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La Luz de Hornillos y otras desapariciones

12 enero, 2016
Pradera y pinar en la Luz

Pradera y pinar en la Luz

Toda la semana lloviendo de lo lindo. Pisuerga y Duero vienen crecidos y de color chocolate. Hay barro y charcos por todas partes, por no hablar de los vientos huracanados que no dejan de anunciar… ¿qué hacer?

Pues la cosa está clara: hay que rodar por tierras de Serrada, Medina, Nava… porque en realidad no es tierra, sino grava, y no forman barro. Lo malo es que el viento nos da de lleno. Claro que por Olmedo, Mojados, Valdestillas, tampoco hay barros, sino arenas. Además, hay monte pinariego que nos evita el viento.

De manera que se impone un paseíto corto por los pinares y riberas del Eresma, entre Alcazarén y Hornillos, por ejemplo. Y el hilo conductor van a ser el barro y la luz, pero de distinta manera a la que imaginamos en este momento.

Playa en el Eresma

Playa en el Eresma

Salimos de Alcazarén, pero esta vez no nos detenemos a contemplar el arte mudéjar sino la sencilla artesanía –que no deja de ser arte- que construyó el exterior de las bodegas. Si toda localidad tiene bodegas diferentes, dependiendo sobre todo de su relieve, Alcazarén es un ejemplo de bodegas construidas en llano: como no tienen ladera que horadar, la boca da paso a un pasillo que recuerda un pozo, pues baja casi en vertical al espacio horizontal donde se elabora el vino. Pero para eso hay que construir por fuera algo que nos recuerda una caseta o choza y que se remata por una especie de bóveda, o por una cúpula piramidal. E ahí la simpática diferencia.

 Por la orilla izquierda

 Cruzando la carretera y pasando junto a la Cotarra, llegamos, a través de pinarillos, hasta las proximidades del vado por el que se atravesaba el Eresma para conectar con Hornillos en la ribera opuesta. Pero nos quedamos en un pequeño alto donde se levantaba la Casa del Vado. Sólo quedan varios montones de piedras de todos los tamaños. Llevan aquí amontonadas muchos años, no hay más que ver la cantidad de líquenes que han dejado su rastro…

Mapa indicando donde estuvieron la ermita y las casas

Mapa indicando donde estuvieron la ermita y las casas

Y seguimos por la orilla aguas arriba. Junto a un enhiesto piñonero vemos los restos –barro- de otra casa. Podemos llamarla Casa de la Tranca, pues unos metros más arriba desemboca el arroyo de ese nombre. Estaba justo donde comienza la ladera del río. Se distinguen los restos de varias estancias, corrales, cuadras, acequias… Mucha vida hubo aquí en otros tiempos. Ahora, la soledad.

Todavía nos queda la Casa de la Ribera del Tío Morlaque, un poco más arriba. Era una ribera rodeada de preciosos y centenarios almendros, hoy desmochados. Es lo que queda; y de la casa, dos trozos de arco de ladrillo tirados en el suelo.

Vieja carretera de Hornillos

Vieja carretera de Hornillos

A todo esto diremos que no hemos encontrado –ni encontraremos- nada de agua ni de barro en los caminos. Todo lo ha absorbido el arenoso pinar. Pero, eso sí, la arena está húmeda y cuesta bastante mover las ruedas.

La Luz

Cruzamos el Eresma por el Puente Viejo o Puente Mediana, bien conocido por otras excursiones. Ahí sigue, aguantando. ¿Cuánto tiempo tardarán los álamos en convertirlo en pura ruina? Pero todavía nos permite cruzar el río.

Y tomamos la cañada o camino de Carretas –que llega a Olmedo- con la esperanza de ver las ruinas de la ermita de la Virgen de la Luz. El camino cruza entre campos y pinares vallados donde hay ganado. De hecho, un precioso alazán se acerca a nosotros y nos acompaña al galope desde el otro lado de la valla (evidentemente nos adelanta, pero nos espera para dar otra galopada).

Aquí estuvo la ermita

Aquí estuvo la ermita

De la ermita de la Luz, nada de nada. En el mismo camino, dándole firmeza, pisamos unas piedras en el lugar donde se levantó. Es lo único que queda.

La historia es triste, pues la ermita quedó arruinada, llevaron la talla gótica de la Virgen –Patrona de Hornillos- a la iglesia del pueblo y allí, en 1979, fue robada. De todas formas, el pueblo sigue acudiendo devotamente a esta advocación de la Virgen de manera particular el día 1 de junio, con procesión y merienda. No sé el origen de esta advocación, pero se dice que la talla fue descubierta por un pastorcillo, ¿gracias a una Luz especial? Desde luego, el mes de junio está muy bien elegido, pues es precisamente cuando más luz hay en nuestros campos.    

Más barro

Pero no en el camino. Pasamos por la Casa de los Dieces, ¡con algún trozo de pared en pie! También hay un pozo y almendros centenarios que estarán bien guapos dentro de un mes o poco más. Curiosamente, se levanta en el punto más alto del pinar.

Los Dieces hace cinco primaveras

Los Dieces hace cinco primaveras

Y terminamos en la Casa Nueva. ¡Ja! Eso dicen los mapas antiguos. No es más que un montón de barro. Con esfuerzo, llegamos a distinguir algunos adobes. Nada existe ya. Y, claro, como era nueva, ya no debía regir la costumbre de plantar almendros. Está rodeada de pinos. Por cierto en estos pinares –limpios de maleza- abundan tanto los piñoneros como los negrales, estos explotados para resina.

En otra excursión de hace unos meses nos acercamos a la Casa Navilla. Menos mal que esa todavía está en pie y han respetado sus artísticos estucos. De momento.

Cerca de Hornillos

Cerca de Hornillos

Y el Eresma

El Eresma lleva –hasta la fecha- poco agua y transparente. Disfrutamos con las vistas de su tajo, que crea aquí no sólo auténticos desfiladeros para que el agua pase, sino también prados, sotos, playitas… paradisíacos lugares para sestear una tarde de verano tras un baño, o para merendar una tarde de primavera. Pero no es el caso, y nos conformamos con ver el trabajo realizado por el río durante los últimos milenios.

O sea, no nos hemos enterado (casi) del agua que ha caído, ni del viento huracanado que anunciaban para el mismo día de esta rodada. Gracias a la arena y a los pinos.

 

En Camporredondo, con Gaude

13 octubre, 2015

Camporredondo 2015

Esta vez, la excursión prevista tenía un atractivo especial, pues además de rodar por páramos, valles y pinares, el objetivo era visitar a Gaude. Porque este blog es más que un blog: además de cumplir su función virtual, nos conecta realmente a unos con otros. (Tendríamos que escribir una entrada sobre este tema, y esperemos que así sea más adelante) Y como teníamos ganas, decíamos, de estar con Gaude, que nos ha hecho sabrosos comentarios, pues nos fuimos a Camporredondo. Primero, el paseo.

* * *

Antes de nada, hicimos una visita al inmenso negral que hay detrás del cementerio, del que ya nos había hablado Gaude. Portentoso. Sólo hemos visto unos pocos negrales de este tamaño en Coca. Aquellos llevaban placa. Aquí somos más austeros.

El negral

El negral

Bien, ahora, ¿hacia donde ir? Alguno señaló: -Aldealbar, a través de los pinares.

Y allá que fuimos. Salimos felices y montados en bici por el camino –vía crucis- de la ermita del Cristo del Amparo y la arena nos bajó de la burra recorridos unos cuantos cientos de metros. No importaba, estábamos impresionados por las mil formas de los negrales del pinar. Y charla que te charla un kilómetro y otro, subiendo las arenosas cuestas… ¡con la bici de la mano!

Por fin, el que había propuesto Aldealbar parece que se lo pensó dos veces:

-Bueno, a mi no me importa ir a otro sitio, ¿por qué no vamos hacia el oeste, hacia el Riscal?

La burra no se deja montar si hay arena

La burra no se deja montar si hay arena

Los demás no lo dudamos y, al unísono, cambiamos de rumbo, de manera que visitamos Santiago del Arroyo y la charca artificial preparada en la pradera. Después, ¡ascensión al Riscal! Arriba nos esperaban unos perros feroces, pero pasamos junto a ellos como valientes porque… ¡estaban bien atados!

Miguel Ángel se quejaba de cansancio, cosa lógica, pues llegaba el primero a todas las cimas. Después de inmortalizarnos junto a una sabina bajamos, para subir de nuevo, ahora suavemente, por el valle de Valseca. Una preciosidad.

Junto a los restos del Pino

Junto a los restos del Pino

Y ya estamos otra vez en el páramo formado por el arroyo del Henar y río Cega. Alguno sugirió que nos acercásemos al pico del Águila para contemplar paisajes, mas hubo división de opiniones (o sea, la gente tenía hambre) y lo dejamos para otro momento. Después de dar un desorientado paseo por el pinar de las Pintoras (Mata de Cuéllar), nos dejamos caer hacia Cogeces de Íscar, no sin antes beber agua rica y fresca en la fuente del Valle y visitar los restos del Pino Gordo.

Tentempié en Cogeces (¿o tentenbici?) junto a las viejas losas del camposanto y, vuelta ya, hacia Camporredondo.

Una de las bajadas

Una de las bajadas

Pero antes pudimos pasar por:

  • La Fábrica del Macho, antiguo e inmenso molino o fábrica sobre el arroyo del Henar. ¡Perecerán hasta las ruinas!, que dijo Unamuno citando a un clásico. Estas todavía no.
  • El molino del Valle, que conserva bien su estructura. ¡Ingenuo paraje entre álamos y pinos donde no ha llegado la prisa!
  • El lugar donde estuvo la -hoy desecada- laguna del Toro. Aquí sí que ha llegado, pues además de desecarla -¿tan insalubre era?- han plantado chopos de crecimiento rápido, que –por tanto- dan dinero más prontamente. ¡¿Qué bien?!
  • El puente –que tampoco encontramos- sobre el arroyo del Masegar. Se lo debió tragar la autovía. Ya se sabe, el progreso (ciego y glotón en este caso).
  • El piñonero retorcido junto a la cañada merinera, por la que bajaban los rebaños que venían de Tudela de Duero e iban a Megeces. Los negrales suelen, con frecuencia retorcerse, pero no los piñoneros. Éste es una excepción.
Molino del Valle

Molino del Valle

* * *

Y ahora ya sólo nos queda conseguir el verdadero objetivo de esta excursión: saludar a Gaude, al que no conocíamos personalmente, sino por los comentarios –divertidos y llenos de sentido común- que de vez en cuando nos deja en el blog .

Un camporredonchino camporredondés nos indicó donde vivía y ¡toc-toc!, llamamos a la puerta. Maribel –su mujer, a la que no conocíamos hasta ese momento- nos abrió y por Gaude que preguntamos. Pero con las pintas que traíamos de la excursión, notamos en su cara como un gesto de duda a la vez que nos preguntaba quienes éramos. –Amigos de Gaude de internet, dijimos, y entonces, con una amplia sonrisa, nos invitó a entrar .

Piñoneros cerca del camino

Piñoneros cerca del camino

El resto de la tarde se nos pasó charlando sobre los resineros, los pastores, el campo, el paisaje pasado y presente de Camporredondo, el vocabulario campestre, y tantas cosas más.

También pudimos ver ¡oh sorpresa! el magnífico museo de aperos de diferentes oficios que tiene en su casa. Cientos, miles de piezas perfectamente ordenadas. Podía ser un buen museo que atrajera visitantes, pues todo está a punto, pero… siempre hay un pero y, cuando el trabajo más difícil, el del particular, está hecho, falta esa otra colaboración digamos oficial que no terminó de llegar. En fin.

Con Gaude

Con Gaude

El tiempo se pasaba volando pero nos quedamos con lo mejor: el cariño de Gaude por los oficios de antes, por la sabiduría de los pastores, resineros y campesinos, por las palabras bien pronunciadas y dichas en su adecuado contexto… Gaude, lo pudimos comprobar, es un pozo sin fondo de sabiduría popular y, por lo tanto, humana. ¡Y otros que se pasan el día con la televisión y la tableta…!

Si quieres saber más de Gaude, o comunicarte con él, aquí tienes su Pizarra. Nosotros nos callamos y no hablamos más; por amigos, no seríamos objetivos.

Y gracias, Maribel, por las cervezas. ¡Irresistibles para cualquier ciclista cansado!

¡Hasta la próxima, Gaude!

¡Menudo lío!

¡Menudo lío!

De la arena al granito

1 marzo, 2015

Iscar Arevalo

El día se presentó frío pero soleado y en los días anteriores había llovido. Además, aunque del sur, soplaba el viento. Ante estas circunstancias la elección de la ruta se inclinó hacia pinares arenosos que con la humedad se reafirman sin generar barro y además protegen del viento.

Por ello dimos un agradable paseo desde Olmedo hasta Arévalo, subiendo por la margen izquierda del Adaja y regresando por la derecha, menos protegidos pero con viento a favor.

Entre pinares

Entre pinares

Desde Olmedo nos acercamos al río, ya entre pinares, llegando al conocido molino de Runel, lugar donde ahora encontramos reunidos tres generaciones de puentes, uno de piedra en estado ruinoso, otro menos vetusto, aún transitable pero inseguro y, finalmente, el moderno y funcional por el que actualmente cruza la carretera que va hacia Ataquines, un fresco y sugerente paraje. Aguas abajo del Adaja, muy cerca de los puentes se vimos el molino del Rumel.

El castillo de Arévalo en lontananza

El castillo de Arévalo en lontananza

A partir de aquí pedaleamos a placer a lo largo de un extenso pinar por lo que fue cañada de merinas, con el río a la izquierda y algunas casas e instalaciones abandonadas que curioseamos. Son los restos de las antiguas casas forestales, la principal en el pinar y otra con su vivienda, cuadras y su alberca circular, utilizada para el riego y abastecimiento de agua para apagar los incendios del pinar, muy cerca del cauce del Adaja. También hubo oportunidad de pinchar, aunque en este caso la reparación se vio amenizada por los ensayos que un dulzainero realizaba en el interior del pinar sin que llegáramos a verlo.

Así llegamos a Arévalo, a las puertas de la Moraña, donde los arenales vallisoletanos comienzan a convertirse en granito abulense. En la confluencia del Arevalillo con el Adaja se levanta la ciudad, ya que recibió ese título en 1894 por la reina María Cristina, en el mismo espigón vemos la fortaleza medieval, ahora dedicada a Museo del Cereal.

Puente de Medina, en Arévalo

Puente de Medina, en Arévalo

Para entrar en Arévalo tuvimos que cruzar el puente de Medina, con sus 140 metros de longitud y 18 de altura sobre el Arevalillo, de cinco ojos, el central de mayor tamaño. Tiene una peculiar característica este puente, puesto que cuenta con unos pasadizos abovedados en sus pilares que comunican sus tres arcos centrales y unas galerías que ascienden en su interior que pertenecieron a su sistema defensivo, ya que tenía sobre él una de las puertas de la muralla. A su lado se encuentra el Arco de Medina, neoclásico de ladrillo levantado en el siglo XVIII.

Ya dentro paseamos por las plazas, llamándonos la atención la de la Villa, ejemplo de plaza castellana porticada con 31 columnas de piedra y 25 de madera, casas con entramado de madera y ladrillo, sus iglesias de San Martín, Santa María, El Salvador, San Juan Bautista, Santo Domingo o San Miguel.

La Lugareja

La Lugareja

A las afueras de Arévalo nos acercamos hasta la ermita de la Lugareja, del siglo XII, de la que se conserva únicamente su cabecera mudéjar, que formó parte del antiguo convento cisterciense de Santa María de Gómez Román. Tuvimos que conformarnos con contemplarlo desde la carretera, pues está dentro de una finca particular y sólo se puede visitar los miércoles de 13.00 a 15.00 horas.

La vuelta, por la ribera contraria, nos acercamos hasta Donhierro, nombre que adquiere de su repoblador en el siglo XIII Don Fierro. Pese a las lluvias los caminos arenosos nos dejan avanzar con facilidad además de la ayuda del viento que nos da de espalda, por lo que no nos cuesta casi nada llegar hasta Almenara de Adaja y Bocigas, con su campo de golf. Desde aquí, como urbanitas, rodando por el carril bici existente, llegamos a Olmedo de Adaja, precioso nombre que aún reza en su antigua estación, la cual un grupo de artistas están tratando de rehabilitarla como espacio expositivo y… ¡hortícola!

En la vieja línea de Segovia

En la vieja línea de Segovia

Aun hubo tiempo para otro desafortunado pinchazo, pero esa, es ya otra historia.

Fotos: Miangulo y Javiloby

Y aquí, el track de Miguel Ángel

Pinos de la Comunidad de Villa y Tierra de Íscar

1 febrero, 2015

Iscar a SamboalDesde hace siglos, Íscar viene cultivando su riqueza forestal produciendo piñones, resina y madera. Hoy vamos a dar un paseo por los pinares de la Comunidad de Villa y Tierra de Íscar –a la que pertenecen Remondo, Villaverde y Fuente el Olmo, aunque estén en Segovia- y por los de otros términos colindantes, como Fresneda y Samboal.

El día estuvo claro y frío. Pero como daba el sol, en ningún momento llegamos a enfriarnos. El firme de los caminos se encontraba húmedo -sin llegar a embarrarse- por lo que las ruedas se pegaban al suelo más de lo que nos hubiera gustado, y nos costaba dar pedales. Una ligera brisa nos dio de frente durante los últimos kilómetros.

Asomado al claro

Asomado al claro

Pinos

El terreno es mezcla de arena y arcilla, bueno para estas coníferas. Vemos tanto piñoneros como negrales. Unos engordan piñas y otros destilan resina. Son de todos los tamaños: pimpollos, medianos, grandes y muy grandes, llamativamente altos o corpulentos. Y otro detalle importante de estos montes: están limpios. O sea, que si hay un incendio, el fuego se difundirá con cierta dificultad. Por esta razón, también es más fácil pasear por ellos. Ni qué decir tiene que en primaveras y otoños lluviosos, estamos en el reino de los aficionados a las setas.

Ya en el camino de la Picona, poco antes de cruzarse con la cañada de Merinas que viene de Puenteblanca, vemos unos enormes piñoneros lindando con tierras de labor. Pero esto no ha sido más que le aperitivo.

Perfecto parasol

Perfecto parasol

De Fresneda a Samboal tomamos la cañada de las Saleras, que va cruzando pinares y grandes claros de tierras de cultivo. Volvemos a disfrutar de todo tipo de pinos: negrales que se han estilizado por estar demasiado agrupados, o piñoneros que lucen la forma perfecta de copa o parasol. También cruzamos algunas alamedas.

Desde el Pirón a Fuente el Olmo rodamos por una pista forestal primero y luego por un camino, justo por la raya entre Coca y Samboal. Abundaban los grandes piñoneros en los claros o en el pinar; uno de ellos, de tres enormes ramas, había sido indultado por los quintos del 2008 2007 según reza la placa que luce en el mismo tronco. También vimos negrales de proporciones desconocidas, pues parece que igualmente hubieran sido indultados: en la parte baja se notan las antiguas cicatrices, ya restañadas, de los años en que fueron sangrados. Después, se han recuperado -¡y de qué forma!- y parece como que quisieran tocar el cielo. Y no hay ni uno ni dos, son multitud.

Indultado

Indultado

Y eso que no nos acercamos al Pino de la Cinco Gachas, cerca de Coca, ni tampoco al Pino de las Apuestas (o de las Mentiras), muy cerca de Fuente el Olmo. Los dejamos para otra ocasión.

Finalmente, poco antes de llegar a Íscar, nos salía al encuentro un grupo de viejos y enormes piñoneros, al salir del pinar de Marigarcía.

Laguna del Prado

Laguna del Prado

 Ríos y bodones

Pero no todos fueron pinos. También cruzamos dos veces el río Pirón, y el arroyo Malucas. Los dos tenían corriente pero no estaban excesivamente limpios. Todavía recuerdo cuando mi abuela, que era de Íscar, me contaba feliz cómo, de niña, jugaba con el agua transparente y los guijarros del Pirón, allá por los finales del siglo XIX. ¿Volverán esos tiempos?

Podíamos habernos acercado a varios bodones, pero no nos apartamos de la ruta que nos habíamos trazado al principio. Pasamos por alguno, como el que hay junto al cementerio de Samboal, que tenía las aguas azules; vimos otro, a un kilómetro pasado Fuente el Olmo, con el manantial – y su abrevadero y lavadero- del que se nutría. Antes, al llegar a Fresneda nos acercamos a la Gansera, formada gracias al Caz del Egido.

Vado en el arroyo Malucas

Vado en el arroyo Malucas

Samboal y otros pueblos

Pasamos por varias localidades. En Fresneda nos acercamos a la ermita de la Virgen de la Visitación que a través de la mirilla nos pareció gótica, de buen porte. Por cierto, desde esta ermita se contempla un amplio panorama.

Pero el pueblo que más nos llamó la atención fue, sin duda, Samboal: limpio, con casas antiguas rehabilitadas o nuevas construidas con buen gusto. Su iglesia de San Baudelio, recién restaurada, es una joya mudéjar. Una casa señorial, que tiene un balcón con un simpático tejadillo, parece arremeter contra el ábside de la iglesia, y la enorme chimenea le llega a tocar. Pero no sé, tampoco queda mal, es algo original. Recorrimos la calle mayor disfrutando de cada una de sus casas, pertenecientes a ese estilo de arquitectura tradicional –en ladrillo- de Tierra de Pinares.

Fue sangrado, y hoy se ha recuperado

Fue sangrado, y hoy se ha recuperado

También nos resultó atractivo el parque –parecía un museo de mojones- con viejos utensilios para la explotación de los montes, en Fuente el Olmo. Y en Villaverde, pasamos junto a un sencillo crucero con un tosco Crucificado esculpido sobre la misma piedra –luego vimos otro delante de la iglesia- y, en una placita, aun conservan la fuente con elevador que surtiera de agua al pueblo durante muchos años.

Al final, cuando uno de los ciclistas quiso tomar dirección suroeste desde Villaverde, el castillo de Íscar salió al quite desde lo alto y nos señaló el rumbo seguro. Nos faltó degustar una Loca Juana donde la elaboran para poner un final redondo a esta excursión.

Cayeron 40 km.

Balcón en Samboal

Balcón en Samboal

 

Pinares, páramos, valles… y su luz otoñal

13 diciembre, 2014

Valdestillas Megeces

El día amaneció soleado; no había helado por la noche, a pesar de que lo hizo la noche anterior y volvería a helar la próxima. O sea, una jornada ideal para pedalear.

Habíamos elegido el trayecto desde Valdestillas a la ermita de San Cristóbal, en el término municipal de Aldea de San Miguel, en el borde mismo del páramo.

Pinares

Piñoneros

Piñoneros

Teníamos un poco de miedo: resulta que con el sol tan estupendo que hacía, nos íbamos a introducir en un pinar que, con las copas de los piñoneros, nos iba a dar sombra. Pero nuestros miedos se disolvieron enseguida: en la pista por la que rodábamos, en dirección sureste, nos daba el sol de frente. ¡Perfecto! Y luego, al tomar otros caminos, resulta que el pinar se aclaraba un poco: seguíamos recibiendo, agradecidos, los rayos del sol.

¡Espléndido el espacio pinariego! El aire estaba muy claro y luminoso, sin vahos ni neblinas, transparente. Los pinos estaban lustrosos, casi brillantes, como si las últimas lluvias los hubieran limpiado a fondo, tanto en su corteza como en sus afiladas hojas. Y el suelo, con abundante tamuja, tenía también un tapiz de hierba, cosa nada habitual porque, o bien está reseco o bien –en pleno invierno- se cubre de una capa de musgo.

Negrales

Negrales

No faltaron las setas de todo tipo, aunque ya un poco mustias por las primeras heladas del otoño. Utilizamos para rodar el kilómetro de la pista de aviones del Corbejón. Pero, como otras veces, las bicis no despegaron.

Y los caminos estaban ideales, la poca arena hacía un ruido agradable al contacto con las cubiertas de las bicis. Bueno, salvo a la salida de Mojados, ya a la vuelta, que nos quedamos trabados en dos o tres momentos.

Mojados

El Cega en Mojados

El Cega en Mojados

Fuimos a dar a la carretera de Valdestillas y, a los pocos kilómetros nos presentamos en Mojados, donde compramos un pan excelente. También dimos una paseo por el pueblo: las iglesias mudéjares, el palacio del Conde Patilla (uno de los pocos edificios todo en piedra), las numerosas casas en ladrillo tradicional, el puente sobre el Cega, la fuente de Carlos III. A la vuelta, pasamos por la ermita de la Patrona, la Virgen de Luguillas; pero estaba cerrada. Todo mereció la pena.

7 diciembre 109

En el centro, Aldea de San Miguel; a la derecha, Portillo

El páramo

Superado el pinar, en campo abierto, la luz era todavía mayor. Al fondo Portillo, encima de su cerro y abajo, la Aldeílla con la torre de su iglesia entre altos cipreses. Un poco de arena antes de acometer la subida al páramo y ¡qué subida!, corta pero muy dura. Claro que, una vez arriba, se nos olvidaron los sufrimientos de la cuesta. Un inmenso panorama con Pedrajas de San Esteban en primer plano, el Raso de Portillo, la Cistérniga y su cerro, Parquesol y Valladolid, los pinares, el valle del Duero… Pues sí, ha merecido la pena el esfuerzo.

Ermita de San Cristóbal

Ermita de San Cristóbal

Una pena que la ermita de San Cristóbal esté cerrada a cal y canto. Otra vez que subimos al menos el atrio de entrada no tenía puerta y en sus bancos se podía descansar, pero ahora una puerta metálica (fea, claro) nos impedía el paso. Menos mal que no había viento. En la pradera de jóvenes álamos descansamos un poco para seguir en dirección a Megeces, por campo abierto con algún roble.

En el páramo

En el páramo

Y el valle

Bajamos al valle por una umbría con firme un tanto resbaladizo; alguno se apeó. Unos peculiares montes en forma de pico –el Montón de Trigo, se llama uno- nos recibieron abajo. Currantes sembrando ajos y, cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos en Megeces, cruzando el Cega por el puente de un solo arco que de manera tan limpia salta el río.

Bajando, que es gerundio

Bajando, que es gerundio

Por la ribera –pinares, campos recién sembrados, ganado pastando, algún roble- dejamos muy cerca la cueva del Tío Botas y cruzamos la granja de Tablares para salir a la carretera. Desde Luguillas, por el carril bici rodamos hasta Mojados. Nos quedaba todavía el placer de atravesar el pinar hasta Valdestillas, de respirar nuevamente luz y aromas de arena y tamuja mojadas…

¡Qué buen día de invierno todavía en otoño! Salieron algo más de 50 km.

A la vuelta, el tiempo se arrugó un poco

A la vuelta, el tiempo se arrugó un poco

 

Horizontes entre Adaja y Eresma

29 noviembre, 2014

Puras

Esta vez el paseo ha tocado entre las tierras despejadas que separan estos dos ríos. Uno viene de Ávila, el otro de Segovia, y se juntan en Sieteiglesias, término de Matapozuelos, para desembocar juntos en el Duero. Por esta comarca al sur de Olmedo, sus cauces todavía están alejados unos 15 kilómetros, bien aireados y despejados de monte pinariego, salvo en las proximidades de sus riberas.

El terreno es arenoso mezclado con más o menos limo, lo que hace que en muchos lugares se formen los típico bodones o lagunas. Además, en medio de los dos ríos se levanta una especie de colina –cresta o meseta, según- de entre 70 y 100 metros de altura relativa. Todo esto le otorga una fisonomía propia, muy adecuada para observar panoramas amplios y luminosos. O algún bando de grullas volando en perfecta formación de V, como fue nuestro caso.

 

Bocigas

Bocigas

El día elegido –a finales de este noviembre- resultó especialmente caluroso. Amenazaba lluvia, pero toda cayó al día siguiente. Hubo sol al principio, luego, una gasa de finísima neblina se adueñó del aire para filtrar, difuminándolos, los fondos del paisaje. Esta vez, no teníamos prisa, de manera que recorrimos pocos kilómetros (40) en muchos tiempo y pudimos embebernos de lo son estas campiñas.

Bodones

Bocigas y Almenara. Golf y villas romanas, pero sobre todo bodones. No llegamos a los de San Pelayo, que conocemos bien. Tampoco al Juncial, ni al Blanco, que vimos seco desde la carretera. Pero ahí estaba el de Bocigas, brillando al sol de la mañana.

22 Noviembre 051

Almenara al fondo

 

En las proximidades de Almenara pudimos contemplar dos bodones, con agua el primero, al noroeste, y con abundante barro el segundo, ya al suroeste. También pasamos por las calles de la localidad, donde han restaurado el viejo pozo –el Caño– con su largo abrevadero, en una agradable alameda.

Desde Almenara pusimos rumbo al Adaja, y llegamos a la casa de Villagrá, donde nos esperaba otros pintoresco bodón, acompañado éste de algunos chopos amarillos.

 

Villagrá

Villagrá

En el trayecto fuimos descubriendo muchas tierras encharcadas por la lluvias, tal vez en algunas de ellas hubo bodones, hace años desecados y ahora como queriendo renacer.

Setas

En prados y pinares siguen abundando las setas. No somos expertos en micología, pero dimos un breve paseo andando por un pinar de Puras con abundante tamuja y descubrimos setas de todo tipo. Entre otras, anaranjados nícalos y nazarenas violetas, inconfundibles.

Tierra de arenas

Tierra de arenas

Vacceos y romanos

¡Qué curioso! Justo a un lado y a otro de la Villa romana de Almenara, que se encuentra en una leve colina, el terreno se hunde para formando dos bodones: el del Arroyuelo y el del Monduengo. Los dos tenían un poco de agua. Sin duda fueron utilizadas por los romanizados habitantes para alimentar los sistemas de calefacción y saneamiento de la Villa.

Y es que esta es otra característica del territorio: por aquí campearon los hispano romanos: la capital era Cauca, pero numerosas villas se esparcieron por su ámbito para cultivar los campos. Eran los tiempos pacíficos del bajo Imperio. Pero mucho antes dominaron estas campiñas alomadas los vacceos. Prueba de ello es la interesantísima tumba, con abundante ajuar, de un joven noble encontrada cerca de Bocigas, en Fuente Olmedo: se trata nada menos que del conjunto funerario más completo y rico de la cultura del Vaso Campaniforme en toda la península Ibérica, según los expertos.

Torres

 

Desde el cerro del telégrafo

Desde el cerro del telégrafo

Ya de vuelta subimos hasta la torre del telégrafo óptico de Almenara, que se levanta sobre un cerro testigo, cerca de Fuente de Santa Cruz. Junto a ella se contempla el amplio panorama del valle del Adaja, desde Olmedo hasta más allá de Tolocirio y Montejo de Arévalo. Pero el día había tejido su gasa y no se veía perfectamente, más bien se vislumbraban los lugares lejanos por sus perfiles. Como el de los inconfundibles ataquines. La luz facilitaba más contemplar su cielo que nuestros campos.

Tres pueblos, tres torres distintas y similares. El ladrillo las une. Pero la de Almenara parece la de una terrible fortaleza, por sus grandes almenas. La de Bocigas, clásica torre de planta cuadrada. Y la de Puras, que se distingue entre lomas –las otras dos están en la llanura- tiene una cúpula que le otorga la diferencia: negra y en punta.

 

Laguna de las Eras

Laguna de las Eras

Villagonzalo de Coca

 En Puras tomamos la cañada de la Raya y, en la Cruz del Calvario nos desviamos por un camino que nos llevó directamente hasta Villagonzalo subiendo y bajando crestas y colinas, y cruzando por fuentes y humedales en el fondo de los valles.

Por fin, se abrió a nuestros ojos el espectáculo: la laguna de las Eras, masa de agua de casi un kilómetro de largo en la que viven anátidas y sirve para que el pueblo se mire en ella. Su tonalidad era gris blanquecina, como la del día. Pero nos sorprendió su tamaño y que no estaba seca, como otras por las que hemos pasado. Luego, nos asomamos a contemplar la laguna de la Iglesia, justo al otro lado, hacia el Este; algo más pequeña y también de agua salobre, con tres islas que sirven de tranquilo refugio a patos y otras aves. Al fondo, entre pinares, se levanta la torre de San Nicolás, ya en Coca, a 5 km.

 

Laguna de la Iglesia. Al fondo, torres de Coca.

Laguna de la Iglesia. Al fondo, torres de Coca.

Fuente de Santa Cruz

A la vuelta, pasamos por las proximidades de la laguna de Valderrueda, continuación de la de las Eras, pero sin agua. De nuevo subidas y bajadas por un desdibujado camino para llegar a Fuente de Santa Cruz. Lo único cierto de este pueblo es la preciosa fuente de tres caños, abrevadero y lavadero, pues si cambió de nombre varias veces a lo largo de los siglos, siempre mantuvo el término fuente como nombre principal o complementario. También tiene curiosos palomares arruinados, viejos almacenes para el grano y calles empinadas. Nos llamó la atención cuatro enormes cubas recién sacadas de una bodega cuyo edificio superior habían demolido hace nada.

 

La fuente de Fuente de Santa Cruz

La fuente de Fuente de Santa Cruz

Después de subir al cerro del telégrafo, una agradable bajada nos condujo a Almenara. Anochecía.

Y dejamos para otra ocasión la localidad de Puras. Merece una entrada aparte. O eso creemos.

Torre del telégrafo

Torre del telégrafo