Posts Tagged ‘Torozos’

Rodando por el siempre cercano páramo de los Torozos

20 enero, 2018

Los páramos son inagotables. Entre sus vallejos, laderas, montes y navas, siempre se descubre algo nuevo. Y si no se descubre, con toda seguridad que el mismo paisaje por el que cruzamos haces dos meses o dos años ha cambiado: está más verde, o más florido, o más vistoso, o el color del cielo se reflejará en sus campos dándoles una tonalidad inesperada, o…  Mientras, el pinar lo veremos, con frecuencia, igual que lo vimos la última vez, pues es más difícil apreciar cambios –claro que los hay- en los perennes pinos o en el suelo repleto de tamuja seca.

Por eso, pasear por el páramo siempre es una novedad. Si es cierto que uno nunca se baña dos veces en el mismo río, más cierto será que uno nunca pasea dos veces por el mismo páramo.

Total, que hace unas semanas –todavía estábamos en el 2017- amaneció Valladolid tan helada como soleada: buena jornada, por tanto, para dar un paseo por el vecino páramo de los Torozos. Como no disponíamos de excesivo tiempo, la rodada esta vez se quedó en los 38 km. Suficiente para estirar las piernas y calentar el corazón.

Punto de partida: Ciguñuela. A pesar de que la concentración parcelaria movió tierras y caminos, dejó algunas cañadas, y fuimos por la Carralina, rumbo norte, hacia la concentración molinera del Hontanija, entre Wamba y Villanubla. La atmósfera estaba limpia, con alguna nube sedosa, y se rodaba muy bien a pesar de que el suelo mantenía cierta humedad. Continuamos por el páramo de Villanubla siguiendo la misma cañada, que aquí se hace más sinuosa, con curvas y pequeños toboganes. Y conserva un ancho que va más allá del mero camino carretero, lo cual siempre se agradece. Después de pasar junto navas y regueras, cruzamos junto a las ruinas de la casa de la Contienda, para torcer en dirección al oeste por el camino del Francés.

Ahora teníamos a un lado los montes Torozos y de frente los aerogeneradores: nos vamos  acostumbrando a ellos, ¡qué remedio!, es el nuevo paisaje de este páramo y ha venido para quedarse. De entre los molinillos se levantó un bando de avutardas, dado el tamaño de aquellos, éstas parecían pequeñas aves.

Llegamos a las proximidades de Peñaflor pero no entramos; por el camino de la Rodera nos aproximamos hasta el borde de Valdematilla, desde donde contemplamos una hermosa estampa de la localidad, sobre el páramo que se asoma al valle del Hornija. Detrás, formando guardia, los gigantescos molinillos.

Tomamos el camino hacia el sur, que baja a algunos vallejos para subir enseguida y acabamos conectando con la cañada real merinera que viene de León; se le ha respetado un mínimo de su anchura. Por el Pigarzo paramos a contemplar un curioso corral, de traza única en nuestra provincia: mide 60 x 50 metros, sus paredes de metro u pico de altura tienen un trazado rectilíneo, y las piedras de éstas van unidas con argamasa –en vez de sueltas, como es lo habitual- lo que les da cierta consistencia. Claramente, un buen número de ovejas podía entrar aquí. En las proximidades –hacia las Navas- hay también restos de corrales y de chozos.

Seguimos rodando, ahora hacia las Navas, que cada vez mantienen menos acacias –se van muriendo las pobres- hasta que nos asomamos, sobre Castrodeza, al valle del Hontanija. La bajada es corta y fuerte. Y de nuevo a subir, esta vez por el camino del arroyo del Hoyal, cuya ascensión es muy larga y suave, y acaba conectando con la colada del camino real a Valladolid, que pasa a menos de un kilómetro de Ciguñuela, donde terminamos. El paseo no ha sido largo pero sí intenso. Aquí dejamos el recorrido.

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Buenas noticias para el roble de Robladilo

13 octubre, 2017

De El Norte de Castilla del pasado miércoles

En este blog puedes ver El roble de Robladillo

Y no sabía que, en medio del páramo de los Torozos, una noche del pasado agosto, los pueblos de Castrodeza, Villán, Robladillo y Velliza se reunieron bajo la luz de la luna llena. No deja de ser curioso.

Otro valle de Quintanilla de Trigueros

2 agosto, 2017

Aunque hemos rodado mucho por el irregular y –tal vez por eso- variado término de Quintanilla de Trigueros, no conocíamos aun el valle de los Cabezos, por donde discurre –o discurría- el arroyo Váscones. De manera que ese iba a ser el objetivo fundamental  de la excursión, y luego nos quedarían unas horas por delante para aprovecharlas en el páramo de los Torozos, o en lo que se terciara.

El valle se abre a casi 2 km de Quintanilla, al desembocar nuestro Váscones en el arroyo del Pocillo, que nace en la fuente del mismo nombre.  En este zona crucial abundan las praderías dedicadas a pastos, que enseguida dan paso a las tierras de labor.

Al poco de entrar en el valle

Es un valle ni estrecho ni ancho, tendido en su ladera oeste y abrupto en la oeste, que se ve aprovechada por el carrascal para formar un monte bajo; el cerral está cortado a pico en algunas zonas.  Tiene continuos entrantes y salientes, o sea, forma barcos: Valdealar, Barco Grande y Barco Chico por la zona de los escarpes, y Valdelaviña y barranco del Lobo por el de enfrente. Por eso, nuestro vallejo pose una especial belleza.

Juncos, tierras de labor, monte

Primero avanzamos entre tierras de labor salpicadas de encinas y con monte en las laderas más empinadas. Poco después, aparece el monte espeso en el lecho del valle, con abundantes encinas de buen porte. Aunque en esta larga temporada de sequía no corre el agua por el arroyo, hay grandes extensiones pobladas de juncales, y señales de pequeñas lagunas de otras temporadas más húmedas. El valle avisa de que se termina cuando divisamos las casas de los Cabezos; ya casi arriba y a la altura de estas casas, termina en una pradera  con algunas acacias y un buen pozo con pilón y largo abrevadero. Pues nada, ha merecido la pena el paseo; si no hiciera tanto calor, el valle estaría fresco y hasta encantado, pero los habitantes de este bosque sin duda se encontraban durmiendo la siesta.

Abrevadero

Habiendo cumplido el objetivo y sin saber qué hacer, tomamos el camino del corral de la Villa y, desde allí cruzamos al término de Ampudia donde nos introdujimos en un pinar de repoblación: ¡un ejército de chicharras cumplía con su cometido cantando rabiosamente a un sol que todo lo quería fundir!

A los pocos kilómetros salimos a campo abierto y salpicado de molinos; nos encontramos algún terreno dedicado al cultivo del espliego y finalmente bajamos al valle del arroyo del Salón para buscar la fuente y hierba fresca del santuario de la Virgen de Alconada, y dejar lejos el estruendo de las chicharras. ¡Qué paz!

En el páramo

Vuelta a subir al páramo, esta vez por el curioso vallejo de Sotocaballo o simplemente el Soto, que tuvo en su momento un pequeño caserío con huerta y noria, ahora asfixiados por la maleza, y que todavía se encuentra poblado de bosquetes de esbeltos álamos –años ha también por olmedas, pues quedan los canijos negrillos- hasta casi el cerral. Aunque no los buscamos, tan densas arboledas denotaban la existencia de fuentes y manantiales. Otro tranquilo y pequeño vergel escondido en los pliegues de Torozos.

Por el Soto

Ya de vuelta, como hiciera poco calor, unas llamas gigantescas se levantaron, azotadas por el viento, en dirección a Torremormojón, con el consiguiente humo que en pocos minutos lo llenó todo. Claro que el viento que lo trajo también se lo acabó llevando.

Después de rodar por una carretera intransitada, tomamos el camino de Corcos y luego el de la Calera, y cruzando entre montes y corralizas nos acercamos al cerral que domina el amplio valle del Pisuerga. Después de contemplar su paisaje, sólo nos quedaba dejarnos caer para llegar sin esfuerzo a Trigueros del Valle y allí, proceder a la correspondiente hidratación que recomiendan los expertos y que nosotros no discutimos, ¡faltaría más!

Y el track

eMalos humos

 

Los Torozos a trozos

30 mayo, 2017

Excursión perfecta para conocer los paisajes de este páramo, planicie elevada unos 140  metros sobre los valles del Carrión, Pisuerga y Sequillo. Es curioso el contraste, pues se trata de un espacio de terreno sin casi habitantes, donde no alcanzamos a divisar poblaciones, sólo algunos caseríos o casas aisladas. Sin embargo, donde todo debiera ser extensión amplia y sin límites, nos encontramos con continuas cercas y vallados que convierten el campo en un entramado de polígonos sonde se protege la propiedad privada. Es como un paraíso echado a perder por los míos y los tuyos, de que hablara don Quijote en el capítulo XI de la Novela.

Cultivo con encinas de fondo

Pero, a pesar de la acción humana, conserva su serena belleza. Veremos rodales de monte, monte alto y monte bajo, grandes encinas, enormes atalayas de roble, algunos pinos, prados de buena hierba, hileras de almendros en caminos, bajos cercados de piedra, algún chozo de pastor, enormes pedazos de caliza robados al subsuelo del páramo para señalar propiedades, antiguas y modernas alambradas, demasiados terrenos ganados al monte para cultivo, canteras, cañadas –derechos ganaderos de paso-, caminos de origen medieval… y mucho más. Y en medio, como un símbolo, la moderna cárcel de Valladolid, que nos recuerda lo que hacemos los humanos con el bien y la belleza que hay en este mundo. Por no hablar de fosas comunes.

Pues nada, vayamos a ello. Punto de partida: Fuensaldaña, desde donde subimos al páramo por el camino de Villalba, que nos muestra a la derecha el cerro de las bodegas. Empezamos la clase de paramología aprendiendo lo que es un barco o valle corto y profundo en las estribaciones del páramo. A nuestra izquierda atisbamos a ver otro, un poco más largo, el de Valdoncil.

Camino hacia las Cortas de Blas

Ahora nos encontramos en lo alto. Miremos hacia donde miremos, nada supera la línea del horizonte, no hay árboles y las pocas naves se confunden con esta línea. Y es que la mayor parte del monte fue arrasado en el siglo XIX en aras del progreso (en este caso del agrícola). La primavera, muy tardía, está en todo su esplendor. Por fin podemos disfrutar del campo esmaltado de margaritas y moteado de amapolas. Menos mal que la espera ha dado frutos. Cinco kilómetros de recta nos conducen hasta un picón de monte; es, sobre todo, monte bajo de carrascas con alguna encina corpulenta que no destaca demasiado. El camino de Villalba parece desaparecer pero no lo acaba de conseguir pues, aunque se ha intentado cultivar, el firme y las roderas no han desaparecido del todo y continuamos por él. El monte está protegido, bueno, señalado más bien, por esas enormes piedras calizas arrancadas de la superficie con algún tipo de máquina. Es una auténtica moheda, imposible de atravesar salvo que sigamos los senderos abiertos por los monteros…

Ejemplar de roble

Puede decirse que estamos en medio del páramo de los Torozos lugar perdido y sin almas, apto sólo para los caballeros andantes que resisten en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos… Y es que, hasta en nuestra literatura clásica el páramo es duro y solitario

Ahora el camino –que reaparece con restos de buen empedrado- nos lleva por campo abierto dedicado a cultivo. Otro poco más de monte, con vallas electrificadas que impiden la salida del ganado, y nos presentamos en las Cortas de Blas.

Tierra roja en la Mata Alta

La siguiente visita es al monte de la Mata Alta, de pino, encina y roble. Antaño cruzaba por aquí el camino de Montealegre a Valladolid. El suelo está cubierto de maleza al principio, pero luego emerge su primigenio color rojo salpicado de bogales. Lo mejor es su extremo occidental, en el que vemos grandes ejemplares de roble quejigo, sobre todo en el campo limítrofe.

Salimos de nuevo a la carretera para rodar por la zona de Roblealto. Aquí el monte no es cerrado, abundan los claros cultivados y las hileras de encina que separan como en retazos la tierras de labor. Tras una carrasca olivada que está a poco más de 5 metros, me siento observado por alguien o algo. Me fijo y descubro un jabalí que, efectivamente, no me pierde ojo y a su lado otro más pequeño. Sigo mi camino y se olvida de mí. Tal vez estaba vigilándome por si acaso molestaba a la cría. Ahora me explico mejor la sensación que antaño producía cruzar estos montes, temidos a causa de los bandoleros que los habitaban. En fin, acabo saliendo a la casa del Encinar, que me muestra sus cuadras y la espadaña de una ermita, ya en la carretera de Mucientes a Villalba.

Monte abierto

El siguiente tramo lo hago por la cañada que viene de Palencia y se dirige a Fuenteungrillo, despoblado que fue descansadero de merinas. Coincide con la carretera de Peñaflor hasta que ésta toma su propio rumbo. Mantiene cierta anchura y cruza campos de cereal con algún trozo de monte de encina. Bordea la alambrada del Carrascal pero yo tuerzo siguiendo los límites de esta finca y dejando la cañada de Fuenteungrillo. Me voy acercando a un zorro enorme que no me ha descubierto. Cuando lo hace sube la cerca de alambre como si tuviera cómodas escaleras y desaparece. Por cierto, es el cuarto zorro que veo hoy y aun me queda otro.

Cereal con encinas y amapolas

Ahora bordeo otro monte, dedicado a cantera para arrancar piedra caliza del Plioceno, hasta que llego a la casa de Navillas siguiendo la línea ideal de un antiguo camino que discurre junto a una cerca. La casa está en ruina –debió ser potente y señorial a juzgar por los restos en piedra- y  de un establo surge una lechuza blanca. Por cierto, que por esta zona abundan los topónimos de nava, como es el caso. Hemos pasado por Navafría –al lado del Carrascal-, la cantera está en Navaflor, hacia La Mudarra se extiende Navabuena, luego cruzaremos junto a Navacerros, antes de llegar a la cárcel… Es posible que muchas se cubrieran de agua antaño, si llovía mucho; como no se regaba tanto como ahora… Y, si te fijas, verás que el páramo no es perfectamente plano, sino que con frecuencia tiene ligeras hondonadas o navas. (Seguimos con la paramología).

En la cañada de Fuenteungrillo

Sigo hasta la casa de la Venta, ya en la carretera, donde pongo rumbo a Fuensaldaña. Algún zigzag por un camino que –luego lo veo, ya de salida- debe tener el cartel de prohibido. Y, por fin, una recta de 7,5 km pasando cerca de la cárcel y de la curva de la autovía. Para hacer  la llegada, el último camino que he tomado se pierde en el nacimiento del arroyo Pozo Moza, que baja hacia Fuensaldaña, de manera que lo cruzo a campo traviesa hasta que enlazo con otro que viene de Villanubla y bordea Cuesta Redonda. Fin.

Tímida primavera en el páramo

11 mayo, 2017

Los agricultores ya lo han anunciado: este año no habrá cosecha en Valladolid y Palencia debido a la persistente sequía. En esta excursión lo hemos comprobado: uno de los terrenos más frescos y suaves de ambas provincias –el páramo de los Torozos- se encuentra en una situación desoladora. Las plantas de cebada ya han empezado a espigar, a pesar de que no levantan –no pueden- más allá de palmo y medio. El trigo todavía no ha espigado, es más tardío, y todavía podría salvarse –al menos aquí- si llueve pronto y en abundancia.

A la salida de Corcos

En los perdidos la situación era similar. Ninguna mala hierba levantaba más de un palmo. Las amapolas y otras flores se pueden contar –nada de innumerables- en esta primavera de finales de abril y comienzos de mayo; solamente una parcela sin sembrar se había pintado de amarillo gracias al humilde picapollos. O sea, daba pena ver el campo, como nos dijo un agricultor con el que charlamos un momento. Sólo las zonas de regadío se habían salvado… de momento, pues también acabarán cortando el agua en muchas debido al estado de los pantanos. Tal vez la ventaja de todo esto sea que este año las espiguillas y cardillos no nos invadirán los calcetines y zapatillas y, por tanto, no vamos a notar esa persistente molestia en nuestros próximos paseos. Bueno, ya veremos.

Cebada junto al chozo del Cura

A pesar de todo, muchos campos de cebada y trigo estaban esplendorosos, con esas tonalidades variadas que tiene el color verde según los distintos tipos y momentos del cereal. Los robles se encontraban echando la hoja y muchos espinos albares, vestidos de blanco, en plena floración.  El monte tenía el suelo seco o sin hierba y los perdidos, con un color entre gris y verde oscuro, como devastado por la sequía. Sólo los aerogeneradores florecían con sus tres pétalos blancos de gigante y en continuo movimiento, pues soplaba un fuerte airón.

Robles en el sembrado de cereal

El trayecto lo hicimos por el antiguo camino de que va de Corcos a Valoria del Alcor y Ampudia. Sale detrás de la iglesia, donde acaban de poner indicadores de diferentes rutas a los caminantes. Dos cruceros descansan junto a la pared de la iglesia y un pozo tradicional aún no ha sido clausurado. Dejamos un a un lado el palomar y al otro el antiguo cementerio y ascendemos suavemente entre campos de labor hasta que damos con los primeros retazos de monte. Ya en el páramo vemos los corrales y chozo del Cura, en situación lamentable.

Otro roble

El camino va desapareciendo hasta que efectivamente lo hace en la raya de Palencia. Antaño se dividía por aquí en dos ramales: uno a Valoria y el otro a Ampudia. Malamente seguimos por donde fue el segundo hasta que, después de dos kilómetros a campo traviesa por un suelo duro por la sequía, nos encontramos con una buena pista que ahora sirve a los gigantescos aerogeneradores. Seguimos un poco más sin llegar a bajar a Ampudia. Durante todo este trayecto hemos disfrutado contemplando los viejos y enormes robles que aún quedan en Torozos. Esperemos que por muchos años.

Volvemos atravesando un intrincado monte mixto en el que predominan dos especies de reforestación (arizónicas  y pinos de Alepo) pero en el que también hay robles, encinas y almendros. Antaño debió ser zona de viñas a juzgar por la abundancia de piedras calizas del páramo, de buen porte, que bien pudieron servir de muro en las diferentes parcelas. Esta densa vegetación protege muy bien del viento en contra, como era el caso.

Contrastes

Al salir del bosque, nos acompañó una línea de chopos, álamos y olmos arbustivos, como si señalaran una corriente subterránea, precisamente hasta que nos introdujimos de nuevo en otro bosque, éste más autóctono, de encina y roble. A todo esto, los molinillos seguían, altivos, dominando el paisaje.

Por fin llegamos a la divisoria provincial, señalada por el camino de Villalba a Corcos, pasamos por el caserío de La Barranca y, tras culebrear un poco por el monte del Borbollón, caímos en Corcos, de donde habíamos salido. Corto –casi 30 km- y atractivo paseo en un día que fue especialmente agradable porque habían anunciado (?) lluvia abundante, y no se presentó, como en toda esta tímida primavera.

Montes Torozos desde San Cebrián

5 febrero, 2017

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Tratamos esta vez de un nuevo paseo por las llanuras, valles y montes de Torozos. El punto de partida lo situamos en San Cebrián de Mazote, para tomar el viejo camino de las Celadas que nos lleva, en suave subida, por campos recién sembrados que aprovechan trozos de ladera y pequeñas terrazas, hasta el raso de la paramera. Ya al final del ascenso contemplamos hacia el oeste la silueta del castillo y de la ermita de Mota del Marqués, y las diversas mamblas y cabezos en los que se deshace este páramo que empezaba muy fuerte allá por Palencia.

Ya arriba pasamos junto a pequeñas manchas de monte y campos de labor separados por hileras de carrascas. Abunda la piedra caliza y, por tanto, los majanos que se han ido formando a lo largo de los siglos con el objetivo de preparar una tierra de labor más mullida y propicia.

Encina

Encina

Nos introducimos en el monte San Manuel, que esta cercado para el ganado pero con las entradas bien abiertas, pues ahora no hay ganado pastando. Sus encinas y robles son de pequeño porte; los caminos y antiguos viñedos están señalados por hileras de almendros. Al fin salimos por un espacio sin puerta que da al norte y nuestra ruta acaba conectando con la carretera de San Cebrián a Urueña, que cruzamos. Otro camino recto, de casi 5 km nos lleva entre montes de encina y pimpollos, tierras de labor, algunas encinas corpulentas y también algunos almendros desnudos –estamos en pleno invierno- hasta que nos desviamos a la izquierda para acabar, después de cruzar una carretera, en la casa del Monte de Urueña donde algunos cazadores almuerzan.

El cuartel

El cuartel

Después de rodar por un sendero que desaparece poco a poco comido por el arcabuco, y que incluso nos amenaza a nosotros mismos, tomamos el arroyo de la Ermita aguas arriba. Se trata de un precioso valle anchuroso y recogido del viento –el día de la excursión se agradecía especialmente- con alamedas y fuentes, y laderas en las que sobresale la piedra caliza. Pero la dicha nunca es completa y -¡oh, sorpresa!- nos encontramos con que la parte final está cerrada con alambrada debido a que se trata de un cuartel intensivo de caza. Pues nada, a rodear hacia el norte hasta alcanzar un camino en el páramo. Pensábamos acercarnos a la fuente de la ermita y recorrer la cabecera del valle, pero ya no es posible.

Camino en el monte

Camino en el monte

De manera que empezamos a volver, esta vez por el camino de Villagarcía a la Granja, que –por los bogales- parece una calzada romana a la que no se le ha enrasado el firme. El monte no está guapo este invierno, pues refleja en el suelo la ausencia de lluvias y todo él está de un color apagado y triste, predominando el amarillo pajizo y el pardo. Pasamos junto a algunos robles y encinas de buen porte, no demasiados, la verdad, hasta que llegamos a Valcuevo. Cuesta abajo bastante inclinada y nos plantamos junto al río Hornija.

Cruzamos junto al edificio y cercado de la Granja, que ya conocemos de otras excursiones. A su lado, otros cazadores almuerzan. -¿Qué tal se ha dado la mañana?, preguntamos. –Hemos cazado lo que ves, contestan (O sea, nada, pues no vemos nada). Menos mal que los cazadores, con almorzar caliente y bien, se contentan. (A nosotros nos pasa lo mismo, conste).

El establo derruído

El establo derruído

Subimos desde a Granja al páramo para rodar a continuación junto al canto. Descubrimos un establo en ruinas y, de telón de fondo, un ejército de molinillos. Están funcionando, como queriendo rebajar la factura de la luz (¡ja!)en un momento que está por las nubes. Y ponemos rumbo hacia San Cebrián por un camino acompañado de hileras de acacias calcinadas. El raso es perfecto hasta que comenzamos la bajada a la ermita de Santa Marta. Luego, nos dejamos caer hasta el Hornija donde nos topamos con un palomar en venta y llegamos a San Cebrián.

Majano

Majano

Antes de dar por terminada la excursión nos acercamos hasta un molino a 500 m, aguas arriba junto al Bajoz: es una ruina y el cárcavo un basurero, o sea, una pena. Menos mal que en La Espina hemos visto tres viejos molinos limpios y consolidados.

Aquí tenéis el recorrido, de unos 40 km.