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Huyendo del barro

31 enero, 2019

Había estado lloviendo todo el sábado, de manera que el domingo -uno cualquiera de este enero que se acaba- decidimos rodar, huyendo del barro, por tierras de arena y grava. Como en los campos del Verdejo no suele haber demasiado barro, salimos desde La Seca para dar un paseo sin mayores pretensiones que eso, librarnos del temido barro que bloquea las ruedas de las bicis. Y lo conseguimos aunque no del todo, pues pasamos por tramos totalmente embarrados y resbaladizos. Tanto, que nos encontramos con un coche abandonado en medio de un barrizal que se extendía donde camino y barranco -o reguera, en este caso- se cruzaban, en el valle del Zapardiel.

Las ruinas del torrejón

Al poco de salir ya estábamos bajo el dominio del torrejón de Rueda. Enormes trozos de conglomerado de calicanto y ladrillo siguen desprendiéndose de él, de modo que el pobre torrejón se adelgaza y empequeñece. Pronto no quedará nada, al pesar de que la construcción es de excelente calidad, como bien deja ver. A su lado, la laguna del Torrejón también es casi historia: la reguera que le abastecía se encuentra seca y cegada a pesar de que, igualmente, tiene un muro de contención construido en buen ladrillo mudéjar. Aquí se cruzaban una cañada leonesa y la de Valdelapinta. El torrejón estaba, pues, en un paso estratégico.

Valle del Zapardiel

De ahí bajamos al valle del Zapardiel, poco profundo y muy ancho y, después de pasar por las Dueñas y contemplar en sus cercanías una colonia de cigüeñas, pusimos rumbo a Medina.

Por Medina del Campos pasan todos los caminos. Ella está como una ancha señora sentada en medio de la meseta; ella extiende sus faldas por la llanura. Sobre la rica tela, se dibujan los campos y los caminos, se bordan las ciudades. Medina del Campo tiene cuatro sayas: una gris, una blanca, una verde y una de oro. Medina del Campo lava sus sayas en los ríos y se muda cuatro veces al año. Las va recogiendo lentamente y en ella empiezan y terminan las cuatro estaciones.

Perfil

Está claro que nosotros llegamos en la blanca. Sánchez Ferlosio tiene mucha imaginación y nosotros no la encontramos recién lavada, al menos en el camino del Olmo, que fue por donde entramos.

La vieja muralla de la Mota

Nos acercamos al mercadillo, luego admiramos el Hospital de Simón Ruiz -¡lo están rehabilitando, qué bien!- y recalamos al fin en la Mota para contemplar con calma, no el castillo más moderno, sino las viejas y grandiosas murallas que datan del siglo XII, cuando Medina se repoblara ocupando, precisamente, la Mota, si bajar a la ciudad actual. Curiosamente, aquí estuvo también la Medina prehistórica y seguramente la visigótica. Luego, nos acercamos al denominado Mirador de la Reina, a poco más de 300 metros al este del castillo y que en realidad es un pozo de la nieve de buenas proporciones, como puede apreciarse por la boca que vemos en el suelo y la alcantarilla de desagüe a los pies. Y desde el mirador se aprecia la laguna -seca- que recogía el agua de la Cava de la Reina o arroyo de la Vega.

Muérdago

En fin, atravesando campos de labor, pinarillos, olivares y viñedos, llegamos a Rodilana y, poco más tarde, estábamos en La Seca. Aquí tenéis el recorrido, casi 50 km.

Prados y cañadas en Valdefuentes

18 enero, 2011

Estos días de abundante lluvia hay que buscar pinares y tierras arenosas donde no se peguen las ruedas al barro. Los sitios ideales, ya lo sabemos, están en las comarcas de Olmedo y de Medina del Campo. Luego, podrá salir un día bueno, como éste.  La excursión que traemos hoy discurre por las cercanías de Nava del Rey, Alaejos, Carpio, Nueva Villa de las Torres… Vamos a encontrar lavajos que no nos impiden el paso, pinarillos, prados, cañadas, y todo bajo una luminosidad que lo todo lo embarga. Empezamos en Nava del Rey.

Por la cañada de los Picos

Al poco de salir alcanzaremos la cota más alta de toda la excursión; mirando hacia atrás vemos Nava y su enhiesta torre de los santos Juanes, y hacia delante una asomada a la inmensa llanura sobre la que destaca Alaejos y sus dos esbeltas torres:  Santa María y san Pedro. También vemos, extendida, Sieteiglesias de Trabancos, pero sin torres que destaquen. Y descendemos a la cañada de los Picos, que suele tener algún pradillo y algún charco y que nos introduce luego de cruzar un pinarillo en los dominios del Trabancos.

El torrejón de la Nava


Nos acercamos a los restos del torrejón. Llevan ya muchos años en equilibrio inestable pero no acaban de derrumbarse por completo. Claramente domina un cruce estratégico del valle desde la Nava –tierras castellanas- hacia la frontera con León. Hoy todavía atraviesa por aquí la cañada que une Alaejos y Medina. Abajo, la chopera muerta del río muerto, el Trabancos.

Valdefuentes

Casi por el mismo cauce llegamos al lugar donde el arroyo de Valdefuentes desembocó en el Trabancos. Se trata de un pinarillo con algunas encinas. Y nos vamos, buscando sus fuentes, hacia arriba. No hay camino. Enseguida comprobamos que continúa una cierta abundancia de árboles –pinos, frutales, chopos- y de viejas piedras. Y es que por aquí estuvo el pueblo de Valdefuentes, que tuvo parroquia, ayuntamiento y calle Real ; el retablo de Santiago que está en la iglesia de San Pedro de Alaejos, procedía de su parroquia, Nuestra Señora del Castillo.

Vamos casi a campo traviesa hasta que llegamos al cruce de un buen camino. Si vamos hacia el Noroeste veríamos los restos de otro viejo torrejón, que hoy custodian la entrada a una tierra e labor. Pero seguimos por un camino con algún prado y merendero, árboles, un arenal… y llegamos a otro camino. Seguimos entre chopos por el mismo cauce –seco, claro- del arroyo convertido ahora en camino. Si la época es lluviosa podríamos encontrar algún buen encharcamiento.

En fin, al llegar al cruce de otro camino preferimos tomarlo –sin llegar a la carretera- y nos acercamos a contemplar un viejo pozo ganadero con al menos cuatro buenos abrevaderos. El cajón que recibía el agua sacada con el cubo es hoy, en primavera,  nido de aves. Alguna utilidad parece mantener…

Y llaneando un rato para tomar al poco el camino que desciende a cauce del río, llegamos al prado de Vadefuentes, que sigue hacia Castrejón presidido por la casa de a Cantera.

Nos quedamos en el cauce seco para continuar en la entrada siguiente.

Despoblados y torrejones

6 abril, 2010

(El río del olvido, y 3)

El Recorvo

Entre el Eván de Arriba y el Puente de la carretera de la Nava, el río hace dos curvas: una amplia y otra más cerrada; la zona se conoce por el Recorvo. Vemos algunas teleras y casetas de riego. El lecho del río es de arena sobre hierba; abundan los troncos y ramas de árboles. También es llamativa la cantidad de álamos desmochados y secos. ¿Qué huracán ha pasado por aquí? ¿O simplemente es la terrible sequía que ha terminado por asfixiar no sólo al río, sino también a todo lo que tenía vida en sus riberas? A pesar de todo, el paisaje es atractivo y encantador. Las cuestas bajan del Este –fuente María, el Torrejón-  ofrecen en su parte alta inclreíbles miradores sobre el valle.
Por fin, aparecen paredes y barcos rocosos en la orilla derecha. En la izquierda, un pinar.

La zona del Puente: despoblado de Trabancos

A escasos metros del viejo puente,  en la orilla del río y antes de llegar a la casa de la Huerta, se encontraba Trabancos que, hoy despoblado, llegó a contar con término e iglesia propios. Vemos en los alrededores una casa de camineros, un largo abrevadero, una casa a la que se llega por un camino adornado de almendros y, en la otra orilla del río, un molino ¡mucho agua debía traer el viejo Trabancos! reconvertido en establo y un pinar al que suelen venir vecinos de los alrededores a pasar la tarde. Un lugar tranquilo, en suma.
Ya despoblado, ante la ruina de su iglesia, en 1806 se trasladó el Cristo (gótico, datado hacia 1400) hasta Nava del Rey. Afortunadamente, hoy podemos contemplarlo en la capilla del viejo cementerio. Al menos, ¡no se lo ha tragado el olvido!

El Torrejón de la Nava

Del puente llegamos a un vado en el que se cruzaban caminos y cañadas.
Estamos en uno de los trechos más hermosos e interesantes del río: va desde un vado a otro durante unos 3,5 km.  A lo largo de su lecho se extiende un buen bosquete de chopos,  álamos y sauces, con un amplio prado en el que crecen también escobas. Como es lógico, nadie aparecerá por aquí y sólo nos molestarán los conejos –ahora en expansión- y las aves: palomas, pitos, perdices en las lindes, algún azor y, en lo más alto del cielo podríamos ver buitres.
Pero no todo acaba aquí; cerca del primer vado, en el que hubo una venta para caminantes, en la orilla derecha vemos los restos de una impresionante fortaleza de planta anular, el Torrejón, que debía vigilar el paso. También contemplamos buena parte del cauce y, al fondo, las torres de Santa María y San Pedro, de Alaejos.

En la misma orilla, aguas arriba –hay que subir al paramillo por un camino agradable- tenemos la misteriosa Casa de las Cantera, con curiosos agujeros de los que se extraía silicato de alúmina. Paseamos por sus inmediaciones pisando el empedrado de la era y las canteras con sus antiguas dependencias. Por otro camino bajamos a la ribera del Trabancos; el de más al sur nos conduce a una caseta junto a un  abrevadero. También nos podemos asomar al valle en La Cuadrada, que tiene un bosquecillo de encinas.
Y por si fuera poco, en la orilla opuesta está Valdefuentes. Hoy sólo queda una casa solitaria en medio de tierra de labor, pero antaño fue una localidad independiente de Alaejos. En 1623 contaba con 12 vecinos, pero en ese mismo año se abandona su parroquia de Nuestra Señora del Castillo. Siete años después ya se cita como despoblado. Hoy vemos un montón de piedras, alguna labrada, junto al vado y los restos de otro torrejón hacia el Oeste, junto a una reguera. ¡Ah! Y un retablo, en el lateral de la iglesia de San Pedro, de Alaejos.


El sitio no puede ser más impresionante. Y lleva la firma del Trabancos: pequeños barrancos escarpados en la orilla derecha y amplios campos en la izquierda.
De aquí hasta Castrejón el paisaje  cambia sin cambiar la firma. El inmenso Prado de la orilla izquierda y la cuesta de la derecha. Han desaparecido los árboles.

Y de Castrejón a Villaluz

Es, quizá, la parte menos interesante de esta excursión. Pero tiene su encanto, como todo el Trabancos. Hasta Fresno, el cauce está cubierto con carrizo, hay barrizales si ha llovido y algunos árboles.  En  Lagascahay puente. La arboleda, conforme nos acercamos a Fresno, parece que se va ampliando; tanto que es difícil acceder al río.  Junto al mismo río, podemos visitar la ermita de la Soledad, de Fresno.

Ya terminando el trayecto, nos acercamos hasta Villaluz, en la orilla derecha. Fue una casa de labor y señala el lugar de un despoblado, igual que Escargamaría y La Garda, que se encuentran casi a un tiro de piedra. El coto redondo de Escargamaría es citado por primera vez en 1265, aunque en el inventario de Floridablanca, a finales del XVIII aparece como despoblado. Al lado, en el monte Zarandón, hemos visto un ejemplar de alcornoque. Ya en la provincia de Ávila, el paisaje se adehesa… Si continuáramos durante casi 45 km más, llegaríamos a las fuentes del Trabancos. Lo dejamos para otro momento.

Este río no tiene agua, pero lleva en su cauce  tantos recuerdos de otros tiempos y un paisaje tan distinto que se resiste a morir definitivamente…