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De Valderas a la desembocadura del Cea

4 septiembre, 2018

El pasado invierno realizamos un recorrido por las riberas del Cea, desde Castrobol a Valderas. Quedamos en hacer el trayecto que nos quedaba hasta su desembocadura en el Esla, que es lo que ahora vamos a relatar, ya rodado.

Valderas está en León. Sólo con dar un breve paseo por sus calles nos dimos cuenta de lo que debió suponer esta localidad a largo de historia, y de manera particular entre los siglos XII y XVI. La casa de los Osorio, los torreones del castillo de Altafría, el antiguo Ayuntamiento o los arcos de entrada a la villa, nos hablan de todo ello, pero también las calles del casco antiguo y el panorama de dominación que se abre desde la cima del cerro en el que se asienta, lamido por el Cea.

Panorama desde Valderas

Nos dirigimos hacia el oeste, ya cuesta abajo, buscando la ribera del Cea y nos encontramos, inmediatamente antes del puente colgante de la carretera de Villafer, con un viejo molino o fábrica de harina abandonada. Debió de ser una auténtica industria por la amplitud de sus instalaciones y, sobre todo, por el número de ojos por los que salía el agua después de mover los ingenios.

Cruzamos el firme del viejo tren de vía estrecha (¡qué pena, por aquí todo es viejo!) y nos adentramos por un camino bien señalado en el mapa junto a las alamedas de la ribera hasta que nos fue imposible avanzar debido a que la maleza lo asfixiaba. Media vuelta; salimos a un campo de rastrojos, en ladera, por el que rodamos hasta dar con un camino despejado. Estábamos en las Casas del Pradico, ya en territorio vallisoletano de Roales.

No todo el trayecto se rodó por caminos

El avance por el Roto del Requero fue de lo mejor que nos pudo pasar en esta calurosa jornada, pues cruzamos una amplia alameda que nos protegió, durante unos cientos de metros, del duro sol del verano. A partir de aquí, los caminos nos ofrecieron un firme excelente, además de encontrarse totalmente expeditos.

Al cruzar por el término zamorano de San Miguel del Valle, nos acercamos al Cea para conocer el puente que une esa localidad con un molino y con la Zamorana. Se trata de un antiguo puente de tres ojos, alomado y por el que se prohíbe el paso debido a su mal estado. El molino fue también importante, pues tuvo cinco piedras y en dos al menos de los cárcavos había regolfos.

Arboleda en el Roto

Ahora ya continuamos nuestro trayecto casi sin parar entre las densas alamedas de la ribera, a nuestra derecha, que parecían una explosión por el color y reflejo plateados de las hojas, y las laderas del monte con algunas encinas a la izquierda. En ese lado apareció también, a lo lejos, Fuentes de Ropel y, cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos llegado a Castrogonzalo.

¡Que gente tan agradable y hospitalaria los vecinos de esta localidad! Al llegar, preguntamos por la fuente. Una vecina de la Plaza Muelle nos dijo que no había pero, a renglón seguido, nos ofreció -sin posibilidad por nuestra parte de decir que no- una botella de dos litros de agua mineral que sacó de su nevera. Después, ya en las huertas del Cea, otro gundisalvino, nos llenó las mochilas de sus tomates. Excelentes. Así que gracias a ellos -y a los víveres que nosotros ya llevábamos, conste- pudimos comer muy a gusto y reponer fuerzas. ¡Muchas gracias de nuevo y desde aquí!

Por la desembocadura

Nos acercamos a la desembocadura del Cea en el Esla, que estaba llena de maleza. Aunque conseguimos llegar a ella y meternos en el río, la verdad es que no se apreciaba bien por lo inextricable de la selva. Hemos llegado tarde. Hemos llegado en un tiempo en que vivimos de espalda a nuestros ríos y es complicado contemplarlos de cerca. O puestos de pesca y paseos en las ciudades o esto. La Senda del Duero es una honrosa excepción pero, si te descuidas, también se pone intransitable.

Después de acercarnos también al Esla, ancho y majestuoso al pasar cerca de la casa de Piquillos, pusimos rumbo al molino de Fuentes de Ropel, en uno de los muchos lugares paradisíacos que nos ha preparado el Cea. El molino se encuentra en una isla, y aquí sitúan -dentro de la peculiar ruta de El Quijote en Sanabria– la invitación a las tiendas en aquella nueva y pastoril Arcadia, en la que don Quijote fuera honrado con mesas ricas y abundantes en un sitio que es uno de los más agradables de todos estos contornos, razón por la cual el Ingenioso Hidalgo comentó que entre los pecados mayores está el desagradecimiento. [Conste que nosotros pensamos lo mismo, más aun después de lo bien que nos trataron en Castrogonzalo, y siguiendo el consejo de don Quijote, ya lo hemos publicado en esta entrada porque quien dice y publica las buenas obras que recibe también las recompensara con otras, si pudiera…]

Bajo el puente de la manga

Además del molino, pudimos contemplar otro puente, romano para algunos, tan viejo como precioso, sobre una manga del río, manga que hubimos de atravesar por una zona seca con la bici a cuestas hasta que salimos a otro puente, el conocido como de la Zapatina.

Y como ya no estábamos para muchas más aventuras, tomamos la cañada Zamorana, recta y paralela al Cea en dirección noreste, por su ribera derecha. Al principio, era una pista ancha y de buen firme, pero se fue estrechando y convirtiendo en dos roderas llenas de maleza que a duras penas nos dejaba rodar. Las lagunas de la Vega estaban ya secas, y nos dio la impresión de que el pasto de la Vega -como tres o cuatro kilómetros cuadrados de pradera- se había desaprovechado este verano, pues no había ganado y la hierba alcanzaba más de un metro de altura. Por cierto, por aquí cruzamos hace seis años con la grata compañía de Goyo.

Molino

Pero al fin descubríamos la silueta del castillo -y otros edificios- de Valderas. Pasamos junto a la ermita de la Virgen del Otero sin fuerzas para acercarnos a ella. Sólo las tuvimos para pegarnos un baño reconfortante en las frescas aguas del Cea, junto al viejo puente.

Aquí tenéis el recorrido, de casi 47 km.

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Quintanilla del Molar y Roales de Campos

3 septiembre, 2012

Son dos municipios vallisoletanos situados entre las provincias de León y de Zamora. Se cuenta que cuando la distribución provincial, la Administración se olvidó de ellos y no se les asignó ni a ninguna provincia, de modo que luego se les preguntó a cual deseaban pertenecer, eligiendo Valladolid. Ya se ve que pocos tuvieron la suerte de elegir…

Sea como fuere, lo cierto es que se trata de una comarca muy especial, ideal para dar un paseo en bici o a pie; como veremos, es Tierra de Campos, es vega y es monte. Lo tiene todo en muy pocos kilómetros cuadrados.

conlabici

Como la excursión se inició –y finalizó- en Quintanilla, pudimos disfrutar al principio y al final del paisaje de Tierra de Campos, bando de avutardas incluido. También pudimos contempal diferentes aguiluchos, milanos negros, águilas calzadas y un águila culebrera. En las proximidades de los pueblos que atravesamos, muchos palomares.

Abejarucos
En esta tierra abundan las alamedas, los árboles solitarios y los arroyos y regatos. No en vano es la zona de Campos mas próxima a los páramos leoneses, y la montaña –el Teleno y la cordillera Cantábrica- se ve relativamente próxima.

En cuanto nos quisimos dar cuenta ya estábamos en la Vega del Cea, río de buen caudal. Aquí todo es verde, incluso en los veranos secos. Abundan los prados y pastizales. Nos encantó un viejo molino de cinco ruedas –alguna se distinguía todavía- en claro estado de ruina. Y una gran laguna –ahora medio seca, ciertamente- cubierta de carrizo. La Casa de la Pradera ya es un montón informe de barro con algunos muros en pie aprovechados por las cigüeñas para anidar.
Ranunculus aquatilis

En el Cea uno puede pescar cangrejos o peces e incluso darse un buen baño, si bien el lugar adecuado para esto último es el puente de Roales. Y los frutales que quedan por aquí nos ofrecen el postre del almuerzo: peras, higos, ciruelas, manzanas, cerezas, acerolas, dependiendo de la época.

Y el Monte de encinas y robles. ¡Qué encinas! Son muchas pero, sobre todo, son varias veces centenarias. Firmes, corpulentas, retorcidas las ramas, el tronco hueco, amigas de todos los mamíferos y aves que viven en el bosque, por haberles  ofrecido cobijo durante mas de trescientas primaveras.

Entre encinas, subimos al monte por el valle de los Perales -¡quedaba un peral!- donde vimos la fuente de la Peguera.

También nos hicimos la fotos de rigor en el punto donde convergen León, Valladolid y Zamora. Está junto a una carrasca, donde el monte hace un claro que han aprovechado para sembrar cebada.

De lo mejor fue la hora del almuerzo: en una cerrada y sombría alameda de la ribera del Cea junto a una fuente artesiana de la que brotaba agua fresca como si de un surtidor se tratara.

Villanueva del Campo

¿Y cual fue, esta vez, el secreto de todo? Pues que nos acompañaba Goyo, el autor de Ars Natura, que conoce esto como la palma de su mano. Por cierto, la foto de portada de su blog es un paisaje de Quintanilla.

Las fotos son suyas. ¡Evidente!