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San Miguel del Pino

11 abril, 2017

San Miguel del Pino es uno de las muchas localidades vallisoletanas hermoseadas por el Duero, que aquí se ensancha formando un verdadero lago de aguas tranquilas. Ello es debido al azud que formó parte de unas potentes aceñas, de las que aún podemos contemplar dos grandes espigones que se levantan sobre la horizontalidad de la superficie del Duero-lago.

Por aquí pasa la Senda del Duero, pegadita al río e ideal para dar un paseo entre el agua y la tierra, saboreando todo el color de las riberas –según la estación que toque-, y del agua que, como si fuera la del mar, refleja cualquier aspecto o tonalidad del cielo. Viniendo desde Villamarciel la ribera es un denso pinar que se asoma al río como queriéndolo saltar; siguiendo aguas abajo se convierte en una franja de carrizos y algún sauce, entre las aguas y tierra cultivada y luego sigue siendo una franja, pero con las fincas y casas del pueblo como límite. Vemos cien puestos de pesca que empujan al sufrido pescador sobre el río para hacerle más fáciles y llevaderas las capturas. Pero ni por esas…

Junto a las ruinas de las aceñas vemos también las ruinas de la casa, cuadras y almacén del aceñero o molinero y una fuente de la que ya no brota agua, si bien el manantial, por debajo de ella, está activo y descarga en el río como si la peña fuera un gigante que suda a causa de elevados calores. Si seguimos aguas abajo, al faltar el sostén del azud, el río reduce sus dimensiones y se mueve, natural, en rabiones. La ribera queda despejada donde antes había agua y aparecen arenales y praderas entre los que crecen chopos, álamos y sauces. Ni el recial ni los arenales duran mucho, pues al acercarse a la Peña vuelve a tranquilizarse por efecto de la desdentada pesquera. También, entre el camino y la ribera, abundan las encinas y algunos raquíticos negrillos.

Ya hemos contado lo mejor del término. Pero hay una joya, también cerca del río, digna de contemplarse por su originalidad: es la iglesia de San Miguel, de principios del siglo XIII, románica de transición, con planta de cruz griega, tres naves y una torre. La fachada occidental posee una portada apuntada con tres arcosolios a cada lado. Todo el conjunto tiene cierto aire militar, recordando un castillo, lo que cuadra con su historia, pues perteneció a la Orden de San Juan de Jerusalén. Por cierto, el primer nombre con que se cita esta localidad es el de San Miguel de Malvavisco. Antes, hubo una villa romana que se sitúa en la salida hacia Villamarciel.

Ya puestos, podemos dar un paseo por el pueblo para ver el arco del Ayuntamiento, tres grandes piedras molenderas de la aceña y la ermita del Cristo, todo en la misma plaza. Junto a una de las casas veremos esculturas de marcado buen gusto; tal vez viva ahí un escultor…  o un amante del arte.

Y vista la ribera y el pueblo nada nos impide dar otro paseo siguiendo el trazado del antiguo Canal de Tordesillas, que también atraviesa el término paralelo al río por el extremo norte. Vemos que aquí el paisaje cambia un poco, pues la planicie se ve limitada por una empinada cuesta con desnivel de unos 20 metros, aprovechada por montes de encina. En un pequeño vallejo de la ladera los vecinos de San Miguel tienen –o, por mejor decir, tuvieron- sus bodegas, bien excavadas en peña de color naranja. Además de criar vino, era donde se refugiaban cuando el Duero dejaba de hermosear el paisaje para salirse de madre.

El término se completa con una pequeña mancha de pinar al oeste y otra más grande al este, en las que hay buenos ejemplares de piñonero y algunas encinas. También, al norte, hubo una pradera destinada a pastos donde aún podemos ver un viejo complejo para marcar y embarcar ganado. El resto es, casi todo, una amplia llanura destinada a cultivo de regadío gracias al canal de Tordesillas. El límite municipal llega hasta la autovía, antes cañada real y mucho antes calzada romana que unía Simancas con Albocella, seguramente donde hoy se levanta Toro.

Junto a todo este hermoso paisaje hay un punto negro: un vertedero situado por encima de la cuesta de las bodegas, del que no conozco su origen ni por qué se ha permitido, pero que ahora se debería restituir a su aspecto original de monte y viñedo. En todo caso, mejor es no subir hasta arriba de la cuesta para no tener que ver aquello.

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Poderoso Duero

20 enero, 2010

El sábado pasado el Pisuerga traía el caudal más alto desde la gran crecida del año 2001. Enseguida comenzó a descender, y el domingo ya se había reducido a la mitad aproximadamente. Sin embargo, el Duero no había descendido demasiado, pues se veía compensado por el caudal propio y de otros afluentes anteriores al Pisuerga. Por eso, traemos a esta entrada algunas fotos del Duero del pasado fin de semana.

En primer lugar en Pesqueruela, un kilómetro antes de recibir al Pisuerga. Véase la comparanza entre el vídeo (del domingo pasado) y la foto sobre estas líneas.  ¡Qué fuerza la del agua, daba miedo estar allí!

Sí, habitualmente el Adaja ataja al Duero pero el domingo era ignorado por éste. Tan es así que las aguas del Duero elevaron el nivel de las adajianas aguas. El afluente se conocía por su color, que no por su animosos caudal, práctcamente estival.

Y en Villanueva desapareció el viejo dique de las aceñas que después lo fue de una centralita. Bien es cierto que es mucho más bajo que el de Pesqueruela.

Para terminar, en la última foto aparece la fuente de San Miguel del Pino, que unos días antes se las ufanaba de ver las aguas desde la barrera…

…y del Duero

7 enero, 2010

La primera consecuencia que tiene una crecida del Pisuerga es que se convierte, a partir de Pesqueruela, en una crecida del Duero. Las fotos de esta entrada corresponden al día de Reyes. El Duero ha recogido las aguas de sus afluentes, sobre todo del Pisuerga, y se ha convertido en un gran río, lleno de señorío, fuerza y caudal, y con las aguas de color marrón.

Esta foto en verano

En Tordesillas vemos cómo la pesquera de las aceñas del puente ha desaparecido por efecto del caudal. Bajo las aceñas de Zofraguilla el nivel del agua ha crecido un metro y los barcos aceñeros han visto elevada su línea de flotación mientras que los álamos del arenal mojan sus troncos en el frío Duero. Algo parecido ha ocurrido en las aceñas de San Miguel del Pino: el estruendo de la cascada resuena junto a la antigua y tranquila fuente que, a pesar de los años y de que parece recostada en la ribera, se ha sobresaltado. Pero sabe, por vieja, que ha de crecer mucho más el río para llegar a ella.