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En el barco de Carrecuéllar

29 marzo, 2018

Otro de de viento y lluvia. Y van… Lo de hoy (24 de marzo) ha sido una aventura, pues hemos rodado por el páramo entre Langayo y las Quintanillas, corriendo el riesgo grave de quedar con las ruedas atrancadas por el barro en cualquier momento. De hecho, al salir, un ruchel -o quintanillero- me dijo: –si vas por el camino principal a lo mejor no tienes problema, pero como te salgas te puedes quedar en el barro… Al final, hubo suerte, los caminos estaban mejor de lo que se pensaba y en los más peligrosos salimos airosos al rodar por la hierba del centro o de las orillas.

La subida al páramo

La fuente

Pero había que salir sí o sí: la abundante lluvia recogida por las numerosas navas de este páramo habría hecho manar con fuerza la fuente de Carrecuéllar, y había que verla. Y así fue.

El barco de Carrecuéllar, con sus laderas cubiertas de piñoneros, encinas, sabinas y zarzales, se abre en el páramo justo frente a Vega Sicilia. Pertenece a Quintanilla de Onésimo y el cerral ofrece una espléndida vista sobre el valle del Duero. Pues bien, casi en el mismo cerral, a unos 3 o 4 metros del ras, vemos una boca ancha y de poca altura que en época de lluvias arroja un buen caudal hacia el fondo del barco. El agua cae a chorros sobre el suelo de la cueva llenándola a modo de depósito hasta que rebosa y sale formando el arroyo. Si uno se asoma dentro aquello parece una fiesta, pues si bien en verano se seca, ahora rezuma agua cristalina con reflejos azulados que canta con su peculiar murmullo.

La cueva o boca de la fuente

Parece como si se tratara de una fuente relativamente nueva; como si dentro se hubieran movido las placas calizas para desviar el agua que ahora sale a la vista de todos. Desde luego, las placas externas, visibles, sí van cayendo y rompiéndose por efecto del ahuecamiento que producen estas aguas, como bien puede apreciarse junto en la boca de la cueva.

El lugar es hermoso como pocos -tiene algo de vergel y algo de castellana austeridad- pero también mágico, no sólo por las lajas de caliza, el bosque, el agua y las vistas: estamos ante unas aguas que tal vez posean unas facultades especiales, pues con ellas se elabora el mejor vino del mundo. Claro que antes ha de pasar por la tierra, las vides, las uvas y la bodega, pero algo tendrá cuando hacen lo mismo que Nuestro Señor Jesucristo en las bodas de Caná, si bien a lo largo de muchos años y gracias al trabajo humano.

Y ahí la dejamos. El riesgo del barro valió la pena. Y el del recio regañón hasta llegar a al fuente; luego lo tuvimos a favor o de lado, o amortiguado por el bosque. Y el la lluvia que, si bien apareció poco, daba fortísima y fría hasta hacer daño, a causa del mismo viento.

Detalle del interior de un chozo

Y sus alrededores

Los alrededores hasta llegar a la fuente merecieron igualmente la pena y el riesgo. Los pinares de las Quintanillas se veían olivados y limpios, con la retama y leña dispuestas para ser recogidas. No por ser conocida llama menos la atención la abundancia de corrales y chozos de buena piedra caliza que duermen ya la noche del olvido, colonizados muchos por por carrascas y pimpollos.

En la hoyada Lobera: cantos y encinas

Pero la zona por la que hemos accedido a la fuente desde Quintanilla, una vez en el páramo, es especialmente pastoril y variada: hay bosques de encina, roble, pino, enebro y sabina con grandes claros dedicados a la agricultura y a prados. Los claros agrícolas son pobres, pues sin duda hay más cantos que tierra. El páramo no es totalmente llano: abundan las navas u hoyadas: hoyada Lobera, valle Hondo, hoyada Redonda; y con abundantes laderas, barcos, picos, vallejos: el Cabezo, el pico del Castro -donde hubo un castillo- y cerca, Valdelascuevas. Y más fuentes: Valdemoros, Hontanillas, el Tasugo…

Y el mismo páramo se encuentra salpicado por pinarillos y por grandes robles aislados, recuerdo de otros tiempos más montaraces.

Continuamos en breve con el resto del trayecto, pero el mapa completo aquí está.

En el páramo

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El páramo sin (mucho) calor

27 junio, 2017

En plena ola de calor –además por la tarde- algunos nos atrevimos a dar una vuelta en bici. Las únicas armas fueron aprovisionarse de abundante agua y elegir un páramo, donde la brisa no falla y, por mucho calor que hiciera, siempre haría algún grado menos que en los valles. Punto de salida: Quintanilla de Arriba.

Tomamos una vía pecuaria hacia el oeste, entre el río y la carretera, hasta que conectamos con la cañada  de  Dardo, que sube hacia el páramo cruzando la vía de Ariza, donde crecen hasta los árboles pero se mantienen las señales de precaución en su mismo cruce. La subida, entre picachos, cárcavas y majuelos,  es fuerte y con el calor lo más sano es ascender caminando tranquilamente. Detrás, el paisaje todavía verde de la vega del Duero. La misma cañada todavía está verde e incluso florida: coronillas, salvia, candileras, marrubio, carrasquillas… ponen la nota de color al calor.

Subida desde el Duero. En primer término, corrales junto a la cañada

Arriba las cosas cambias y, efectivamente, la brisa hace que te olvides de los sudores. Desde los bordes del Confesionario vemos un hermoso paisaje del valle del Duero. Es un pico que se levanta no sólo sobre el valle, sino sobre el mismo páramo, que queda al sur con una perspectiva distinta, salpicado de robles y enmarcado por el fondo de la sierra segoviana. Esta es otra característica propia de estos llanos: se encuentran moteados de grandes robles y encinas, quedando el monte de carrascas para las laderas y algunos linderos.

Majuelo sobre una colina; al fondo, San Bernardo

Nos acercamos a las fuentes. En la de Valdemoros –que se encuentra en un entorno precioso con olmos y guindaleras- hay un zorro muerto, tal vez a causa del veneno que le hizo arder por dentro y, por ello, buscar el frescor de las aguas y en la de Ontanillas –con su solitario chopo- un verdadero enjambre de abejas se arremolina en torno al caño. ¡Menos mal que llevamos abundante agua!

Encinas

Después, a seguir rodando entre terrenos rasos o ligeramente ondulados del término de Manzanillo. Descubro un corzo al que puedo seguir con las vista durante casi un kilómetro de su recorrido. Bordeo pequeños pinares. Paso por zonas que se encharcan en otras épocas del año, llamadas las Navas, Navajuelas, el Charco (este todavía conserva carrizo seco). Y por fin, llega la hora de bajar cuando el sol quiere ponerse y, primero por vallejos perdidos entre cárcavas, cortados y peñas, y luego entre majuelos y almendreras con tapiales, llego a Quintanilla, donde la gente está en la calle esperando a la fresca que no acaba de llegar. Lógicamente, se nota que la temperatura es más elevada aquí que allá arriba, en el páramo, donde parece que se ha quedado la fresca.

La bajada

El bosque del Duero

3 octubre, 2013

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De Quintanilla de Onésimo a Pesquera, la senda del Duero discurre por un auténtico bosque caducifolio. El hecho de que la floresta sea extremadamente angosta, una larguísima y estrecha cinta entre el río y las tierras de labor, no le resta importancia, ni le hace de categoría inferior. Se trata de un bosque más, con sus peculiares características. Y es ideal para pasear, ya sea a pie o en bici. Claro que si vamos en bici hemos de poner algo más de precaución de lo normal, pues la senda es estrecha –si se cruzan dos ciclistas ambos han de apartarse hasta los límites del camino o un poco más- y con continuas subidas y bajadas. Un estupendo tobogán.

Dentro de este bosque de galería, predominan las alamedas. Como todos los álamos buscan la luz, crecen finos y derechos buscándola, y el camino a veces parece un denso bosque de palos de diferentes tamaños. Pero también hay fresnos, chopos, muchos sauces y alisos. Como la humedad no falta, ya son abundantes las setas de chopo. Muy pronto aparecerán otras, a poco que se mantengan estas lluvias.

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Pero también veremos –sobre todo a la altura de Quintanilla de Arriba- algunos pequeños bosquetes de roble que pretenden acercarse al río, además de encinas y robles aislados. Y también pinarillos.

El otoño ofrece otros atractivos: no hace falta que llevemos comida. Vamos a encontrar zarzamoras en su punto, bien maduras. Ciruelas silvestres, negras ¿brunos? y amarillas, las dos variedades son muy pequeñas, pero con una pulpa especialmente dulce. Uvas, nueces, manzanas, peras e higos. Seguramente habrá más variedad, pero no nos fijamos. No todas las peras estaban maduras, y de los higos, muy pocos. Tal vez muchos de estos ya no lleguen a madurar.

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Y dentro de muy poco, además de setas, el bosque –que es sobre todo caducifolio- se volverá amarillo con todas esas variedades rojizas, ocres, granates, doradas… Será todo un espectáculo pasear por su interior.  Por supuesto, no faltan fuentes y manantiales.

Además del río, siempre en movimiento, nos acompaña una fauna variada e inquieta. Ardillas: les gusta sentarse en la senda para dar cuenta de nueces y almendros. Garzas: están en la orilla del río, sobre alguna rama o tronco seco, y las vemos levantar el vuelo a nuestro paso. Algún martín pescador. Enormes cormoranes que despegan como hidroaviones al ser sorprorendidos. Patos y pitos. Carriceros, mosquiteros, chochines… Peces que saltan y no distinguimos si son lucio-percas, barbos, carpas o alburnos. Salvo que los veamos en la cesta de algún pescador. Incluso podemos descubrir algún cangrejo despistado.

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Si no es mal sitio para perderse en verano, por la sombra abundante, tampoco lo es para pasear ahora, en época de lluvia: los árboles protegen bien, salvo que la lluvia sea fuerte y persistente, y el firme drena de maravilla, no produce barro: la bici se agarra con normalidad salvo ¡ojo! en las pocas pasarelas de madera que tienen barro. Y si hay viento en contra no se nota, estás siempre a la abrigada. Si os gusta pasear de noche y hay luna veremos como riela en el Duero y llena de chispas sus aguas.

Llenando depósitos en la fuente de Olivares

Llenando depósitos en la fuente de Olivares

 

Otras sendas del Duero:

 

 

 

 

 

 

 

Bosques, majuelos y riberas (seguimos en otoño)

14 noviembre, 2009

Y vamos con la segunda parte de la última excursión: ver el mapa en la entrada anterior.

En Quintanilla podríamos acercarnos a contemplar la ribera, que esconde un buen puente de piedra, una aceña convertida en hotel restaurante, y la toma de aguas del Canal, que aprovecha precisamente la presa de la vieja aceña. La ribera guarda también dos fuentes en esta orilla y otras dos en la de Olivares. Por lo demás, en el termino abundan viñas, majuelos y bodegas, pues no en vano estamos en territorio de la denominación de origen Ribera de Duero.En el páramo; detrás, el valle

Y ¡p’arriba! Desde el centro de Quintanilla hasta el borde del páramo son 3 km justos de subida. Primero agradable y luego -los últimos 400 mts- un tanto empinada. Pero el esfuerzo merece la pena. Además, tenemos un manantial con represa para refrescarnos y huertas con cerezos.

El páramo esconde un bosque mixto de pinos con encinas, robles y algún enebro. Avanzando, bordeamos la Planta y llegamos al Carrascal con sus viejas casas, hoy aprovechadas por la Junta  para dar servicio a un coto regional de caza. Nos da la impresión de estar en el confín del mundo, pues no hay demasiada gente por estos lares; de hecho no vemos a nadie…

Chozo de pastor

Seguimos una buena pista que serpea entre los pinos y vemos restos de corralizas de piedra. Al final, bordeamos un gran claro cultivado y por la carretera nos llegamos hasta el paraje de las canteras, donde se han llevado buena parte de la antigua superficie paramera. Pero no toda. Descubrimos con asombro y agrado un buen chozo de pastor (uno de los más altos, al menos por dentro, de los  que quedan en la provincia) que se mantiene en pie, respetado, sobre una lomilla con el suelo levantado por delante y por detrás. ¡Bien! Agradezcamos a la empresa explotadora de la cantera el detalle y  ojalá se conserve por muchísimo tiempo y, si es posible, bien cuidado y accesible.

Retuerta

Y ahora toca bajar hacia Quintanilla para tomar el camino que, entre las viñas y bodegas de la Abadía de Retuerta, nos deja en  Sardón de Duero, donde cruzamos el río para volver a Tudela por la orilla derecha.

Soto

¿Qué más vemos? Un bellísimo soto -ahora con esplendores otoñales- nada más pasar una centralita sobre el río, el viejo pueblo de Peñalba que felizmente no se despuebla -al menos sobrevive un pastor con su  rebaño-, los restos de un puente que unía ¡eran otros tiempos! las dos riberas, los cortados de Peñalba con sus halconeras, la centralita de Villabáñez, y el acueducto del Canal sobre el Duero.

Y desde aquí, contemplando las variadas tonalidades ocres en los chopos del Canal y en todo tipo de árboles de ribera en el Duero, las burras nos llevan por el camino de sirga que conduce a Tudela.

Chopos del Canal