Posts Tagged ‘Torozos’

Faldeo de Torozos

25 marzo, 2019

En la falda de Torozos acaba la Tierra de Campos y comienza el páramo. Son terrenos ahora incultos, antaño hubo terrazas en las partes más bajas donde se plantaron frutales -almendros, sobre todo- y parras de uva, y robles y carrascas en las zonas de cantil. Hoy, por el contrario, se han plantado pinos carrasqueños en casi toda la ladera para defenderla de la erosión, lo que ha contribuido a diseñar un paisaje más uniforme y monótono. A pesar de todo, por la zona que hemos atravesado quedan algunos pocos almendros, robles esqueléticos y enanos en los cerrales y algunas matas de encina. Todo ello complementado con picos, mesillas, pequeños rebarcos y algunos cantiles.

Un almendro en la ladera

Pero lo mejor fue, tal vez, la vista que de Tierra de Campos se nos ofreció desde las laderas y cantiles, a pesar de que el día elegido para el trayecto no fue bueno para la contemplación pues, debido al resol, la línea del horizonte se veía muy difuminada.

El camino -más bien sendero- lo han debido hacer las motos. No había barro -gracias a este marzo seco- ni arena, de manera que la bici rodaba bien. Pero se necesitaron buenas piernas, pues las subidas y bajadas son continuas, y en muchos casos no podían dar más de sí apretando pedales, de manera que hubo que caminar más de lo que hubiéramos querido.

Horizontes

Empezamos a la altura de Tordehumos, aprovechando el camino de la Santa Espina para acercarnos a las faldas. Los primeros dos kilómetros fueron a media ladera, parando de vez en cuando para contemplar el paisaje y recuperar resuello. Vemos como los caminos se van acercando a la ladera pero no llegan, se quedan cerca. Aunque la falda es lineal, bordeamos cerca del cerral un pequeño barco o rinconada y salimos a las proximidades del manantial de Cañicorrales, tal vez el único que ve la luz en todas estas cuestas y cuyas aguas, además, viajan entubadas casi tres kilómetros hasta Villagarcía, a la que abastecen.

Un poco más y rodamos unos metros por el antiguo camino Ancho, bien empedrado, que conectaba Campos con el páramo. Después -en la Marranera– llegamos un solitario picón en el que se levanta una cruz metálica, bien asentada con cemento, en cuyo travesaño se lee Pascua joven 1992 y detrás, campos y campos de tierra. Por otro antiguo sendero que unía el monte del Conde con Villagarcía bajamos hasta la carretera, que aprovechamos para volver a subir. O sea, subir y bajar por vargas y laderas. Hermoso y cansado esto de faldear.

En el páramo

Por la carretera nos introducimos en el páramo para tomar el camino de Urueña por dos kilómetros entre montes y sembrados. Curioso: aquí arria han repoblado con pinos en vez de encinas o robles. Pero también nos cansamos de la llanura y nos dirigimos hacia el cerro de la Cruz: ¡otra preciosa vista de Tierra de Campos y, esta vez, de Urueña en la cima del páramo! El sol nos ciega y refleja con fuerza en los campos verde de cereal que se presentan brillantes como pocas veces.

Cuesta abajo, estamos enseguida en Villagarcía, donde visitamos las arcas y fuentes que surten de agua el pueblo y que traen el agua de Cañicorrales. Han sido remozadas recientemente. Merece la pena acercarse hasta ellas.

El sendero conduce a Urueña

Ahora ya solo nos queda rodar en línea recta hasta las cercanías de Pozuelo de la Orden para estirar las piernas después de tanto tobogán. Pasamos por algunos humedales y campos en los que se han plantado nogales, nueva riqueza de esta tierra.

Ya en dirección a Tordehumos nos paramos a contemplar algunos pozos típicos de la comarca, de boca ancha y enrejada . El primero, todavía en Pozuelo, cuenta con abrevadero y un rebosadero a un metro del nivel del suelo que conecta con el arroyo de la Nava. El segundo, en Tordehumos, al lado de la carretera, es una buena obra de ingeniería en piedra. También nos paramos en un caserón de barro que pronto no será nada mas que un montón de tierra.

Pozo cerca de Tordehumos

En fin, damos un último paseo por esta localidad y nos encontramos a los jinetes preparados para correr las cintas junto al reconstruido chozo de Miraflores, que originalmente se levantó en las mismas laderas que acabamos de recorrer.

Esto ha sido, más o menos, la excursión. Hemos de anotar que se trató de la jornada más caliente del año en Valladolid. Por aquí no hizo demasiado calor gracias al fuerte viento del noroeste. Pero sí lo suficiente para que aparecieran variadas mariposas -como esa llamativa que se viste de amarillo limón y las típicas blancas-, saltamontes y orugas. Y un grillo despistado. Y los pajarillos no hacían sino cantar a pleno pulmón. Pues eso, que estamos en primavera. Lo cual no quita para que nos queden también días malos.

Aquí, el trayecto.

Robles de la Santa Espina

22 diciembre, 2018

El roble quejigo que abunda en nuestra provincia es un roble austero, fuerte, a veces solitario, y próximo en parentesco a la encina y al alcornoque. Se diría que es el puente de unión entre la encina y los robles de montaña. A la primera no se le cae la hoja; los segundos la pierden en invierno. Nuestro quejigo, por el contrario la mantiene seca casi hasta que le nace la nueva, muy avanzada la primavera. La encina tiene la hoja de color verde oscuro, la del roble es más clara. Abunda en nuestros páramos y laderas cerrateños, en los montes Torozos junto a la encina y, en menos medida, en Tierra de Pinares. Su fruto es la bellota -rojiza y menos sabrosa que la enciniega- y le salen redondas gallaras.

Este mantiene bien las hojas

Los Torozos en la Santa Espina son de robles y encinas. A estas alturas del año los vemos con la hoja seca o desnudos, sin ellas. No hay grandes ejemplares, casi todos son de pequeño o mediano porte, como si les costara mucho crecer y engordar, como si tuvieran pocos nutrientes y humedad de los que alimentarse. Son robles profundamente castellanos, de la meseta y, por tanto, finos, resistentes y austeros. No conocen la abundancia de aguas que hay en las montañas que rodean la meseta. Y parece que están tensos, con abundantes nudos y desviándose demasiado las ramas en cada división y girando caprichosamente, como si no quisieran seguir un mismo rumbo, al contrario que la mayoría de los árboles.

Casa del Fuerte

El río Bajoz divide el monte en dos, si bien la mayor extensión queda al norte, en la ribera derecha. En el valle, los robles crecen un poco más, llegando a ser más corpulentos. Se dan la mano con sauces, chopos y otros árboles que necesitan abundante humedad. También crecen sanos en el valle de Valdelanoria y en otros barcos del Bajoz. Los del páramo, donde también abundan las matas de roble, son los más pequeños.

Extendiendo los brazos

A pesar de no ser muy grandes, son testigos mudos de otros tiempos, cuando los monjes del Monasterio mimaban el monte, haciendo cortas periódicas y bien espaciadas para mantenerlo a pleno rendimiento y así aprovecharlo al máximo para sacar su madera y ofrecer abundante pasto al ganado. Desde aquellos años del siglo XIX, la superficie del monte no ha hecho más que disminuir a velocidad de vértigo debido a las continuas roturaciones para cultivo. De hecho, siempre se ve alguna gran oruga realizando ese tipo de labor.

Juntos y diferentes

Y son especialmente hermosos, tal vez lo son más ahora que están desnudos y se aprecian mejor sus retorcidas ramas dibujándose, doradas por el sol, contra el cielo azul. No acabo de entender cómo la mayoría de los mortales considera más bella una escultura de las que hoy inundan las calles de nuestras ciudades y algunos museos modernos que estos robles, no esculpidos por ninguna mano humana.

Cerca de Villabrágima

El trayecto entre robles se completó con una visita a la Casa del Fuerte, en un picón entre el Bajoz y los Aguachales; posee una buena vista sobre el valle. Pero también bajamos hasta Villabrágima, ya en Tierra de Campos, por el cerro de la Bayesta, para subir por el monte Morejón.

Valle del Bajoz

Fresca y agradable excursión por los territorios de la Santa Espina. Aquí podéis ver el trayecto seguido.

Cuevas deshabitadas y una fuente recuperada

23 noviembre, 2018

La excursión de hoy ha consistido en atravesar el páramo de los Torozos desde Corcos hasta Santa Cecilia del Alcor. Día gris, fresco, sin sol y con el viento que buscó en todo momento la confrontación, el cara a cara.

Los paisajes se fueron alternando: amplios campos en el páramo, arcabucos en el monte, recogimiento en los vallejos. Y algunos caminos totalmente intransitables a causa de las rascaviejas acumuladas, que enredaban y bloqueaban ruedas, cadenas y cambios. ¡Nunca se habían visto tan infestados de esta maleza seca los campos! Seguramente la causa hay que buscarla en las abundantes lluvias de la última primavera.

En Santa Cecilia

Nos detuvimos de manera particular en las cuevas deshabitadas de Trigueros y Santa Cecilia, que antiguamente -hasta mediados del siglo pasado- fueron casas en las que vivía gente más bien pobre: jornaleros, pastores, viudas. Evidentemente tenían pocas comodidades: frías en invierno y en verano (más en verano), húmedas, estrechas y bajas, inseguras… Pero es lo que había entonces y no todo el mundo podía habitar una casa normal, de barro o piedra. Y fue algo muy común en este páramo y en los del Cerrato: Cabezón, Quintanilla de Trigueros, Mucientes, Cigales o Cubillas tuvieron este tipo de viviendas, por no citar más de una docena de localidades en la limítrofe provincia de Palencia.

El Castillo

Cuevas bajo el Castillo

En Trigueros se agrupan alrededor del Castillo (que es como se conoce a la ermita de la Virgen del Castillo), ocupando la visera del páramo, es decir, el espacio que queda bajo la capa de caliza más superficial después de excavar la parte de debajo, de margas y yeso, como de dos metros de espesor. Una vez excavada, se cerraba con un muro de piedras del mismo páramo, dejando hueco para puertas y ventanas. Los tabiques eran de yeso no retirado. Dentro tenían sus chimeneas y cocinas, e incluso en una de ellas puede verse todavía un horno.

Panorama de Trigueros

Encima, en un picón de la paramera, se levanta la ermita. En el origen debió ser muy antigua, nada menos que del siglo X, pues la puerta exhibe un arco mozárabe y encima, una piedra con un dibujo del mismo estilo. Todo lo demás es muy posterior, de construcción relativamente reciente. Pero lo mejor es la vista desde este mirador: el pueblo se extiende a nuestros pies, con sus plazas, calles, iglesia de ábside románico, castillo en el fondo sur, bodegas, palomares, arboledas… Una maravilla para la vista.

Santa Cecilia del Alcor

Es otra cosa. Vemos dos grupos de casas cueva, uno al oeste y otro en el extremo este, ya fuera del pueblo. Del primero quedan algunos restos de cuevas muy hundidas y otras que no se ven porque se construyeron delante casas el siglo pasado, quedando ocultas las cuevas. Fue una mejora habitacional.

Interior de una cueva “amplia”

Pero las del extremo este son visibles y visitables -con un poco de cuidado, dada la inseguridad por las caídas de algunas viseras de piedra. Se extienden, igual que las de Trigueros, bajo la capa de caliza del páramo, que ha quedado sin la zona de yeso y margas que tenía debajo. Se pueden apreciar diferentes tipos o planos de casas, con sus cocina, alcobas, almacenes, cuadras. En algunos casos no queda nada del muro exterior, pero en otros casos se puede observar hasta un alero hecho de lajas de piedra que protegía de la caída de agua por el muro.

Obsérvese el detalle del alero

Fuente del Parral

Vamos, finamente a por esta fuente, que en otras ocasiones no habíamos encontrado… por no haberla buscado bien. Al bajar del monte de Dueñas por el barco que hay a partir del Torilejo, dimos con las tierra abiertas de Quintanilla y, enseguida, con el arroyo del Prado. Pues bien, unos 50 metros más arriba del puentecillo, en el mismo cauce del arroyo, donde se ve un montoncillo de piedras, está, medio sepultada por la maleza, la fuente del Parral. Nos costó trabajo encontrarla, pero allí la encontramos, viva y fluyente. Seguramente hace años que nadie se acerca a verla. Como el arroyo estaba seco por encima del manantial, no tendría que ser complicado dar con ella.

El claro del fondo no se movió en todo el día

También pasamos por la fuente del Conde (seca), a la ida, antes de llegar Quintanilla y antes pasamos cerca de la fuente del Pradillo, al caer desde el paramillo que subimos nada más salir de Corcos. Poco antes de llegar a esta fuente, nos llamó la atención el cauce del arroyo de Valdemuñón, que forma pequeñas cascadas debido a que las finas placas de caliza resisten al agua de la torrentera, mientras la tierra que tienen debajo es desalojada y arrastrada.

El recorrido fue: de Corcos a Trigueros subiendo al páramo, de aquí a Quintanilla por la fuente del Conde, luego por los corrales de Hoyalejos y por el monte hasta Santa Cecilia, volviendo por Paredes, hornos de Font, monte de Dueñas, los Tres Pinos, Trigueros y Corcos. 60 km de nada.

Cascada -seca- en el arroyo de Valdemuñón

Entre Villardefrades y la Cuesta Tijera

28 octubre, 2018

(Viene de la entrada anterior)

Subida al páramo, entrada en los Torozos

Para subir al páramo de los Torozos apuntamos entre Almaraz y la villa de Urueña, inexpugnable con su muralla que parece continuación natural de la ladera del páramo.

Salimos de Villardefrades para pasar al otro lado de la autovía y después de llegar a un caserío agrícola, tomamos un camino bordeado de chopos y álamos dejando al norte Almaraz, hasta que llegamos al arroyo de la Ermita, que ha abierto una rendija en el murallón del páramo, y por ahí nos colamos. Está llena de verdor, con la humedad necesaria para que vivan varias arboledas, que ya han comenzado a vestirse con su dorado otoñal si bien se encuentran impenetrables a causa de la abundante fusca. Detrás, las ruinas del monasterio del Bueso (o Hueso). Siempre las ruinas; por todas partes en esta excursión.

Hacia el arroyo de la Ermita

Pasamos junto a la fuente del Hueso, elegantemente cubierta, que nos ofrece sus escaleras para bajar a los caños. Por una vez, por suerte, su cercado se encontraba accesible. De allí nos acercamos por un sendero entre almendros a la ermita de la Anunciada, en una pradería, bien a la vista de Urueña.

Aprovechamos la carretera de San Cebrián para subir al páramo. No se nos hizo ni costosa ni larga: a la derecha, el bosque de galería de un arroyo nos daba sombra y frescor y, a la izquierda, las entrañas del páramo nos mostraban los estratos de diferentes tipos de piedra caliza (clase práctica de geología).

Fuente en el camino del Hueso

En el monte, de nuevo pozos y fuentes

Rodando ahora sobre bogales y bien protegidos por las encinas de los montes Torozos, llegamos a la raya de San Cebrián, perfectamente señalada por un monolito. Justo cuando íbamos a tomar el camino de Tiedra descubrimos ¡oh casualidad! los restos de un precioso pozo ganadero, cuyo mínimo brocal de una pieza –¡ahora roto!- se ve que fue labrado en buena caliza; a su lado, una coqueta pila. Ya no queda sino una pared de la caseta que lo protegía. Ni del abrevadero que, se supone, estaba al lado.

Pozo en el monte

Nos vamos por el camino de almendros que parte del pozo hacia el oeste hasta que acabamos tomando el valle del arroyo de las Celadas. Este camino, como otros tantos, se encuentra bordeado de zarzamoras, rosales silvestres y endrinos. Hace calor: los insectos están muy pesados y las telarañas cuelgan de los manillares.

Vamos buscando la fuente de los Gallegos hasta que damos con ella. No puede ser más sencilla, es la mínima expresión de fuente, casi pasa desapercibida, y más con la maleza que este año hay por todas partes. En realidad es un manantial –que mana- protegido por una piedra más o menos plana. Peor suerte ha llevado la fuente de las Vecillas, a 700 metros de ésta, entre la carretera y una cañada. No queda ni rastro, solo algunas junqueras.

Fuente de los Gallegos

Últimos picos

Un camino nos conduce, en subida, hasta el alto de los Cotos, desde el que se contempla no solo el valle del Bajoz, sino también, al fondo, Mota y las otras cuestas y cerros que le hacen compañía. Una suave neblina atravesada por la luz del sol poniente le da al paisaje cierto aire romántico y decadente. Por aquí, ya se ve, todo es antiguo y está caído.

Cuando nos queremos dar cuenta ¡nos hemos quedado sin camino! ¿Algún problema? ¡De ningún modo!: tenemos nuestras bicis-cabras que nos conducen como si nada al fondo del barco de las Viñas, donde tomamos un camino que baja hasta el río Bajoz.

Cuesta Tijera y otras motas

Después de tres subidas al páramo, a alguno todavía le sobran fuerzas y de una carrera se presenta en la cima del cerro Cuesta Tijera, poniendo como excusa que hay un buen panorama sobre Mota. Pues claro que lo hay. Y abajo un buen lugar para descansar, lo que es igualmente cierto.

Vuelta desde la Espina o un ataque inesperado

19 mayo, 2018

Había que volver a Valladolid. La mayoría de los romeros volvió en los coches de sus familiares. Un pequeño grupo salió raudo -tenía prisa- para llegar por el camino más corto -pero con más cuestas- a Valladolid, cayendo primero al valle del Hornija y luego al del Hontanija. Y otro grupo de 19 ciclistas -al que vamos a seguir en esta entrada- regresó siguiendo una ruta similar a la de ida.

La primera parte discurrió por terreno totalmente llano, con campos de cereal a los lados y cruzando por zonas de monte. El sol ya no estaba en lo alto y parecía querer sacar todo el brillo y color de las tierras, las encinas y el sembrado, mientras rodábamos buenos por caminos de suelo rojizo. Así, llegamos a Barruelo del Valle. Entonces decidimos acercarnos a la ermita de la Virgen de Villaudor -¿qué significará este nombre?- a hacerle una visita, pues no la conocíamos. Una vecina del pueblo, cuyo perro se llamaba Yoni, tubo la gentileza de abrirnos la puerta para contemplarla por dentro: Virgen del siglo XVIII, talla de vestir; nave amplia, más grande de lo que aparenta al contemplarla de lejos. Pero lo mejor es el exterior: espadaña con campana en funcionamiento -algunos no se resistieron a usarla- y portada con un simpático soportal con banco corrido que aprovechó Óscar para arreglar cómodamente un pinchazo. Y el paisaje: campos abiertos a los cuatro puntos cardinales, ondulados y enmarcados muy al fondo por los páramos. La Virgen, según cuenta la tradición, se apareció a un pastor y desde siempre ha hecho numerosos milagros y favores. Luego pudimos comprobarlo.

Entre toboganes y olas verdes de cereal pinnado llegamos a Torrelobatón, que estaba tal como lo dejamos pero con más luz, pues las nubes habían desaparecido casi por completo. Ahora decidimos tomar un camino que acompaña al Hontanija por su orilla izquierda, protegidos al sur por el páramo. Senda que no se utiliza demasiado, pues el suelo no era de tierra, sino más bien un auténtico prado. La hierba es ideal, por su agarre, para bajar despreocupado, pero cuesta dar pedales en llano.

El grupo se había dividido en dos. Estábamos cruzando la raya de Castrodeza. Los de cabeza oímos cómo daba un fuerte grito Fernando, que iba en nuestro grupo, a la vez que se daba manotazos y movía el tronco como si no fuera en bici. Parón. Enseguida cayó del casco algo como una abeja que rápidamente fue aplastado.

Al poco oímos otros gritos más atrás: todos estaban pie a tierra, dando manotazos, moviendo los brazos o agitando chaquetas u otras prendas. ¿Qué pasaba? No se movían del sitio. Se internaban en el cereal. Alguno se tumbó en el suelo. Dedujimos que eran abejas o avispas, pero… ¿por qué no avanzaban? Misterio. Estarían abducidos por las abejas. Parece que les ocurría lo mismo que a Ulises con las sirenas.

Llegó Joaquín con alguna picadura y, enseguida Catalina:

-Hay abejas por todas partes, se me han metido por el pelo, me ha picado una al menos.

Después se acercaron andando, sin bici Teresa y Mito, con varias picaduras de abeja en la cabeza. También llegó, muy tranquilo, Jesús Ángel, como si no hubiera ocurrido nada:

-Peso mucho más que mil abejas, todas las que se me han acercado han resultado muertas. No sé de que hay que preocuparse. [Cierto. Y digo yo: es imposible que a un natural de Joarilla de las Matas se atreva a picarle nada]

Así que nos acercamos Jesús Ángel y yo a recoger las bicis de los que habían llegado caminando. Sí, alguna abeja revoloteaba, pero nada más. Seguimos esperando. A lo lejos, lo que queda del segundo grupo sigue manoteando. Sí, decididamente, están abducidos. Hay que hacer algo. Me acerco a ellos: Chuchín está buscando el casco entre el cereal, no lo encuentra. Le han picado varias pero sigue buscando sacudiendo una chaqueta en el aire. Elena, Alfonso, Juan, Chucho lo contemplan moviendo los brazos. No hacen ademán de moverse y les dejo tranquilos y felices con sus abejas. Dicen que no pasan porque les van a picar más. Si es así, parece que yo no existo para ellas (!).

Pero todo tiene su fin y acaban por cruzar su Api-Rubicón y de nuevo se rehace el grupo. Continuamos rodando y comentando la extraña jugada: ¿por qué unos tanto y otros tan poco? No se sabe.

Dejamos el Cueto a la izquierda y nos metimos por el valle del arroyo del Hoyal, que llega al páramo tras una subida de casi 4 km, o sea la más suave de las que se vendían esta tarde. De todas formas, hubo algunas protestas porque había demasiados cantos molestos en el camino. Claro que Álvaro, Gonzalo, Alfonso… no se enteraron de que había cantos feroces. Subían como si estuvieran de paseo.

Todo llega, también la hora de las despedidas. En el Picón de los Pleitos, Adolfo, Jesús Ángel y Javier toman el camino de Ciguñuela para caer por Zaratán. Los demás seguimos, bordeando el Rebollar. El sol roza el horizonte. Hace frío. Pero Ilde sigue, incansable, haciendo el cabra.

Un poco más y nos dejamos caer. Sin quererlo, estamos en Simancas. Algunos se quedan aquí, otros pasado el puente, otros en el Camino Viejo y algunos llegamos a Valladolid por el camino de las Berzosas pues la noche ha caído. Tras una hermosa jornada, eso sí. Hasta las abejas podrán ser el inicio de una leyenda que se extenderá hasta convertirlas, tal vez, en fieros dragones voladores…

Bueno, Joaquín se queja de que no veía nada y ha tragado mucho polvo. Y, lo que es peor, Chuchín se da cuenta de que ha perdido el móvil (no sólo el casco). No sabemos donde. Lo que sí sabemos es que, al día siguiente, de madrugada, se fue a hacer esta misma ruta en sentido contrario y le pidió a la Virgen de Villaudor que le ayudara a encontrarlo. Y lo encontró en el camino del Rebollar. ¡¡Final doblemente feliz!!

Romería familiar a la Santa Espina

15 mayo, 2018

Como en años anteriores, algunas familias de la Escuela Deportiva Niara nos citamos al llegar el mes de Mayo para hacer una romería a una ermita de la Virgen. Tocó esta vez el santuario de Santa María de la santa Espina, escondido desde el siglo XII en un pliegue del páramo de los montes Torozos. Y también como en otras ocasiones, unos fuimos en bici y otros, más cómodamente, en vehículos de cuatro ruedas.

La verdad es que cada año se anima más gente al plan ciclista, de forma que el lunes día 14, estábamos en el puente de Simancas, listos para salir, algo más de 40 ciclistas de las más diversas edades y condiciones. Los que veníamos en bici desde Valladolid y alrededores ya teníamos algún kilómetro en cada pierna.

Algunos salían muy preocupados, pues habían oído que la excursión consistía, sobre todo, en una “subida al páramo” y se temían lo peor, o sea, todo el trayecto “subiendo”. Les explicamos que no era exactamente así, pero mantenían algunas dudas.

Las dudas no se disiparon en la primera parte del recorrido, pues pasar Simancas significó, sobre todo, subir desde el río hasta la fuente del Rey, donde otro grupo nos esperaba, y de esta fuente al ras del páramo por el antiguo camino de Robladillo. Esto significó la primera prueba de la ruta y casi la definitiva para la mayoría. Sí, el desnivel era fuerte, pero las ganas de subir, el paisaje primaveral del campo, el espectacular panorama del valle del Duero que se divisaba y, especialmente, el buen humor de todos, hicieron que nos olvidáramos rápidamente del esfuerzo. Y cuando la gente supo que no quedaban ya más cuestas hasta Torrelobatón, la excursión fue –casi, casi- un paseo.

En El Rebollar se nos unió otro grupo que venía muy fuerte desde Valladolid. Y seguimos parameando entre campos de cereal y caminos adornados de acacias por una llanura sin fin.

La mañana se había despertado con cielo cubierto. No sabíamos qué iba a pasar: ¿lluvia, viento molesto, frío? pues las predicciones no se aclaraban entre ellas. Pero en la subida al páramo aparecieron los primeros y tímidos rayos de sol que, poco a poco, fueron dominando la jornada. El viento nos dio de lado la mayor parte del recorrido; y de frente y de culo en momentos puntuales. Lo importante es que no supuso molestia en ninguna ocasión. En Torrelobatón nos cayeron cuatro gotas mal contadas de una nube que cruzó despistada. La temperatura, agradable.

Al Bordeamos Castrodeza –se adivinaba el valle del Hontanija- hasta Valdesamar, punto en el que tomamos el camino Ancho que nos dejó, pasando junto a la fuente de los Cañicos, en Torrelobatón. La bajada fue gozosa: larga, por un ancho camino de buen firme como bien indica su nombre y con el castillo que viera la única victoria de los Comuneros al fondo. O sea, con dejarse caer hasta el pueblo bastaba. Además del castillo, pudimos ver el antiguo rollo -¿por qué está castigado en las afueras?-, la Alberca Vieja y el río Hornija.

La zona del campo de fútbol –con fuente, río y zona cubierta por si las gotas- fue la elegida para reponer fuerzas. Nos esperaban los avitualladores con una mesa bien surtida que tardó pocos minutos en desaparecer, pues los ciclistas llevábamos un poco de hambre.

Foto de grupo y a seguir rodando. Entre campos de suaves colinas verdes que brillaban al sol llegamos a Torrecilla de la Torre, de impresionante iglesia. Desde allí, por un camino de tendido suave que aprovecha un vallejo, subimos de nuevo al páramo donde, casi de repente, se nos presentaron los molinos gigantes del monte san Lorenzo. Nos costó un poco, pero una vez arriba estábamos seguros de haber llegado al punto más alto del trayecto, o sea, que no había más cuestas arriba.

De nuevo la llanura, esta vez arbolada en parte, vigilada por gigantes y con ganado vacuno pastando en el monte. Un enorme mojón de piedra nos indicó que estábamos ya en el término de Castromonte y, al fin, divisamos las agujas de las torres del santuario. Como habíamos llegado con casi una hora sobre el horario previsto, nos fuimos a la pradera del Bajoz a descansar.

Fueron llegando las familias transportadas en vehículos de motor y a la hora prevista, un buen hermano de La Salle nos abrió la puerta principal del Santuario, que casi llenamos. Misión cumplida.

Esta vez éramos tantos que he preferido no citar a nadie. Salvo a la más joven, Carmen de Prado, que se hizo unos cuantos kilómetros con nosotros en su mini bicicleta: ¡un gran futuro la espera sobre dos ruedas! Y a ver si dentro de poco se animan también Alonso Vaquero y Laura Vega, que no salieron del coche-escoba-alimenticio.

Pero todavía queda una segunda parte -la vuelta- que saldrá en breve y lleva por título El misterioso ataque de las abejas asesinas o así. Atentos, pues, a la próxima entrada. Aquí, el recorrido completo.