Posts Tagged ‘Robles’

Robles desnudos y un molino al que se le arrebató su río

7 abril, 2019

Ya vimos algunos robles en la última entrada, pero nos han atraído de nuevo, pues tienen algo de mágico y misterioso…

Si paseamos estos días por el monte de las Liebres, en Valdenebro, veremos que estos árboles parecen observarnos o, al menos, trasmitirnos cierta inquietud, algo distinto de lo que nos trasmiten otros árboles como los pinos o los chopos, que son como mas amables y serenos. Los quejigos son distintos y además, vistos ahora, desnudos, no hay dos iguales.

Todos tienen una corteza parda, de color grisáceo, con abundantes manchas anaranjadas que brillan elegantes al sol, producidas por un liquen. Si bien los troncos son fuertes y erectos, las ramas con frecuencia surgen en las direcciones más variadas e insólitas, se retuercen y a la la vez que se dividen y multiplican, van afinándose hasta desaparecer. Los nudos, de los que a veces surgen varias ramas a la vez contribuyen a darle ese aspecto de árbol viejo. Conforme pedaleamos por el camino viejo de Valdenebro a Valladolid, los robles nos van saludando a la par que nosotros nos vamos asombrando de sus correspondientes figuras, por lo ya dicho. Unos son más esbeltos, otro más corpulentos; otros nudosos y retorcidos mientras que los hay ligeros u con casi todas las ramas hacia arriba; unos viejos, otros más jóvenes; la mayoría han perdido todas las hojas, pero alguno todavía no las ha tirado… Parece un bosque un tanto lúgubre y tenebroso, a pesar de que el sol brilla en lo alto. Además, el suelo está de un amarillo mortecino.

Al final, el camino se abre a la luz casi cegadora y surge, abajo y al fondo, entre sembrados, la silueta de la iglesia de Valdenebro recortada sobre el Moclín. El camino también acaba aquí, cortado secamente por la carretera.

Volvimos hacia atrás, para seguir disfrutando de este bosque donde es difícil cansarse o aburrirse, así que de nuevo disfrutamos de otros viejos robles, de un pozo en un claro, de los linderos, de la piedra caliza de los caminos a flor de piel, de la piel del suelo y… nos alejamos por la carretera de Villalba, girando hacia Montealegre, hasta tomar el viejo camino de La Mudarra, bien protegido en la última parte por muretes de piedra y almendros. De vez en cuando, las ruinas de alguna caseta de antiguos viñedos.

Hasta que al fondo se abrió, el impresionante castillo de Montealgre, recortado por el cielo de Tierra de Campos. Rodeamos el cotarro donde se asienta el pueblo y nos acercamos a refrescarnos en la fuente Lluviel, manantial más bien.

Bodegas, cruces, palomares. Un poquito más y hubiéramos llegado a la ermita de la Virgen de Serosas, al fondo, pero nos fuimos, casi con el río, hacia el norte. Viendo en un mapa viejo el lugar donde trabajó el molino de la Serna, nos acercamos. Allí estaba, si bien sólo quedaba un trozo de pared en pie y un montón de piedras. Y una hermosa vista de Montealegre con su castillo e iglesias. Por aquí pasó el río Anguijón. Se nota porque la cebada crece más verde y alta, a lo largo como de un sinuoso reguero. Ahora se han llevado el río para convertirlo en un cauce rectilíneo. Cosas de los modernos ingenieros.

Un poco más y llegamos a Meneses, donde nos esperaban a la hora de comer con una paella y buen vino.

El trayecto –aquí lo tenéis- lo iniciamos en La Mudarra. Al poco de salir del mismo, nos encontramos con una buena cantera que explota la capa de caliza que hay en el páramo a ras de suelo. Y enseguida pasamos por un pinar en el que se levantaban, bien enhiestos, algunos cipreses. El pinar sigue avanzando sobre el monte de robles; en Las Liebres hay abundantes plantaciones de pimpollos, además de pinares creciditos.

Montealegre desde los restos del molino

El monte de la Raya

1 abril, 2019

Aquí estuvo el monte de Corcos

En el páramo de los Torozos hubo un monte tan extenso como el páramo mismo. Luego vinieron roturaciones y más roturaciones, de manera que en los siglos XIX y XX se avanzó tanto en ellas que sólo quedaron algunas manchas -unas grandes, pequeñas otras- de monte. Hoy día han nacido enormes molinos en los términos de Ampudia, Castromonte y San Lorenzo. A la vez, casi milagrosamente, algunas vías pecuarias que atravesaban el monte se han conservado y por eso se mantiene en ellas el monte. Es el caso de la vereda de la raya entre Corcos y Ampudia: entre sus márgenes vemos robles de tamaño mediano, encinas y matas de ambas especies, además de la típica flora de los Torozos. Eso sí, no tiene más de 40 o 25 metros, según las zonas. Y ya no tiene conexión con otras vías pecuarias, que han sido reducidas a la anchura de un estrecho camino. Pero algo es algo. Entre las tierras de labor de Corcos y los molinos de Ampudia se mantiene a duras penas.

En la raya

Como siempre, llegar hasta aquí, en medio de ambas provincias, perdidos en el páramo, merece la pena. Claro que con los generadores a todo meter no estamos tan perdidos. Son como fábricas aéreas de electricidad. En cualquier momento pueden pasar cerca los vehículos de vigilancia o de mantenimiento del parque.

Hemos llegado por la antigua cañada leonesa (sí por aquí cruzaron las merinas de la Mesta y hasta mediados del s. XX, de otros propietarios; hoy no es más que un camino) y nos hemos entretenido en la ruinas de la casa de Villegas, escondidas en el monte de encina.

Linde con endrinos

Y hemos vuelto por el monte de la Mesa, parando junto al pozo -en una hoya- del monte de Corcos, en cuyos sembrados al menos se han respetado enormes robles. También nos hemos detenido en las ruinas de la Casilla de los Corrales: una verdadera pena, pues es -era- una de los poquísimos chozos de pastor en nuestra provincia de planta rectangular y techo en bóveda. A su lado, amplios corrales y un roble enorme y sin hojas todavía, como un gran fantasma esquelético.

Antes, para empezar, nos dimos una vuelta entre las viñas de Cigales y Corcos. Pocos almendros conservaban su flor si bien los endrinos de las lindes les habían tomado el relevo, vestidos de un blanco exuberante; los grillos ya cantaban en las laderas soleadas y una amapola escandalosamente roja -por el contraste con el fondo- se había abierto al abrigaño de una bodega corqueña. Aquí podéis ver el trayecto.

Los Torozos a trozos

30 mayo, 2017

Excursión perfecta para conocer los paisajes de este páramo, planicie elevada unos 140  metros sobre los valles del Carrión, Pisuerga y Sequillo. Es curioso el contraste, pues se trata de un espacio de terreno sin casi habitantes, donde no alcanzamos a divisar poblaciones, sólo algunos caseríos o casas aisladas. Sin embargo, donde todo debiera ser extensión amplia y sin límites, nos encontramos con continuas cercas y vallados que convierten el campo en un entramado de polígonos sonde se protege la propiedad privada. Es como un paraíso echado a perder por los míos y los tuyos, de que hablara don Quijote en el capítulo XI de la Novela.

Cultivo con encinas de fondo

Pero, a pesar de la acción humana, conserva su serena belleza. Veremos rodales de monte, monte alto y monte bajo, grandes encinas, enormes atalayas de roble, algunos pinos, prados de buena hierba, hileras de almendros en caminos, bajos cercados de piedra, algún chozo de pastor, enormes pedazos de caliza robados al subsuelo del páramo para señalar propiedades, antiguas y modernas alambradas, demasiados terrenos ganados al monte para cultivo, canteras, cañadas –derechos ganaderos de paso-, caminos de origen medieval… y mucho más. Y en medio, como un símbolo, la moderna cárcel de Valladolid, que nos recuerda lo que hacemos los humanos con el bien y la belleza que hay en este mundo. Por no hablar de fosas comunes.

Pues nada, vayamos a ello. Punto de partida: Fuensaldaña, desde donde subimos al páramo por el camino de Villalba, que nos muestra a la derecha el cerro de las bodegas. Empezamos la clase de paramología aprendiendo lo que es un barco o valle corto y profundo en las estribaciones del páramo. A nuestra izquierda atisbamos a ver otro, un poco más largo, el de Valdoncil.

Camino hacia las Cortas de Blas

Ahora nos encontramos en lo alto. Miremos hacia donde miremos, nada supera la línea del horizonte, no hay árboles y las pocas naves se confunden con esta línea. Y es que la mayor parte del monte fue arrasado en el siglo XIX en aras del progreso (en este caso del agrícola). La primavera, muy tardía, está en todo su esplendor. Por fin podemos disfrutar del campo esmaltado de margaritas y moteado de amapolas. Menos mal que la espera ha dado frutos. Cinco kilómetros de recta nos conducen hasta un picón de monte; es, sobre todo, monte bajo de carrascas con alguna encina corpulenta que no destaca demasiado. El camino de Villalba parece desaparecer pero no lo acaba de conseguir pues, aunque se ha intentado cultivar, el firme y las roderas no han desaparecido del todo y continuamos por él. El monte está protegido, bueno, señalado más bien, por esas enormes piedras calizas arrancadas de la superficie con algún tipo de máquina. Es una auténtica moheda, imposible de atravesar salvo que sigamos los senderos abiertos por los monteros…

Ejemplar de roble

Puede decirse que estamos en medio del páramo de los Torozos lugar perdido y sin almas, apto sólo para los caballeros andantes que resisten en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos… Y es que, hasta en nuestra literatura clásica el páramo es duro y solitario

Ahora el camino –que reaparece con restos de buen empedrado- nos lleva por campo abierto dedicado a cultivo. Otro poco más de monte, con vallas electrificadas que impiden la salida del ganado, y nos presentamos en las Cortas de Blas.

Tierra roja en la Mata Alta

La siguiente visita es al monte de la Mata Alta, de pino, encina y roble. Antaño cruzaba por aquí el camino de Montealegre a Valladolid. El suelo está cubierto de maleza al principio, pero luego emerge su primigenio color rojo salpicado de bogales. Lo mejor es su extremo occidental, en el que vemos grandes ejemplares de roble quejigo, sobre todo en el campo limítrofe.

Salimos de nuevo a la carretera para rodar por la zona de Roblealto. Aquí el monte no es cerrado, abundan los claros cultivados y las hileras de encina que separan como en retazos la tierras de labor. Tras una carrasca olivada que está a poco más de 5 metros, me siento observado por alguien o algo. Me fijo y descubro un jabalí que, efectivamente, no me pierde ojo y a su lado otro más pequeño. Sigo mi camino y se olvida de mí. Tal vez estaba vigilándome por si acaso molestaba a la cría. Ahora me explico mejor la sensación que antaño producía cruzar estos montes, temidos a causa de los bandoleros que los habitaban. En fin, acabo saliendo a la casa del Encinar, que me muestra sus cuadras y la espadaña de una ermita, ya en la carretera de Mucientes a Villalba.

Monte abierto

El siguiente tramo lo hago por la cañada que viene de Palencia y se dirige a Fuenteungrillo, despoblado que fue descansadero de merinas. Coincide con la carretera de Peñaflor hasta que ésta toma su propio rumbo. Mantiene cierta anchura y cruza campos de cereal con algún trozo de monte de encina. Bordea la alambrada del Carrascal pero yo tuerzo siguiendo los límites de esta finca y dejando la cañada de Fuenteungrillo. Me voy acercando a un zorro enorme que no me ha descubierto. Cuando lo hace sube la cerca de alambre como si tuviera cómodas escaleras y desaparece. Por cierto, es el cuarto zorro que veo hoy y aun me queda otro.

Cereal con encinas y amapolas

Ahora bordeo otro monte, dedicado a cantera para arrancar piedra caliza del Plioceno, hasta que llego a la casa de Navillas siguiendo la línea ideal de un antiguo camino que discurre junto a una cerca. La casa está en ruina –debió ser potente y señorial a juzgar por los restos en piedra- y  de un establo surge una lechuza blanca. Por cierto, que por esta zona abundan los topónimos de nava, como es el caso. Hemos pasado por Navafría –al lado del Carrascal-, la cantera está en Navaflor, hacia La Mudarra se extiende Navabuena, luego cruzaremos junto a Navacerros, antes de llegar a la cárcel… Es posible que muchas se cubrieran de agua antaño, si llovía mucho; como no se regaba tanto como ahora… Y, si te fijas, verás que el páramo no es perfectamente plano, sino que con frecuencia tiene ligeras hondonadas o navas. (Seguimos con la paramología).

En la cañada de Fuenteungrillo

Sigo hasta la casa de la Venta, ya en la carretera, donde pongo rumbo a Fuensaldaña. Algún zigzag por un camino que –luego lo veo, ya de salida- debe tener el cartel de prohibido. Y, por fin, una recta de 7,5 km pasando cerca de la cárcel y de la curva de la autovía. Para hacer  la llegada, el último camino que he tomado se pierde en el nacimiento del arroyo Pozo Moza, que baja hacia Fuensaldaña, de manera que lo cruzo a campo traviesa hasta que enlazo con otro que viene de Villanubla y bordea Cuesta Redonda. Fin.

Valdenebro: almendros florecidos y robles invernales

23 marzo, 2017

Cuando florecen los almendros es bueno darse una vuelta por Valdenebro de los Valles, pues encontraremos innumerables hileras de estos árboles que antaño separaron majuelos y otras propiedades.  Ya conocemos Mirabel, La Picotera o el Mediano. El sábado día 18 de marzo estos almendros del páramo se encontraban estallando en flor, si bien algunos ya apuntaban las primeras hojas. Por eso, el próximo fin de semana ya habrá muchos menos florecidos. Los vimos de todos los tipos: más o menos grandes y otros que se han quedado casi raquíticos debido a que el páramo pedregoso en el que se asienta Mirabel no da para demasiadas alegrías. Algunos bien cuidados, sin embargo a otros nunca se les ha olivado. Unos de flor blanca, otros ligeramente rosáceos. Unos con la corteza negra como el carbón… Pero todos fomando parte de su correspondiente hilera que, con el murete de piedra caliza, sirvió en otras épocas para señalar campos.

Y como cerca de Valdenebro tenemos el monte de las Liebres, disfrutaremos con los robles que, estos sí, se dejan ver aun con su aspecto plenamente invernal, ya que empezarán a vestirse con las primeras hojas cuando la primavera esté mediada o incluso más tarde. La verdad es que resulta poético y relajante contemplar ahora este árbol cuyo potente tronco se va deshaciendo en mil ramas que progresivamente adelgazan hasta desaparaecer.

Por si fuera poco, en esta corta excursión desde La Mudarra, pasamos por diversas canteras de caliza, alguna en explotación; por distintos pozos con su abrevaderos –uno en la cañada Leonesa-; por corrales que no conocíamos, uno de ellos, justo en la raya entre La Mudarra y Valdenebro, de buen tamaño, con muros llamativamente anchos y de grandes piedras perfectamente colocadas.

Desde los bordes del páramo, se dejaba ver la Tierra de Campos, ahora de un color tierno y verde.

Y una constatación: ha desaparecido la fuente del Prado, cerca de Valdebro, que se encontraba en un precioso lugar, cabecera de un vallejo. ¿O tal vez está completamente tapada por la maleza? Un poco más debajo de la fuente, en la linde misma del monte Sardonedo, vimos una cruz de mármol, nueva: ¿qué señala o recuerda?

Aquí tenéis el recorrido, unos 33 km

Fuente Salino y los robles de Valdelaguna

8 julio, 2016

Monte Alto 2016(1)A pesar de estar a dos de julio y comenzar la excursión a medio día, soplaba una brisa del norte que nos hizo olvidar el calor. Incluso, ya de vuelta, nos pegamos un baño en la pesquera de Valbuena que nos dejó el cuerpo demasiado fresco.

Salimos de Valbuena de Duero para tomar el arroyo del Valle. Antes, pasamos por las bodegas y sobre el dintel de una construcción pudimos leer lo siguiente: LAGAR DE DOMINGO MORAL / LE HIZO A LOS 81 AÑOS DE EDAD / EL AÑO 1900. Ya se ve que por aquí todo lo relacionado con el vino se hacía, y sigue haciendo, a conciencia. Dentro, todavía pueden verse los restos. Al lado, la casa del guarda del Canal cuenta con un pequeño y agradable huerto-jardín. Sobrepasando las bodegas vemos un manantial y enseguida dos chopos que señalan la entrada del Valle.

2 julio 010-001

La entrada al Valle

Este valle es el Valle, es pasar a otro mundo muy distinto de la vega y ribera del Duero y del páramo. En su fondo madura todavía el trigo, con su característico verde azulado. En algunas zonas más altas, crece la cebada, ya totalmente seca y preparada para la siega. El resto -las laderas- es monte de roble, encina, sabina y pino carrasco. También vemos enormes piedras calizas que sobresalen a media ladera. Todo está por aquí verde y florido, como si la primavera no se hubiera ido aun. Como novedad, han colocado una mesa para merendar junto al Manantial del Valle.

Empinada cuesta desde la Granja del Queso

Empinada cuesta desde la Granja del Queso

Lo peor es que al llegar a la Granja del Queso tuvimos que subir en dirección sur por la empinada cuesta porque el camino del Valle estaba por completo intransitable, cubierto de hierbas y maleza que levantaban más de un metro. Todo debido a la primavera lluviosa. Pero por arriba el paisaje tampoco estaba mal. Aparte de que hicimos alguna asomada al Valle, el monte estaba aun verdiamarillo, y enseguida alcanzamos, dejándolo de lado,  la zona verde de majuelos de Pesquera.

Fuente Salino

Fuente Salino

En la cabecera del Valle nos esperaba una grata sorpresa: Fuente Salino (o Sarino), construida en buena piedra caliza y ahora cubierta de maleza casi por completo. Allí, no lejos de las ruinas de una construcción –Casa Salino- de piedra y barro, seguía viva, ofreciendo un fresco hilo de agua que pudimos degustar: nacía en el recio frontis, que suponemos pared del arca, y por un canalillo llegaba a un pilón cuadrado que llenaba y de cuyo líquido se aprovechaban renacuajos. A continuación, un abrevadero más moderno, también cubierto de maleza.

El Roble y la bici

El Roble y la bici

Y de aquí pasamos a la Granja La Corredera, que hervía en actividad cosechera. Preguntamos por el roble más grande y hermoso y nos dirigieron a uno que realmente nos impresionó. A la vera del camino que lleva al barco de Valdelaguna, en el límite del monte, se dejó ver. ¿Cuántos siglos llevaría esperándonos? ¿Tal vez algún milenio? No lo sé, pero ahí estaba, tan silencioso como expresivo. Es un roble mocho, pero sobre sus muñones salieron nuevas ramas, ya envejecidas por los siglos y abiertas tanto por el tiempo que pasa como por el atmosférico, (duros los dos, y más cuando se juntan). De una anchura enorme y de una altura limitada por antiguas podas. A juzgar por los restos de musgo –ahora seco- tiene que cambiar de aspecto en invierno. Subimos hasta donde se produce la primera división del tronco en cuatros grandes ramas y allí tuvimos la sensación de estar bien protegidos por este viejo quejigo, arropados entre los pliegues de su corteza, verdadera piel, como si realmente estuviéramos en su áspera y callosa mano o en sus brazos, fuertes pero tiernos. Recuerda a esas hayas y robles típicos de la alta montaña; muy pocos hay semejantes a él en nuestras llanuras…

¡Buen tronco!

¡Buen tronco! (Javiloby)

Nos alejamos de él con una sensación única, tal vez porque era el representante vivo de algo que ya ha pasado de manera irremediable, y que no volverá. Y es que quizás hemos estado en los brazos del ser vivo más viejo de nuestra provincia. Ahí es nada. Por nuestra parte, lo agradecemos a la par que deseamos largos siglos ¿por qué no milenios? al viejo quejigo.

Viejo y maltratado

Viejo y maltratado

Grata sorpresa, sí, pero no la única. Pudimos ver otros tres robles hermanos de éste de porte similar –viejos, viejos- pero no mayor. El primero también junto al camino, en el mismo bosque. Parece que lo han intentado incluso quemar, pues tenía un agujero ennegrecido en el tronco a la altura del suelo –una verdadera cueva- y otro hueco, como una amplia hornacina, a metro y medio de altura. Vimos otro semejante y, finalmente, otro más en medio de una tierra en barbecho.

Dejamos aquí la narración, pero aun quedan más sorpresas en Valdelaguna que dejamos para la próxima entrada.

Entre sus "dedos"

Entre sus “dedos”

Robles solitarios

2 julio, 2016

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Hay demasiados pinos en nuestros alrededores. También abundan las encinas. De otras especies –álamos, chopos, fresnos, sauces…- están bien adornadas las riberas de nuestros ríos. Pero los robles solemos encontrarlos solos, aislados. Incluso los poquísimos bosques de robles de la provincia nos han llegado muy aclarados. Tal vez por eso tienen un aire especial, majestuoso en los sobrios páramos castellanos; misterioso en su soledad; aparece perfecto pues se le contempla exento, sin acompañamiento que nos distraigan al mirarle; poético entre la tierra y el cielo…

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El roble vallisoletano es el roble quejigo, Quercus faginea, que contrasta con las encinas porque suele ser más esbelto, con hojas más claras y suaves en verano, que pierde avanzado el invierno. Sus bellotas son rojizas con escabullo de escamas tomentosas. Aunque forma bosques, éstos ha sido diezmado a lo largo de los siglos, si bien todavía podemos acercarnos a Las Liebres, en  Valdenebro, a los montes de San Martín de Valvení o al Monte Alto de Pesquera de Duero. Desgraciadamente los bosques de roble de la Santa Espina hoy son más bien de matas de roble.

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Y robles aislados nos quedan en el páramo de los Torozos, hacia Mucientes, Corcos y Quintanilla de Trigueros. Robladillo fue, sin duda, un robledal; hoy quedan dos o tres ejemplares. También abundan en los páramos del Esgueva, Jaramiel y Duero. A veces los vemos en medio de un campo de cultivo, como indultados por el agricultor.

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Un roble solitario en el páramo es un refugio para la fauna, pues en él muchas aves podrán hacer su nido. Y, para nosotros los excursionistas, es una referencia en la llanura, además de ser el contrapunto más o menos vertical –distinto, al menos- a la horizontal paramera. Su hojas más bajas son ramoneadas por ovejas y corzos.

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El roble cambia de color a lo largo del año. Es tierno amarillento en primavera, verde en verano, amarillo oscuro en otoño y principios del invierno, hasta que pierde las hojas. Además, nos ofrece sus originales gallaras, que se utilizaban como curtiente para pieles y como astringente.

29 abril (45)

Y tiene un porte excelente, siendo referencia de fortaleza, pues ¿a qué se comparan los fuertes?

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