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Entre La Nava y Bayona

21 diciembre, 2017

En la entrada anterior hablamos de los Evanes, que seguramente fue lo más llamativo de la excursión. Pero hubo mucho más.

Salimos de Nava del Rey, donde la noche anterior se había celebrado la procesión de la Virgen de los Pegotes, lo que se notaba en la calle y en ventanas y balcones. Por eso, cuando visitamos la ermita de la Concepción, la Virgen no estaba en su camerino habitual, sino abajo, en la nave, sobre un pequeño altar. Y un goteo continuo de navarrenses  se acercaba a saludar a su patrona.

Desde el pico Zarcero

También pasamos por el cementerio municipal, de 1889. Como hace poco más de un año habíamos visto el civil, así como el antiguo católico en cuyo recinto se encuentra la ermita del Cristo de Trabancos, teníamos esta curiosidad. De manera que recorrimos el bonito y recto paseo, adornado de hileras de cipreses, que conduce al camposanto desde el lavajo de las Cruces.

En el camino hacia los Evanes atravesamos varias cañadas y pasamos junto al Mirador, que es como un avance del paramillo sobre el valle del Trabancos. Merece la pena hacer una parada para contemplar este hondón, Sieteiglesias y, más al fondo, las agujas de Alaejos y la ermita de la Virgen de la Casita. Hacia el otro lado, la cadena de Torozos. Qué descansada vista la del que –al menos semanalmente y sin subir a la montaña- puede contemplar estos amplios paisajes de un fondo casi infinito…

El día no estuvo muy luminoso

Y después de una descansada cuesta (hacia abajo, claro), llegamos al fondo del valle, que no del río. Por un arenal que hace de lecho seco y recuerda más un desierto que un humedal, entre árboles muertos, y después de atravesar la autovía y el viaducto del AVE, nos presentamos en el Eván de Arriba.

Y dejado el de Abajo, la cañada de Bayona nos condujo de nuevo al cauce del Trabancos, que forma un territorio feraz para el cultivo, donde precisamente cruzamos otra cañada, la de Salamanca. Y así, acompañando al cauce seco y protegidos del viento oeste por el pinar, llegamos a Bayona y a la desembocadura misma del Trabancos. Bueno, lo de desembocadura es una ilusión, pues como la corriente de agua brilla por su ausencia, la unión se hace irreconocible, y todo es un maremágnum de zarzas, ramas, troncos secos y zonas pantanosas sobre lo que se avanza con dificultad.

Entre la vía y la carretera

Este lugar también estuvo muy concurrido allá por la edad media: Bayona era un pueblo no pequeño que ha dejado su nombre en cañadas, pinares y tierras; Pozuelo del Eván se encontraba en la orilla izquierda, entre el Eván de Abajo y Bayona, frente al molino; la Porra estaba entre Bayona y Pollos. Como se ve, la comarca ha ido perdiendo importancia con el paso de los siglos…

Pino en Bayona

Para volver tomamos otra vez, pero en sentido contrario, la cañada de Bayona, que nos condujo hasta el molino de Trabancos, pues hasta molinos movía nuestro imaginario río cuando era real. Río abajo quedan las Peñas de Santa Lucía –otro buen balcón del valle- y río arriba veremos las grandes peñas –alguna desprendida- que dan a la alameda del Conde. En la explanada del cauce, una gran densidad de árboles: algunos vivos, otros moribundos, muertos los más. Triste espectáculo de una belleza que desaparece para no volver. Y es que aquí –donde se levantó Pozuelo del Eván- los pozos que hemos visto, algunos bien profundos, ya no tienen agua.

Así estaba Santa Lucía poco antes de desaparecer por completo

Y seguimos el cauce –de vuelta siempre aguas arriba, claro- por la orilla derecha. Cuando quisimos pasar por el caserío de Santa Lucía del Anís ¡¡¡había desaparecido por completo, caramba, caramba!!! En su lugar, una plantación de arbolitos ¿almendros? Ya veremos. No se sabe qué es mejor, si dejar las ruinas a su aire y que se las coma el tiempo o hacerlas desaparecer para que no estorbe a una plantación. Al menos, lo primero es más romántico…

En la cañada de Salamanca

Ahora, continuamos por un sendero con agradables toboganes que nos sirvió de auténtico mirador para contemplar los prados y alamedas que sobreviven abajo, en el cauce ancho del Trabancos, hasta que llegamos a la altura del Eván de Arriba, en cuya pradera pastaba un rebaño de toros de un color negro reluciente que destacaba  de manera llamativa sobre el no menos reluciente verde.

Sendero del Trabancos

Y desde aquí, por el humedal o arroyo de los Altares, nos fuimos a enlazar con otro curioso sendero-mirador que, a media altura y entre continuos –y ahora ya un poco cansados- toboganes, nos llevó contemplando el valle –que se perdía más allá de Alaejos- y bajo la protección del paramillo de las Aguileras hasta el alto de las Calaveras. Desde aquí, después de recorrer 4 kilómetros tampoco exentos de –esta vez- suaves toboganes, nos presentamos en Nava, donde entramos por el Pico Zarcero, sobre el que se asienta la casa de la Concepción.

Ermita de la Concepción tras un bando de avutardas

Tiempo nos quedó para entrar en la catedral de Nava y admirar los tesoros que contiene.

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Los Evanes

16 diciembre, 2017

Nuestro territorio provincial no sólo es paisaje, también es historia y, con mucha frecuencia, lo que vemos son paisajes históricos, como es el caso de los Evanes, de Arriba y de Abajo. Para encontrar su origen hemos de remontarnos nada menos que a la alta edad media, ya que tal vez al inicio eran propiedades de un hispanorromano de nombre Fabianus.

Lo cierto es que la primera cita documental que encontramos es de 1265 en que se nombran Febán de Suso y Febán de Yuso como parroquias medianas, es decir, que los años impares pertenecían a la diócesis de Ávila, en Castilla, y los pares a la de Salamanca, en León, cambiando de obispo el Jueves Santo, y según  Castán Lanaspa  debieron conocer su época de máximo auge en los años de separación y crisis de los reinos de León y Castilla, entre 1157 y 1230. Otros autores se remontan al siglo X, con motivo de las primeras repoblaciones ya que los restos de los castillos recuerdan a los de esa época más antigua.

Restos de la fortaleza vistos desde el exterior

Hoy el Eván de Arriba lo vemos con nostalgia y cierta pena. Toda una larga historia ha tocado a su fin: por delante, hacia el sur, se asoma al río Trabancos, bien muerto, con una densa ribera de chopos y álamos a los que también se los ve muertos o gravemente enfermos. Un caserío alargado en el que se sitúan viviendas, talleres, establos, corrales, almacenes, pajares… en ruina. La fachada, que tuvo una especie de soportal, ha desaparecido tras de una parra y otras  enredaderas. En un extremo descubrimos los restos de un viejo castillo en calicanto, que parece tener forma circular y date posiblemente del siglo X, haciendo de pared de una de las dependencias. Por el interior se aprecian huecos mechinales para apoyo de las vigas.  En el extremo oeste, al otro lado del camino, el típico empedrado de las eras.

Santa Cecilia por fuera

Todo es abandono, olvido, desolación. Frente al alargado caserío, vemos la iglesia o ermita de Santa Cecilia, del siglo XVIII, que sustituyera a otra románica, en ladrillo pintado de blanco y espadaña sin campana y con melena, exenta salvo por lo que pudo ser un establo o dependencia adosada. Dentro, el pequeño retablo de columnas neoclásicas se ha derrumbado sobre el altar, la techumbre ha cedido, el coro aguanta en equilibrio inestable y la pila bautismal ha desaparecido. La pequeña sacristía conserva una mesa de despacho, las andas de la santa olvidadas y caídas, y un pequeño armario empotrado con las letras archivo, donde se supone que el párroco guardaba los documentos relativos a los sacramentos de los feligreses. Y eso es todo. Muy cerca, dos grandes balsas o depósitos circulares llenos de agua denotan que todavía en este lugar al menos hay algún agricultor que riega.

…y por dentro

Un camino que ahora rebota en el firme o infraestructura del AVE nos lleva hasta el otro Eván, el de Abajo, a poco más de dos kilómetros. Pero mientras llegamos pasamos un agradable momento contemplando el amplio valle del Trabancos: tuvo que ser un río de buen caudal, pues de otra forma no se entiende este anchuroso valle de suaves laderas. También nos llamó la atención el buen tamaño de los cantos rodados que aparecen en estas tierras de labor, y que sin duda fueron empujados en otras épocas por una gran corriente de agua. Son una constante en el cauce y sus cercanías.

La pradera

Hasta el momento, el Evan de Abajo se ha librado de la desolación, al menos en parte. El caserío lo vemos digno, remozado, en pie, con sus establos y pajares. Se dedica a la ganadería –excelente vacuno de aspecto bravío pudimos contemplar en los prados- y también es o fue casa rural, según podemos leer en la información que ofrece internet. Pero lo mejor es el amplísimo cauce que aquí formó el Trabancos cuando estaba vivo: con sus crecidas regulares en invierno y primavera, llenaba un prado de unos 400 metros de ancho por casi 2 kilómetros de largo en el que luego, en la época más seca, podían pastar los ganados a sus anchas. Ni qué decir tiene que este régimen despareció cuando el río se esfumó, pero a poco que llueva en  primavera, el prado revive y reverdece.

San Miguel se encuentra bien, pero quiere apoyarse en los restos de fortaleza por si acaso.

Dominando este ancho espacio, sobre una explanada, vemos las ruinas de un torreón en calicanto y también, muy dañados, los restos de la muralla, rodeando una superficie más o menos cuadrangular. Como la del otro Eván, se trata de paredes especialmente fuertes y resistentes, difíciles de eliminar o destruir, muy apropiadas por tanto  para la defensa. Por eso ha llegado hasta hoy. Adosada al torreón –parece apoyarse en él- está la ermita de San Miguel, de ladrillo y tapial reforzado con cemento, que ha sido restaurada hace poco. Incluso pudo tener un foso en el que no faltaría el agua. Castán L. comenta que una imagen de la Inmaculada, en madera policromada de hacia 1560, se encuentra en el caserío: como no había nadie cuandopasamos, no pudimos preguntar.

Detalle con ventanucos (más moderno y más antiguo)

Podemos terminar esta visita al Febán de Yuso acercándonos a la densa alameda del Conde, que ocupa la pradera aguas abajo, justo donde el valle forma una ancha garganta.

Y poco más diremos de los Evanes. Ahí están, el de Arriba en ruinas y el de Abajo dedicado a la ganadería. Repetiremos que el lugar sobre el que se levanta este último no puede ser más interesante y agradable, y hemos hecho la promesa de volver en primavera. Desde luego, si en nuestro austero territorio hay lugares tocados por la magia, sin duda éste es uno de ellos.

En la explanada

Aquí tienes el trayecto -aunque nos hemos movido muy poco-; el resto de la excursión saldrá en una próxima entrada.

De nuevo el Trabancos

7 noviembre, 2017

Un río habitualmente seco tiene especial atractivo: por lo que fue y ya no es, porque es una contradicción en sí mismo, por la imagen tan triste –pero curiosa a la vez- que ofrece, porque nos avisa a los humanos de lo que nos puede ocurrir si vamos en contra de la naturaleza… por tantas cosas, en fin, que nos sugiere cuando a él nos acercamos.

Al poco de salir de Madrigal

De manera que nos fuimos de nuevo a pedalear un poco por el Trabancos, en esta ocasión por lo que podríamos considerar su curso medio: desde el límite de la provincia de Valladolid hasta Cebollas –hoy San Cristóbal- del Trabancos. Curiosamente esta localidad ha ganado en estética nominal, pero ha perdido el agua del río. Es como un símbolo de nuestra época. Sería triste que en este mundo de la imagen prefiriéramos la eufonía de los nombres a la realidad de las cosas. Pero es lo que hay.

Primer contacto

Salimos de Madrigal de las Altas Torres en dirección a la casa de Marazuela, para acceder desde allí al cauce de nuestro río. Antes de llegar cruzamos arroyos con álamos secos o esqueléticos, pinarillos, la cañada real leonesa y vimos también cazadores con galgos y lebreles. Un primer pinchazo nos avisó de que la excursión iba a ser abundante en abrojos. (Otoño + sequía = abrojos fuertes).

Imagen típica del tramo: un árbol muerto junto al río muerto

Los caminos habían cambiado y no llegamos  a la casa de Marazuela, pero sí al Trabancos después de cruzar un hermoso monte de encinas que mostraban las más variadas formas: retorcidas unas, más o menos erectas otras, olivadas o con gran copa. Algunas habían quedado aisladas en los campos de labor. Abajo estaba el lecho seco y arenoso, sin junqueras ni maleza, del río. Unos pocos chopos acompañados de álamos enanos. En la otra ribera, un monte de encinas. En las orillas del río, pozos cegados de antiguas norias. Conforme estábamos contemplando este paisaje tan bello como triste, un rebaño de ovejas avanzaba hacia nosotros pisando el fondo arenoso. La imagen bien podría titularse Paisaje lunar con rebaño.

Dejamos atrás las ruinas de las casas de los Arcos y de los Soportales, pasamos junto a la casa de los Caireles, en cuya trasera el rebaño abrevó, y nos dirigimos hacia el sur. Donde el mapa señala el monte Rabudo, que cuenta con algunas encinas, nos acercamos hasta un camino a muy poca distancia del cauce. Algunos enhiestos chopos nos saludan. Aquí la arena permite que broten unos humildes juncos, incluso alguien cultiva una huerta mínima, sobre el mismo cauce. Y conforme avanzamos, aumentan la grama y las junqueras y, en general, la maleza. Pero sin exagerar. También aparecen los primeros sauces.

A partir de aquí el progreso se nos hace costoso, pues las orillas del río ya no son ralas y duras, sino con abundante maleza y arena; y así va a ser prácticamente hasta San Cristóbal.

Encinas asomadas

Saltamos los restos de un viejo dique en calicanto y llegamos a un vado muy cerca del cual vemos una presa construida a conciencia, en piedra labrada y ladrillo mudéjar. El lugar es agradable, con arbolado y carrizo. Incluso hay un poco de agua estancada en el lecho del río. Por fin cruzamos el tributario arroyo Regamón y ponemos rumbo a Horcajo de las Torres. Un cazador con un par de perdices nos cuenta que, efectivamente, las presas que hemos visto se levantaron para alimentar de energía viejos molinos de los que no queda nada. Ni el nombre. ¡Qué poder el de la sequía!, piensa uno para sus adentros.

Presa

Horcajo es una localidad relativamente grande, con esa típica forma urbana de almendra, figurando en el centro y en alto, la iglesia. Alrededor las calles: unas suben hacia el templo y otras lo rodean. Aquí volvemos a cruzarnos con la cañada real leonesa que toma la dirección de Peñaranda.

Al poco de salir de Horcajo nos encontramos con un impresionante molino que conserva bien sus paredes externas, la balsa, dos bocines y cárcavos con bóvedas de medio punto. Hasta vemos restos de antiguas piedras de moler y el mapa señala su nombre: molino de Sayanes.

Restos de un molino en Rasueros

El cauce del Trabancos se ha estrechado y sigue acompañado de maleza y arbolado abundante, y sólo en algunas zonas quedan al descubierto arenales. Lo seguimos primero de lejos, cruzando una vieja laguna seca que tiene de acompañante una alameda raquítica, hasta que rodamos por un camino paralelo.

Entre el camino y el cauce descubrimos el arca en ladrillo mudéjar, resquebrajada, de la fuente Buena, seca, por supuesto. Pero el paisaje es precioso. Al otro lado del río, en el prado de Abajo, pastan las vacas.

El cauce da una curva para acercarse a Rasueros y vemos los restos de otro molino. No lejos, un palomar en ruina que conserva las trazas de lo que fue una hermosa construcción en ladrillo. Por algo estamos en la tierra del mudéjar. El río y su gran arboleda abrazan la localidad y nosotros subimos rodeando los cimientos de la iglesia, que son los mismos, según dicen, que sirvieron a la primitiva fortaleza que aquí tuvo el legendario conde y juez de Castilla Nuño Rasura, o sus descendientes. Si la fortaleza se hunde en la noche del olvido, hemos de reconocer que al menos la torre de la iglesia es realmente preciosa. Pocas como ella hemos contemplado.

Noria

De aquí nos vamos por la orilla del río –maleza, juncales, chopos- hasta cruzarnos con el camino que une el cementerio –orilla izquierda- con San Cristóbal del Trabancos –montículo de la orilla derecha. Al ir hacia la iglesia de San Cristóbal pasamos por otro cementerio, éste mínimo, viejo y recoleto.

Decidimos descansar un buen rato mientras hablamos con una amable cebollera sentados en un banco bajo el sol –envalentonado- del mediodía.

Mamblas al fondo

E iniciamos la vuelta poniendo rumbo a Mamblas, localidad por la que atraviesa el Zapardiel y que nos llevaba, por tanto, a cambiar de valle. Pero antes de llegar cambiamos una cámara de la bici que se encontraba atravesada –y no es exageración- por decenas de pinchos de abrojos. Después volvimos a rodar más pendientes del paisaje que de las ruedas, contemplando los cauces de dos ríos, Trabancos –al oeste- y Zapardiel –al este- perfectamente señalados por las alamedas o choperas que forman sus cortejos. De telonera, la Serrota.

Lavajo bastante seco

En Mamblas tomamos la calle de Madrigal que nos sacó del pueblo en la dirección adecuada. Pasamos por fuentes y lavajos bien secos y resecos. La tierra no tenía el típico color de la época: o amarillo por los rastrojos o marrón por la propia tierra algo húmeda; su tono era blanquecino debido a la composición arenosa y a la ausencia total de agua desde hace muchos meses.

Este último trayecto fue duro: muchos kilómetros en línea recta viendo la torre de la iglesia de San Nicolás con el viento en contra. Pero al fin llegamos. El sol seguía luciendo, lo que agradecimos como equilibrio al fresco aire del norte. Otro día nos acercaremos al nacimiento (?) de este río sin agua.

El desierto del Trabancos

11 septiembre, 2017

Volví de La Carolina hacia Cantalapiedra por el camino de Mollorido, que tiene algo de aéreo, y no sólo por el viento que arreciaba en contra, sino por las profundas vistas de la llanura que se extiende al sur, donde destacaban las finas torres de las iglesias de Villaflores, Palaciosrrubios y otras localidades salmantinas. Seguramente el mirador más adecuado del camino sea el vértice geodésico de Carranza, justo a mitad de trayecto.

En Cantalapiedra se celebraba mercado medieval y los más pequeños eran felices montando sobre una recua de burros. Desde ahí, cruzando campos y cauces secos de arroyos –el del Prado, por ejemplo- y algún monte –el de Portillo, ya en Ávila-, llegué al cauce del Trabancos.

Tierra y encinas

Parecía un desierto. Una infinita y curvada lengua de arena ocupaba el cauce que en otro tiempo sirviera de lecho para las aguas. Las laderas, igualmente, se encontraban calcinadas con matas polvorientas y resecas. Ruinas de antiguas norias conectadas a lo que fue río. Lo que fuera huerta se ha plantado de cereal, pero al menos este año no hubo cosecha. Restos cegados de molinos. En la ribera, troncos muertos de sauces y álamos. Los caseríos que antaño se agolpaban en las orillas del Trabancos buscando humedad y agua, se suceden reducidos a escombreras. Junto a las riberas, los austeros pinos, y unas pocas encinas, olivadas como para transpirar lo justo, con el tronco y las ramas retorcidas para hacer frente a la sequía, parecían sobrevivir en un paisaje de auténtica desolación…

Casa de los Soportales

¡Y pensar que hasta hace poco más de medio siglo esto era un vergel!: aquí se dejaba oír el murmullo siempre grato del agua, se pescaban peces y cangrejos, se regaban las huertas, abrevaba el ganado, el típico bosque de galería ocultaba y refrescaba las orillas del río; y me vinieron a la mente las imágenes de esos troncos petrificados descubiertos sobre las arenas del Sáhara y de aquellas ciudades enterradas bajo el mismo desierto, testigos de otros tiempos en los que fluía ese agua que llenaba el paisaje de vida, precisamente donde hoy ya nunca llueve y todo está desolado.

La línea del cauce, más blanca, se distingue del resto

Y así escoltamos esta lengua arenosa hasta el despoblado de Escargamaría desde donde finalmente nos dirigimos a Carpio del Campo. Y aquí está el recorrido de esta ruta y de la anterior.

Cerca de Escargamaría

Arenales del Villar y desembocadura del Trabancos

2 diciembre, 2016

arenales-del-villar-pollos-2016En este paseo no salimos del término de Pollos. Corto, pues no supera los 30 km. El parte (o eltiempo.es, como se prefiera) amenazaba con chubascos que no se hicieron realidad. La temperatura, incluso agradable a pesar de que el sol no hizo acto de presencia.

El Duero, entre Tordesillas y Pollos se siente especialmente libre, pues sale del ámbito de las laderas del páramo de los Torozos, que le oprimen y aún no ha llegado a la Dehesa de Cubillas, cuyas peñas le cortan el paso y le obligan a tomar dirección sur. Tal vez por eso –y porque ha recogido arena de sus tributarios que cruzan Tierra de Pinares-, describe grandes curvas y meandros donde deja, en la orilla convexa, extensos arenales, además de grava y cantos rodados. Y no sólo esto, también los propios árboles de los arenales atrapan troncos de todos los tamaños que llegan con las crecidas. Claro que igualmente, las aguas depositan bidones, plásticos, botellas y todo tipo de basuras.

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Senda que nos conduce a los  arenales

El Duero se deja ver como siempre fue. O casi. Debido a que en toda esta zona no hay presas de centralitas eléctricas, resulta que ¡el agua corre! entre cantos rodados y arenas, formando tablas e incluso rabiones; y no hay casi pecina, a pesar de que ahora lleva poca agua.  O al menos eso vimos en los arenales del Villar, aguas arriba de Pollos. Hace años estos arenales debieron ser mucho más grandes y puros, pues se nota que hoy crecen demasiados arbustos e incluso algunos árboles, cuando no se plantan choperas, como en el del Charcón o en la Marota. Incluso aguas arriba de Pesqueruela antaño hubo abundantes playas; hoy han desaparecido todas colonizadas por árboles y arbustos. Lógico, pues los ríos han disminuido su caudal.

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En los arenales

Abundan los tamarizos -ahora de un elegante color burdeos-, los grandes chopos, algunos álamos y fresnos y, también, enormes sauces que no se dejan ver en otros lugares. Ahora, el arenal tenía zonas de hierba y, cerca de las arboledas, la arena se cubría con las hojas caídas.

Curiosamente, entre la arena y la grava, se veían restos de cerámica sin aristas, redondeados por el continuo lamer del agua. ¿De dónde provendrán? ¿Medievales? Porque por allí no hay poblaciones hasta Tordesillas, aunque las hubo. También se dejan ver valvas de náyades y almejas.

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Pedregal

Veremos patos –pues nadie les molesta-, cormoranes, garzas y algún milano real. En un bosquete de álamos contiguo a este arenal hay una colonia de nidos de cigüeña o, tal vez, de garza. En los charcos que se forman después de las crecidas quedan atrapados peces, por eso todavía vemos los restos -cabeza, espinas y escamas- de grandes carpas.

Pues esto ha sido, más o menos, el paseo por los arenales del Villar. Aguas arriba podemos pasear por otros arenales –algunos, como los de la Moraleja, está cercado y con ganado. Hubo incluso una ermita dedicada a Nuestra Señora del Arenal: se la cita así en 1613, pero antes fue parroquia de una localidad desaparecida, junto a las aceñas de Zofraguilla. Terminó destruida por el ejército inglés en la guerra de la Independencia. En cuanto nos salimos de la ribera, vemos los campos de labor de Pollos de una horizontalidad casi perfecta, sólo rota por los solitarios nogales.

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El Duero

* * *

Vistos los arenales, puse rumbo hacia Bayona, pasando antes por el Charcón, que también es un arenal, por choperas de abundante fusca, por el Prado (de la Alegría) que realmente es una intrincada arboleda y, al llegar al Soto, pude comprobar que el río se estaba merendando la orilla izquierda, que es de simple tierra de cultivo. A la izquierda se deja del despoblado de La Porra y, nada más cruzar el Trabancos –sin agua, claro- pude apreciar cómo los cantos rodados cambian de tamaño, para convertirse en piedras –también rodadas– de varios kilos. Curioso.

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Esta es la desembocadura

Por la orilla izquierda –entre la casa de Bayona y el cauce-hay un camino, paralelo a este río seco, que acaba saliendo a zona de cultivo y, justo por el límite entre ésta y la enmarañada ribera, nos conduce hasta las proximidades de la desembocadura en el Duero. Digo hasta las proximidades porque los últimos 150 metros son de aúpa: hay que pasar por una franja de abundantes zarzas en la que uno podría quedarse enganchado. Tal vez en pleno invierno, con el zarzal reducido por las heladas sea el mejor momento para acercarse, siempre que el río no venga un poco crecido. Total, que al final pude llegar a la desembocadura propiamente dicha. Es como si un arroyo pequeño –se puede saltar de un brinco- desapareciera en un río caudaloso. Y el arroyo lleva agua en este último tramo debido al nivel del Duero, que se mete dentro de su cauce. Pero puedo decir que lo he visto. Creo recordar que hace muchos años llegué también a este punto por una acequia paralela a la orilla derecha del Trabancos.26-noviembre-239

En Bayona; la dehesa de Cubillas al fondo

***

Para terminar la aventura y pedalear un poco, me fui siguiendo el Duero hasta una alameda frente a la peña roja donde comienza el encinar de Cubillas para volver hacia el Trabancos y recorrer su cauce hasta las Peñas de Santa Cecilia. Desde allí, me dejé caer por un buen camino hasta Pollos, donde tuve la suerte de encontrarme con Daniel, que me invitó a una cerveza para terminar la tarde. Anochecía.

¡Ah! Antes, como seguimos en otoño, la merienda fue ofrecida por un nogal junto al Duero, un manzano cerca de La Porra y un majuelo joven que tenía racimos sin vendimiar, cerca de las Peñas de Santa Cecilia.

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Peñas y miradores en el Trabancos

12 marzo, 2016

Pinarillo

Ya conocemos el Trabancos, ese cauce sin río –que no hay río sin agua- que desemboca en el Duero por el despoblado de Bayona. Pero la tuvo, claro que la tuvo, y peces y cangrejos, y vida en abundancia. Pues donde hubo agua todavía quedan rastros de vida, como enseguida veremos.

Peñas de Santa Cecilia

En el valle del Trabancos

En el valle del Trabancos

Y para ver el valle del Trabancos, lo mejor es acudir a las Peñas de Santa Cecilia, en la orilla derecha, como un kilómetro antes de su cruce con la vía del ferrocarril y la carretera de Pollos a Castronuño. Aquí el río se topó con la peña del Terciario –conglomerado de cantos de aspecto rojo en el interior- que le hizo girar hacia el oeste. Pero como esta peña es una terraza del Duero, enseguida la superó para volver a tomar dirección norte y desembocar apuntando incluso hacia el noreste. Por eso, nos asomamos al valle que aquí forma una abrupta caída. Ciertamente no es muy alta, pero sí vertical. Sin embargo, la orilla izquierda alcanza el nivel de la misma terraza en casi dos kilómetros de suave ladera.

Cubillas desde Santa Cecilia

Cubillas desde Santa Cecilia

Desde la Peñas vemos el amplio valle, con un nutrido bosque cuyos álamos se mueren poco a poco –y es que ya debe faltar agua hasta en el subsuelo- pero con prados, a estas alturas del año, de un verde escandalosamente brillante al sol entrenublado de la tarde. Enfrente, la ladera tapizada de pinos asciende apacible y el valle se abre en dirección a los Evanes.

Hacia el noreste vemos la cordillera de los Torozos y, delante, las torres de Tordesillas, Torrecilla de la Abadesa, Torreduero que destacan entre tanta horizontalidad. Sobre el amplio valle del Duero –casi 4 km en línea recta- y también sobre la alfombra de piñoneros, se elevan los escarpes colorados de la dehesa de Cubillas, con el caserío y la era en primera línea.

En las Peñas

En las Peñas

Cartago

Después de cruzar el cauce lleno de arena y adornado en estos días por almendros en flor, subimos en zig-zag por la dehesa de Cartago para admirar el panorama desde la otra perspectiva, desde la otra orilla. El paisaje nos parece menos espectacular, pero claro que merece la pena. Se ven los Torozos, el pinar de Bayona y, claro, las propias Peñas que poco antes nos sirvieron de mirador. Esta dehesa tiene buenos ejemplares de pino y encina; grandes aquellos, retorcidas éstas. Y nos alejamos hacia el oeste por la cañada real de Salamanca.

Valle del Trabancos

Otro aspecto del valle

Llanos

Seguimos en lo más alto, esta vez en la Mesa. Esta llanura es otro buen punto –o plano- para contemplar el amplio paisaje: desde la ermita de la Concepción de Nava hasta la Colegiata de Toro o hasta los cien montículos en los que se convierte la zamorana Tierra del Vino. Hay nubes, caen algunas gotas y descarga una pequeña tormenta de piedra al dejar la Atarayuela (la pequeña atalaya, supongo). Pero el aire está limpio, ideal para la contemplación del paisaje. Además, el viento frío hace que se respire mejor.

Rodamos hasta que la vía del AVE nos impide seguir adelante, justo en el lugar donde antaño hubo un manantial y algunas corralizas. Así que ¡media vuelta! Un par de altos árboles, desnudos en esta época, custodian solitarios el amplio raso y lo hacen resaltar más aún.

Almendro

Almendro

De nuevo el Trabancos

Volvemos por la orilla oeste para atravesar el valle pero antes cruzamos junto a algunas viejas casas. Bueno, más que casas son cuadras. La primera de ellas es –fue- un conjunto de noria, estanque y cuadra. De allí vamos a las peñas que hay entre Santa Lucía y el Eván de Abajo, y finalmente vemos otras dos construcciones rústicas: una de ellas ¿la de Mariana Benito, por el mapa? es también cuadra, y tiene –tuvo- su noria. La casa está abierta pero, a Dios gracias, el lugar se encuentra tan apartado que no ha llegado la barbarie destructora, y se podría pasar la noche en caso de necesidad. La otra caseta parece reconstruida y tiene delante un bonito almendro.

Álamos del cauce

Álamos del cauce

Más mirandas

La propia terraza el Duero entre Pollos y el Trabancos lleva por nombre el Mirador. Ya está dicho lo más importante de esta cuesta. Además de divisar los profundos paisajes allende el Duero, contemplamos extasiados el color y textura de los campos que se están labrando. Esto ya no se puede describir; hay que venir para entenderlo bien. También distinguimos la ribera, los alegres y floridos almendros desperdigados por el valle, algunos humedales que surgen en la misma ladera, pinares, viñedos… Las nubes quieren estropearlo todo; cada vez son más abundantes y ya no dejan pasar los rayos del sol. El fondo del paisaje lo recorren chubascos y aguaceros.

Trabajando la tierra

Trabajando la tierra

Y en los alrededores de Pollos

Al iniciar el paseo, dimos una vuelta por la Isla del Charcón –que no es isla, pero ahora sí que tiene abundantes charcones– engalanada con prados recién estrenados y fresnos y sauces a punto de echar hoja. Al volver, dimos otra vuelta alrededor del pueblo, hasta las Fuentecillas y la Cruz de las Llanas, subiendo y bajando vallejos. Ciertamente, todo estaba precioso. Como si el invierno estuviera a punto de morir para dejar paso a una nueva primavera.

Aquí, la ruta en wikiloc.

En al Isla del Charcón

En al Isla del Charcón