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Calima y camino

20 marzo, 2020

Al fondo se ven unas laderas con árboles o matorrales: son enebros y sabinas que caen desde el monte El Riscal, de Santiago del Arroyo. Este que vemos es el valle del arroyo de Valseca, que va a parar al arroyo del Henar, que se vislumbra al fondo. El día estuvo dominado por esa calima que da al paisaje -y a las fotografías, claro- un aspecto plano, sin contrastes. Lo único que contrasta es el camino que, además, hace una perfecta curva para adaptarse al vallejo. Fue tomada la foto hace justo 15 años, en 2005.

Pinares blancos, pinares negros

1 noviembre, 2013

Santiago del Arroyo(28 Km aprox.)

Después de estar casi una semana lloviendo de lo lindo, había que buscar los caminos arenosos y sin agua de los pinares. Y allá nos fuimos, saliendo de Santiago del Arroyo, a la vera del arroyo del Henar. ¡Increíble el aroma, profundo, que exhalaba todo el pinar, especialmente las tamujas húmedas!

Pinar Blanco

Entre Santiago y Camporredondo se extiende este pinar: aunque es de negrales, supongo que lo de blanco hará referencia a la arena, muy abundante. Tan abundante que en ocasiones la bici se queda literalmente clavada. Pero también tiene su encanto: suaves dunas, majuelos –en esta época amarillos o dorados- y parras de uvas perdidas por doquier, como si antaño hubiera sido lugar destinado a bacillares y no a pinos…

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Los negrales aquí poseen todas las formas imaginables: están tumbados, retorcidos, inclinados, formando un aro, o un ángulo increíble, o incluso un tirabuzón. Se ve que también estos ejemplares llegan al alma –o al corazón- y uno encontramos con poesía dedicada y todo. (Podéis leerla aquí)

Camporredondo

De repente salimos del oscuro pinar –aunque de suelo blanco- y nos encontramos con la claridad de Camporredondo y su valle. Huertas, un arroyo, el camposanto, una fuente, el humilladero, patatas y remolachas y… de nuevo a cruzar pinares. De nuevo la arena, que nos clava sin querer o queriendo.

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Ya arriba, en el páramo aquí cubierto de dunas, aparecen también piñoneros, alguna encina, tímidos robles. Pero se mantienen los negrales, si bien abundan los buenos mozos, altos y derechos, y sangrados para recoger la resina. Por cierto, aunque a primera vista parecía que las cubetas rebosaban, lo cierto es que estaban llenas ¡de agua! Lógico, con la que ha caído.

Pinar del Negral

Salimos a un claro hasta un chozo de pastor –al fondo se recorta Montemayor de Pililla- y descubrimos los restos de un horno ¿o dos? de cal. Aunque hemos pasado muchas veces por aquí, no habíamos reparado en él.

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Y de nuevo entre pinos y arena. Pinos altos, negros –negrales-, sangrados. Arena que forma ondulaciones entre piedras calizas. Es un bosque cerrado, oscuro. Debido al buen tiempo y a la humedad, pequeñas florecillas se habían abierto despistadas. No se sabe si adelantadas a la primavera próxima o retrasadas de la anterior. También, demasiadas zonas del pinar recuerdan un bosque de montaña, no tanto por las ondulaciones del terreno que forman laderas sino, sobre todo, por la abundante hierba fresca, más o menos alta, arbustos y alguna hoja amarillenta de roble. Debido a la estación,  abundaban las setas de todo tipo. Y la jara, y algunos rosales silvestres.

Pasamos junto al pozo ciego y seco de la Tasuguera y luego, a reponer aguas y fuerzas a los Castillejos.

El Riscal

Para terminar, cruzamos el arroyo del Henar y la autovía para subir al Riscal, donde disfrutamos –sobre lapiaces y entre sabinas y enebros- de una hermosa puesta de sol.

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Por cierto, ni rastro de agua en toda la excursión, a pesar de los muchos litros caídos la jornada anterior. Sólo algún charquito testimonial en el Riscal. La arena lo absorbe todo.

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Actualización importante

Después de los comentarios de Gaude, que abajo podéis ver, he buscado su blog y ¡oh, sorpresa! es buenísimo: comenta la vida de los resineros, pastores y otros oficios de Camporredondo, cómo es y cómo era el pinar, y muchas cosas más de la comarca. Y da gusto leerlo, pues se ve que todo eso lo lleva en el corazón. No dejéis de leerlo: La Pizarra de Gaude.

Pinar del Llano de San Marugán

1 febrero, 2010

El Pinar de San Marugán -o del Llano de San Marugán- se encuentra al sur del término municipal de Portillo, limitando con los términos de Aldea de San Miguel por el Oeste, Megeces y Cogeces de Íscar al Sur y San Miguel del Arroyo al Este.

Ocupa unos 7 km2 de páramo y linda con otros pinares de Portillo que caen por la ladera hacia el valle del arroyo Mesegar.


Lo primero que nos llama la atención es que se asienta sobre un páramo de piedra caliza que aflora en numerosos puntos del pinar, y especialmente en los cantos. Casi no encontraremos la típica arena que constituye el suelo de la mayoría de nuestros pinares. No obstante, el pinar del valle -aviso para rodadores- es muy arenoso. Lo segundo a resaltar es que abundan los pinos, sí, es un pinar. Pero también los robles, las encinas, las sabinas y los enebros, de modo que realmente es un monte mixto. Y ya está descrito en lo esencial. Además, se encuentra surcado por numerosos caminos y senderos que dan la sensación de llevarnos po un bosque de montaña, debido a la variedad de arbolado y matorral, y a la hojarasca de roble que vamos hollando.


Recomendamos tomar una camino que sale a la izquierda de la carretera que va de Arrabal de Portillo a Cogeces. Primero nos cruzaremos algunas tierras de labor, hileras de almendros, luego nos conducirá por una arenal, si bien a ratos el firme parece mejorar. Veremos los restos de unas viejas corralizas a la derecha, que nos indican el sendero a tomar, por Cuestalava, y en un santiamén nos sitúa arriba, ya en el Llano.
Nos vamos hacia la izquierda para contemplar el valle del arroyo Mesegar, con la silueta de Portillo al fondo. También distinguimos, a la izquierda y lejana, la torre de la iglesia de Aldeamayor. Y la plantación de chopos donde estuviera la laguna del Toro, desecada hace unos años.

Lo mejor es seguir un camino que no se aleja demasiado del cerral y que en ocasiones tiene hijuelas o senderillos que nos llevan a espectaculares miradores. Enseguida vemos el valle del arroyo del Henar, con las laderas que suben al Riscal, donde se asienta el único sabinar de la provincia. El canto del páramo se confunde con la cañada real Leonesa Oriental, que baja hacia el valle justo donde éste se ensancha.
Un poco más allá vemos la amplia vega del Cega, especialmente ensanchada por el recibimiento de los arroyos del Henar, Valseca y del Valle, con Cogeces al fondo y diferentes laderas donde distinguimos también una enorme cantera. Arenosas tierras de labor, caminos rectilíneos, grandes pinos y pinarillos…
Hasta que descubrimos un excelente lugar para estudiar un poco de historia natural: el canto muestra sus vetas y estratos en perfecta alternancia -caliza y tierra marrón- así como las mil formas escultóricas que el agua ha modelado sobre la caliza, despojándola de parte de sus entrañas. Se trata de fenómenos kársticos que producen lapiaces con pequeños canales, nidos de abeja, y otras esculturas. También han influído el viento y la arena.

Al fin llegamos al área recreativa de San Marugán, con balconadas al valle. Podemos seguir por el borde para descubrir, ya al otro lado de la carretera, los cortados y despeñaderos que se siguen formando, con grandes bloques  de caliza que se van desprendiendo y que a veces quedan como enganchados o colgados. Un peculiar cañón. Abajo, la línea de chopos que guarda al Cega, y las localidades de Cogeces de Íscar y Megeces. Al fondo, la sierra nevada. Y espacios profundos -arriba, abajo, de frente- y perfectos para contemplar la navegación de las aves.
La vuelta podemos hacerla por el límite del pinar con la tierra de labor que también posee este páramo. Distinguimos al Noroeste la ermita de San Cristóbal. Si tomamos un camino que sale a la izquierda bajaríamos por Aldea de San Miguel. En caso contrario, la senda que llevamos nos conduce a la carretera.

Y, ya cuesta abajo por la carretera, junto a un buen camino a la izquierda vemos los restos de la fuente Vallejo, con un banco que mira hacia Portillo en medio del terreno roturado.