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La pesquera de Herrera

25 agosto, 2017

En Herrera de Duero existe un lugar al que todos llaman la Pesquera, es decir, una franja de grandes piedras amontonadas –hoy en desorden- que atraviesa el río y cuya finalidad era elevar el nivel del agua para dirigirla a través de una aceña y así utilizar su caudal y fuerza de caída para moler el grano. Los que conocemos éste y otros parajes similares sabemos que están llenos de encanto: el agua genera murmullos y espumas, el río se ensancha y produce, aguas abajo, rápidos y bancos de arena en las orillas y fondos, mientras que aguas arriba la superficie del agua aparece rasante y tranquila, sólo interrumpida por los saltos de los peces…

Se sabe que este molino aceñero estuvo en funcionamiento desde mucho antes de 1400 hasta el año 1790, aproximadamente. En el Catastro de la Ensenada (1750) podemos leer que tenía dos muelas y que pertenecía al convento de Santa Clara de Valladolid. También parece que sobre esta misma pesquera había un batán de tres pilas y un cañal de pesca. Hoy sólo quedan, desordenadas, las grandes piedras sobre el lecho del Duero entre las que pasa el agua, todavía produciendo murmullo y burbujas.

En los años 60 del siglo pasado era un lugar concurrido por bañistas –en verano- y pescadores de caña. Tenía una pradera de grama en la que recostarse a tomar el sol o sentarse y merendar, una pequeña isla y dos arenales producto de cuando, en las crecidas, el agua se arremolinaba al pasar sobre los arbustos de tamarizo y depositaba la arena. Los chavales pescaban cangrejos entre las piedras o cogían camarones, gusarapas, náyades y caracolillos de diferentes especies y tamaños. Los pescadores atrapaban barbos a fondo y cachos, bogas o bermejuelas al corrido. (De todas estas especies sólo queda el barbo, acompañado ahora por los invasores percasoles y alburnos ). Antes, se podía pasear aguas abajo por un sendero de la ribera hasta el término de Boecillo y, aguas arriba, hasta casi el puente de Hierro, cerca de Tudela. Hoy, sin embargo, a duras penas se puede pasear por las orillas próximas a la Pesquera, pues todo se encuentra inundado de maleza.

Antaño había una huerta en la bajada hacia el río, con su fuente de riego en la que también se recogía agua para consumo humano. Ni que decir tiene que una y otra han desaparecido tragadas por la vegetación. Antaño, en la ladera había una cueva de factura humana que –cuenta la leyenda- llegaba hasta el castillo de Portillo. Hoy ha desaparecido; donde antes había una boca llena de misterio, hoy vemos… ¡una depuradora!; se supone que para reducir un poco la porquería que antes no existía. También había una olmeda que todos sabemos cómo acabó. Antes de la bajada, hubo un lagar con dependencias para pajar y otros almacenamientos, luego mesón del señor Pío –que servía sabrosas tortillas-, luego –hoy- ruina. Una piedra lagarera en la esquina es testigo de otros tiempos.

Queda el bosque de la ribera: grandes chopos y álamos enmarcan el paisaje de la Pesquera y de todo el río; fresnos, alisos y sauces se acercan al río para mantenerse junto a las mismas aguas. Pero también podemos ver algún avellano, algún cerezo… y probar, en tal caso, sus frutos.

Hace casi tres siglos Herrera era un pequeño pueblecito que vivía de sus vides y bodegas; también había un barquero –con su barca, no existía el puente-, un molinero, un batanero, un tabernero y un abacero, además de unos pocos jornaleros y mozos de labranza. Hoy vemos lo que vemos: algún pequeño majuelo, dos bares, un gran restaurante y un montón de chalés. El río sigue pasando, más sucio y adelgazado que nunca, a pesar de las depuradas. Pero todavía, quien lo quiera escuchar, puede oír –e incluso entender- su murmullo. Sobre todo en la Pesquera.

***

En el mismo río, no muy lejos de ésta, hay otras pesqueras semejantes en igual estado de abandono. La más cercana es la de Fuentes, a casi 3 km aguas arriba, aunque procede de los restos de un puente de piedra, cuando la época gloriosa de Fuentes. Inaccesible por la orilla izquierda y de difícil acceso por la derecha. Poco antes de llegar a Tudela tenemos el Batán, accesible por ambas orillas, especialmente por la derecha. Aguas abajo, no lejos de la fuente de San Pedro, ya en Laguna, existe otra más -que tuvo dos muelas- en un lugar agradable y recogido.

Las fotos corresponden a diferentes momentos de la Pesquera según el año, digamos, hidrológico. Ni qué decir tiene que la primera es de hace unos días.

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El valle de los Piñeles y la Senda del Duero

11 julio, 2016

2 julio 105—Viene de la entrada anterior—

…pero esta zona de Valdelaguna es pródiga en sorpresas. Tuvimos la suerte de divisar lo que parecía restos de un chozo en un rodal de monte dentro del campo de cebada que se estaba cosechando. Nos acercamos y pudimos comprobar que no estábamos descaminados: un chozo -¿de pastor?-con características nada típicas: en forma de cono relativamente afilado y alto, con una pared que en la base mediría algo más de 50 cm de ancha y un diámetro interior de poco más de un metro. O sea, no se utilizó para pasar la noche, sino sólo para protegerse en caso de lluvia, tormenta o viento fuerte y frío. Las piedras eran en su mayoría anchas y delgadas y ya se está cayendo buena parte de la zona exterior de la pared. Muy cerca, restos de lo que pudieron ser corralizas. Pero el chozo pudo ser utilizado, más que por un pastor, por el guarda de este monte.

Pozo del Escribano

Pozo del Escribano

Continuamos, ahora volando por una ancho camino de buen firme en dirección al valle de los Piñeles. Las manchas de monte fueron remitiendo hasta desaparecer por completo y dar paso sólo a las tierras de cultivo. Cerca del viejo camino de las Majadas vimos el Pozo del Escribano protegido por una simpática casita, perfectamente construida y bien conservada. El agua se echaba en una pila que conectaba con otra al exterior. Se ve que por aquí no suelen cruzar los vándalos, pues a pesar de encontrarse junto al camino y con la puerta sin cerrar con llave, todo está en orden.

Cruz incrustada. Piñel de Arriba

Cruz incrustada. Piñel de Arriba

Otro poco más de navegación llana para pasar junto a un plantío de nogales e iniciar el descenso a Piñel de Arriba. Fuentes y jardines no faltan en esta localidad. Descansamos en el Parque de Don Paco, párroco que fue de la localidad. Al lado, el busto de un hijo del pueblo asesinado en Zaire en 1996. A pesar de la sensación que dan las laderas –casi paredes en algunos puntos- blancas cerca del pueblo, lo cierto es que no faltan humedales y choperas. También vimos algunos palomares.

En el valle de los Piñeles

En el valle de los Piñeles

El trayecto al de Abajo lo hicimos saltando una pequeña lengua de páramo por Valderreveche, gracias a lo cual pudimos contemplar en toda su profundidad no sólo el valle de estas localidades, sino también el del mismo Duero. Al bajar, repusimos fuerzas en la fuente de la Canaleja verdadera, recién restaurada, que no en la otra, la falsa, cuya arca de recogida había quedado por debajo del caño de la fuente. ¡Cosas veredes, Sancho amigo!

Buena nogala

Buena nogala

En Piñel de Abajo teníamos pendiente una cita con otro árbol, un viejo nogal que se encuentra en un campo de cereal, no lejos de un pinarillo donde también vimos los restos de un palomar construido en barro. El nogal, también conocido por algunos como la Nogala de la Ribera, se encuentra –nunca mejor dicho- a sus anchas, pues no tiene ningún competidor cercano, y puede extender sus ramas sin problema sobre los campos. De porte equilibrado, la simetría es atributo de su perfil respecto al tronco, destaca sin proponérselo en el paisaje de Piñel. Por otra parte, resulta curioso ver cómo en todo este valle abundan los cerros aislados, desgajados del páramo que nos recuerdan la figura de una tarta aflanada.

Cerro cortejado por almendros

Cerro rodeado de almendros

Finalmente, pusimos rumbo a Pesquera de Duero por un camino a media ladera. Al llegar, cruzamos a la otra ribera para tomar la senda del Duero con sus continuos toboganes. Aquí predomina la sombra, que en verano se agradece sobremanera. Pasamos junto a la vieja Pintia de los Vacceos y al cruzar de nuevo el río y entrar en el término de Quintanilla de Arriba fue declararse la guerra. Sí, la guerra de zarzas, ortigas, cañizo, palos y troncos que habían tomado la senda y hacían frente a nuestro avance. De poco les valió, cierto, pero acabamos con todo tipo de heridas y arañazos, y bien ortigados hasta que se hizo de nuevo la paz al llegar al término de Valbuena. En tales condiciones, no creo que cruce mucha gente por aquí: ¿no puede hacer algo el Ayuntamiento de Quintanilla de Arriba Pesquera?

El resto del trayecto fue un agradable paseo disfrutando de la sombra y la frescura de la ribera del Duero. Cerca de los Bancales nos refrescamos en una fuente a la que conduce una escalinata en piedra, bien visible; pasamos junto a los muros de San Bernardo y, antes de llegar a Valbuena, descansamos sobre un banco de madera, en una de las zonas más umbrías de nuestro itinerario. Junto a la pesquera, para relajar músculos y celebrar las llegada, nos dimos un buen baño.2 julio 194

Páramos y riberas entre Pesquera de Duero y San Martín de Rubiales

17 mayo, 2015

Roturas

De Pesquera de Duero hacia Roturas fuimos por la carretera para calentar motores. Entre las Pinzas –al Este- y nosotros se suceden campos de cereal y bacillares. Un enorme chopo en medio del valle le da el contrapunto a la horizontalidad del paisaje.
Roturas es peculiar. Mezcla de casas restauradas y casas en derrumbe libre, en invierno está prácticamente vacío y, en verano, con varias casas rurales, se llena de vida. La iglesia de San Esteban cuenta con un retablo de piedra caliza, cosa nada habitual, y, a la vez, un viejo lagar parece querer quitarle espacio a la iglesia, pues se posiciona a escasos centímetros de la misma torre… Y, por si fuera poco, hay que venir aquí expresamente, pues la carretera no va a ninguna otra parte.

En Isarrubia

En Isarrubia

Subimos por un camino –majuelos y álamos- hasta la fuente de la Criada, de amplio pilón, casi en el ras del páramo y con árboles para descansar a la sombra. Seguimos nuestra excursión entre campos de un verde radiante donde el trigo y la cebada –o sus dueños- confían que seguirá lloviendo y luciendo el sol. Aquí la llanura se abre hacia el hondo valle de los Piñeles, por un lado, y por otro hacia los de Curiel y el Cuco. Entre medias, navas y hoyas que hacen la tierra más húmeda y la rasante menos sería. Incluso una loma –La Revilla-se levanta sobre el llano.
En éstas, hemos llegado a Jarrubia o Isarrubia, donde nos espera una fuente con dos generosos caños y los restos de un pueblo donde aún pueden verse parte de los muros de lo que debió ser la iglesia y, junto al camino, las piedras de sillería sobre la que se apoyó alguna construcción importante. Si en los bordes del valle de los Piñeles aflora el yeso seco que impide el crecimiento de cualquier vegetal, en este comienzo del valle, por el contrario, se extiende una verdadera selva de pobos, arbustos de todo tipo y plantas que crecen sin control. Total, que resulta imposible penetrar en tan fragoso paraje.

Chozo de Valdesosnal

Chozo de Valdesosnal

Los siguientes puntos por los que cruzamos son fuentes que nacen en cabeceras de valles del término de Corrales de Duero. Todas son distintas y diferentes, pero coinciden en brotar cerca del cerral, donde acaba la piedra caliza y aparecen unas estrechas praderías –entre las piedras y los campos cultivados- precisamente gracias a la proximidad de los manantiales.
La primera que visitamos es la fuente de Valdesosnal, muy cerca de un precioso chozo de pastor que parecía recordar el origen de la localidad, Corrales, como asiento –en tiempos ya lejanos- de rebaños y pastores.

Fuente de Valdemeso

Fuente de Valdemeso

Después de visitar otro chozo medio derruido en el páramo, nos plantamos en la fuente de San Pedro. Además de un prado tenía cerca una plantación de almendros. En esto se parecía a la de Isarrubia. Y finalmente estuvimos en Valdemeso, protegida por un espino blanco. La verdad es que todas las fuentes soltaban agua con alegría.

Robles y campos

Robles y campos

A partir de aquí pusimos rumbo a la provincia de Burgos, si bien ya habíamos hecho alguna incursión, atravesando montes de roble, entre fuente y fuente. Por cierto, la inmensa mayoría de estos árboles ya tenía hoja, y en algunos estaba bien crecidita. La caída hacia el valle del Duero –al fondo la Manvirgo- es, por así decirlo, escalonada. Con dos o tres paramillos por debajo del nivel alto del páramo, que van cayendo progresivamente. Estos páramos menores se encuentran sembrados de cereal y adornados por pequeños bosquetes y robles en hilera o solitarios. Algunos de gran prestancia. Pero al final, vemos allá abajo las casas de San Martín de Rubiales. La torre de la iglesia con escalera de caracol adosada, casas de buena piedra, palomares y casetas de barro. Y detrás de todo, la enorme planicie pinariega que ocupa la vega del Duero.

Amenazadores pedruscos protegen la entrada de la Provincia

Amenazadores pedruscos protegen la entrada de la Provincia

Como el pueblo está en cuesta, nos dejamos caer hasta el puente del río. Antes, sus aguas discurrían rompiendo en una pesquera tradicional. Ahora el río ha sido roto por una centralita eléctrica. Cosas de la vida difíciles de parar.
Y a partir de aquí, entre el Duero y la ladera del páramo, rodamos hacia el Oeste. Justo donde comienza la provincia de Valladolid la ladera cae directamente hasta el río, de tal manera que el terreno tiende a hundirse y el camino ha quedado a veces obstaculizado por las enormes piedras calizas se desprenden del páramo. Menos mal que ahora está todo bien seco y no parece que haya deslizamientos. Enseguida nos acercamos hasta el puente del gasoducto y luego al del viejo ferrocarril de Ariza. Ahora seguimos la vía hasta la finca El Pinar y de ahí rodamos ya por un camino. La vieja estación está vallada y no podemos acercarnos.

Junto al Duero

Junto al Duero

Un poco más y nos asomamos al otro puente de hierro, donde un pescador pone a prueba su paciencia, pues ¡no ha pescado nada en todo el día!
En Bocos empezamos a rodar por la estrecha Senda del Duero: va encajada en la ribera y agradecemos el frescor que nos da la sombra continua de chopos y álamos. Aunque alguno se queja de las bajadas y subidas que no paran… Pero cuando nos hemos querido dar cuenta, estamos en el puente medieval de Peñafiel. Ya sólo nos queda un paseo por la senda verde –bueno, ya no le queda pintura verde- hasta Pesquera con la Pinzas como telón de fondo.

Por la Senda del Duero

Por la Senda del Duero

 

Camino real de Palencia a Peñafiel

29 septiembre, 2014

villaco

O de Villaco a Pesquera. Nos animamos a tomar un camino antaño muy transitado: el camino real de Palencia a Peñafiel, que discurría precisamente entre Villaco y Pesquera. Efectivamente, debió de estar muy transitado. Hace años.

La primera parte ya nos era conocida: Fuentelolmo, el chozo de Valdeloberas y las casas de los Guardias. Hasta ahí, bien: camino de buen firme con suaves ondulaciones hasta llegar al páramo. Enseguida una ligera bajada al arroyo Jaramiel y… ¡el flamante camino real se perdió! Primero, lo habían roturado; luego, se lo había comido el monte de Valdelaguna. Finalmente, nuevos caminos se han trazado entre el páramo hacia Piñel de Abajo y Pesquera. Poco queda de lo que fue. Y es lógico, ahora hay nuevas y cómodas carreteras.

¿Quién vive?

¿Quién vive?

Pero, como siempre, mereció la pena. De manera particular, pasar por Valdelaguna y contemplar los viejos y grandes robles que todavía quedan allí. Verdaderamente, algunos parecen sacados de un cuento de hadas. Y luego, la bajada hacia Pesquera por estrechos caminos y vallejos olvidados.

En Pesquera, descubrimos la fuente de la Salud, escondida en la ribera del Duero y pudimos pasear por Carralaceña, donde estuvo el barrio de artesanos de Pintia, con su gigantesco horno para fabricar cerámica. Todavía quedan abundantes restos –hechos añicos, claro- de aquella producción cuasi industrial.

 

Almendro

Almendro

A la vuelta pasamos por la ermita –verdadera iglesia- de la Virgen de Rubialejos, y repostamos en Piñel de Abajo, no sin antes contemplar un enorme y centenario almendro. Y comimos entre un grupo de gitanos, que descansaban de su trabajo de comediantes y vendedores ambulantes, y la Guardia Civil, que había recalado momentáneamente ¿casualidad? en el cuartelillo. La comida fue amenizada por la música y el guiñol de los artistas ambulantes.

Y para no perder las buenas costumbres, en un momento determinado nos metimos a campo traviesa, topamos con una zanja con agua y maleza y… ¡utilizamos las bicis a modo de puente! Es que son todo terreno, cada vez lo tenemos más experimentado.

Y ya a buen ritmo pusimos rumbo a Villaco, pues amenazaba tormenta. Pasamos por la fuente del Plus, sufrimos un pinchazo, bajamos por una ladera de monte bajo despreciando sendas y caminos y, 2 kilómetros antes de llegar a la meta, nos atrapó la tormenta, ¡uf!

7 septiembre 173

 

Aceñas de Zofraguilla

8 septiembre, 2009

Zofraguilla

Es otro de esos lugares mágicos que encontramos en nuestros paseos. Aquí se juntan agua y tierra, Duero y Zapardiel, historia y leyenda, trabajo y poesía, vida y muerte, alamedas y corrientes…

Las aceñas de Zofraguilla –o Zafraguilla- se encuentran en la orilla izquierda del Duero,  poco después de que éste haya recibido al Zapardiel. Si se va en coche desde Tordesillas por la carretera de Salamanca, hay que salirse en un camino que indica Herreros (que, por cierto, eran otras aceñas) antes de la desviación a  Nava del Rey.

El lugar de Zofraguilla es muy antiguo. Ya se cita esta heredad en el 1229, cuando Fernando III la vende a Tordesillas. También se encontraba muy cerca de la ermita de la Virgen del Arenal, hoy desaparecida. (Abundan en esta zona -en la realidad y en la toponimia- los arenales que han ido dejando las aguas del Duero)

Duero y espaldón

Entre chopos, álamos, zarzas, espadañas y altas hierbas se esconden los restos de estos inmensos molinos. El lugar es muy agradable, sobre todo en verano, cuando nos llega el frescor del río y nos cubre la sombra de los árboles. Aprovechando un pequeño golfo de la orilla vemos tres deslumbrantes barcos de piedra que parecen avanzar contra corriente. Otros, como don Quijote, verían castillos emergentes de las aguas fluviales.

Aunque realmente el golfo se hizo a propósito de las aceñas, pues sin duda éstas se empezaron a construir en tierra firme para que luego, al vaciarse, quedaran para siempre varadas en el agua y dispuestas a aprovechar la corriente.

Tajamares

Tuvieron una segunda planta, añadida luego, de barro. Pero ha desaparecido casi por completo. Su perímetro, junto a la superficie del agua, tiene más superficie que más arriba, pues el muro se va remetiendo. El espigón del tajamar es redondeado, mientras que en otras aceñas se afila.

A la primera aceña se pasa por un puentecillo –todo es aquí de buena piedra caliza de cantería-  bajo el que fluyen dos corrientes de agua. La segunda tiene una compuerta inclinada que se bajaba accionando un mando desde el cuerpo de la aceña. La entrada está protegida por una puerta de barrotes de hierro, lo que subraya el aspecto de castillo. Hasta hace poco estaba cerrada con una cadena,  lo que la hacía inaccesible, razón por la que se  ha conservado relativamente bien. Ahora podemos pasar y contemplar todo bien, pero también podemos terminar de esquilmar esta fábrica con la mayor impunidad. Unos raíles metálicos sobre los que sin duda circulaba una vagoneta, nos indican el ritmo de trabajo que en otros tiempos hubo por aquí.

Entrada

compuerta y entrada

Vemos otros restos de lo que fueron estos industriosos ingenios:

Una rueda de paletas metálicas con sus álabes, y restos de otras
Restos de ruedas y paletas de madera
Ruedas dentadas (multiplicadoras o reductoras)
Ejes y barras variados
Ruedas transmitían fuerza mediante  correas…

Al parecer, el agua ofrecía suficiente energía para moler, serrar y, en los últimos años, alumbrar.

Rueda de paletas

Elemento esencial en las aceñas es la pesquera, ese dique que eleva ligeramente el nivel del agua para dirigirla hacia las ruedas de los molinos. No corta de manera perpendicular la corriente del río, sino con cierta inclinación de manera que el ángulo más agudo está en el lado de las aceñas y el grave en la orilla opuesta.

Entre la pesquera y la última aceña, un canal con su compuerta ayudaba también a regular el nivel del agua. Lo podemos superar de un salto.

Isnscripciones

Por si fuera poca la magia de este lugar descubrimos, medio tapada por el agua, una inscripción en el cuerpo exterior de la última aceña. Todo parece indicar -algunas letras están al revés- que las piedras de la inscripción fueron utilizadas originalmente en otra construcción, tal vez en otras aceñas que estaban relativamente cerca. Al menos eso indican los expertos.

Pesquera

La pesquera se forma con un espigón de grandes piedras en el lecho del río sobre las que se ponen otras ya algo menores que, en su parte superior forman una lámina más o menos regular por la que salta la corriente de agua. La presa de nuestras aceñas se encuentra rota en 5 puntos, por lo que durante el estiaje el agua no salta por toda la pesquera. Como –con más de 350 metros de largo- es de una anchura generosa, acaban por nacer sobre él sauces y matorral variado que, poco a poco, van destrozando la pesquera. Si damos una vuelta por la de Moraleja veremos que la fuerza de los arbustos ha sido mayor: en unos puntos sólo hay vegetación y en otros ya no vemos ni piedras… A eso llegará, y a más, la pesquera de Zofraguilla.

Aguas abajo de la pesquera, una isla repleta de espesa vegetación y salpicada de bancos de arena competa el paisaje.

Mágico sitio para pasar un atardecer de verano con la compañía de una bota y una caña (de vino y de pescar, respectivamente). Y si nos quedamos con ganas, a un kilómetro aguas abajo tenemos el arranque de la pesquera de las aceñas de Moraleja, y a otro tanto aguas arriba, el de Osluga. Que en Tordesillas no faltaban aceñas.

También puedes ver esta otra entrada sobre aceñas.

Reflejos

Pesqueruela

19 septiembre, 2008

Es el lugar donde el Pisuerga desemboca en el Duero. La confluencia. Punto mágico que hay que conocer si nos atrae ese río que nace en el corazón de Iberia y muere en el Atlántico después de dar cobijo en su valle a cepas de calidad contrastada. Porque esos vinos son del Duero, le pertenecen: parte de las aguas han corrido, por el valle, al río. Otra parte no; se ha quedado en las cepas que la han trasformado en zumo de uva que luego han sabido aprovechar las bodegas…

El mejor acceso a la confluencia es por la finca Pesqueruela: hay que tomar, muy cerca del puente romano de Simancas, la carretera que lleva primero a la urbanización Entrepinos y luego a Pesqueruela. Y aquí, junto a una centralita hidráulica del Duero nos queda un kilómetro largo hasta la desembocadura, que se puede hacer caminando o en bici. También en todoterreno.

Vemos cómo llega el Pisuerga, ancho y caudaloso después de saltar la pesquera de Mazariegos, perteneciente al término de Geria. Fue una centralita eléctrica que hoy sirve para elevar el agua que llena un canal de riego. En medio, una selvática isla y enseguida se une al Duero hasta que la muerte los separe en el Atlántico.

Aquí el Pisuerga no sólo es más ancho, también más caudaloso: llega con mas de 80 m3/s y el Duero no alcanza los 40. Pero juntos forman esa corriente que al pasar por Tordesillas ha alcanzado su madurez. O al menos su mayoría de edad. Algo semejante le ocurrirá más tarde, en Zamora, con el Esla. La sabiduría popular lo tiene claro y todo el mundo sabe que el Pisuerga lleva el agua y el Duero la fama.

El Pisuerga poco antes de morir

Las aguas del Pisuerga tienden a ser verdosas, mientras que las del Duero vienen tintadas café con leche. Se aprecia bien la diferencia de tono y lo que tardan en fundirse.

También hay que decir, desgraciadamente, que ambos ríos –sobre todo en épocas secas, que son las abundantes- suelen venir sucios. En la orilla hay lugares suficientes para descansar un rato, merendar o, incluso, probar suerte con la caña. El paisaje es el río, sus reflejos, sus árboles, sus patos…

Otra posibilidad es acercarse desde Geria. En la autovía hay una salida hacia esta localidad. Esa salida, en dirección sur y a través de una buena pista de tierra nos deja en las inmediaciones de la centraliza de Mazariegos, desde donde vemos bien el Pisuerga y no tan bien el Duero, oculto por la vegetación. Hay un sendero –junto a una vieja caseta de barro- para bajar a la orilla. También descubriremos unas escaleras que nos llevan a las aguas y que deben formar parte del complejo del canal antes mencionado.

Este es el mejor punto para observar la confluencia: a la derecha son aguas del Pisuerga; a la izquierda llega -todavía solo- el Duero; al fondo, el Duero mayor de edad.

Si seguimos por este camino llegaremos a contemplar mejor el Duero cuando termina la galería de álamos. Y un par de kilómetros mas adelante, vemos –al otro lado- la desembocadura del Adaja en el Duero, que nos trae a la memoria el dicho: Yo soy Duero que de todas aguas bebo menos del Adaja, que me ataja.

Ya es más complicado acercarse a la confluencia desde Aniago, en la orilla izquierda del Duero. No hay camino en esta finca que tiene por caserío el viejo y derruido convento de Aniago. Si queremos ver de cerca la desembocadura del Adaja no hay más remedio que acceder desde Villanueva.

En relación con el comentario de Eduardo, aquí tenéis la imagen de google maps. Aunque los dos ríos se acercan a los 180 grados, se acerca más el Pissuerga ¿o no?