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En los dominios de la Pindonga

9 diciembre, 2017

Día luminoso y frío de un otoño ya invernal. Amenazaban nubes  que no llegaron a presentarse salvo en el horizonte lejano.  Desde Castromembibre –bien señalado por la torreta caliza de su molino de viento- nos dirigimos atravesando la Tierra del Pan hasta la desembocadura del Sequillo, para luego volver bordeando el monte y vadeando el valle de ese río.

El páramo hecho pedazos

Al fondo, los últimos cerros del páramo

La primera parte de la excursión discurrió entre motas, picos y cuestas desgajados del páramo de los Torozos. Si en Grijota este páramo comienza con una subida fuerte y repentina –un verdadero muro de 150 m- aquí, 77 km después, se diluye en cuestas insignificantes hasta desaparecer por completo para verse sustituido por unas onduladas llanuras de pan llevar.

Pasamos a la provincia de Zamora y llegamos a Vezdemarbán donde visitamos el Pozo de Agua o fuente de Arriba para continuar camino, escoltados durante unos pocos kilómetros por dos enhiestas torres de sendas iglesias, que dos tiene esta localidad por falta de una.

La Tierra del Pan

La silueta que nos acompañó

Después, en una de las pocas cuestas potentes que se nos presentaron, buscamos sin resultado la Fontana. Al menos la subida nos compensó por la vista del paisaje, con los montes de León al fondo y un montón de pueblos que salpicaban la Tierra del Pan. También, al norte, se dejaba ver adornado con sus tierras rojas, el valle del Sequillo y más allá el monte de encinas de Belver. Como la claridad sin neblina lo dominaba todo, el paisaje de esta excursión resultó ciertamente espectacular.

Otro detalle importante: aquí empezamos a ver la Pindonga, cuya figura nos acompañaría durante casi toda la excursión.  Es la iglesia de San Esteban, de Fuentesecas. Le encanta lucir –cual pindonga- hacia todas partes, ¡y vaya si lo consigue! También se veía, más humilde, eso sí, la silueta de la ermita del Tobar, de Malva.

La Tierra del Pan

Pero bueno, todavía nos quedaba un rato por rodar hacia el oeste y, al llegar a un humedal con un pozo con una barandilla muy chula, giramos hacia el norte. Saludamos a algunos pastores jubilados que se entretenían con sus pequeños rebaños y llegamos a Bustillo del Oro, donde tomamos –en la misma torre de la iglesia, bien señalado- que camino de Castronuevo.

Esta fue la parte más dura del trayecto. Un camino recto y al fondo, destacada, la torre de la iglesia de Castronuevo de los Arcos; el viento en contra. Parecía que nunca se iba a acabar. Castronuevo no se acercaba. Siempre la misma distancia. Detrás, como vigilándonos, la Pindonga. Abajo la tierra y arriba el cielo. Así durante un tiempo que parecía interminable. Menos mal que dulcificaron este camino dos bandos de avutardas que levantamos al pasar.

No faltaron animadoras

El Valderaduey

Pero todo llega. Llegó la carretera de Zamora, llegó el Valderaduey y su puente y llegó Castronuevo. ¿Y ahora, qué? Pues ahora cruzamos a la otra orilla –la derecha- y nos fuimos por la carreta, adornada a ambos lados de grandes encinas, hasta un camino que nos dejó justo en la desembocadura del Sequillo, enfrente.

La confluencia

¿Y ahora qué? Como no hay puente –lo hubo, el que daba servicio al camino de Villarrín a Belver- remontamos el río en dirección a Cañizo, ya en Tierra de Campos. Nos encontramos con las ruinas del molino de Bragadilla, que llegó a tener 4 muelas, donde paramos a reponer fuerzas y pasar un agradable momento, protegidos del viento norte y expuestos al sol caliente de mediodía. Los saltamontes y otros insectos estaban tan felices como nosotros, pues aquí se habían olvidado de que estábamos en un día invernizo de otoño.  Lo ideal hubiera sido tomar un camino que sale junto al puente de Castronuevo, que atraviesa el Sequillo por una pequeña presa y, tras hacer unos metros a campo través, conectar con el camino de Belver. Otra vez será.

Restos del molino de Bragadilla

Pasado el buen rato del molino, nos dirigimos a Cañizo para pasar junto a  la casa natal de Aniano Gago y cruzar allí el río. Paramos un momento en el navajo y alameda del camino de Belver y rodamos bordeando el monte de encinas y tierras de labor. El sol de la tarde empezaba a inclinarse más y sacaba colores rojizos a las tierras y verdosos a las encinas. Motas verdes sobre fondo rojo.  Al fondo, la omnipresente Pindonga seguía destacando. A la torre de Castronuevo había que buscarla, pues su fondo no la facilitaba destacar. Los continuos toboganes ponían a prueba nuestras debilidades –más psicológicas que reales- a la vez que el viento de culo nos daba fuerzas.

Navajo

Y de vuelta por el Sequillo

En estas, caímos el cauce del Sequillo y pasamos junto al molino del Maroto, convertido en un restaurante famoso por la paella que prepara la dueña y que probaremos  en otra excursión, pues se hace tarde. Y por la carretera rodamos hasta la altura de Belver, somnoliento y acostado sobre la ladera roja del monte. Nos acercamos  a ver un bello puente del s. XIX que sustituyó a la puente vieja, románico, del camino de Toro.

La tierra roja con el monte al fondo

Ahora, por el fondo del valle, rodamos hasta la meta siguiente: el molino del Jesuíta, que fue un gran complejo fabril. Tuvo varias muelas y sus ejes daban fuerza mediante correas a un sinfín de variadas máquinas… Además, el complejo contaba con viviendas para los que allí trabajaban. Todo esto, perdido en un punto del Sequillo, lejos de cualquier población. Bueno, ahora no sólo está perdido, sino también oculto por la maleza en medio de la ribera, y en vías de desaparición.

Muela del Jesuíta

Salimos del valle en dirección sur, poniendo rumbo a Castromembibre. Después de tomar varios caminos, cañadas y direcciones, acabamos en el camino que deja a un lado, en una alameda, la fuente de los Villares. Y entonces, el sol se puso sobre el páramo de los Torozos, la Tierra de Campos y la Tierra del Pan. Llegamos con 68 kilómetros a la espalda.

Aquí dejamos el recorrido.

 

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Por el Sequillo y sus lomas

1 octubre, 2017

Hace unos meses terminamos –de manera accidentada- una excursión en Herrín de Campos. Esta vez la iniciamos aquí para dar un paseo hasta Villacidaler -ya en Palencia- y Zorita de la Loma: iremos por el valle del Sequillo para volver por una singular loma entre el Sequillo y el Valderaduey.

Herrín es una curiosa localidad: posee pintorescas casas de barro e ingeniosas construcciones en ladrillo donde podemos contemplar composiciones de gran belleza plástica, como la denominada pico de gorrión.

Pero tal vez lo más curioso y llamativo de Herrín sean los danzantes de san Antonio, aunque para asistir a este bello y tradicional espectáculo de paloteo -¿qué hacen unos hombres vestidos con enagüillas y tocados con coronas florales en plena austeridad terracampina?- hay que recalar el día de san Antonio o su víspera, allá por el mes de junio.

Fuente

En fin, después de ver  las casas, el cerro de las bodegas, algunos palomares y una curiosa fuente cuyo caño da la espalda al abrevadero, salimos poniendo rumbo hacia el norte. Todo el paisaje se encuentra revestido de un tono pajizo, salvo las llamativas islas verdes que son, ciertamente, abundantes: un bosquete de álamos, unas hileras de olmos rastreros con las puntas secas, un insignificantes pinarillo… El arroyo del Juncal posee una hilera de enormes árboles, tantos, que ¡hasta parece un río!

Bodega de Benavides

Cruzado el arroyo nos acercamos al caserío de Benavides. Hasta inicios del siglo XIX fue el monasterio  de Santa María de Benavides. Pero ya no queda nada. O al menos, desde fuera de las tapias sólo se ven casas y naves. Junto a la puerta de entrada, restos de columnas que tal vez pudieron sostener algún arco de aquel convento. Otra consecuencia del siglo XIX español, que acabó con tanta historia y tanto arte. Llamativa es la bodega junto al caserío, que cuenta con cuatro respiraderos y una zarcera que recibiría, a juzgar por sus dimensiones, grandes cantidades de uva. Pero a estas alturas, ni un solo majuelo hemos visto por los alrededores.

Seguimos nuestro camino. Antes de llegar a Boadilla nos llama la atención un magnífico puente de dos arcos, con bóveda de medio punto y magníficos sillares, que salva el humilde regato (totalmente seco, claro) de Gil Pérez. ¡Curioso! ¿Procederán las piedras del desaparecido monasterio?

Camino de Boadilla

Esta vez no entramos en Boadilla. Nos conformamos con contemplar el magnífico puente sobre el Sequillo y la ermita de la Virgen del Amparo, que alcanzamos rodando por un delicioso camino guardado por hileras de chopos mochos.

Seguimos navegando entre las suaves olas de Tierra de Campos, manteniéndonos muy cerca del Sequillo, a nuestra izquierda. No todo está reseco. Las hileras de sauces y álamos se suceden junto al río, y lo que parece el viejo cauce del Sequillo –a nuestra derecha- también se encuentra acompañado de algunos árboles. Precisamente por aquí hay restos de alfalfa todavía verde y levantamos muchos bandos de avutardas aquí refugiadas.

El Sequillo entre Boadilla y Villacidaler

Entramos en Villacidaler por el puente del Sequillo y, junto a la ermita de la Virgen de la Carrera vemos un viejo pozo, ya inutilizado, y una antigua prensa de uva. A la salida del pueblo pasamos por las bodegas: ¡hay que ver la cantidad de majuelos que hubo en otros tiempos! También es llamativo que no quede ninguno.

Cuatro kilómetros nos separan de Zorita de la Loma. Cuatro kilómetros de camino recto a lo largo de los cuales vemos al fondo la torre de la iglesia y, por detrás, también, la torre de la iglesia de Villacidaler. ¡Qué llanuras tan amplias nos ofrecen estos campos!

En Zorita

Entramos de nuevo en la provincia de Valladolid y, al poco, en Zorita, que cuenta sólo con tres o cuatro zoriteños; las casas parecen habitadas pero no es más que una ilusión y sólo vemos actividad en una granja. El cementerio, los palomares, las casas y la espadaña de la iglesia parecen descansar envueltas en un sueño profundo. Zorita lleva en pie unos mil años, y aún está lejos de parecerse a su vecina Villacreces, pero no parece que vaya a resistir mucho más tiempo…   Menos mal que al irnos nos saludan, animados, los perros de la granja.

Ahora disfrutamos de una experiencia nueva. Tierra de Campos no es llana, que posee lomas, valles, motas, arroyos, cuestas… Y, efectivamente, rodamos por una mesetilla larga y alomada que nos muestra bien a lo lejos, el valle del Sequillo por el este –sobre todo la zona ribereña de la orilla izquierda- y el valle del Valderaduey por el oeste, ambos con sus tesos, pueblos, alamedas, hileras de arbolado y campos, muchos campos de tierra. No vemos este paisaje de manera continua; sobre todo nos lo dejan ver los arranques de las cabeceras de los arroyos, que forman pequeños valles y curiosas cárcavas, algunas incluso con tudas. Un buen observatorio es el pico del Moro.

En La Florida

Pasamos cerca de Villacarralón y de Fontihoyuelo, pero no nos acercamos. Cerca de esta localidad giramos hacia el sudeste y cruzamos los vallejos de varios arroyos que forman, para nosotros, esos toboganes que nos impulsan en las bajadas para acometer con poco esfuerzo las subidas. El camino nos lleva a una vieja cañada utilizada hace muchos años por merinas que al poco dejamos para pasar junto al vértice geodésico de Angulo, o del picón de Gras.

Hasta que nos encontramos con un pequeños vergel formado gracias a la humedad del arroyo del Monte. Incluso hay una fuente: la fuente de la Florida, con agua en el arca que no llega al caño. Flores no hay, que estamos en otoño, pero sí frutos silvestres, abundante hierba, arbustos, olmillos… un ambiente grato para tanto polvo y sequedad que hemos acumulado.

Llegando a Herrín

Enfilamos Herrín. Por unos metros rodamos por el viejo firme del tren burra y nos acercamos a una gran balsa de riego que tendrá un kilómetro cuadrado de superficie y que cuenta hasta con un observatorio. ¡Qué pena: no hemos traído prismáticos! Aunque la balsa sólo tiene grandes charcos, se distinguen puntos blancos y puntos negros que corresponden a diversos tipos de aves acuáticas.

Y entramos en la meta rodando sobre un cembo del Sequillo, que ha sido nuestra guía a lo largo de casi toda la excursión.

Excursión (fallida) de Gatón de Campos a Boadilla de Rioseco

17 abril, 2017

Pensamos  esta vez en dar un paseo por Tierra de Campos: abril acababa de empezar, no llovía y, si había un momento especialmente bueno para pasear por estos campos siempre atractivos, sin duda era éste. De manera que nos fuimos en coche hasta Gatón y desde allí nos dirigiríamos hasta Boadilla de Rioseco, pues hacía tiempo que no rodábamos por el límite con Palencia.

Así se planteó la jornada. Y lo primero que pudimos comprobar es que los campos estaban muy secos para la época. El cereal, en muchas zonas, mostraba unas calvas de mayor extensión que el propio sembrado donde, además, las plantas no levantaban un palmo y empezaban a ponerse mustias. ¡Menudo panorama se nos presenta, sobre todo a los agricultores!

Así estaba Campos…

Gatón, de nombre simpático, es pequeño y hermoso, con esa hermosura de las cosas sencillas y humildes. Tapiales, casas de barro, algunas incluso de piedra, muy originales. Y el Sequillo bordeándolo. Decidimos seguir la ruta por la orilla derecha de este río, que no mostraba camino pero se veía despejada de maleza y con hierba rala. El cauce es ancho y no hay un punto en el que no crezcan espadañas, ahora de un amarillo pajizo bastante feo. Pero a nuestra izquierda se extiende un gran prado todavía verde que contrasta grandemente con el cauce seco.

Restos del puente del ferrocarril

Nos cruzamos con la vía de un antiguo tren de vía estrecha: sobre el Sequillo se mantienen aún en pie las pilastras de piedra que sostuvieron el puente. No deja de ser curioso este paisaje del que parece que la civilización se ha ido retirando. Y ahora seguimos por el firme del ferrocarril hasta Villafrades, donde paramos un momento para beber agua de su viejo pozo que –esta vez sí- han sabido conservar.

Palomares

Salimos del pueblo por la carretera y la dejamos justo donde dos palomares bien conservados siguen ejerciendo su función, o eso parece. Ahora el paisaje cambia y los campos son alomados, con subidas y bajadas continuas. Pasamos por las fuentes de la Loma y las Tocinas, que surgen como de repente en medio del campo. Tal vez antaño, cuando se usaban, tuvieron su arca, pero ahora no. Al menos manan agua. Las avutardas -qué bien se dejan ver en esta época- se levantaban especialmente majestuosas.

Llegamos a El Muerto, una auténtica asomada sobre esta inmensa tierra desde la que podemos ver el ancho valle del Sequillo con sus pueblos y más allá, así como el extenso territorio hacia el este, donde distinguimos algunas torres de iglesias. Y sin bruma la vista hubiera alcanzado mucho más.

En El Muerto

Ahora bajamos hacia la fuente de los Arenales, perfectamente señalada en la lejanía por tres árboles, uno de ellos ya cubierto de hojas. Dejamos las bicis en el camino y justo al apoyar el pie dentro de la cuneta, ¡zas! siento una fortísima y dolorosa pedrada sobre la pantorrilla de la pierna derecha. Miro hacia atrás y nada ¿quién ha sido? En el suelo tampoco veo nada que haya funcionado como contrapalanca… Y aquí termina la excursión, al menos para mí. Rotura fibrilar de gemelo. Estaré varios días inmovilizado.

Fuente de los Arenales

Llegamos a Herrín de Campos, Javier empujándome un poco y yo pedaleando con la pierna izquierda. Comemos, Javier vuelve a por el coche y yo me quedo en el bar tomando un café y comentando la jugada con quien lo lleva, que me invita a un chupito de orujo para sobrellevar mejor la situación. Ya de vuelta, pasamos por el Centro Médico de Villalón donde me vendan la pantorrilla. El resto del fin de semana, a reposar, leer y escribir. Semana Santa tranquila. Gajes del oficio. Boadilla puede esperar.

Del Moclín a Moral de la Reina

25 septiembre, 2015

Medina de Rioseco 2015

La primera parte de esta ruta discurre por el Moclín y sus alrededores. Por si alguno no lo sabe, el Moclín –un montecillo bajo y redondeado- es famoso en el mundo entero por haber dado nombre a la batalla que se libró en sus inmediaciones entre el ejército francés de Napoleón y el español con la ayuda del inglés. Aunque en un principio éramos muy superiores, los gabachos nos barrieron, así de sencillo y de terrible. Pero bueno, eso sucedió hace más de doscientos años.

Para comenzar el trayecto, subimos desde Rioseco al páramo de San Buenaventura, también conocido como de Valdecuevas, donde tuvo lugar la famosa batalla. En la subida vamos dejando algunos ejemplares viejísimos de chopo español, cárcavas sembradas de cipreses –parece que estuviéramos en Chipre o en la costa griega- y la fuente de San Buenaventura, a la que le han quitado el adorno en forma de piña que le acompañaba en lo alto del pilar y le han añadido, al lado, un caño y un abrevadero nuevos.

Arriba han plantado casi todo el paramillo de olivos que dan un buen aceite, comercializado con los nombres de Valdecuevas y Moclín, y pasamos junto a la almazara que lo produce.

Cerro acarcavado

Cerro acarcavado

Esto no es la típica y ondulada Tierra de Campos; aquí podemos ver pequeños páramos como este, lomas, mogotes, morros, cerrillos. Son como una defensa u avanzadilla del páramo de los Torozos, del que se han desgajado después de las llanuras de Campos. Y como ahora está casi todo cosechado, no es necesario ir por caminos; se disfruta mucho más a campo traviesa, bordeando montículos –o subiéndoles-, esquivando alguna perdida piedra caliza, saltando regueras, cruzando lindes… Por cierto en las linderas abundan los endrinos, aquí cargados de frutos; en otros sitios están vacíos, que así son de erráticas las plantas veceras. Y el endrino lo es como pocas.

Línea de endrinos

Línea de endrinos

El cerro del Moclín (841 m) está al Este del páramo de San Buenaventura. Desde estos mogotes y paramillos se contempla una interesante perspectiva: la línea de los Torozos, destacándose el castillo de Montealegre por muy lejos que esté, campiñas onduladas de diferentes tonos entre el ocre y el grisáceo, pueblos lejanos, la hilera interminable de álamos del Canal de Castilla… Y el cielo, iluminando y dando vida a todo. Parece que vamos rodando sobre un cuadro de tonos pasteles mezclado con pinturas al óleo que sobresalen de la superficie y suaves acuarela, y que tenemos encima una inmensa tela de vivos blancos y azules… Así es esta Tierra… de Campos.

Montealegre al fondo

Montealegre al fondo

Desde el páramo de Sollano vemos Villanueva de San Mancio y nos tiramos ladera abajo en zig-zag para luego atravesar una rastrojera. Aunque hemos cruzado un montón de veces por aquí, uno nunca se acostumbra a la torre de la iglesia de Santa María, con un primer cuerpo cuadrangular y los dos superiores octogonales.

Sequillo

Sequillo

Cruzamos el Sequillo donde recibe al Anguijón y enfilamos hacia el acueducto del Canal sobre el Sequillo, que sigue aguantando perfectamente la acción del agua y de las inclemencias del tiempo. El Canal es un vergel pero tenemos que seguir hacia Tamariz. En el camino nos da de comer un manzano rastrero: sus frutos están en sazón.

La torre de la iglesia de San Juan no termina de caerse a pesar de las mil grietas que tiene y la iglesia de San Pedro, de origen más antiguo, deja ver su portada románica. A la salida vemos los restos de la fuente del Pradillo y el palomar del Médico que, curiosamente, está cuidado y retejado. Hemos dejado definitivamente el Sequillo.

El girasol aguanta bien la sequía

El girasol aguanta bien la sequía

¡Que pena!: la larguísima pradería de la Vega, del arroyo Madre entre Tamariz y Moral está de un amarillo que quiere ser verde pero no lo consigue. El verano ha sido intenso, muy caluroso. Los campos están resecos y polvorientos, y los prados, como éste, están sedientos. Es uno de los parajes más encantadores de Tierra de Campos, pero no en este momento. Ni la orla de sauces que tiene en uno de los límites le dan frescor. El prado está enrasado, con algún badén; se puede rodar por él fácilmente.

De ahí pasamos, cruzando el viejo firme del trenecillo desmantelado, a la iglesia de San Juan. Al menos las ruinas han sido consolidadas y se pueden visitar sin peligro. El pueblo es una preciosidad: no hay muchas casas arruinadas, y pasamos junto a algunas que son verdaderas obras de arte en arquitectura de ladrillo. Merece la pena venir a Moral de la Reina aunque sólo sea a dar una vuelta por sus calles. Por cierto, pasamos junto a la tapia por la que caen las ramas de un inmenso moral.

En Moral de la Reina

En Moral de la Reina

Y la última parte de la excursión, en la entrada siguiente

Puente sin aguas ni camino

26 octubre, 2013

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No sólo en Aldeamayor hemos visto puentes en medio del campo y hacia ninguna parte. Este que se aprecia en la fotografía está en Villanueva de los Caballeros, muy cerca del Sequillo y de la autovía de La Coruña. Pasamos junto a él al hacer la ruta de la excursión anterior.

Es de buena factura: bóveda en ladrillo macizo, bien construida y el resto en sillarejo del páramo cercano. Lo peor de todo es que ya no existe arroyo. Antaño lo tuvo que haber; o tal vez un caz de algún inexistente molino a fecha de hoy. Y tampoco existe camino o ruta que pase por el puente. Tal vez lo hubo antes de la construcción de la autovía. Hoy, no es más que un testigo de otros tiempos, pues sin duda dio servicio a un camino para superar un curso de agua. Un puente fantasma. De ninguna parte a ninguna parte. Sin ningún rio o arroyo que superar. ¡Demasiados  fantasmas para esta Tierra de Campos!

***

Viendo el mapa de 1941, el puente se encuentra en el cruce del camino de las Higueras de la Vega -que iba paralelo al Sequillo desde Villanueva a San Pedro- con el arroyo del río Puercas, que venía de más allá de Cotanes. Este arroyo lo debieron mover al modificar el cauce del Sequillo. Ahora desemboca unos cuantos metros aguas arriba de donde antes lo hacía.  Y el Sequillo ha cambiado sus  antiguas sinuosidades por una dirección casi rectilínea. ¡Así son las cosas!

Allá donde confluyen Sequillo y Valderaduey

18 octubre, 2013

Sequillo

Esta vez nos vamos desde Villanueva de los Caballeros hasta la desembocadura del Sequillo, siguiendo el curso de este río. Volveremos por el monte de Belver. Son casi 60 km por Tierra de Campos.

El Sequillo y su ribera

El Sequillo es un río humilde. Más que un río, es una zanja por la que circula agua. Antes ni eso, pero ahora, gracias al pantano de Riaño y sus canales, no se parece a su nombre. En unos tramos se ve acompañado de sauces y álamos y en otros simplemente por la llanura. De todas formas, es un río vivo: se oye el murmullo de la corriente, y los bandos de patos ya han venido para pasar el invierno y alguna garza levanta el vuelo a nuestro al descubrirnos.

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Pero el firme horizontal entre la zanja y el cembo no lo recomendamos para la bici: o tiene demasiada hierba, o hay que ir sorteando enormes cantos rodados o los cardos secos te impiden el paso. En algunos tramos estaba mejor, ¡que ya es decir! El senderillo por encima del cembo. Pero allá cada uno que haga lo que quiera. Los chopos empiezan a estar dorados.

Diversas ruinas de molinos encontramos a nuestro paso, a un lado y a otro del cauce: la Perfecta, el del Jesuita, el de Enmedio, la Fábrica, el de Maroto. Este último es una casa rural donde sirven una excelente paella.

Entre el puente que lleva a este último molino y la desembocadura, rodamos por un camino con algunos manzanos en la cuneta: ¡qué frutos tan dulces a la vez que ligeramente agrios pudimos degustar!

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La desembocadura

¿Cuál de los dos lleva más agua? Sin duda, el Sequillo. Pero aquí el Sequillo pierde su nombre y quien lo mantiene es el Valderaduey.  La zona ha cambiado mucho en los últimos años: son dos zanjas que se juntan. Antaño debió de ser todo esto un gran humedal, una extensa zona  pantanosa, pues todavía abundan en las tierras limítrofes las charcas y lagunas, y las espadañas tienen a brotar por todas partes.

El Valderaduey viene por la derecha y el Sequillo está detrás del árbol de la izquierda

El Valderaduey viene por la derecha y el Sequillo está detrás del árbol de la izquierda

Fue difícil acercarse a la confluencia, pues las orillas de los dos ríos están cercadas por una cinta electrificada. Dentro, un buen rebaño de curiosas vacas –con algún novillo- pastaban a sus anchas. Además, en las riberas abunda la maleza. Pero el lugar es reconfortante, perdido y alejado del mundanal ruido, incluso del rural. A unos 500 metros aguas arriba del Sequillo, una presa almacena agua para repartirla por acequias hacia las tierras próximas. Por ella se puede cruzar a la otra orilla.

Los pueblos

Son localidades de Tierra de Campos, donde predomina el barro en las construcciones y abundan los palomares y paneras, las iglesias grandes y las casas pequeñas.  En Villanueva de los Caballeros hay que visitar sus palomares, pues los hay de todos los tipos: de planta circular y cuadrada, encerrados en un recinto tapiado y exentos, dentro del núcleo urbano y fuera de él, todos son un derroche de equilibrio y arte… pero van desapareciendo porque las construcciones de barro, si no se mantienen, vuelven al barro. Como los hombres. Villanueva tiene una buena laguna y la torre de su iglesia es una balconada.DSCN6775

San Pedro de Latarce ya lo conocemos. Pero no nos cansamos de visitar sus calles, su peculiar recinto amurallado de calicanto y su molino de barro.

Belver de los Montes es distinto. Se levanta en la ribera del Sequillo y en la falda de un buen cerro de barro rojizo, ahora cubierto de pinos. Entre los pinos, inesperadamente, asoma su castillo, únicos habitantes del recinto amurallado. En la falda del cerro aparecen las torrenteras casi verticales modeladas en el barro por las aguas y conocidas como hornías en otros sitios, hurnas las llaman aquí. Es sobre todo, un pueblo ganadero: pastos en los pardos de la ribera y pastos en el monte. Hacia el oeste, una larga fila de naves donde se recoge el ganado, vacuno especialmente. Así que, contra lo que suele ser normal en esta Tierra, abunda más el ganado que el cereal, y el monte que el llano.

Terminamos en la entrada siguiente recorriendo el monte de Belver, el Manzanar y las encinas de San Pedro.

Vaca de buena cornamenta que nos miraba curiosa a 20 m de la desembocadura

Vaca de buena cornamenta que nos miraba curiosa en la desembocadura