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Por el Sequillo y sus lomas

1 octubre, 2017

Hace unos meses terminamos –de manera accidentada- una excursión en Herrín de Campos. Esta vez la iniciamos aquí para dar un paseo hasta Villacidaler -ya en Palencia- y Zorita de la Loma: iremos por el valle del Sequillo para volver por una singular loma entre el Sequillo y el Valderaduey.

Herrín es una curiosa localidad: posee pintorescas casas de barro e ingeniosas construcciones en ladrillo donde podemos contemplar composiciones de gran belleza plástica, como la denominada pico de gorrión.

Pero tal vez lo más curioso y llamativo de Herrín sean los danzantes de san Antonio, aunque para asistir a este bello y tradicional espectáculo de paloteo -¿qué hacen unos hombres vestidos con enagüillas y tocados con coronas florales en plena austeridad terracampina?- hay que recalar el día de san Antonio o su víspera, allá por el mes de junio.

Fuente

En fin, después de ver  las casas, el cerro de las bodegas, algunos palomares y una curiosa fuente cuyo caño da la espalda al abrevadero, salimos poniendo rumbo hacia el norte. Todo el paisaje se encuentra revestido de un tono pajizo, salvo las llamativas islas verdes que son, ciertamente, abundantes: un bosquete de álamos, unas hileras de olmos rastreros con las puntas secas, un insignificantes pinarillo… El arroyo del Juncal posee una hilera de enormes árboles, tantos, que ¡hasta parece un río!

Bodega de Benavides

Cruzado el arroyo nos acercamos al caserío de Benavides. Hasta inicios del siglo XIX fue el monasterio  de Santa María de Benavides. Pero ya no queda nada. O al menos, desde fuera de las tapias sólo se ven casas y naves. Junto a la puerta de entrada, restos de columnas que tal vez pudieron sostener algún arco de aquel convento. Otra consecuencia del siglo XIX español, que acabó con tanta historia y tanto arte. Llamativa es la bodega junto al caserío, que cuenta con cuatro respiraderos y una zarcera que recibiría, a juzgar por sus dimensiones, grandes cantidades de uva. Pero a estas alturas, ni un solo majuelo hemos visto por los alrededores.

Seguimos nuestro camino. Antes de llegar a Boadilla nos llama la atención un magnífico puente de dos arcos, con bóveda de medio punto y magníficos sillares, que salva el humilde regato (totalmente seco, claro) de Gil Pérez. ¡Curioso! ¿Procederán las piedras del desaparecido monasterio?

Camino de Boadilla

Esta vez no entramos en Boadilla. Nos conformamos con contemplar el magnífico puente sobre el Sequillo y la ermita de la Virgen del Amparo, que alcanzamos rodando por un delicioso camino guardado por hileras de chopos mochos.

Seguimos navegando entre las suaves olas de Tierra de Campos, manteniéndonos muy cerca del Sequillo, a nuestra izquierda. No todo está reseco. Las hileras de sauces y álamos se suceden junto al río, y lo que parece el viejo cauce del Sequillo –a nuestra derecha- también se encuentra acompañado de algunos árboles. Precisamente por aquí hay restos de alfalfa todavía verde y levantamos muchos bandos de avutardas aquí refugiadas.

El Sequillo entre Boadilla y Villacidaler

Entramos en Villacidaler por el puente del Sequillo y, junto a la ermita de la Virgen de la Carrera vemos un viejo pozo, ya inutilizado, y una antigua prensa de uva. A la salida del pueblo pasamos por las bodegas: ¡hay que ver la cantidad de majuelos que hubo en otros tiempos! También es llamativo que no quede ninguno.

Cuatro kilómetros nos separan de Zorita de la Loma. Cuatro kilómetros de camino recto a lo largo de los cuales vemos al fondo la torre de la iglesia y, por detrás, también, la torre de la iglesia de Villacidaler. ¡Qué llanuras tan amplias nos ofrecen estos campos!

En Zorita

Entramos de nuevo en la provincia de Valladolid y, al poco, en Zorita, que cuenta sólo con tres o cuatro zoriteños; las casas parecen habitadas pero no es más que una ilusión y sólo vemos actividad en una granja. El cementerio, los palomares, las casas y la espadaña de la iglesia parecen descansar envueltas en un sueño profundo. Zorita lleva en pie unos mil años, y aún está lejos de parecerse a su vecina Villacreces, pero no parece que vaya a resistir mucho más tiempo…   Menos mal que al irnos nos saludan, animados, los perros de la granja.

Ahora disfrutamos de una experiencia nueva. Tierra de Campos no es llana, que posee lomas, valles, motas, arroyos, cuestas… Y, efectivamente, rodamos por una mesetilla larga y alomada que nos muestra bien a lo lejos, el valle del Sequillo por el este –sobre todo la zona ribereña de la orilla izquierda- y el valle del Valderaduey por el oeste, ambos con sus tesos, pueblos, alamedas, hileras de arbolado y campos, muchos campos de tierra. No vemos este paisaje de manera continua; sobre todo nos lo dejan ver los arranques de las cabeceras de los arroyos, que forman pequeños valles y curiosas cárcavas, algunas incluso con tudas. Un buen observatorio es el pico del Moro.

En La Florida

Pasamos cerca de Villacarralón y de Fontihoyuelo, pero no nos acercamos. Cerca de esta localidad giramos hacia el sudeste y cruzamos los vallejos de varios arroyos que forman, para nosotros, esos toboganes que nos impulsan en las bajadas para acometer con poco esfuerzo las subidas. El camino nos lleva a una vieja cañada utilizada hace muchos años por merinas que al poco dejamos para pasar junto al vértice geodésico de Angulo, o del picón de Gras.

Hasta que nos encontramos con un pequeños vergel formado gracias a la humedad del arroyo del Monte. Incluso hay una fuente: la fuente de la Florida, con agua en el arca que no llega al caño. Flores no hay, que estamos en otoño, pero sí frutos silvestres, abundante hierba, arbustos, olmillos… un ambiente grato para tanto polvo y sequedad que hemos acumulado.

Llegando a Herrín

Enfilamos Herrín. Por unos metros rodamos por el viejo firme del tren burra y nos acercamos a una gran balsa de riego que tendrá un kilómetro cuadrado de superficie y que cuenta hasta con un observatorio. ¡Qué pena: no hemos traído prismáticos! Aunque la balsa sólo tiene grandes charcos, se distinguen puntos blancos y puntos negros que corresponden a diversos tipos de aves acuáticas.

Y entramos en la meta rodando sobre un cembo del Sequillo, que ha sido nuestra guía a lo largo de casi toda la excursión.

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Excursión (fallida) de Gatón de Campos a Boadilla de Rioseco

17 abril, 2017

Pensamos  esta vez en dar un paseo por Tierra de Campos: abril acababa de empezar, no llovía y, si había un momento especialmente bueno para pasear por estos campos siempre atractivos, sin duda era éste. De manera que nos fuimos en coche hasta Gatón y desde allí nos dirigiríamos hasta Boadilla de Rioseco, pues hacía tiempo que no rodábamos por el límite con Palencia.

Así se planteó la jornada. Y lo primero que pudimos comprobar es que los campos estaban muy secos para la época. El cereal, en muchas zonas, mostraba unas calvas de mayor extensión que el propio sembrado donde, además, las plantas no levantaban un palmo y empezaban a ponerse mustias. ¡Menudo panorama se nos presenta, sobre todo a los agricultores!

Así estaba Campos…

Gatón, de nombre simpático, es pequeño y hermoso, con esa hermosura de las cosas sencillas y humildes. Tapiales, casas de barro, algunas incluso de piedra, muy originales. Y el Sequillo bordeándolo. Decidimos seguir la ruta por la orilla derecha de este río, que no mostraba camino pero se veía despejada de maleza y con hierba rala. El cauce es ancho y no hay un punto en el que no crezcan espadañas, ahora de un amarillo pajizo bastante feo. Pero a nuestra izquierda se extiende un gran prado todavía verde que contrasta grandemente con el cauce seco.

Restos del puente del ferrocarril

Nos cruzamos con la vía de un antiguo tren de vía estrecha: sobre el Sequillo se mantienen aún en pie las pilastras de piedra que sostuvieron el puente. No deja de ser curioso este paisaje del que parece que la civilización se ha ido retirando. Y ahora seguimos por el firme del ferrocarril hasta Villafrades, donde paramos un momento para beber agua de su viejo pozo que –esta vez sí- han sabido conservar.

Palomares

Salimos del pueblo por la carretera y la dejamos justo donde dos palomares bien conservados siguen ejerciendo su función, o eso parece. Ahora el paisaje cambia y los campos son alomados, con subidas y bajadas continuas. Pasamos por las fuentes de la Loma y las Tocinas, que surgen como de repente en medio del campo. Tal vez antaño, cuando se usaban, tuvieron su arca, pero ahora no. Al menos manan agua. Las avutardas -qué bien se dejan ver en esta época- se levantaban especialmente majestuosas.

Llegamos a El Muerto, una auténtica asomada sobre esta inmensa tierra desde la que podemos ver el ancho valle del Sequillo con sus pueblos y más allá, así como el extenso territorio hacia el este, donde distinguimos algunas torres de iglesias. Y sin bruma la vista hubiera alcanzado mucho más.

En El Muerto

Ahora bajamos hacia la fuente de los Arenales, perfectamente señalada en la lejanía por tres árboles, uno de ellos ya cubierto de hojas. Dejamos las bicis en el camino y justo al apoyar el pie dentro de la cuneta, ¡zas! siento una fortísima y dolorosa pedrada sobre la pantorrilla de la pierna derecha. Miro hacia atrás y nada ¿quién ha sido? En el suelo tampoco veo nada que haya funcionado como contrapalanca… Y aquí termina la excursión, al menos para mí. Rotura fibrilar de gemelo. Estaré varios días inmovilizado.

Fuente de los Arenales

Llegamos a Herrín de Campos, Javier empujándome un poco y yo pedaleando con la pierna izquierda. Comemos, Javier vuelve a por el coche y yo me quedo en el bar tomando un café y comentando la jugada con quien lo lleva, que me invita a un chupito de orujo para sobrellevar mejor la situación. Ya de vuelta, pasamos por el Centro Médico de Villalón donde me vendan la pantorrilla. El resto del fin de semana, a reposar, leer y escribir. Semana Santa tranquila. Gajes del oficio. Boadilla puede esperar.

Del Moclín a Moral de la Reina

25 septiembre, 2015

Medina de Rioseco 2015

La primera parte de esta ruta discurre por el Moclín y sus alrededores. Por si alguno no lo sabe, el Moclín –un montecillo bajo y redondeado- es famoso en el mundo entero por haber dado nombre a la batalla que se libró en sus inmediaciones entre el ejército francés de Napoleón y el español con la ayuda del inglés. Aunque en un principio éramos muy superiores, los gabachos nos barrieron, así de sencillo y de terrible. Pero bueno, eso sucedió hace más de doscientos años.

Para comenzar el trayecto, subimos desde Rioseco al páramo de San Buenaventura, también conocido como de Valdecuevas, donde tuvo lugar la famosa batalla. En la subida vamos dejando algunos ejemplares viejísimos de chopo español, cárcavas sembradas de cipreses –parece que estuviéramos en Chipre o en la costa griega- y la fuente de San Buenaventura, a la que le han quitado el adorno en forma de piña que le acompañaba en lo alto del pilar y le han añadido, al lado, un caño y un abrevadero nuevos.

Arriba han plantado casi todo el paramillo de olivos que dan un buen aceite, comercializado con los nombres de Valdecuevas y Moclín, y pasamos junto a la almazara que lo produce.

Cerro acarcavado

Cerro acarcavado

Esto no es la típica y ondulada Tierra de Campos; aquí podemos ver pequeños páramos como este, lomas, mogotes, morros, cerrillos. Son como una defensa u avanzadilla del páramo de los Torozos, del que se han desgajado después de las llanuras de Campos. Y como ahora está casi todo cosechado, no es necesario ir por caminos; se disfruta mucho más a campo traviesa, bordeando montículos –o subiéndoles-, esquivando alguna perdida piedra caliza, saltando regueras, cruzando lindes… Por cierto en las linderas abundan los endrinos, aquí cargados de frutos; en otros sitios están vacíos, que así son de erráticas las plantas veceras. Y el endrino lo es como pocas.

Línea de endrinos

Línea de endrinos

El cerro del Moclín (841 m) está al Este del páramo de San Buenaventura. Desde estos mogotes y paramillos se contempla una interesante perspectiva: la línea de los Torozos, destacándose el castillo de Montealegre por muy lejos que esté, campiñas onduladas de diferentes tonos entre el ocre y el grisáceo, pueblos lejanos, la hilera interminable de álamos del Canal de Castilla… Y el cielo, iluminando y dando vida a todo. Parece que vamos rodando sobre un cuadro de tonos pasteles mezclado con pinturas al óleo que sobresalen de la superficie y suaves acuarela, y que tenemos encima una inmensa tela de vivos blancos y azules… Así es esta Tierra… de Campos.

Montealegre al fondo

Montealegre al fondo

Desde el páramo de Sollano vemos Villanueva de San Mancio y nos tiramos ladera abajo en zig-zag para luego atravesar una rastrojera. Aunque hemos cruzado un montón de veces por aquí, uno nunca se acostumbra a la torre de la iglesia de Santa María, con un primer cuerpo cuadrangular y los dos superiores octogonales.

Sequillo

Sequillo

Cruzamos el Sequillo donde recibe al Anguijón y enfilamos hacia el acueducto del Canal sobre el Sequillo, que sigue aguantando perfectamente la acción del agua y de las inclemencias del tiempo. El Canal es un vergel pero tenemos que seguir hacia Tamariz. En el camino nos da de comer un manzano rastrero: sus frutos están en sazón.

La torre de la iglesia de San Juan no termina de caerse a pesar de las mil grietas que tiene y la iglesia de San Pedro, de origen más antiguo, deja ver su portada románica. A la salida vemos los restos de la fuente del Pradillo y el palomar del Médico que, curiosamente, está cuidado y retejado. Hemos dejado definitivamente el Sequillo.

El girasol aguanta bien la sequía

El girasol aguanta bien la sequía

¡Que pena!: la larguísima pradería de la Vega, del arroyo Madre entre Tamariz y Moral está de un amarillo que quiere ser verde pero no lo consigue. El verano ha sido intenso, muy caluroso. Los campos están resecos y polvorientos, y los prados, como éste, están sedientos. Es uno de los parajes más encantadores de Tierra de Campos, pero no en este momento. Ni la orla de sauces que tiene en uno de los límites le dan frescor. El prado está enrasado, con algún badén; se puede rodar por él fácilmente.

De ahí pasamos, cruzando el viejo firme del trenecillo desmantelado, a la iglesia de San Juan. Al menos las ruinas han sido consolidadas y se pueden visitar sin peligro. El pueblo es una preciosidad: no hay muchas casas arruinadas, y pasamos junto a algunas que son verdaderas obras de arte en arquitectura de ladrillo. Merece la pena venir a Moral de la Reina aunque sólo sea a dar una vuelta por sus calles. Por cierto, pasamos junto a la tapia por la que caen las ramas de un inmenso moral.

En Moral de la Reina

En Moral de la Reina

Y la última parte de la excursión, en la entrada siguiente

Puente sin aguas ni camino

26 octubre, 2013

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No sólo en Aldeamayor hemos visto puentes en medio del campo y hacia ninguna parte. Este que se aprecia en la fotografía está en Villanueva de los Caballeros, muy cerca del Sequillo y de la autovía de La Coruña. Pasamos junto a él al hacer la ruta de la excursión anterior.

Es de buena factura: bóveda en ladrillo macizo, bien construida y el resto en sillarejo del páramo cercano. Lo peor de todo es que ya no existe arroyo. Antaño lo tuvo que haber; o tal vez un caz de algún inexistente molino a fecha de hoy. Y tampoco existe camino o ruta que pase por el puente. Tal vez lo hubo antes de la construcción de la autovía. Hoy, no es más que un testigo de otros tiempos, pues sin duda dio servicio a un camino para superar un curso de agua. Un puente fantasma. De ninguna parte a ninguna parte. Sin ningún rio o arroyo que superar. ¡Demasiados  fantasmas para esta Tierra de Campos!

***

Viendo el mapa de 1941, el puente se encuentra en el cruce del camino de las Higueras de la Vega -que iba paralelo al Sequillo desde Villanueva a San Pedro- con el arroyo del río Puercas, que venía de más allá de Cotanes. Este arroyo lo debieron mover al modificar el cauce del Sequillo. Ahora desemboca unos cuantos metros aguas arriba de donde antes lo hacía.  Y el Sequillo ha cambiado sus  antiguas sinuosidades por una dirección casi rectilínea. ¡Así son las cosas!

Allá donde confluyen Sequillo y Valderaduey

18 octubre, 2013

Sequillo

Esta vez nos vamos desde Villanueva de los Caballeros hasta la desembocadura del Sequillo, siguiendo el curso de este río. Volveremos por el monte de Belver. Son casi 60 km por Tierra de Campos.

El Sequillo y su ribera

El Sequillo es un río humilde. Más que un río, es una zanja por la que circula agua. Antes ni eso, pero ahora, gracias al pantano de Riaño y sus canales, no se parece a su nombre. En unos tramos se ve acompañado de sauces y álamos y en otros simplemente por la llanura. De todas formas, es un río vivo: se oye el murmullo de la corriente, y los bandos de patos ya han venido para pasar el invierno y alguna garza levanta el vuelo a nuestro al descubrirnos.

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Pero el firme horizontal entre la zanja y el cembo no lo recomendamos para la bici: o tiene demasiada hierba, o hay que ir sorteando enormes cantos rodados o los cardos secos te impiden el paso. En algunos tramos estaba mejor, ¡que ya es decir! El senderillo por encima del cembo. Pero allá cada uno que haga lo que quiera. Los chopos empiezan a estar dorados.

Diversas ruinas de molinos encontramos a nuestro paso, a un lado y a otro del cauce: la Perfecta, el del Jesuita, el de Enmedio, la Fábrica, el de Maroto. Este último es una casa rural donde sirven una excelente paella.

Entre el puente que lleva a este último molino y la desembocadura, rodamos por un camino con algunos manzanos en la cuneta: ¡qué frutos tan dulces a la vez que ligeramente agrios pudimos degustar!

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La desembocadura

¿Cuál de los dos lleva más agua? Sin duda, el Sequillo. Pero aquí el Sequillo pierde su nombre y quien lo mantiene es el Valderaduey.  La zona ha cambiado mucho en los últimos años: son dos zanjas que se juntan. Antaño debió de ser todo esto un gran humedal, una extensa zona  pantanosa, pues todavía abundan en las tierras limítrofes las charcas y lagunas, y las espadañas tienen a brotar por todas partes.

El Valderaduey viene por la derecha y el Sequillo está detrás del árbol de la izquierda

El Valderaduey viene por la derecha y el Sequillo está detrás del árbol de la izquierda

Fue difícil acercarse a la confluencia, pues las orillas de los dos ríos están cercadas por una cinta electrificada. Dentro, un buen rebaño de curiosas vacas –con algún novillo- pastaban a sus anchas. Además, en las riberas abunda la maleza. Pero el lugar es reconfortante, perdido y alejado del mundanal ruido, incluso del rural. A unos 500 metros aguas arriba del Sequillo, una presa almacena agua para repartirla por acequias hacia las tierras próximas. Por ella se puede cruzar a la otra orilla.

Los pueblos

Son localidades de Tierra de Campos, donde predomina el barro en las construcciones y abundan los palomares y paneras, las iglesias grandes y las casas pequeñas.  En Villanueva de los Caballeros hay que visitar sus palomares, pues los hay de todos los tipos: de planta circular y cuadrada, encerrados en un recinto tapiado y exentos, dentro del núcleo urbano y fuera de él, todos son un derroche de equilibrio y arte… pero van desapareciendo porque las construcciones de barro, si no se mantienen, vuelven al barro. Como los hombres. Villanueva tiene una buena laguna y la torre de su iglesia es una balconada.DSCN6775

San Pedro de Latarce ya lo conocemos. Pero no nos cansamos de visitar sus calles, su peculiar recinto amurallado de calicanto y su molino de barro.

Belver de los Montes es distinto. Se levanta en la ribera del Sequillo y en la falda de un buen cerro de barro rojizo, ahora cubierto de pinos. Entre los pinos, inesperadamente, asoma su castillo, únicos habitantes del recinto amurallado. En la falda del cerro aparecen las torrenteras casi verticales modeladas en el barro por las aguas y conocidas como hornías en otros sitios, hurnas las llaman aquí. Es sobre todo, un pueblo ganadero: pastos en los pardos de la ribera y pastos en el monte. Hacia el oeste, una larga fila de naves donde se recoge el ganado, vacuno especialmente. Así que, contra lo que suele ser normal en esta Tierra, abunda más el ganado que el cereal, y el monte que el llano.

Terminamos en la entrada siguiente recorriendo el monte de Belver, el Manzanar y las encinas de San Pedro.

Vaca de buena cornamenta que nos miraba curiosa a 20 m de la desembocadura

Vaca de buena cornamenta que nos miraba curiosa en la desembocadura

Y del Sequillo al páramo (fin)

25 septiembre, 2013

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(El mapa puede verse dos entrada más arriba, o aquí)

Y de nuevo en camino, sin pararnos a contemplar las bellezas de San Pedro de Latarce. Que las tiene y, sobre todo, las tuvo: por ejemplo, aquel puente de piedra, de numerosos ojos, que ha sido sustituido por una amorfa pasarela de hormigón; de la misma manera que el ancho Sequillo ha sido sustituido por una zanja al uso de los tiempos modernos. Pero hacemos un alto ante la  Virgen de la Bóveda, fuera del pueblo, ya en la ruta de vuelta. A pesar de ser un edificio moderno, posee ese aire ingenuo de las construcciones populares. Además, es fruto del cariño de unos hijos a sus padres y a esta Virgen, según se lee a la entrada, Patrona menor de pueblo. ¡Ah! Y de nuevo los caminos derechos de este planeta Tierra de Campos.

Al fondo se distingue la villa almenada de Urueña. Poco después, un potente magnetismo nos impulsa a subir al teso de los molinos, y lo hacemos a través de la rastrojera. Ya arriba comprobamos la inexorable marcha de estos ingenios de viento hacia la tierra, siempre acogedora. Si hace 20 años estaban desmochados pero en pie y con alguna piedra molinera al lado, ahora no  son más que montones informes de barro con los restos de piedra hechos añicos. La cima llana del teso también está abandonada, sólo crecen los cardos que asfixian a los almendros. Pero la vista de Tierra de Campos merece la pena.

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Bajamos a Villardefrades donde solo nos detenemos unos instantes para beber agua y visitarla iglesia inconclusa de San Andrés .

Y ahora, cuando más calienta el sol, nos toca la subida al páramo. Vemos el camino, entre acacias, que lleva a la granja Almaraz y también, en ruinas, la iglesia de Almaraz de la Mota, como queriendo esconderse en un pliegue de la ladera. Parece que alguien estaba pensando en los sufridos caminantes –en dirección contraria es Camino de Santiago- y ha plantado unos álamos que todavía no dan suficiente sombra. Ya arriba, cruzamos el estrecho monte de encinas y cuando el camino se despeja acabamos por distinguir la torre del castillo de la Mota que marca nuestra meta .

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Después de llanear un poco nos recibe el vergel donde nace el arroyo Valdefuentes, asfixiado de maleza por lo que es imposible buscar la fuente o manantial. Pero es un lugar fresco y agradable. Si continuáramos por su  cauce, nos encontraríamos con la fuente de Plumales.

Pero como seguimos por el camino, alejándonos un poco de la autovía, llegamos a un peculiar chozo de pastor. Tiene dos peculiaridades: es de los pocos de planta cuadrada, aunque la falsa bóveda es circular; y es seguramente el que se encuentra más al oeste del páramo y, por tanto, de la provincia. Ahora está en un sembrado que hace años fue monte.

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Y la bajada hacia Mota. Dejamos a al oeste el prado bien verde, con algún chopo, del arroyo del Medallón, y siguiendo nuestro camino –recto a la vez que ondulado- llegamos a Mota, no sin antes acercarnos a saludar a la ermita de Nuestra Señora de Castellanos.

El paseo lo completamos acercándonos a las ruinas del castillo y de la iglesia del Salvador. La torre de la iglesia de San Martín tiene una grieta de arriba abajo, como si la hubiera querido partir un rayo. Finalmente, el palacio de los Ulloa –hoy convento de monjas- se encuentra en buen estado. Menos mal.