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Montes Torozos desde San Cebrián

5 febrero, 2017

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Tratamos esta vez de un nuevo paseo por las llanuras, valles y montes de Torozos. El punto de partida lo situamos en San Cebrián de Mazote, para tomar el viejo camino de las Celadas que nos lleva, en suave subida, por campos recién sembrados que aprovechan trozos de ladera y pequeñas terrazas, hasta el raso de la paramera. Ya al final del ascenso contemplamos hacia el oeste la silueta del castillo y de la ermita de Mota del Marqués, y las diversas mamblas y cabezos en los que se deshace este páramo que empezaba muy fuerte allá por Palencia.

Ya arriba pasamos junto a pequeñas manchas de monte y campos de labor separados por hileras de carrascas. Abunda la piedra caliza y, por tanto, los majanos que se han ido formando a lo largo de los siglos con el objetivo de preparar una tierra de labor más mullida y propicia.

Encina

Encina

Nos introducimos en el monte San Manuel, que esta cercado para el ganado pero con las entradas bien abiertas, pues ahora no hay ganado pastando. Sus encinas y robles son de pequeño porte; los caminos y antiguos viñedos están señalados por hileras de almendros. Al fin salimos por un espacio sin puerta que da al norte y nuestra ruta acaba conectando con la carretera de San Cebrián a Urueña, que cruzamos. Otro camino recto, de casi 5 km nos lleva entre montes de encina y pimpollos, tierras de labor, algunas encinas corpulentas y también algunos almendros desnudos –estamos en pleno invierno- hasta que nos desviamos a la izquierda para acabar, después de cruzar una carretera, en la casa del Monte de Urueña donde algunos cazadores almuerzan.

El cuartel

El cuartel

Después de rodar por un sendero que desaparece poco a poco comido por el arcabuco, y que incluso nos amenaza a nosotros mismos, tomamos el arroyo de la Ermita aguas arriba. Se trata de un precioso valle anchuroso y recogido del viento –el día de la excursión se agradecía especialmente- con alamedas y fuentes, y laderas en las que sobresale la piedra caliza. Pero la dicha nunca es completa y -¡oh, sorpresa!- nos encontramos con que la parte final está cerrada con alambrada debido a que se trata de un cuartel intensivo de caza. Pues nada, a rodear hacia el norte hasta alcanzar un camino en el páramo. Pensábamos acercarnos a la fuente de la ermita y recorrer la cabecera del valle, pero ya no es posible.

Camino en el monte

Camino en el monte

De manera que empezamos a volver, esta vez por el camino de Villagarcía a la Granja, que –por los bogales- parece una calzada romana a la que no se le ha enrasado el firme. El monte no está guapo este invierno, pues refleja en el suelo la ausencia de lluvias y todo él está de un color apagado y triste, predominando el amarillo pajizo y el pardo. Pasamos junto a algunos robles y encinas de buen porte, no demasiados, la verdad, hasta que llegamos a Valcuevo. Cuesta abajo bastante inclinada y nos plantamos junto al río Hornija.

Cruzamos junto al edificio y cercado de la Granja, que ya conocemos de otras excursiones. A su lado, otros cazadores almuerzan. -¿Qué tal se ha dado la mañana?, preguntamos. –Hemos cazado lo que ves, contestan (O sea, nada, pues no vemos nada). Menos mal que los cazadores, con almorzar caliente y bien, se contentan. (A nosotros nos pasa lo mismo, conste).

El establo derruído

El establo derruído

Subimos desde a Granja al páramo para rodar a continuación junto al canto. Descubrimos un establo en ruinas y, de telón de fondo, un ejército de molinillos. Están funcionando, como queriendo rebajar la factura de la luz (¡ja!)en un momento que está por las nubes. Y ponemos rumbo hacia San Cebrián por un camino acompañado de hileras de acacias calcinadas. El raso es perfecto hasta que comenzamos la bajada a la ermita de Santa Marta. Luego, nos dejamos caer hasta el Hornija donde nos topamos con un palomar en venta y llegamos a San Cebrián.

Majano

Majano

Antes de dar por terminada la excursión nos acercamos hasta un molino a 500 m, aguas arriba junto al Bajoz: es una ruina y el cárcavo un basurero, o sea, una pena. Menos mal que en La Espina hemos visto tres viejos molinos limpios y consolidados.

Aquí tenéis el recorrido, de unos 40 km.

De Valladolid a Meneses de Campos

19 enero, 2017

7-enro-059En esta excursión atravesamos el páramo de los Torozos desde Valladolid a Meneses, pasando por Villanubla. El día estaba fresco, pues la noche anterior habíamos llegado a los seis grados bajo cero. Pero hacía sol y se rodaba bien. Al principio, sin viento –como si aún estuviera helando- y luego se fue levantando un viento de noreste que nos dificultaba –un poco- el avance.

Vallejo desde el firme del Tren

Vallejo desde el firme del Tren

De Zaratán a Villanubla rodamos por el firme del Tren Burra que, cualquier ciclista un poco experimentado conoce, se trata de una subida larga pero muy suave. A la derecha nos acompañaban los cantiles de caliza y yeso y a la izquierda, un vallejo con campos de labor. La ladera por la que discurre la pista está adornada con abundantes robles y alguna encina. El último tramo del camino sobre el firme del Tren, ya en el páramo, lo están arreglando y ensanchando.

En Villanubla bordeamos la pista del aeropuerto y nos acercamos a saludar a unos amigos en sus tierras de La Cigüeña. ¡Al abrigaño hacía un tiempo excelente! Daban ganas de quedarse, pero seguimos por el raso perfectamente horizontal y sus sendas largas, rectas, infinitas…

Navabuena

Navabuena

Cruzada la carretera de Villalba tomamos un peculiar camino señalado por inmensos robles, justo en la raya entre Navabuena (Valladolid) y los Montes Torozos (Medina de Rioseco) que nos llevó hasta el pozo donde nace uno de los ramales del Hornija. Poco antes, en Villanubla, nos habíamos acercado al chortal –seco- donde borbota el Hontanija, junto a un palomar arruinado.

Ahora siguiendo la linde entre Villalba y Valdenebro nos acercamos al monte de Las liebres, y lo bordeamos sin casi introducirnos en él. Un poco más y pasamos junto a las ruinas de la ermita de la Quintamilla, junto a una buena alameda que señala las fuentes del Anguijón.

Las Liebres

Las Liebres

El siguiente paso fue asomarnos a la balconada de Valdején, desde donde divisamos la infinita Tierra de Campos; y, en particular, el vallejo del arroyo del Caballo, el Moclín y sus terraplenes, Palacios, la torre de Belmonte… y Meneses, nuestra meta. Así que, contemplado todo, nos dejamos caer hasta Palacios. Luego, a rodar en contra del viento hasta Meneses, donde nos esperaban los hermanos Arroyo en su típica casa terracampina para reponer fuerzas (y luego volver descansadamente en vehículo motorizado). Total, unos 52 km; aquí tenéis el recorrido.

Y Tierra de Campos

Y Tierra de Campos

 

Monte Curto

18 junio, 2016

Monte Curto(1)Alrededor del monasterio de la Santa Espina se extiende una gran mancha de monte de encina y roble perteneciente a los denominados Montes Torozos, que en otro tiempo cubrían todo el páramo. Pues bien, el extremo norte de esa mancha, que pertenece al término municipal de Villabrágima, es el denominado monte Curto. Creí que estaría vallado y, por tanto, inaccesible al ciclista o caminante, pero no lo está, o no lo está en exceso. De hecho sólo hay dos fincas valladas dedicadas al ganado vacuno, en el extremo próximo a Castromonte y nada más, que hayamos apreciado. Parece, pues, un monte de utilidad pública o común de propiedad municipal.

Cerca de Castromonte

Cerca de Castromonte

Hay caza: jabalíes, corzos, zorros. Y, por supuesto, conejos y torcaces. En las lindes, liebres y perdices. Pero no vimos nada. La tarde parecía muerta en el aspecto cinegético. Casi mejor así porque, como esta vez iba solo, mejor no encontrarse enfrente un jabalí de cien kilos. Más de una vez cazó por aquí Miguel Delibes; y una de ellas se perdió. También cuenta que en este arcabuco los conejos lo tienen muy fácil para esconderse y, si se dejan ver, atraviesan los estrechos pasillos sin dar ocasión al disparo…

No abundan los grandes robles

No abundan los grandes robles

El monte y la tarde estaban hermosos. El cielo, azul con nubes altas y blancas. El aire, en suave brisa. El tapiz del suelo, verde y salpicado de millones de flores de todos los colores. Sin duda, ganaba por goleada la humilde coronilla  pero también abundaba la tamarilla o el té de monte. Me llamó la atención un buen grupo de adormideras, esa flor como la amapola pero azul y más alta. O sea, opio. Y en alguna zona umbría, bonitos y sencillos ejemplares de lirio español.

Caminito

Caminito

Parecía un monte recién estrenado, con el suelo rociado de esmalte multicolor, los robles jóvenes y semidesnudos, pocas encinas, la luz colándose por todas partes y la brisa agitándolo todo delicadamente. Si bien este monte, milenario, podría estar poblado de enormes y –por tanto- sombríos robles y oscuras encinas.

Los caminos, con el excelente firme del páramo en las zonas que aflora la caliza. Y, sobre la mayoría de los bogales, una fina capa de tierra roja. Se rodaba muy a gusto. Unos caminos eran pistas relativamente anchas pero lo otros, más abundantes, eran caminitos con dos roderas y en el medio una cinta de hierba con flores, al igual que el resto del suelo del bosque. Como dos senderos paralelos.

Villabrágima

Villabrágima

Cuando me quise dar cuenta estaba frente al cerro de Pilatos y con Villabrágima al fondo. Acabé bajando por una senda en el lugar denominado Fuente del Montanero (ni había fuente ni creo que quede ya montanero en el monte). La senda se acabó pero acabé dando con un camino enyerbado que me sacó a otro normalito.

Últimas carrascas

Últimas matas

Empecé a dar la vuelta pasando por el cerro Pajares y sus señaladas cárcavas y de nuevo subí al páramo, tomando ahora la dirección del lugar que llaman Garinos los de Castromonte, en dirección hacia Valverde de Campos. Es una hondonada donde se inicia el valle del Pico. Y de vuelta a Castromonte, donde entré utilizando el camino de Santiago.

Hemos recorrido unos 30 km para redescubrir el monte Curto. Ya le daremos más vueltas.

Lirio

Lirio

Valdesamar, un manantial en el páramo

31 diciembre, 2015

Matilla de los Caños 2015(1)Tomando como punto de partida la histórica ciudad de Simancas, vamos a realizar un recorrido -en buena parte por el páramo de los Torozos- para rodar a gusto por buenos caminos y estirar bien la piernas.

La primera meta volante la tenemos en un cerro que se divisa bien desde el valle del Pisuerga, luego del Duero: se trata del teso de Valdelamadre, perfectamente localizable por sus antenas de telefonía. Pasamos antes junto al crucero y ermita de Geria y luego enfilamos una cuesta larga y suave (salvo en sus últimos metros). Nos asomamos a contemplar la enorme extensión de territorio –tierras de labor, pinares, ríos, pueblos, vías de comunicación- que se extiende a nuestros pies.

Fuente de Matilla

Fuente de Matilla

Ahora es cuesta abajo, con algunos toboganes. Dejamos a un lado Pedroso, jurisdicción de la Abadesa de Tordesillas y nos presentamos en Matilla de los Caños. Enorme, preciosa, espectacular fuente de enormes caños con… ¡un hilillo de agua! Al menos podemos acercarnos a las eras, donde vemos una peculiar caseta o chozo con un tejado que recuerda un birrete sin borla.

Comenzamos la segunda subida seria de la jornada desde Matilla. Pasamos por la fuente de Carralate: junto a ella han colocado dos mesas para merendar. El último tramo lo hacemos a campo traviesa hasta que conectamos con el camino, ya en el ras del páramo.

Caminar alguna vez es sano

Caminar alguna vez es sano

Ahora, ¡a rodar sin (casi) esfuerzo! Tenemos la llanura por delante y hacemos algunas paradas. La primera en el manantial y humedal de Valdesamar, con sus juncales y charcas, secas por el momento. Tanto en los pozos como en los charcos podríamos encontrar tritones y gallipatos. Pero hoy no es el caso. Aquí nace el arroyo de Juncos Gordos, enseguida acompañado por altos chopos y otros manantiales. Antiguamente, movió piedras molineras allá abajo, entre Berceruelo y Bercero. Vemos también los restos de unos corrales, expresión de lo que fue este páramo para la ganadería.

Corrales de Valdesamar

Corrales de Valdesamar

Y rueda que te rueda, llano y llanura, almendros y majanos, raudos pasamos junto a los imaginarios rebollos del Rebollar, donde ahora se hacen ejercicios de tiro. Un poco más y comenzamos a descender del páramo por las fuentes de los Navarros y de los Pocicos, ya en el término de Ciguñuela. En todo esta zona han plantado abundates cerezos, así que en primavera se unirán más árboles floridos a los ya tradicionales almendros. Una bajada no exenta de toboganes nos deja en las orillas del Pisuerga. Hemos vuelto a Simancas.

* * *

La crónica negra de Valdesamar

El paraje de Valdesamar no puede ser más evocador: praderas, humedales, manantiales, chopos; lejos de cualquier lugar habitado; sólo se divisa el cielo y las siluetas de algunos árboles y arbustos en el horizonte; las calandrias y alondras cantan en lo más alto del aire. Es una suave e idílica nava con salida hacia el oeste. Pues bien, aquí tuvieron lugar, hace siglos, dos horribles sucesos.

La Cruz. Los chopos del arroyo parecen desfilar en procesión, apenados por la muerte de Domingo.

La Cruz. Los chopos del arroyo parecen desfilar en procesión, apenados por la muerte de Domingo.

El más cercano en el tiempo lo conmemora la llamada Cruz del Pastor, en la orilla de uno de los caminos que llevan a Torrelobatón. En el anverso de cruz, de piedra, está grabado: AQUI MURIO DOMINGO ABOIN OTERO CRUELMENTE ASESINADO EL DIA 11 DE JUNIO DE 1888 RIP. La inscripción dice lo importante; de los detalles nada sabemos.

El otro suceso ocurrió 47 años antes, 13 de noviembre de noviembre de 1841 cerca de la venta de Valdesamar (venta Casa Blanca, todavía hoy vemos sus ruinas), en el camino real que se dirige a Tordesillas. Se trata de la horrorosa muerte de Juan Francisco Aparicio, vecino de Almagro, casado, traficante, a manos de tres gitanos armados con trabucos y tercerolas que actuaron ocultos bajo mantas blancas. Le asesinaron para robarle, según consta en el Boletín Oficial de León, núm. 100 de 1841.

Restos de la venta Casa Blanca

Restos de la venta Casa Blanca

Y es que en cualquier sitio puede ocurrir cualquier cosa…

Valles de Trigueros

20 junio, 2015

Captura de pantalla completa 19062015 232823Trigueros del Valle es una localidad digna de ser visitada: posee una ermita que conserva aires mozárabes, viejas casas excavadas en tierra que sirvieron de vivienda hasta el siglo pasado, un castillo en el valle –del levantado sobre el paramillo no queda nada-, la iglesia de San Miguel que es una joya románica, un hermoso recinto-fuente (Tovar) y unas calles con empinadas subidas, escaleras, pozos y casas de piedra que nos recuerdan un pueblo de montaña más que de nuestra llanura.

O sea, ¡casi nada! Esto es lo que suelen comentan las guías turísticas al uso. Pero, como siempre, hay más, pues el término municipal se extiende desde el páramo –limita con la provincia de Palencia- hasta el Canal de Castilla, y posee monte bajo y de encina, vallejos, cuestas, cultivos de secano, majuelos y un poco de regadío. Veamos.

En el valle del arroyo del Pradillo

En el valle del arroyo del Pradillo

Recomendamos, por ejemplo, la subida por el valle del arroyo del Pradillo, iniciándola en el mismo pueblo. Al principio, veremos un valle amplio, en el que las laderas no están muy inclinadas, apropiadas para cultivar la uva. Recibe al valle que viene de las Callejas y vemos tres caminos que salen a la izquierda. El último se mete hacia la Casa del Monte, cuyos alrededores se encuentran vallados si bien el camino es de libre acceso.

Mientras al Oeste hay laderas suaves con monte de buenas encinas, al Este tenemos abruptas laderas de yeso blanco a las que se agarran pequeños arbolitos que no han podido desarrollarse bien. Es un valle verdaderamente perdido y olvidado; vamos subiendo hasta que el camino se enyerba y finalmente nos deja en la carretera de Ampudia. Podríamos seguir un poco más –ya por el páramo- hasta llegar al corral de la Nicanora, en el término de Quintanilla e Trigueros.

 

El Chamorro

El Chamorro

Volvemos por el no menos olvidado camino de San Juan. Tan olvidado que prácticamente todo el trayecto se encuentra no ya meramente enyerbado, sino cubierto por una hierba alta y densa que casi nos impide rodar. Menos mal que lo hacemos cuesta abajo. Al fondo, a la izquierda, vemos Quintanilla de Trigueros. A la derecha una curiosa plataforma rematada por un roble: es el alto del Chamorro. Realmente vamos por la misma raya municipal. Perdido el camino de San Juan, salimos a otro que por la derecha nos conduce -de nuevo- al arroyo del Pradillo después de bordear un sembrado gracias a un pequeño senderillo, pues este camino también, en parte, se ha perdido.

Las Callejas

Las Callejas

Otros paseo agradable podemos darlo por el páramo que separa Trigueros de Corcos a través del camino de la Calera. Desde allí podemos contemplar el amplio valle con Trigueros en la lejanía, o el valle de Corcos con esta localidad justo bajo nuestros pies. Y si siguiéramos por el páramo hacia el Norte, después de atravesar montecillos de encina y roble, llegaríamos por senderos casi perdidos a las Callejas, olvidado lugar desde el que se contempla Valdemuñón, con sus encinar, laderas de caliza y, más abajo, sembrados que aprovechan el poco espacio que ofrece el valle. Pero lo mejor de este paisaje es su soledad: nadie nos va a molestar aquí. Seguro.

Encina en el páramo

Encina en el páramo

Y un último paseo: subir a la paramera donde se levanta el Castillo, o sea, la ermita, y llegar hasta la fuente del Conde (seguramente estará seca, pero es un curioso manantial a modo de pozo) ya en territorio de Quintanilla. Veremos que estamos sobre una de las muchas terrazas formadas por el Pisuerga a lo largo de unos dos millones de años, pues el páramo más reciente queda todavía por encima. O también, podemos ir hacia el Este, entre viñas muy cuidadas para luego, bordeando la terraza, admirar el paisaje del valle, y caer por el agradable lugar de la Higueruela y su alberca a la fuente Canalejas, donde hubo un poblado prerromano y hoy sigue, a duras penas, manando en compañía de unos álamos.

En definitiva, ni la localidad ni el término de Trigueros nos van a defraudar.

Fuente de Canalejas

Fuente de Canalejas

 

Corcos del Valle, cruce de caminos

13 junio, 2015

CorcosEl término municipal es una estrecha franja que va desde la provincia de Palencia hasta el Pisuerga. Lo conocido de Corcos se encuentra cerca del río: el monasterio de Palazuelos, el castillo de Aguilarejo y el Canal de Castilla, además de las agradables riberas. Como mucho, puede aparecer en las guías la iglesia de Santa María la Mayor, cuya torre en piedra y ladrillo reluce con el sol poniente. Pero Corcos es mucho más que todo eso.

Corcos al fondo

Corcos al fondo

Además de la ribera, tiene dos tipos de paisajes claramente definidos: el páramo y las terrazas onduladas que caen hacia el río. En el primero se asienta o asentaba el monte y en las segundas, esos viñedos que destilan un excelente clarete. Pero entre medias existe un tercer paisaje que participa un poco de ambos: terraplenes, ondulaciones, laderas y terrazas de conglomerado.

O sea, que es ideal para rodar en bici: cuestas suaves con agradables panoramas y excelentes caminos de arena y grava en los que no se forma barro.

Atardecer en el páramo de Corcos

Atardecer en el páramo de Corcos

El nombre de Corcos

No sabemos el origen de este nombre, pero en algunas comarcas de Palencia, Valladolid y –sobre todo- Burgos, a los patos se les llama corcos, onomatopeya que hace referencia al graznido de estas aves. Tal vez abundaron por aquí, país de riberas, arroyos y lagunajos. O tal vez provenga de quercus, pues en algunas comarcas asturianas llaman corcos a los robles, y aquí los hubo en abundancia. O, según otros, podría provenir de un antiguo término que significaba cruce de caminos.

Caminos del páramo

Campo amapolado cerca de la Barranca

Campo amapolado cerca de la Barranca

Pues nada, demos un paseo por esos ramales desde la cruz. El primer camino al oeste es el de la Mesilla y, efectivamente, allá nos lleva. Tiene la pega de que nos encontramos al terminar la subida con una escombrera, pero luego serpentea por la llanura hasta caer al barco de la Barrera, ya en el término de Cigales. Enfrente, vemos las Casas de la Mesa, y a ellas podemos acceder por cualquiera de los sentidos del camino al que hemos caído.

El segundo –siguiendo el sentido de las agujas del reloj- es el camino de la Barranca o de Villalba, que a los dos lugares nos lleva, si bien este último nos queda lejos. ¡Qué subida tan cómoda! El primer kilómetro se encuentra incluso asfaltado. Hasta la Barranca cruzamos campos de cereal en los que se elevan buenos robles y, más al oeste, vemos las encinas del monte de Corcos, o lo que queda de él. Toda esta paramera fue antaño monte; hoy quedan robles y encinas aislados, y algunos rodales interesantes.

Chozo del Cura

Chozo del Cura

El siguiente camino sale ya detrás de la iglesia, junto a las tapias ruinosas del viejo cementerio. Es el camino de Valoria o de Ampudia, que también fue vereda de ganados. Nos lleva cerca del corral y chozo del Cura que a duras penas sigue en pie: una enorme grieta lo recorre de arriba abajo, está medio desmochado y tiene el dintel partido. Pura ruina, vamos. Pero podrían rehacerle, como se ha hecho con un guardaviñas que luego veremos.

y cañadas

Ahora vamos por la cañada Leonesa, pues a través de Corcos cruzaban los ganados merinos de la montaña de León y de Palencia. Podían llegar por la cañada de la Mendoza y cruzaban hasta Cabezón y luego a Renedo. O bien seguían por la cañada que venía de Dueñas e iba hacia Valladolid. La verdad es que toda nuestra provincia estaba atravesada por una densa red de vías pecuarias. Por esta vía llegamos, siguiendo el arroyo del Prado, hasta el monte donde se asientan las ruinas de la casa de Villegas. Ahora, no son más que restos de barro y piedra. Al lado, una nave y una antena.

Cañada Leonesa

Cañada Leonesa

Tomando hacia arriba esta cañada podemos desviarnos a la izquierda por el camino del Puerto, por el que llegaremos a un buen encinar. Y si nos desviamos un poco más adelante a la derecha, nos presentaremos en la casa de Villegas.

Y, si continuamos de frente, llegaremos a una de las cañadas más genuinas y entrañables de la Provincia, que se halla justo entre las provincias de Valladolid y Palencia. Hoy no se usa, salvo para pasto de los rebaños de Corcos, y es una franja no muy larga de monte, entre tierras de labor. Tiene un poco de todo: encinas, robles, escobas, variadas plantas aromáticas, hierba… Eso sí, nos vigilan a un paso los molinillos gigantes. Se llama vereda de la Raya.

Encinas

Encinas

También detrás de la iglesia y atravesando una chopera sale el camino de Trigueros, que sube -corto y pindio- al páramo para dividirse en otros cinco caminos que nos llevan a través de monte bajo hacia la cañada de la Raya, a Quintanilla, a Trigueros y hacia el sureste. Pero en cuestión de metros ya nos hemos salido del término municipal.

Si queremos darnos un atracón de pedaleo breve e intenso, tenemos también la subida de las bodegas, recostadas en una empinada ladera. Pero parece que últimamente no se utiliza demasiado.

Majuelo

Majuelo

Campos y bacillares

Y, finalmente, podemos rodar por los caminos que van hacia el sur y que salen de la carretera que va hacia la autovía o de la que va a Trigueros. Aquí predominan los campos de cereal y los viñedos, las subidas y bajadas, las hileras de almendros, algunos pinos y encinas aislados, y tímidas choperas que señalan algún manantial.

Destacaremos dos simpáticos guardaviñas, de tipologías bien diferentes: uno en la carretera hacia el sur, un kilómetro antes de llegar a la fuente de San Pedro, en un alto. Es como un cubo de piedra, con bóveda de cañón al interior y relativamente amplio, de unos 2,5 m de altura y anchura.

Guardaviñas

Guardaviñas

Y el segundo en la zona que llaman del Hechizal, cerca ya del término de Trigueros. Es como un chozo de pastor pero más alto de lo habitual. Las piedras son más bien lajas relativamente estrechas, todo lo cual le da un aspecto un tanto estilizado y esbelto. Hace años estaba desmochado, pero alguien lo ha restaurado. ¡Bien!

Así es Corcos: una franja estrecha de terreno que cae poco a poco, sin barrancos ni taludes, desde la paramera de Torozos hasta el mismísimo Pisuerga. Pero si saltásemos el río nos encontraremos con un talud de más de 100 metros. Lo que ha bajado durante más de 15 km, aquí sube en unos pocos metros. Enigmático Pisuerga.

Camino entre avenas y bacillares

Camino entre avenas y bacillares