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El teso del Rey

26 enero, 2018

La excursión del último sábado discurrió por los términos de Villamuriel, Aguilar, Ceinos, Villalán y Bolaños, todos ellos en Tierra de Campos. El día fue a ratos soleado a ratos con el sol oculto tras una nube de gasa. Para estar en enero, ciertamente hacía muy agradable, si bien los ciclistas notamos en determinados momentos un viento fuerte, sobre todo si lo teníamos de cara.

Una de las vistas

La sorpresa agradable del día fue el descubrimiento del teso del Rey. Se encuentra en medio de las localidades citadas arriba, forma parte de la divisoria entre el arroyo Ahogaborricos o Bustillo y el río Valderaduey y seguramente también formó parte de la frontera entre León y Castilla, cuando Bolaños pertenecía al primer reino y Aguilar al segundo. Como estamos en una zona de cotarras, colinas, tesos, alcores y cuestas, no llama demasiado la atención cuando vemos su peculiar perfil desde Villamuriel o Aguilar. Pero ya es otra cosa cuando uno se encarama a él, pues desde su cima se descubre una Tierra de Campos distinta. Si teníamos la idea de que esta comarca es más o menos llana, ¿cómo es posible que la veamos ahora a vista de pájaro sin necesidad de alas? Para encontrar una altitud similar hemos de ir hasta el páramo de los Torozos, al sur, o a las proximidades de Villacarralón, muy al norte.

El teso desde Aguilar

La superficie del teso es llana, algo que tampoco es muy normal en la comarca, donde abundan los cerros cónicos o, todo lo más, alomados. De hecho, éste tiene como continuación hacia el norte una loma. Por tanto, en épocas muy lejanas perteneció a algún paramillo. Arriba, lo vemos lleno de piedra entre calizas y areniscas, de tamaño más bien pequeño; en la varga deja ver una veta de esto tipo de roca, que parece cuartearse y erosionarse al salir a la superficie. Ahora lo han cubierto de pimpollos que mañana serán pinos. En el medio, un vértice geodésico.

Y Aguilar desde el teso

¿Momento ideal para acercarse al teso? Sin duda, estos días de invierno son muy adecuados: el sol, como no está en lo más alto, saca el perfil, volumen y color a los cerros, valles, senderos, campos y, en general, al inmenso territorio que el teso nos ofrece. El cielo no debe estar cubierto y lo mejor es que abunde en nubes y claros. Ahora los campos se encontraban, si no repletos de color, sí con variadísimas tonalidades entre el verde del cereal –la mayoría- y el marrón del barbecho o del cereal recién nacido.

Al fondo Villamuriel

Ya hemos citado los muchos pueblos terracampinos que se ven desde el teso.  Pero hay más todavía: en el valle del Valderaduey se divisan Villavicencio y Becilla, hacia el norte, Urones, e incluso se adivinan las torres de Mayorga, Villalba y Cabezón, con la cordillera nevada al fondo. Ceinos también se ve muy bien. Detrás de Aguilar distinguimos Gordaliza y Villacid, y el inicio del páramo de los Torozos y adivinamos, por tanto, la situación de Palencia. Más al oeste, los molinos de Ampudia. Delante de Villamuriel, la alameda de las Rozas y los restos de este caserío; detrás se distinguen los restos de la iglesia de Villaesper y Morales. En fin, todo esto para hacernos una pequeña idea de lo que supone este observatorio, que abarca los 360 grados del territorio y tiene una altitud inusual para esta tierra sin accidentes elevados. Porque si bien es cierto que algunos miradores –Urueña, Autilla del Pino- son más elevados que éste, paisajes disponen de un campo visual más reducido, de unos 180 grados.

Villalán y el valle del Valderaduey

Por lo demás, cada uno verá detalles distintos, pues el paisaje cambia según el día y la hora e incluso según los ojos que lo contemplan. Y si pudiéramos subir todas las semanas, y hasta todos los días, no nos cansaríamos de mirar un panorama tan profundo, siempre diferente aunque permanezca igual.

Así es, también, Tierra de Campos.

Dejamos para la próxima entrada más tesos, fuentes romanas, molinos alamedas, rollos jurisdiccionales y caminos variados.  Aquí va el recorrido.

 

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Por el Sequillo y sus lomas

1 octubre, 2017

Hace unos meses terminamos –de manera accidentada- una excursión en Herrín de Campos. Esta vez la iniciamos aquí para dar un paseo hasta Villacidaler -ya en Palencia- y Zorita de la Loma: iremos por el valle del Sequillo para volver por una singular loma entre el Sequillo y el Valderaduey.

Herrín es una curiosa localidad: posee pintorescas casas de barro e ingeniosas construcciones en ladrillo donde podemos contemplar composiciones de gran belleza plástica, como la denominada pico de gorrión.

Pero tal vez lo más curioso y llamativo de Herrín sean los danzantes de san Antonio, aunque para asistir a este bello y tradicional espectáculo de paloteo -¿qué hacen unos hombres vestidos con enagüillas y tocados con coronas florales en plena austeridad terracampina?- hay que recalar el día de san Antonio o su víspera, allá por el mes de junio.

Fuente

En fin, después de ver  las casas, el cerro de las bodegas, algunos palomares y una curiosa fuente cuyo caño da la espalda al abrevadero, salimos poniendo rumbo hacia el norte. Todo el paisaje se encuentra revestido de un tono pajizo, salvo las llamativas islas verdes que son, ciertamente, abundantes: un bosquete de álamos, unas hileras de olmos rastreros con las puntas secas, un insignificantes pinarillo… El arroyo del Juncal posee una hilera de enormes árboles, tantos, que ¡hasta parece un río!

Bodega de Benavides

Cruzado el arroyo nos acercamos al caserío de Benavides. Hasta inicios del siglo XIX fue el monasterio  de Santa María de Benavides. Pero ya no queda nada. O al menos, desde fuera de las tapias sólo se ven casas y naves. Junto a la puerta de entrada, restos de columnas que tal vez pudieron sostener algún arco de aquel convento. Otra consecuencia del siglo XIX español, que acabó con tanta historia y tanto arte. Llamativa es la bodega junto al caserío, que cuenta con cuatro respiraderos y una zarcera que recibiría, a juzgar por sus dimensiones, grandes cantidades de uva. Pero a estas alturas, ni un solo majuelo hemos visto por los alrededores.

Seguimos nuestro camino. Antes de llegar a Boadilla nos llama la atención un magnífico puente de dos arcos, con bóveda de medio punto y magníficos sillares, que salva el humilde regato (totalmente seco, claro) de Gil Pérez. ¡Curioso! ¿Procederán las piedras del desaparecido monasterio?

Camino de Boadilla

Esta vez no entramos en Boadilla. Nos conformamos con contemplar el magnífico puente sobre el Sequillo y la ermita de la Virgen del Amparo, que alcanzamos rodando por un delicioso camino guardado por hileras de chopos mochos.

Seguimos navegando entre las suaves olas de Tierra de Campos, manteniéndonos muy cerca del Sequillo, a nuestra izquierda. No todo está reseco. Las hileras de sauces y álamos se suceden junto al río, y lo que parece el viejo cauce del Sequillo –a nuestra derecha- también se encuentra acompañado de algunos árboles. Precisamente por aquí hay restos de alfalfa todavía verde y levantamos muchos bandos de avutardas aquí refugiadas.

El Sequillo entre Boadilla y Villacidaler

Entramos en Villacidaler por el puente del Sequillo y, junto a la ermita de la Virgen de la Carrera vemos un viejo pozo, ya inutilizado, y una antigua prensa de uva. A la salida del pueblo pasamos por las bodegas: ¡hay que ver la cantidad de majuelos que hubo en otros tiempos! También es llamativo que no quede ninguno.

Cuatro kilómetros nos separan de Zorita de la Loma. Cuatro kilómetros de camino recto a lo largo de los cuales vemos al fondo la torre de la iglesia y, por detrás, también, la torre de la iglesia de Villacidaler. ¡Qué llanuras tan amplias nos ofrecen estos campos!

En Zorita

Entramos de nuevo en la provincia de Valladolid y, al poco, en Zorita, que cuenta sólo con tres o cuatro zoriteños; las casas parecen habitadas pero no es más que una ilusión y sólo vemos actividad en una granja. El cementerio, los palomares, las casas y la espadaña de la iglesia parecen descansar envueltas en un sueño profundo. Zorita lleva en pie unos mil años, y aún está lejos de parecerse a su vecina Villacreces, pero no parece que vaya a resistir mucho más tiempo…   Menos mal que al irnos nos saludan, animados, los perros de la granja.

Ahora disfrutamos de una experiencia nueva. Tierra de Campos no es llana, que posee lomas, valles, motas, arroyos, cuestas… Y, efectivamente, rodamos por una mesetilla larga y alomada que nos muestra bien a lo lejos, el valle del Sequillo por el este –sobre todo la zona ribereña de la orilla izquierda- y el valle del Valderaduey por el oeste, ambos con sus tesos, pueblos, alamedas, hileras de arbolado y campos, muchos campos de tierra. No vemos este paisaje de manera continua; sobre todo nos lo dejan ver los arranques de las cabeceras de los arroyos, que forman pequeños valles y curiosas cárcavas, algunas incluso con tudas. Un buen observatorio es el pico del Moro.

En La Florida

Pasamos cerca de Villacarralón y de Fontihoyuelo, pero no nos acercamos. Cerca de esta localidad giramos hacia el sudeste y cruzamos los vallejos de varios arroyos que forman, para nosotros, esos toboganes que nos impulsan en las bajadas para acometer con poco esfuerzo las subidas. El camino nos lleva a una vieja cañada utilizada hace muchos años por merinas que al poco dejamos para pasar junto al vértice geodésico de Angulo, o del picón de Gras.

Hasta que nos encontramos con un pequeños vergel formado gracias a la humedad del arroyo del Monte. Incluso hay una fuente: la fuente de la Florida, con agua en el arca que no llega al caño. Flores no hay, que estamos en otoño, pero sí frutos silvestres, abundante hierba, arbustos, olmillos… un ambiente grato para tanto polvo y sequedad que hemos acumulado.

Llegando a Herrín

Enfilamos Herrín. Por unos metros rodamos por el viejo firme del tren burra y nos acercamos a una gran balsa de riego que tendrá un kilómetro cuadrado de superficie y que cuenta hasta con un observatorio. ¡Qué pena: no hemos traído prismáticos! Aunque la balsa sólo tiene grandes charcos, se distinguen puntos blancos y puntos negros que corresponden a diversos tipos de aves acuáticas.

Y entramos en la meta rodando sobre un cembo del Sequillo, que ha sido nuestra guía a lo largo de casi toda la excursión.

Villalogán

12 mayo, 2016

Villavicencio 2016(1)¡Qué gusto navegar por Tierra de Campos! Aquí y ahora, el mar no es azul, sino de un verde brillante de diferentes tonalidades. Los campos de mieses, muchos espigados, se mecen por el viento y parece que los ciclistas navegamos entre olas bajo el azul del cielo… Un verdadero espectáculo del que podemos disfrutar, con suerte, una vez al año. Al fondo, las cumbres blancas de la cordillera cantábrica y del Teleno, enmarcan nuestro recorrido. No hay gaviotas, pero los aguiluchos cenizos se dejan llevar por el viento dando inesperadas piruetas en busca de alimento. También, las calandrias fijas en lo alto se desgañitan en trinos ante el estallido de la luz. Y los vencejos, fieles al primer día de mayo, chillan mil veces mientras cruzan por el cielo.

Aunque los caminos estaban secos nos topamos con algún charco

Aunque los caminos estaban secos nos topamos con algún charco

Ha dejado de llover, brilla el sol, hace frío. Es Tierra de Campos, entre León y Castilla. Y nosotros, por un día, formamos parte de este paisaje grandioso y sencillo al mismo tiempo.

Salimos de Villavicencio de los Caballeros; nuestro primer objetivo, las ruinas de barro del molino de Abajo. Antes, pasamos por una amplia pradera en la que destaca el capirote de un pozo. El molino se parapeta tras un bosquete de álamos que bebe en el socaz. No todo es de barro, pues los tajamares –y la presa- resisten el paso del tiempo gracias a la piedra caliza. Vemos dos piedras molineras. La balsa tiene el suelo cubierto de hierba.

Tajamares en el molino de Abajo

Tajamares en el molino de Abajo

Siguiente objetivo, la fuente y casa de Villagoya. Pero no queda nada de nada, salvo un precioso paisaje sobre el valle del Valderaduey que contemplamos desde una hilera de almendros.

Al poco, llegamos a un pequeño paraíso perdido que se eleva entre los campos. Es Villalogán. Vemos una casa, cuadras y varias naves destartaladas. Un herrumbroso columpio casi oculto entre le hierba. Un pozo en su caseta picuda. Un original palomar de barro a medio cubrir por la hierba, tanto es lo que ha llovido últimamente. Todo esto es una pena, sobre todo pensando que se cita Villa lugan en el tratado de Cabreros, que firmaron los reyes de León y Castilla allá por el año 1206. Entonces era importante, poseía un castillo y numerosas casas. Pocos años después se le nombra con bonas casas e heredat en un Becerro. Hoy está despoblado, depende de Mayorga y mantiene, testimonialmente, su propio término territorial.

Llegada a Villalogán

Llegada a Villalogán

Pero ahora –y tal vez siempre- lo mejor de Villalogán son sus praderías con chopos y sus manantiales que engordan el arroyo de la Mata, al norte del caserío. Ahora, claro, los prados están deslumbrantes. No encontramos la fuente de Piedra, que también el mapa señala al norte. Salvo que sea alguno de los manantiles.

Prados en el arroyo

Prados en el arroyo, Villalogán

De camino a Urones cruzamos las Mangas, otra de esas lenguas que forman por esta comarca los arroyos llenándolas de verdor.

Mentar Urones de Castroponce es mentar cultura. Y ver esculturas y sentir arte dramático. Pero también –ahora al menos- es hablar de choperas, prados, fuentes y arroyos. Nos acercamos hasta el manantial que hay junto al arroyo de la Fuente, con su arca en forma de contera. Ambientes idílicos y pastoriles al más puro estilo clásico, como no podía ser menos.

Saliendo de Urones

Saliendo de Urones

El siguiente paisaje que se nos presentó a la contemplación, de nuevo en el mar de campos, fue Mayorga con sus torres y un fondo de altas montañas nevadas. Alguien dijo que parecía Suiza. Pero, evidentemente, exageraba un poco. En ese momento estábamos en el monte de Urones que, de monte, nada.

Mayorga al fondo

Mayorga al fondo

En Castrobol nos asomamos al valle del Cea, para ver lo que nos esperaba en la siguiente etapa de la excursión: campos anegados, cañadas, arroyos, vaguadas, prados, cereal, monte. De manera que bajamos hasta el Cea, que venía crecido, y nos fuimos alejando poco a poco de Tierra de Campos.

Continuamos en la siguiente entrada por la orilla derecha del Cea.

La ribera derecha desde Castrobol

La ribera derecha desde Castrobol

Entre Campos y Torozos

4 diciembre, 2015

Villerias 2015

Estamos en los límites de Tierra de Campos, pues mientras que Villerías es plenamente terracampina, Montealegre –aunque se apellida de Campos- está sobre una loma entre Torozos y Campos, y Villalba se levanta sobre el páramo si bien su término municipal pertenece en parte a Campos. En todo caso, este será un paseo tranquilo y relativamente corto: de Villalba a Villerías, y vuelta. Sin embargo, el viento puso lo peor y el frío –el primer día de verdadero invierno- hizo el resto. Está claro que los músculos del ciclista funcionan mejor en verano que en invierno. Pero somos todo terreno y todo clima.

En primer lugar, nos acercamos a la picotera de Landemesa. Picotera es a pico algo así como ladera a lado. O sea, en este caso, un terreno que tiene esa forma. Este término también se usa en el vecino Valdenebro. Y tanto en aquí como allí el terreno estuvo plantado de majuelos y con linderas de almendro y vallas de piedra.

Camino de Landemesa

Camino de Landemesa

Estamos donde el páramo se acaba y aparece la infinita Tierra de Campos. La caída no es tan fuerte como en otras laderas de Torozos, pues aquí se compensa con la mayor altura de la comarca terracampina. La vista disfruta como pocas veces: una llanura que se une al cielo allá al fondo, con tonalidades ocres, amarillas, verdes. Encima, nubes aborregadas de color blanco y gris pasean rápidas flotando en el aire. En el páramo, al Este, aparecen los molinos de Ampudia y, salteados por tierra que se extiende a nuestros pies, los pueblos, con la torre de la iglesia que les personaliza: Torremormojón, Pedraza, Mazariegos, Baquerín, Castromocho, Villerías, Capillas, Villarramiel…

Tierra de Campos. Mormojón al fondo

Tierra de Campos. Mormojón al fondo

Bajamos a campo traviesa por una zona de monte bajo y buscamos cerca de la carretera de Matallana a Alcor las fuentes de Toruelo –que no encontramos- y Pinilla, que descubrimos a duras penas totalmente asfixiada por la maleza y rota por la desuso. Sí que percibimos que se trata de una zona donde afloran los manantiales, pues los arroyos llevan agua y en medio de los campos de cultivo quieren surgir zonas pantanosas. Pero lo que más nos llama la atención es el horno de cerámica relativamente bien conservado, en el lado norte de la carretera y junto a pequeño cabezo.

El horno

El horno

Ahora tomamos el viejo camino de Montealegre a Ampudia hasta que nos quedamos a cuatro kilómetros de esta localidad. Los molinos nos centran una atención que se la quitan a la majestuosa torre de Ampudia. Entre Ampudia y Valoria distinguimos, ahora en tierra de labor, los corrales y chozo del Junco. A nuestra derecha, a unos seis kilómetros, el inconfundible alcor de Mormojón.

Torcemos hacia Villerías por el camino que viene de Valoria del Alcor, que aparece escondida entre los pliegues de la ladera. Subimos y bajamos por un camino en tobogán que nos sitúa cerca de una laguna –seca por el momento- que ha quedado en medio de un campo de labor. Curiosamente pertenece al término de Torremormojón, que llega hasta aquí en forma de lengua. El resto del campo es de Villerías (norte) y Ampudia (sur). Hay otras lagunas de las que ya no queda ni rastro.

Villerías al fondo. En primer plano, una de las lagunas

Villerías al fondo. En primer plano, una de las lagunas

Después de un paseo por Villerías –palomares y queso- tomamos el camino del cementerio y, un poco más allá, aparecemos en la fuente Rosa, recientemente rehecha. Es un lugar curioso como pocos. La fuente mana en lo alto de un teso extendido, si bien nos recuerda más un pozo que una fuente, pues el arca está en el fondo de un espacio de superficie pentagonal al que se baja por unas escaleras de piedra, como las paredes. La piedra es blanca, si bien quedan como tres cilindros de tonalidad rosa que debieron pertenecer a la antigua fuente. Era la fuente que abasteció a la localidad hasta principios de los años 70, luego condujeron sus aguas hasta el pueblo –vimos la fuente al tomar el camino del cementerio- y finalmente, el agua corriente, se toma del Canal de Castilla.

Aspecto de fuente Rosa

Aspecto de fuente Rosa

Bajamos a campo traviesa y enseguida tomamos un camino que nos conduce al que viene de Ampudia y lo tomamos en dirección a Montelegre. También se le conoce como cañada Zamorana. Una auténtica muralla nos da sombra –no se agradece, hoy preferimos sol- y el camino que se hace cañada nos lleva junto a lagunas y humedales. O se acumula o mana el agua. Todo extremadamente húmedo. Poco antes de llegar a la carretera descubrimos, a la izquierda, otra fuente que mana en tierra de labor.

Desde el castillo

Desde el castillo

En Montealegre nos acercamos al castillo para contemplar de nuevo la inmensidad de esta Tierra. ¡Qué buen mirador, el cerral, para descubrir los campos de tierra! Desde aquí descubrimos nuevas torres: Meneses, Boada, Castil de Vela, Capillas, Abarca, Autillo… Y el sol anuncia su puesta haciendo brillar algunos campos verdes al mismo tiempo que oímos la voz de Jorge Guillén, presente siempre en Montealegre:

Esta luz antigua
De tarde feliz
No puede morir

Ya solo nos queda poner rumbo a la localidad amurallada en la que comenzamos a rodar. Y lo hacemos por el camino viejo de Villalba, que abunda en subidas y bajadas. De vez en cuando, a través de un vallejo o en nuestra memoria, nos asomamos a Tierra de Campos. La luz antigua de tarde feliz muere per resucitará mañana…

De vuelta con las luces cayendo

De vuelta con la  luz antigua

Campos y campanarios

1 septiembre, 2015

villardefradesExcursión de unos 60 km por Tierra de Campos, que incluye una breve incursión por las estribaciones del páramo de los Torozos. Allá vamos…

…el cielo estaba gris y el suelo pardo amarillento. Pero a lo largo del día el cielo fue cambiando y aparecieron nubes blancas y trozos de cielo azul. En el suelo dominaban los marrones, pero en algunos campos la tendencia amarilla acababa venciendo; en otros verdegueaba la verruguera y en algunos –de regadío- brillaba la alfalfa, el maíz, la remolacha o el girasol. Por cierto, vimos campos sembrados de cártamo -ya seco- que es un tipo de cardo utilizado para extraer aceite. Como en esta Tierra el cielo es tan importante como el suelo, o más, los cambios de forma y tonalidad estaban asegurados, pues cualquier coloración en las alturas se reproducía abajo.

Atravesando la inmensidad...

Atravesando la inmensidad…

Vayamos por partes. O por términos (municipales).

Villanueva de los Caballeros

Localidad señorial –como tantas otras de Campos- bañada por el río Sequillo, que sigue llevando agua. Antes de cruzarlo, paramos a ver el territorio donde se asentó el histórico convento de Villalbín (que realmente pertenece a Urueña). Naturalmente, no queda nada, si no es el recinto, marcado por negrillos enanos y la leyenda misteriosa de su abandono por los frailes. Aunque la realidad histórica no tiene vuelta de hoja y tuvo lugar en 1835 a causa de la desamortización.

Fuente de los Caños

Fuente de los Caños

Cruzado el puente nos acercamos a la fuente de los Caños, que en otras épocas abasteció de agua al pueblo con todos sus ganados. Es una caseta de piedra con pequeños cangilones que elevan el agua del pozo, y dos caños: vemos una manivela de rueda al exterior que trasmite la fuerza que hace subir el agua. La pobre ya no está en uso.

Paseando con tranquilidad tomamos la senda de la orilla del Sequillo. Los pescadores sacaban abundantes cangrejos con finalidades gastronómicas. Llegamos al molino de las Cuatro Rayas –en la otra orilla- y, en ésta, al Miradero, donde se descubrió una tumba colectiva similar y de la misma época que los Zumacales, de Simancas, aunque sin dolmen.

El Sequillo

El Sequillo

Pero en Villanueva lo mejor fue encontrar abierta la puerta de la iglesia de San Pedro –es domingo- y, ya en ella, la puerta que nos conduce a la torre, a la que se sube mediante un curioso entramado de escaleras, siendo la última una muy estrecha y empinada de caracol. En otras ocasiones nos había llamado la atención la especie de mirador o terraza de piedra que constituye el último cuerpo de la torre, precisamente donde se asientan las dos campanas (junto a dos esquilones que permanecen rotos apoyados en la baranda).

Vidal Izquierdo (i) con Javier y Miguel Ángel (d)

Vidal Izquierdo (i) con Javier y Miguel Ángel (d)

Allí estaba, además, Vidal Izquierdo, el campanero, que lleva en esta profesión toda la vida y sabe, por tanto, todos los toques de campanas necesarios en el acontecer del pueblo. Fue herrero y carpintero, por lo que se da buena maña en el mantenimiento de estos instrumentos musicales; todavía realiza el repiqueo en fiestas y días señalados. Pudimos disfrutar de algunos y aquí podéis escuchar –y ver- éste. Pero nadie en el pueblo se anima a sustituirle… ¿se perderá la tradición?

Además, esta torre en Tierra de Campos, aunque no muy alta, es un buena atalaya sobre la comarca. Villanueva también posee una rica arquitectura popular, en la que sobresalen –no se sabe por cuánto tiempo- palomares de barro del más variado estilo.

Laguna en Pozuelo

Laguna en Pozuelo

 Pozuelo de la Orden

Tomamos dirección norte. Una línea recta –algo natural y fácil en el país- nos conduce hasta Pozuelo de la Orden. Son varios kilómetros de alegre pedalada, pues el viento nos da de espalda. Al fondo sobresale el perfil de esta localidad y también la iglesia de Cabreros, más atrás en un alto.

Pozuelo. Tiene tres generosas charcas, pero dos estaban resecas. El pozuelo que bautiza el lugar también lo encontramos seco, si bien la vegetación exuberante aprovechaba su humedad. La Orden se refiere a la de San Juan de Jerusalén.

Paramos en las ruinas de la iglesia de Santo Tomás –cantos rodados, ladrillo, barro y alguna piedra- que sigue cayéndose a pedazos. El retablo, preciosidad gótica, puede contemplarse en la Colegiata de San Isidoro de León. También se caen los palomares.

Palomar

Palomar

Salimos del pueblo por el camino de la ermita de Santa Ana. ¡Menos mal! Ésta sí está cuidada y restaurada. Por sus peculiaridades, es una pequeña joya –una de tantas, la verdad- en Tierra de Campos. El pórtico de la entrada, con seis columnas de piedra, se extiende a modo de nave rodeando la propia nave de la ermita sin comunicarse directamente con ella. Curioso.

 San Pedro de Latarce

Pedaleando contra el viento vimos que allá abajo estaba el Sequillo: esta zona es como un gran plano ligeramente inclinado. La uniformidad del paisaje la rompían algunas líneas de árboles –pinos, almendros, chopos en zonas húmedas- y al fondo, la línea de Torozos, con Urueña de vigía. También hubo aquí algunas lagunas que han dejado el rastro de las lluvias de primavera en algunos pagos.

Como la autovía ha reducido el número de caminos que cruzaban la tradicional vía a Galicia, tenemos que dar un pequeño giro hasta cruzarla por el desvío a San Pedro de Latarce y Villanueva de los Infantes. No sin antes pasar el arroyo Puercas y dejar de lado el ya conocido Puente a Ninguna Parte. Junto al Sequillo quedan restos de otros viejos molinos, como La Perfecta. ¡Tiempos!

A veces, algunos árboles se asoman por esta Tierra

A veces, algunos árboles se asoman por esta Tierra

Las encinas de San Pedro nos acompañan por la carretera y al llegar al pueblo nos tomamos un merecido descanso –agotados de luchar con el viento en contra- no lejos de su castillo.

 Continuamos en la entrada siguiente. Pinchar aquí para ver el trakc de Miguel Ángel

Entre el Bustillo y el Valderaduey

30 abril, 2015

villacidTal vez lo más llamativo de esta excursión fue el hecho de encontrarnos una Tierra de Campos distinta de lo habitual, o al menos distinta de lo que normalmente se espera de ella. El paisaje no era gris, ni marrón, ni oscuro, ni –mucho menos- tenebroso y duro. Al revés: la luz lo inundaba todo, la claridad brillaba, los colores se desbordan en la retina y en el paisaje. Las cien las tonalidades del verde, dependiendo del momento de las cebadas o el trigo, según la tierra en la que nacían y el agua recibida; varios tintes del marrón en la tierra, según la humedad o el tipo de suelo; el amarillo brillante de las gébanas en algunos campos; las hileras de árboles empezando a verdear y, en el cielo, azul y blanco en movimiento. Al fondo, las montañas nevadas de la cordillera Cantábrica; en las cunetas o en el centro de los caminos, distintos tipos de flores con su distinto color.

Camino de Castroponce

Camino de Castroponce

O sea, en estos meses de abril y mayo esta Tierra parda es una fiesta. Pero hubo más sorpresas.
Entre Castroponce -pueblo con dos barrios, el viejo y el nuevo, construído porque el Valderaduey se llevó el anterior allá por el año 1961- y Mayorga nos encontramos Los Manantiales, en la ladera de una loma: dos fuentes con abrevaderos en escalera y varios manantiales afloraban para dar más alegría al paisaje. Chopos, álamos y algún manzano florido adornaban la pradera. Las fuentes habían sido restauradas por una asociación de cazadores de Mayorga. El frescor seguro que permanece aquí durante el verano.

Los Manantiales

Los Manantiales

Dos miradores se cruzaron en nuestro camino. El primero de ellos, el de Lastras de Poleo, justo en la linde de Mayorga con Villalba de la Loma, se levanta entre los ríos Cea y Valderaduey y, por tanto, dominaba buena parte del paisaje de ambos valles, con muchos de sus pueblos, tierras, arboledas, caminos… Parece como si quisiera abarcar la inmensa y ondulada Tierra de Campos.

En Lastras de Poleo

En Lastras de Poleo

El otro es el mirador preparado en el mismo Villanueva de las Condesa, sobre sus bodegas y cárcavas, y abierto a los valles que bajan hacia el Valderaduey y el Bustillo. También deja contemplar una infinidad de pueblos y torres de campanarios. Y, por completar la colección, subimos al vértice geodésico de Valdemontorio, en Villalba: como el monolito estaba inclinado y sin quitamiedos, mareaba un poco estar en la cima.

En las proximidades de Vega de Ruiponce, además de contemplar palomares y otras construcciones –todas de barro y muchas rodeadas de almendros- en la ribera del Valderaduey, nos acercamos a la ermita donde se venera el Santo Cristo de la Vera Cruz. Allí también, al otro lado de la Zamorana, apoyada en un trípode, vemos la curiosa Piedra del Milagro. Cuenta la leyenda que unos arrieros fueron acusados de robar aceite de la ermita del Cristo y, al negarlo, juraron que no era cierto y que, si lo fuera, se despanzurrara su buey. Al momento se desprendió, convertida en piedra, la panza del animal. Lo cierto es que se trata de una pieza, de media tonelada de peso, cuya composición no se encuentra en Tierra de Campos.

Al fondo, Melgar de Abajoy la cordillera

Al fondo, Vega de Ruiponce, Melgar de Abajoy la cordillera

Después, hay que dar un paseo por Vega: la iglesia del Salvador se encuentra en lo más alto y el pueblo posee típicas -y bellas- casas tradicionales, además de fuentes y pozos.

Alamedas y choperas, árboles aislados, arroyos y manantiales, lomas y vaguadas, amplios valles, todo parecía vestido de fiesta en esta austera Tierra. También nos sorprendieron las fuentes de arca abierta en Villalba de la Loma y en Bustillo de Chaves, en este último lugar, recientemente restaurada. O el simpático pozo ganadero a medio camino entre Villacid y Gordaliza, o aquel otro –también con abrevadero- a la salida de Villanueva.

Esta vez, no llevamos mapa, por lo que rodamos un poco a ciegas y no descubrimos algunos puntos que los mapas te pueden señalar como interesantes. Pero como el paisaje no viene en el mapa, descubrimos con más facilidad esos panoramas infinitos llenos, esta vez, de color y alegría. Que así también es Tierra de Campos.

Desde Villanueva de la Condesa

Desde Villanueva de la Condesa