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Orillas del Cea

15 febrero, 2018

El río Cea nace en el término leonés y pastoril de Prioro y desemboca en el Esla por Castrogonzalo, ya en Zamora. Pasa por nuestra provincia lamiendo y delimitando la Tierra de Campos, de manera que mientras su orilla izquierda pertenece a esta Tierra, la derecha está fuera ya del ámbito terracampino y, si la orilla izquierda se asoma al río desde tesos, cerros y verdaderos acantilados de barro, la derecha es suave y se va elevando muy lentamente formado húmedas tierras de labor.

Los Melgares, Monasterio de Vega, Sahélices, Mayorga, Castrobol, y de nuevo Mayorga, son los términos vallisoletanos por los que atraviesa, más Roales, después de pasar por Gordoncillo y Valderas, de León. Esta vez hemos rodado por la orilla izquierda desde Castrobol hasta las cercanías de Valderas.

Santa Engracia, uno de los tres cerros de Castrobol. A la derecha asoma la torre de la iglesia

Castrobol se levanta sobre un teso que cae directamente al Cea. A su lado, otros dos tesos que también se asoman al río. Buen lugar para contemplar la extensa y llana ribera opuesta y, al fondo, las torres de Mayorga; más al fondo, la montaña leonesa, de donde nuestro Cea viene.

Almendros de la Granjilla

Antes de bajar a la ribera nos acercamos a la Granjilla, deshabitada y olvidada, pero no deja de ser otro de los muchos puntos elevados desde los que contemplar un amplio paisaje. Para no dar la vuelta, nos tiramos por la ladera hasta el río, que viene limpio y transparente. Los árboles –álamos, chopos y sauces- están desnudos. La excursión habría sido más atractiva en verano, con baño incluido, pero cualquier época es buena para rodar. Nos acercamos a la presa que desvía el agua para la acequia del molino que más tarde visitaremos.

La escarpada ribera nos puso a prueba… Pero no se resistió

Rodamos por un sendero que han trazado las motos pero, curiosamente, no tiene excesiva arena y se rueda bien. Eso sí, los badenes y olas son continuos, y con frecuencia pasamos entre ramajes sueltos en el suelo y las ramas aéreas que llegan a rozarnos. De vez en cuando, paramos para ver mejor las aguas sin apenas remansos del Cea.

Bajando hacia el Cea

Al llegar al puente que comunica la granja de Béxar con la orilla derecha, pasamos a ver el molino. Gran sorpresa, pues nos damos de bruces con el molino más grande y mejor conservado, al menos exteriormente, de la provincia. Aquí está, olvidado de todos, junto a la vereda que conducía los ganados a y de Zamora. Pero no es sólo un molino, son cuatro edificios unidos formando una fachada: una ermita en la esquina, dos casas –se supone que al menos una sería la del molinero- y el molino propiamente dicho, con sus anchos caz y socaz. Todo –al exterior- está bien  cuidado y conservado, retejada la cubierta, con ventanas relativamente nuevas. La puerta de la casa del molinero está custodiada por dos enormes piedras de moler, una de ellas, con piezas de cuarzo incrustadas. Los cinco arcos de ladrillo sobre los que se sostiene el edificio del molino, con sus correspondientes columnas, indican cinco piedras de moler. Sus dos pisos hablan, como en tantos otros, de las industrias accesorias movidas también por las aspas de los rodeznos. En fin, no sé la historia de esta Granja del Molino, pero seguro que en ella vivían bastantes familias, no como ahora que ciertamente se nota actividad agrícola y ganadera pero no parece que vivan muchas personas.

El molino

Pero volvemos a la orilla y seguimos por nuestro senderillo. Contra un tronco atravesado en el río vemos una balsa de las que se utilizaban hace años para cruzar los ríos dirigidas por cables. Si estuviéramos en verano nos habríamos montado con las bicis para seguir cómodamente río abajo…    Llegamos a una zona en la que no hay salida y subimos desde la orilla arrastrando la bici. Ahora rodamos un poco más alejados de la ribera entre subidas y bajadas hasta llegar a la zona de la Barraca donde tomamos un camino ya de los normales. Aquí hubo otro molino que hace años no encontramos.

Pinos

Seguimos río abajo y pasamos junto a tres fuentes: de la Mora, del Tío Barrenones y de Segis Riol. Estamos en el término de Gordoncillo y se ve que sus vecinos se han molestado por conservar sus fuentes en buenas condiciones; algunas tienen sombra bajo los árboles y todas cuentan con su nombre inscrito en el frontal. ¡Bien! Por otra parte, el paisaje es delicioso: la ribera al fondo, regatos que van al Cea, una empinada cuesta hacia el sur, campos de cultivo… Avanzamos un poco más por la Parva hasta que nos alejamos del río en dirección a Valderas.

Vemos de lejos el castillo pero no entramos en Valderas: la lluvia amenaza y ponemos rumbo en dirección a La Unión de Campos, de donde hemos salido.

Fuente de Valdefuentes

Antes pasamos por Valdefuentes, que será uno de los pocos pueblos que en España quedan sin asfaltar. Todo es barro, salvo la iglesia y la fuente. Ésta, preciosa, con una doble bóveda de ladrillo –al interior- y piedra –al exterior. Pero se hundirá y desaparecerá dentro de poco, pues parece que ya nadie la cuida. Lo mismo está ocurriendo, en estado más avanzado, con la iglesia y su torre, vaciada por dentro y cayéndose también por fuera; todavía muestra rasgos –arcos, puertas cegadas, señales de otras construcciones accesorias- de lo que fue el antiguo templo.

Interior de la torre

Ya de vuelta nos detuvimos unos instantes, a pesar de la lluvia, en el paraje de la fuente de Jano, con sus inmensos álamos abiertos que, desde luego, tienen varios cientos de años. Un paraje ideal para pasar una tarde de verano.

No hemos dicho nada del pico Urones -o más bien loma- por donde pasamos inmediatamente antes de llegar a Castrobol. Es otro de esos altos a los que merece la pena acercarse en Tierra de Campos por la inmensidad de campos, pueblo y paisajes que nos ofrecen. Naturalmente, se alcanzaba a divisar el teso del Rey y el de san Vicente, además del páramo de los Torozos, el ancho valle del Cea hacia León, y diversos pueblos. Del más cercano –Castrobol- sólo asomaba tímidamente la punta de la torre de la iglesia. Aprovechamos para sacar unas fotos subidos a la columna del vértice geodésico… ¡con la bici!

Aquí, el recorrido en Wikiloc, de 44 km, según Durius Aquae.

La fuente de Jano está bajo los árboles del fondo

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Villalogán

12 mayo, 2016

Villavicencio 2016(1)¡Qué gusto navegar por Tierra de Campos! Aquí y ahora, el mar no es azul, sino de un verde brillante de diferentes tonalidades. Los campos de mieses, muchos espigados, se mecen por el viento y parece que los ciclistas navegamos entre olas bajo el azul del cielo… Un verdadero espectáculo del que podemos disfrutar, con suerte, una vez al año. Al fondo, las cumbres blancas de la cordillera cantábrica y del Teleno, enmarcan nuestro recorrido. No hay gaviotas, pero los aguiluchos cenizos se dejan llevar por el viento dando inesperadas piruetas en busca de alimento. También, las calandrias fijas en lo alto se desgañitan en trinos ante el estallido de la luz. Y los vencejos, fieles al primer día de mayo, chillan mil veces mientras cruzan por el cielo.

Aunque los caminos estaban secos nos topamos con algún charco

Aunque los caminos estaban secos nos topamos con algún charco

Ha dejado de llover, brilla el sol, hace frío. Es Tierra de Campos, entre León y Castilla. Y nosotros, por un día, formamos parte de este paisaje grandioso y sencillo al mismo tiempo.

Salimos de Villavicencio de los Caballeros; nuestro primer objetivo, las ruinas de barro del molino de Abajo. Antes, pasamos por una amplia pradera en la que destaca el capirote de un pozo. El molino se parapeta tras un bosquete de álamos que bebe en el socaz. No todo es de barro, pues los tajamares –y la presa- resisten el paso del tiempo gracias a la piedra caliza. Vemos dos piedras molineras. La balsa tiene el suelo cubierto de hierba.

Tajamares en el molino de Abajo

Tajamares en el molino de Abajo

Siguiente objetivo, la fuente y casa de Villagoya. Pero no queda nada de nada, salvo un precioso paisaje sobre el valle del Valderaduey que contemplamos desde una hilera de almendros.

Al poco, llegamos a un pequeño paraíso perdido que se eleva entre los campos. Es Villalogán. Vemos una casa, cuadras y varias naves destartaladas. Un herrumbroso columpio casi oculto entre le hierba. Un pozo en su caseta picuda. Un original palomar de barro a medio cubrir por la hierba, tanto es lo que ha llovido últimamente. Todo esto es una pena, sobre todo pensando que se cita Villa lugan en el tratado de Cabreros, que firmaron los reyes de León y Castilla allá por el año 1206. Entonces era importante, poseía un castillo y numerosas casas. Pocos años después se le nombra con bonas casas e heredat en un Becerro. Hoy está despoblado, depende de Mayorga y mantiene, testimonialmente, su propio término territorial.

Llegada a Villalogán

Llegada a Villalogán

Pero ahora –y tal vez siempre- lo mejor de Villalogán son sus praderías con chopos y sus manantiales que engordan el arroyo de la Mata, al norte del caserío. Ahora, claro, los prados están deslumbrantes. No encontramos la fuente de Piedra, que también el mapa señala al norte. Salvo que sea alguno de los manantiles.

Prados en el arroyo

Prados en el arroyo, Villalogán

De camino a Urones cruzamos las Mangas, otra de esas lenguas que forman por esta comarca los arroyos llenándolas de verdor.

Mentar Urones de Castroponce es mentar cultura. Y ver esculturas y sentir arte dramático. Pero también –ahora al menos- es hablar de choperas, prados, fuentes y arroyos. Nos acercamos hasta el manantial que hay junto al arroyo de la Fuente, con su arca en forma de contera. Ambientes idílicos y pastoriles al más puro estilo clásico, como no podía ser menos.

Saliendo de Urones

Saliendo de Urones

El siguiente paisaje que se nos presentó a la contemplación, de nuevo en el mar de campos, fue Mayorga con sus torres y un fondo de altas montañas nevadas. Alguien dijo que parecía Suiza. Pero, evidentemente, exageraba un poco. En ese momento estábamos en el monte de Urones que, de monte, nada.

Mayorga al fondo

Mayorga al fondo

En Castrobol nos asomamos al valle del Cea, para ver lo que nos esperaba en la siguiente etapa de la excursión: campos anegados, cañadas, arroyos, vaguadas, prados, cereal, monte. De manera que bajamos hasta el Cea, que venía crecido, y nos fuimos alejando poco a poco de Tierra de Campos.

Continuamos en la siguiente entrada por la orilla derecha del Cea.

La ribera derecha desde Castrobol

La ribera derecha desde Castrobol

Por la raya de León

7 mayo, 2009

La última parte de esta excursión  -que comenzó hace dos entradas en Villalba de la Loma- discurre por tierras de León y de Valladolid. Más aún: durante unos cuantos kilómetros rodamos justo por la linde de las dos provincias.

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Después de bordear Matanza tomamos el arroyo Ranero. No sabemos si el nombre se debe a que viene del Burgo Ranero o a que en sus aguas abundan las ranas. En cualquier caso, es un arroyo precioso que encharca y refresca campos enyerbados y junqueras, y que acoge pequeños bandos de azulones que aquí deben encontrarse muy a gusto, pues pillamos a una pata con sus pequeños patitos. Ante nuestra presencia, la pata señaló claramente a su patada la dirección –aguas arriba- que debía tomar para escabullirse de los inopinados visitantes. El patito mayor pudo seguirla corriendo por encima del agua. Los demás actuaron como expertos buceadores.patito-buceador

El arroyo Ranero nos lleva a otro valle más ancho, del arroyo Regidero o Rugidero, bien aprovechado –y cercado-  para pastos de vacuno, hasta que tomamos un sendero que va por la linde comentada: al oeste León, al este Valladolid. El paisaje varía conforme avanzamos: prados, campos de labor, encinares, pinares de repoblación. Pasamos por La Ova y El Draque.  Vemos al fondo Gordoncillo, en León. Al llegar a una zona de prados y juncales recién quemada nos vamos hacia el este, por Valdelamerina y entre pinares de Alepo, para acercarnos hasta el cauce del Cea justo debajo de Castrobol. En la subida al pueblo hay una fuente que aprovechamos.

monte-de-urones

La última parte de esta amplia ruta discurre –como la primera- por Tierra de Campos. Primero hasta Urones pasando junto a la casa solitaria del monte de Urones. Del monte no queda nada. Solo del nombre y de algunas encinas solitarias y dos o tres robles deducimos la historia del lugar. Finalmente llegamos Becilla, en el Valderaduey.