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Caminos del noroeste: de Tordesillas a San Cebrián de Mazote

6 junio, 2015

Tordesillas San CebrianSi la semana pasada habíamos recorrido una parte del descatalogado GR-30, esta vez nos decidimos a recorrer otra parte de su tramo occidental. Salimos de Tordesillas teniendo que atravesar las autovías que rodean la localidad como si fueran una moderna muralla encargada de protegerla.

Enseguida encontramos dos señales inequívocas de que íbamos en la buena dirección: la blanca y roja del GR-30 y la flecha amarilla del Camino de Santiago del Sureste. Parte del recorrido lo hacemos paralelo a la Autovía del Noroeste (A-6) hasta que lo abandonamos para acercamos hasta Villavieja del Cerro, inconfundible por su cerro de San Juan, donde ya han sido restañadas sus recientes heridas en el humano intento de levantar en su ladera una pista de esquí. Ahora queda la moderna construcción del edificio de recepción de visitantes junto a la que salimos del pueblo siguiendo las flechas amarillas, pero en vez de subir al páramo, lo rodeamos para pasar por donde antaño estuvo enclavado el pueblo de Arenillas, del que no queda nada ya que los franceses se ocuparon de quemar lo poco que encontraron en pie. Según Pascual Madoz era un despoblado de la provincia de Valladolid, partido judicial de la Mota del Marqués, diócesis de Palencia. Situado en un llano sumamente agradable al pie de una cuesta que se eleva en la parte sur, su cielo es hermoso y despejado, y el clima sano, se componía de cuarenta vecinos. Esta localidad junto con la vecina de Bercero y las de Berceruelo, Villavieja y Velilla formaban las cinco villas sobre las que tenía jurisdicción Tordesillas.

La llanura del páramo

La llanura del páramo

En la fuente de la Trillona paramos a refrescarnos donde un coro de ranas saltan presurosas al agua buscando refugio. Bercero fue una localidad antaño famosa por la confección de artículos de mimbre, cestos y cuévanos. A principios de los años sesenta su antigua ermita de San Roque fue trasladada piedra a piedra a la entonces recién inaugurada Feria de Muestras de Valladolid.

Puente sobre el Hornija en Gallegos

Puente sobre el Hornija en Gallegos

Subimos al páramo por breve espacio pues a los pocos kilómetros descendemos en una larga bajada hasta Gallegos de Hornija. Cruzamos el río por su puentecito herreriano y divisamos a lo lejos la ermita de la Virgen del Villar patrona de todas las localidades del valle. Seguimos nuestro camino para ascender y atravesar otro espigón del páramo. Arriba comprobamos que al tradicional cultivo de cereales le ha salido un competidor con los campos de lavanda que perfuman con su característico olor. A su lado contrasta un campo rojo tapizado de amapolas (papaver roheas) de las que nos acordaremos cuando en nuestra vuelta nos encontramos con varios campos sembrados de adormidera blanca (papaver somniferum) cuyo destino será la industria farmacéutica.

Adormidera. Al fondo, las últimas cuestas del páramo

Adormidera. Al fondo, las últimas cuestas del páramo

Al rato nos hemos plantado en Adalia, donde antaño floreció la singular industria textil del blanqueo de los lienzos de lino que se realizaba con ceniza en pilones llenos de agua, con los que comerciaban los maragatos para ser vendidos en Madrid. En un suave ascenso paralelo al arroyo Retortero volvemos al páramo para, casi sin darnos cuenta plantarnos en San Cebrián de Mazote y dirigir nuestras ruedas hacia su ermita donde descansamos y comemos a la sombra de su imponente moral.

Molino

Molino

Toca emprender camino de vuelta para lo cual decidimos seguir el curso del río Bajoz, que en estas fechas ya comienza a flaquear el agua que lleva, aunque sirve para regar las huertas contiguas. Al poco llegamos al molino de Villamor, situado en la margen izquierda mientras que en la derecha se encuentran lo corrales del mismo nombre, ya que aquí estuvo el despoblado de Villamor, junto al teso que lleva el mismo nombre. A tiro de piedra se encuentra Mota del Marqués protegida por su castillo de lo que solo queda la recién consolidada y restaurada torre del homenaje. Es el único resto visible de lo que fuera esta fortaleza levantado a principios del XIII por Alfonso IX de León para la defensa de la frontera con el reino de Castilla, teniendo la particularidad de la planta circular de su torre, que para unos proviene de los castillos catalanes de los siglo X y XI y para otros, esta forma cilíndrica, tendría su origen en Oriente, descendiente directo de las fortificaciones bizantinas imitadas por los castillos musulmanes de Siria que conocieron los cruzados.

Camino de Santiago

Camino de Santiago

Seguimos el trazado de la antigua Cañada de Coruñeses y del antiguo Camino Real a Galicia, parcialmente ocupado por la moderna autovía, por lo que nuestro discurrir se hace bastante monótono hasta llegar a Vega de Valdetronco, donde destaca el esqueleto de su ermita de Canteces. Si hemos dicho que Adalia se dedico al blanqueo de lienzos, aquí se dedicaron durante muchos años a sacar el barro blanco para encalar y enjabelgar paredes y que era conocido como Blanco España. El arreglo de trillos con el pedernal de las cuestas era otra de las actividades a las que se dedicaron sus habitantes durante mucho tiempo hasta que la mecanización de la agricultura dejaron para el olvido estos aperos de labranza.

El sofocante calor nos hace acelerar nuestro paso pues la sed aprieta y solo pensamos en llegar a Tordesillas y sentarnos tranquilamente en una terraza para descansar y disfrutar de una cerveza fresquita después de más de 70 kilómetros que hemos hecho esta jornada. Y eso hacemos.

Track de la excursión.

Torozos: comienzo y final de un sendero

29 mayo, 2015

plano ruta

En esta ocasión -los titulares del equipo tenían otros menesteres- optamos los reservas por una ruta sencilla y circular, tratando de averiguar qué había sido del descatalogado sendero GR 30 de los Montes Torozos, en este caso solamente su principio y su fin.

El sendero en cuestión comenzaba y terminaba en Valladolid y fue patrocinado en su momento por la Diputación Provincial y homologado por la Federación vallisoletana de senderismo, tratando de buscar entre los nexos culturales y geográficos algún aliciente turístico que, finalmente, no llegó a cuajar.

Señalización

Señalización

Pero el día fue magnífico para pedalear: soleado y fresco. Además, el molesto viento que soplaba del noreste lo esquivamos eficientemente con la misma orientación de la ruta y la cobertura que nos ofrecían algunos vallejos.

Comenzamos en el parque donde desagua el Canal de Castilla para dirigirnos hacia la Bambilla: la salida de la ciudad es un obstáculo molesto para el ciclista (y paseante) hasta rebasar las rondas, seguramente uno de los hándicaps a los que tuvo que enfrentarse el GR 30.

Cárcel y relojo de sol. Villanubla

Ventanuco de la cárcel y reloj de sol. Villanubla

Pasamos por la depresión de la Bambilla, El Calderón (809), Pedrosa y Valdecarros, donde encontramos un viejo pozo con su abrevadero, y en un plis-plas nos encaramamos al páramo apareciendo en Villanubla a través de su enorme polígono. Allí dimos un breve paseo observando algunos detalles curiosos de sus edificios.

Ciñéndonos fielmente al recorrido buscamos el Hontanija en Santa Olalla, paraje molinero donde los haya. Después tornamos a la derecha por el camino de la Boada, al pie de la pista del aeropuerto. Allí permanecen los restos del molino del Monzón y del Cabrito además de la casa de la Guada, cada vez mas ruinosa, a los pies del arroyo. No deja de asombrarnos como ese escaso caudal podía manejar tantos ingenios en tan poca distancia y desnivel.

Subimos al páramo de nuevo, el campo aún está magnífico, y podemos apreciar algunas casas dispersas, la Base Aérea y una cortina en el horizonte de aerogeneradores. Sin embargo lo más llamativo: el viejo Pino Wamba, sólo y enfermo, luchando por sobrevivir.

Pino Wamba

Pino Wamba

Bajamos por el valle de Valcavado, cuesta abajo y con viento de espaldas, la situación ideal. Sin embargo hemos de utilizar el freno para disfrutar del verdor y de su magnífica arboleda. La fuente no es ya fuente sino un exhausto pozo explotado por un tractor.

Al llegar a Wamba, recorrimos el agradable sendero verde en torno al arroyo Garrapinilla, salpicado de huertas; y finalizamos, como no, en la Iglesia de Santa María de la O, o María en gestación. En el osario reflexionamos – Como nos vemos se vieron y como los vemos quizás nos verán otros ciclistas que paseen entre las ruinas de los antiguos aerogeneradores que abundaban por lo Torozos…- Partimos algo sobrecogidos y extremando algo más la prudencia si cabe.

El famoso osario

El famoso osario

Aquí dejamos el principio o final del sendero para, mediante un atajo, dirigirnos a Ciguñuela y después a Zaratán y Valladolid, el otro principio o final del mismo extinto GR.

Subimos de nuevo, a través del camino de Santiago, donde encontramos algunos peregrinos bien pertrechados. Llegamos a Ciguñuela, allí nos recreamos con dos grandes obras, su hermosa torre renacentista y un simpático jardín cuidado con esmero, probablemente ¡el más pequeñito de la provincia!

Jardincillo en Ciguñuela

Jardincillo en Ciguñuela

Aunque no muy merecido en cuanto a esfuerzo, al pie de la torre, disfrutamos y reposamos nuestras viandas. Enfilamos después hacia Zaratán, atravesando su enorme parque fotovoltaico bajamos por el camino del Pozuelo volviendo a Valladolid entre grises autovías donde ya no encontramos señal alguna del extinto sendero.

Al final cayeron 50 km. No está mal. Aquí, el track de Miguel Ángel.

Texto y fotos, Javiloby

Mapa, Miguel Ángel

Y de Ampudia a Valladolid (Atravesando Torozos, II)

25 mayo, 2015
Prados, robles, gigantes

Prados, robles, gigantes

(Viene de la entrada anterior)

Como Ampudia se asienta en la ladera, la cuesta hasta llegar al páramo no fue muy dura. Atrás quedaba, definitivamente, el mar de Campos con la torre en punta de la colegiata emergiendo de la superficie.

¡Mucho ha cambiado la paramera! Ahora está sembrada de un ejército de gigantes con lanzas giratorias en ristre; antes, las hileras de encinas y robles limitaban los rectangulares campos de cereal. Ahora, la repoblación forestal ha llenado buena parte del páramo de pinos carrasqueños; antes abundaban los majuelos, pues pudimos descubrir los restos de algún guardaviñas rodeado de almendros en medio del pinar.

Campo de trigo

Campo de trigo

En todo caso, todavía quedan abundantes manchas de monte de encina y roble, y tanto esa superficie como la que estuvo dedicada a cereal, se encontraban salpicadas de hierba más o menos alta adornada de multitud de flores. Un fiesta natural, vamos. Hasta animaba a pedalear. Por el monte, distinguimos también algunos chopos y álamos que señalaban la existencia de aguas subterráneas que estaban aprovechadas por pozos con sus respectivos abrevaderos.

Pozo de La Mudarra

Pozo de La Mudarra

Estábamos en el páramo esencial, ese enorme plano de dos mil kilómetros cuadrados que se extiende entre los ríos Sequillo, Carrión, Pisuerga y Duero, o de Palencia a Tordesillas y de Valladolid a Medina de Rioseco. Antes habíamos surcado también el páramo accidental, o sea, los valles y vallejos –con sus motas, cerros y alcores- esculpidos por las aguas sobre los sedimentos de un viejo mar interior.

Finalmente, en vez de salir a la Barranca o a las casas de la Mesa, salimos a la carretera de Cigales a Valoria del Alcor, lo que nos permitió observar algunos viejos pozos: el Nabujil –frente al caserío de Megeces-, el de La Mudarra o el de Canillas. Todos tenían agua (y pájaros que salían asustados). De la carretera nos fuimos hasta lo que queda de las casas de Ángel Benito, metidas ya en el monte de Mucientes, pero antes pasamos a saludar a un viejo roble, amigo de hace muchos años, entre la carretera y el monte. Comprobamos que sigue vivo, con ramas cortas, pocas hojas y el grueso tronco hueco y abierto por algunas heridas. Ya tiene varias centenas de primaveras. ¡Que siga muchas más!

Cerca de Mucientes

Cerca de Mucientes

Y dejándonos caer llegamos, entre viñas y almendros, a Mucientes. Aun nos quedaba la ermita de la Virgen de la Vega, Tras de Lanzas, majuelos, subidas y bajadas, la fuente de San Pedro, el Berrocal y el Canal. Y de la Dársena, cada mochuelo a su olivo. Dependiendo del los respectivos olivos, nos hicimos 83, 91 o 97 km. Alguno acabó muy cansado, otros no tanto. ¡Hasta la próxima!

El viejo roble

El viejo roble

De Palencia a Valladolid atravesando Torozos

23 mayo, 2015

Palencia Ampudia Valladolid Esta vez nos fuimos en tren a Palencia: el día se presentaba agradable y sin prisas por volver a casa, y el viento lo tendríamos más bien de espaldas. Así que dicho y hecho, a eso de las once estábamos en la estación de Palencia. Atravesamos el Carrión y sus islas y, por el Canal, llegamos a la esclusa Treinta, de Viñalta, acompañada de su enorme silo. La idea era subir por la cañada real de la Mendoza. Demasiado arroz para un galgo, o demasiada cuesta para una burra vieja. Ante tal panorama, algunos propusieron cambiar de rumbo: menos mal que, a su derecha, salía un camino que, en zigzag, salvaba con bastante dignidad la subidilla. Y, sin bajarnos (casi) de la burra, al poco estábamos arriba. Justo habíamos subido por el extremo que se encuentra más al norte del páramo de los Torozos. O por la cola del bacalao, que diría Blas Pajarero. Como era la primera vez que lo hacíamos, le pusimos una cruz a la vez que contemplábamos la vega del Carrión y Tierra de Campos, que ya empieza a amarillear. Justo debajo pasan el Canal de Castilla, la carretera de Villamartín y el viejo trazado del tren de Villalón. Un poco más allá, el Valdeginate, que drena la Nava y se dirige al Carrión. Acá, Palencia y el Cristo del Otero. De teloneros, el Curavacas y el Espigüete.

Tramo de subida de la Mendocina al páramo

Tramo de subida de la Mendocina al páramo

Y a pedalear un poco por la Mendoza o Mendocina. Estaba verde, con hierba rala y abundancia de flores. La verdad es que la cogimos en el mejor momento del año. Prácticamente conserva su anchura de cañada real y va haciendo un zigzag que se acomoda al borde del páramo, pues no se separa de él. Ya se ve que, por aquí, los agricultores arrinconaron a los pastores. ¡Menos mal que no les obligaron a cañadear por la misma ladera! Lo de Mendoza se debe a una noble terrateniente del siglo XV, Dª Teresa de Mendoza. Y es que las cañadas son muy viejas, remontándose más allá del siglo XII. Ésta no es una excepción.

Tierra de Campos desde Autilla del Pino

Tierra de Campos desde Autilla del Pino

Por ella rodamos hasta tomar un camino que, pasando por la Bola, nos dejó en Autilla del Pino. Allí nos encontramos un canizo o autillano, cantero e hijo de canteros, y orgulloso de serlo pues nos enseñó una leyenda, en la fuente, que hace honor a la Piedra y al Hombre. Después, visita obligada para todo el que pasa por aquí: el mirador de Tierra de Campos, pues de un vistazo pueden verse kilómetros y kilómetros de la Tierra.

Por Matacanes

Por Matacanes

¿Siguiente etapa? Pues donde la realidad se hace eternidad, donde se estudia el paisaje espiritual de Castilla, o sea, Paradilla del Alcor. O al menos es lo que escribió Unamuno al visitar este caserío que tiene iglesia y castillo, páramo y mirador. Pensaba que la mecánica le estaba cerrando al hombre la visión de la vida natural; aquí, sin embargo, vivía el campesino natural. Pues si don Miguel viera cómo utilizan algunos el androide o el iphone escribiría cosas terribles. En fin. Pero nos dejó cosas preciosas:

 Torremormojón, Baquerín, Pedraza, Paredes de Nava –de donde salieron Berruguete a tallar madera y Jorge Manrique a tallar en romance castellano-, Fuentes de Nava, con su torre; Guaza de Campos y otros más… Un gran lago de tierra dulce, desnuda y luminosa en que parecen ancladas las naves de grandes iglesias. Tierra blanca –otras son rojas, y otras negras- de una dulce desnudez caliza y yesosa…

Pero sigamos. Algunos no se conformaron con ver Paradilla, sino que se lanzaron ladera abajo por los Matacanes y Valdeparada para conocer un poco más a fondo estas faldas que no son ni Campos ni páramo, pero que tienen algo del brillo de ambas.

Los chopos del camino

Los chopos del camino

Y ahora, a rodar y rodar por el humilde camino de los Chopos que nos marcaba la dirección de Ampudia. Dejamos al sur Paredes del Monte y Santa Cecilia del Alcor, al norte, laderas blancas de yeso y al fondo –paisaje moderno- molinillos que producen energía eléctrica y pingües beneficios para algunos listillos. Finalmente, antes de llegar a un pinar o monte que vemos en lontananza, decidimos bajar al valle, muy cerca del molino del caserío de Rayaces. Entramos un momento a saludar a la Virgen de Alconada y, por el camino del Vía crucis –donde hay una capillita en recuerdo de un milagro de la Virgen- llegamos a Ampudia. Aunque la hemos visto cien veces, impresiona la torre de la colegiata de San Miguel con sus múltiples y puntiagudos pináculos que sólo persiguen un objetivo: hacerla más bella. Y ya lo creo que lo consiguen. Aunque las calles de la localidad, con sus rústicos soportales, no le van a la zaga.

Iglesia de Paradilla

Iglesia de Paradilla

(Continuamos en la próxima entrada)

El monte del olvido, en Cigales

18 abril, 2015

Cigales y el monte

Cigales es conocido no sólo en España, sino en buena parte del mundo por sus vinos, que están conquistando nuevos mercados. El cigales de siempre se denomina clarete, pero como hay que estar en las barras de postín y a los tiempos modernos, los entendidos han impuesto el rosado. Igualmente, hoy sus bodegas crían un excelente tinto. También es conocido Cigales por su catedral, construida sobre viejos arcos en el hondón del lagunajo.

Pero nadie lo conoce por su monte, y eso que esconde algunos de los rincones más bellos de la Provincia. O tal vez se desconoce el monte precisamente por eso, por sus escondidos rincones. Sea como fuere, hay que darse una vuelta –en bici o andando- por allí. No defraudará, y no lo olvidaremos.

La alberca

La alberca

Sí, es muy poco lo que queda de auténtico monte, que antaño llegaría hasta las inmediaciones de la localidad. En el siglo XIX tapizaba el no muy grande páramo del término municipal y hoy, ni eso, quedan sólo algunas manchas y las laderas del páramo. Pero de una riqueza paisajística llamativa.

El término municipal es una faja que sube desde la autovía de Burgos hasta la provincia de Palencia, pues linda con el término de Ampudia precisamente en el páramo de los Torozos. A la vez, a partir de Cigales, se va cerrando en el valle del arroyo Valcaliente. Tal vez el nombre se deba a que está abierto hacia el Sur, bien protegido por el páramo en el resto de los puntos cardinales. Prácticamente todo este valle, de buena grava de cantos rodados, está dedicado al la vid y, en menor medida, al cereal. Le surcan un camino que se divide en otros dos: el que lleva a la Mesa y al Tornillo, y el que pasa por la Cañada.

Subida al monte por la Cañada

Subida al monte por la Cañada

El Tornillo. Este valle –muy estrecho ya y de unos 2 km de largo- deja al Oeste las casas de la Mesa, asentadas sobre un auténtico cantil, y con las laderas cubiertas de robles y encinas, el fondo del valle sembrado primero y luego tapizado de praderas y juncos, llega hasta las casas de la Barranca, ya en el ras del páramo. Poco antes de llegar pasamos por un manantial con alberca de piedra vigilado por un enhiesto chopo, el único entre robles y encinas. Pues eso, para perderse. Lo del tornillo supongo que se referirá a las revueltas del vallecillo, al formar pequeños tornos o tornillos.

 

Viejo roble

Viejo roble

La Cañada. Aquí llaman la atención dos álamos de corpulenta copa, que se elevan a unos metros de este manantial. Está justo al otro lado –al Oeste, por tanto- del cantil de la Mesa, punto que ofrece una buena perspectiva para contemplar el comienzo del valle. En esta zona las laderas no están excesivamente recubiertas de árboles o matorral, y puede verse la caliza al desnudo. El lugar lo completan unos frutales, algún pequeño álamo, un colmenar y un estrecho y precioso prado. Pues igual, ideal para una merienda cualquier día de cierto calor.

Pozos ganaderos. Un poco más arriba del manantial, un pozo con un llamativo brocal de una sola pieza y un abrevadero han quedado escondidos en la maleza. Otros pozos del monte son el de Valcaliente, el Nabujil, el del camino de Villalba, o el de la Mudarra. Verdaderas esculturas de piedra caliza.

Curioso pozo

Curioso pozo

Ruinas. Sí, desgraciadamente abundan. Antaño había casas de labranza o ganaderas, y corrales y chozos de pastor. Podemos ver las casas de Ángel Benito, o el caserío de Megeces, o los restos de un chozo de planta cuadrangular con cuatro inmensos corrales, además de otras corralizas esparcidas por el monte. De momento, la Barranca y la Mesa siguen habitadas.

Robles. Ciertamente abundan, sobre todo, las matas de roble y las encinas. Pero nos sorprenderán algunos inmensos robles, como el que hay todavía más arriba en el camino que conduce al manantial de la Cañada, o el que hay cerca del chozo de planta cuadrangular.

Manantial de la Cañada

Manantial de la Cañada

Y ya para terminar, podemos subir a Yeseras para contemplar todo Valcaliente, en el cerral oriental del valle. Lástima que al lado haya una escombrera. O pasear por las zonas destinadas a cultivo en el monte llano del páramo, acuarteladas por hileras de encinas: es algo típico de los Torozos, que a vista de pájaro componen un llamativo mosaico. O, en fin, rezar una oración al pasar por la cruz de un tal Federico Sanz, muerto en accidente cuando acarreaba, allá por el otoño de 1932.

Y de todo esto… ¡nadie habla en las guías y páginas web turísticas de Cigales! ¡Pero existe, ya lo creo!

La zona de páramo a vista de pájaro, o de Google

La zona de páramo a vista de pájaro, o de Google

Viento en el páramo, apacible en los montes

28 marzo, 2015

Villanubla Mucientes CigalesDía de perros. Viento fuerte y frío del NE, con rachas de lluvia. Aunque esta excursión la hicimos el sábado día 21 de marzo, no había llegado la primavera, o al menos se había retirado. Salimos de Villanubla en dirección, precisamente NE: todos sabemos que al comienzo del trayecto se aguanta mejor el viento en contra que al final, cuando resulta totalmente desmoralizador. Y, sí, volvimos con viento de culo. Las fotos en blanco y negro hacen más justicia al día –gris- que sufrimos. Cayeron 65 km.

Camino

El primer tramo, hasta llegar al monte, fue horrible. Por dos motivos: por el viento y la lluvia que nos daban de cara y porque algunos caminos habían sido borrados del suelo, que no del mapa donde seguían sólo para confundirnos. Menos mal que la cosa cambió al llegar al monte: descubrimos un sendero que nos llevó hasta la casa el Picón, en la carretera de Mucientes a Villalba. A pesar de que el firme no estaba perfecto, se agradecía no soportar la continua presión del viento. Entre las matas de roble y encina, ese elemento estaba vencido.

Roble

Seguimos por la carretera con el flanco derecho a veces protegido. Pasamos por las Cortas de Blas y nos introdujimos de nuevo en lo profundo del monte, yendo a dar a una zona con pozo, fuente y mesas y, al poco, a una casa forestal con un pozo –seco- y abrevadero, no muy lejos.

Dejamos atrás el monte de Mucientes para bordear el de Ampudia y pasar por el Esquileo de Arriba, que estaba solitario como nunca. Pero con todo su encanto: cercas de piedra adornadas de musgo, el viejo pozo en la alameda, almendros en flor. Avanzamos un poco más para descansar en la casa o corrales de la Piedra, a 5 km de Valoria del Alcor, adonde no llegamos. En esa casa, el primer metro de altura de los muros era de piedra, y ahí estaban todavía, inamovible, fuerte, entero. Todo lo demás, que era de barro, se había disuelto como un azucarillo en agua. No quedaba nada. También permanecía en el prado un pozo con cuatro abrevaderos. Y en el pozo, seco, una paloma que no se atrevió a salir ante nuestra presencia. Casa de la Piedra

De manera que empezamos a volver cruzando un ejército de gigantes molinos de viento sobre un mar de carrascas. Había otros personajes: viejos robles solitarios en los campos de labor que el invierno mantenía desnudos. Estaban como un poco tristes, a juego con el día gris. Cruzamos también zonas de monte y campos de cultivo, cuyas parcelas en forma de faja se encuentran –típico de los Torozos- delimitadas por hileras de encinas o de robles.

Divisamos a lo lejos el caserío de la Barranca y nos metimos sin quererlo en el de la Mesa. Pero mereció la pena pasar por él, pues desde un cantil próximo pudimos contemplar una bonita estampa del valle. Y, por no ir hacia atrás, nos tiramos cuesta abajo y viento a favor hasta Cigales.¡Qué descanso!

La Mesa

De Cigales a Mucientes y de aquí a Fuensaldaña, todo por caminos de viñedos con algún pinarillo.

En Fuensaldaña tomamos el camino que bordea Cuesta Redonda para subir entre barcos y colinas, en una sucesión de repechos sin fin a pesar del viento a favor, hasta Villanubla.

Cuesta Redonda

Finalmente, a modo de anécdota mencionaremos que los dos protagonistas de esta excursión pinchamos, ¡ay!, la época sin lluvias que hemos pasado ha fortalecido los abrojos. ¡Ah!, y qué magdalenas de chocolate hacen en la panadería de Villanubla: están ¡de rechupete! Así que vayan los abrojos por las magdalenas.

Llanura