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Alrededores de Valladolid

16 agosto, 2010



Otro paseo ideal para el verano. Los ciclistas sabemos que por mucho calor que haga, siempre tendremos una ligera brisa al rodar. Y si además subimos al páramo, la brisa será más fresca debido a la diferencia de temperatura que también suele existir habitualmente entre ese ras y el valle. De manera que los páramos son para el verano. Muy cerca de Valladolid tenemos el de Torozos, subiendo hacia Villanubla o Ciguñuela, o los cerratos que forman los valles de Pisuerga, Esgueva y Jaramiel.  O sea, que no hay que irse demasiado lejos para dar un paseo refrescante

Rodando, nos encaminamos esta vez  hacia la Cistérniga: este paseo por los límites del Cerrato nos ofrece  magníficas vistas sobre Valladolid primero, sobre el valle Esgueva después, y sobre el Duero y Tudela más tarde. Además, rodamos un buen rato por la vieja Cañada Real Leonesa, en desuso desde mediados del siglo pasado.

Poco después, una bajada salpicada de toboganes nos conduce entre almendros y girasoles hacia Tudela, pero no llegamos a esta villa. Sólo no sacercamos. Volvemos casi sobre nuestras roderas para pasar junto al Prado, donde hay una amplia laguna, una pradera en la que ahora se cultiva alfalfa y un arroyo con abundante agua y diversos tipos de anfibios.¡Qué frescura! Al fondo, las tradicionales minas de yeso de las Mamblas.

Cruzada la carretera de Villabáñez, subimos casi sin darnos cuenta una suave cuesta donde encontramos un chozo, abundantes robles y un manantial. Ya hemos pasado por aquí en otra excursión reciente, pero el color del pasisaje ha cambiado totalmente de unos meses a esta parte.

La bajada a Olmos de Esgueva es rápida y en el pueblo nos refrescamos. Luego, nos acercamos a un viejo molino cerca del río y, ya por el valle, llegamos a Renedo y luego a Valladolid. Desde Olmos podemos volver bien por la senda verde o bien por el sendero señalado con los signos propios de los senderistas.

De Valladolid a Valoria la Buena (para volver en tren)

6 julio, 2009

Villanueva Infantes58 km aproximadamente

El tren es un complemento estupendo para el ciclista cuando el viento es fuerte. El tren no lo nota en contra y nosotros, los ciclistas, lo notamos a favor hasta que tomamos el tren.
Llanura

El páramo del Esgueva
Nos referimos a la lengua de páramo que se levanta entre el Esgueva y el Jaramiel. Después de subir la cuesta desde Renedo, avanzamos por tierras ligeras en las que abunda las piedras calizas. Los sembrados son de cebada, un poco de trigo y algo de girasol. De vez en cuando adivinamos el valle del Esgueva a nuestra izquierda. Y, conforme pedaleamos,se incrementa el número de robles -hay también algunas encinas- que adornan el paisaje. En otro tiempo toda la superficie del páramo por la que ahora rodamos fue monte.
Los caminos son buenos aunque tienen demasiada hierba para incomodar -un poco- al ciclista.

Aunque el páramo es uno, tiene diversos nombres conforme lo cruzamos: Valdehierro, la Encomienda, Valdeandrinos, Rozuelas…Finalmente, giramos hacia el norte por el páramo de la Dehesa.

Cruzando el Esgueva por Villanueva de los Infantes

Y el valle Esgueva aparece, de nuevo, ante nuestros ojos. Abajo, Villanueva, uno de los pueblos más pequeños de la comarca, asentado al pie de una ladera blanquísima salpicada de matas de encina y roble. La bajada es muy fuerte por aquí y en un minuto estamos en el puente del Esgueva, después de superado el campo santo.
Villanueva
Podemos ver la iglesia de trazas románicas y góticas, reponer las reservas de agua junto al Ayuntamiento y visitar alguno de sus muchos palomares arruinados. Pero enseguida tomamos el camino de las Victorias que sube lentamente -sin excesiva pendiente- hasta el páramo, a tomar la cañada real burgalesa.Al final cruzamos un montecillo de robles y junto al camino llama la atención un manantial -ahora seco- bien protegido con piedras.

Manantial

De nuevo el páramo

Ya estamos arriba. De aquí al pozo de los Pedrazos, con restos de viejas corralizas, hay menos de un kilómetro. De nuevo el paisaje amplio del páramo interminable. Aunque hay algunos viejos robles aislados y monte en otros parajes.A la derecha dejamos un chozo semienterrado en el campo de labor.

Y… ¡Oh, qué bajada entre el monte y tierras de labor en dirección a la Granja San Andrés! Pero cuando divisamos los altos chopos de la Granja, nos metemos por el valle del Picón de San Pedro para de nuevo ascender. Es otro vallejo tendido por el que se sube bien a pesar de que ya es nuestra tercera subida al páramo.

Junto al barranco del Venado

Desde el Barco del Portero cruzamos el paramillo y ya vemos Cubillas de Cerrato.No hay más que dejarse caer.

En Valoria la Buena buscamos las bodegas, donde una pradera sombreada por chopos nos acoge antes de acometer el último trayecto de esta excursión. En la ribera del Pisuerga tenemos, junto a un gran nogal, una fuente; luego pasamo por el puente desde donde se contemplan las tablas del río y… ya estamos en el apeadero de Cubillas.

De Renedo a Peñalba

27 junio, 2008

Los campos están desconocidos:

ya ha entrado el verano y casi todo sigue verde. Únicamente las cebadas –y no todas- empiezan a lucir el característico dorado de la siega. Bueno, de la siega y de la cosecha, que ahora va todo junto.

Los trigos, siempre más tardíos, lucen su verde apagado. Las laderas y perdidos están cubiertos de hierbas de verde brillante. Incluso los caminos, salvo que sean de firme compacto, parece que han desaparecido, pues diferentes matas han surgido con fuerza en las orillas y en el centro, llenando las roderas y dificultando la marcha al caminante o ciclista.

camino que desaparece entre la hierba

Si vamos por el páramo, lo verde silvestre se adorna de puntos rojos de amapolas, blancos de lino, azul de salvias y amarillo de tamarillas. Todo un espectáculo que no todos los años se deja ver con tanto esplendor.

Al subir al páramo desde Renedo o Castronuevo contemplamos el valle Esgueva lleno de colorido y como dormido en neblina. Enseguida cruzamos entre un pequeño y alegre encinar que surge en el inicio de un vallejo. En cualquier otro momento veríamos alguna liebre o perdiz, pues tienden a refugiarse aquí, pero ahora, con tanta vegetación es poco menos que imposible descubrirlas, salvo que estemos a punto de pisarlas.

La bajada a Villabáñez es memorable: su inmensa iglesia parroquial emerge sobre una mota, en medio del pueblo. Parece una gallina y sus polluelos. Y, al oeste, el humilladero. Más allá, la mambla de amables curvas.

El Duero en Peñalba

De Villabáñez un camino que tiende a convertirse en sendero nos conduce hasta el río. Pasa junto a los cortados de peña blanca -¿vemos el halcón que aquí anida?- y, tras una chopera y un prado, llegamos a Peñalba, apacible pueblecito en el que al menos habita un pastor con su rebaño.

Además de descubrir las ruinas del viejo puente, conviene pasear por la ribera aguas arriba hasta la curva del Duero, en las cercanías de una centralita eléctrica.

Por unos instantes, en Peñalba nos olvidamos del mundo en que vivimos.