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Un Cerrato profundo y olvidado

7 julio, 2017

La excursión de hoy discurre por el Cerrato profundo, apartado de localidades y sólo salpicado de viejos caseríos hoy abandonados en su inmensa mayoría. Por eso, hasta será difícil encontrarnos con algún agricultor o pastor, a pesar de que fue el reino de las cañadas y los corrales, hoy abandonados prácticamente todos. Buena parte de sus en otro tiempo extensos montes se roturaron para dedicarlos al cultivo de cereal. En definitiva, hoy vamos a rodar totalmente olvidados del mundanal ruido, cosa que luego agradecimos.

Corral de los Aguarizos, en la cañada Burgalesa

Elegimos como punto de partida Hérmedes, uno de los pueblos más antiguos del Cerrato, repoblado allá por el siglo X por cristianos procedentes de Córdoba o de otra zona árabe y musulmana. Prueba de ello es el arco mozárabe que podemos admirar en la ermita de Nuestra Señora de las Eras. Antes de iniciar el trayecto desde la plaza del Árbol, una señora se quejaba de que el pueblo estaba en ruinas. Y no le faltaba razón.

La Cañada Burgalesa

Tomamos la cañada real Burgalesa –o uno de sus ramales- hacia el este. Al llegar a los Aguarizos nos paramos a contemplar un corral tradicional en buena piedra, rematado con tela metálica, seguramente para no facilitar demasiado las cosas al lobo. Parecía que había estado en uso hasta hace muy poco. La Cañada es ahora una escombrera de piedra procedente de las tierras colindantes…

Sabina en la cañada de la Dehesa

En los Tres Hitos –Hérmedes, Castrillo y Cevico Navero- enfocamos hacia el norte por el viejo camino de Encinas a Antigüedad, ya muy desdibujado si no fuera por las hileras de piedras que se acumulan en sus márgenes. Entre viejos corrales y no menos viejas sabinas nos fuimos acercando al valle del arroyo del Cerrato, al que caímos por las casas deshabitadas de la Dehesa de San Pedro de la Yedra. Todo viejo, despoblado, olvidado, perdido… es una pena que ya nadie quiera vivir por aquí, lejos de pueblos y ciudades. Un punto de nostalgia romántica lo cubre todo, como las hiedras cubren los muros de tantos caseríos abandonados.

Junto a otra sabina

El valle del arroyo de Cerrato

Pero estamos en el fondo del valle. Las laderas se ven cubiertas de un tupido bosque de encina, roble y sabina, y todo tipo de arbustos; en algunos puntos dejan ver paredes verticales, en otros, pequeñas praderas aprovechan los escasos claros. El paisaje ha cambiado de  manera radical y nos hemos introducido en otro mundo, más apartado aun si cabe de la civilización. A pesar de estar en el siglo XXI no hay ninguna referencia que nos lo indique. Al empezar a rodar valle arriba vemos en la cuesta norte enormes sabinas que destacan en los límites del bosque.

Piedrecitas que caen junto al camino

Otro poco más y damos con un caserío en perfecta ruina. No queda viva ni la fuente, pues el manantial la rodea si pasar a través de sus caños y abrevaderos. En las habitaciones duermen los murciélagos y crían las golondrinas. Llama la atención el barro tan blanco de los adobes y el buen hacer de los maestros que realizaron los aleros de los tejados. Pero todo caerá, como vemos que han caído sobre nuestro camino enormes piedras –de muchas toneladas- desprendidas del cerral.

Vamos espantando abundantes corzos que, suponemos, bajan a beber a los pequeños manantiales del valle, pues el arroyo está seco. Incluso nos parece ver un ciervo. El paisaje cambia un poco y aparece una pradera en la que crecen algunos chopos; es un manadero del que borbota algo de agua. Al norte dejamos el valle donde hace años, en otra excursión, nos encontramos con la escondida Fuen-Luciana.

Pradera en el valle

En fin, algún kilómetro más y de las laderas va desapareciendo el tupido bosque. Ahora domina la hierba alta acompañada de enebros y alguna piedra descarnada. En esto alcanzamos la Casa de los Caserones, de buena factura a juzgar por los zócalos de piedra que quedan y sus corrales. También tuvo pozo –ahora está cerrado y protegido- y un abrevadero que hoy vemos comido por el tiempo y la maleza. Encima, un derrumbadero artificial de piedras. Si hasta aquí veníamos rodando entre dos provincias, ahora estamos en el término de Torresandino, provincia de Burgos. Aunque no sabría decir por qué términos hemos pasado exactamente, pues aquí el territorio está dividido políticamente en caseríos –Dehesa de San Pedro, los Alfoces, el Verdugal, Montemayor- que, a su vez, pertenecen a términos municipales con los que no limitan.

Junto a los Caserones

Ahora subimos por el mismo cauce del arroyo, con tierras de labor a cada lado. Finalmente, el cauce se va diluyendo hasta que desaparece, y el valle con él un poco más allá. Un campo ondulado con sabinas aisladas acaba dominando el paisaje.

Donde el valle desaparece -o nace

(Continuamos en la entrada siguiente)

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