Robles en Corcos

Pues sí, seguimos faldeando el páramo de los Torozos, buscando robles y encinas, tanto aislados como formando pequeños bosquetes.

Esta vez hemos partido de Corcos. Subimos al páramo por el oeste, por el camino de la Nevilla y volvimos a bajar a Corcos por la Baldesa. Mereció la pena este breve recorrido inicial de 5 km, sobre todo porque nos acercamos a algunas manchas de monte y pudimos contemplar el pueblo desde arriba, con la torre de la iglesia que sobresale y la hilera de bodegas recostadas en la ladera del páramo, preparadas para recoger todo el sol poniente.

Luego, tras dejar de nuevo el pueblo –esta vez por el viejo cementerio- fuimos ascendiendo poco a poco por el antiguo trazado de la cañada real leonesa hasta desviarnos por el camino de Pedraza de Campos. Después de cruzar un monte mixto de encina y robles, pudimos asistir, conforme avanzábamos, a un desfile de modelos de quejigos: grandes y medianos, alguno con hojas verdes, alguno casi desnudo, la mayoría con hojas entre el amarillo pajizo y el dorado, unos con ramas tortuosas, otros con ramas elevándose casi rectas hacia el cielo… Y al fondo, el ejército de molinos de Torozos, en su territorio, en Ampudia.

El firme de los caminos era el adecuado para nuestras bicis. Un poco mojado, alguno empedrado, alguno con hierba suave, la mayoría con tierra dura.

Después de avanzar menos de un kilómetro por la carretera de Ampudia, no introdujimos entre tierras de labor por linderos de matas de roble y encina en los que se avanzaba regular hasta que, al fin, salimos a un camino de servicio de los molinos. Curioso paisaje: grandes robles, pero ciclópeos molinos que los hacían pequeños.

Cruzamos la vereda de la raya de Ampudia y Corcos con rumbo al caserío de la Barranca, dejando atrás ruinas de corrales y pozos ganaderos. Una vez más –y a pesar de los molinos- los campos horizontales nos ofrecían un hermoso panorama; el cielo también se había aliado con ellos para reafirmar ese equilibrio natural, hermosos y sencillo a la vez.

Cuesta abajo, por el ancho camino de Villalba de los Alcores nos presentamos de nuevo en Corcos. Recorrimos casi 25 km; he aquí el trayecto seguido.

Robles de la Santa Espina

El roble quejigo que abunda en nuestra provincia es un roble austero, fuerte, a veces solitario, y próximo en parentesco a la encina y al alcornoque. Se diría que es el puente de unión entre la encina y los robles de montaña. A la primera no se le cae la hoja; los segundos la pierden en invierno. Nuestro quejigo, por el contrario la mantiene seca casi hasta que le nace la nueva, muy avanzada la primavera. La encina tiene la hoja de color verde oscuro, la del roble es más clara. Abunda en nuestros páramos y laderas cerrateños, en los montes Torozos junto a la encina y, en menos medida, en Tierra de Pinares. Su fruto es la bellota -rojiza y menos sabrosa que la enciniega- y le salen redondas gallaras.

Este mantiene bien las hojas

Los Torozos en la Santa Espina son de robles y encinas. A estas alturas del año los vemos con la hoja seca o desnudos, sin ellas. No hay grandes ejemplares, casi todos son de pequeño o mediano porte, como si les costara mucho crecer y engordar, como si tuvieran pocos nutrientes y humedad de los que alimentarse. Son robles profundamente castellanos, de la meseta y, por tanto, finos, resistentes y austeros. No conocen la abundancia de aguas que hay en las montañas que rodean la meseta. Y parece que están tensos, con abundantes nudos y desviándose demasiado las ramas en cada división y girando caprichosamente, como si no quisieran seguir un mismo rumbo, al contrario que la mayoría de los árboles.

Casa del Fuerte

El río Bajoz divide el monte en dos, si bien la mayor extensión queda al norte, en la ribera derecha. En el valle, los robles crecen un poco más, llegando a ser más corpulentos. Se dan la mano con sauces, chopos y otros árboles que necesitan abundante humedad. También crecen sanos en el valle de Valdelanoria y en otros barcos del Bajoz. Los del páramo, donde también abundan las matas de roble, son los más pequeños.

Extendiendo los brazos

A pesar de no ser muy grandes, son testigos mudos de otros tiempos, cuando los monjes del Monasterio mimaban el monte, haciendo cortas periódicas y bien espaciadas para mantenerlo a pleno rendimiento y así aprovecharlo al máximo para sacar su madera y ofrecer abundante pasto al ganado. Desde aquellos años del siglo XIX, la superficie del monte no ha hecho más que disminuir a velocidad de vértigo debido a las continuas roturaciones para cultivo. De hecho, siempre se ve alguna gran oruga realizando ese tipo de labor.

Juntos y diferentes

Y son especialmente hermosos, tal vez lo son más ahora que están desnudos y se aprecian mejor sus retorcidas ramas dibujándose, doradas por el sol, contra el cielo azul. No acabo de entender cómo la mayoría de los mortales considera más bella una escultura de las que hoy inundan las calles de nuestras ciudades y algunos museos modernos que estos robles, no esculpidos por ninguna mano humana.

Cerca de Villabrágima

El trayecto entre robles se completó con una visita a la Casa del Fuerte, en un picón entre el Bajoz y los Aguachales; posee una buena vista sobre el valle. Pero también bajamos hasta Villabrágima, ya en Tierra de Campos, por el cerro de la Bayesta, para subir por el monte Morejón.

Valle del Bajoz

Fresca y agradable excursión por los territorios de la Santa Espina. Aquí podéis ver el trayecto seguido.