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Los Torozos a trozos

30 mayo, 2017

Excursión perfecta para conocer los paisajes de este páramo, planicie elevada unos 140  metros sobre los valles del Carrión, Pisuerga y Sequillo. Es curioso el contraste, pues se trata de un espacio de terreno sin casi habitantes, donde no alcanzamos a divisar poblaciones, sólo algunos caseríos o casas aisladas. Sin embargo, donde todo debiera ser extensión amplia y sin límites, nos encontramos con continuas cercas y vallados que convierten el campo en un entramado de polígonos sonde se protege la propiedad privada. Es como un paraíso echado a perder por los míos y los tuyos, de que hablara don Quijote en el capítulo XI de la Novela.

Cultivo con encinas de fondo

Pero, a pesar de la acción humana, conserva su serena belleza. Veremos rodales de monte, monte alto y monte bajo, grandes encinas, enormes atalayas de roble, algunos pinos, prados de buena hierba, hileras de almendros en caminos, bajos cercados de piedra, algún chozo de pastor, enormes pedazos de caliza robados al subsuelo del páramo para señalar propiedades, antiguas y modernas alambradas, demasiados terrenos ganados al monte para cultivo, canteras, cañadas –derechos ganaderos de paso-, caminos de origen medieval… y mucho más. Y en medio, como un símbolo, la moderna cárcel de Valladolid, que nos recuerda lo que hacemos los humanos con el bien y la belleza que hay en este mundo. Por no hablar de fosas comunes.

Pues nada, vayamos a ello. Punto de partida: Fuensaldaña, desde donde subimos al páramo por el camino de Villalba, que nos muestra a la derecha el cerro de las bodegas. Empezamos la clase de paramología aprendiendo lo que es un barco o valle corto y profundo en las estribaciones del páramo. A nuestra izquierda atisbamos a ver otro, un poco más largo, el de Valdoncil.

Camino hacia las Cortas de Blas

Ahora nos encontramos en lo alto. Miremos hacia donde miremos, nada supera la línea del horizonte, no hay árboles y las pocas naves se confunden con esta línea. Y es que la mayor parte del monte fue arrasado en el siglo XIX en aras del progreso (en este caso del agrícola). La primavera, muy tardía, está en todo su esplendor. Por fin podemos disfrutar del campo esmaltado de margaritas y moteado de amapolas. Menos mal que la espera ha dado frutos. Cinco kilómetros de recta nos conducen hasta un picón de monte; es, sobre todo, monte bajo de carrascas con alguna encina corpulenta que no destaca demasiado. El camino de Villalba parece desaparecer pero no lo acaba de conseguir pues, aunque se ha intentado cultivar, el firme y las roderas no han desaparecido del todo y continuamos por él. El monte está protegido, bueno, señalado más bien, por esas enormes piedras calizas arrancadas de la superficie con algún tipo de máquina. Es una auténtica moheda, imposible de atravesar salvo que sigamos los senderos abiertos por los monteros…

Ejemplar de roble

Puede decirse que estamos en medio del páramo de los Torozos lugar perdido y sin almas, apto sólo para los caballeros andantes que resisten en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos… Y es que, hasta en nuestra literatura clásica el páramo es duro y solitario

Ahora el camino –que reaparece con restos de buen empedrado- nos lleva por campo abierto dedicado a cultivo. Otro poco más de monte, con vallas electrificadas que impiden la salida del ganado, y nos presentamos en las Cortas de Blas.

Tierra roja en la Mata Alta

La siguiente visita es al monte de la Mata Alta, de pino, encina y roble. Antaño cruzaba por aquí el camino de Montealegre a Valladolid. El suelo está cubierto de maleza al principio, pero luego emerge su primigenio color rojo salpicado de bogales. Lo mejor es su extremo occidental, en el que vemos grandes ejemplares de roble quejigo, sobre todo en el campo limítrofe.

Salimos de nuevo a la carretera para rodar por la zona de Roblealto. Aquí el monte no es cerrado, abundan los claros cultivados y las hileras de encina que separan como en retazos la tierras de labor. Tras una carrasca olivada que está a poco más de 5 metros, me siento observado por alguien o algo. Me fijo y descubro un jabalí que, efectivamente, no me pierde ojo y a su lado otro más pequeño. Sigo mi camino y se olvida de mí. Tal vez estaba vigilándome por si acaso molestaba a la cría. Ahora me explico mejor la sensación que antaño producía cruzar estos montes, temidos a causa de los bandoleros que los habitaban. En fin, acabo saliendo a la casa del Encinar, que me muestra sus cuadras y la espadaña de una ermita, ya en la carretera de Mucientes a Villalba.

Monte abierto

El siguiente tramo lo hago por la cañada que viene de Palencia y se dirige a Fuenteungrillo, despoblado que fue descansadero de merinas. Coincide con la carretera de Peñaflor hasta que ésta toma su propio rumbo. Mantiene cierta anchura y cruza campos de cereal con algún trozo de monte de encina. Bordea la alambrada del Carrascal pero yo tuerzo siguiendo los límites de esta finca y dejando la cañada de Fuenteungrillo. Me voy acercando a un zorro enorme que no me ha descubierto. Cuando lo hace sube la cerca de alambre como si tuviera cómodas escaleras y desaparece. Por cierto, es el cuarto zorro que veo hoy y aun me queda otro.

Cereal con encinas y amapolas

Ahora bordeo otro monte, dedicado a cantera para arrancar piedra caliza del Plioceno, hasta que llego a la casa de Navillas siguiendo la línea ideal de un antiguo camino que discurre junto a una cerca. La casa está en ruina –debió ser potente y señorial a juzgar por los restos en piedra- y  de un establo surge una lechuza blanca. Por cierto, que por esta zona abundan los topónimos de nava, como es el caso. Hemos pasado por Navafría –al lado del Carrascal-, la cantera está en Navaflor, hacia La Mudarra se extiende Navabuena, luego cruzaremos junto a Navacerros, antes de llegar a la cárcel… Es posible que muchas se cubrieran de agua antaño, si llovía mucho; como no se regaba tanto como ahora… Y, si te fijas, verás que el páramo no es perfectamente plano, sino que con frecuencia tiene ligeras hondonadas o navas. (Seguimos con la paramología).

En la cañada de Fuenteungrillo

Sigo hasta la casa de la Venta, ya en la carretera, donde pongo rumbo a Fuensaldaña. Algún zigzag por un camino que –luego lo veo, ya de salida- debe tener el cartel de prohibido. Y, por fin, una recta de 7,5 km pasando cerca de la cárcel y de la curva de la autovía. Para hacer  la llegada, el último camino que he tomado se pierde en el nacimiento del arroyo Pozo Moza, que baja hacia Fuensaldaña, de manera que lo cruzo a campo traviesa hasta que enlazo con otro que viene de Villanubla y bordea Cuesta Redonda. Fin.

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Valdenebro: almendros florecidos y robles invernales

23 marzo, 2017

Cuando florecen los almendros es bueno darse una vuelta por Valdenebro de los Valles, pues encontraremos innumerables hileras de estos árboles que antaño separaron majuelos y otras propiedades.  Ya conocemos Mirabel, La Picotera o el Mediano. El sábado día 18 de marzo estos almendros del páramo se encontraban estallando en flor, si bien algunos ya apuntaban las primeras hojas. Por eso, el próximo fin de semana ya habrá muchos menos florecidos. Los vimos de todos los tipos: más o menos grandes y otros que se han quedado casi raquíticos debido a que el páramo pedregoso en el que se asienta Mirabel no da para demasiadas alegrías. Algunos bien cuidados, sin embargo a otros nunca se les ha olivado. Unos de flor blanca, otros ligeramente rosáceos. Unos con la corteza negra como el carbón… Pero todos fomando parte de su correspondiente hilera que, con el murete de piedra caliza, sirvió en otras épocas para señalar campos.

Y como cerca de Valdenebro tenemos el monte de las Liebres, disfrutaremos con los robles que, estos sí, se dejan ver aun con su aspecto plenamente invernal, ya que empezarán a vestirse con las primeras hojas cuando la primavera esté mediada o incluso más tarde. La verdad es que resulta poético y relajante contemplar ahora este árbol cuyo potente tronco se va deshaciendo en mil ramas que progresivamente adelgazan hasta desaparaecer.

Por si fuera poco, en esta corta excursión desde La Mudarra, pasamos por diversas canteras de caliza, alguna en explotación; por distintos pozos con su abrevaderos –uno en la cañada Leonesa-; por corrales que no conocíamos, uno de ellos, justo en la raya entre La Mudarra y Valdenebro, de buen tamaño, con muros llamativamente anchos y de grandes piedras perfectamente colocadas.

Desde los bordes del páramo, se dejaba ver la Tierra de Campos, ahora de un color tierno y verde.

Y una constatación: ha desaparecido la fuente del Prado, cerca de Valdebro, que se encontraba en un precioso lugar, cabecera de un vallejo. ¿O tal vez está completamente tapada por la maleza? Un poco más debajo de la fuente, en la linde misma del monte Sardonedo, vimos una cruz de mármol, nueva: ¿qué señala o recuerda?

Aquí tenéis el recorrido, unos 33 km

Fuente Salino y los robles de Valdelaguna

8 julio, 2016

Monte Alto 2016(1)A pesar de estar a dos de julio y comenzar la excursión a medio día, soplaba una brisa del norte que nos hizo olvidar el calor. Incluso, ya de vuelta, nos pegamos un baño en la pesquera de Valbuena que nos dejó el cuerpo demasiado fresco.

Salimos de Valbuena de Duero para tomar el arroyo del Valle. Antes, pasamos por las bodegas y sobre el dintel de una construcción pudimos leer lo siguiente: LAGAR DE DOMINGO MORAL / LE HIZO A LOS 81 AÑOS DE EDAD / EL AÑO 1900. Ya se ve que por aquí todo lo relacionado con el vino se hacía, y sigue haciendo, a conciencia. Dentro, todavía pueden verse los restos. Al lado, la casa del guarda del Canal cuenta con un pequeño y agradable huerto-jardín. Sobrepasando las bodegas vemos un manantial y enseguida dos chopos que señalan la entrada del Valle.

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La entrada al Valle

Este valle es el Valle, es pasar a otro mundo muy distinto de la vega y ribera del Duero y del páramo. En su fondo madura todavía el trigo, con su característico verde azulado. En algunas zonas más altas, crece la cebada, ya totalmente seca y preparada para la siega. El resto -las laderas- es monte de roble, encina, sabina y pino carrasco. También vemos enormes piedras calizas que sobresalen a media ladera. Todo está por aquí verde y florido, como si la primavera no se hubiera ido aun. Como novedad, han colocado una mesa para merendar junto al Manantial del Valle.

Empinada cuesta desde la Granja del Queso

Empinada cuesta desde la Granja del Queso

Lo peor es que al llegar a la Granja del Queso tuvimos que subir en dirección sur por la empinada cuesta porque el camino del Valle estaba por completo intransitable, cubierto de hierbas y maleza que levantaban más de un metro. Todo debido a la primavera lluviosa. Pero por arriba el paisaje tampoco estaba mal. Aparte de que hicimos alguna asomada al Valle, el monte estaba aun verdiamarillo, y enseguida alcanzamos, dejándolo de lado,  la zona verde de majuelos de Pesquera.

Fuente Salino

Fuente Salino

En la cabecera del Valle nos esperaba una grata sorpresa: Fuente Salino (o Sarino), construida en buena piedra caliza y ahora cubierta de maleza casi por completo. Allí, no lejos de las ruinas de una construcción –Casa Salino- de piedra y barro, seguía viva, ofreciendo un fresco hilo de agua que pudimos degustar: nacía en el recio frontis, que suponemos pared del arca, y por un canalillo llegaba a un pilón cuadrado que llenaba y de cuyo líquido se aprovechaban renacuajos. A continuación, un abrevadero más moderno, también cubierto de maleza.

El Roble y la bici

El Roble y la bici

Y de aquí pasamos a la Granja La Corredera, que hervía en actividad cosechera. Preguntamos por el roble más grande y hermoso y nos dirigieron a uno que realmente nos impresionó. A la vera del camino que lleva al barco de Valdelaguna, en el límite del monte, se dejó ver. ¿Cuántos siglos llevaría esperándonos? ¿Tal vez algún milenio? No lo sé, pero ahí estaba, tan silencioso como expresivo. Es un roble mocho, pero sobre sus muñones salieron nuevas ramas, ya envejecidas por los siglos y abiertas tanto por el tiempo que pasa como por el atmosférico, (duros los dos, y más cuando se juntan). De una anchura enorme y de una altura limitada por antiguas podas. A juzgar por los restos de musgo –ahora seco- tiene que cambiar de aspecto en invierno. Subimos hasta donde se produce la primera división del tronco en cuatros grandes ramas y allí tuvimos la sensación de estar bien protegidos por este viejo quejigo, arropados entre los pliegues de su corteza, verdadera piel, como si realmente estuviéramos en su áspera y callosa mano o en sus brazos, fuertes pero tiernos. Recuerda a esas hayas y robles típicos de la alta montaña; muy pocos hay semejantes a él en nuestras llanuras…

¡Buen tronco!

¡Buen tronco! (Javiloby)

Nos alejamos de él con una sensación única, tal vez porque era el representante vivo de algo que ya ha pasado de manera irremediable, y que no volverá. Y es que quizás hemos estado en los brazos del ser vivo más viejo de nuestra provincia. Ahí es nada. Por nuestra parte, lo agradecemos a la par que deseamos largos siglos ¿por qué no milenios? al viejo quejigo.

Viejo y maltratado

Viejo y maltratado

Grata sorpresa, sí, pero no la única. Pudimos ver otros tres robles hermanos de éste de porte similar –viejos, viejos- pero no mayor. El primero también junto al camino, en el mismo bosque. Parece que lo han intentado incluso quemar, pues tenía un agujero ennegrecido en el tronco a la altura del suelo –una verdadera cueva- y otro hueco, como una amplia hornacina, a metro y medio de altura. Vimos otro semejante y, finalmente, otro más en medio de una tierra en barbecho.

Dejamos aquí la narración, pero aun quedan más sorpresas en Valdelaguna que dejamos para la próxima entrada.

Entre sus "dedos"

Entre sus “dedos”

Robles solitarios

2 julio, 2016

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Hay demasiados pinos en nuestros alrededores. También abundan las encinas. De otras especies –álamos, chopos, fresnos, sauces…- están bien adornadas las riberas de nuestros ríos. Pero los robles solemos encontrarlos solos, aislados. Incluso los poquísimos bosques de robles de la provincia nos han llegado muy aclarados. Tal vez por eso tienen un aire especial, majestuoso en los sobrios páramos castellanos; misterioso en su soledad; aparece perfecto pues se le contempla exento, sin acompañamiento que nos distraigan al mirarle; poético entre la tierra y el cielo…

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El roble vallisoletano es el roble quejigo, Quercus faginea, que contrasta con las encinas porque suele ser más esbelto, con hojas más claras y suaves en verano, que pierde avanzado el invierno. Sus bellotas son rojizas con escabullo de escamas tomentosas. Aunque forma bosques, éstos ha sido diezmado a lo largo de los siglos, si bien todavía podemos acercarnos a Las Liebres, en  Valdenebro, a los montes de San Martín de Valvení o al Monte Alto de Pesquera de Duero. Desgraciadamente los bosques de roble de la Santa Espina hoy son más bien de matas de roble.

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Y robles aislados nos quedan en el páramo de los Torozos, hacia Mucientes, Corcos y Quintanilla de Trigueros. Robladillo fue, sin duda, un robledal; hoy quedan dos o tres ejemplares. También abundan en los páramos del Esgueva, Jaramiel y Duero. A veces los vemos en medio de un campo de cultivo, como indultados por el agricultor.

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Un roble solitario en el páramo es un refugio para la fauna, pues en él muchas aves podrán hacer su nido. Y, para nosotros los excursionistas, es una referencia en la llanura, además de ser el contrapunto más o menos vertical –distinto, al menos- a la horizontal paramera. Su hojas más bajas son ramoneadas por ovejas y corzos.

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El roble cambia de color a lo largo del año. Es tierno amarillento en primavera, verde en verano, amarillo oscuro en otoño y principios del invierno, hasta que pierde las hojas. Además, nos ofrece sus originales gallaras, que se utilizaban como curtiente para pieles y como astringente.

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Y tiene un porte excelente, siendo referencia de fortaleza, pues ¿a qué se comparan los fuertes?

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El monte del olvido, en Cigales

18 abril, 2015

Cigales y el monte

Cigales es conocido no sólo en España, sino en buena parte del mundo por sus vinos, que están conquistando nuevos mercados. El cigales de siempre se denomina clarete, pero como hay que estar en las barras de postín y a los tiempos modernos, los entendidos han impuesto el rosado. Igualmente, hoy sus bodegas crían un excelente tinto. También es conocido Cigales por su catedral, construida sobre viejos arcos en el hondón del lagunajo.

Pero nadie lo conoce por su monte, y eso que esconde algunos de los rincones más bellos de la Provincia. O tal vez se desconoce el monte precisamente por eso, por sus escondidos rincones. Sea como fuere, hay que darse una vuelta –en bici o andando- por allí. No defraudará, y no lo olvidaremos.

La alberca

La alberca

Sí, es muy poco lo que queda de auténtico monte, que antaño llegaría hasta las inmediaciones de la localidad. En el siglo XIX tapizaba el no muy grande páramo del término municipal y hoy, ni eso, quedan sólo algunas manchas y las laderas del páramo. Pero de una riqueza paisajística llamativa.

El término municipal es una faja que sube desde la autovía de Burgos hasta la provincia de Palencia, pues linda con el término de Ampudia precisamente en el páramo de los Torozos. A la vez, a partir de Cigales, se va cerrando en el valle del arroyo Valcaliente. Tal vez el nombre se deba a que está abierto hacia el Sur, bien protegido por el páramo en el resto de los puntos cardinales. Prácticamente todo este valle, de buena grava de cantos rodados, está dedicado al la vid y, en menor medida, al cereal. Le surcan un camino que se divide en otros dos: el que lleva a la Mesa y al Tornillo, y el que pasa por la Cañada.

Subida al monte por la Cañada

Subida al monte por la Cañada

El Tornillo. Este valle –muy estrecho ya y de unos 2 km de largo- deja al Oeste las casas de la Mesa, asentadas sobre un auténtico cantil, y con las laderas cubiertas de robles y encinas, el fondo del valle sembrado primero y luego tapizado de praderas y juncos, llega hasta las casas de la Barranca, ya en el ras del páramo. Poco antes de llegar pasamos por un manantial con alberca de piedra vigilado por un enhiesto chopo, el único entre robles y encinas. Pues eso, para perderse. Lo del tornillo supongo que se referirá a las revueltas del vallecillo, al formar pequeños tornos o tornillos.

 

Viejo roble

Viejo roble

La Cañada. Aquí llaman la atención dos álamos de corpulenta copa, que se elevan a unos metros de este manantial. Está justo al otro lado –al Oeste, por tanto- del cantil de la Mesa, punto que ofrece una buena perspectiva para contemplar el comienzo del valle. En esta zona las laderas no están excesivamente recubiertas de árboles o matorral, y puede verse la caliza al desnudo. El lugar lo completan unos frutales, algún pequeño álamo, un colmenar y un estrecho y precioso prado. Pues igual, ideal para una merienda cualquier día de cierto calor.

Pozos ganaderos. Un poco más arriba del manantial, un pozo con un llamativo brocal de una sola pieza y un abrevadero han quedado escondidos en la maleza. Otros pozos del monte son el de Valcaliente, el Nabujil, el del camino de Villalba, o el de la Mudarra. Verdaderas esculturas de piedra caliza.

Curioso pozo

Curioso pozo

Ruinas. Sí, desgraciadamente abundan. Antaño había casas de labranza o ganaderas, y corrales y chozos de pastor. Podemos ver las casas de Ángel Benito, o el caserío de Megeces, o los restos de un chozo de planta cuadrangular con cuatro inmensos corrales, además de otras corralizas esparcidas por el monte. De momento, la Barranca y la Mesa siguen habitadas.

Robles. Ciertamente abundan, sobre todo, las matas de roble y las encinas. Pero nos sorprenderán algunos inmensos robles, como el que hay todavía más arriba en el camino que conduce al manantial de la Cañada, o el que hay cerca del chozo de planta cuadrangular.

Manantial de la Cañada

Manantial de la Cañada

Y ya para terminar, podemos subir a Yeseras para contemplar todo Valcaliente, en el cerral oriental del valle. Lástima que al lado haya una escombrera. O pasear por las zonas destinadas a cultivo en el monte llano del páramo, acuarteladas por hileras de encinas: es algo típico de los Torozos, que a vista de pájaro componen un llamativo mosaico. O, en fin, rezar una oración al pasar por la cruz de un tal Federico Sanz, muerto en accidente cuando acarreaba, allá por el otoño de 1932.

Y de todo esto… ¡nadie habla en las guías y páginas web turísticas de Cigales! ¡Pero existe, ya lo creo!

La zona de páramo a vista de pájaro, o de Google

La zona de páramo a vista de pájaro, o de Google

Cañada de los Aguachales, en Castromonte

20 enero, 2015
Robles en el monte

Robles en el monte

Los alrededores de la Santa Espina son especialmente agradables para el paseo y la observación de la naturaleza; gracias a la labor de los monjes del monasterio, todavía podemos contemplar algo de lo que fue este extenso monte de encina y roble que en otros tiempos cubrió todo el páramo y parte de Tierra de Campos.

El embalse del Bajoz es bien conocido tanto por senderistas como por pescadores. Hace unos tres días hemos dado un paseo por sus alrededores, en concreto por la Cañada de los Aguachales.

El embalse, helado

El embalse, helado

Realmente, esta cañada nace junto al monasterio de la Santa Espina, recorre su tapia oeste –hoy carretera-, sigue junto al camino del embalse y, después de pasar junto al molino de Romano y antes de llegar a la presa, se desvía hacia el norte tomando un vallecito de fondo más bien llano y verde suelo.

Antes de entrar en el valle disfrutamos del principal, que es el del río Bajoz: robles, chopos, álamos, encinas, alegran el paso del caminante o rodador. Hay que decir que hemos de olvidarnos de aquellos robles y encinas enormes, conocidos como talayas o atalayas por su altura. Eso es historia. El monte actual –lo que de él queda- es de matas y arbolitos, gracias a lo cual todavía pueden vivir jabalíes, conejos y zorros. Veremos algunos robles de tamaño medio, y gracias.

Robles en la ladera

Robles en la ladera

Volvemos a la cañada. Ascendemos muy suavemente, casi no lo notamos. A nuestra izquierda un monte de pinos, a nuestra derecha el pradillo que forma el valle, separado de nuestro camino por una hilera de matas de roble que a estas alturas del año han perdido totalmente la hoja, por lo que nos amedrentan con sus fantasmagóricas ramas cubiertas de musgos y líquenes.

Llegamos a un punto en el que el camino se hace llano, sin pendiente, y en el valle vemos un extenso juncal. Ahora entendemos el nombre de la cañada, pues estos son los aguachales que la bautizan.

El camino "protegido"

El camino “protegido”

Subimos de nuevo un poco más y vemos, en la suave pendiente de la ladera, los restos de unos amplios corrales, señal de que esta zona del monte se aprovechaba por el ganado. Aquí descubrimos también los restos de un hermoso camino, limitado por vallas de piedra caliza, que sube hasta el páramo. Aunque está invadido por la maleza, podemos contar su existencia… todavía.

Al llegar arriba se extiende una pradera llana salpicada de robles y encinas, algunos de buen porte. De nuevo los robles, desnudos, impresionan: bien podíamos encontrarnos en un bosque de de brujas, escondidas tras las matas y entre las nieblas invernales.

Palomar en el Molino Nuevo

Palomar en el Molino Nuevo

La vuelta podemos hacerla por el embalse: otra cañada nos llevará hasta Castromonte salvando un espacio diáfano para tomar otro precioso camino, también protegido por viejas vallas de piedra, por la orilla izquierda del Bajoz. O bien tomar el antiguo camino de las Carreterías, que aprovecha los límites de este término municipal con los de Villabrágima, Tordehumos, Villagarcía y Urueña, y tomar la dirección de la Santa Espina al cruzarnos con alguna de las carreteras o caminos paralelos a ellas.

Camino junto al Bajoz

Camino junto al Bajoz