Posts Tagged ‘Pollos’

Arenales del Villar y desembocadura del Trabancos

2 diciembre, 2016

arenales-del-villar-pollos-2016En este paseo no salimos del término de Pollos. Corto, pues no supera los 30 km. El parte (o eltiempo.es, como se prefiera) amenazaba con chubascos que no se hicieron realidad. La temperatura, incluso agradable a pesar de que el sol no hizo acto de presencia.

El Duero, entre Tordesillas y Pollos se siente especialmente libre, pues sale del ámbito de las laderas del páramo de los Torozos, que le oprimen y aún no ha llegado a la Dehesa de Cubillas, cuyas peñas le cortan el paso y le obligan a tomar dirección sur. Tal vez por eso –y porque ha recogido arena de sus tributarios que cruzan Tierra de Pinares-, describe grandes curvas y meandros donde deja, en la orilla convexa, extensos arenales, además de grava y cantos rodados. Y no sólo esto, también los propios árboles de los arenales atrapan troncos de todos los tamaños que llegan con las crecidas. Claro que igualmente, las aguas depositan bidones, plásticos, botellas y todo tipo de basuras.

26-noviembre-035

Senda que nos conduce a los  arenales

El Duero se deja ver como siempre fue. O casi. Debido a que en toda esta zona no hay presas de centralitas eléctricas, resulta que ¡el agua corre! entre cantos rodados y arenas, formando tablas e incluso rabiones; y no hay casi pecina, a pesar de que ahora lleva poca agua.  O al menos eso vimos en los arenales del Villar, aguas arriba de Pollos. Hace años estos arenales debieron ser mucho más grandes y puros, pues se nota que hoy crecen demasiados arbustos e incluso algunos árboles, cuando no se plantan choperas, como en el del Charcón o en la Marota. Incluso aguas arriba de Pesqueruela antaño hubo abundantes playas; hoy han desaparecido todas colonizadas por árboles y arbustos. Lógico, pues los ríos han disminuido su caudal.

26-noviembre-114

En los arenales

Abundan los tamarizos -ahora de un elegante color burdeos-, los grandes chopos, algunos álamos y fresnos y, también, enormes sauces que no se dejan ver en otros lugares. Ahora, el arenal tenía zonas de hierba y, cerca de las arboledas, la arena se cubría con las hojas caídas.

Curiosamente, entre la arena y la grava, se veían restos de cerámica sin aristas, redondeados por el continuo lamer del agua. ¿De dónde provendrán? ¿Medievales? Porque por allí no hay poblaciones hasta Tordesillas, aunque las hubo. También se dejan ver valvas de náyades y almejas.

26-noviembre-120

Pedregal

Veremos patos –pues nadie les molesta-, cormoranes, garzas y algún milano real. En un bosquete de álamos contiguo a este arenal hay una colonia de nidos de cigüeña o, tal vez, de garza. En los charcos que se forman después de las crecidas quedan atrapados peces, por eso todavía vemos los restos -cabeza, espinas y escamas- de grandes carpas.

Pues esto ha sido, más o menos, el paseo por los arenales del Villar. Aguas arriba podemos pasear por otros arenales –algunos, como los de la Moraleja, está cercado y con ganado. Hubo incluso una ermita dedicada a Nuestra Señora del Arenal: se la cita así en 1613, pero antes fue parroquia de una localidad desaparecida, junto a las aceñas de Zofraguilla. Terminó destruida por el ejército inglés en la guerra de la Independencia. En cuanto nos salimos de la ribera, vemos los campos de labor de Pollos de una horizontalidad casi perfecta, sólo rota por los solitarios nogales.

26-noviembre-108

El Duero

* * *

Vistos los arenales, puse rumbo hacia Bayona, pasando antes por el Charcón, que también es un arenal, por choperas de abundante fusca, por el Prado (de la Alegría) que realmente es una intrincada arboleda y, al llegar al Soto, pude comprobar que el río se estaba merendando la orilla izquierda, que es de simple tierra de cultivo. A la izquierda se deja del despoblado de La Porra y, nada más cruzar el Trabancos –sin agua, claro- pude apreciar cómo los cantos rodados cambian de tamaño, para convertirse en piedras –también rodadas– de varios kilos. Curioso.

26-noviembre-219

Esta es la desembocadura

Por la orilla izquierda –entre la casa de Bayona y el cauce-hay un camino, paralelo a este río seco, que acaba saliendo a zona de cultivo y, justo por el límite entre ésta y la enmarañada ribera, nos conduce hasta las proximidades de la desembocadura en el Duero. Digo hasta las proximidades porque los últimos 150 metros son de aúpa: hay que pasar por una franja de abundantes zarzas en la que uno podría quedarse enganchado. Tal vez en pleno invierno, con el zarzal reducido por las heladas sea el mejor momento para acercarse, siempre que el río no venga un poco crecido. Total, que al final pude llegar a la desembocadura propiamente dicha. Es como si un arroyo pequeño –se puede saltar de un brinco- desapareciera en un río caudaloso. Y el arroyo lleva agua en este último tramo debido al nivel del Duero, que se mete dentro de su cauce. Pero puedo decir que lo he visto. Creo recordar que hace muchos años llegué también a este punto por una acequia paralela a la orilla derecha del Trabancos.26-noviembre-239

En Bayona; la dehesa de Cubillas al fondo

***

Para terminar la aventura y pedalear un poco, me fui siguiendo el Duero hasta una alameda frente a la peña roja donde comienza el encinar de Cubillas para volver hacia el Trabancos y recorrer su cauce hasta las Peñas de Santa Cecilia. Desde allí, me dejé caer por un buen camino hasta Pollos, donde tuve la suerte de encontrarme con Daniel, que me invitó a una cerveza para terminar la tarde. Anochecía.

¡Ah! Antes, como seguimos en otoño, la merienda fue ofrecida por un nogal junto al Duero, un manzano cerca de La Porra y un majuelo joven que tenía racimos sin vendimiar, cerca de las Peñas de Santa Cecilia.

26-noviembre-142

Anuncios

Peñas y miradores en el Trabancos

12 marzo, 2016

Pinarillo

Ya conocemos el Trabancos, ese cauce sin río –que no hay río sin agua- que desemboca en el Duero por el despoblado de Bayona. Pero la tuvo, claro que la tuvo, y peces y cangrejos, y vida en abundancia. Pues donde hubo agua todavía quedan rastros de vida, como enseguida veremos.

Peñas de Santa Cecilia

En el valle del Trabancos

En el valle del Trabancos

Y para ver el valle del Trabancos, lo mejor es acudir a las Peñas de Santa Cecilia, en la orilla derecha, como un kilómetro antes de su cruce con la vía del ferrocarril y la carretera de Pollos a Castronuño. Aquí el río se topó con la peña del Terciario –conglomerado de cantos de aspecto rojo en el interior- que le hizo girar hacia el oeste. Pero como esta peña es una terraza del Duero, enseguida la superó para volver a tomar dirección norte y desembocar apuntando incluso hacia el noreste. Por eso, nos asomamos al valle que aquí forma una abrupta caída. Ciertamente no es muy alta, pero sí vertical. Sin embargo, la orilla izquierda alcanza el nivel de la misma terraza en casi dos kilómetros de suave ladera.

Cubillas desde Santa Cecilia

Cubillas desde Santa Cecilia

Desde la Peñas vemos el amplio valle, con un nutrido bosque cuyos álamos se mueren poco a poco –y es que ya debe faltar agua hasta en el subsuelo- pero con prados, a estas alturas del año, de un verde escandalosamente brillante al sol entrenublado de la tarde. Enfrente, la ladera tapizada de pinos asciende apacible y el valle se abre en dirección a los Evanes.

Hacia el noreste vemos la cordillera de los Torozos y, delante, las torres de Tordesillas, Torrecilla de la Abadesa, Torreduero que destacan entre tanta horizontalidad. Sobre el amplio valle del Duero –casi 4 km en línea recta- y también sobre la alfombra de piñoneros, se elevan los escarpes colorados de la dehesa de Cubillas, con el caserío y la era en primera línea.

En las Peñas

En las Peñas

Cartago

Después de cruzar el cauce lleno de arena y adornado en estos días por almendros en flor, subimos en zig-zag por la dehesa de Cartago para admirar el panorama desde la otra perspectiva, desde la otra orilla. El paisaje nos parece menos espectacular, pero claro que merece la pena. Se ven los Torozos, el pinar de Bayona y, claro, las propias Peñas que poco antes nos sirvieron de mirador. Esta dehesa tiene buenos ejemplares de pino y encina; grandes aquellos, retorcidas éstas. Y nos alejamos hacia el oeste por la cañada real de Salamanca.

Valle del Trabancos

Otro aspecto del valle

Llanos

Seguimos en lo más alto, esta vez en la Mesa. Esta llanura es otro buen punto –o plano- para contemplar el amplio paisaje: desde la ermita de la Concepción de Nava hasta la Colegiata de Toro o hasta los cien montículos en los que se convierte la zamorana Tierra del Vino. Hay nubes, caen algunas gotas y descarga una pequeña tormenta de piedra al dejar la Atarayuela (la pequeña atalaya, supongo). Pero el aire está limpio, ideal para la contemplación del paisaje. Además, el viento frío hace que se respire mejor.

Rodamos hasta que la vía del AVE nos impide seguir adelante, justo en el lugar donde antaño hubo un manantial y algunas corralizas. Así que ¡media vuelta! Un par de altos árboles, desnudos en esta época, custodian solitarios el amplio raso y lo hacen resaltar más aún.

Almendro

Almendro

De nuevo el Trabancos

Volvemos por la orilla oeste para atravesar el valle pero antes cruzamos junto a algunas viejas casas. Bueno, más que casas son cuadras. La primera de ellas es –fue- un conjunto de noria, estanque y cuadra. De allí vamos a las peñas que hay entre Santa Lucía y el Eván de Abajo, y finalmente vemos otras dos construcciones rústicas: una de ellas ¿la de Mariana Benito, por el mapa? es también cuadra, y tiene –tuvo- su noria. La casa está abierta pero, a Dios gracias, el lugar se encuentra tan apartado que no ha llegado la barbarie destructora, y se podría pasar la noche en caso de necesidad. La otra caseta parece reconstruida y tiene delante un bonito almendro.

Álamos del cauce

Álamos del cauce

Más mirandas

La propia terraza el Duero entre Pollos y el Trabancos lleva por nombre el Mirador. Ya está dicho lo más importante de esta cuesta. Además de divisar los profundos paisajes allende el Duero, contemplamos extasiados el color y textura de los campos que se están labrando. Esto ya no se puede describir; hay que venir para entenderlo bien. También distinguimos la ribera, los alegres y floridos almendros desperdigados por el valle, algunos humedales que surgen en la misma ladera, pinares, viñedos… Las nubes quieren estropearlo todo; cada vez son más abundantes y ya no dejan pasar los rayos del sol. El fondo del paisaje lo recorren chubascos y aguaceros.

Trabajando la tierra

Trabajando la tierra

Y en los alrededores de Pollos

Al iniciar el paseo, dimos una vuelta por la Isla del Charcón –que no es isla, pero ahora sí que tiene abundantes charcones– engalanada con prados recién estrenados y fresnos y sauces a punto de echar hoja. Al volver, dimos otra vuelta alrededor del pueblo, hasta las Fuentecillas y la Cruz de las Llanas, subiendo y bajando vallejos. Ciertamente, todo estaba precioso. Como si el invierno estuviera a punto de morir para dejar paso a una nueva primavera.

Aquí, la ruta en wikiloc.

En al Isla del Charcón

En al Isla del Charcón

La Isla del Charcón

18 octubre, 2014

Tordesillas El Charcon

Día de lluvias, ¿día para quedarse en casa? Alguno lo tenemos claro: aunque anuncien lluvias los sabios meteorólogos, hay que salir a airearse después de haber pasado la semana trabajando entre papeles. Además, con frecuencia se equivocan. Por ejemplo, la mañana del domingo pasado: cayeron dos chaparrones mientras a ratos lucía el sol .

Bien es cierto que estos días de lluvia hay que buscar lugares donde no se forme barro, o sea, donde predomine el suelo de arena o grava. Por eso nos fuimos, río abajo, de Tordesillas a Pollos.

Así se presentaba la jornada

Así se presentaba el día…

La vega

Esta ruta nos condujo hasta la Vega –o Isla- del Charcón. Es un terreno protegido por un recodo del Duero, al norte de Pollos. No se eleva casi sobre el nivel habitual del Duero, por lo que con frecuencia resulta inundado en la crecidas. El suelo es duro y no hay casi maleza: una hierba rala lo cubre. Por eso, aunque tampoco hay caminos, se puede pasear en bici. Hay zonas más bien llanas y otras con pequeños montículos o, para la bici, toboganes. Abundan los fresnos, chopos y sauces, así como majuelos, escaramujos y tamarizos arbustivos.

El otoño avanza con sus occres ya marillos...

El otoño avanza con sus ocres y amarillos…

En el río vimos abundantes bandos de patos y cormoranes, alguna pareja de garcetas blancas y garzas aisladas. Los árboles ya empiezan a tomar ese color amarillo típico de la estación. No hay que olvidar que estamos en la zona denominada Riberas de Castronuño, que va desde ese pueblo hasta Tordesillas, y que incluye toda la ribera del Duero en Pollos. En definitiva, se trata de un lugar privilegiado para observar los más variados tipos de aves.

Frutos en sazón

Nogales

Nogales

Entre la vega y el pueblo, y en otros muchos lugares del término, los nogales se muestran cargados de nueces. Aquí son más frecuentes que los almendros y se utilizan para delimitar propiedades y acompañar norias. Pero también probamos higos y manzanas. En esta época, todo está en sazón. Y es que, además, el 2014 está siendo pródigo en frutos.

En la ribera y en los pinarillos próximos nacen abundantes setas -¡y de qué tamaño!- pero no son comestibles; para que éstas lleguen habrá que esperar un poco, pero las lluvias que están cayendo anuncian que este otoño las habrá para todos.

Olvidado girasol en el arenal

Olvidado girasol en el arenal

Arenales

 Los arenales son algo corriente en la orilla izquierda del Duero entre Tordesillas y Pollos. Así, los mapas nombran el del Villar –entre Pollos y Herreros-, los arenales de Herreros, o el arenal de la Marota, entre el puente de Tordesillas y los de la autovía de Salamanca. Cruzamos los tres. Antaño, hubo una ermita con la advocación de la Virgen de los Arenales cerca de las aceñas de Zofraguilla. Todavía hoy lo podemos comprobar. Y sufrir, porque las piernas se resienten cuando las ruedas de las bicis detectan arena.

Por cierto, que las aceñas de Zofraguilla han sido clausuradas para el visitante: un candado cierra la férrea puerta de acceso. ¡Qué pena! A esperar tiempos mejores.

Desde la "Isla"

Desde la “Isla”

Pinar de la Nava

A la vuelta, y después de hacer equilibrios en las laderas de Pollos, atravesamos este pinar. Todavía el suelo tiene el color amarillo del verano, todo parece reseco, no hay setas y tardará un poco en tomar ese color verde provocado por la abundancia de musgo. Sin embargo, los pinos estaban relucientes y limpios debido a las últimas lluvias. Olía a tamuja mojada.

En el pinar de la Nava

En el pinar de la Nava o llueve sobre Tordesillas

Dehesas floridas. De Pollos a Cubillas

17 mayo, 2013

Dehesa de Cubillas y Pollos

El campo está desconocido. Todo lo que en verano era un secarral, o en invierno se vistió de un marrón pálido sin mayores contrastes, hoy está de un verde alegre y brillante, salpicado de motas de cien colores diferentes. Por todas partes hay vida y alegría. Si siempre es gozoso pasear al aire libre, ahora más todavía. Lo hemos comprobado en el trayecto de Pollos a Cubillas y vuelta.

El Trabancos,  la cañada y la dehesa de Cartago de Arriba

Salimos de Pollos por el camino, en cuesta, de las bodegas. Arriba, desde un crucero, una excelente vista del pueblo. Delante, los campos de un cereal que empieza a mecer el viento. Verdes de diferentes tonalidades. Pasamos junto a la vieja gasolinera, silo y apeadero. Restos de otros tiempos.

Villa Lucía y el Trabancos

Villa Lucía y el Trabancos

Tomamos la cañada merinera que se dirige a Salamanca y pasamos junto al cortijo de Doña Manuela, ahora solitario y triste. Sólo le acompañan, de cerca, algunos manzanos; de lejos, una alameda.

Caemos al Trabancos por una prado que nos permite hacer eslalon con las bicis. ¡Sorpresa!: en el cauce quedan algunos charcos. En los charcos renacuajos que no llegarán muy lejos en su ciclo vital. Eso sí, la ribera tiene un aspecto lujuriante. El río no llevará agua, pero el subsuelo parece que sí.

La cañada

La cañada

La cañada nos lleva primero por un pinar tapizado de verde, luego nos enseña las encinas milenarias de Cartago de Arriba y luego ¡toboganes! Sí, ahora es divertido contarlo, pero los había tan empinados que alguno se apeó de la burra, y en otros la burra se negaba a subir si no la arrastraban. Pero entre tobogán y tobogán nos acercamos al mirador de Peña Rubia. ¡Oh, el valle del Duero con Castronuño al fondo y, más al fondo, Toro…!

Al llegar al firme del AVE tomamos un camino que, tras algún giro, nos dejó en la Florida del Duero, o sea, en Castronuño.

El Duero y la dehesa de Cubillas

Duero

De manera que descansamos en el mirador de la Muela para, enseguida, cruzar el río por la presa. Una agradable nube que desprendía el chorro al caer nos duchó y refrescó. Al otro lado nos esperaban las encinas de la dehesa de Cubillas. Sitio singular. No suele ser más que un arenal helado en invierno o que quema en verano, con unas encinas sucias de polvo, como cansadas de tanto soportar las continuas inclemencias del tiempo. Ahora no, ahora la hierba estaba jugosa, salpicada de margaritas y otras florecillas, los cantuesos tiernos, y las encinas relucientes parecían si no más jóvenes, sí próximas a una especie de ingenua y curiosa niñez. Como a veces esos mayores nuestros, sonrientes, agradables y candorosos. Curioso cambio el que opera la primavera castellana.

Nos llegamos hasta el caserío de Cubillas pasando por prados en absoluto imaginarios, miradores al Duero, pequeños valles, encinas de diferentes portes. Al otro lado del río, las alamedas se veían colonizadas por vocingleras garzas. Muy al fondo -el día es claro- se levanta, sobre Tordesillas, la torre blanca de Santa María.

Dehesa

Para volver a la otra orilla, cruzamos por el puente del ferrocarril.

Cartago de Abajo y Bayona

 Pedaleamos hacia la dehesa de Cartago de Abajo por la llanura. Luego, rodeamos la dehesa, que nos empuja hacia la carretera. Un tramo por el asfalto y nos metemos en la vega de Cartago. Al fondo, la otra orilla, con los cortados de Cubillas.

dhe

Damos con un camino que es como un paseo que nos lleva por un bosque de sauces, almendros, encinas, pinos, espinos albares y ¡negrillos! ¡Negrillos corpulentos que todavía no han muerto! Verdaderamente increíble; no contábamos con ello.

Rodeando el pinar pasamos por Bayona, antiguo núcleo de población, hoy casa de labor y nave de ganados. Cruzamos el Trabancos totalmente seco y, de nuevo entre campos de cereal, nos acercamos a Pollos por la orilla del Duero. Ya un poco cansados, pasamos junto el prado de la Alegría, ahora inundado por el Duero. Hemos hecho poco más de 52 km. Pero con este paisaje, la verdad es que no se notan.

Caida

Y de Villafranca a Pollos subiendo y bajando

8 julio, 2011

–Viene de la entrada anterior–

Después de descansar en la ribera, subimos pequeñas colinas, pasando junto a las bodegas de Villafranca. Cruzamos el trazado del AVE. El paisaje nos ofrece tierras de cultivo –cereal sobre todo, algo de alfalfa- y trozos de monte donde abunda la encina, las escobas, el tomillo, el cantueso, el lino blanco… En primavera todo es una sinfonía de colores y olores. Detrás de nosotros, el valle del Duero y la inmensa dehesa de Cubillas. Pinarillos, árboles aislados, praderíos, suaves laderas, majuelos… Al Oeste vislumbramos la Guareña, aunque no nos acercamos. ¡Qué variedad! Verdaderamente, la estepa castellana es mucho más diversa y compleja de lo que creemos. Aunque, si hablamos con propiedad, estamos más bien en tierras que históricamente son leonesas.

Pasamos junto a la casa de Cantadales, muy arruinada, colocada en un lugar estratégico. Pero si nos alejamos un poco –unos metros bastan-  veremos otro inmenso panorama, esta vez sí, del valle de la Guareña. Y pequeñas subidas y bajadas nos conducen hasta la cañada real de Salamanca. Se ha conservado bastante bien su anchura y hoy la tenemos perfectamente amojonada, al menos mientras discurre por la provincia vallisoletana.

¡Menuda nos espera! Ahora sí que vamos a saber lo que es bueno. ¡Estos sí que son verdaderos toboganes! Y más teniendo en cuenta que llevamos ya unos cuantos kilómetros en cada pantorrilla. Dejamos a la derecha la casa del Reventón con su alberca, sus almendros y su sauceda cercana y ¡primera subida! Van a ser unas cuantas.

En una de estas vemos que el trazado del AVE ha atravesado la loma por la que rodamos y están construyendo un puente para dar continuidad a la cañada. Pero no lo han terminado, de manera que vamos para abajo una vez más y arriba. Menos mal que el paisaje merece la pena. Al Este vemos cómo las torres de Alaejos surgen de la llanura y al Oeste, hundido, Castronuño.

Sin dejar los toboganes, resulta que, llegado un momento, alguien ha ido colocando bancos de madera y los ha situado estratégicamente junto al camino. No creo que se utilicen demasiado, pues tenemos todo el suelo para tumbarnos, pero bueno, así también puede uno sentarse cómodamente si quuiere.

Por fin, parece que las cuestecillas acaban. Eso ocurre cuando el camino se vuelve arenoso –la felicidad nunca es completa- y aparecen enormes encinas a la izquierda. Y, enseguida, el cauce seco del Trabancos con sus prados y alamedas.

Después de subir el ribazo del Trabancos, rodamos por campos de majuelos y la ruta nos devuelve, descendiendo una suave cuesta, a nuestro punto final que también fue el inicial: Pollos.

De Pollos a Villafranca por el Duero

4 julio, 2011

Esta ruta la hicimos en primavera, un trece de mayo. Es la época ideal, pero en cualquier otra época también es agradable, pues encontraremos buena parte del trayecto verde gracias a la ribera y al monte de encinas. Y, en todo caso, los miradores estarán siempre dispuestos para ofrecer un panorama inmenso (salvo caso de niebla, claro).

Pollos es nuestro punto de partida. Hay que ver su iglesia dedicada a San Nicolás, en ladrillo cos aspecto de fortaleza, restaurada por dentro y por fuera. Su torre –como la de San Román de Hornija- se levanta sobre una especia de pórtico. Otro dato interesante es que aquí se elabora un sabroso queso, según hemos podido comprobar.

Al poco de salir siguiendo la dirección del Duero nos encontramos con el prado de la Alegría. Debió de serlo, pues ahora es una jungla en la que es imposible internarse. Lo de la alegría suponemos que hace referencia a que –al ser también una isla en el Duero- surtía siempre de abundantes y frescos pastos. Y ahora seguro que es un paraíso para aves y otros animales.

Una vega protegida por la ribera y las lomas del Sur nos conduce hasta Bayona, despoblado en la desembocadura del Trabancos, que hoy es una casa de labor. Naturalmente, el agua del Trabancos es pura historia. Luego, rodeamos un pinar. Desde una casa derruida divisamos los cortados de Cubillas, en la otra orilla del Duero.

Al fin, salimos a la carretera, pues no nos atrevemos a meternos en la dehesa de Cartago, no sea que haya perros y les parezca inoportuna nuestra presencia. A veces con los canes no se puede dialogar. Pero la dehesa es preciosa, al menos lo que se ve desde la carretera. En el paso a nivel torcemos a la derecha –vemos un pozo con su caseta- y el camino nos acaba dejando junto al puente del ferrocarril. Ya estamos en la otra orilla.

Hasta Villafranca disfrutamos de los húmedos paisajes del Duero. Garzas –reales y alguna imperial-, patos de varias especies, cormoranes buceando en busca de pescado fresco, algún milano negro… la vida bulle en esta parte del Duero. Y si el recorrido lo hiciéramos en invierno, se cernirían sobre nosotros verdaderas nubes de patos y ánsares.

Nada más pasar la localidad, descansamos en las Peñas del Duero, a la sombra de enormes álamos. Aquí el río hace unos rápidos y las peñas también permiten adentrarse sobre las aguas sin las molestias de la espesa vegetación. Por cierto que en los troncos de los álamos un artista local ha dejado su pintura queriendo hacer algo así como el bosque de Oma, de Ibarrola. Lugar agradable.

Y dejamos para la siguiente entrada la segunda parte de la excursión.