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El Priorato, la Calzada, la Isla y el Canal

13 febrero, 2017

herrera-2017Ya conocemos este recorrido porque lo hemos hecho, al menos parcialmente, en otras ocasiones. Por tanto, nada de lo que hemos visto en él nos ha resultado desconocido. Pero ya hemos explicado que el paisaje nunca es igual: el clima, la luz, los aromas, los colores, incluso lo que uno piensa al contemplarlo… Total, que siempre hay algo diferente. Tal vez por eso uno nunca se cansa de andar –o rodar- aunque haya pasado muchas veces por el mismo punto o camino.

Roble

Roble

Herrera y Fuentes de Duero

Y no digamos Herrera, o el término de Fuentes, archiconocidos para nosotros. Tal vez lo que nos ha llamado más la atención hoy ha sido lo limpias –e incluso cristalinas– que estaban las aguas del Duero. Tanto, que parecía un río recién parido por la montaña. En invierno suele venir claro, pero estos días, tal vez por lo poco que ha llovido y por la heladora temperatura, estaba como nunca. Se veían la arena y las ovas del fondo. Tanto en la Pesquera de Herrera como desde el puente de Hierro.

Cruzado el puente, atravesamos el monte de encina, roble y pino de la dehesa de Fuentes. También el pinar de la orilla izquierda, a la vuelta. Estaban más  verdes -¿por la proximidad del Duero?- que los Montes Torozos hace unos días. Y con ese matiz gris brillante que le dan los corros e hileras de escobas. Después de cruzar el río y seguir la vía por unos metros, tomamos el camino de Laguna que habíamos dejado en una entrada anterior. Momento en el que también empezábamos a retomar la misteriosa Calzada de Clunia.

Vista Este de El Priorato

Vista Este de El Priorato

El Priorato

Pasamos como una exhalación por Tudela, que hervía en actividad. La Calzada nos condujo hasta darnos de lleno con el Priorato. De hecho se mete en él. Nosotros ahora no podemos, nos lo impide una puerta candada. Está justo entre el río y el canal. En este pequeño espacio se encierran insondables misterios. Al margen de su historia antigua –se encuentra en medio de la Calzada- sabemos que fue uno de los primeros puntos en repoblar, una avanzadilla justo en la frontera del Duero en plena reconquista. Enseguida lo arrasa Abderramán III al volver de Simancas con el rabo entre las piernas y en el siglo XI los monjes de Silos constituyen aquí el Priorato de Nuestra Señora de Duero o de las Mamblas, en cuyo dominio se encontraban Villabáñez, Albura y la Sinova. Y, como otras tantas joyas, se pierde con la Desamortización en el siglo XIX. El conde Oliva transforma en lo que ahora vemos: un edificio neogótico de dudoso gusto. Pero ahí está; un puntiagudo abeto lo acompaña señalando al cielo. En algún momento, nos gustaría entrar para ver qué es lo que queda tras esos muros.

Entre el Priorato y el acueducto

Entre el Priorato y el acueducto

Acueducto sobre el Duero

Nos alejamos del Priorato buscando el canal. Una fuente entre el río y la Calzada apagaba la sed de caminantes, hoy de rodadores.  El canal salta el Duero pero nosotros no podemos imitarle: damos una vuelta por el sur del canal para ver que una vieja y agradable ribera ha quedado reducida a escombros entre almendros, parras e higueras, y seguimos hacia el norte donde parece esperarnos la tercera Mambla.

Cerca del collado de Peñalba

Cerca del collado de Peñalba

La Calzada

La concentración parcelaria –suponemos- ha borrado de la faz de la tierra el trazado de la vieja calzada que se dirigía en línea recta –que curiosamente venía a coincidir con la línea de más suave inclinación- hacia el collado de Peñalba. Ahora, por los caminos nuevos, vamos como en zigzag y nos cruzamos con la Calzada en varios puntos; en algunos observamos pequeños montones de piedras calizas como más planas por un lado que por el otro. ¿Restos de la Calzada? Qui lo sa! Lo cierto es que en mapas antiguos viene señalado el viejo trayecto  como Camino de la Calzada y en los modernos aparece en varios puntos al sur de Villabáñez el topónimo La Calzada.

Villabáñez

Villabáñez

Conforme vamos ascendiendo podemos contemplar en toda su belleza el valle del Duero y, en particular, las vegas de Tovilla y de Peñalba. Entre Torcenite y el Mirador entramos en el ámbito de Villabáñez –lo siento, no puedo evitar pensar en la cerveza que aquí se elabora- pero no tocamos la localidad; sólo un pozo perdido en el campo y nos vamos por la carretera de Olivares hasta coronar el páramo. Allí torcemos a la derecha hasta asomarnos –nos quedamos sin habla ante tal panorama- al valle del Duero, pero contemplando en un primer plano tan directo como profundo, el Valle del caserío de Peñalba, el monte también de Peñalba, el Cabezo… No podemos describirlo con palabras, sólo animar a que la gente se acerque por estos andurriales.

Valle del Caserío de Peñalba

Valle del Caserío de Peñalba

Pero retrocedemos un poco hasta toparnos, de nuevo en bajada hacia el Este, con las Callejas, topónimo que también hace referencia a la vieja Calzada, que tal vez subiría por aquí, sin perder altura como la carretera, hasta el páramo. Luego, sí, la Calzada y  la carretera actual volverían al mismo camino.

La Isla

En fin, bajamos hacia Peñalba en descenso tan intenso que no lo disfrutamos: tiene demasiada pendiente este camino. Contemplamos unos instantes el pequeño encajonamiento del río y nos vamos por un delicioso sendero junto a la orilla –la hierba está verde y tierna por aquí- entre sauces, chopos, fresnos –todos sin hoja- y algunas encinas y escobas. Nos agachamos sobre la bici y ¡cuidado con la cabeza!; menos mal que no tenemos la cabellera de Absalón…

En la Isla

En la Isla

El sendero nos lleva hasta la Isla, que en realidad es un ensanchamiento de la orilla derecha del  río en una amplia pradera, cantizales y algunos árboles solitarios. Antaño debió ser una verdadera isla, pues se ve que el agua también pasaba por la zona de la derecha, formando la correspondiente isla. Eran tiempos de un Duero más caudaloso, cuando no le robábamos el agua para el canal. La tierra descarnada aparece en un cortado no tan alto como los de Peñalba, pero con los mismos colores apetitosos de una tarta, que hasta parecen dulces.

Y la vuelta

Pero la tarde cae a gran velocidad; el cansancio aparece y hemos de volver. Tememos al viento, que ahora nos va dar de cara.

Acueducto del canal sobre el Duero

Acueducto del canal sobre el Duero

Primero alcanzamos el puente de Sardón.  Pero antes, nos refrescamos en una fuente que conocemos, un tanto escondida en la ribera. Cruzado el río pasamos por el Jardín del Carretero y seguimos la sirga del canal que atraviesa la apacible dehesa de Peñalba. A nuestra z derecha, nos acompaña el Duero, bien acompañado a su vez de viñas y huertas.

Al llegar al acueducto que ya conocemos, nos desviamos por la senda del Duero y, para ganar en velocidad –casi no se ve ya- salimos de la ribera por las casas de Cantarranas.  Carretera de Tudela, Tudela, pinar de Santinos, la Cabezada de Fuentes y… ¡estamos en Herrera! Es de noche pero el viento –primero porque íbamos metidos en la ribera y luego porque ha amainado un poco- nos ha respetado.

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Tres mamblas y un olivar

14 septiembre, 2015

mamblas

¿Por qué no rodar hasta las Mamblas de Tudela, desde Valladolid? Hace tiempo que no vamos por allí y el día es ideal para salir en bici.

Al fondo, el cerro San Cristóbal

Al fondo, el cerro San Cristóbal

Nombres de las elevaciones entre el páramo y el valle

Mesas, cabezos, picones, morros, lomos, muelas, mamblas… todos estos nombres bautizan accidentes geográficos que recuerdan el significado de la forma a la que se refieren. Además, se comprende muy bien en nuestro páramo cuya falda es un larguísimo festón sin resaltes especiales. En cuanto aparece una mambla, o una mesa, ya hay una referencia clara y distinta. Por eso, estos nombres se han utilizado históricamente como referencias para situarse en el terreno. Una mambla, por si alguien lo duda todavía, es una elevación del terreno con forma de teta (viene de mámmula, diminutivo de mamma).

Las mamblas de Tudela desde la de Villabáñez

Las mamblas de Tudela desde la de Villabáñez

Crestón con tres mamblas, collados y cotarros

Y ahí están las tres mamblas: dos en el término de Tudela y otra, la última en formarse –se supone- en el de Villabáñez. Separan las vertientes del Duero –al sur- y del Jaramiel, al norte. Desde San Llorente de la Vega se puede venir sin descender del páramo hasta las inmediaciones de Villabáñez, donde el ras desaparece para convertirse en una línea formada por mamblas y otros cerros. El Pico del Águila es el último punto del páramo, de ahí se cae al collado Peñalba –que une Villabáñez con esta localidad- y aparece la mambla más joven, denominada simplemente Pico de la Mambla, de 836 m de altura. El collado de Tudela es el punto más bajo que hay entre esta mambla y el Cotarro del Coscorrón -780 m-, luego vendrá el Cotarro Griego -776 m- con sus cárcavas, la siguiente mambla o Pico de la Cuchilla -842 m- y la mambla más exterior o Pico de la Mambla -otra vez- de 827 m. A sus pies, el Jaramiel tuerce directamente hacia el sur pues no hay elevación alguna que le separe ya del Duero, para desembocar en sus aguas. Precisamente en esa curva impide el paso de la senda de los Aragoneses, que le tiende un puente.

El perfil que forman estas elevaciones es algo así como la línea del vuelo de un pito real. Hacia el sur las laderas tienden a la vertical mientras que hacia el norte la inclinación es suave, pues el Jaramiel fue menos agresivo que el Duero. Antaño, vistas de lejos, eran de un blanco grisáceo. Hoy ese color lo conservan casi sólo para la cima, pues las laderas son verdes debido a los pinos de repoblación.

El cerro de las Encinas desde el páramo

El cerro de las Encinas desde el páramo

Cerro de las Encinas

Subimos al cerro de la Cistérniga por la carretera de la urbanización El Páramo, y nos acercamos hasta un disminuido ramal de la Cañada Real Leonesa que cruza este páramo desde Renedo para bajar a la finca el Retamar y seguir hacia Tudela junto a la autovía. En la bajada, los ganados abrevaban en la fuente de Santa Cruz, que ya no existe.

De ahí nos desviamos, por un collado, hasta coronar el cerro de las Encinas, perfecto mirador de un vasto territorio. De hecho, en el punto mismo donde se divisa todo el valle del Duero de Este a oeste hay abundantes restos de cerámica. Tal vez perteneció a una vieja torre de vigilancia. Aunque es de encinas también vemos matas de roble y algunos olivos jóvenes.

El olivar

El olivar

El olivar

A nuestros pies, un olivar. No es joven, como los que se han plantado hace poco en los términos de medina de Rioseco, Castrillo Tejeriego o Rueda. Tiene sus años, no tantos como el de Pozaldez. Y está vivo, no como el que hubo en el Camino Viejo de Simancas, que desapareció hace casi veinte años con la ampliación de la carretera y la construcción de urbanizaciones. Nos acercamos a él para volver sobre nuestros pasos, pues parece que está en una finca sin salida (el antiguo Le Patriarche).

Minas de yeso

Y en estas, bajamos –y subimos- a las dos primeras mamblas, que hasta mediados del siglo pasado estuvieron dedicadas a la explotación de yeso. De hecho, todavía podemos visitar –¡ojo, peligro, pero… qué fresquito hace dentro!- una de las minas, muy amplia, parece ocupar toda la sección de esa mambla. En la otra, de la Cuchilla, no queda abierta ninguna mina. Y la que está en el término de Villabáñez no ha sido explotada para yeso. En las laderas de todas ellas abundan las maclas de yeso. Las mamblas tienen esta forma debido a que han perdido la capa protectora de caliza.

Galería de las minas

Galería de las minas

Las dos de Tudela tienen una pista que conduce hasta las minas, donde dejamos las bicis para hacer el último tramo a pie. La tercera no tiene camino, pero fuimos a campo traviesa rodando hasta donde se inicia el monte bajo, donde echamos pie a tierra.

y un vasto panorama

Las mamblas y el cerro de las Encinas están situados en una zona estratégica desde la que se controla el paso por el Duero –y también el camino desde el sureste hacia Valladolid- y que resultaba especialmente clave en épocas de guerra o conflicto. Por eso, en sus inmediaciones se han encontrado abundantes restos de distintas épocas, como la villa romana de Fuente de la Vega, y F. Wattemberg situaba al norte, junto al Jaramiel, el poblado vacceo de Accontia, pero no llegó a encontrarlo. Además, por aquí cruzaba la calzada romana de Simancas a Clunia y, ya en época medieval, la concurrida senda de los Aragoneses. Y poco antes de llegar a las mamblas cruzamos junto al lugar donde se levantó la ermita visigoda de El Monte y el poblado de Santa Cecilia.

Campos de Tudela con la acequia en primer plano

Campos de Tudela con la acequia en primer plano

Aunque se tiene constancia documental de la existencia de castillos y fortalezas, no se han conservado debido a que corresponden al momento en que se iniciaba la reconquista en la línea defensiva del Duero, superada enseguida una vez repoblada.

Bueno, el caso es que son miradores perfectos para contemplar el valle del Duero, que precisamente aquí pasa de ser un valle relativamente estrecho, pues discurre encajonado entre páramos, a ser casi una amplia cuenca entre lejanas cordilleras…

Desde la Cuchilla

Desde la Cuchilla

Para terminar, el Priorato del Duero

De la mambla de Villabáñez nos dirigimos, cruzado el Canal, al antiguo Priorato del Duero, fundado por monjes de Santo Domingo de Silos, conocido también como Monasterio de Santa María de Duero o de las Mamblas. Cayó en el siglo XIX con la desamortización y el nuevo titular lo dedicó a explotación agrícola. Ahora parece que está vacío y tranquilo, sin actividad ni movimiento. Al menos al exterior no queda nada que le identifique como el viejo priorato.

No obstante, se trata de un lugar lleno de historia y misterio, pues se han encontrado restos neolíticos, de la II Edad del Hierro, romanos, medievales y hasta del siglo XVII. ¿Qué tendría este lugar, hoy abandonado, para que todos quisieran instalarse sobre él? Habrá que estudiarlo, pero también sentirlo aquí mismo…

El Priorato

El Priorato

Seguimos camino hacia Valladolid por Tudela, cruzamos el pinar de Santinos, donde hay un yacimiento romano y hubo una aldea visigoda llamada de San Tinellos. En Herrera visitamos la pesquera, donde trabajó una vieja aceña. Luego, por el Canal de Duero llegamos a la meta, Valladolid. Hemos recorrido casi 60 km.