio caído.

Encontramos desbordado el charco del Hoyo de la Casa, aunque lo había estado más. La mitad de la superficie estaba helada y la otra mitad líquida. Pero sobre todo estaba guapo en medio del naciente campo de cereal, rodeado a su vez de monte alto.

Antes de asomarnos a Traspinedo, dimos la vuelta para tomar el camino del Hoyo Hondo, ya en el término de Montemayor, cuya silueta se dibujaba al sur. Aquí se mezclan encinas y pinos hasta que éstos acaban por dominar.

Cruzada la carretera, nos metimos por el pinar de las Navas, donde viven negrales sobre arenales. Muchos de estos pinos se adornan con muérdago colgante, tal que fueran esqueléticas señoras con pulseras y collares de los felices veinte. Pero no hay que preocuparse, los caminos no tienen arena, sino un firme excelente. No obstante, al llegar a La Parrilla nos dimos una vuelta por la cuesta de los Moros para sufrir un poquitín con la arena.

A la vuelta, en Valladolid se estaba levantando, perezosa, la niebla. Aquí dejamos el recorrido.

Caminos, campos y puertas

11 agosto, 2018

Hace no mucho dimos un paseo por los términos de La Parrilla, Santibáñez y Traspinedo. Poco después volví por La Parrilla, y pude comprobar cómo bastantes caminos que atravesaban este término han desaparecido o están a punto de desaparecer. Y este año es especial para ello, pues al no utilizarse apenas, se añade el hecho de que se han cubierto de hierba y maleza por la abundancia de lluvias durante la pasada primavera.

Así, la subida a La Parrilla por el camino de Aldeamayor desde Casa Blanca supuso una verdadera lucha contra los elementos. Ya nadie utiliza ese camino y las altas hierbas se han adueñado de él. Algo parecido ocurre con otros muchos de los caminos que, abriéndose en abanico desde el municipio toman dirección este, hacia Traspinedo. Al principio son anchos y de buen firme pero conforme avanzan comprobamos que se utilizan mucho menos, hasta el punto que desaparecen por completo. Eso sí, se esfuman en lugares tan perdidos como hermosos, donde la tierras están delimitadas por grandes ejemplares de encina y roble. Además, abundan los corrales, las hoyas, y lo pozos abandonados, de corte tradicional -construidos más en piedra que en ladrillo- y antaño utilizados para regadío ¿de remolacha? La tierra, como en tantos páramos, toma un fuerte color rojizo.

Desaparecieron los caminos, pero a veces quedan las puertas en esos mismos caminos, o las tapias de piedra caliza que también perdieron su función. Por eso, vemos curiosas puertas en el campo, como esa que se abre hacia el monte Bayón

En fin, dentro de poco solamente quedará los nombres en los mapas: camino de la Carbonerilla, del Hoyo, de las Higueras, de Pozanos… Pero lo cierto es que este páramo es un lugar perfecto para pasear solitario y perdido, si te orientas bien, claro, y aguantas las muchas y molestas espigas que se te quedarán prendidas en los calcetines, sobre todo en verano.

Lagunas de La Parrilla y de Santibáñez

20 julio, 2018

Esta vez se trataba de comprobar si tenían agua dos charcas o lagunas, la primera en el término de La Parrilla y la segunda en el de Santibáñez de Valcorba.

Como primera medida, subimos al páramo de La Parrilla desde Tudela siguiendo el camino de Valdecarros: las laderas hermoseaban con un verde del que se aprovechaban los toros bravos de Taru. Al llegar a la curva donde la subida se hace más fuerte, pudimos comprobar que el agua caída en los últimos meses había provocado unas roderas –por llamarlas de alguna manera- de más de medio metro de profundidad, o sea, verdaderas zanjas. Por tanto, el camino estaba impracticable. Pero no importa, las ganas de subir eran más grandes todavía que los socavones.

Hacia Valdecarros

Ya arriba, nos asomamos al territorio del caserío de Tovilla: hasta parecía más grande ese pequeño azud de color verdeazulado que se alimenta del manantial de la fuente de Arriba. Las flores: salvia, marrubio, margaritas, linos, gordolobos, amapolas… estaban en todo su esplendor, a pesar de haber entrado julio. O tal vez se deba a que mayo lluvioso y junio tormentoso, hacen un julio florido y hermoso

Una buena nueva: ¡han arreglado el chozo del corral del Quiñón! Se trata de un chozo de planta circular y cuerpo de cubo, cerrado con una caperuza ancha, en forma de cono. Está en el límite del monte, junto a tierras de labor. En su corral, junto a la tapia, surge una encina. Hermoso conjunto.

El Quiñón

Nos dirigimos hacia La Parrilla y, al llegar a la carretera, tomamos el camino de la Carbonerilla. Segunda sorpresa: los restos de la casa de Cosme Noriega. De la casa nada queda, por lo menos a simple vista, pero posee un enorme corral con tapias y esquinas de cantería, todo abandonado entre el pinar y los campos de cultivo. Y al llegar a este punto el camino que llevábamos desaparece asfixiado por la alta hierba. No nos atrevemos a seguirlo y giramos por el corral introduciéndonos en el pinar. A pesar de tratarse de un humilde monte, resulta que a veces se cierra con encinas y pinos enormes que nos protegen en un ambiente umbroso y de cierto frescor. Pero seguimos rodando hasta la siguiente sorpresa del día.

Los corrales de la casa de Cosme

Después de pasar junto a los restos de un viejo pozo -todavía con agua- oculto entre encinas jóvenes, casi de repente, tercera sorpresa: aparece una gran hoya rodeada de monte de encinas y pinos, en la que se ha plantado cereal en la zona cercana al perímetro, en cuyo punto más profundo y central vemos una laguna de forma redondeada, rodeada a su vez de hierba. Del agua surgen dos chopos, lo que tal vez quiera decir que el nivel está relativamente alto. También vemos hileras de piedras calizas con la base sumergida. Hoy día no es muy normal encontrase con estas charcas en los páramos; hasta hace poco abundaban las navas con sus lagunas, pero la mayoría han sido desecadas o, simplemente, la sequía o la captación de manantiales las impide mantenerse.

El monte Bayón al fondo

En fin, ha sido sorprendente el viaje hasta aquí por montes y caminos poco transitados y, además, el lugar descubierto ha merecido la pena sin ninguna duda.

Nos encaminamos hacia el este primero por un camino entre encinas hasta que se corta en otro camino que lo atraviesa. Al sur queda el monte Bayón y al norte espacios delimitados por hileras de encinas dedicados al cultivo del cereal y plantas forrajeras. Pero el paraje sigue siendo encantador. Uno tiene la sensación de que por aquí no hay más almas.

Un poco más y atravesamos el camino de Montemayor a Traspinedo y bajamos hacia Santibáñez.

1 julio 171

El manantial de los Garbanzos

Nos acercamos hasta el manantial de los Garbanzos -con cuyas aguas seguramente se preparaban buenos cocidos- y nos vamos directamente por la carretera de Sardón a ver qué queda de la laguna Sangusera. Pues ahí está, un tanto modificada. La han recuperado, aguas abajo de donde antes se encontraba y, un poco más hundida, han construido laderas de protección. No es la misma, ni tan natural como antes, pero más vale así que seca. Casi no se ve la lámina de agua que, por no tener profundidad, está cubierta de plantas.

Laguna Sangusera

Ahora nos vamos por una pista que atraviesa el pinar de la dehesa de Traspinedo hasta su cruce con el arroyo Valcorba, que seguimos hacia su desembocadura. Pasamos junto a un puente de esos tradicionales, en piedra caliza, sin pretiles, luego cruzamos el pinar del Zarzal hasta la zanja del Molino y, finalmente, llegamos a Puente Hinojo que tiene fuente. El resto del camino, atravesando por la Dehesa de Peñalba hasta conectar con la senda del Duero, ya es conocido. Por cierto, la senda está impracticable: ha sido invadida por la maleza y en bici no se puede circular.

Esquema del recorrido