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En busca de la fuente de Raposeras, por Urueña

8 septiembre, 2019

Los recovecos del páramo de los Torozos son prácticamente infinitos, nunca acabaremos de recorrerlos todos: siempre tendremos algún sendero, barco o laderas nuevos, dispuestos a ofrecernos vistas desconocidas.

Esta vez, nuestro objetivo fue acercarnos a la fuente de Raposeras, en el término de Urueña. En una excursión de marzo último habíamos pasado cerca pero no nos aproximamos hasta verla, pues el cereal que la rodea en buena parte estaba espigando y no era cuestión de pisarlo. Como a principios de septiembre queda lejos la siega -y la siembra-, hemos podido atravesar por numerosas rastrojeras.

Valle de la Ermita Vieja

Salimos de la Santa Espina para tomar el valle del Valcuevo a la altura de los restos de uno de los muchos molinos que tuvo el Bajoz. Es un valle que posee, en su fondo, una franja despejada, de praderío y juncales con algunos fresnos, mientras que las laderas están cubiertas de encina y roble y, cada vez más, de pino. Todo ello con el adorno de algunos bloques de piedra desprendidas de la zona mas alta.  Vamos ascendiendo sin enterarnos, en parte porque acabamos de empezar, en parte porque la cuesta es muy suave. Ya en el páramo asoman calvas de yeso polvoriento, que denotan la sequía arrastrada durante el verano. El matorral está de un tono pálido, entre amarillo y verde. Seguimos por el antiguo camino de Villagarcía, de un firme tan sólido y duradero –piedra caliza- como irregular, pues nadie enrasó la piedra.

Recorremos el inicio del arroyo de la Ermita, en el que vemos repoblaciones de encina y roble y acabamos tomando la carretera que baja formando curvas hacia Tierra de Campos. Primer parón para contemplar el mar.

Raposeras

Ya abajo, nos acomodamos a un senderillo en ladera –ladiego– que nos lleva cruzando barcos y umbríos pinares por las laderas del Majadal y luego por las faldas blancas del cerro de la Cruz. Seguimos contemplando el horizonte infinito de este mar campero. Y por el valle de Raposeras con sus praderas de hierba alta y salvaje, nos vamos hasta el lugar donde debería estar la fuente, bien señalada por dos chopos españoles. Y allí estuvo. Todavía se nota que la tierra tiene humedad, pero de agua, nada de nada. Junto al chopo más corpulento, unas piedras señalan donde estuvo el ojo del agua. Al lado, debió de haber otro manantial más pequeño, que daba para un charco y poco más. Pero hoy nada queda. Y da la impresión de que es un hontanar agotado definitivamente, que ni en época de lluvias vuelve a manar. RIP por Raposeras; como siempre, una pena. El lugar debió ser especialmente fresco en verano, y aún conserva cierto encanto.

Aprovechando la rastrojera de verano, con suelo duro, nos vamos por el borde del páramo cruzando el pago denominado los Calvinos, para así disfrutar del paisaje. Muy abundantes son los trozos de cerámica, tal vez hubo por aquí un poblado o algunas casas. El cerral está protegido por una hilera de piedras calizas debidamente ordenadas.

Murallas de Urueña

Y llegamos a Urueña, entrando por una antigua calle entre eras que acaba dando a las ruinas de lo que parece un viejo lagar construido en el mismo cerral, conocido como la Cueva. Muy cerca, el perfil de Jesús Negro de Paz, muerto sobre la bici en accidente, se recortaba sobre la tierra y el cielo, acompañado de flores y, por tanto, de recuerdos. Por la parte externa de la muralla abrazamos el pueblo y contemplamos la Tierra de Campos. Muchos campos, pueblos, caminos… No se ven las montañas del fondo pero sí el pinar del raso de Villalpando, ya en Zamora, que quiere como proteger una tierra tan despejada…

Después de pasear por las calles de Urueña y pasar bajo los arcos de sus murallas, vadeamos el arroyo de la Ermita y nos presentamos en la mesa del Sordo, desde donde contemplamos una nueva perspectiva del recinto amurallado con la ermita de Nuestra Señora de la Anunciada a los pies. No lo vemos desde Tierra de Campos, si no desde el lado contrario, desde el páramo de Torozos que nos lo sitúa a la misma altura.

Casa del Majuelo

A continuación, nos metimos por un camino que pasa junto a la casa del Majuelo. Craso error, en parte, porque el camino está cortado por un vallado en forma de saco que nos devolvió, prácticamente, al mismo camino principal del que salimos. Digo en parte porque, en compensación, visitamos la casa del Majuelo, muy arruinada: conserva algunas ventanas y, dentro de la misma casa o en su patio, vimos la estrecha boca de un pozo, en piedra, que conforme gana en profundidad, se ensancha. Estaba seco, claro. Tras diversos escarceos por el monte, acabamos en la carretera que nos dejó en San Cebrián.

Mojón en la raya de Urueña y San Cebrián

Y desde aquí, por la ladera este del valle del Bajoz, nos dirigimos hacia la Santa Espina, de donde habíamos salido. El camino, en su mayor parte, o no existe o está cubierto de maleza. Por los pinares tampoco se podía rodar, pues los suelos estaban cubiertos de ramas recién olivadas y no retiradas. Menos mal que la balsa de la fuente de las Arcas estaba llena y pudimos refrescamos con un buen baño.

Hicimos unos 50 km, que no se reflejan bien en el trayecto: el GPS se para cuando le da la gana.