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Otro valle de Quintanilla de Trigueros

2 agosto, 2017

Aunque hemos rodado mucho por el irregular y –tal vez por eso- variado término de Quintanilla de Trigueros, no conocíamos aun el valle de los Cabezos, por donde discurre –o discurría- el arroyo Váscones. De manera que ese iba a ser el objetivo fundamental  de la excursión, y luego nos quedarían unas horas por delante para aprovecharlas en el páramo de los Torozos, o en lo que se terciara.

El valle se abre a casi 2 km de Quintanilla, al desembocar nuestro Váscones en el arroyo del Pocillo, que nace en la fuente del mismo nombre.  En este zona crucial abundan las praderías dedicadas a pastos, que enseguida dan paso a las tierras de labor.

Al poco de entrar en el valle

Es un valle ni estrecho ni ancho, tendido en su ladera oeste y abrupto en la oeste, que se ve aprovechada por el carrascal para formar un monte bajo; el cerral está cortado a pico en algunas zonas.  Tiene continuos entrantes y salientes, o sea, forma barcos: Valdealar, Barco Grande y Barco Chico por la zona de los escarpes, y Valdelaviña y barranco del Lobo por el de enfrente. Por eso, nuestro vallejo pose una especial belleza.

Juncos, tierras de labor, monte

Primero avanzamos entre tierras de labor salpicadas de encinas y con monte en las laderas más empinadas. Poco después, aparece el monte espeso en el lecho del valle, con abundantes encinas de buen porte. Aunque en esta larga temporada de sequía no corre el agua por el arroyo, hay grandes extensiones pobladas de juncales, y señales de pequeñas lagunas de otras temporadas más húmedas. El valle avisa de que se termina cuando divisamos las casas de los Cabezos; ya casi arriba y a la altura de estas casas, termina en una pradera  con algunas acacias y un buen pozo con pilón y largo abrevadero. Pues nada, ha merecido la pena el paseo; si no hiciera tanto calor, el valle estaría fresco y hasta encantado, pero los habitantes de este bosque sin duda se encontraban durmiendo la siesta.

Abrevadero

Habiendo cumplido el objetivo y sin saber qué hacer, tomamos el camino del corral de la Villa y, desde allí cruzamos al término de Ampudia donde nos introdujimos en un pinar de repoblación: ¡un ejército de chicharras cumplía con su cometido cantando rabiosamente a un sol que todo lo quería fundir!

A los pocos kilómetros salimos a campo abierto y salpicado de molinos; nos encontramos algún terreno dedicado al cultivo del espliego y finalmente bajamos al valle del arroyo del Salón para buscar la fuente y hierba fresca del santuario de la Virgen de Alconada, y dejar lejos el estruendo de las chicharras. ¡Qué paz!

En el páramo

Vuelta a subir al páramo, esta vez por el curioso vallejo de Sotocaballo o simplemente el Soto, que tuvo en su momento un pequeño caserío con huerta y noria, ahora asfixiados por la maleza, y que todavía se encuentra poblado de bosquetes de esbeltos álamos –años ha también por olmedas, pues quedan los canijos negrillos- hasta casi el cerral. Aunque no los buscamos, tan densas arboledas denotaban la existencia de fuentes y manantiales. Otro tranquilo y pequeño vergel escondido en los pliegues de Torozos.

Por el Soto

Ya de vuelta, como hiciera poco calor, unas llamas gigantescas se levantaron, azotadas por el viento, en dirección a Torremormojón, con el consiguiente humo que en pocos minutos lo llenó todo. Claro que el viento que lo trajo también se lo acabó llevando.

Después de rodar por una carretera intransitada, tomamos el camino de Corcos y luego el de la Calera, y cruzando entre montes y corralizas nos acercamos al cerral que domina el amplio valle del Pisuerga. Después de contemplar su paisaje, sólo nos quedaba dejarnos caer para llegar sin esfuerzo a Trigueros del Valle y allí, proceder a la correspondiente hidratación que recomiendan los expertos y que nosotros no discutimos, ¡faltaría más!

Y el track

eMalos humos

 

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Otros paseos por Quintanilla de Trigueros

7 mayo, 2016

Captura de pantalla completa 22072015 180631Los lugares en ladera suelen ofrecer más sorpresas y posibilidades que los puramente llanos. Es el caso de esta Quintanilla que, además de alzarse sobre un espigón del páramo, posee en su territorio valles, vallejos, barcos, hondonadas, cabezos, laderas empinadas y tendidas… Un pequeño paraíso para la bici de montaña, vamos.

A principios del pasado verano hemos dado unos cuantos paseos por este término municipal (Perdido en Quintanilla de Trigueros, Valles de Trigueros); añadimos ahora esta última entrada (al menos por el momento).

El valle cerca de Quintanilla

El valle cerca de Quintanilla

Una posibilidad es tomar el mismo arroyo del Pocillo y seguirle hasta su principio, en el ras paramero. Nos encontraremos las ruinas de un palomar y, al atravesar el arroyo vemos que existe una pequeña llanura verde dedicada a pradera. Algunas sendas salen hacia el oeste y después vemos un buen humedal a ambas márgenes del arroyo. Acercándonos descubrimos la fuente de Santotís, que tiene agua. Es de un estilo similar a la fuente del Conde, de mampostería con paredes en forma de pozo y techada. El agua discurre mansamente y sale por la puerta para hacer más caudaloso el arroyo.

El arroyo del Pocillo cerca del páramo

El valle del Pocillo cerca del páramo

Dejamos arriba a la izquierda los arruinados corrales de Mari. Nos dicen que por aquí estuvieron los corrales de la Degollada, pero que se los llevaron a Ampudia. Será verdad. Y, enseguida, el manantial de Santotís, prácticamente donde nace el arroyo. Realmente es una caseta cerrada, que captó el agua de abastecimiento al pueblo desde que entró en funcionamiento la fuente Nueva, a la que surtía. Ahora Quintanilla bebe del Canal de Castilla.

Fuente de Santotís

Fuente de Santotís

Y hemos llegado al páramo: campos sembrados de avena y rodales de monte. Conforme avanzamos páramo adentro, el monte se hace más denso y las encinas más corpulentas. Dejamos unos corrales a la derecha y nos encontramos con los corrales Nuevos (o los corrales de la Villa, según el mapa). Son un conjunto de unos 30 recintos o corrales, separados por vallas de piedra caliza porosa (tipo queso de Gruyere) con un chozo de pastor (totalmente ruinoso) en la zona sur. El monte ha invadido los corrales y las matas de encina son ahora como las ovejas, o casi. También alguien ha aprovechado para instalar un amplio colmenar. No está mal el sitio, desde luego.

En el monte

En el monte

De otros lugares hemos hablado en entradas anteriores, por ejemplo:

  • Los corrales de Hoyalejos. Más extensos aun que los corrales Nuevos. Hubo al menos dos chozos de pastor, todavía reconocibles. Los recorrimos en una increíble excursión entre el sol y la niebla.
  • Los Tres Pinos y la carretera de Dueñas. Enormes ejemplares de pino que nos sitúan en el paisaje; son perfectamente visibles desde los miradores más lejanos.

3 Pinos

Perdido en Quintanilla de Trigueros

4 julio, 2015

Triguero del Valle(1)Seguimos por las laderas del páramo de los Torozos y nos acercamos a Quintanilla de Trigueros, por donde todos los cronistas pasan como de puntillas. Tal vez porque está en un rincón de la provincia, como queriendo entrar en la de Palencia y salirse de Valladolid. La historia nos cuenta muchas cosas de Trigueros del Valle y de Cubillas, pero al llegar a Quintanilla todo enmudece –menos el paisaje- y parece como si esta localidad no existiera.

Nada más lejos de la realidad. Quintanilla se levanta en un espigón del páramo, orientada al mediodía, rodeada de valles y sobre un hontanar que asegura el suministro permanente de agua y frescura en verano; junto al hontanar vemos hoy un moderno merendero y allí nos podemos acercar a la fuente Vieja, que suministró el agua al pueblo hasta que fue sustituida por la fuente Nueva, en el centro de la localidad para comodidad de todos. Vemos que mana agua, pero ya no sale por los caños debido a que retiraron la puerta y el líquido se escapa por ella.

Fuente Vieja

Fuente Vieja

La historia de Quintanilla se pierde en la noche de los tiempos, tal vez porque Trigueros llevó siempre la fama. Antaño hubo dos Quintanillas –de Yuso y de Suso-, y varios poblados en este lugar del páramo donde también convergen los términos de Dueñas, Santa Cecilia del Alcor, Ampudia y Trigueros. Su iglesia nos habla de una larga tradición, pues conserva algunas de sus originales trazas románicas. Frente a la iglesia, la ermita de la Virgen del Arco, de rara advocación.

Alcanzando el páramo, que puede ser ondulado cerca de los bordes

Alcanzando el páramo, que puede ser ondulado cerca de los bordes

Y el paisaje, típicamente torozano: vallejos y arroyos, fuentes y manantiales, montes de encinas y roble donde abunda tomillo y lavanda, caliza y yeso, prados y, últimamente, han retornado los majuelos al amor del clarete de Cigales. De esta comarca de páramos y ribera es el término más pastoril: los campos son con frecuencia ondulados y en cuesta, con piedra abundante, más apropiados para avena que para candeal, y el monte lo inunda casi todo. Por eso vemos muchos más restos de corrales y chozos que en cualquier otro lugar de la zona. Si vamos a rodar, una precaución: aquí hay varias fincas cercadas, por lo que es posible que, después de tomar un camino, nos tengamos que dar media vuelta sin haber llegado donde pretendíamos. Casas Nuevas, Casas Viejas, Los Cabezos o La Torre –ésta ya en Ampudia- son esas fincas que ponen puertas al campo.

Pequeñas encinas. Al fondo, se vislumbra el valle del Pisuerga

Pequeñas encinas. Al fondo, se vislumbra el valle del Pisuerga

Pero vayamos a la ruta de hoy. Salimos de Trigueros por el camino del Monte para tomar el de Valdepolos, que nos conduce al páramo. Hacemos un parón en para contemplar el inmenso panorama de estos valles que funden páramos, terrazas y ribera. Y enseguida estamos en la planicie, ahora presidida por los molinos de Ampudia. Tomamos un camino que bordea la valla de la Casa del Monte y que, poco a poco, quiere difuminarse. Robles, encinas, carrascas. El verde del monte contrasta vivamente con el amarillo de la cebada y, ambos, con el intenso azul del cielo.

Bordeando los límites de la finca Casa del Monte

Bordeando los límites de la finca Casa del Monte

Cruzamos la carretera de Ampudia a Quintanilla y el camino quiere ahora desaparecer por completo. Al superar los corrales de la Nicanora, al fin lo consigue. Extraño paisaje; es un monte –o al menos lo parece- que antaño estuvo en parte sembrado, una especie de dehesa venida a menos. Luego pasamos por zonas destinadas a pinar, y otra vez monte de encinas. Al rodar por el monte veo un enorme jabalí que no me ha visto a mí; meto ruido para avisarle y no tengamos un encontronazo. Me mira y sale corriendo en dirección contraria a donde me encuentro. ¡Menos mal!

Rodando por la ladera

Rodando por la ladera

Pero estoy perdido. Definitivamente. Hace tiempo que dejé el camino y no vislumbro otro. Parece –según el mapa- que al Este puede haber uno y allá vamos, atravesando monte con enormes calveros plantados de girasol. Efectivamente, hay un camino que sigo hacia el sur, en dirección a Quintanilla. Al poco, después de dos grandes encinas, un pozo con dos largos abrevaderos. Debe de ser el Pozo Perdigón. Sigo y ¡mi gozo lo dejé en el pozo!: un portón cerrado y bien candado. Al Sur, un vallado de varios kilómetros; al Este otro vallado con ganado vacuno, del Oeste vengo y allá no pienso volver. ¿Tendré que salir hacia el Norte para luego dar la vuelta…? Me decido por arriesgar un poco. Pasaré aunque sea saltando vallas. Menos mal que al llegar veo un paso entre las dos fincas cercadas. Respiro. Nos hemos salvado una vez más.

Contraste

Contraste

Ahora ya es todo pasear sin agobios. Montes de buena encina con algún roble hasta las proximidades de Quintanilla; el sol poniente y la luna creciente. Nos hemos ganado un agradable descanso junto a los manantiales y fuentes que lamen los pies de Quintanilla.

A la vuelta, pasamos por la fuente del Conde –seca- y la luna nos espera sobre el campanario de la Virgen del Castillo. Abajo, Trigueros enciende sus luces. Sólo hay que dejarse caer hasta la plaza del pueblo.

Vieja encina

Vieja encina