La «Clásica» de Quintanilla

Quiintanilla Onesimo 2016

Los ciclistas de Quintanilla llaman a esta vuelta la Clásica, porque tiene un poco de todo -monte, páramo, valle, canal, río- y es francamente agradable y bonita. Son algo más de 40 km y se puede recorrer al ritmo que se quiera. Cada uno al suyo, claro. Además, el trayecto sigue, en buena parte, los límites del término municipal.

Monte

Para empezar subimos la cuesta por el camino Basilón, de buen firme aunque muy empinado al llegar a la varga. Eso ya nos pone en forma y nos calienta, si hiciera frío. Y es que la mañana estaba fresquita a pesar de reinar el mes de Julio…

La fuente por dentro...
La fuente por dentro…

Después, recorremos por una excelente pista el monte mixto de pino, encina, roble y enebro hasta salir a su mismo límite, donde se levanta un chozo de pastor en muy buen estado, cosa llamativa.

Pero antes –es la novedad de esta excursión- nos acercamos a la fuente de Carracuéllar, que se encuentra en el mismo borde del páramo, entre el cerral y el bocacerral. Los vecinos de la zona la han visto este año rebosando agua como nunca. Ahora está seca y nos recuerda la cueva de Valdelaperra, si bien es de dimensiones menores. Dentro hay barro, pero nada de agua. ¡Volveremos más adelante, en época de lluvias!

...y por fuera.
…y por fuera.

Seguimos por el monte, por la linde entre las dos Quintanillas –el camino es ahora francamente malo, pero muy aceptable para las burras– y a nuestro paso se amontonan los restos de chozos y corralizas: eran otros tiempos en los que, además de aprovecharse la madera, se utilizaban también los abundantes pastos y los pastores traían por aquí al ganado. El suelo de este monte no está seco, como el de los pinares, sino que mantiene un tono verde que le da un aspecto especialmente agradable y apto para el paseo.

Páramo

La llegada a la ermita del Cristo del Cabañón marca el comienzo del páramo abierto. El día es claro y aparece al fondo la sierra de Segovia. Poco después, cruzando entre navas u hoyos, nos acercamos a la fuente del Tasugo, que echa dos enormes chorros a pesar de que está casi en el mismo ras del páramo. Un poco más allá, dos enormes chopos señalan un manantial que, unido a la fuente anterior, conforman el nacimiento del arroyo Valimón.

El camino del comienzo de este valle ha desaparecido. Como han segado ya, lo tomamos a campo traviesa.

El álamo del fondo señala un manantial del Valimón
El álamo del fondo señala un manantial del Valimón

Valle

Llegamos a una almendrera y luego cruzamos el Valimón para rodar ya por el camino. Ya estamos en el valle. Las sendas y caminos del principio no están muy utilizados y tienen hierba abundante. En el paisaje domina el verde. Pasamos por el Granizo y seguimos bajando entre campos de cultivo y pinares. Enormes piedras calizas de asoman amenazantes. En otros momentos, las laderas muestran sus cantiles calizos. El arroyo sigue con agua a pesar de que se riegan maizales y remolachas. La cuesta que nos conduce hacia el Este es muy suave pero larga. El agradable paisaje nos hace  olvidar que estamos en plena canícula. Se abre progresivamente hasta que llegamos a Sardón y desaparece en el valle del Duero. Hemos rodado muy bien por aquí…

La carretera de Quintanilla a Cuéllar aprovecha el frescor del Valimón
La carretera de Quintanilla a Cuéllar aprovecha el frescor del Valimón

Y aguas

Ahora vamos fresquitos y bien protegidos del sol por el bosque de galería que ha producido el mismo Canal y que a veces se mezcla con el de la ribera izquierda del Duero, pues rodamos por una colina entre dos aguas, la del río y la del Canal.

En fin, ha sido un trayecto que ya conocíamos muy bien los autores de estas páginas, por haberlo hecho parcialmente en otros momentos. Pero como tiene un poco de todo y es especialmente atractivo pues… ¡no importa hacerlo las veces que haga falta!

El Duero embalsado. A la derecha -no se ve- va el Canal
El Duero embalsado. A la derecha -no se ve- va el Canal

 

Valdecuevas

Olivares y Pico del Castro

El pasado domingo pensábamos subir al páramo de Villavaquerín. Imposible. Había llovido en abundancia durantela noche y las ruedas de las bicis, en la mayoría de los tramos, cogían tal cantidad de barro que impedían el giro al hacer freno con la horquilla. Así que, después de varios ataques infructuosos en diversos puntos, carretera y manta, o bici y carretera, hasta Olivares de Duero y Quintanilla de Onésimo. Con llovizna de refresco.

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Una parada en el puente de piedra entre Olivares y Quintanilla para contemplar la caída de la vieja aceña, que hoy sirve de represa para introducir las aguas que llegarán hasta Valladolid por el Canal de Duero y decidir: ¿Y si subimos al páramo –el pinar tiene algo de arena- y nos llegamos hasta Valdecuevas? No nos pareció mala idea pues –además de tener pendiente esta visita de otra excursión- si llueve, nos podríamos resguardar fácilmente en las oquedades de la roca.

Dicho y hecho. Después de sufrir un poco llegábamos al Carrascal, donde también había llovido de lo lindo y donde las ruedas se pegaban demasiado al terreno aunque sin llegar a paralizar las bicis como en el páramo del norte del Duero. En el límite del pinar pudimos contemplar un precioso y bien conservado chozo de pastor.

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Llegamos al pico Castro, que ya conocemos y descendimos un poco hasta las cuevas conocidas como Valdecuevas. Se hallan entre dos capas de caliza más duras y componen un grupo como de cuatro o cinco cuevas. Una, la más oriental, con la entrada demasiado alta. A pesar de todo, nos asomamos y vimos que se trataba de un dormidero o nido de rapaces nocturnas, pues estaba el suelo lleno de huesecillos de ratones. Otra casi inaccesible porque sólo entraría un niño aplastandose contra el suelo, otras dos más bien  pequeñas y la más grande, que tendrá un metro y medio de altura por siete u ocho de anchura y cinco de profundidad.

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En las rendijas de dos de ellas había restos de colmenas de abejas, cuya miel había sido a juzgar por los restos dejados. El techo estaba un tanto negro, de haber hecho fuego. No es mal sitio como refugio, además, dan al sur. Y son un magnífico mirador: al exterior el paisaje de Valdecuevas; al interior las mil formas que en la caliza se han producido por la acción del viento, la lluvia y el aire.

Después, atravesamos la llanura del pico para acercarnos a una especie de montículo en el lado norte sobre el Duero. Otro magnífico mirador que complementa al de las cuevas. Además, aquí se levantó una casa vaccea excavada hace unos años cuyos restos pueden contemplarse al menos en parte.

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Volvimos por el mismo monte el Carrascal pero por otros caminos que tenían menos barro. De Quintanilla a Villavaquerín, carretera. Total, 53 km.

El páramo, siempre fresquito

Como estos días han sido –son- de abundante calor, nada mejor que escaparse de excursión por los páramos. Debido a la altitud siempre un poco mayor que en los valles y tierras de Medina o de Campos, y a que suele correr una ligera o no tan ligera, brisa, siempre hará allá arriba unos grados menos de temperatura. Esta vez toca la paramera que se extiende entre Cogeces del Monte y Quintanilla de Onésimo.

La subida es larga. Al principio muy suave, con algún manantial, un arroyo y una balsa sobre este arroyo. Al final la subida se empina y nos hace sudar. Incluso alguno puede acabar por bajarse de la bici. Nosotros, como aun estábamos frescos hemos aguantado sobre la burra. Desde las ruinas de la vieja casa del guarda atisbamos el panorama que ha quedado abajo y descansamos un poco.

Y ahora nos introducimos en un curioso pinar, conocido como el Carrascal en su parte Este y de la Planta mas al Oeste. Curioso porque no es sólo pinar, que también abundan –sobre todo en el Carrascal- encinas, robles y enebros. Y es muy abundante la caza, también mayor: jabalíes, corzos, zorros e incluso aquí vimos, hace ya bastantes años ¡un ciervo! que seguramente se había escapado de la finca de Arzuaga. Igualmente abunda la caza menor y los cazadores, pues hemos llegado a contemplar un azor en plena faena venatoria. La Planta es también una reserva de caza, y veremos que parte de ella está protegida por una añosa tela metálica. Se aprovecha su madera y leña, y se explotó para producir carbón vegetal.

Pero no acaba aquí todo, pues son numerosos los restos de corralizas para el ganado y de chozos de pastor. Entre ellos han crecido ya corpulentos pinos. O sea, que hace no muchos años esto, mas que un pinar, fue tal vez un monte de encina y roble con pastos abundantes. Si vemos el mapa, están señalados numerosos corrales: de las Eras, del Tío Olalla, del Gallinero, de Antolín, o de la Marquesa, por donde pasaremos ya al final de la excursión. Y distintas cañadas confluyen aquí.

Otra peculiaridad de la zona: la ermita del Cristo del Cabañón. La veremos ya fuera del pinar, en campo abierto y en el término de Quintanilla de Arriba. La levantó en 1991 Francisco Arranz Escobar, quien también se encargó de las pinturas, un Crucificado con fieles en pie, uno de ellos el pintor (el fraile con bigote al lado de la Cruz). Hay romería el sábado de junio más próximo a la festividad de San Antonio de Padua.

Y se agradece que no falten las fuentes. La del Tasugo está muy cerca de la ermita, al comienzo de un valle, dando frescor y verdura al terreno Aunque los caños estaban secos corría un poco de agua por la base del pilón. Frente a ella han plantado un hermoso majuelo. También pasamos –parada y fonda- por la de Valdecascón, con un agua de un frescor y sabor extraordinarios. Un placer beberla. Su emparrado ayuda especialmente a generar ese ambiente de frescor.

Y  no nos olvidamos de visitar la cueva de Valdelaperra, que ya conocemos, numerosas corralizas y chozos tanto en el páramo abierto como en el monte, y a las canteras próximas ya a la bajada. Por cierto en el canto del páramo, no muy lejos de la carretera hacia el Este, podemos visitar una de las encinas más corpulentas de la provincia, la de las Tres Matas.

¡Y qué placer dejarse caer por la carretera hasta Quintanilla!

(Las fotos son de Miguel Ángel G.)

De la fuente del Tasugo a Quintanilla

En la entrada anterior nos habíamos quedado en la fuente del Tasugo que, efectivamente, se encuentra casi en el ras del páramo. Desde aquí, siguiendo un poco más veremos enseguida dos cruces que recuerdan un asesinato doble. Impresionan en este solitario lugar. Con dificultad, se acierta a leer algo de la inscripción.

Por cierto, que este páramo podría resultar un tanto peligroso: algunos habitantes de los pueblos cercanos nos han comentado que se han llegado a perder aquí. Como no lo atraviesa ninguna carretera y el paisaje es mas o menos uniforme, sin puntos de referencia que no sitúen, existe cierto riesgo de despiste. No obstante, acabaríamos saliendo a algún lugar más o menos conocido o habitado. Claro que, si vamos andando, tal vez no nos de tiempo a volver dentro del horario previsto.

El paisaje lo conforman sembrados, pinarillos, muretes de piedra, robles solitarios, alguna nava, y restos de corralizas. Y arriba el cielo y abajo la tierra. Estamos como en una cima amplia y plana. Curioso y llamativo. Y también resulta curiosa la ermita del Cristo –nueva, del siglo XX- que vemos en el Cabañón, junto a un poste que señala distancias kilométricas a distintas ciudades del mundo.

Antaño también hubo abundantes corralizas y chozos de pastor, sobre todo en la zona del pinar próximo ya a Quintanilla de Onésimo. Además de pasar junto a un chozo en perfecto estado, vemos restos de corrales entre los pinos, robles y enebros de este intrincado monte que debió estar más abierto en otros tiempos. Hoy abundan por aquí los corzos, pues poseen abundantes escondrijos. Y los más variados animales nos pueden dar una sorpresa, desde un azor a un jabalí.

La bajada a Quintanilla, dejándonos caer por la cuesta, nos reconforta. Ya en el Duero podemos descansar junto a la vieja aceña, justo donde nace el Canal del Duero. O en una de las muchas fuentes (¡no sólo bodegas!)que este pueblo tiene.

El Canal del Duero, otoñal

Quintanilla OnesimoEstos son días que llaman a pasear junto a ríos y canales, para contemplar el otoño en todo su dorado esplendor:  los árboles se desnudan, no sin antes haberlas trastocado de los vivos colores veraniegos en algún tono ocres. También veremos otras tonalidades otoñales: los frutos rojos de agavanzos y majuelos, los negros de algunas uvas de parra ¡y de perro!, y el color de la atmósfera, que ya no es es plano y cargado, propio del verano, sino profundo y claro, típico de un sol que va perdiendo fuerza lentamente…

El Duero al fondoLa primera parte, el paseo desde Tudela hasta el acueducto del Canal sobre el Duero no posee ningún encanto: salimos  por la vieja carretera de Barcelona, bordeamos la autovía junto al pinar y atravesamos por el polígono industrial Tuduero. Y, llegados al Duero comienza la excursión propiamente dicha. La orilla del río está bien protegida por la vegetación (sauces, álamos, tamarindos) y, escuchado el rumor de la corriente, nos acercamos hasta el Canal. ¡Grata sorpresa!: descubrimos un camino amplio y andadero -también para bicis- donde antes había sólo una estrecha senda poblada de maleza. Con algunos cortes donde aún pervive la antigua senda, el buen camino llega hasta el mismo nacimiento del Canal, en Quintanilla.

En el JardínLos árboles que adornan el cauce canal se encuentran vestidos de rojo y oro, y en la línea del horizonte Norte aparece la ribera del Duero, también señalada por una elegante línea de chopos. Detrás, en gris, una de las mamblas y la caída del páramo.
Conforme nos acercamos a Sardón,ya junto al Duero, el camino se vuelve más dorado aun, y terminamos por descansar un poco junto al puente del Duero, en el denominado Jardín del Carretero, que cuenta con secuoyas, pinsapos o tilos.
Entre el canal y el río ha quedado aisalado un viejo y humilde cementerio; está inconcluso el puente que se proyectó para unirlo con el pueblo, salvando el Canal.
Luego pasamos junto a secuoyas inclinadas, a punto de caer, y dejamos a la derecha la Abadía de Retuerta, felizmente convertida en bodega de estupendos caldos. Y enseguida nos llama el rumor de una pesquera, abajo, en el Duero.

Alfombra otoñalNuestro paseo continua por la ancha pista, señalada con postes kilométricos artesanales, cada uno junto a un arbolito más o menos peculiar. Un esbelto puente de tres ojos -muchos, para un humilde río artificial-  une las tierras de labor con una curva del río. Comprobamos que se ha eliminado el único paso peligroso del itinerario (un muro que separaba río y Canal, que había que pasarlo por su lomo) y cómodamente, sin apearnos de las burras, cruzamos junto al viejo muro, sin subirnos a él, y el río.
Sin darnos cuenta hemos llegado al fin de esta primera parte del trayecto: Quintanilla. El agua del Canal surge de un tunel que, atravesando el pueblo, viene de la toma de agua en la pesquera de la aceña. Una fuente señala también el nacimiento de nuestro Canal.

Duero y Canal