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Cerrales de Autilla del Pino

24 noviembre, 2019

El páramo de Torozos: una comarca cuyo paisaje no se agota nunca y cuyas laderas conforman un entramado de barcos, lomos, alcores, cerrillos, cárcavos, valles y vallejos… Esta vez nos fuimos al norte, relativamente lejos de Valladolid –que también está en la falda de Torozos, como Palencia, Rioseco o Tordesillas- para comenzar nuestra rodada en Santa Cecilia del Alcor, situada en un valle de unos 15 km que taja el páramo desde Paredes del Monte hasta Ampudia.

Santa Cecilia la conocíamos bien, de hecho hemos almorzado más de una vez en la fuente junto al arroyo, pero al comenzar el descenso por la ladera del páramo hacia Pedraza surgió la primera sorpresa: la ermita del Salvador, junto al caserío de Villarramiro, poblado en el s. XI y despoblado unos siglos después, hoy casa y almacén de labranza. Pues ahí está la ermita, románico tosco y rural, pero sencillo y encantador, aguantando el paso de los tiempos; pronto cumplirá el milenio si no lo ha hecho ya. Poco después, pasamos por el caserío de Buena Vista o Villarramiro de abajo y, dejándonos caer, llegamos a Pedraza de Campos.

Ermita del Salvador, Villarramiro.

Milanos, cernícalos, cogujadas, bandos de bisbitas, palomas y algunas avutardas fueron nuestra compañía, con las montañas nevadas al norte y la pared de Torozos al sur, hasta llegar a Revilla de Campos. Revilla impresiona: es un pueblo de barro en que el suelo de las calles es todavía de ese mismo material. La mitad de las casas está arruinada, volviendo a la tierra. La otra mitad, ¡ay! lo estará pronto. La iglesia tiene un pórtico entrañable y acogedor, bien protegido por el norte y el este, y con un murete al sur y oeste. Se levanta dominando una amplia pradera con charca, camposanto y un campito de fútbol… que no sabemos cuándo se utilizó por última vez.

Revilla de Campos

Zigzagueando por campos reverdecidos vamos a dar a la vía del trenecillo Palencia-Villalón, que ha sido reacondicionada como senda para caminantes y ciclistas. Por ella seguimos hasta Villamartín, con visita obligada a sus palomares, y luego continuamos en dirección a Palencia o, mejor, hacia donde se cuela el Carrión entre esos dos inmensos páramos que vemos al fondo; pero no llegamos, nos desviamos hacia el km 8 antes del fondo.

Villamartín

Estamos a poco más de un kilómetro del punto más septentrional del páramo de los Torozos, que coincide precisamente con la subida de la cañada de Merinas de la Mendoza. Pero como hace unos cinco años subimos por ese punto, ahora no llegamos y subimos por este en el que estamos. Hay un camino que figura en el mapa hasta más arriba de media ladera y que se vislumbra desde la vía. Y lo atacamos. Pero al llegar a la falda, justo cuando se inicia la subida en serio, desaparece. Así que… ¡p’arriba con la burra a cuestas!

Panorama

Desde abajo, a media ladera, se veía como un espacio largo y plano a media ladera… ¿sería el acceso a una bodega o cueva, o a un horno de cal? Pues no. El camino subía hasta una lengua en la que se cultivaba, y aun se cultiva, cereal. En la subida pasamos por una zona con juncos y algunos chopos; hay agua, es una manadero, ¿será de la antigua fuente del Trueno? Tal vez los agricultores han transformado estas empinadas laderas en bancales por su abundante humedad.

Fuente de Valdelarroñada

Pero la segunda sorpresa importante del día se produce cuando quedan escasos metros para alcanzar el cerral. ¡Hay un sendero! No está tan trillado como otros que hemos visto en la zona de Valladolid o Villagarcía, pero ahí está. Y no solamente un sendero, algo más: entre el borde del sembrado, que coincide con el cerral, y la caída casi vertical, hay como una plataforma inclinada por la que va el sendero y cuando éste desaparece, la plataforma, de terreno duro con musgo o hierbecilla rala es estupenda para rodar. O sea, que vas como un señor en bici disfrutando del paisaje de la ladera y de la inmensa Tierra de Campos.

Campos de tierra

Por cierto, que esta Tierra, comienza a estar verde. Nada de agreste, seca, austera y gris. Son como suaves praderíos o bien terrenos preparados para la siembra divididos por caminos, regatos y linderas, y adornados por pueblos y pequeñas alamedas o árboles aislados… Un placer para la vista. Aunque el viento es helado y viene de frente, no nos enteramos. Nos enteramos de lo bueno.

Por si fuera poco nos topamos con dos fuentes sencillas, recostadas sobre la pradera y mirando al infinito. Son las de Valdelarroñada y Valdequique, de piedra con amplio abrevadero. Maravillosos lugares. Habrá que volver despacio, pues el sol se encuentra a escasos grados del horizonte, dejando escapar sus rayos entre las nubes.

Camino de los Álamos

Pasamos raudos por Autilla del Pino, luego por Paradilla del Alcor –sus ruinas a media luz asustan- y por el camino de álamos llegamos a Santa Cecilia, entrando por el cementerio.

¡Increíble recorrido entre Campos y Torozos! Aquí se puede ver.

En busca de la fuente de Raposeras, por Urueña

8 septiembre, 2019

Los recovecos del páramo de los Torozos son prácticamente infinitos, nunca acabaremos de recorrerlos todos: siempre tendremos algún sendero, barco o laderas nuevos, dispuestos a ofrecernos vistas desconocidas.

Esta vez, nuestro objetivo fue acercarnos a la fuente de Raposeras, en el término de Urueña. En una excursión de marzo último habíamos pasado cerca pero no nos aproximamos hasta verla, pues el cereal que la rodea en buena parte estaba espigando y no era cuestión de pisarlo. Como a principios de septiembre queda lejos la siega -y la siembra-, hemos podido atravesar por numerosas rastrojeras.

Valle de la Ermita Vieja

Salimos de la Santa Espina para tomar el valle del Valcuevo a la altura de los restos de uno de los muchos molinos que tuvo el Bajoz. Es un valle que posee, en su fondo, una franja despejada, de praderío y juncales con algunos fresnos, mientras que las laderas están cubiertas de encina y roble y, cada vez más, de pino. Todo ello con el adorno de algunos bloques de piedra desprendidas de la zona mas alta.  Vamos ascendiendo sin enterarnos, en parte porque acabamos de empezar, en parte porque la cuesta es muy suave. Ya en el páramo asoman calvas de yeso polvoriento, que denotan la sequía arrastrada durante el verano. El matorral está de un tono pálido, entre amarillo y verde. Seguimos por el antiguo camino de Villagarcía, de un firme tan sólido y duradero –piedra caliza- como irregular, pues nadie enrasó la piedra.

Recorremos el inicio del arroyo de la Ermita, en el que vemos repoblaciones de encina y roble y acabamos tomando la carretera que baja formando curvas hacia Tierra de Campos. Primer parón para contemplar el mar.

Raposeras

Ya abajo, nos acomodamos a un senderillo en ladera –ladiego– que nos lleva cruzando barcos y umbríos pinares por las laderas del Majadal y luego por las faldas blancas del cerro de la Cruz. Seguimos contemplando el horizonte infinito de este mar campero. Y por el valle de Raposeras con sus praderas de hierba alta y salvaje, nos vamos hasta el lugar donde debería estar la fuente, bien señalada por dos chopos españoles. Y allí estuvo. Todavía se nota que la tierra tiene humedad, pero de agua, nada de nada. Junto al chopo más corpulento, unas piedras señalan donde estuvo el ojo del agua. Al lado, debió de haber otro manantial más pequeño, que daba para un charco y poco más. Pero hoy nada queda. Y da la impresión de que es un hontanar agotado definitivamente, que ni en época de lluvias vuelve a manar. RIP por Raposeras; como siempre, una pena. El lugar debió ser especialmente fresco en verano, y aún conserva cierto encanto.

Aprovechando la rastrojera de verano, con suelo duro, nos vamos por el borde del páramo cruzando el pago denominado los Calvinos, para así disfrutar del paisaje. Muy abundantes son los trozos de cerámica, tal vez hubo por aquí un poblado o algunas casas. El cerral está protegido por una hilera de piedras calizas debidamente ordenadas.

Murallas de Urueña

Y llegamos a Urueña, entrando por una antigua calle entre eras que acaba dando a las ruinas de lo que parece un viejo lagar construido en el mismo cerral, conocido como la Cueva. Muy cerca, el perfil de Jesús Negro de Paz, muerto sobre la bici en accidente, se recortaba sobre la tierra y el cielo, acompañado de flores y, por tanto, de recuerdos. Por la parte externa de la muralla abrazamos el pueblo y contemplamos la Tierra de Campos. Muchos campos, pueblos, caminos… No se ven las montañas del fondo pero sí el pinar del raso de Villalpando, ya en Zamora, que quiere como proteger una tierra tan despejada…

Después de pasear por las calles de Urueña y pasar bajo los arcos de sus murallas, vadeamos el arroyo de la Ermita y nos presentamos en la mesa del Sordo, desde donde contemplamos una nueva perspectiva del recinto amurallado con la ermita de Nuestra Señora de la Anunciada a los pies. No lo vemos desde Tierra de Campos, si no desde el lado contrario, desde el páramo de Torozos que nos lo sitúa a la misma altura.

Casa del Majuelo

A continuación, nos metimos por un camino que pasa junto a la casa del Majuelo. Craso error, en parte, porque el camino está cortado por un vallado en forma de saco que nos devolvió, prácticamente, al mismo camino principal del que salimos. Digo en parte porque, en compensación, visitamos la casa del Majuelo, muy arruinada: conserva algunas ventanas y, dentro de la misma casa o en su patio, vimos la estrecha boca de un pozo, en piedra, que conforme gana en profundidad, se ensancha. Estaba seco, claro. Tras diversos escarceos por el monte, acabamos en la carretera que nos dejó en San Cebrián.

Mojón en la raya de Urueña y San Cebrián

Y desde aquí, por la ladera este del valle del Bajoz, nos dirigimos hacia la Santa Espina, de donde habíamos salido. El camino, en su mayor parte, o no existe o está cubierto de maleza. Por los pinares tampoco se podía rodar, pues los suelos estaban cubiertos de ramas recién olivadas y no retiradas. Menos mal que la balsa de la fuente de las Arcas estaba llena y pudimos refrescamos con un buen baño.

Hicimos unos 50 km, que no se reflejan bien en el trayecto: el GPS se para cuando le da la gana.

Ladiego

25 agosto, 2019

En algunos pueblos de la comarca del alto Esla y del norte de Palencia se conoce como ladiego al camino que tiene un notable desnivel transversal por discurrir precisamente por la ladera de una montaña. Evidentemente en Valladolid, provincia llana, no existe este término. Sin embargo, también tenemos ladiegos. O, más que caminos, senderos ladiegos. No hay más que acercarse a las laderas del páramo de Torozos y otros páramos para descubrirlos. Hemos recorrido este tipo de sendas en Tudela de Duero y Villagarcía de Campos, por ejemplo.

Tal vez el sendero de este tipo más conocido sea el que va desde Zaratán a Geria. Algo más de 60 km de senderos que se mantienen en la ladera, más o menos cerca del cerral. Estos senderos se encuentran atravesados y conectados con otros que suben y bajan del páramo al valle, utilizados más bien por motoristas. Pero también hemos visto a algunos ciclistas especialmente dotados que son capaces de bajarlos y… ¡subirlos! En algunas zonas compiten varios senderos formando una red. En otras se nota que aún no están demasiado rodados.

En la mayor parte de su trazado tienen una orilla más elevada que la otra. Pero también puede suceder al revés –cuando se aprovecha un surco por el lado interior de la ladera- o incluso pueden discurrir en horizontal, por lo alto de un caballón. Hay de todo. Pueden ser rectos pero lo más normal es que formen variadas curvas y recurvas, y bruscas subidas y bajadas, para sortear los obstáculos –piedras, pinos, desniveles- que se encuentran en las laderas. Hay pequeños tramos en los que no hay más remedio que bajarse de la burra; las piernas no dan para más. Lo que sí está asegurado es que se hace ejercicio y con frecuencia duro. De manera que con una escapada de una hora por este ladiego tienes asegurada la sudada. Además, en algunos tramos tienes que rodar con cierta prudencia: por las bruscas y empinadas bajadas, pero también por los estrechos senderos entre hileras de pinos: un choque contra uno de ellos será molesto.

Pasemos a una breve descripción de los senderos entre Zaratán y Geria, que hemos dividido en cuatro tramos:

1.- De Zaratán al páramo de Borciadero. El sendero lo podemos tomar donde nace el camino del Tren Burra, cruzando por encima del puente que da servicio a los depósitos de agua. Sigue hasta una estación del Tren y luego hay que continuar por esta vía hasta llegar al páramo. El sendero continúa por el oeste tendiendo a bajar a la vez que entra y sale de todos los barcos y vallejos de las laderas del páramo. Claro que las sendas se dividen y hay algunas que desprecian los barcos. Veremos, en primer plano, encinas y robles y, al fondo, la ladera por la que hemos subido rememorando el viejo tren. Más tarde, contemplaremos la ciudad con Parquesol en primer plano. Desde Zaratán hasta el páramo de Borciadero, que situamos superada la subestación de Zaratán, hay unos 16 km. La senda -salvo los primeros descensos desde el páramo después de la subida del Tren- está relativamente bien y el paisaje merece la pena.

2.- Arroyo de la Encomienda. Cruzamos junto al depósito de agua de Arroyo, con la ciudad a nuestros pies. Más próximas, las casas de Sotoverde. Después, nos adentramos en el barco del Lobo, de abundantes pinos. Nos cansamos, pues son demasiado abundantes y fuertes las subidas -y bajadas, claro. Llegamos al barco del Fraile, donde el paisaje se abre pues dejamos barcos y vallejos. Hemos recorrido unos 10 km.

3.- De la fuente de la Puerca a Simancas. La fuente de la Puerca queda, hoy, en medio de un sembrado de cereal. En pleno mes de agosto tenía agua y abundante carrizo. Si el día es caluroso espantaremos a las perdices y conejos que allí se refugian. Las primeras saldrán volando; los segundos se esconderán en la maleza. El lugar siempre esta más verde que sus alrededores, en parte porque al lado de la fuente se forma una pequeña hoya donde se estanca el agua.

Terminamos de bordear el barco del Fraile para salir al camino -de Santiago- que va de Simancas a Ciguñuela, y lo tomamos hasta la fuente de los Picones donde sale -salía, más bien- un camino cercano a las laderas que nos deja en Ciguñuela. Este camino, medio desaparecido, sólo se puede tomar en verano, pues el resto del año lo ocupan sembrados.

En Ciguñuela tomamos el camino que va entre el páramo del oeste y el cementerio. Poco después de la fuente del Arcillar conecta con el sendero, que sigue entre barcos y rebarcos, subidas y bajadas, hasta Simancas. Es duro pero no nos defraudará. En total, por este tramo recorremos unos 27 km.

4.- De Simancas a Geria. No hay mucha duda al seguirlo. Magníficos paisajes sobre el amplio valle del Duero. Hay una subida terrible a la altura de Geria. Después, por el vallejo aprovechado por la carretera de Geria a Robladillo, la senda va un metro por debajo del ras del páramo. Finalmente, por el páramo de la Loba va desapareciendo y bajamos por la carretera hasta Geria. Unos 13 km este último tramo. Fin.

Niebla de junio

16 junio, 2019

El sol se levanta sobre el valle de Olid. No hay nubes. Hace fresco, pero sin duda hará un buen día. En Mucientes el sol que acaba de nacer va desapareciendo y el ambiente se torna gris; una luz mortecina invade el aire. Subiendo al páramo, la niebla se derrama voluptuosa por la ladera desde el cerral. Y ya arriba todo es de un gris más cerrado, oscuro casi. Pero no hace frío, se puede aguantar con ropa ligera e incluso en manga corta los más valientes. Sin embargo, el paisaje es invernal y las siluetas de las encinas recuerdan los meses de diciembre o febrero. Menos mal que las amapolas, el lino blanco y la salvia nos dicen claramente que estamos al final de la primavera.

Alcanzamos la linde del monte y, por el momento, preferimos seguirla, no sea que entre la niebla y el arcabuco nos despistemos, o acabemos cayendo en una zona tupida e intrincada, que nunca se sabe. El sol hace esfuerzos por salir, y por momentos nos parece ver jirones de cielo azul. La niebla resiste.

¡Vaya! Un campo de adormideras en un gran claro del monte. Luego, plantas forrajeras y garbanzales. Las nubes y el sol siguen luchando a brazo partido. Ahora la niebla se eleva sobre nuestras cabezas, pero no quiere irse. Pasamos por dos grandes balsas antes de aparecer en las casas arruinadas del Paramillo, en la carretera de Mucientes a Villalba.

Nos introducimos en el monte, precisamente por la raya de las dos localidades citadas. Una valla señala la zona destinada a ganado, vacuno, al parecer. El monte es denso pero las encinas y robles no son grandes. Nos metemos en el monte de Villalba y nos da la impresión de estar solos y perdidos. El suelo aun está verde, las flores son abundantes. Y los robles y encinas no están cortados por el mismo patrón: altos, bajos, corpulentos, olivados, entre el verde claro y el amarillo oscuro… Ahora, por fin, parece dominar el sol; las nubes se van diluyendo con los rayos tenaces del astro rey.

Vamos poniendo rumbo a Mucientes. Salimos del monte -el cielo ya es todo azul- y comienza la cuesta abajo. Una cuesta larga -con alguna pequeña subidilla a modo de alegre tobogán- que llega casi hasta Mucientes. Los campos están todavía verdes porque abunda el trigo.

Y como la excursión nos ha sabido a poco, subimos al pequeño altozano que domina el pueblo y sobre el que se asentó el castillo, cuyas ruinas comentan lo que debió ser la historia de estas tierras. Hoy ya solo son un mirador privilegiado sobre el caserío presidido por la torre de la iglesia y los valles que lo rodean. Lo que no es poco.

La colada de Mucientes a Valoria del Alcor

9 junio, 2019

Antaño los pueblos estaban comunicados por cañadas y caminos. Las unas para el ganado, los otros para las personas. Normalmente el camino -también la cañada, pero menos- se dirigía en línea recta -y más en la meseta castellana- de un punto a otro. Hoy las cosas ya no son así: los ganados viajan en camión y las personas en coche, pero por la carretera que no siempre elige el camino más recto, dado que los firmes y pavimentaciones son costosos; más que un camino y mucho más que una cañada que no necesita especial infraestructura de soporte.

Tras las bodegas, los viñedos

Así las cosas, hemos rodado esta vez por el camino o colada de Mucientes a Valoria del Alcor. En unos mapas aparece como camino, en otros como colada. Tal vez fue las dos cosas. Y en otros va de Valladolid a Valoria; en otros, de Mucientes a Villerías. Sea como fuere, lo cierto es que es un trayecto excelente para hacerlo en bici… si no estuviera cortado a la mitad.

Salimos de Mucientes por las bodegas. Toboganes adornados de viñedos nos acompañan. Flores en las cunetas, todavía verdes. El cereal está cruzando la línea entre el verde y el amarillo, pero su tonalidad es todavía agradable -tierna- y primaveral. Junto al arroyo de San Antón, un manantial y árboles que dan una tímida sombra.

Después, el cereal

¡Sorpresa!: sobre una mota marcada con 809 m en el mapa, se ve un banco. La tentación vence y subimos a sentarnos y contemplar el panorama. Por esta vez, ha merecido la pena el esfuerzo de subir. Hermoso paisaje de campos, viñedos, caminos, páramos…

Avanzamos hasta que desaparece el camino. Curioso. La vía pecuaria viene señalada por una pequeña vaguada en la que crecen robles, encinas y variado matorral. Difícil, que no imposible, rodar por aquí. No obstante, dos generosas roderas nos animan a seguirlas y nos facilitan el avance, ya cuesta arriba. ¡Precioso y olvidado paraje: cereal, linderos, árboles centenarios…! Y, hasta el momento, todo verde en las proximidades del páramo.

La pequeña vereda por la que no cruza el ganado

Al fin, nos introducimos en el monte. Las encinas y quejigos son todavía enormes cerca de las lindes. Ya dentro, los robles son más bien pequeños. Es curioso: la cañada continúa señalada por una especie de pequeña vaguada o, más bien, surco. Además, ahora, sigue por un sendero en el que te puedes dar de narices con otro ciclista. No está tan perdido este trayecto en su tramo montaraz. Rozamos las ramas de los árboles, y rodamos por un túnel vegetal. A pesar de todo no hay rastro de jabalíes; sí de conejos. No deja de asombrar este viejo paisaje que quiere seguir presente en el siglo XXI: una cañada de ganados que atraviesa la espesura, un viejo monte de robles -antaño nido de bandidos-, plantas aromáticas -estamos en primavera-, el páramo y el cielo. Y poco más; tal vez algún zorro o algún corzo nos ha estado siguiendo sin que nosotros lo veamos. ¿Seguirá así por mucho tiempo? ¿Caeremos en la cuenta de la belleza gratuita que tenemos a un paso de Valladolid o seguiremos hablando en plan teórico y lejano de la crisis climática como quien habla de política o economía…? Pero bueno, procuraré no irme por las ramas, o por las hijuelas y descansaderos de la vereda.

Ya en el monte

Dejamos Valladolid para entrar en Palencia y al fin la cañada va desapareciendo hasta perderse. (Y conste que a nadie le importa, si nunca nadie ha venido por aquí). Además, el trazado antiguo se mete en una finca vallada, de manera que seguimos rodando hasta el Esquileo de Arriba que, por cierto, cuenta con precioso y ya inútil pozo. Después, cruzamos la carretera para seguir por el monte de Valoria hasta el pozo del Perro, que aun se usa para abrevar el ganado; de hecho hay una tenada muy cerca. Sobrevolando el abrevadero, una nube de pequeñas mariposas azules.

Robles y molinos

Finalmente, cruzamos hacia la Dehesilla y volvemos a Mucientes por el monte de Ampudia con sus molinos, pasando junto al pozo Barrigón hasta enlazar de nuevo con la colada de Valoria. ¡Se agradece la cuesta abajo! Aquí dejo el trayecto.

Faldeo de Torozos

25 marzo, 2019

En la falda de Torozos acaba la Tierra de Campos y comienza el páramo. Son terrenos ahora incultos, antaño hubo terrazas en las partes más bajas donde se plantaron frutales -almendros, sobre todo- y parras de uva, y robles y carrascas en las zonas de cantil. Hoy, por el contrario, se han plantado pinos carrasqueños en casi toda la ladera para defenderla de la erosión, lo que ha contribuido a diseñar un paisaje más uniforme y monótono. A pesar de todo, por la zona que hemos atravesado quedan algunos pocos almendros, robles esqueléticos y enanos en los cerrales y algunas matas de encina. Todo ello complementado con picos, mesillas, pequeños rebarcos y algunos cantiles.

Un almendro en la ladera

Pero lo mejor fue, tal vez, la vista que de Tierra de Campos se nos ofreció desde las laderas y cantiles, a pesar de que el día elegido para el trayecto no fue bueno para la contemplación pues, debido al resol, la línea del horizonte se veía muy difuminada.

El camino -más bien sendero- lo han debido hacer las motos. No había barro -gracias a este marzo seco- ni arena, de manera que la bici rodaba bien. Pero se necesitaron buenas piernas, pues las subidas y bajadas son continuas, y en muchos casos no podían dar más de sí apretando pedales, de manera que hubo que caminar más de lo que hubiéramos querido.

Horizontes

Empezamos a la altura de Tordehumos, aprovechando el camino de la Santa Espina para acercarnos a las faldas. Los primeros dos kilómetros fueron a media ladera, parando de vez en cuando para contemplar el paisaje y recuperar resuello. Vemos como los caminos se van acercando a la ladera pero no llegan, se quedan cerca. Aunque la falda es lineal, bordeamos cerca del cerral un pequeño barco o rinconada y salimos a las proximidades del manantial de Cañicorrales, tal vez el único que ve la luz en todas estas cuestas y cuyas aguas, además, viajan entubadas casi tres kilómetros hasta Villagarcía, a la que abastecen.

Un poco más y rodamos unos metros por el antiguo camino Ancho, bien empedrado, que conectaba Campos con el páramo. Después -en la Marranera– llegamos un solitario picón en el que se levanta una cruz metálica, bien asentada con cemento, en cuyo travesaño se lee Pascua joven 1992 y detrás, campos y campos de tierra. Por otro antiguo sendero que unía el monte del Conde con Villagarcía bajamos hasta la carretera, que aprovechamos para volver a subir. O sea, subir y bajar por vargas y laderas. Hermoso y cansado esto de faldear.

En el páramo

Por la carretera nos introducimos en el páramo para tomar el camino de Urueña por dos kilómetros entre montes y sembrados. Curioso: aquí arria han repoblado con pinos en vez de encinas o robles. Pero también nos cansamos de la llanura y nos dirigimos hacia el cerro de la Cruz: ¡otra preciosa vista de Tierra de Campos y, esta vez, de Urueña en la cima del páramo! El sol nos ciega y refleja con fuerza en los campos verde de cereal que se presentan brillantes como pocas veces.

Cuesta abajo, estamos enseguida en Villagarcía, donde visitamos las arcas y fuentes que surten de agua el pueblo y que traen el agua de Cañicorrales. Han sido remozadas recientemente. Merece la pena acercarse hasta ellas.

El sendero conduce a Urueña

Ahora ya solo nos queda rodar en línea recta hasta las cercanías de Pozuelo de la Orden para estirar las piernas después de tanto tobogán. Pasamos por algunos humedales y campos en los que se han plantado nogales, nueva riqueza de esta tierra.

Ya en dirección a Tordehumos nos paramos a contemplar algunos pozos típicos de la comarca, de boca ancha y enrejada . El primero, todavía en Pozuelo, cuenta con abrevadero y un rebosadero a un metro del nivel del suelo que conecta con el arroyo de la Nava. El segundo, en Tordehumos, al lado de la carretera, es una buena obra de ingeniería en piedra. También nos paramos en un caserón de barro que pronto no será nada mas que un montón de tierra.

Pozo cerca de Tordehumos

En fin, damos un último paseo por esta localidad y nos encontramos a los jinetes preparados para correr las cintas junto al reconstruido chozo de Miraflores, que originalmente se levantó en las mismas laderas que acabamos de recorrer.

Esto ha sido, más o menos, la excursión. Hemos de anotar que se trató de la jornada más caliente del año en Valladolid. Por aquí no hizo demasiado calor gracias al fuerte viento del noroeste. Pero sí lo suficiente para que aparecieran variadas mariposas -como esa llamativa que se viste de amarillo limón y las típicas blancas-, saltamontes y orugas. Y un grillo despistado. Y los pajarillos no hacían sino cantar a pleno pulmón. Pues eso, que estamos en primavera. Lo cual no quita para que nos queden también días malos.

Aquí, el trayecto.