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El Pino-que-todo-lo-ve y otros lugares valdestillanos

7 enero, 2018

Día gris con amenaza de lluvia. De hecho, al poco de acabar el breve -22 km- recorrido matutino se puso a jarrear intensamente durante unos pocos minutos. El fuerte viento del suroeste no amenazó, sino que fue una realidad en aumento conforme se rodaba. Por tanto, el trayecto nos llevó, en primer lugar, a buscar los pinares, donde todos sabemos que el viento pierde bastante de su potencia.

Entre el pinar de la Dehesa y el río Adaja está la casa de Quitapesares. O estaba, porque le han quitado todo menos la fachada y una tapia. Estas estas casas de labor que sirvieron para guardar útiles e incluso cosechas están siendo abandonadas, pues ya no tienen sentido. De manera que los ladrillos mudéjares de ésta también desaparecerán dentro de no mucho. Por algunos caminos sin excesiva arena nos introdujimos en el pinar y luego, siguiendo el claro del tendido eléctrico, pusimos rumbo al suroeste.

Los pinares del Valdestillas son el único lugar de la provincia donde todavía me pierdo y desoriento. Los únicos, también, donde no me viene mal ese artilugio que es el GPS. ¿Por qué? Creo que es fácil de explicar. Los pinares son todos muy parecidos, cierto, pero cuando abundan los caminos y senderos que parecen dar vueltas sin llegar a ninguna parte y –sobre todo- se suceden los grandes claros con tierras de labor, entonces no sabes exactamente donde te encuentras. Antaño, estos claros no se cultivaban. La mayoría eran prados; queda la toponimia: prado Redondo, casa del Prado Largo, fuente del Prado, prado de Matacarne… E incluso algunos tenían sus propias fuentes, donde hoy hay instaladas casetas con su pozo y motor. Y quedan también restos de navas. Tal vez antaño el pinar fue bastante diferente y la orientación no suponía problemas, pero la verdad es que hoy se complica.

Pero llega el momento en que te olvidas de esta influencia del pinar y sales a territorios de majuelos. El paisaje ha cambiado, y no sólo por el viñedo. El suelo es de arena y cantos rodados, o solamente de cantos, las colinas con sus subidas y bajadas son lo dominante, y las vistas llegan hasta más allá del Duero. Y el viento, que estaba tranquilo y bien sujeto por los barrerones de pinos, se desmanda.

En el raso del paramillo tomamos la cañada de Buenavista que nos lleva, siempre entre majuelos y luchando contra el viento, hacia el sureste. Vemos a la derecha las torres de Pozaldez y ala izquierda el pinarillo de la Virgen de la Moya. Finalmente, tomamos el camino de los Huevos, que nos llevará de vuelta hasta Valdestillas. En ese camino cruzamos junto a un vértice geodésico desde donde se divisa bien el valle del Duero: aparecen juntas las torres de las iglesias de Villanueva y Villamarciel y, al fondo, Velliza. Es como la antesala de lo que luego contemplaremos.


Enseguida una cuesta abajo y… ¡el Pino! Se trata de un piñonero, ni grande ni pequeño, de tamaño mediano que se encuentra asomado sobre los valles y se ve desde todas partes. Y esta fue la oportunidad no tanto de verle –aunque sí de cerca- sino de contemplar todo lo que él vigila, que es mucho. Crece en un lugar llamado la Hormiga ¿porque este saliente donde se asienta tiene cierta forma de hormiga? No está claro. Las cuestas bajan hacia el sur se llaman cuestas de las Misas, seguramente porque fueron dejadas a la iglesia como donativo para misas en sufragio del alma del donante…

Dejo la bici en el camino y, caminando hacia arriba por una cuesta de escobas literalmente levantada por los conejos, nos encaramamos al paramillo donde permanece nuestro pino. Es una especie de lengua estrecha que sale del páramo y el árbol se encuentra poco antes de la punta, de manera que fácilmente vigila el sur, el este y el norte. Como si la magia existiera, nada más llegar se abre un gran claro en el cielo y el pino queda iluminado, ofreciendo ahora a la vista todos los matices que ocultaba el paisaje gris en el que casi se mimetizaba. Pero, lo que es mejor, el claro parece agrandarse y deja ver buena parte de la llanura que se puede contemplar. Al sur se iluminan el cerro de San Juan, en Villavieja, y el teso de Valdelamadre, pegados al páramo de Torozos. Valladolid aparece como una gran ciudad extendida de este a oeste, entre Simancas y La Cistérniga. Delante, Boecillo, Aldeamayor, La Pedraja, más apartado Mojados… Pero precisamente el sol, que resulta de gran ayuda para contemplar el paisaje de noroeste a este, no deja ver hacia el sur: es mediodía y, como estamos en invierno, se encuentra relativamente cerca del horizonte…

En las proximidades del paramillo, los majuelos, perfectamente trazados, parecen subir –como si de un ejército en orden cerrado se tratara- por las faldas y cuestas de las Misas para subir hasta el Pino. Más allá cruzan la cañada real de Salamanca, las vías de los ferrocarriles y, más lejos todavía, los pinares se extienden por la llanura queriéndolo invadir todo, pues no en vano nos encontramos en Tierra de Pinares.

Justo cuando nos vamos el cielo se cierra y bajamos hacia el valle del Adaja en un ambiente difuminado de nuevo por tonalidades grises. Un gavilán tarda en elevar el vuelo y cuando lo hace, se lleva un tordo entre las garras. ¡Qué bien sortea las parras y los pequeños postes y cables que dirigen los sarmientos!

Por no dar excesiva vuelta atravesamos las dos barreras de ferrocarril por zonas no muy ortodoxas y nos dirigimos a la fuente que hay junto al depósito de agua de Valdestillas, que el  recorrido de hoy ha sido corto pero cansado. Vemos que está abierta la ermita del Cristo del Amparo y cruzamos la puerta: descubrimos al levantar los ojos, una magnífica talla del siglo XVII, de un Cristo moreno y amable. Y muy grande. Muy grande para lo pequeña que es la capilla. Desde luego, en este país, encontramos obras de arte en cualquier templo o ermita, como es el caso. Hemos podido entrar gracias a una valdestilllana que tiene la llave y que, con 96 primaveras a cuestas, se ha dado un paseo hasta aquí.

De lo que no queda nada por aquí es de ese continuo trajín de ir y venir viajeros –y ganados- entre Valladolid y Madrid, o entre Francia y Portugal por este punto entonces neurálgico. O tal vez sí, pues no en vano el moderno tren que une Madrid con el norte se desliza a lo largo de este Valle de Astillas.

Y aquí el recorrido en wikiloc.

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El Pino Mayoral

20 noviembre, 2015

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Hace unos meses, un fuerte vendaval se llevó por delante al Pino Laguía, el más grande de todo el Pinar de Antequera. Era un pino singular, primus inter pares, que llevaba siglos levantado en este monte vallisoletano. Pero como a rey muerto, rey puesto, alguno ha tenido que sucederle entre sus pares o hermanos y ser ahora el más grande. Tal vez lo sea el Pino Mayoral, como le conocen algunos vecinos del mismo Pinar.

Se encuentra éste donde la cañada real merinera que viene de Valladolid hacia Puente Duero entra en el Pinar, pasado el campo de fútbol y en el inicio de la cuesta que sube a la Casa del Guarda. Es en esta pequeña extensión de terreno, con la superficie relativamente limpia, donde encontramos los ejemplares más grandes de este Pinar. Bueno, también hay otro buen grupo entre el cuartel Teniente Galiana –junto al que se levantaba el viejo Laguía– y la carretera.

Pino MayoralSus datos personales son:

  • Perímetro en la base: 4.00 m
  • Perímetro a 1.25 m del suelo: 3.60 m
  • Diámetro de la copa: Unos 15 metros de diámetro
  • Altura estimada: 17 m.

No sabemos la edad, pero un oriundo del Pinar que tiene 90 añitos, le recuerda enorme hace ya 78 u 80 años. Así que los 200 los ha debido cumplir hace muchas primaveras. No sólo ha visto pasar merinos, también otros ganados, como los toros bravos que antaño se conducían hasta Valladolid para celebrar la feria de San Mateo. Seguramente no vio pasar las tropas romanas por la calzada de Clunia a Simancas, que cruzaba a 500 metros al sur, pero sí a las gentes que utilizaron el camino de Laguna a Simancas, que discurría precisamente sobre esa calzada.

Otra visión

Otra visión

Se encuentra en un lugar que, además de lindar con la vía pecuaria, era también descansadero de merinas, pues bajo su protección pasaban la noche los rebaños después de cruzar Valladolid. Con frecuencia, los civiles que vivían en el cercano cuartel de Farnesio -que entonces era más bien un campamento- entablaban conversación y relaciones con los pastores trashumantes y a veces les preparaban unas sopas calientes para entonarles. Cruzaban todos los años por estas fechas, a principios de noviembre. Y regresaban a principios de mayo.

Laguía murió de viejo, pero hubiera durado bastantes años más si le hubieran cuidado un poco, mediante las adecuadas podas, aligerándole de peso muerto. Esperemos que ahora los responsables cuiden mejor al Mayoral.

Al lado, tenemos -en pleno mes de noviembre- romeros estallando en flor

Al lado, tenemos -en pleno mes de noviembre- romeros estallando en flor

Es pura casualidad, pero hace poco más de una semana y anocheciendo, uno de los dos que abajo firma cruzaba justo a los pies del Pino y ¡malditos abrojos! pinchó ¡las dos ruedas! Tuvo dificultades para arreglar la avería y sabe Dios cómo hubiera acabado la cosa si no surge entre los pimpollos de al lado para ayudarle un vecino del Pinar, natural de la montaña –de Prioro, para ser exactos- que había sido pastor trashumante –¿mayoral?- hace muchos años. La verdad es que él no había cruzado por aquí porque en su época hacían ya parte del viaje trashumante en tren. Se agradece; siempre nos parecieron bellísimas personas los trashumantes. Fue un guiño del Mayoral. ¡Ojalá dure muchos años!

Piscatorem & Javiloby

El pino de Carranza

20 junio, 2009

De Aldeayor al pino Carranza

Nuestra provincia, de extensos pinares en la zona sur, cuenta con numerosos y grandes ejemplares de pino piñonero. Ahí están el pino de la Tableta en Aguasal, el de la Virgen en la ermita de Sacedón, muy cerca del anterior, el pino de los Llanillos en La Parrilla o el pino Macareno el Peñafiel.

Y el pino de Carranza o de la Tía Hilaria entre Portillo y Aldeamayor, del cual ya hemos hablado pero que no habíamos situado en el mapa.A él podemos llegar desde Aldeamayor por el camino del Manadero o por el de San Lorenzo, que nos introducen en el pinar donde se vive nuestro pino.

Pino de Carranza
No hay dos pinares iguales, y este también tiene sus peculiaridades. De entrada, aquí los pinos tienen asegurada agua y humedad en toda época del año, pues clavan sus raíces en el humedal de Aldeamayor, que forma parte del acuífero de los Arenales. Por eso, además de pinos, veremos algunos chopos y bastantes franjas de terreno de cultivo que se abastecen de pozos y otras perforaciones para regar. Antes incluso corrían arroyos por el pinar. Pero claro, de estos sólo quedan los nombres: de Bucianco, o del Pueblo con su soto de Villaverde, que antaño era una auténtica e inextricable selva.
Además, con perforaciones realizadas aquí se abastece de agua potable Aldeamayor. Vemos los depósitos de agua. A ellos nos lleva precisamente el camino del Manadero.

Corrales del Comeso

No lejos del pino, hacia el Sur, vemos los restos del corral Viejo, conocidos también como  corrales del Comeso, donde antiguamente se encerraban los toros para los festejos de Portillo. Desde aquí, a través del raso y guiados por jinetes con sus garrochas, eran conducidos a la fiesta en la localidad. Hoy no son más que ruinas de piedra y barro inundadas no por el agua sino por la maleza. Pero como todas las cosas, ellos también nos cuentan a su manera la historia de Aldeamayor y del raso de Portillo: toda esta zona fue ganadera y pastoril. No sólo en Boecillo, también en Aldeamayor, hubo antaño importantes ganaderías de reses bravas. Todavía está viva la leyenda de la Cruz del Toro, cruz que visitamos junto a la carretera de Segovia, luego destruida para construir (?) la autovía y hoy felizmente recuperada en la localidad; la Virgen de Compasco, que tenía su rebaño de ovejas. Incluso Aldeamayor, antes de poseer su propio ayuntamiento,  era una aldea donde vivían pastrores del término de Portillo. Por no hablar de las innumerables cañadas que cruzaban el término.

Negrales

Por lo demás, merece la pena dar un paseo por este inmenso pinar que se extiene hasta Portillo, Montemayor y La Parrilla. Abundan los piñoneros de buen porte, como este de la Tía Hilaria, los negrales con sus heridas realizas -y ya cicatrizadas- para extraerles la resina, algunos chopos, rosales silvestres, escobas y retamas, y abundantes plantas aromáticas como el tomillo o el cantueso. Incluso, por zonas, vemos también juncales y otras plantas propias de zonas húmedas. Señal inequívoca de la proximidad del agua .

Eso sí, ¡ojo con la arena! sobre todo en verano, yendo en bici, podemos dejar clavadas las ruedas en mitad del camino.