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Niebla de junio

16 junio, 2019

El sol se levanta sobre el valle de Olid. No hay nubes. Hace fresco, pero sin duda hará un buen día. En Mucientes el sol que acaba de nacer va desapareciendo y el ambiente se torna gris; una luz mortecina invade el aire. Subiendo al páramo, la niebla se derrama voluptuosa por la ladera desde el cerral. Y ya arriba todo es de un gris más cerrado, oscuro casi. Pero no hace frío, se puede aguantar con ropa ligera e incluso en manga corta los más valientes. Sin embargo, el paisaje es invernal y las siluetas de las encinas recuerdan los meses de diciembre o febrero. Menos mal que las amapolas, el lino blanco y la salvia nos dicen claramente que estamos al final de la primavera.

Alcanzamos la linde del monte y, por el momento, preferimos seguirla, no sea que entre la niebla y el arcabuco nos despistemos, o acabemos cayendo en una zona tupida e intrincada, que nunca se sabe. El sol hace esfuerzos por salir, y por momentos nos parece ver jirones de cielo azul. La niebla resiste.

¡Vaya! Un campo de adormideras en un gran claro del monte. Luego, plantas forrajeras y garbanzales. Las nubes y el sol siguen luchando a brazo partido. Ahora la niebla se eleva sobre nuestras cabezas, pero no quiere irse. Pasamos por dos grandes balsas antes de aparecer en las casas arruinadas del Paramillo, en la carretera de Mucientes a Villalba.

Nos introducimos en el monte, precisamente por la raya de las dos localidades citadas. Una valla señala la zona destinada a ganado, vacuno, al parecer. El monte es denso pero las encinas y robles no son grandes. Nos metemos en el monte de Villalba y nos da la impresión de estar solos y perdidos. El suelo aun está verde, las flores son abundantes. Y los robles y encinas no están cortados por el mismo patrón: altos, bajos, corpulentos, olivados, entre el verde claro y el amarillo oscuro… Ahora, por fin, parece dominar el sol; las nubes se van diluyendo con los rayos tenaces del astro rey.

Vamos poniendo rumbo a Mucientes. Salimos del monte -el cielo ya es todo azul- y comienza la cuesta abajo. Una cuesta larga -con alguna pequeña subidilla a modo de alegre tobogán- que llega casi hasta Mucientes. Los campos están todavía verdes porque abunda el trigo.

Y como la excursión nos ha sabido a poco, subimos al pequeño altozano que domina el pueblo y sobre el que se asentó el castillo, cuyas ruinas comentan lo que debió ser la historia de estas tierras. Hoy ya solo son un mirador privilegiado sobre el caserío presidido por la torre de la iglesia y los valles que lo rodean. Lo que no es poco.

La colada de Mucientes a Valoria del Alcor

9 junio, 2019

Antaño los pueblos estaban comunicados por cañadas y caminos. Las unas para el ganado, los otros para las personas. Normalmente el camino -también la cañada, pero menos- se dirigía en línea recta -y más en la meseta castellana- de un punto a otro. Hoy las cosas ya no son así: los ganados viajan en camión y las personas en coche, pero por la carretera que no siempre elige el camino más recto, dado que los firmes y pavimentaciones son costosos; más que un camino y mucho más que una cañada que no necesita especial infraestructura de soporte.

Tras las bodegas, los viñedos

Así las cosas, hemos rodado esta vez por el camino o colada de Mucientes a Valoria del Alcor. En unos mapas aparece como camino, en otros como colada. Tal vez fue las dos cosas. Y en otros va de Valladolid a Valoria; en otros, de Mucientes a Villerías. Sea como fuere, lo cierto es que es un trayecto excelente para hacerlo en bici… si no estuviera cortado a la mitad.

Salimos de Mucientes por las bodegas. Toboganes adornados de viñedos nos acompañan. Flores en las cunetas, todavía verdes. El cereal está cruzando la línea entre el verde y el amarillo, pero su tonalidad es todavía agradable -tierna- y primaveral. Junto al arroyo de San Antón, un manantial y árboles que dan una tímida sombra.

Después, el cereal

¡Sorpresa!: sobre una mota marcada con 809 m en el mapa, se ve un banco. La tentación vence y subimos a sentarnos y contemplar el panorama. Por esta vez, ha merecido la pena el esfuerzo de subir. Hermoso paisaje de campos, viñedos, caminos, páramos…

Avanzamos hasta que desaparece el camino. Curioso. La vía pecuaria viene señalada por una pequeña vaguada en la que crecen robles, encinas y variado matorral. Difícil, que no imposible, rodar por aquí. No obstante, dos generosas roderas nos animan a seguirlas y nos facilitan el avance, ya cuesta arriba. ¡Precioso y olvidado paraje: cereal, linderos, árboles centenarios…! Y, hasta el momento, todo verde en las proximidades del páramo.

La pequeña vereda por la que no cruza el ganado

Al fin, nos introducimos en el monte. Las encinas y quejigos son todavía enormes cerca de las lindes. Ya dentro, los robles son más bien pequeños. Es curioso: la cañada continúa señalada por una especie de pequeña vaguada o, más bien, surco. Además, ahora, sigue por un sendero en el que te puedes dar de narices con otro ciclista. No está tan perdido este trayecto en su tramo montaraz. Rozamos las ramas de los árboles, y rodamos por un túnel vegetal. A pesar de todo no hay rastro de jabalíes; sí de conejos. No deja de asombrar este viejo paisaje que quiere seguir presente en el siglo XXI: una cañada de ganados que atraviesa la espesura, un viejo monte de robles -antaño nido de bandidos-, plantas aromáticas -estamos en primavera-, el páramo y el cielo. Y poco más; tal vez algún zorro o algún corzo nos ha estado siguiendo sin que nosotros lo veamos. ¿Seguirá así por mucho tiempo? ¿Caeremos en la cuenta de la belleza gratuita que tenemos a un paso de Valladolid o seguiremos hablando en plan teórico y lejano de la crisis climática como quien habla de política o economía…? Pero bueno, procuraré no irme por las ramas, o por las hijuelas y descansaderos de la vereda.

Ya en el monte

Dejamos Valladolid para entrar en Palencia y al fin la cañada va desapareciendo hasta perderse. (Y conste que a nadie le importa, si nunca nadie ha venido por aquí). Además, el trazado antiguo se mete en una finca vallada, de manera que seguimos rodando hasta el Esquileo de Arriba que, por cierto, cuenta con precioso y ya inútil pozo. Después, cruzamos la carretera para seguir por el monte de Valoria hasta el pozo del Perro, que aun se usa para abrevar el ganado; de hecho hay una tenada muy cerca. Sobrevolando el abrevadero, una nube de pequeñas mariposas azules.

Robles y molinos

Finalmente, cruzamos hacia la Dehesilla y volvemos a Mucientes por el monte de Ampudia con sus molinos, pasando junto al pozo Barrigón hasta enlazar de nuevo con la colada de Valoria. ¡Se agradece la cuesta abajo! Aquí dejo el trayecto.

Faldeo de Torozos

25 marzo, 2019

En la falda de Torozos acaba la Tierra de Campos y comienza el páramo. Son terrenos ahora incultos, antaño hubo terrazas en las partes más bajas donde se plantaron frutales -almendros, sobre todo- y parras de uva, y robles y carrascas en las zonas de cantil. Hoy, por el contrario, se han plantado pinos carrasqueños en casi toda la ladera para defenderla de la erosión, lo que ha contribuido a diseñar un paisaje más uniforme y monótono. A pesar de todo, por la zona que hemos atravesado quedan algunos pocos almendros, robles esqueléticos y enanos en los cerrales y algunas matas de encina. Todo ello complementado con picos, mesillas, pequeños rebarcos y algunos cantiles.

Un almendro en la ladera

Pero lo mejor fue, tal vez, la vista que de Tierra de Campos se nos ofreció desde las laderas y cantiles, a pesar de que el día elegido para el trayecto no fue bueno para la contemplación pues, debido al resol, la línea del horizonte se veía muy difuminada.

El camino -más bien sendero- lo han debido hacer las motos. No había barro -gracias a este marzo seco- ni arena, de manera que la bici rodaba bien. Pero se necesitaron buenas piernas, pues las subidas y bajadas son continuas, y en muchos casos no podían dar más de sí apretando pedales, de manera que hubo que caminar más de lo que hubiéramos querido.

Horizontes

Empezamos a la altura de Tordehumos, aprovechando el camino de la Santa Espina para acercarnos a las faldas. Los primeros dos kilómetros fueron a media ladera, parando de vez en cuando para contemplar el paisaje y recuperar resuello. Vemos como los caminos se van acercando a la ladera pero no llegan, se quedan cerca. Aunque la falda es lineal, bordeamos cerca del cerral un pequeño barco o rinconada y salimos a las proximidades del manantial de Cañicorrales, tal vez el único que ve la luz en todas estas cuestas y cuyas aguas, además, viajan entubadas casi tres kilómetros hasta Villagarcía, a la que abastecen.

Un poco más y rodamos unos metros por el antiguo camino Ancho, bien empedrado, que conectaba Campos con el páramo. Después -en la Marranera– llegamos un solitario picón en el que se levanta una cruz metálica, bien asentada con cemento, en cuyo travesaño se lee Pascua joven 1992 y detrás, campos y campos de tierra. Por otro antiguo sendero que unía el monte del Conde con Villagarcía bajamos hasta la carretera, que aprovechamos para volver a subir. O sea, subir y bajar por vargas y laderas. Hermoso y cansado esto de faldear.

En el páramo

Por la carretera nos introducimos en el páramo para tomar el camino de Urueña por dos kilómetros entre montes y sembrados. Curioso: aquí arria han repoblado con pinos en vez de encinas o robles. Pero también nos cansamos de la llanura y nos dirigimos hacia el cerro de la Cruz: ¡otra preciosa vista de Tierra de Campos y, esta vez, de Urueña en la cima del páramo! El sol nos ciega y refleja con fuerza en los campos verde de cereal que se presentan brillantes como pocas veces.

Cuesta abajo, estamos enseguida en Villagarcía, donde visitamos las arcas y fuentes que surten de agua el pueblo y que traen el agua de Cañicorrales. Han sido remozadas recientemente. Merece la pena acercarse hasta ellas.

El sendero conduce a Urueña

Ahora ya solo nos queda rodar en línea recta hasta las cercanías de Pozuelo de la Orden para estirar las piernas después de tanto tobogán. Pasamos por algunos humedales y campos en los que se han plantado nogales, nueva riqueza de esta tierra.

Ya en dirección a Tordehumos nos paramos a contemplar algunos pozos típicos de la comarca, de boca ancha y enrejada . El primero, todavía en Pozuelo, cuenta con abrevadero y un rebosadero a un metro del nivel del suelo que conecta con el arroyo de la Nava. El segundo, en Tordehumos, al lado de la carretera, es una buena obra de ingeniería en piedra. También nos paramos en un caserón de barro que pronto no será nada mas que un montón de tierra.

Pozo cerca de Tordehumos

En fin, damos un último paseo por esta localidad y nos encontramos a los jinetes preparados para correr las cintas junto al reconstruido chozo de Miraflores, que originalmente se levantó en las mismas laderas que acabamos de recorrer.

Esto ha sido, más o menos, la excursión. Hemos de anotar que se trató de la jornada más caliente del año en Valladolid. Por aquí no hizo demasiado calor gracias al fuerte viento del noroeste. Pero sí lo suficiente para que aparecieran variadas mariposas -como esa llamativa que se viste de amarillo limón y las típicas blancas-, saltamontes y orugas. Y un grillo despistado. Y los pajarillos no hacían sino cantar a pleno pulmón. Pues eso, que estamos en primavera. Lo cual no quita para que nos queden también días malos.

Aquí, el trayecto.

Robles de la Santa Espina

22 diciembre, 2018

El roble quejigo que abunda en nuestra provincia es un roble austero, fuerte, a veces solitario, y próximo en parentesco a la encina y al alcornoque. Se diría que es el puente de unión entre la encina y los robles de montaña. A la primera no se le cae la hoja; los segundos la pierden en invierno. Nuestro quejigo, por el contrario la mantiene seca casi hasta que le nace la nueva, muy avanzada la primavera. La encina tiene la hoja de color verde oscuro, la del roble es más clara. Abunda en nuestros páramos y laderas cerrateños, en los montes Torozos junto a la encina y, en menos medida, en Tierra de Pinares. Su fruto es la bellota -rojiza y menos sabrosa que la enciniega- y le salen redondas gallaras.

Este mantiene bien las hojas

Los Torozos en la Santa Espina son de robles y encinas. A estas alturas del año los vemos con la hoja seca o desnudos, sin ellas. No hay grandes ejemplares, casi todos son de pequeño o mediano porte, como si les costara mucho crecer y engordar, como si tuvieran pocos nutrientes y humedad de los que alimentarse. Son robles profundamente castellanos, de la meseta y, por tanto, finos, resistentes y austeros. No conocen la abundancia de aguas que hay en las montañas que rodean la meseta. Y parece que están tensos, con abundantes nudos y desviándose demasiado las ramas en cada división y girando caprichosamente, como si no quisieran seguir un mismo rumbo, al contrario que la mayoría de los árboles.

Casa del Fuerte

El río Bajoz divide el monte en dos, si bien la mayor extensión queda al norte, en la ribera derecha. En el valle, los robles crecen un poco más, llegando a ser más corpulentos. Se dan la mano con sauces, chopos y otros árboles que necesitan abundante humedad. También crecen sanos en el valle de Valdelanoria y en otros barcos del Bajoz. Los del páramo, donde también abundan las matas de roble, son los más pequeños.

Extendiendo los brazos

A pesar de no ser muy grandes, son testigos mudos de otros tiempos, cuando los monjes del Monasterio mimaban el monte, haciendo cortas periódicas y bien espaciadas para mantenerlo a pleno rendimiento y así aprovecharlo al máximo para sacar su madera y ofrecer abundante pasto al ganado. Desde aquellos años del siglo XIX, la superficie del monte no ha hecho más que disminuir a velocidad de vértigo debido a las continuas roturaciones para cultivo. De hecho, siempre se ve alguna gran oruga realizando ese tipo de labor.

Juntos y diferentes

Y son especialmente hermosos, tal vez lo son más ahora que están desnudos y se aprecian mejor sus retorcidas ramas dibujándose, doradas por el sol, contra el cielo azul. No acabo de entender cómo la mayoría de los mortales considera más bella una escultura de las que hoy inundan las calles de nuestras ciudades y algunos museos modernos que estos robles, no esculpidos por ninguna mano humana.

Cerca de Villabrágima

El trayecto entre robles se completó con una visita a la Casa del Fuerte, en un picón entre el Bajoz y los Aguachales; posee una buena vista sobre el valle. Pero también bajamos hasta Villabrágima, ya en Tierra de Campos, por el cerro de la Bayesta, para subir por el monte Morejón.

Valle del Bajoz

Fresca y agradable excursión por los territorios de la Santa Espina. Aquí podéis ver el trayecto seguido.

Cuevas deshabitadas y una fuente recuperada

23 noviembre, 2018

La excursión de hoy ha consistido en atravesar el páramo de los Torozos desde Corcos hasta Santa Cecilia del Alcor. Día gris, fresco, sin sol y con el viento que buscó en todo momento la confrontación, el cara a cara.

Los paisajes se fueron alternando: amplios campos en el páramo, arcabucos en el monte, recogimiento en los vallejos. Y algunos caminos totalmente intransitables a causa de las rascaviejas acumuladas, que enredaban y bloqueaban ruedas, cadenas y cambios. ¡Nunca se habían visto tan infestados de esta maleza seca los campos! Seguramente la causa hay que buscarla en las abundantes lluvias de la última primavera.

En Santa Cecilia

Nos detuvimos de manera particular en las cuevas deshabitadas de Trigueros y Santa Cecilia, que antiguamente -hasta mediados del siglo pasado- fueron casas en las que vivía gente más bien pobre: jornaleros, pastores, viudas. Evidentemente tenían pocas comodidades: frías en invierno y en verano (más en verano), húmedas, estrechas y bajas, inseguras… Pero es lo que había entonces y no todo el mundo podía habitar una casa normal, de barro o piedra. Y fue algo muy común en este páramo y en los del Cerrato: Cabezón, Quintanilla de Trigueros, Mucientes, Cigales o Cubillas tuvieron este tipo de viviendas, por no citar más de una docena de localidades en la limítrofe provincia de Palencia.

El Castillo

Cuevas bajo el Castillo

En Trigueros se agrupan alrededor del Castillo (que es como se conoce a la ermita de la Virgen del Castillo), ocupando la visera del páramo, es decir, el espacio que queda bajo la capa de caliza más superficial después de excavar la parte de debajo, de margas y yeso, como de dos metros de espesor. Una vez excavada, se cerraba con un muro de piedras del mismo páramo, dejando hueco para puertas y ventanas. Los tabiques eran de yeso no retirado. Dentro tenían sus chimeneas y cocinas, e incluso en una de ellas puede verse todavía un horno.

Panorama de Trigueros

Encima, en un picón de la paramera, se levanta la ermita. En el origen debió ser muy antigua, nada menos que del siglo X, pues la puerta exhibe un arco mozárabe y encima, una piedra con un dibujo del mismo estilo. Todo lo demás es muy posterior, de construcción relativamente reciente. Pero lo mejor es la vista desde este mirador: el pueblo se extiende a nuestros pies, con sus plazas, calles, iglesia de ábside románico, castillo en el fondo sur, bodegas, palomares, arboledas… Una maravilla para la vista.

Santa Cecilia del Alcor

Es otra cosa. Vemos dos grupos de casas cueva, uno al oeste y otro en el extremo este, ya fuera del pueblo. Del primero quedan algunos restos de cuevas muy hundidas y otras que no se ven porque se construyeron delante casas el siglo pasado, quedando ocultas las cuevas. Fue una mejora habitacional.

Interior de una cueva “amplia”

Pero las del extremo este son visibles y visitables -con un poco de cuidado, dada la inseguridad por las caídas de algunas viseras de piedra. Se extienden, igual que las de Trigueros, bajo la capa de caliza del páramo, que ha quedado sin la zona de yeso y margas que tenía debajo. Se pueden apreciar diferentes tipos o planos de casas, con sus cocina, alcobas, almacenes, cuadras. En algunos casos no queda nada del muro exterior, pero en otros casos se puede observar hasta un alero hecho de lajas de piedra que protegía de la caída de agua por el muro.

Obsérvese el detalle del alero

Fuente del Parral

Vamos, finamente a por esta fuente, que en otras ocasiones no habíamos encontrado… por no haberla buscado bien. Al bajar del monte de Dueñas por el barco que hay a partir del Torilejo, dimos con las tierra abiertas de Quintanilla y, enseguida, con el arroyo del Prado. Pues bien, unos 50 metros más arriba del puentecillo, en el mismo cauce del arroyo, donde se ve un montoncillo de piedras, está, medio sepultada por la maleza, la fuente del Parral. Nos costó trabajo encontrarla, pero allí la encontramos, viva y fluyente. Seguramente hace años que nadie se acerca a verla. Como el arroyo estaba seco por encima del manantial, no tendría que ser complicado dar con ella.

El claro del fondo no se movió en todo el día

También pasamos por la fuente del Conde (seca), a la ida, antes de llegar Quintanilla y antes pasamos cerca de la fuente del Pradillo, al caer desde el paramillo que subimos nada más salir de Corcos. Poco antes de llegar a esta fuente, nos llamó la atención el cauce del arroyo de Valdemuñón, que forma pequeñas cascadas debido a que las finas placas de caliza resisten al agua de la torrentera, mientras la tierra que tienen debajo es desalojada y arrastrada.

El recorrido fue: de Corcos a Trigueros subiendo al páramo, de aquí a Quintanilla por la fuente del Conde, luego por los corrales de Hoyalejos y por el monte hasta Santa Cecilia, volviendo por Paredes, hornos de Font, monte de Dueñas, los Tres Pinos, Trigueros y Corcos. 60 km de nada.

Cascada -seca- en el arroyo de Valdemuñón

Entre Villardefrades y la Cuesta Tijera

28 octubre, 2018

(Viene de la entrada anterior)

Subida al páramo, entrada en los Torozos

Para subir al páramo de los Torozos apuntamos entre Almaraz y la villa de Urueña, inexpugnable con su muralla que parece continuación natural de la ladera del páramo.

Salimos de Villardefrades para pasar al otro lado de la autovía y después de llegar a un caserío agrícola, tomamos un camino bordeado de chopos y álamos dejando al norte Almaraz, hasta que llegamos al arroyo de la Ermita, que ha abierto una rendija en el murallón del páramo, y por ahí nos colamos. Está llena de verdor, con la humedad necesaria para que vivan varias arboledas, que ya han comenzado a vestirse con su dorado otoñal si bien se encuentran impenetrables a causa de la abundante fusca. Detrás, las ruinas del monasterio del Bueso (o Hueso). Siempre las ruinas; por todas partes en esta excursión.

Hacia el arroyo de la Ermita

Pasamos junto a la fuente del Hueso, elegantemente cubierta, que nos ofrece sus escaleras para bajar a los caños. Por una vez, por suerte, su cercado se encontraba accesible. De allí nos acercamos por un sendero entre almendros a la ermita de la Anunciada, en una pradería, bien a la vista de Urueña.

Aprovechamos la carretera de San Cebrián para subir al páramo. No se nos hizo ni costosa ni larga: a la derecha, el bosque de galería de un arroyo nos daba sombra y frescor y, a la izquierda, las entrañas del páramo nos mostraban los estratos de diferentes tipos de piedra caliza (clase práctica de geología).

Fuente en el camino del Hueso

En el monte, de nuevo pozos y fuentes

Rodando ahora sobre bogales y bien protegidos por las encinas de los montes Torozos, llegamos a la raya de San Cebrián, perfectamente señalada por un monolito. Justo cuando íbamos a tomar el camino de Tiedra descubrimos ¡oh casualidad! los restos de un precioso pozo ganadero, cuyo mínimo brocal de una pieza –¡ahora roto!- se ve que fue labrado en buena caliza; a su lado, una coqueta pila. Ya no queda sino una pared de la caseta que lo protegía. Ni del abrevadero que, se supone, estaba al lado.

Pozo en el monte

Nos vamos por el camino de almendros que parte del pozo hacia el oeste hasta que acabamos tomando el valle del arroyo de las Celadas. Este camino, como otros tantos, se encuentra bordeado de zarzamoras, rosales silvestres y endrinos. Hace calor: los insectos están muy pesados y las telarañas cuelgan de los manillares.

Vamos buscando la fuente de los Gallegos hasta que damos con ella. No puede ser más sencilla, es la mínima expresión de fuente, casi pasa desapercibida, y más con la maleza que este año hay por todas partes. En realidad es un manantial –que mana- protegido por una piedra más o menos plana. Peor suerte ha llevado la fuente de las Vecillas, a 700 metros de ésta, entre la carretera y una cañada. No queda ni rastro, solo algunas junqueras.

Fuente de los Gallegos

Últimos picos

Un camino nos conduce, en subida, hasta el alto de los Cotos, desde el que se contempla no solo el valle del Bajoz, sino también, al fondo, Mota y las otras cuestas y cerros que le hacen compañía. Una suave neblina atravesada por la luz del sol poniente le da al paisaje cierto aire romántico y decadente. Por aquí, ya se ve, todo es antiguo y está caído.

Cuando nos queremos dar cuenta ¡nos hemos quedado sin camino! ¿Algún problema? ¡De ningún modo!: tenemos nuestras bicis-cabras que nos conducen como si nada al fondo del barco de las Viñas, donde tomamos un camino que baja hasta el río Bajoz.

Cuesta Tijera y otras motas

Después de tres subidas al páramo, a alguno todavía le sobran fuerzas y de una carrera se presenta en la cima del cerro Cuesta Tijera, poniendo como excusa que hay un buen panorama sobre Mota. Pues claro que lo hay. Y abajo un buen lugar para descansar, lo que es igualmente cierto.