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Robles de la Santa Espina

22 diciembre, 2018

El roble quejigo que abunda en nuestra provincia es un roble austero, fuerte, a veces solitario, y próximo en parentesco a la encina y al alcornoque. Se diría que es el puente de unión entre la encina y los robles de montaña. A la primera no se le cae la hoja; los segundos la pierden en invierno. Nuestro quejigo, por el contrario la mantiene seca casi hasta que le nace la nueva, muy avanzada la primavera. La encina tiene la hoja de color verde oscuro, la del roble es más clara. Abunda en nuestros páramos y laderas cerrateños, en los montes Torozos junto a la encina y, en menos medida, en Tierra de Pinares. Su fruto es la bellota -rojiza y menos sabrosa que la enciniega- y le salen redondas gallaras.

Este mantiene bien las hojas

Los Torozos en la Santa Espina son de robles y encinas. A estas alturas del año los vemos con la hoja seca o desnudos, sin ellas. No hay grandes ejemplares, casi todos son de pequeño o mediano porte, como si les costara mucho crecer y engordar, como si tuvieran pocos nutrientes y humedad de los que alimentarse. Son robles profundamente castellanos, de la meseta y, por tanto, finos, resistentes y austeros. No conocen la abundancia de aguas que hay en las montañas que rodean la meseta. Y parece que están tensos, con abundantes nudos y desviándose demasiado las ramas en cada división y girando caprichosamente, como si no quisieran seguir un mismo rumbo, al contrario que la mayoría de los árboles.

Casa del Fuerte

El río Bajoz divide el monte en dos, si bien la mayor extensión queda al norte, en la ribera derecha. En el valle, los robles crecen un poco más, llegando a ser más corpulentos. Se dan la mano con sauces, chopos y otros árboles que necesitan abundante humedad. También crecen sanos en el valle de Valdelanoria y en otros barcos del Bajoz. Los del páramo, donde también abundan las matas de roble, son los más pequeños.

Extendiendo los brazos

A pesar de no ser muy grandes, son testigos mudos de otros tiempos, cuando los monjes del Monasterio mimaban el monte, haciendo cortas periódicas y bien espaciadas para mantenerlo a pleno rendimiento y así aprovecharlo al máximo para sacar su madera y ofrecer abundante pasto al ganado. Desde aquellos años del siglo XIX, la superficie del monte no ha hecho más que disminuir a velocidad de vértigo debido a las continuas roturaciones para cultivo. De hecho, siempre se ve alguna gran oruga realizando ese tipo de labor.

Juntos y diferentes

Y son especialmente hermosos, tal vez lo son más ahora que están desnudos y se aprecian mejor sus retorcidas ramas dibujándose, doradas por el sol, contra el cielo azul. No acabo de entender cómo la mayoría de los mortales considera más bella una escultura de las que hoy inundan las calles de nuestras ciudades y algunos museos modernos que estos robles, no esculpidos por ninguna mano humana.

Cerca de Villabrágima

El trayecto entre robles se completó con una visita a la Casa del Fuerte, en un picón entre el Bajoz y los Aguachales; posee una buena vista sobre el valle. Pero también bajamos hasta Villabrágima, ya en Tierra de Campos, por el cerro de la Bayesta, para subir por el monte Morejón.

Valle del Bajoz

Fresca y agradable excursión por los territorios de la Santa Espina. Aquí podéis ver el trayecto seguido.

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El Roble

10 julio, 2018

(Viene de la entrada anterior)

A Peral de Arlanza llegamos después de cruzar este río por un magnífico puente de piedra bajo el que pasan las aguas soltando espuma espuma debido a las piedras depositadas en este tramo, de poca profundidad.

Camino de subida

Pero si hasta aquí todo había sido coser y cantar, debido a la agradable temperatura, la sombra de la ribera del río Franco y -más o menos- cuesta abajo, ahora empezaba lo bueno, ahora nos íbamos a enterar. Y es que no podíamos acudir al estribillo de aquella jota y esperar a la luna:

con la luna madre,
con la luna iré,
con el sol no puedo
que me quemaré

pues había que volver. De manera que, después de aprovisionarnos de pan y agua, iniciamos la vuelta siguiendo la suave cuesta arriba del arroyo del Monte. Buen camino y buenas fuentes: Fontrana, Valderos, Frontaura, todas con sus pequeñas alamedas y su abundante verdura. De momento, no íbamos mal. Además, las laderas de los páramos no se mostraban ásperas y resecas, sino revestidas de robles y enebros y todo tipo de matas verdes.

Por el arroyo del Monte

Así llegamos al ras del páramo. Bueno, aquí el páramo no es una rasante clara, pues abundan suaves elevaciones y hoyas. Pero estábamos arriba, en la zona denominada los Lanchares, tal vez por la abundancia de piedra caliza suelta, de tamaño pequeño. Tomamos la cañada de Montemayor para dejarla enseguida y cruzar la cabecera de un valle con unas antiguas corraladas en las que hermoseaban flores cerrateñas. De ahí pasamos a otro valle -de San Vicente- en el que descubrimos los restos de una fuente seca. Bajamos hasta el valle de la Cuesta y ¡de nuevo a subir!

Restos e antiguos corrales

Más corrales -los de Valdesturianos– y cuando llegamos de nuevo a lo alto del páramo, con el sol en el cenit pegando fuerte, ¡¡oh, el Roble!! Efectivamente, ahí estaba, solitario, con su tronco enorme, con su tronco hueco, todavía enhiesto, todavía fuerte, como un viejo guerrero herido en mil batallas, con ramas desgajadas, ligeramente mocho, pero ahí estaba como una atalaya viva, dominando sobre todos y sobre todo. Y, de repente, al allegarnos a él se mostró como un buen padre, acogedor, hospitalario, que nos mostró su sombra para protegernos del fortísimo sol de mediodía. El Roble, el viejo roble, había sido nuestro oasis en el desierto castellano de sol abrasador. Pudimos comer, beber, descansar. Reponernos. Reencontrarnos. Contemplar el siempre hermoso paisaje cerrateño bajo su visera protectora: valles, cereal, cerrales, las bodegas de Cobos al fondo… Estábamos salvados.

En el ras

Tras el respiro concedido por el Roble, volvemos a ponernos en marcha. A pesar del calor, el Cerrato sigue verde. No hay un campo de cebada que esté ya maduro, aunque algunos corros poseen esa tonalidad dorada. Pero todas las espigas de trigo están verdes, con ese verde oscuro típico del trigo. También hay algunos campos de avena y centeno, así como de forrajeras. Y las flores campean en lindes, caminos y perdidos. El campo nos dice que está aun en primavera aunque el calendario señale ya los comienzos del verano.

El Cerrato, aquí es un paisaje sin nadie. Sólo un alma nos ha saludado en todo el trayecto. Estáis locos, además, nos ha dicho. Antaño hubo pastores y rebaños, a juzgar por los grandes corrales que hemos contemplado. Pero hoy, nadie. Seguramente dentro de unos días esto se llene de agricultores cosechando. Tal vez. Pero ahora no, nadie lo habita, nadie lo trabaja. Sólo corzos y liebres en la tierra y algunos milanos en el cielo. ¡Qué contraste con las ciudades!

Valfrío

Cruzamos por algunas ondulaciones del páramo, dejamos pequeñas manchas de monte de roble, y nos acercamos a los corrales de Valfrío. Son tan inmensos que no los recorremos del todo. Debió tratarse de un verdadero centro pastoril.

Más tarde vemos al oeste el torreón que bien conocemos por excursiones anteriores y, justo en los corrales de Magialengua con su charca pastoril -que igualmente conocemos bien- giramos hacia el este. Nos esforzamos por no perder un camino que ha sido arado y cortado en algunos puntos y vamos pensando en el fin de este trayecto que se nos empieza a hace un poquito largo. Menos mal que desde el alto de la Cabeza se suceden toboganes cuyo resultado final es más cuesta abajo que cuesta arriba. La Cotarra nos dice que estamos muy cerca de nuestro destino.

Fuente de Frades

Pero antes de llegar hay un vergel que nos acoge para un último descanso: se trata de la alameda y fuente de Frades, con su largo abrevadero y su laguna. ¡Qué agua tan fresca: resucita a un muerto y a un ciclista agotado! Unas pocas pedaladas más y entramos en Villfruela. Hemos rodado casi 80 km. Y los 40 últimos han costado un poquitín, qu eno eran cuesta abajo…

Última enfilada

Buenas noticias para el roble de Robladilo

13 octubre, 2017

De El Norte de Castilla del pasado miércoles

En este blog puedes ver El roble de Robladillo

Y no sabía que, en medio del páramo de los Torozos, una noche del pasado agosto, los pueblos de Castrodeza, Villán, Robladillo y Velliza se reunieron bajo la luz de la luna llena. No deja de ser curioso.

Y de Ampudia a Valladolid (Atravesando Torozos, II)

25 mayo, 2015
Prados, robles, gigantes

Prados, robles, gigantes

(Viene de la entrada anterior)

Como Ampudia se asienta en la ladera, la cuesta hasta llegar al páramo no fue muy dura. Atrás quedaba, definitivamente, el mar de Campos con la torre en punta de la colegiata emergiendo de la superficie.

¡Mucho ha cambiado la paramera! Ahora está sembrada de un ejército de gigantes con lanzas giratorias en ristre; antes, las hileras de encinas y robles limitaban los rectangulares campos de cereal. Ahora, la repoblación forestal ha llenado buena parte del páramo de pinos carrasqueños; antes abundaban los majuelos, pues pudimos descubrir los restos de algún guardaviñas rodeado de almendros en medio del pinar.

Campo de trigo

Campo de trigo

En todo caso, todavía quedan abundantes manchas de monte de encina y roble, y tanto esa superficie como la que estuvo dedicada a cereal, se encontraban salpicadas de hierba más o menos alta adornada de multitud de flores. Un fiesta natural, vamos. Hasta animaba a pedalear. Por el monte, distinguimos también algunos chopos y álamos que señalaban la existencia de aguas subterráneas que estaban aprovechadas por pozos con sus respectivos abrevaderos.

Pozo de La Mudarra

Pozo de La Mudarra

Estábamos en el páramo esencial, ese enorme plano de dos mil kilómetros cuadrados que se extiende entre los ríos Sequillo, Carrión, Pisuerga y Duero, o de Palencia a Tordesillas y de Valladolid a Medina de Rioseco. Antes habíamos surcado también el páramo accidental, o sea, los valles y vallejos –con sus motas, cerros y alcores- esculpidos por las aguas sobre los sedimentos de un viejo mar interior.

Finalmente, en vez de salir a la Barranca o a las casas de la Mesa, salimos a la carretera de Cigales a Valoria del Alcor, lo que nos permitió observar algunos viejos pozos: el Nabujil –frente al caserío de Megeces-, el de La Mudarra o el de Canillas. Todos tenían agua (y pájaros que salían asustados). De la carretera nos fuimos hasta lo que queda de las casas de Ángel Benito, metidas ya en el monte de Mucientes, pero antes pasamos a saludar a un viejo roble, amigo de hace muchos años, entre la carretera y el monte. Comprobamos que sigue vivo, con ramas cortas, pocas hojas y el grueso tronco hueco y abierto por algunas heridas. Ya tiene varias centenas de primaveras. ¡Que siga muchas más!

Cerca de Mucientes

Cerca de Mucientes

Y dejándonos caer llegamos, entre viñas y almendros, a Mucientes. Aun nos quedaba la ermita de la Virgen de la Vega, Tras de Lanzas, majuelos, subidas y bajadas, la fuente de San Pedro, el Berrocal y el Canal. Y de la Dársena, cada mochuelo a su olivo. Dependiendo del los respectivos olivos, nos hicimos 83, 91 o 97 km. Alguno acabó muy cansado, otros no tanto. ¡Hasta la próxima!

El viejo roble

El viejo roble

El roble de Robladillo

19 abril, 2011

Bueno, realmente se le conoce en el pueblo como la Atalaya, y es el único roble de este porte que queda en un término municipal que precisamente se llama Robladillo, enclavado en un repliegue del páramo de los Torozos. La Atalaya  destaca solitaria gracias a su buen tamaño y a que está en la ladera del páramo, junto a una cañada que sube en dirección a Castrodeza y al Rebollar. Antaño, esta zona se conocía como el Monte, de abundantes robles, pero lo roturaron y solo nos queda este testigo. Otro más pequeño lo descubrimos en la zona del teso del Pinar, y pare usted de contar. Incluso en el Rebollar, perteneciente al término municipal de Valladolid –donde está el polideportivo de cazadores- tampoco queda ninguno, a pesar del nombre.

En todo caso, visitar Robladillo y dar un paseo por sus alrededores siempre es agradable. Y ahora mas, que está todo verde gracias a las lluvias y al buen tiempo.

En la localidad podemos visitar la llamativa entrada de los Tres Arcos (o edificio en forma de triple puerta pero que nunca ha estado cerrado, según explica J.J. Martín González), una vieja fuente que surge bajo una casa y que ahora está medio tapada debido al alto contenido en arsénico, las coquetas y arregladas casas del pueblo, y la pequeña y agradable iglesia con espadaña, pórtico columnario, crucero, escaleras en la pared de la cabecera, y una simpática ventanita geminada.

Y junto a la carretera de Ciguñuela, ya en el enclave del Rebollar veremos una curiosa edificación pastoril: un pozo-aljibe con abrevadero que recoge también aguas de escorrentía, bajo un chozo cilíndrico con buenos muros de mampostería.

Frutos de otoño

1 noviembre, 2009

Endrinas

El otoño es un tiempo distinto y especial. Los colores poseen un brillo peculiar, pues el sol ya no tiene la fuerza deslumbrante del verano y pone cada color en su tono perfecto. Además, aparecen los amarillos, casi dorados, en los árboles, y esa tonalidad de rojo, o azulado, o verde en muchos frutos. Es una pena que este otoño -ya mediado- no nos haya traído la otoñada, con su hierba nueva y sus hongos…

Pero sigue siendo la estación por excelencia para recoger frutos. Lo vemos con claridad en las salidas en bici de estos días. Uno de los primeros frutos, riquísimos, son las zarzamoras, que encontramos en los zarzales de riberas y otros lugares húmedos. Pero hay que esperar a tomar las moras más negras, pues las rojas no están dulces todavía. No obstante, a estas alturas del otoño ya casi no quedan zarzamoras, pues se dan sobre todo a finales del verano y comienzos del otoño.

Las endrinas, de un azul casi negro, permanecerán en el arbusto hasta finales de la estación. Con ellas se elabora el pacharán o licor de endrinas. Las podemos coger en casi toda la provincia: Tierra de Campos, Torozos, Medina, pues se encuentran a modo de barreras en los límites de las tierras de labor con montes o caminos.

Majuelas

Dentro del género que llamábamos tapaculos de nuestra niñez, tenemos un montón de frutos globosos de color rojo. Uno de ellos es el del rosal silvestre. Otro, las majuelas del majuelo, comestibles si están muy maduras. Según los entendidos, poseen un altísimo contenido de vitamina C. Los dos adornan los caminos de otoño, especialmente cuando brillan al sol.

Almendrucos

Ahora hay que aprovechar también para comer almendrucos, pues los almendros son muy abundantes en nuestra provincia. Antaño, las viñas, huertas, josas y muchos caminos estaban adornados con estos árboles. Debido a su fortaleza -sólo necesitan un clima templado y terreno seco- hoy todavía adornan nuestro paisaje.Y nadie nos va a impedir darnos una buena merienda de almendrucos. Pero ¡cuidado! que también hay muchos amargos, que fueron utilizados para especialidades farmacéuticas.

Acerolas
Otros árboles frutales menos abundantes son los nogales, los membrillos, las higueras, o los acerolos, plantados desde hace años en nuestra provincia en muchas huertas y ciertos caminos. Y también podemos encontrar algunas parras asilvestradas -hemos visto más de un viejo majuelo en tierras hoy de pinar- que siguen dando uvas dulces a pesar de los pesares. O buscar -al modo de aquellas espigadoras- rampojos una vez finalizada la vendimia.

Ya maduras, empiezan a caerse de encinas y robles las bellotas, perfectamente comestibles a pesar de su fuerte sabor a madera. Aunque mejor las saborearemos bien asadas.

Bellotas de roble

Estos son algunos de los frutos sabrosos que nos encontramos en nuestros paseos otoñales. Los frutos de otros árboles o arbustos -cornejo, aligustre,torvisco, enebro…- estarán adornando campos y caminos e incluso algunos, como los de la escoba y la retama nos alegraran el oído con sus agradables sonajeros.