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Pinares del Eresma

29 noviembre, 2018

Cega, Eresma, Adaja, son ríos de Tierra de Pinares; ríos con agua cristalina en verano, filtrada por la arena; ríos tajados en mitad de la llanura; ríos que se acompañan de cerca por chopos, álamos y sauces y, algo más lejos, por negrales -sobre todo-, piñoneros, alguna encina y algún roble.

El día tendría que haber estado cubierto, según los pronósticos, pero el sol, entre nubes, se dejó ver con frecuencia. El aire estaba limpio, la tierra húmeda. Aunque solo fueron 44 km, las piernas se resintieron como si hubieran rodado mucho más, debido a la arena de los caminos y senderos, no en vano el trayecto discurrió por Tierra de Pinares (que en realidad es arena).

Punto de partida: Alcazarén, una de las localidades más antiguas de la provincia, testigo de la invasión musulmana y a renglón seguido, de la reconquista. Fuimos al encuentro del Eresma, y durante unos pocos kilómetros rodamos por una senda -en continuo sube y baja- casi tocando sus aguas. Hasta que aquello nos pareció demasiado. No tanto el sube, sino la arena. Pudimos ver de cerca la presa del Molino Nuevo -remodelada hoy como toma de aguas- y los viejos pilares del puente de servicio. Las aguas venían algo crecidas y, por lo tanto, tomadas. Justo el lugar de la presa es adecuado para estudiar geología, por sus estratos bien diferenciados quedan al descubierto, empezando por areniscas rojizas.

Nos salimos del cauce a la altura de Valviadero para rodar por el pinar de Navarredonda, que exhalaba aromas de tierra mojada y resina, debido a esto último a que estaban de corta. Después, como dando la vuelta, para evitarla, a Pedrajas de San Esteban, dimos con el gran claro de Villaverde de Íscar. A lo lejos -casi a 8 km en línea recta- el castillo de Íscar lo dominaba todo, haciendo honor a la historia, pues era la localidad donde se asentaba era centro de su Villa y Tierra.

Giramos hacia el Eresma por pinares en los que todo era calma y tranquilidad. Ningún animal se quería hacer presente. Solo un buitre cruzó pesadamente a la altura de las copas de los pinos y un pito ¿mediano o menor? Dibujaba en el aire su característica trayectoria en forma de arco. Sin embargo, en la ribera, vimos un cormorán y varios martines pescadores: señal, además, de que hay peces. Estos pinares, tal vez en otros tiempos fueran monte bajo, pues abundan los topónimos -las Navas, Navarrubia, las Chopas- que no casan demasiado con el monte alto. Pero a saber. El pinar estaba limpio por las lluvias pasadas y por la atmósfera del día. Y solitario. Solo nos encontramos con un buscador de nícalos que sabía positivamente que no encontraría ninguno, pues no había. Sin embargo, se dejaron ver otros tipos de setas. En la mayoría de las zonas, los negrales estaban en explotación resinera.

Cruzamos junto a las ruinas del caserío de Castejón y luego tomamos un ramal de la cañada Real Leonesa hasta la ermita de Sacedón, donde algunos aprovechaban la tarde para respirar aire puro.

Atravesamos a la otra orilla por el viejo puente de Valdaba, dejando al lado las ruinas de un molino y tomamos dirección norte entre la ribera y el páramo. Aquí el río ha hecho un curioso roto en el páramo de seis kilómetros del ancho, para sortearlo a gusto.

Después llegaríamos a Valviadero, con la enorme torre de su iglesia en ruinas. El caserío se encuentra clausurado, pero llegaban a nuestros oídos los ladridos de sus perros, que lo guardan. A renglón seguido, la querencia nos llevó de nuevo a la orilla del Eresma, para conocer esa zona y sus pinares, hasta que aparecimos por segunda vez -pero ahora en la orilla buena- en el Molino Nuevo. De ahí por llanos cultivados y pinares hasta cruzar el río y aparecer en Alcazarén. ¡Mira que si llegamos a hacer caso a los pronósticos y nos quedamos en casa!

El trayecto, aquí.

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El Pino-que-todo-lo-ve y otros lugares valdestillanos

7 enero, 2018

Día gris con amenaza de lluvia. De hecho, al poco de acabar el breve -22 km- recorrido matutino se puso a jarrear intensamente durante unos pocos minutos. El fuerte viento del suroeste no amenazó, sino que fue una realidad en aumento conforme se rodaba. Por tanto, el trayecto nos llevó, en primer lugar, a buscar los pinares, donde todos sabemos que el viento pierde bastante de su potencia.

Entre el pinar de la Dehesa y el río Adaja está la casa de Quitapesares. O estaba, porque le han quitado todo menos la fachada y una tapia. Estas estas casas de labor que sirvieron para guardar útiles e incluso cosechas están siendo abandonadas, pues ya no tienen sentido. De manera que los ladrillos mudéjares de ésta también desaparecerán dentro de no mucho. Por algunos caminos sin excesiva arena nos introdujimos en el pinar y luego, siguiendo el claro del tendido eléctrico, pusimos rumbo al suroeste.

Los pinares del Valdestillas son el único lugar de la provincia donde todavía me pierdo y desoriento. Los únicos, también, donde no me viene mal ese artilugio que es el GPS. ¿Por qué? Creo que es fácil de explicar. Los pinares son todos muy parecidos, cierto, pero cuando abundan los caminos y senderos que parecen dar vueltas sin llegar a ninguna parte y –sobre todo- se suceden los grandes claros con tierras de labor, entonces no sabes exactamente donde te encuentras. Antaño, estos claros no se cultivaban. La mayoría eran prados; queda la toponimia: prado Redondo, casa del Prado Largo, fuente del Prado, prado de Matacarne… E incluso algunos tenían sus propias fuentes, donde hoy hay instaladas casetas con su pozo y motor. Y quedan también restos de navas. Tal vez antaño el pinar fue bastante diferente y la orientación no suponía problemas, pero la verdad es que hoy se complica.

Pero llega el momento en que te olvidas de esta influencia del pinar y sales a territorios de majuelos. El paisaje ha cambiado, y no sólo por el viñedo. El suelo es de arena y cantos rodados, o solamente de cantos, las colinas con sus subidas y bajadas son lo dominante, y las vistas llegan hasta más allá del Duero. Y el viento, que estaba tranquilo y bien sujeto por los barrerones de pinos, se desmanda.

En el raso del paramillo tomamos la cañada de Buenavista que nos lleva, siempre entre majuelos y luchando contra el viento, hacia el sureste. Vemos a la derecha las torres de Pozaldez y ala izquierda el pinarillo de la Virgen de la Moya. Finalmente, tomamos el camino de los Huevos, que nos llevará de vuelta hasta Valdestillas. En ese camino cruzamos junto a un vértice geodésico desde donde se divisa bien el valle del Duero: aparecen juntas las torres de las iglesias de Villanueva y Villamarciel y, al fondo, Velliza. Es como la antesala de lo que luego contemplaremos.


Enseguida una cuesta abajo y… ¡el Pino! Se trata de un piñonero, ni grande ni pequeño, de tamaño mediano que se encuentra asomado sobre los valles y se ve desde todas partes. Y esta fue la oportunidad no tanto de verle –aunque sí de cerca- sino de contemplar todo lo que él vigila, que es mucho. Crece en un lugar llamado la Hormiga ¿porque este saliente donde se asienta tiene cierta forma de hormiga? No está claro. Las cuestas bajan hacia el sur se llaman cuestas de las Misas, seguramente porque fueron dejadas a la iglesia como donativo para misas en sufragio del alma del donante…

Dejo la bici en el camino y, caminando hacia arriba por una cuesta de escobas literalmente levantada por los conejos, nos encaramamos al paramillo donde permanece nuestro pino. Es una especie de lengua estrecha que sale del páramo y el árbol se encuentra poco antes de la punta, de manera que fácilmente vigila el sur, el este y el norte. Como si la magia existiera, nada más llegar se abre un gran claro en el cielo y el pino queda iluminado, ofreciendo ahora a la vista todos los matices que ocultaba el paisaje gris en el que casi se mimetizaba. Pero, lo que es mejor, el claro parece agrandarse y deja ver buena parte de la llanura que se puede contemplar. Al sur se iluminan el cerro de San Juan, en Villavieja, y el teso de Valdelamadre, pegados al páramo de Torozos. Valladolid aparece como una gran ciudad extendida de este a oeste, entre Simancas y La Cistérniga. Delante, Boecillo, Aldeamayor, La Pedraja, más apartado Mojados… Pero precisamente el sol, que resulta de gran ayuda para contemplar el paisaje de noroeste a este, no deja ver hacia el sur: es mediodía y, como estamos en invierno, se encuentra relativamente cerca del horizonte…

En las proximidades del paramillo, los majuelos, perfectamente trazados, parecen subir –como si de un ejército en orden cerrado se tratara- por las faldas y cuestas de las Misas para subir hasta el Pino. Más allá cruzan la cañada real de Salamanca, las vías de los ferrocarriles y, más lejos todavía, los pinares se extienden por la llanura queriéndolo invadir todo, pues no en vano nos encontramos en Tierra de Pinares.

Justo cuando nos vamos el cielo se cierra y bajamos hacia el valle del Adaja en un ambiente difuminado de nuevo por tonalidades grises. Un gavilán tarda en elevar el vuelo y cuando lo hace, se lleva un tordo entre las garras. ¡Qué bien sortea las parras y los pequeños postes y cables que dirigen los sarmientos!

Por no dar excesiva vuelta atravesamos las dos barreras de ferrocarril por zonas no muy ortodoxas y nos dirigimos a la fuente que hay junto al depósito de agua de Valdestillas, que el  recorrido de hoy ha sido corto pero cansado. Vemos que está abierta la ermita del Cristo del Amparo y cruzamos la puerta: descubrimos al levantar los ojos, una magnífica talla del siglo XVII, de un Cristo moreno y amable. Y muy grande. Muy grande para lo pequeña que es la capilla. Desde luego, en este país, encontramos obras de arte en cualquier templo o ermita, como es el caso. Hemos podido entrar gracias a una valdestilllana que tiene la llave y que, con 96 primaveras a cuestas, se ha dado un paseo hasta aquí.

De lo que no queda nada por aquí es de ese continuo trajín de ir y venir viajeros –y ganados- entre Valladolid y Madrid, o entre Francia y Portugal por este punto entonces neurálgico. O tal vez sí, pues no en vano el moderno tren que une Madrid con el norte se desliza a lo largo de este Valle de Astillas.

Y aquí el recorrido en wikiloc.

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Pinares del Adaja

26 noviembre, 2017

La excursión comentada en la entrada anterior se completa con la aproximación al Adaja y la vuelta correspondiente, pues salimos desde La Zarza y, después de rodar junto al Adaja, volvimos a la misma localidad desde el pinar de Seranos.

Así, en La Zarza tomamos el camino, arenoso y bueno, del Marzal, que cruza pinares, tierras de labor y humedales. Merece la pena subir a la cuesta de Janiclán, que es vértice geodésico, pues desde allí se contempla una alfombra verde e inmensa de copas de pino y se distingue al menos La Zarza, Olmedo y Ataquines con sus típicos montículos que le dan nombre.

A la vuelta pasamos por los pinares de Serranos y Matamozos que se encuentran bien cuidados y en explotación maderera. Hasta salir al caserío de San Cristóbal hicimos más de 6 kilómetros rodando entre pinos. Este caserío cada día está peor y continúa cayéndose a pedacitos. O a grandes trozos. No se sabe de qué extraña manera uno de los enormes contrafuertes se había separado del caserón, permaneciendo firme. En fin, era la dosis de desolación del día.

Después, cruzamos por una bonita zona de pinares con grandes claros destinados al cultivo, cuestas y colinas, y humedales. Un paisaje agradable y luminoso para un paseo vespertino. Eran los montes de El Sornil, Ramiro y la Cabaña.

Finalmente, por el camino del Puente del Runel salimos a campo abierto y nos acercamos al lavajo de la Juncia, con su chopera y seco. Sin darnos cuenta, estábamos de vuelta en La Zarza.

Adaja, Cega y pinares de Valdestillas y Mojados

24 noviembre, 2016

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Salimos de Valdestillas, el pueblo de las Cañadas, y nos introducimos en el pinar de la orilla derecha del Adaja, compuesto de pinos –piñoneros y negrales- de buen porte: Es uno de los pinares más extensos de la provincia y podemos rodar varios kilómetros sin salirnos de él. Ideal para días de lluvia –la arena mojada respeta a los ciclistas- y también para días ventosos –los árboles doman al viento.

Cortafuegos

Cortafuegos

Hay muy pocas setas; la tierra sigue sedienta a pesar de que la lluvia se ha dejado caer este otoño. Las poquitas que hay no parecen comestibles. A este suelo no ha llegado la otoñada, pues el color dominante es el marrón de la tamuja. A nuestro aguerrido guía se le ocurrió meterse por los cortafuegos -¡mira que hay caminos con buen firme en este lugar!- y nuestras piernas se resintieron. Sólo un poco, también es cierto. Pero el aire llevaba ese agradable aroma a tierra y madera mojadas.

Desde la fábrica

Desde la fábrica

Salimos a Mojados y nos paramos a contemplar esa maravilla que es el arenoso Cega con su puente de piedra. No casan puente tan largo e hilo de agua. Seguramente en otros tiempos fue mucho más caudaloso. Ahora, hasta lo secan en verano. Muy cerca, la triste y arruinada fábrica de harina llena de estériles ventanas… Eran otros tiempos que no volverán.

Por el Caño enfilamos el camino que nos conducirá a lo alto del páramo. Y otra vez a sufrir con la arena. La cuesta es muy empinada pero corta, de manera  que no tardamos demasiado en plantarnos en la ermita de San Cristóbal, que tiene una olmeda que quiere y no puede. Desde el cerral se domina Portillo y su raso, Valladolid, los bordes del páramo de Torozos, los pinares de Valdestillas y Mojados… El aire sopla fuerte y nos vamos cuando alguien empieza a preparar su parapente.

Riberas del Cega

Riberas del Cega

Por un camino resbaladizo nos dejamos caer casi sobre el Montón de Trigo –los nombres son lo que parecen- y hacemos parada y fonda en el vado de Megeces, pues tanta arena sobre la que hemos navegado nos ha dejado sin fuerzas y ahora las reparamos.

El día había amanecido con nubes o niebla alta pero ahora, después de comer, el sol se decidía a lucir un poco y provocar reflejos en las choperas del Cega. Todo se alegraba de repente, hasta nuestro ánimo, de manera que la vuelta hasta Mojados fue hasta más agradable. Laderas y cortados por el norte y pinares y riberas al sur. También, la ermita de la Virgen de Luguillas. Sin darnos casi cuenta, en uno de los charcos, embarramos las ruedas que acabaron por bloquearse.

Junto al Adaja

Junto al Adaja

Y de nuevo estábamos navegando por los pinares de Mojados y Valdestillas. Esta vez –con buen criterio- elegimos un camino con buen firme que hizo de la vuelta un entretenido paseo por un bosque húmedo y otoñal, con ondulaciones y curvas continuas y algunos corzos saltando al fondo.

Pinares

Pinares

Ya en Valdestillas nos acercamos a la presilla del Adaja que se utiliza para producción de electricidad. El agua limpia dejaba traslucir las figuras de barbos buscando comida y lo árboles reflejaban los últimos rayos del sol. Y un poco más abajo nos paramos para contemplar el salto de los tres puentes sobre el río. El más viejo de todos, heredero sin duda del romano que hubo cuando esta localidad era cruce de calzadas, tan antigua es Valdestillas.

Otoñal

Otoñal

De Valladolid al Henar

19 mayo, 2016

Al Henar 086

Esta vez algunos nos fuimos hasta el santuario de la Virgen del Henar con un grupo variado de chavales y gente joven de la Escuela Deportiva Niara. Como estamos en mayo –aunque no lo parezca- es un buen momento para acercarse a visitar a la Virgen y, en este caso, a la Patrona de los resineros españoles y de buena parte de Tierra de Pinares. Es costumbre en muchos pueblos de la comarca acudir andando en romería al Henar el domingo anterior a San Mateo, en Septiembre; se juntan entonces muchos miles de personas. Otros lo hicimos en bici y en mayo; y como llovía sólo fuimos nosotros y algún loco despistado más…

¡Preparados!

¡Preparados!

De manera que aprovechando que el 13 de mayo se celebra San Pedro Regalado en la ciudad del Pisuerga, a las 11 de la mañana quedamos para salir. Chucho, Mariano, Dario, David, Álvaro, Alejandro, Fosco, Ilde, Santi, Íñigo, Pablo, Lolo, Chuco, Guille, Joaquín y el que suscribe enfilamos la cañada de Puente Duero donde nos encontramos a Gonzalo y Agustín que se unieron encantados al grupo. Enseguida nos desviamos al Pinar de Antequera y tomamos el sendero de la acequia de Laguna que nos condujo al Canal del Duero. Allí se nos esperaban Juan y Alberto. Ya estábamos todos. El camino diseñado no era nada complicado; sólo temíamos a la lluvia que, efectivamente, hizo su aparición en varias ocasiones a lo largo del trayecto en forma de chubasco intenso pero breve. Lo suficiente para calarnos bien, secarnos y volvernos a calar. Y así sucesivamente.

En la acequia de Laguna

En la acequia de Laguna

La sirga del canal era puro barro. Tan ligero que no se pegaba a las ruedas, de manera que algunos estaban encantados de pisar todos los charcos, para cubrirse bien de barro y manchar lo más posible al ciclista vecino que respondía con la misma moneda. Total, que muchos componentes del grupo quedaron irreconocibles, salvo por la voz.

En Fuentes de Duero nos esperaba Antonio para saludarnos y animarnos. A alguno le dio un poco de envidia ver un coche limpio y calientes al lado pero todos seguimos el trayecto previsto.

Charcos y pinos. Fosco controlando

Charcos y pinos. Fosco controlando

Lolo y Fosco ya iban un poco tocados. Lolo seguía una peculiar táctica consistente en esprintar durante unos segundos y dejarse llevar por la inercia después. Al poco acabó agotado, claro, además de acabar con las galletas energéticas de Agustín. Y Fosco mantenía, desde que salió de Valladolid, una peculiar lucha con su bici con un estilo nada ortodoxo. Al  poco, acabó agotado. Le ganó la bici por K.O.

Reponiendo fuerzas

Reponiendo fuerzas

Pero justo en el puente de hierro entre Herrera y Tudela nos esperaba otro Juan con la furgo de apoyo. De manera que los susodichos vieron el cielo abierto, digo la furgo abierta y no lo dudaron un momento. Pepe, seco y fresco, se bajó de las cuatro ruedas y se unió a nosotros. También subió Alejandro pero porque era lo previsto y le obligamos, pues él no era partidario. Que conste.

Tomando el sendero de Ariza

Tomando el sendero de Ariza

Los pinares estaban con una hierba alta, exuberante, como pocas veces se les ha visto. Tan alta estaba que a Joaquín se le cayeron las gafas y ya no las encontró. Había abundante retama amarilla y empezaba a distinguirse el azul del cantueso.

La ista del Compasco

La pista del Compasco

Álvaro pasó todo el trayecto metido en un casco peculiar, con unas gafas peculiares. Nadie sabía exactamente quién estaba detrás de aquello y del barro. ¿Un esquiador? ¿Un motorista? ¿Un extraterrestre? Santi, con su luminoso y radiante chubasquero amarillo fue el único que sorteó –no sabemos cómo- el barro. Al llegar a la meta sólo tenía cuatro motitas de barro. Ilde se quedó sin frenos, pero no se estampanó contra nada ni nadie…

A la derecha, Íñigo (el Campeón de la jornada)

A la derecha, Íñigo (el Campeón de la jornada)

Seguimos el sendero de la vía y nos desviamos para cruzar la carretera de las Maricas justo en el cruce con la carretera de Aldeamayor. Otra vez pinares bajo un fuerte chaparrón. Más barro. Algunos estaban encantados de tanto barro. A la altura de la ermita del Compasco, Gonzalo y Agustín se dieron la vuelta hacia Valladolid.

La pista, de buen firme y buen barro blanco, nos llevó en línea recta a lo más alto, hasta Fuente Mínguez. Cierto que con la lluvia y el barro nos costó un poco de trabajo subir. Cuando estábamos casi llegando miramos hacia atrás y vimos allá lejos un punto negro en medio de la pista blanca. Era Pablo. Juan bajó a recogerlo y le transmitió ánimos para subir.

En Fuente Mínguez

En Fuente Mínguez

En Fuente Mínguez hicimos un parón para reponer fuerzas y la furgo de Juan apareció con una buena fuente de torreznos made in Aldeamayor. No pudimos ni sentarnos, todo estaba lleno de agua. Pero las fuerzas volvieron a nosotros y pudimos seguir adelante. También dimos cuenta de la ensalada de Darío y de las aceitunas de Mariano. Aquí Lolo volvió a las dos ruedas y no descansó hasta que llegó a la meta.

Pinares de Montemayor

Pinares de Montemayor

Íñigo, que en todo momento llevó el casco ladeado, una bici que le superaba y que con dificultad llegaba a los pedales, impuso su ritmo al pelotón. Bueno, ya lo había impuesto desde que salió de Valladolid. Al aproximarnos a los cruces de caminos, siempre preguntaba al guía -¿por dónde? Porque, evidentemente, iba el primero. Ya en la última parte se nos escapaba y tuvimos que cerrarle el paso en algún momento. Ilde se ocupó de ello, pero como también sabe mantener el equilibro, no llegó a caerse. Estuvo intratable.

Cerca de Viloria

Cerca de Viloria

Seguimos la pista forestal hasta Montemayor de Pililla y luego fuimos tomando caminos por pinares, tan preciosos como perdidos. En los últimos montes pudimos ver dos corzos y un zorro. Íñigo y los de cabeza, claro, los demás bastante teníamos con darle a los pedales. Pero todos pudimos respirar ese aire de los pinares con aromas de resina, tamuja y tierra mojada.

¡Estamos en Viloria y sólo nos quedan 3 km!

¡Estamos en Viloria y sólo nos quedan 3 km!

Por fin llegamos a Viloria donde esperamos a algunos rezagados –Juan, Guille, David, Lolo– y por la pista de bicis nos plantamos en el Henar. Foto de grupo con bicis en la escalinata, ducha en la fuente, visita a la Virgen –nos abrieron el camarín para rezarle una Salve-, y merienda en la pradera. Algunos padres habían llegado para recoger lo que quedaba de sus chavales -por desgracia para algunos estaban todos enteros, si bien irreconocibles.

La guinda: Chucho, Guille, Juan, Alberto, Mariano y Darío, ¡se volvieron en bici a Valladolid! A eso de las 22:30 estaban en casa. Cerca del Compasco vieron el coche empantanado en la arena y lo sacaron. Al principio, los auxiliados se asustaron al verlos en lugar solitario, pero luego resultó que eran conocidos. El mundo es un pañuelo, y más el pinar.

Y el último apunte: ¡0 pinchazos con 40 ruedas!

En la escalinata del Santuario

En la escalinata del Santuario ¡Hemos llegado!

La Luz de Hornillos y otras desapariciones

12 enero, 2016
Pradera y pinar en la Luz

Pradera y pinar en la Luz

Toda la semana lloviendo de lo lindo. Pisuerga y Duero vienen crecidos y de color chocolate. Hay barro y charcos por todas partes, por no hablar de los vientos huracanados que no dejan de anunciar… ¿qué hacer?

Pues la cosa está clara: hay que rodar por tierras de Serrada, Medina, Nava… porque en realidad no es tierra, sino grava, y no forman barro. Lo malo es que el viento nos da de lleno. Claro que por Olmedo, Mojados, Valdestillas, tampoco hay barros, sino arenas. Además, hay monte pinariego que nos evita el viento.

De manera que se impone un paseíto corto por los pinares y riberas del Eresma, entre Alcazarén y Hornillos, por ejemplo. Y el hilo conductor van a ser el barro y la luz, pero de distinta manera a la que imaginamos en este momento.

Playa en el Eresma

Playa en el Eresma

Salimos de Alcazarén, pero esta vez no nos detenemos a contemplar el arte mudéjar sino la sencilla artesanía –que no deja de ser arte- que construyó el exterior de las bodegas. Si toda localidad tiene bodegas diferentes, dependiendo sobre todo de su relieve, Alcazarén es un ejemplo de bodegas construidas en llano: como no tienen ladera que horadar, la boca da paso a un pasillo que recuerda un pozo, pues baja casi en vertical al espacio horizontal donde se elabora el vino. Pero para eso hay que construir por fuera algo que nos recuerda una caseta o choza y que se remata por una especie de bóveda, o por una cúpula piramidal. E ahí la simpática diferencia.

 Por la orilla izquierda

 Cruzando la carretera y pasando junto a la Cotarra, llegamos, a través de pinarillos, hasta las proximidades del vado por el que se atravesaba el Eresma para conectar con Hornillos en la ribera opuesta. Pero nos quedamos en un pequeño alto donde se levantaba la Casa del Vado. Sólo quedan varios montones de piedras de todos los tamaños. Llevan aquí amontonadas muchos años, no hay más que ver la cantidad de líquenes que han dejado su rastro…

Mapa indicando donde estuvieron la ermita y las casas

Mapa indicando donde estuvieron la ermita y las casas

Y seguimos por la orilla aguas arriba. Junto a un enhiesto piñonero vemos los restos –barro- de otra casa. Podemos llamarla Casa de la Tranca, pues unos metros más arriba desemboca el arroyo de ese nombre. Estaba justo donde comienza la ladera del río. Se distinguen los restos de varias estancias, corrales, cuadras, acequias… Mucha vida hubo aquí en otros tiempos. Ahora, la soledad.

Todavía nos queda la Casa de la Ribera del Tío Morlaque, un poco más arriba. Era una ribera rodeada de preciosos y centenarios almendros, hoy desmochados. Es lo que queda; y de la casa, dos trozos de arco de ladrillo tirados en el suelo.

Vieja carretera de Hornillos

Vieja carretera de Hornillos

A todo esto diremos que no hemos encontrado –ni encontraremos- nada de agua ni de barro en los caminos. Todo lo ha absorbido el arenoso pinar. Pero, eso sí, la arena está húmeda y cuesta bastante mover las ruedas.

La Luz

Cruzamos el Eresma por el Puente Viejo o Puente Mediana, bien conocido por otras excursiones. Ahí sigue, aguantando. ¿Cuánto tiempo tardarán los álamos en convertirlo en pura ruina? Pero todavía nos permite cruzar el río.

Y tomamos la cañada o camino de Carretas –que llega a Olmedo- con la esperanza de ver las ruinas de la ermita de la Virgen de la Luz. El camino cruza entre campos y pinares vallados donde hay ganado. De hecho, un precioso alazán se acerca a nosotros y nos acompaña al galope desde el otro lado de la valla (evidentemente nos adelanta, pero nos espera para dar otra galopada).

Aquí estuvo la ermita

Aquí estuvo la ermita

De la ermita de la Luz, nada de nada. En el mismo camino, dándole firmeza, pisamos unas piedras en el lugar donde se levantó. Es lo único que queda.

La historia es triste, pues la ermita quedó arruinada, llevaron la talla gótica de la Virgen –Patrona de Hornillos- a la iglesia del pueblo y allí, en 1979, fue robada. De todas formas, el pueblo sigue acudiendo devotamente a esta advocación de la Virgen de manera particular el día 1 de junio, con procesión y merienda. No sé el origen de esta advocación, pero se dice que la talla fue descubierta por un pastorcillo, ¿gracias a una Luz especial? Desde luego, el mes de junio está muy bien elegido, pues es precisamente cuando más luz hay en nuestros campos.    

Más barro

Pero no en el camino. Pasamos por la Casa de los Dieces, ¡con algún trozo de pared en pie! También hay un pozo y almendros centenarios que estarán bien guapos dentro de un mes o poco más. Curiosamente, se levanta en el punto más alto del pinar.

Los Dieces hace cinco primaveras

Los Dieces hace cinco primaveras

Y terminamos en la Casa Nueva. ¡Ja! Eso dicen los mapas antiguos. No es más que un montón de barro. Con esfuerzo, llegamos a distinguir algunos adobes. Nada existe ya. Y, claro, como era nueva, ya no debía regir la costumbre de plantar almendros. Está rodeada de pinos. Por cierto en estos pinares –limpios de maleza- abundan tanto los piñoneros como los negrales, estos explotados para resina.

En otra excursión de hace unos meses nos acercamos a la Casa Navilla. Menos mal que esa todavía está en pie y han respetado sus artísticos estucos. De momento.

Cerca de Hornillos

Cerca de Hornillos

Y el Eresma

El Eresma lleva –hasta la fecha- poco agua y transparente. Disfrutamos con las vistas de su tajo, que crea aquí no sólo auténticos desfiladeros para que el agua pase, sino también prados, sotos, playitas… paradisíacos lugares para sestear una tarde de verano tras un baño, o para merendar una tarde de primavera. Pero no es el caso, y nos conformamos con ver el trabajo realizado por el río durante los últimos milenios.

O sea, no nos hemos enterado (casi) del agua que ha caído, ni del viento huracanado que anunciaban para el mismo día de esta rodada. Gracias a la arena y a los pinos.