El Roble de la Rosca

Lo encontramos en el término de Valdecañas; es un roble que si lo tuviéramos que calificar lo llamaríamos elegante. Está lustroso en un doble sentido: primero porque parece como si la corteza, ramas y hojas las hubieran limpiado las aguas de lluvia hace no mucho -y todo podría ser, pues llevamos unos días tormentosos- y en segundo lugar porque no tiene ramas muertas, alguien lo ha olivado bien y mantiene una copa alta, que nos recuerda a la de un piñonero, y un tronco largo , con tres o cuatro muñones que antaño fueron ramas. Además, su corteza brilla con esos matices naranja propios de los robles viejos.

Desde la fuente de la Teja

Tiene, pues su personalidad. No sabemos sus años, pero son muchos. Se nota que ha sido nombrado, querido y cuidado por muchas generaciones. Y ahí está, marcando el paso de los años a la vera del camino de las Sendas o de Villarmiro, o también de la Rosca. Antes de llegar a él desde Valdecañas hemos podido admirar lo que queda de los corrales de Valdesario, de peculiares chozos y encerraderos.

Pero esta excursión dio para mucho más. A la ida, pasamos por la senda de los Tilos, que nos conduce a la peculiar bodega en Tablada. A su lado hay, además, un mirador sobre el valle del arroyo del Prado con Villaviudas al fondo y restos de dos palomares. En una excursión anterior habíamos llegado hasta el despoblado de Tablada, pero no hasta la bodega.

El portillo de Arriba

Luego, subimos al páramo de los Angostillos por la fuente de la Teja -localizamos un abrevadero, pero no la fuente- y lo recorrimos aprovechando los caminos de servicio de los aerogeneradores hasta tomar el camino de Hornillos el portillo de Arriba. Pero a lo que se ve y se nota, ya nadie pasa por este portillo de yeso y caliza. Abajo y al sur, los corrales y chozo de Solórzano.

Y desde Hornillos, vuelta a subir al páramo, ahora por lo que llaman el Monasterio, que nos condujo hasta la Aguilera, de inmensos bloques de yeso con cuevas difíciles de alcanzar, que caen sobre el valle del Henar. En este páramo pudimos contemplar diferentes corralizas y chozos, hasta que nos acercamos a la raya de Valdecañas y, finalmente, rodamos cuesta abajo hasta la localidad. El camino hasta el Roble es una senda amplia, de buen firme, que salva primero la subida al páramo; nos conduce entre robles, encinas y sembrados, con excelentes vistas al anchuroso valle del Castillo.

En la Aguilera

La Rosca es el lugar más alto de esta excursión, por encima de los 900 metros; el arroyo de Tablada estaba por debajo de los 750, de manera que ahora, para la vuelta, predominarán las bajadas. O esa ilusión nos hacemos después de haber subido tres veces al páramo.

Y sí, bajamos ahora al valle del Pozuelo para afrontar enseguida la cuarta y última (menos mal) subida al páramo. Este lugar es solitario como pocos. No es de paso, no va a ninguna parte. Los agricultores llegan hasta sus tierras en el valle y nada más. El Cerrato es, en buena parte, así: apartado, olvidado, solitario. Por eso una sensación única nos invade cada vez que rodamos entre sus cerros. Y tal vez por eso también hemos visto gran número de corzos, muchos pequeños, protegidos por sus madres. A un grupo de cinco lo sorprendimos durmiendo la siesta tras una carrasca. La caza menor también se esconde por estos lares: a juzgar por los bandos levantados, parece que la perdiz ha criado muy bien.

Valle del Pozuelo

Al poco de subir al páramo nos encontramos con los corrales de la Serrana, que mantienen un chozo bien conservado. Ya en la carretera -por la que no pasa nadie- nos topamos con el chozo, y su corral o tenada derruida- de la Cabaña Alta, único en su especialidad, pues posee una elevada y caracteística humera, que se levanta por encima de la cúpula. No nos atrevimos a tomar un camino para bajar hacia Baltanás y nos dejamos llevar por la larga cuesta abajo de la carretera, que culebrea sin peligro por la ladera de la paramera.

Cabaña Alta

De Baltanás a Villaviudas rodamos por el camino que bordea el páramo del sur. En él nos encontramos con un buen hito de piedra en el que, inscrito, se leía: CAMPO DE TABLADA I MONTE DE FUENTE CIRIO, por un lado, y por el otro CAMPO DE BALTANAS, que conincidía con la actual raya de esta localidad con Villaviudas. A la altura de la Canaliza pasamos junto a los restos de unas corralizas con su chozo. El camino también está adornado con robles de buen tamaña. Poco después, tras algunos toboganes, llegábamos a nuestro destino final. Habíamos recorrido unos 50 km.

Aquí podéis ver el trayecto.

Tariego y sus torreones

Tariego posee una privilegiada situación, en una falda del Cerrato y a orillas del Pisuerga. Además, ¡se ve desde Valladolid, que está a más de 30 kilómetros! Por eso fue elegido para albergar una torre del telégrafo óptico que conectaba con las de Dueñas y Villamediana. Así, vigila casi todo el curso bajo del Pisuerga por lo que es un excelente observatorio de la comarca.

¿Qué hemos de ver en Tariego?

El Pisuerga, que forma antes del puente una hermosa isla, hasta hace poco bien poblada de chopos y álamos que han sido recientemente talados. Hay varios miradores en la localidad para contemplar el río y su ribera y vegas. Y Baños de Cerrato, Dueñas, Palencia, Magaz…

La isla en el Pisuerga

La torre del telégrafo ya citada. Si subimos, comprobaremos que la vieja mole, de curiosos detalles constructivos, está como partida a la mitad, de abajo arriba, señal de que la tierra se hubiera movido, lo cual no tiene nada de particular en estos extremos donde hay un ten con ten geológico entre el páramo y el río donde. Vemos también los restos de una antigua fortaleza que dominaba el paso del río. Si el día estuviera despejado, distinguiríamos hasta Valladolid. Y, entre la torre y el pueblo, los restos, arruinados –con alguna excepción- de las cuevas casas en las que hasta mediados del pasado siglo vivía la gente más humilde. No son pocas, pues están situadas en cuatro niveles diferentes de la falda; recuerdan un poco a las de Aguilar de Campos -excavadas en barro- frente a las de otras localidades como Trigueros del Valle o Santa Cecilia del Alcor, que aprovechan las capas de piedra caliza.

Los Torreones: algo único y llamativo, algo así como si se movieran los montes. El Pisuerga ha ido socavando los cerros, compuestos de yeso, arenas, margas y arcillas, además de capas de caliza, y éstos han ido cediendo hacia el río. Lo normal son los desplomes del material, su amontonamiento y empuje posterior por las aguas. Pero en este caso se han deslizado enormes bloques del páramo, que aparecen como verdaderos murallones o torreones, aislados del cantil. No se han derrumbado -al menos por el momento- ni se los han arrastrado las aguas. Y ahí están, a media ladera. Se distinguen al menos tres grandes torreones que dejan ver a las claras la materia de la que están compuestos y forman extrañas siluetas. Un sendero que sale del pueblo nos conduce hasta ellos.

Torre del telégrafo óptico

Por si fuera poco, esto solo fue una parte de la excursión. Después de Tariego fuimos hasta Hontoria por la carretera, pues no hay camino. Supongo que Hontoria vendrá de fuente, y tenemos una, renovada, en la entrada. Después, por el sendero de las Derrumbadas nos presentamos en Soto. Hay que decir que este sendero -como tantas cosas hoy día- ya no es lo que era. La última vez que pasamos, lo hicimos con peligro para nuestra vidas (casi) pues el terreno estaba húmedo y resbaladizo y los derrumbamientos, con grandes piedras o trozos de terreno desprendido, estaban bien a la vista, sobre el mismo camino. Hoy hay una pista de buen firme y de las derrumbadas, nada.

Río Pisuerga

Nos acercamos al río, donde juntos conviven puentes de dos épocas y después de recorrer terreno llano nos presentamos en un puente derruido, el de Reinoso. El río acaba de formar un pequeño embalse cuya presa se sitúa sobre la de las antiguas aceñas de esta localidad. Y el punto siguiente fueron las antiguas aceñas de Villaviudas, arruinadas y con su parte más baja sumergida a causa del embalse de Reinoso. Los cadáveres de árboles ahogados también por este embalse sobresalen sobre la superficie de las aguas. Antes de ascender por el valle, nos acercamos hasta la desembocadura del arroyo del Prado, que viene de lo más profundo del Cerrato.

El valle se abre entre los páramos del Barrio y del Mueso. Desde el último escalón de éste, al norte, nos saluda una curiosa hilera de bocas: son antiguas minas de yeso. Pasada Villaviudas está el despoblado de la Tablada que, asentado sobre un suave cerro, domina el valle. Es curioso ver como el pueblo se agrupa en un círculo alrededor de la iglesia y la casa central, desde donde se domina un amplio panorama. Las casas de arriba, señoriales, son de piedra. Las de abajo, en barro, se están deshaciendo. Dejamos para otro momento el paseo de las Lilas, la bodega típica y los restos romanos.

En la Tablada

Y ya sólo nos queda la última parte de la excursión, esta vez por las alturas del Cerrato, es decir, por el páramo, al que subimos por un vallejo amplio y suave al principio que se fue empinando y poniéndonos a prueba. El paisaje cambió enseguida, dominando ahora el monte de encina y roble. Aquí no había llegado aun la primavera, pues los robles no tenían hoja y el suelo estaba más bien seco, de color pajizo. Atravesamos un buen monte para tomar una cañada, curiosamente adelgazada en muchos tramos pero sin llegar a desaparecer. Junto a ella vimos al menos tres preciosos chozos de pastor, dos relativamente juntos, por lo que el paraje se conoce como las Dos Cabañas. Son chozos similares a los que tanto abundan en estos páramos, pero con dinteles y jambas grandes, de una sola pieza, lo que hace que las entradas o puertas sean más amplias de lo normal.

Cabaña Alta

Más tarde, ya en terreno de Cevico de la Torre, pudimos contemplar, entre otros chozos, la Cabaña Alta, con corrales de excelentes muretes. Efectivamente, era bien alta y, además, se levanta en un punto del terreno que domina toda la zona. Merecería la pena hacer algo por conservarla -se está cayendo- pues es una de las más emblemáticas del Cerrato.

Un «Torreón»

Poco más que resaltar en el ya de por sí hermoso paisaje cerrateño: cruzamos la gran cantera de Cementos Hontoria y caímos sobre Tariego. Habíamos recorrido casi 65 km con un tiempo primaveral; he aquí el trayecto. Y desde que subimos al páramo no hubo necesidad de bajar, a pesar de los múltiples valles, vallejos, paramillos y cerratos en los que se cuartea esta comarca. Mérito de Javier, que sacó todo el partido al mapa. También podéis leer otra versión de esta misma excursión.

…y del Aguilarejo hasta Valladolid

(Continuación de la entrada anterior)

Desde el prado del Aguilarejo, la cañada enfila un pequeño valle repleto de robles jóvenes y sube al páramo, donde sigue entre robles durante poco mas de un kilómetro. Pero enseguida conecta otro valle, ya tributario del Esgueva.

Es el valle de Arranca, con arbolado en sus laderas y abundante pasto en el fondo. Con frecuencia llega a encharcarse, lo que aprovechan los patos para refugiarse y criar. En medio del valle está el pozo de la Tablada, protegido por una caseta. Es uno de los pocos sitios de la cañada donde pastores y rebaños podían beber agua en abundancia. Si no, tenían que confiar en que hubiera charcos. O bajar a un pueblo cercano, con lo que eso suponía para los rebaños. Donde acaba el valle, alguien ha acabado con la cañada, de modo que tenemos que ir o bien por la ladera –como no somos ganado, resbalamos- o bien por el sembrado.

Al cruzar la carretera de Amusquillo la cañada se convierte de nuevo en bosque de robles, y de nuevo subimos al páramo, de donde ya no bajaremos ¡hasta Valladolid! No obstante, ofrece hermosas vistas al valle de San Vicente, que esconde la ermita de este santo venerado por los esguevanos. Y se alternan tierras cultivadas con terrenos montaraces.

Ahora el paisaje va a ser muy similar –aunque cambiante continuamente- hasta llegar a las proximidades de nuestra meta. La cañada conserva cierta anchura, sin llegar a las 90 varas, y cruza por montes –cada vez menos- y cultivos –cada vez mas. Por los documentos y mapas está claro que todo esto fue un inmenso monte de robles y encinas; y esta es la razón de que vinieran por aquí los rebaños, para no molestar a los agricultores que trabajaban en las tierras de los valles próximos.

Vemos algunos amplios descansaderos, como el de los corrales del Raso; nacimientos de vallejos entre robledales, como el de Santiago, el de las Victorias o el del Doctor; chozos de pastor, y un pozo. Llega un momento en que desaparece definitivamente el monte, si bien quedan grandes robles como testigos junto a la cañada, reducida ahora a un camino de dos roderas. En todo caso, hemos rodado durante muchos kilómetros por Los Páramos –así designaban los pastores esta zona- sin ver casas ni construcciones que no fueran pastoriles.

Finalmente nos pegamos casi de narices con el vallado del campo militar de Cabezón que nos desvía por su linde Sur y termina por empujarnos a la carretera del valle Esgueva junto a Renedo. Cuando los pastores trashumaban, descendían por donde estuvo Nicas para abrevar en el Pisuerga, luego seguían por la carretera –que es cañada- hasta la pradera del Carmendescansadero.