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Romería familiar a la Santa Espina

15 mayo, 2018

Como en años anteriores, algunas familias de la Escuela Deportiva Niara nos citamos al llegar el mes de Mayo para hacer una romería a una ermita de la Virgen. Tocó esta vez el santuario de Santa María de la santa Espina, escondido desde el siglo XII en un pliegue del páramo de los montes Torozos. Y también como en otras ocasiones, unos fuimos en bici y otros, más cómodamente, en vehículos de cuatro ruedas.

La verdad es que cada año se anima más gente al plan ciclista, de forma que el lunes día 14, estábamos en el puente de Simancas, listos para salir, algo más de 40 ciclistas de las más diversas edades y condiciones. Los que veníamos en bici desde Valladolid y alrededores ya teníamos algún kilómetro en cada pierna.

Algunos salían muy preocupados, pues habían oído que la excursión consistía, sobre todo, en una “subida al páramo” y se temían lo peor, o sea, todo el trayecto “subiendo”. Les explicamos que no era exactamente así, pero mantenían algunas dudas.

Las dudas no se disiparon en la primera parte del recorrido, pues pasar Simancas significó, sobre todo, subir desde el río hasta la fuente del Rey, donde otro grupo nos esperaba, y de esta fuente al ras del páramo por el antiguo camino de Robladillo. Esto significó la primera prueba de la ruta y casi la definitiva para la mayoría. Sí, el desnivel era fuerte, pero las ganas de subir, el paisaje primaveral del campo, el espectacular panorama del valle del Duero que se divisaba y, especialmente, el buen humor de todos, hicieron que nos olvidáramos rápidamente del esfuerzo. Y cuando la gente supo que no quedaban ya más cuestas hasta Torrelobatón, la excursión fue –casi, casi- un paseo.

En El Rebollar se nos unió otro grupo que venía muy fuerte desde Valladolid. Y seguimos parameando entre campos de cereal y caminos adornados de acacias por una llanura sin fin.

La mañana se había despertado con cielo cubierto. No sabíamos qué iba a pasar: ¿lluvia, viento molesto, frío? pues las predicciones no se aclaraban entre ellas. Pero en la subida al páramo aparecieron los primeros y tímidos rayos de sol que, poco a poco, fueron dominando la jornada. El viento nos dio de lado la mayor parte del recorrido; y de frente y de culo en momentos puntuales. Lo importante es que no supuso molestia en ninguna ocasión. En Torrelobatón nos cayeron cuatro gotas mal contadas de una nube que cruzó despistada. La temperatura, agradable.

Al Bordeamos Castrodeza –se adivinaba el valle del Hontanija- hasta Valdesamar, punto en el que tomamos el camino Ancho que nos dejó, pasando junto a la fuente de los Cañicos, en Torrelobatón. La bajada fue gozosa: larga, por un ancho camino de buen firme como bien indica su nombre y con el castillo que viera la única victoria de los Comuneros al fondo. O sea, con dejarse caer hasta el pueblo bastaba. Además del castillo, pudimos ver el antiguo rollo -¿por qué está castigado en las afueras?-, la Alberca Vieja y el río Hornija.

La zona del campo de fútbol –con fuente, río y zona cubierta por si las gotas- fue la elegida para reponer fuerzas. Nos esperaban los avitualladores con una mesa bien surtida que tardó pocos minutos en desaparecer, pues los ciclistas llevábamos un poco de hambre.

Foto de grupo y a seguir rodando. Entre campos de suaves colinas verdes que brillaban al sol llegamos a Torrecilla de la Torre, de impresionante iglesia. Desde allí, por un camino de tendido suave que aprovecha un vallejo, subimos de nuevo al páramo donde, casi de repente, se nos presentaron los molinos gigantes del monte san Lorenzo. Nos costó un poco, pero una vez arriba estábamos seguros de haber llegado al punto más alto del trayecto, o sea, que no había más cuestas arriba.

De nuevo la llanura, esta vez arbolada en parte, vigilada por gigantes y con ganado vacuno pastando en el monte. Un enorme mojón de piedra nos indicó que estábamos ya en el término de Castromonte y, al fin, divisamos las agujas de las torres del santuario. Como habíamos llegado con casi una hora sobre el horario previsto, nos fuimos a la pradera del Bajoz a descansar.

Fueron llegando las familias transportadas en vehículos de motor y a la hora prevista, un buen hermano de La Salle nos abrió la puerta principal del Santuario, que casi llenamos. Misión cumplida.

Esta vez éramos tantos que he preferido no citar a nadie. Salvo a la más joven, Carmen de Prado, que se hizo unos cuantos kilómetros con nosotros en su mini bicicleta: ¡un gran futuro la espera sobre dos ruedas! Y a ver si dentro de poco se animan también Alonso Vaquero y Laura Vega, que no salieron del coche-escoba-alimenticio.

Pero todavía queda una segunda parte -la vuelta- que saldrá en breve y lleva por título El misterioso ataque de las abejas asesinas o así. Atentos, pues, a la próxima entrada. Aquí, el recorrido completo.

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Los montes Torozos, el valle del Sequillo y el Balcón (de la Filosofía)

25 junio, 2016

Montes Torozos 2016

Como el último recorrido por el monte Curto gustó a algunos, volvimos a las andadas, digo a las rodadas, y el domingo pasado estábamos en la Santa Espina preparados para dar retozar otra vez por los montes Torozos.

Al inicio de la excursión

Al inicio de la excursión

Pasamos primero el monte de la Santa Espina, tan reluciente y colorido como el monte Curto hace una semana. Una diferencia notable entre ambos es que el de la Espina se ha repoblado en algunos puntos con pinos carrasqueños, lo que le aleja un tanto del típico monte de quejigo y encina. Pensábamos que ya andaría el paisaje un poco amarillo, pero no, ahí estaban todas las flores (sencillas) del mundo. Seguía predominando la coronilla y la tamarilla, ahora con notable profusión de zumillos y jarales. Como parte de esta flora es leñosa, aguanta mejor que los herbazales. De todas formas, donde la había, la hierba tampoco estaba muy seca. Todo parecía engalanado para una boda. Para una boda de las de antes en los pueblos, nada que ver con esas otras horteradas de mal gusto tan frecuentes hoy. Así que paseamos por allí como si estuviéramos en un paraíso sencillo y recién estrenado.

Flor de uña de gato encarnada o vinagreta, visible ahora en nuetros montes

Flor de “uña de gato encarnada” o “vinagreta”, visible ahora en nuetros montes

Otro gallo nos cantó en el monte de San Luis o Morejón, en el término de Tordehumos. Es un monte que cada vez tiene menos (hectáreas) de monte. Ha sido roturado para dedicarlo a cultivos. Había buenas extensiones de forrajeras y algo de trigo. Pero lo peor de todo es que estaba atravesado por un sinfín de pistas realizas con maquinaria pesada. Otras zonas, estaban ya abiertas pero sin cultivar. Una pena, vamos, una pena de monte. Ya se ve que aquí el desmonte no ha parado desde la desamortización. Lento pero seguro.

La casa y la encina

La casa y la encina

Hasta que llegamos al monte Curto, esquivando la casa de Herrero. ¡Qué gozada de paraje! Tanto, que le dimos varias vueltas para llenarnos bien de sus esencias. Tiene dos casas del Monte. La más interior, dedicada a corral para guarda de ganado. Da la impresión de que no se suele utilizar. De hecho, con dificultad, por la maleza, nos acercamos a ella. La segunda ¡oh, sorpresa! le resultó un tanto familiar a Miguel Ángel, pues ¡había pasado en ella un día con su padre –cazador- hace muchos años! Efectivamente, conocida también como de Carvajal (o Carbajal, según los mapas modernos), era la vivienda del guarda. Es de buena piedra, con dos plantas, flanqueda por una higuera y se encuentra en un claro del bosque donde crece una solitaria y enorme encina, seguramente la más vieja del monte. La hierba nos llegaba por encima de la cintura. La casa está candada y con rejas en las ventanas, gracias a lo cual los cazadores todavía podrán utilizarla, suponemos. Al lado, corrales en ruina.

Claro en el monte con adormideras

Claro en el monte con adormideras

Dimos unas cuantas vueltas por este monte –de inmejorables caminos con los bogales cubiertos de tierra roja, perfecto firme para rodar- hasta tomar luego las sendas del cerral en dirección sureste primero y luego suroeste, contemplando a cada momento el valle del Sequillo y la infinita Tierra de Campos, y dar con el Balcón, especie de lengua que sale a la altura del bocacerral y que, adelantándose hacia el valle del Sequillo, permite contemplarlo tanto aguas arriba como abajo, porque es eso, un balcón natural. Y allí nos dedicamos a la admiración de la naturaleza y a filosofar, deliberando sobre si hay sitios mejores y más tranquilos que este en nuestra geografía patria e intentando averiguar el nombre de los pueblos y cerros que se adivinaban en lontananza, presididos todos por los altos montes de León, al fondo. O sea, que por unos momentos nos consideramos de los más afortunados entre los mortales. Tanto que decidimos dejar para otra ocasión el ascenso al cerro de Santa Cristina, tras el castillo de Tordehumos, objetivo último de esta excursión. Alguno se subió al vértice geodésico próximo –desde el que no se ve gran cosa, la verdad- y otros bajamos hasta una zona de chopos, álamos y negrillos que descubrimos junto al pliegue noreste del Balcón. Pero no había manantial fluyente. Hasta que nos fuimos a seguir recorriendo el cerral.

Tordehumos al fondo

Tordehumos al fondo

Luego, nos dejamos caer hacia el valle, pasamos  junto al cerro del Caballo, cuyo perfil verdaderamente recuerda la grupa, lomo y cruz de este animal, y corrimos una aventurilla a campo traviesa entre guisantes forrajeros de la que salimos bien parados (ya se sabe, a veces los caminos se acaban sin avisar). Al poco, rodando sin traba por el camino del Manantial, estábamos en Casa Ursi, de Villabrágima, el mismo lugar donde Miguel Delibes solía reponerse después de cazar en los montes cercanos. Nosotros también nos recuperamos un poco a la vez que nos llenaron los bidones.

Desde el Balcón

Desde el Balcón

Para empezar el regreso subimos al monte Curto, de nuevo cruzamos el monte de la Santa Espina para caer, esta vez, sobre la cañada de los Aguachales, que nos condujo al valle del Bajoz. Finalmente, atravesamos el recinto murado de la Santa Espina y nos dimos un respiro reposando sobre los rústicos bancos de madera junto al estanque, mientras los patos nos miraban de reojo (por si caía algo) y las palomas bajaban a los  bebederos.

Valle del Bajoz

Valle del Bajoz

El día y los kilómetros (48 aproximadamente) habían merecido la pena. Con creces.

 

Y el valle del Bajoz

22 febrero, 2015
Tapias, verdaderas murallas, de la Granja

Tapias, verdaderas murallas, de la Granja

Viene de la entrada anetrior

Buscamos agua en el recinto de la Santa Espina, pero las fuentes se habían helado. Aun así, se estaba bien entre los murallones del viejo monasterio disfrutando de un tímido sol bajo gélidas nubes que daban frío sólo con mirarlas.

Y nos topamos con el Bajoz, que viene de ver la luz en la fuente de las Panaderas, en pleno páramo, recibe las aguas medicinales de la fuente de la Salud y pasa por Castromonte, donde bebe otros manantiales. Desde esa localidad hasta la Espina, le daba tiempo a mover dos molinos y a formar un embalse tan pequeño como hermoso. Luego se aleja para atravesar San Cebrián, Mota del Marqués, Villalbarba y Casasola, y desembocará en el Duero junto con otro río que también nace casi hermanado con él, el Hornija, de La Mudarra. En total, recorre 53 km, aunque es un arroyo seco en verano más que un verdadero río…

Monte y campo en el valle

Monte y campo en el valle

Justo en la puerta del monasterio tomamos un simpático camino por la orilla izquierda del río, adornado, de vez en cuando, por hileras de chopos y sauces aislados. A nuestra izquierda dejamos el camposanto del poblado de la Santa Espina. En la orilla derecha, los restos de un antiguo molino. Un poco más allá, enormes piedras que parecen haber caído rodando desde lo alto del páramo.

Y un amplio valle, tranquilo y verde que tiende a ensancharse. Abajo cultivan los agricultores sus tierras y, arriba, por las vargas rebosan las encinas y robles del páramo. El lugar no puede ser más apacible, olvidado y hermoso; se comprende bien por qué fue elegido por los monjes cordobeses para levantar un monasterio, y más tarde por la infanta doña Sancha y los monjes de Claraval para fundar la Santa Espina.

Balsa helada, en las Arcas

Balsa helada, en las Arcas

Nos paramos a ver la Granja, con su viejo edificio y su terreno protegido por murallas. Bajo un enorme sauce buscamos una fuente que ha desaparecido. Cerca, un molino restaurado parcialmente que parece surgir de manera repentina. Seguimos pedaleando por la ladera, entre ramas de pino que pretenden frenarnos, hasta llegar a la fuente de las Arcas, entre una balsa helada y un simpático puente de madera.

El páramo, antes de bajar a San Cebrián

El páramo, antes de bajar a San Cebrián

Rodamos un poco más casi a campo traviesa hasta tomar el camino que sube a la ermita del Cristo de Santas Martas, con su estanque, merendero, fuente y su enorme moral, lugar que ya conocemos bien, siempre adecuado para recomponer fuerzas.

Subimos al páramo –monte de molinos de viento- para bajar, último tramo y a tumba abierta, hasta San Cebrián. Nos acercamos al pozo donde un burro movía la noria y damos por terminada la excursión de hoy, fresquita como pocas.

El guiño de San Cipriano

El guiño de San Cipriano

Cañada de los Aguachales, en Castromonte

20 enero, 2015
Robles en el monte

Robles en el monte

Los alrededores de la Santa Espina son especialmente agradables para el paseo y la observación de la naturaleza; gracias a la labor de los monjes del monasterio, todavía podemos contemplar algo de lo que fue este extenso monte de encina y roble que en otros tiempos cubrió todo el páramo y parte de Tierra de Campos.

El embalse del Bajoz es bien conocido tanto por senderistas como por pescadores. Hace unos tres días hemos dado un paseo por sus alrededores, en concreto por la Cañada de los Aguachales.

El embalse, helado

El embalse, helado

Realmente, esta cañada nace junto al monasterio de la Santa Espina, recorre su tapia oeste –hoy carretera-, sigue junto al camino del embalse y, después de pasar junto al molino de Romano y antes de llegar a la presa, se desvía hacia el norte tomando un vallecito de fondo más bien llano y verde suelo.

Antes de entrar en el valle disfrutamos del principal, que es el del río Bajoz: robles, chopos, álamos, encinas, alegran el paso del caminante o rodador. Hay que decir que hemos de olvidarnos de aquellos robles y encinas enormes, conocidos como talayas o atalayas por su altura. Eso es historia. El monte actual –lo que de él queda- es de matas y arbolitos, gracias a lo cual todavía pueden vivir jabalíes, conejos y zorros. Veremos algunos robles de tamaño medio, y gracias.

Robles en la ladera

Robles en la ladera

Volvemos a la cañada. Ascendemos muy suavemente, casi no lo notamos. A nuestra izquierda un monte de pinos, a nuestra derecha el pradillo que forma el valle, separado de nuestro camino por una hilera de matas de roble que a estas alturas del año han perdido totalmente la hoja, por lo que nos amedrentan con sus fantasmagóricas ramas cubiertas de musgos y líquenes.

Llegamos a un punto en el que el camino se hace llano, sin pendiente, y en el valle vemos un extenso juncal. Ahora entendemos el nombre de la cañada, pues estos son los aguachales que la bautizan.

El camino "protegido"

El camino “protegido”

Subimos de nuevo un poco más y vemos, en la suave pendiente de la ladera, los restos de unos amplios corrales, señal de que esta zona del monte se aprovechaba por el ganado. Aquí descubrimos también los restos de un hermoso camino, limitado por vallas de piedra caliza, que sube hasta el páramo. Aunque está invadido por la maleza, podemos contar su existencia… todavía.

Al llegar arriba se extiende una pradera llana salpicada de robles y encinas, algunos de buen porte. De nuevo los robles, desnudos, impresionan: bien podíamos encontrarnos en un bosque de de brujas, escondidas tras las matas y entre las nieblas invernales.

Palomar en el Molino Nuevo

Palomar en el Molino Nuevo

La vuelta podemos hacerla por el embalse: otra cañada nos llevará hasta Castromonte salvando un espacio diáfano para tomar otro precioso camino, también protegido por viejas vallas de piedra, por la orilla izquierda del Bajoz. O bien tomar el antiguo camino de las Carreterías, que aprovecha los límites de este término municipal con los de Villabrágima, Tordehumos, Villagarcía y Urueña, y tomar la dirección de la Santa Espina al cruzarnos con alguna de las carreteras o caminos paralelos a ellas.

Camino junto al Bajoz

Camino junto al Bajoz