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Misterio en el pico Redondo

31 diciembre, 2019

No hace mucho pasamos por las inmediaciones de este pico, al visitar unos corrales que aprovechan la ladera poco antes de llegar a la Calvacha Arenosa, cerca de Peñafiel. Vimos su forma, como de un cerro peninsular entre el valle del Tamboril y el barco de Valdestremero unido al páramo por un istmo o collada ligeramente más baja que las dos altitudes que une.

Con cierta dificultad, pero aun se aprecia el camino de entrada

La primera sorpresa es que por esa collada pasa -o pasaba- un camino tallado en la ladera con el correspondiente corte de talud o con muro de contención. Por tanto, ha sido expresamente trabajado para facilitar el cruce de algún tipo de carruaje. En fin, no hay duda de que hubo actividad en este pico redondo hace muchos años, siglos, tal vez. Este camino, que no aparece en los mapas, venía de Mélida cruzando la cañada Bermeja, que fue merinera.

Valle del Tamboril, al oeste

Llegados al pico Redondo, vemos que su cima, casi plana, tiene forma como de riñón alargado, de 400 m por 80 m. aproximadamente. Todo el borde del cerro cuenta con un muro bajo de piedra, más o menos derruido según las zonas y, en algunos puntos tiene un segundo muro circundando el primero. También vemos un corral pequeño, de planta cuadrangular y pared bien conservada, y diferentes montones de piedra que tal vez -al menos algunos- pueden ser ruinas de chozos.

Chozo que aun se conserva

Y un chozo -¿de pastor?- de planta cuadrada. Prácticamente en toda esta zona del Peñafiel y limítrofes no hemos visto este tipo de planta, pues todas son redondas. Salvo en algunos guardaviñas de Encinas y valle del Cuco. Tiene, además, una entrada techada y protegida por habituales chozos pastoriles.

¿Qué fue, qué hubo en este curioso teso amesetado? La memoria nos trasladó a los cerros próximos a Valdenebro de los Valles, donde vimos unos corrales y chozos parecidos, que muraban también aprovechando los bordes de la paramera y antaño protegían o señalaban heredades plantadas de viñedo. ¿Hubo en este cerro viñedos? No vimos restos de parras, pero sí retoños de almendro, árbol que con frecuencia se asociaba a los bacillares en estos campos. Por otra parte, las laderas del cerro tuvieron bancales que denotan igualmente algún tipo de cultivo.

Muro

Nosotros nos inclinamos por esta interpretación. Otros creen que tal vez estuvo dedicado a esquileo de ganado mesteño, por la forma de los corrales y por su cercanía a la cañada Bermeja. Pero este lugar está apartado de lugares poblados más o menos importantes, y la industria del esquileo necesita un mínimo de infraestructura próxima. Tampoco hay noticias documentadas que la apoyen. Claro que igual nos pasa a nosotros…

Salida del barco de Valdestremero hacia el Duero.

En fin, que no deja de ser un misterio que cada vez se irá hundiendo más y más en la noche de los tiempos… Ciertamente hemos de agradecer a los autores que mantienen la opinión del esquileo el magnífico artículo que publican en el anuario 2018 VACCEA, con atractivos gráficos y dibujos de los diferentes chozos de la comarca, además de fotografías.

Al margen de estas opiniones sobre tiempos relativamente recientes, se trata de un cerro fácil de defender, medio oculto en el páramo pero con buena visión sobre el aquí estrecho valle del Duero: tal vez se ocupó en épocas prehistóricas.

Restos de bancales

La visión se completa con el barco y valle que le rodean, cuyos fondos exhiben cuidados viñedos, una moderna bodega, hileras de almendros y un colmenar. Las laderas más altas, cubiertas de maleza, dejan ver las grandes escalinatas de antigos bancales. Y al norte el Duero con la boca -Bocos- del valle del Cuco.

La excursión de este día se inició con una subida al arriesgado pico de Santa María, desde el que se domina Peñafiel y el valle del Botijas. Lo de arriesgado es porque nos hicimos una fotos de nada sobre un risco que está a punto de desprenderse del pico… ¡pero no se desprendió en el momento que lo hollamos! De ahí cruzamos al otro lado del páramo para visitar los corrales de San Pedro, en la cañada –ya abandonada- del mismo nombre.

Abajo, Mélida

Después del pico Redondo estuvimos en los corrales –de altos y casi señoriales muros- y chozo de don Diego. Y a continuación, otra escalada al Torruelo, que también es redondo, de 912 m, 20 metros menos que el Cuchillejo, cima más alta de la provincia. Ofrece una magnífica vista de los páramos cercanos.

Y, finalmente, desafiando de nuevo al vacío, nos adentramos en algunas de las Bocas de Mélida, especie de cuevas artificiales en la pared vertical del páramo…

Las Bocas

Ya solo nos quedaba una caminata por el valle del Botijas hasta Peñafiel. Sí, caminata, pues no hemos aclarado que nada más iniciar la excursión, una de nuestras burras se negó a rodar. Como no era momento de ponernos a discutir, la dejamos en Peñafiel hasta la vuelta. Por eso hicimos menos kilómetros de los habituales, unos 16. Pero mereció igualmente la pena. Como siempre.

…y de los páramos a la ribera

22 octubre, 2019

(Viene de la entrada anterior)

Después de saludar a la Cruz de la Muñeca (ofrecida por Segunda Cano a su pueblo natal hace justo 90 años), nos acercamos al corral de Cuestalavega, que está en uso y es hoy una nave ganadera con ovejas bien cuidadas, y después a la fuente del mismo nombre y humedecida con un charco de agua. Probamos las bellotas –de encina y de roble- que se encuentran en sazón; un poco amargas, asadas ganarían. Rodeamos el pico Lotero –del otero- que ahora está rodeado de buenas viñas y nos vamos en busca de la fuente de la Umbría, que no encontramos. Hay juncos, prados, arbustos, pero de agua fluyente, nada. Mas el paraje merece la pena rodeado, además, de robles. Subimos al alto de San Juan donde se alzan los restos de otros corrales de muy buena factura. Se diría que han estado en uso hasta hace nada. Y nos asomamos al aquí anchuroso valle del Duero, con Nava de Roa casi en primer plano.

Nava de Roa en su valle

Pero hay que ir pensando en bajar –y volver-, así que nos vamos por el Portillo buscando las fuentes del Perro –que no existe- y la de Villana, que ha sido recientemente remozada y, al menos, gotea. Y entre los altos del Gorro y Riosa nos acercamos al Duero. El firme ha cambiado y la arena dificulta nuestro avance en algunos tramos. También ha cambiado el paisaje que, sin dejar las vides, se ha suavizado. Ahora vemos frutales, chopos y pinarillos. El canal del Riaza lleva agua a esta vega. Han destrozado la fuente del Villar, antes pegada al canal.

Canal del Riaza

De manera asombrosa, el valle se ha cerrado formando una garganta de un kilómetro de anchura por la que se cuela el Duero. No sé cual será la explicación a este fenómeno geológico, pero ya se ve que el río no ha podido derribar estos páramos, especialmente duros, y se ha conformado con un estrecho boquete. Por aquí también cruzan la carretera de Soria, el ferrocarril de Ariza, el gasoducto y la calzada de Clunia. Pero esta última es la única vía que lo hace por la orilla derecha, y allá pasamos.

Cruzamos para recordar la Historia. Precisamente nos llama la atención el perfecto firme de este camino. Pero claro, se debe a que los romanos fueron unos excelentes arquitectos e ingenieros y este camino se asienta sobre una calzada o vía romana. Por aquí pasaron legiones, comerciantes antiguos, carreteros… que venían de Tarraco, Cesaraugusta o Clunia, en dirección a Simancas, Astúrica o Braca.

Amenazante paso de la calzada entre el Duero y el páramo

Y más tarde, justo por aquí vino huyendo de la batalla de Simancas, Abderramán III los primeros días de agosto del 939. Dicen las crónicas (árabes) que arrasó Mamblas, el castillo de Rubiales (5 km al este) y Roa. Pero también dicen que hacia Valdezate, en el Foso (?) le vencieron los ejércitos cristianos y casi le hacen prisionero. Abderramán, escaldado, no volvió por estos lares. Todavía durante siglos posteriores este fue el camino natural entre Castilla y Aragón (Senda de los Aragoneses). Llama la atención que precisamente en este paso vemos enormes piedras esparcidas por la ladera como amenazando el cruce de los caminantes.

Vista del Bercial desde las alturas

Y seguimos hasta Bocos, donde el sol le saca al picón del páramo vivos tonos de color marrón y blanco. Y nos metemos por un campo próximo al río y en medio nos paramos a ver la Casa del Bercial, en un tiempo rodeada de vides -algunas quedan- y hoy de miles de nogales, perfectamente ordenados para la explotación de su fruto. La casa es de barro, de dos pisos con balcones, y amplio corral rodeado de establos. Pero ya en ruinas. Fue la típica casa de la ribera del Duero. Una verdadera ribera, en su acepción vallisoletana, según el diccionario de la RAE.

Todavía disfrutamos de las vistas del castillo de Curiel –en Castilla, al norte- y del de Peñafiel –en la Extremadura, al sur- pues no en vano a esta última localidad se la conocía en el siglo XI como madre o ensalzamiento de toda Extremadura y el Duero la frontera.

Llegando a Bocos

Para terminar protegidos del viento, nos metemos en la senda del Duero para cruzar luego este río por el puente medieval, que se levanta entre las desembocaduras del Botijas y Duratón. Y así, como sin querer, hemos cerrado el círculo de esta excursión.

Altos del Duero en Peñafiel y Castrillo

18 octubre, 2019

Peñafiel se asienta sobre valle del río Duratón, pero no toda, pues una pequeña parte que incluye el camposanto e importantes bodegas se levanta sobre el valle del arroyo –río para otros- Botijas. El cerro del castillo separa los dos valles. Ambos, río y arroyo, desembocan en el Duero a unos 300 m de distancia uno de otro.

Para salir de Peñafiel vamos a seguir la cañada Bermeja, cañada merinera que sube al páramo de San Pedro. Pero antes cruza precisamente el arroyo Botijas por un pequeño y precioso puente de piedra de tres arcos, que lo tiene todo: tajamares, robustos pilares, pretriles, embocadura… Abajo, el agua corre entre un denso espadañal. Muchas ovejas –merinas y no merinas- y otros ganados han pasado sobre su calzada a lo largo de los siglos, pues no en vano da servicio a una cañada. Preciosa vista sobre el castillo si no fuera porque delante nos han plantado el polígono industrial.

Avanzamos ahora por las vides del Pago de Carraovejas. Si fueran personas, estarían felices, pues pocas cepas reciben tanto cariño como estas. No hay más que verlas para adivinar donde está parte del éxito de estas bodegas. Pero volvemos a decir lo que dijimos antes sobre el paisaje de Peñafiel y su castillo, si bien ahora las naves industriales se encuentran más alejadas y proporcionalmente han disminuido de tamaño.

Vamos hasta el pico de Santa María –lo veíamos al subir de espectacular estampa, blanca y vertical- que ha sido modelado por el Duero y otros elementos naturales a lo largo de cientos de miles de años. Con el río, forma un estrecho paso –el Portillejo– que controlaba el acceso a Peñafiel viniendo del este. Desde aquí no sólo vemos Peñafiel, también la orilla derecha del río y los páramos de Curiel –con su castillo- y los de Bocos, más a contramano. Y la inmensa mancha del pinar de San Pablo, delante de Pesquera.

Ahora nos vamos hasta los corrales de San Pedro, asentados sobre una pradera que hoy pierde terreno en favor de las plantaciones de pinos de Alepo. Aun vemos en pie un estilizado chozo, ya desmochado, y unos corrales sorprendentes por su buena factura: muros anchos y altos, con algunas esquinas en piedra de auténtica sillería. Antaño la cañada se bifurcaba aquí y un ramal bajaba en directo hacia el Duero; hoy éste ha desaparecido y nosotros seguimos el único ramal practicable.

Nos volvemos a asomar al Duero en diferentes puntos del borde del páramo. Tal vez lo mejor de esta excursión sea, precisamente, el paisaje de este valle. Elevados 150 sobre el río gozamos de una vista de pájaro -o de águila- y las riberas parecen otra cosa. Si el Duero es el río de la epopeya condal castellana, el castillo de Peñafiel lo rompe desde el sur, el pico de Santa María señala el oeste, a favor de la corriente, y el Duero, con sus suaves meandros a pesar del cañón, no se da por enterado. Aguas arriba, el valle desaparece para formar una llanura tranquila y hasta dulce por los racimos de uva, propia de Baco, alejada de los ásperos páramos.

A la vista del pico Redondo –es como una península que se mete en el valle- descubrimos otros viejos corrales que han aprovechado las calizas del cerral a modo de visera para proteger mejor los rebaños. Después, bordeamos la Calvacha Arenosa, con sus corrales y chozos y buscamos, en vano, la fuente de Valcavado en el barco que da a la casa del Empecinado. Abundan los sauces, arbustos y pequeños prados -todo verde- pero no llegamos a dar con el agua. Tal vez brote en primavera.

Volvemos a la cañada; en algunos majuelos están vendimiando y, al llegar a la charca de Fuentidón, saltan las ranas y la fuente gotea; los álamos dan sombra. No se está mal, por lo que descansamos un poco para continuar en la entrada siguiente.

Aquí podéis ver el trayecto.

El verano aprieta en los páramos y valles de Peñafiel

9 julio, 2019

Sábado 29 de junio. Acaba de comenzar, bien fuerte, el verano. Algunas máximas de ese día según la AEMET fueron: Valladolid, 38.8; Peñafiel 37.1; Sardón de Duero y Cuéllar 40.6. Nosotros hicimos el recorrido Quintanilla de Arriba, Langayo, Peñafiel, Pesquera, Pintia para terminar de nuevo en Quintanilla, o sea, páramo y ribera, y tampoco pasamos tanto calor, pues la brisa estuvo presente, así como la sombra en la senda del Duero y los baños en los ríos. Una vez más comprobamos que lo peor de lo peor con calor son las subidas. Lo demás se aguanta bien, sobre todo si hay sombra o corre airecillo.

En el chozo de San Masín

Desde Quintanilla subimos a las Majadas por el camino de San Masín, entre viñedos y alguna hilera de cipreses que dan a los majuelos aspecto mediterráneo. Poco antes de llegar arriba nos paramos para contemplar el chozo de San Masín: se agradece que haya sido reconstruido por los vecinos de Quintanilla. De una carrasca cercana saltó una cría de corzo que ya corría muy bien. Después pasamos cerca de los corrales y chozo de Rafaelillo, pero no nos acercamos pues estaban en un campo de cereal aun no segado. Al lado estaban los restos de los corrales de Cameñas. El paraje, con trozos de monte y buenos robles aislados es también un buen balcón para asomarse al barco del Charco y a la casa del Monte. El calor empezaba a apretar, sobre todo en la cuesta.

Laderas del barco del Charcón

Ya en el páramo, pusimos rumbo a Langayo, escogiendo para bajar el camino de los Aguaduchos, que tiene cerca restos de muros, algún nogal, almendros y pequeños majuelos. Bordea un paredón del páramo -más que una ladera- y posee una vieja fuente de la que aun mana agua. Este paraje debió de estar antaño relativamente concurrido. Hoy está solitario y vacío.

Tras parar en la fuente retomamos el camino y en el camino tuvimos un traspiés, o sea, una caída. Rozaduras y ligeras contusiones que fueron curadas amablemente por la encargada de la piscina de Langayo, donde aprovechamos para tomar resuello y reponernos un poco.

De allí rodamos a Peñafiel por un camino lleno de subidas y bajadas que llega a la fuente de la Salud, y baño –fresquito- en el Duratón, a la sombra de los álamos.

Nogal y almendros en la bajada de los Aguaduchos

El siguiente tramo es, sin duda, el más duro: subida al pico del Castillo Viejo. Son casi las cuatro; los caminos y senderos de yeso blanco están ardiendo y devuelven multiplicada la luz y hasta el calor del sol; el esfuerzo hace que falte hasta el aire para respirar y parece que uno va a fenecer achicharrado por un calor que todo lo quema.

No se sabe si el nombre –Castillo Viejo– se debe a que por aquí hubo un castillo o bien al aspecto del pico que, mirado desde el valle, asemeja un antiguo castillo con derrumbes y grandes grietas. Pero lo cierto es que el lugar merece la pena –no es la primera vez que llegamos- aunque solo sea para ver desde otra perspectiva el actual castillo, Peñafiel y las novedades del valle del Botijas, o sea, la bodega Pago de Carraovejas. Aunque también merece la pena saltar hasta el mismo pico, a punto de desprenderse del páramo y caer a plomo por la ladera. A nosotros nos ha sostenido y, a pie quieto y descansando, el aire se ha tornado más benigno y tibio…

Desde el pico del Castillo

En fin, ya solo nos queda el trayecto más largo pero el más sombreado: la senda del Duero –primero del Duratón- hasta Quintanilla, pasando por dos molinos de este último río, la confluencia de ambos, las inmediaciones de Pesquera y Pintia, todo ello con varios árboles caídos que hubo que saltar y algunos derrumbes en la ribera que pretendían impedir el paso. En Quintanilla se acumulaban las fuentes y nos dimos un último baño en la playa que nos habían preparado. Con ducha, por cierto. Aquí podéis seguir el trayecto; también podéis leer otra versión de esta misma excursión, según Durius Aquae.

Una ruta sin pinchazos o “en la variedad está el placer”

5 noviembre, 2015

Así como las aves aun teniendo alas a veces dan paseos, nosotros teniendo ruedas también a veces caminamos. Es el caso de esta pequeña excursión por los paradisiacos parajes otoñales de Peñafiel.

Tras rendir pleitesía como corresponde al pino Macareno y comprar el pan para el futuro bocadillo, subimos al peñasco de Castillo Viejo, imponente cortado que nos permite tratar de tu a tu al castillo del Infante y a la vez observar los numerosos trozos de cerámica por allí desperdigados con ganas de contar cosas que no llegamos a comprender.

De castillo a castillo

De castillo a castillo

Al fondo, al suroeste nos fijamos en el Torruelo. ¡912 m, todo un pico para Valladolid!

Tras un corto recorrido por el páramo descendemos hasta la coqueta Mélida, aunque donde teníamos ganas de llegar era hasta el lugar de Las Bocas, impresionante escarpe con algunas cavidades hechas por el hombre cuyo origen parece ser eremítico. Me viene a la cabeza la película de Simón del desierto pero al no observar al diablo por los alrededores optamos por dar cuenta de bocadillo y clarete. Finalmente el diablo apareció en forma de moscas con lo que reanudamos el camino de vuelta hacia Peñafiel por la Vega del Botijas a través de magníficos majuelos de hoja ya roja

Las Bocas

Las Bocas

Atravesando el puente de piedra por donde la cañada Bermeja salta el arroyo llegamos de nuevo al pueblo.

Instalaciones vía de Ariza

Recorrimos el agradable paseo de la Estación rememorando su no tan antiguo pasado ferroviario del que aún quedan restos interesantes sumidos en el abandono. Más allá el puente medieval, esta vez encontramos algo rescatado de las ruinas.

Azud y aceña

Azud y aceña

El regreso nos reservaba la inesperada sorpresa del ramalillo del GR14 que conecta la desembocadura del Duratón con el centro de la Villa, ¡paraje idílico donde los haya! Daba pena ir terminando por el sinuoso y estrecho sendero que sigue los apacibles meandros finales del rio. Una ribera plagada de enormes álamos en su esplendor otoñal alternándose con molinos, azudes y puentes, todo ello caminando sobre plateada y crujiente hojarasca.

La hoja roja

La hoja roja

En fin, alguna vez hemos escuchado que Valladolid no tiene buenas rutas, que hay que hacer cientos de kilómetros para disfrutar de naturaleza espectacular, ¡qué error! Pero sin buscarlos nos aparecen paseos como este….                                               Javiloby

...y laruta

…y laruta

Una de cerros

9 septiembre, 2014

Castros de Peñafiel

Pero no de cerros cualesquiera, no, que todos son históricos o, por mejor decir, prehistóricos. Parece que la comarca de Peñafiel, o sea, de Pintia, es especialmente proclive a los asentamientos de hace dos mil años o más. Así que nos planteamos mirar el paisaje como lo mirarían nuestros antecesores pintianos de aquellos siglos anteriores a Cristo. ¿Y qué mejor excursión que subir a los cerros donde aquellos hombres trabajaron, vigilaron y vivieron?

Un aviso. Se trata de una excursión mixta: en todos los casos, salvo en el primero, dejamos las bicis al comienzo de la cuesta y subimos caminando o gateando a la cima. En total, cayeron unos 56 km.

Cerro del Castro

Cerro del Castro

 Cerro del Castro

Domina de manera particular el valle del arroyo de la Vega que nace en las proximidades de Oreja. En él se asientan Langayo y Manzanillo, perfectamente visibles. Lo más característico es la piedra caliza que le cubre y sirvió de suelo al asentamiento primitivo: vuela a modo de visera sobre el espacio y debajo oculta concavidades naturales o provocadas por la extracción de yeso. Dentro, uno tiene la sensación de que la gran plataforma de piedra caliza se apoya en otra veta sobre unos pocos puntos. La gran visera se ha ido cuarteando y rompiendo en ciclópeos pedazos de piedra que se quedan en la ladera o ruedan hacia el fondo del valle.

De todas formas, este castro estuvo conectado con el nivel del páramo por una estrecha franja de terreno, que debía defenderse de manera artificial.

 

Pajares. ¿Las canteras?

Pajares. ¿Las canteras?

Pajares

 Solitario cerro que domina la llanura provocada por la conjunción de los ríos Duero y Duratón y el arroyo de la Vega. Es la continuación y de una hilera de montículos que viene desde el cerro del Castro Se levanta a unos dos kilómetros de Pintia y todavía hoy observamos la cantera de la que, según los entendidos, se extraían las lápidas que cerraban las urnas funerarias de los guerreros vacceos. Es, seguramente, el mejor observatorio de la comarca porque está lejos de la paramera. También debió poseer una torre de vigilancia comunicada con Pintia, pero de eso ya no queda nada; no obstante en la ladera Sur se levantó una casa o cabaña hace tantos años ya que sus ruinas parecen modeladas por el viento y la lluvia.

Hoy, un majuelo de tempranillo extrae de la tierra viejas esencias vacceas. ¿Qué sabores tendrá su mosto?

 

Vista de Pajares

Vista de Pajares

Cerro del Castillo  

Ya hemos citado alguna vez a Lucano: Nullum est sine nomine saxum. Una consecuencia es que no existen nombres gratuitos. Luego aquí hubo un castillo, sin duda. No quiero decir un castillo típico, como el de Peñafiel. Pero un castillo: una casa fortificada, una torre de vigilancia. Lo que sí está demostrado es la existencia de un poblamiento o castro hacia el siglo XVI a. d. C. Impresionan los murallones anulares que rodean la cima del cerro a diferentes alturas, y que en absoluto son bancales, a juzgar por las trazas y la verticalidad de las laderas. Si todavía impresionan los restos, ¡cómo debieron amedrentar al enemigo en aquellas lejanas épocas!

 

Cerro del castillo

Cerro del Castillo

El cerro avanza sobre el valle y en la zona más próxima al río lo vemos cortado a pico. Ni por la parte posterior se encuentra unido al ras del páramo, pues allí forma una pequeña vaguada. Perfecto como plaza fuerte (o castillo). La vista asombra. Pero…¿es posible que estemos en la provincia de Valladolid? El gran tajo del Duratón, con el río retorciéndose, acompañado por alamedas. A los pies, Rábano, Torre; al fondo, Canalejas. Arriba, navegando, buitres, alimoches, águilas. Y es que no estamos ni en el ras del páramo ni en el valle. Es otra historia.

Pico de la Mora

 

Pico de la Mora

Pico de la Mora

Último cerro, entre el del Castillo y Peñafiel. De aspecto similar al anterior pero más alto y cortado, si cabe. Blanco, con abundante polvo de cal y yeso. Otra vez los restos de impresionantes murallones anulares. Se distinguen también vestigios de accesos, entradas, caminos. Cortado a pico por el Oeste, con abundantes cuevas y viseras. Las murallas salen del paredón y se prolongan por la ladera. También hay una caída o fuerte desnivel antes, cortando con el ras del páramo. Otra plaza fuerte. Dominio sobre el valle, contacto visual con el cerro de las Cuevas, enfrente. Perfecto contraste con los majuelos de la base, verdes en verano, rojos en otoño. Majestuosa estampa.

Ríos y fuentes

Nos hemos movido en el ámbito del Duero y –sobre todo- del Duratón. Los días son todavía calurosos y se agradecen las fuentes y ríos del camino. Pasamos por el ya conocido Vallejo de las Fuentes, en el que persisten sin mayor novedad la fuente de la Chinchorra y el manantial de la Talda; la fuente de Barcolanas se perdió, al parecer, para siempre.

Vadeando el Duratón

Vadeando el Duratón

Fue agradable encontrar, en Peñafiel, la fuente de la Salud, con su pilón asimétrico respecto de los abrevaderos. Y al pie del cerro del Castillo, la fuente de la Revuelta: no vimos abrevadero, pero sí el manantial. También nos refrescamos en las fuentes urbanas de Canalejas y de Torre de Peñafiel. Al volver hacia Quintanilla cruzamos junto al humedal de la Laguna, lleno de maleza.

¡Ah! Y nos dimos el gustazo de vadear el Duratón entre Torre y Rábano. Traía corriente y el lecho era de arena. El agua fresca nos recompuso.

De vuelta

De vuelta