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Almendros florecidos en Torozos (Villalba, Montealegre, Valdenebro)

16 marzo, 2019

El almendro es un árbol habitual en los paisajes de la provincia. Lo vemos, sobre todo, señalando límites y, en hileras, acompañando caminos. O lo veíamos porque, la verdad, va a menos: si un camino se ensancha o se convierte en carretera –como fue el caso de la conexión de Herrera de Duero con la carretera de Segovia- el almendro es arrancado, y puede ocurrir lo mismo si en la tierra delimitada por almendros se comienza a cultivar por grandes máquinas. No solía haber plantaciones exclusivas de almendros, sino que todas tenían un carácter complementario, acompañando huertas, viñas u otros cultivos. Tampoco ocurre así hoy, pues empezamos a ver extensas plantaciones de almendros (por ejemplo, en Villamarciel).

Viña cerca de El Mazcar

Pero aún quedan muchos almendros perdidos por nuestros campos: no sólo la UE, también los reyes de Castilla dictaron leyes promoviendo los plantones de árboles; con frecuencia los agricultores de antaño plantaban almendros -mientras que los de hoy planta, sobre todo, pinos- pues sus ventajas eran manifiestas: prácticamente crece solo, pues no necesita de excesivos cuidados; nos ofrece un fruto, el almendruco, con el que se elabora repostería variada y otros productos, como la sopa de almendra que en nuestra zona se tomaba tradicionalmente en Nochebuena, preparados medicinales, aceites y cremas…

Volviendo de Landemesa

El caso es que la figura del almendro nos es particularmente familiar en febrero o marzo, cuando estallan en flores blancas o rosáceas por estos andurriales. Esta vez no nos los encontramos, sino que salimos a su encuentro por los términos de Villalba de los Alcores, Montealegre y Valdenebro de los Valles y en lugares donde sabíamos que es abundante.

Blanco el suelo y no es escarcha

La Picotera de Landemesa

En primer lugar nos acercamos a la Picotera de Landemesa –o Vandemesa, según quieran los mapas- en dirección norte. Allí nos encontramos con un curioso complejo de corrales, parcelas o tierras delimitadas por buenos muros de piedra –muchos caídos, algunos muy anchos e incluso de piedra trabajada- y almendros entre ellos o, por mejor decir, en ellos mismos, como si formaran parte del muro. O, simplemente, se trata de restos de una agricultura que no concentró la concentración parcelaria por la abundancia de árboles. Sea como fuere, lo cierto es que estaba especialmente llamativo, con todos los almendros estallando en flor. Claro que no disfrutamos demasiado del espectáculo, pues la niebla se cernía sobre nosotros impidiendo la entrada del sol. Dejamos las burras pastando en uno de los corrales y recorrimos el lugar caminando. ¡Más de cien parcelas componen este lugar tan curioso! Nos acercamos hasta el cerral para contemplar Tierra de Campos, con los restos de dos antiguos monasterios en primer plano: Matallana y Valdebustos, este último menos conocido, lo fue de Jerónimos hasta la desamortización del siglo XIX en que se convirtió en granja agrícola. Hacia el este nos asomamos también a la laguna de Valdebustos, en el vallejo de Valdecán.

Señalando el horizonte

Conforme nos dirigíamos al siguiente objetivo, las hileras de almendros y los ejemplares solitarios no dejaban de adornar el paisaje; la niebla se iba levantando poco a poco y los claros por los que se colaba el sol se ampliaban.

El Mazcar

Al oeste de Villalba vemos los corrales de San Vicente, de un tenor muy similar a los anteriores pero mucho menos extensos y, por tanto, con menos almendros de fiesta. Además, la densidad de estos árboles es aquí menor.

Al fondo, el páramo del Moclín

De nuevo a rodar en dirección a Montelegre, para conquistar el curioso sitio de El Mazcar, que se levanta como en una colina, en el sitio más elevado de la zona. Como la colina es alargada, las parcelas siguen ese mismo patrón, en lo más alto. A nuestro ras, el verde del cereal naciendo; arriba el blanco de los almendros y, más arriba el azul del cielo. Buen lugar para perderse. En el extremo de la colina nos acercamos hasta la fuente de Valderrina, que está seca. Y al bajar hacia el valle del Anguijón también estaba seca la fuente del Barruelo, pero al menos disfrutamos de unas preciosas vistas sobre el Montealegre y su castillo.

Viejo almendro y muro derrumbado, escena muchas veces repetida

En la ribera del Anguijón, los álamos también estaban en flor, pero se trata de una flor muy humilde y pequeña, que no pretende revestirse de un color llamativo. No obstante, el color de estos árboles es ahora distinto, tirando al amarillo unos ejemplares y al encarnado otros. Y tiene con el almendro que saca antes la flor que las hojas.

La Picotera, El Mirabel, los Pajares

Después de una cuesta, carretera y campo, llegamos a la Picotera, otro amplio entramado de corrales, parcelas y almendros con sus correspondientes calles. Y como está precisamente en una picotera, ofrece excelentes vistas sobre Valdenebro, y el valle que se abre hacia el Moclín. Bajamos al vallejo de Arenillas para subir de nuevo al páramo por el Mirabel, otro conjunto de vallados almendrados en explosión. Pero ya no entramos. Con todo lo anterior teníamos más que suficiente para llevar como corresponde este día tan primaveral.

En la Picotera de Valdenebro

En fin, bordeamos el monte de las Liebres y Navafría y pasamos junto a los corrales o parcelas del Tío Perdiguero y la Huelga. Pero en estos no hay almendros, sino encinas y robles entre los muros, por lo que pasaron desapercibidos para nosotros. No nos acercamos a los Pajares, entre Villalba y la cañada leonesa, de abundantes almendros y parcelas alargadas y con un chozo. Más lejos, en Navalba, en plenos Torozos podemos ver un gran claro de unos 4 km² de extensión dividido en parcelas casi idénticas de 350 por 60 metros con linderos formados por robles y encinas. Algo parecido observamos en los montes de Cigales y Ampudia: modos seculares de explotación de estas tierras.

Y, enseguida, bien asendereados, llegábamos a Villalba. Cayeron casi 50 km sin darnos cuenta, entre almendro y almendro, que no entre almendruco y almendruco, lo que hubiera sido más reconfortante y energético. Aquí, el recorrido.

Entre la Picotera y los Gachupines (Valdenebro de los Valles)

30 marzo, 2012

La explicación de los restos de grandes murallas que encontramos en el páramo de Valdenebro estriba en que eran los lugares donde antaño se cultivaba la vid, o sea, eran los majuelos del pueblo. Siguiendo el orden contrario a las agujas del reloj, podemos visitar al menos tres sitios parecidos y diferentes a la vez:

Mirabel

Llegamos por el camino de fuente Valbuena, que es un manantial protegido por grandes piedras a modo de arca elemental. Enseguida el camino acomete la ladera sostenido por fuertes cimientos de piedra.

Lo primero que se nos presenta es una magnífica vista de Valdenebro y su valle (del enebro nada queda).  El páramo forma aquí un pico, y todo su borde está protegido por los restos del muro, que llegó a tener nada menos que dos metros de anchura en muchos puntos; con frecuencia –donde no se ha desmochado del todo- vemos piedra trabajada y colocada ordenadamente. Al muro le acompañan almendros.

Realmente es un corral o recinto grandioso, pues tiene unos 1.600 metros de perímetro. Dentro, distinguimos dos hileras de almendros que adornaban un camino, otras dos o tres corralizas menores y los restos de una caseta o chozo. El suelo es de hierba rala, plantas olorosas y algo de matorral. Parece que desde que se abandonó como viñedo no ha vuelto a ser utilizado para otros usos o cultivos. De hecho los almendros se están secando poco a poco y nadie les ha olivado.

Este es el más pequeño y menos dividido de los tres. Por el lugar en que está enclavado –en un picón- y por lo ancho de sus muros bien pudiera haberse levantado aquí un castro prerromano. Pero lo sabrían los expertos, que no dan noticia.

El Mediano

Como es lógico, hasta aquí podemos llegar por el camino del Mediano, pero también por la linde de unas tierras desde Mirabel. Aquí la distribución cambia –o ha cambiado con el paso de los años- y lo que vemos son parcelas de forma rectangular de casi 500 metros de largo por unos 50 de ancho. A lo largo ocupan el espacio de lado a lado de la lengua de páramo y se separan por los restos de viejos muros salpicados con almendros. Ahora se dedican al cultivo del cereal. En las proximidades del pago hemos visto algunos alcaravanes y abundantes lechuzas campestres.

La Picotera

Se encuentra al norte de Valdenebro. Fue, de las tres dedicadas a la vid, la más extensa, pero también la más fragmentada. Las parcelas del mas variado tipo, aunque más bien pequeñas: rectangulares, cuneiformes, redondeadas, arriñonadas, triangulares, semicirculares… El esquema de linderos es similar al anterior: pequeñas vallas de piedra –hoy reducidas a montones- acompañadas de almendros. La mayoría se utiliza para el cultivo de cereal si bien hay bastantes perdidas. Es donde hemos visto los almendros mas corpulentos; ello se debe, tal vez, a que muchos están cuidados, pues se les ve limpios y olivados. También es la zona donde la piedra caliza sale del páramo en losas más grandes y planas. Naturalmente, el paisaje a contemplar desde los bordes del páramo es espectacular, semejante al que se contempla desde el Mediano o Mirabel.

La calzada

Y esto solo en los alrededores de Valdenebro. No se sabe por qué, las guías turísticas al uso te hablan solo de las ermitas, iglesias, algún mirador, una casa museo y poco más. Pero Valdenebro –como cualquier pueblo de la provincia – tiene eso y mucho más. Si los propios valdenebrinos lo valoraran en su punto, señalizarían un sendero para pasear y que todos lo conocieran mejor.

El pasado domingo, además de recorrernos los viejos viñedos, pudimos ver los restos de la calzada romana –en la calle Calzada-  que baja de la iglesia a la fuente del Barrio y el escondido valle de Gachupines.

Los Gachupines

Con este vallejo terminamos el recorrido por los alrededores de Valdenebro. El nombre ya es curioso. Tal vez se deba a que habitó por aquí una familia portuguesa, o española que volvió de América, pues ese nombre significa niño en portugués y en el español de América. Sea lo que fuere, lo cierto es que el valle de los Cachupines es uno de esos pequeños pliegues tan abundantes en el páramo de Torozos.

Lo riega un arroyo que a fecha de hoy aun lleva agua. Las laderas son monte de encina, roble y matorral y el fondo del valle es un bosque de altos álamos. Debe ser un lugar delicioso en primavera y verano pero desgraciadamente ahora está todo seo –salvo el hilillo de agua del arroyo.

En mitad del valle nos encontramos bancales que antaño sirvieron para el cultivo y lo que parecía ser un molino, pero no lo era. Era una casa con una balsa para agua de la que salían diversos canales de riego. La casa también tuvo establos para los animales de labor. Por todo ello dedujimos que aquí pudo vivir la familia que cultivó, en otro tiempo, la huerta.

Al igual que en los corrales destinados a viñedos, con seguridad nadie nos va a molestar por estos andurriales. Aquí la bici molesta más que favorece el avance. Aunque a partir de la casa se mantiene abierto un camino hacia el sur, mejor venir andando si no estás acostumbrado al todo terreno práctico.

Acabamos tomando una caña en el bar de la estrechísima calle Hospital, en Valdenebro. Fue donde nos contaron la función de los muros y corrales.

Vistas aéreas

Mirabel

El Mediano

La Picotera