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El día que levantó la niebla. De Sardonedo al castillo de los Quijada

15 enero, 2015

Valdenebro Villabru00E1gima

Llevábamos en la ciudad –y en buena parte de la región- dos semanas sin ver el sol a causa de la persistente niebla. A pesar de todo decidimos salir, pues el parte pronosticaba vientos moderados. Ese viento barrerá las nieblas, seguro. Eso creíamos.

Empezamos a pedalear desde Valdenebro de los Valles. En el mirador que hay en la esquina norte del pueblo se veía el Moclín cubierto de niebla espesa. Bueno, levantará a mediodía. El viento nos iba a dar de cara al menos durante la primera parte del trayecto.

En Sardonedo

En Sardonedo

Enseguida llegamos a Sardonedo, que ahora es un vértice geodésico que señala el punto más alto de la paramera de Torozos (856). También es el nombre de una finca pero antaño fue un monte, del que hoy no quedan más allá de unos pocos quejigos y encinas. Y, como la niebla espesaba, no pudimos ver demasiado panorama. A poco más de un tiro de piedra está la fuente del Prado y, hacia el noroeste, estuvo el convento del Valdescopezo.

Los caminos estaban con buen firme y poco barro. Pasamos cerca de los cálamo sque señalan el nacimiento del arroyo de Coruñeses y luego junto a un chozo de planta cuadrada. Un poco más y llegábamos al caserío de Coruñeses, donde el Tren Burra giraba 90 grados hacia el Oeste y había un apeadero.

El palacete de Valverde

El palacete de Valverde

Y ¡a descender si prisa por el vallejo hasta Valverde de Campos! La verdad es que el paisaje es precioso: laderas verdes, el firme del tren a media altura, dos molinos de cubo, abundantes huertas –alguna con noria-, frutales, fuentes, alamedas… En el pueblo nos recibe la iglesia de Santa María, con su austera espadaña con tribuna para acceder al campanario y su acogedor atrio. Enfrente, como contrapunto, la sencilla ermita del Cristo.

Como de lejos nos llamó la atención un palacete de piedra que sobresale en el caserío, nos acercamos a él. Impresiona encontrar hoy un edificio así en un pueblo perdido entre los límites de Campos y Torozos. Una muralla lo rodea; el arroyo de Coruñeses se oculta para pasar canalizado por la finca. Pero la maleza se está apropiando de sus muros, puertas y ventanas, lo cual significa que tiene los días contados…

Desde el Pico

Desde el Pico

La etapa sigiente consistió en un agradable paseo por el páramo. Subimos por el Pico, y ya allí nos asomamos a las inmensa Tierra de Campos. Pero no vimos demasiado. A pesar de que el viento había elevado la niebla, y de que por algún instante tímidos rayos de sol se colaban, no se veía demasiado. Todo lo más, Medina de Rioseco o el mismo Valverde entre neblinas. Pasamos junto a la Carva (845) después de comprobar que ha desaparecido por completo la cañada del Aguachal, que cruzaba por este pago.

 

Campos de Villabrágima

Campos de Villabrágima

Por fin, nos dejamos caer entre los cerros de la Ballesta y de Pajares. Entramos en Villabrágima por un camino flanqueado por dos tapias de piedra que parecen más bien murallas de una fortaleza. La del oeste está especialmente bien construida, con enormes piezas sin trabajar que le sirven de base y sobre las que se asientan otras más pequeñas.

El trayecto hasta Villagarcía lo hacemos por un amplio camino paralelo a la carretera que hasta hace poco era conocido como La Zamorana, porque hacia esa ciudad se dirigía. Cruzamos pequeños regatos, algunas alamedas y ruinas de antiguas casas de labor. El sol quiere salir pero no puede, aun queda mucha niebla por barrer.

El molino

El molino

Por fin, nos plantamos ante las ruinas del molino de viento de Anunciación Maseda, de planta circular, sobre una ondulación del terreno. Las paredes de la primera planta, de buena sillería, están perfectas gracias a la calidad de la piedra caliza. De la dos puertas, una conserva el arco con la clave como queriendo huir. Están los agujeros sobre los que se asentaban las vigas de la primera planta y el colector de harina labrado en la pared. El resto fue cayendo y rodando hacia el canal de Macías Picavea.

En Villagarcía están limpiando y consolidando el castillo-palacio de los Quijada, por lo que no podemos entrar. Nos acercamos a la Colegiata de San Luis y damos un paseo por el pueblo, todo él repleto de casas y palacetes en piedra de sillería que lo convierten en una localidad verdaderamente noble. Y reponemos fuerzas, que va siendo hora.

La vuelta la dejamos para la siguiente entrada. Hemos recorrido ya 30 km aproximadamente. La excursión completa son 58 km.

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Valdescopezo

26 junio, 2010

Ver mapa en la entrada anterior

Valdescopezo es, en primer lugar y como su propio nombre indica, un valle. Uno de tantos valles escondidos entre los pliegues del páramo de los Torozos. No sabemos qué puede significar la segunda parte del nombre: tal vez haga referencia a del escobedo, pues no sería raro hallar escobas aquí cuando todo era monte.
Cuando nos acercamos, bajando, lo primero que vemos es una fuente  de buen chorro: es la fuente de la Samaritana, que ahora la están limpiando. Tiene arca, y varios abrevaderos. El agua surge, a través de una antigua canalización en piedra, de las entrañas profundas del páramo.
Poco después se abre ante nosotros el lugar de Valdescopezo propiamente dicho: vemos al fondo una gran tapia, casi una muralla, de piedra caliza que literalmente está siendo derribada por hileras de almendros. Da la impresión de que el lugar está como dormido, como si de alguna forma nos dijera que antaño hubo aquí mucha vitalidad pero que ahora reposa… ¿para siempre?

Al acercarnos más vemos, hacia el lado norte de la muralla una entrada de lo que pudo ser una vieja bodega o almacén de alimentos. Y al poco de entrar, en ella se abren dos pasadizos, uno hacia el Sur, cuya pared abombada está a punto de caer por la presión de las tierras de la ladera y otro al Norte que conduce a una habitación relativamente amplia con paredes en aparente buen estado. Fuera, en su boca, árboles de sombra parecen agruparse a modo de protección. Si seguimos la dirección del lienzo hacia el Sur, llegaremos con permiso de la maleza que se ha adueñado del ángulo de la tapia, a una especie de cueva medio cegada ya, por la que sale un pequeño regato.
En medio del valle, ¿qué imagináis que han plantado para repoblarlo? Sí, ¡pinos! Además, el afán repoblador ha sido, en este caso, entusiasta y desmesurado, y aunque todavía son jóvenes pimpollos, con gran dificultad y continuos arañazos pasamos entre ellos (!).
Y no vemos más restos de nada.

Monasterio de Nuestra Señora de la Esperanza de Valdescopezo

Pero los documentos históricos nos cuentan lo que hubo: ¡el monasterio franciscano de Nuestra Señora de la Esperanza  de Valdescopezo!
Aunque la historia comienza en 1429 -cuando fray Pedro de Santoyo toma posesión del lugar- sabemos que antes de esa fecha había ya una ermita -seguramente de la Esperanza, que se unía con la esperanza de llegar a Rioseco, que comenzaba a verse y ya sólo distaba una legua escasa- , y que pasaba por aquí el camino de Valladolid a Rioseco.
Eran dominios de los Enríquez de Cabrera, Almirantes de Castilla que, con el paso del tiempo, llegaron a convertir la iglesia del monasterio en panteón familiar. Las obras para hacer de la ermita un gran complejo monástico se inician en 1477, cuando se abrieron los cimientos para levantar la iglesia, que fueron costeados como todo lo demás por  los protectores, don Fadrique Enríquez de Cabrera, primer conde de Melgar, y su esposa Doña Teresa de Quiñones. Estos mismos señores recibieron sepultura en suntuosos túmulos de alabastro colocados bajo la bóveda del crucero del templo conventual.

Con el correr de los años diferentes los estilos artísticos dejaron su impronta en el monasterio,  a la vez que las capillas de su iglesia servían de enterramiento a los miembros de la familia de los Almirantes de Castilla. A comienzos del XVII este monasterio debió quedar totalmente finalizado en sus estructuras fundamentales.

Constaba del edificio conventual, la iglesia y otras dependencias menores. A su espalda se extendía una gran huerta repleta de árboles frutales junto a la que se encontraba la fuente de la Samaritana, cuya galería subterránea estaba realizada en piedra de sillería  y disponía de un bello estanque realizado también en sillería y cuya función era mantener pesca con que alimentarse los monjes del convento.
La iglesia situada en la parte oriental del edificio era una nave de orden dórico, sostenida por medias pilastras, con cuatro capillas laterales cubiertas con bóveda ojival guarnecida de filetes y rosetones.
El siglo XIX significó para el monasterio de Valdescopezo, como para tantos cenobios españoles, el comienzo de su decadencia y de su posterior ruina. La invasión napoleónica primero, con su estela de saqueos y destrucciones, y las desamortizaciones posteriores, acabaron con la vida monástica y aventaron sus riquezas artísticas. En 1848 Pascual Madoz confirmaba que el convento de Valdescopezo había sido demolido para el aprovechamiento de sus piedras en la construcción del Canal de Castilla. Esta es la razón de que no haya quedado nada, ni piedra sobre piedra, ni ruinas, ¡nada!  Sólo la tapia pues aunque la vemos de buena piedra, no debía tener comparación con la piedra de sillería del resto de las construcciones.
García Escobar escribía también a mediados del XIX: En otro país hubieran convertido el buen gusto y la laboriosidad a Valdescopezo en una deliciosa quinta, en un lugar bellísimo de amenidad y de recreo. Entre nosotros se han talado los árboles, destruido las fuentes y abarbechado las praderas para sembrar patatas y algarrobas. Reflexiones poco gratas se nos vienen a la imaginación. Este mal es muy viejo, y su curación es obra del tiempo y de la sociedad.  Parace ser que ese tiempo no ha trascurrido todavía. Y poco más hemos hecho gracias a los progresos de nuestro siglo. ¡Salvo plantar pinos en vez de patatas! Menos mal que el paraje sigue ahí y la naturaleza, sabia, lo ha sabido conservar a pesar de todo.

Monte Sardonedo

Para seguir la ruta hemos de volver sobre nuestros pasos por la carretera hasta tomar el primer camino hacia el Este. Si fuéramos hacia Rioseco, nos desviaríamos demasiado. Ahora pasamos por lo que fue el enorme monte de Sardonedo descrito hace 150 años como áspero y espeso e incluso peligroso para el caminante. Hoy quedan cuatro matas de roble y alguna encina, además de muchos pinos en las laderas del páramo. Casi es preferible ver la llanura rasa que pimpollares intransitables. Pero… ¿por qué no plantamos encinas y robles? Al Sur destaca la sencilla construcción de un chozo de piedra.

Fuente del Prado

Al inicio de un vallejo protegido por encinas, vemos escondida entre sauces y zarzas la fuente del Prado que, efectivamente, posee un agradable prado. Y después de la paliza que nos hemos dado, merece la pena quedarse aquí un buen rato para reparar fuerzas. Si llevamos un poco de queso y una bota de vino, mejor todavía.
La bajada hasta la carretera se hace entre frescos árboles que literalmente nos saludan tocándonos al pasar. Y llegamos a otra fuente de factura totalmente contraria a la del Prado: tres caños, un larguísimo abrevadero y un amplio lavadero. Al fondo, Valdenebro de los Valles, que posee todavía más fuentes unas escondidas -como la de Valbuena– y otras no tanto, como las que están en la misma localidad. También nos acercamos a la balconada del extremo Norte donde vemos el paisaje que se abre hacia el Moclín y Tierra de Campos.

Al volver pasamos por el monte de las Liebres, que ya conocemos y nos presentamos en La Mudarra después de haber rodado por el antiguo firme del Tren Burra.