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El cerro de Santa Cristina y otras cuestas

7 febrero, 2018

El río Sequillo modela buena parte de la ladera noroeste del páramo de los Torozos, desde Medina de Rioseco hasta San Pedro de Latarce. Ha sido este río el que ha labrado, por ejemplo, empinadas estribaciones en Urueña, o suaves faldas en Latarce, dejando una amplia llanura hacia el norte en su orilla derecha. Pero no en todos los casos, pues al pasar por Tordehumos lo hace, curiosamente, por un valle más cerrado, pues si el páramo sigue estando a un lado, al otro se levanta el teso del castillo de Tordehumos protegido a su vez por el cerro de Santa Cristina. Se trata, pues, de una más dura del antiguo páramo que ha quedado a modo de testigo de tiempos geológicos pasados.

Movidos tal vez por la reciente excursión al teso del Rey, nos acercamos esta vez al cerro de Santa Cristina que, todo hay que decirlo, nos decepcionó un poco porque no tiene buenas vistas (!) que nos esperábamos: todo su cerral se encuentra plantado de pinos que obstaculizan la mirada panorámica, salvo por el oeste -¡qué bien se ven Pozuelo, Cotanes, Cabreros!- y un poco por el norte para contemplar Villaesper, Morales y Villafrechós. La superficie de la cima, donde aflora la caliza, tiene forma de triángulo; se puede ascender gracias a unas roderas que parten de la carretera de Morales marcadas seguramente por los forestales que mantienen  el pinar. Aun así, merece la pena. También obtenemos una visión distinta del castillo de Tordehumos, que no llega a emerger sobre el ras del páramo de enfrente.

Pero la excursión no fue sólo este cerro. En primer lugar, nos acercamos a las cárcavas del Moclín. Debió ser muy fuerte el proceso de erosión por la lluvia antes de la plantación del pino de Alepo, pues en las torrenteras más bajas descubrimos, atravesándolas, anchos muros de piedra muy bien construidos para frenar la caída de las aguas y proteger así los campos de cultivo.

Otra novedad fue contemplar, en pleno siglo XXI, un rudimentario cigüeñal en uso para sacar agua del arroyo del Marqués y regar así una mínima huerta en su ribera. ¡No ha llegado a todas partes la industrialización del campo!

En el trayecto de ida subimos al páramo por la cañada del Aguachal –que desaparece en la cuesta- para bajarlo enseguida hacia Villabrágima. Todavía en la pendiente hubo dos paradas: una para comprobar que el manantial de la Calva sigue manando entre la maleza y otra contemplar el Espigüete y el Curavacas blancos detrás de la torre de Santa María: ¡hermoso espectáculo donde se juntan lo divino y lo humano! De bajada, paramos en la fuente del Cuerno, que al menos goteaba.

La vuelta fue épica por el camino de Tordehumos a Rioseco, pues un viento huracanado soplaba en dirección contraria. Pero con calma y con pequeñas metas se pudo con él. Nos paramos en algunos de los abundantísimos humedales que encontramos a la izquierda del camino, unos señalados por carrizo, otros por juncales, otros por chopos…  Por eso, aquí hubo abundantes fuentes: en el término de Villabrágima, vemos una, frente a una nave y un palomar, en piedra y terminada en un triángulo con la inscripción 1922; otra en la ermita de Nuestra Señora de Castilviejo, donde paramos a descansar y, finalmente, la Fuentecilla, poco antes de llegar a la Ciudad. Pero no sólo humedales, también nos saludaban los palomares, en otro tiempo muy abundantes y ahora en situación final: uno de ellos, en el término de Villabrágima, fue antes molino de viento.

Aquí dejo la ruta en Wikiloc

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Cabreros del Monte

29 noviembre, 2010

Villabrágima será el punto de partida para la excursión de hoy, que discurre por paisajes históricos y naturales de Tierra de Campos.  Se asienta a orillas del río Sequillo, entre Medina de Rioseco y Tordehumos. Junto a la iglesia de Santa María podemos apreciar lo original que debió ser su muralla, si toda ella tuvo el aire de lo que queda, la Puerta del Reloj, coronada por una especie de minarete que contiene el susodicho reloj y, en la punta, una campana. Alamedas, tapiales de piedra, casas señoriales y palomares completan la fisonomía de esta localidad, netamente terracampina.

Por un camino ancho y con buen firme que luego se irá estrechando y hundiéndose en roderas, nos dirigimos hacia Morales de Campos. Al Oeste se contemplan los cerros de Tordehumos y el perfil del pueblo en el que destacan, lógicamente, sus iglesias. Allí se firmó, entre los reyes de Castilla (Alfonso VIII) y León (Alfonso IX) el tratado de Tordehumos, de 1194 por el que, entre otras plazas, Villalmenter sería devuelto a León.  (Enseguida cruzaremos por este despoblado)


Rodamos por el término de Tordehumos y, justo en su límite, pasamos junto al arruinado caserío de Carresneros. Quedan arbustos en el camino, y unos muros y un palomar que están volviendo a los campos de tierra.

Y al poco estamos en Morales: una típica panera, casas señoriales, la iglesia del Señor Santiago -no hay mas que ver las vieiras del arco de entrada- y -cómo no- palomares, variados y abundantes palomares. Saludamos a la Virgen de los Arenales en su ermita y seguimos ruta hacia Cabreros.

Cruzamos también junto a una charca, normalmente seca. Y entre campos de labor llegamos al lugar, hoy despoblado, donde se levantó Villalmenter, que quedó en el reino de León según el tratado de Fresno-Lavandera, y luego por el de Tordehumos. Ya se ve que en las escaramuzas ganaban castellanos, y en los tratados, leoneses. Y ciertamente el lugar parece estratégico: está en un alto y domina la falda de Torozos, Villagarcía, conecta con Tordehumos, Cabreros… No queda nada, ni una mala construcción, ni restos de caserío. Eso sí, al dar un paseo andando por los campos de labor descubrimos todo tipo de restos de cerámica y algunas buenas piedras.

De Villalmenter a Cabreros vamos por un camino relativamente estrecho. Al fondo se divisa la torre de la iglesia y, más al fondo, las montañas -parece el Teleno o sus estribaciones-  nevadas, señal inequívoca de que ha llegado el invierno. Pero antes de presentarnos en la localidad no desperdiciamos la ocasión de contemplar algunos palomares, que aun subsisten en pleno campo y parece que cumpliendo su función de albergar palomas.

Y llegamos a Cabreros del Monte, donde el 26 de marzo 1206 los reyes de León y Castilla firmaron otro tratado de Paz, el primero en la historia redactado en lengua romance. En él se citan los castillos de Carpio, Valderas, Bollanos (Bolaños) y Villa Fruchoso (Villafrechós), entregados al infante Fernando, de León, por Alfonso VII de Castilla.  Al parecer, donde hoy se levanta la iglesia de San Juan -el lugar más alto del pueblo- en el siglo XI se levantó un castillo, donde posiblemente estuvieron reunidos los dos monarcas para firmar las paces.

Hoy Cabreros es un pueblo pequeño y tranquilo. Conserva una laguna y las ruinas de dos molinos de viento. También hay que acercarse a la ermita de la Piedad. Y, por supuesto, a alguno de sus muchos palomares, como debe ser costumbre del caminante en esta Tierra. Y aquí nos quedamos por el momento, para continuar la ruta en la entrada siguiente.

Tierra de fronteras

18 noviembre, 2010

Los orígenes del reino de Castilla se remontan a la mitad del siglo IX, cuando el conde Don Rodrigo repobló la ciudad de origen vasco Amaya que sería así la primera capital del condado de Castilla. Cien años más tarde el conde Fernán González ensancha el condado llevando sus límites más al oeste del río Pisuerga, y sus directos sucesores se independizan de León. Diversas escaramuzas fronterizas se suceden a causa de la expansión de ambos reinos: normalmente, las comarcas reñidas se encuentran entre el Pisuerga y el Cea, o sea, lo que se disputa es la Tierra de Campos, de lo que se deduce que el Norte de nuestra actual provincia ha pertenecido tanto a León como a Castilla.

Fronteras sin raya

Hoy nos llama la atención que no existía una frontera definida, geográfica: únicamente se fijaba la pertenencia de las diversas localidades. De ahí que se da el caso de poblaciones de un reino que están enclavadas en otro, y viceversa. La raya, existirá, en todo caso, en nuestra imaginación, no en la realidad.


Alfonso VII (1105-1157) reunió en sus manos los reinos de Galicia, León y Castilla, además de otros territorios, por lo que se hizo coronar en la catedral de León como Imperator totius Hispaniae. A su muerte, dejó Castilla a Sancho III y León a Fernando II. Pero como incluyó Tierra de Campos en los límites del reino castellano, provocó enfrentamientos entre ambos hermanos, pues los leoneses consideraban suya esa Tierra. Todo iba a terminar en el Tratado de Sahagún (1158), pero no se lleva a la práctica por la muerte del rey castellano, a quien sucede Alfonso VIII con 3 años de edad. Dada su minoría de edad, se producen enfrentamientos internos entre las familias de los Castro y los Lara, y el rey de León aprovecha para ampliar sus territorios por Tierra de Campos. El rey castellano reaccionará hasta que en 1181 ambos firman el Tratado de Medina de Rioseco (1181), que reconocía las fronteras marcadas por Alfonso VII.

Tratado de Fresno- Lavandera

Pero para mayor precisión en las fronteras ambos convocan el Tratado de Fresno-Lavandera (1183), así llamado en razón a que el rey de León asentó sus reales en Fresno y el de Castilla junto al lavajo de Lavandera, cerca del Carpio. Se estableció la frontera entre ambos reinos, desde el Cea al Duero. Y como en ese territorio no existe accidente natural que separe, las referencias geográficas se citan en lugares habitados.

Gracias a él sabemos que quedaron en el reino de León: Villalbarba, Griegos, Almaraz, San Pedro de Latarce, Villavellid, Carbajosa, Villarmentero, Villafrechós, Villaliñoso, Bohomios, Villamuriel, Pajares, Ceinos, Gordaliza, Vega de Fernando Vermuiz, Santervás y Galleguillos. Y en Castilla: Villanueva, Villar, Urueña, Villagarcía, Morales, Castromayor, Villavera, Matilla, Palazuelo, Villaesper, Nechas y Cerecinos.  Poco duraría esta divisoria, pues en 1188 caen en manos castellanas Valderas, Bolaños, Santervás, Villavicencio y Melgar.

Tratados de Tordehumos y de Cabreros

Los enfrentamientos entre ambos reinos prosiguieron hasta el Papa Celestino III concertó una entrevista entre ambos monarcas en 1194 que concluyó con la firma del Tratado de Tordehumos. El rey castellano se comprometía a devolver a León los castillos de Valderas, Bolaños, Villafrechós y Villarmentero, en Tierra de Campos.


Diversos enfrentamientos se suceden, a la par que alianzas matrimoniales. Por el Tratado de Cabreros (1206) –primer tratado redactado en lengua romance- se resuelven de nuevo las diferencias entre los dos reinos.
Seguiría después el Tratado de Valencia de Don Juan, hasta que, finalmente, se produce la unificación de los dos reinos con Fernando III el Santo en 1230.

Tierra de Campos, tierra de fronteras

Como se puede apreciar, Medina de Rioseco, Fresno, Lavandera (El Carpio), Cabreos del Monte, Tordehumos, están en la provincia de Valladolid. Y Sahagún y Valencia de Don Juan a escasos kilómetros.

Por eso, cuando paseamos en bici por Tierra de Campos, bien podemos decir que recorremos viejos territorios de sabor fronterizo, donde abundaron las escaramuzas y las fortalezas, y donde Castilla forjó su carácter abierto y conquistador…

Auter de Fumus

10 enero, 2009

El río Sequillo, a pesar de su nombre, no está seco. Últimamente trae abundante agua, si bien ello se debe a la conexión que le viene del embalse de Riaño.  Pero no vamos a hablar del agua del Sequillo, sino de su historia y tradiciones, o de la Historia que ha visto a lo largo de los siglos.

palomar

Tordehumos –Autero de Fumus, según un documento del año 974- se levanta o, mejor, se recuesta en la suave ladera de su otero. Es una población de origen medieval perfectamente proyectada: sus calles forman cuadrículas paralelas y perpendiculares al Sequillo, conforme podemos observar también desde el otero. Conserva tres iglesias abundan las casas de piedra con sus correspondientes escudos.

También es famosa esta localidad porque en 1194 los reyes de León y de Castilla firman aquí el Tratado de Tordehumos con el fin de sentar las bases de una paz duradera que serviría para una futura unión de los dos reinos.

¿Qué paseos o excursiones podemos realizar por sus alrededores?

El Castillo.- Realmente no queda nada de esta construcción. Sólo parte de algunos murallones, desmochados, nos dan idea de lo que debió ser esta fortaleza. Podemos subir directamente, por unas suaves escaleras desde Tordehumos o bien por un sendero dando la vuelta, por detrás y de Este a Oeste, al cerro.

desde-el-castillo

Pero que el castillo ya no exista no va a empañar nuestras emociones y vivencias, pues el panorama que desde aquí se divisa es, ciertamente, impresionante. Muchos son los pueblos que se dejan ver, algunos están a 30 kilómetros. Subir a este mirador es una manera de entender y comprender la Tierra de Campos, pues vemos eso, una tierra en la que todo son campos. No destacan accidentes ográficos, salvedad hecha del páramo de Torozos, que tenemos enfrente. Vemos también el valle del Sequillo, que casi no es valle, y el cerro de Santa Cristina. Y el cielo, con las nubes que proyectan sombras que se desplazan corriendo por los campos.

Se agradecen los carteles que indican la situación de pueblos y otros puntos de interés.

El Sequillo.- ¿Por qué no recorrer el valle del Sequillo? Si vamos aguas abajo, por una excelente pista llegaremos después de rodar 10 kilómetros hasta Villanueva de los Caballeros –en la otra ribera queda Villagarcía- y, a 12 kilómetros valle arriba tenemos Medina de Rioseco, dejando en la otra orilla Villabrágima. Todas estas poblaciones son de barro, y abundan los palomares.

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Claro que también, sin alejarnos mucho, podemos también podemos visitar palomares en las proximidades de Tordehumos, así como las ruinas de la fábrica de harinas La Confianza, un puente de piedra sobre el caz del Molino Nuevo u otro puente de origen romano sobre un humilde arroyo cerca de La Confianza, por no hablar de las muchas fuentes que también fluyen en sus cercanías o de la ermita de la Virgen de la Vega.

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