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Fuentes de Urueña

4 abril, 2020

El nombre de Urueña es un misterio. Muchos hidrónimos llevan esta raíz de origen celta o prerromano: ahí tenemos el río Duero, el Curueño o el Duratón, por ejemplo. Pero en Urueña no hay río, ni tan siquiera arroyo o fuente. Lo único que existió –hoy recuperada- es una laguna de origen artificial para recoger el agua de lluvia a modo de aljibe y, tal vez, sirvió de defensa para el castillo, si bien la función defensiva se conseguía mucho mejor con la escarpadura del páramo. En todo caso, ahí tenemos la actual laguna, lámina de agua que le da al paisaje urbano un contrapeso de suavidad y frescura.

Los Caños

Dejamos por hoy la colección dedicada a la Cuarentena y vamos tras de las fuentes de Urueña, pendiente desde el pasado verano.

Cierto que en Urueña no hubo manantiales. O no los hubo cerca, pues los carrasqueños debía bajar del páramo a los Caños para lavar y abastecerse de aguas potables. A principios del siglo XIX se construyó una espléndida caseta de piedra con escalinata para facilitar la toma de agua y a mediados se subió mediante un conducto o tubería hasta el pueblo. Entonces los aguadores respiraron. Hoy el abastecimiento de agua procede del Canal de Castilla, pero los Caños subsisten y suelen tener agua, si bien no muy abundante. El paraje, con su hermosa fuente, merece la pena.

En la misma ladera pero ya cerca del cerral frente a Urueña están las ruinas del monasterio del Bueso. A su lado, protegida por álamos, mana una fuente que llena la balsa utilizada en otros tiempos para riegos. Otro paraje singular, perfecto para contemplar las murallas de Urueña y la Tierra de Campos.

El Bueso

Cerca de la ermita de la Anunciada los mapas señalan una fuente que no hemos podido visitar, pues está en un recinto murado. Pero si seguimos el sendero que baja del sur, nos irá introduciendo en una zona estrecha y espesamente arbolada. En un recodo distinguiremos, escondida y normalmente seca, la fuente del Caño. Otro lugar fresco y tranquilo, refugio de avecillas, erizos y conejos.

Ahora vamos a situarnos en el comienzo del arroyo de la Ermita Vieja. A menos de un kilómetro de la Anunciada, en la ladera izquierda veremos, de lejos, como un reguero protegido por arbustos y piedras, y abundante en juncos. Ahí estuvo, no lejos del cerral, la fuente de la Golpejina, hoy totalmente seca.

En este paraje brotaba la Golpejina

Si siguiéramos por la ladera hasta tomar de bajada un camino que viene del monte, nos encontraremos con una pradera salpicada de fresnos, chopos y álamos. Ahí estuvo la fuente de la Reguera. Pero nosotros sólo nos encontramos con tres lechuzas campestres bajo una encina.

En el mismo lecho del arroyo de la Ermita vemos borbotar la corriente de la fuente del Pozuelico. Curioso: a partir de ese momento el arroyo, seco hasta entonces, lleva agua. Y cien metros más abajo vuelve a secarse. Esto, en verano. En primavera suele llevar agua.

Pequeño borbor del Pozuelico

En las laderas de este mismo arroyo, había una fuente frente a otra, y junto a la actual carretera de la Santa Espina, estuvieron las fuentes de las Fontanicas y de Carrelaspina, que no hemos visto porque  ya no existen. Al igual que la fuente de la Ermita Vieja, aguas arriba; ésta, además, en una zona vallada hoy.

Fuente Nueva

Ya comentamos en otra entrada que encontramos seca la fuente de Raposeras. Hace años, vimos fluyente la fuente Nueva, con su arca y abrevadero, al lado de una alameda junto a la carretera de Villagarcía. Hoy la veremos sucia y seca.

No sé si hay o hubo más fuentes en Urueña; tal vez las hubiera cerca del Sequillo, ya en Tierra de Campos, pero no hemos visto ninguna.

En busca de la fuente de Raposeras, por Urueña

8 septiembre, 2019

Los recovecos del páramo de los Torozos son prácticamente infinitos, nunca acabaremos de recorrerlos todos: siempre tendremos algún sendero, barco o laderas nuevos, dispuestos a ofrecernos vistas desconocidas.

Esta vez, nuestro objetivo fue acercarnos a la fuente de Raposeras, en el término de Urueña. En una excursión de marzo último habíamos pasado cerca pero no nos aproximamos hasta verla, pues el cereal que la rodea en buena parte estaba espigando y no era cuestión de pisarlo. Como a principios de septiembre queda lejos la siega -y la siembra-, hemos podido atravesar por numerosas rastrojeras.

Valle de la Ermita Vieja

Salimos de la Santa Espina para tomar el valle del Valcuevo a la altura de los restos de uno de los muchos molinos que tuvo el Bajoz. Es un valle que posee, en su fondo, una franja despejada, de praderío y juncales con algunos fresnos, mientras que las laderas están cubiertas de encina y roble y, cada vez más, de pino. Todo ello con el adorno de algunos bloques de piedra desprendidas de la zona mas alta.  Vamos ascendiendo sin enterarnos, en parte porque acabamos de empezar, en parte porque la cuesta es muy suave. Ya en el páramo asoman calvas de yeso polvoriento, que denotan la sequía arrastrada durante el verano. El matorral está de un tono pálido, entre amarillo y verde. Seguimos por el antiguo camino de Villagarcía, de un firme tan sólido y duradero –piedra caliza- como irregular, pues nadie enrasó la piedra.

Recorremos el inicio del arroyo de la Ermita, en el que vemos repoblaciones de encina y roble y acabamos tomando la carretera que baja formando curvas hacia Tierra de Campos. Primer parón para contemplar el mar.

Raposeras

Ya abajo, nos acomodamos a un senderillo en ladera –ladiego– que nos lleva cruzando barcos y umbríos pinares por las laderas del Majadal y luego por las faldas blancas del cerro de la Cruz. Seguimos contemplando el horizonte infinito de este mar campero. Y por el valle de Raposeras con sus praderas de hierba alta y salvaje, nos vamos hasta el lugar donde debería estar la fuente, bien señalada por dos chopos españoles. Y allí estuvo. Todavía se nota que la tierra tiene humedad, pero de agua, nada de nada. Junto al chopo más corpulento, unas piedras señalan donde estuvo el ojo del agua. Al lado, debió de haber otro manantial más pequeño, que daba para un charco y poco más. Pero hoy nada queda. Y da la impresión de que es un hontanar agotado definitivamente, que ni en época de lluvias vuelve a manar. RIP por Raposeras; como siempre, una pena. El lugar debió ser especialmente fresco en verano, y aún conserva cierto encanto.

Aprovechando la rastrojera de verano, con suelo duro, nos vamos por el borde del páramo cruzando el pago denominado los Calvinos, para así disfrutar del paisaje. Muy abundantes son los trozos de cerámica, tal vez hubo por aquí un poblado o algunas casas. El cerral está protegido por una hilera de piedras calizas debidamente ordenadas.

Murallas de Urueña

Y llegamos a Urueña, entrando por una antigua calle entre eras que acaba dando a las ruinas de lo que parece un viejo lagar construido en el mismo cerral, conocido como la Cueva. Muy cerca, el perfil de Jesús Negro de Paz, muerto sobre la bici en accidente, se recortaba sobre la tierra y el cielo, acompañado de flores y, por tanto, de recuerdos. Por la parte externa de la muralla abrazamos el pueblo y contemplamos la Tierra de Campos. Muchos campos, pueblos, caminos… No se ven las montañas del fondo pero sí el pinar del raso de Villalpando, ya en Zamora, que quiere como proteger una tierra tan despejada…

Después de pasear por las calles de Urueña y pasar bajo los arcos de sus murallas, vadeamos el arroyo de la Ermita y nos presentamos en la mesa del Sordo, desde donde contemplamos una nueva perspectiva del recinto amurallado con la ermita de Nuestra Señora de la Anunciada a los pies. No lo vemos desde Tierra de Campos, si no desde el lado contrario, desde el páramo de Torozos que nos lo sitúa a la misma altura.

Casa del Majuelo

A continuación, nos metimos por un camino que pasa junto a la casa del Majuelo. Craso error, en parte, porque el camino está cortado por un vallado en forma de saco que nos devolvió, prácticamente, al mismo camino principal del que salimos. Digo en parte porque, en compensación, visitamos la casa del Majuelo, muy arruinada: conserva algunas ventanas y, dentro de la misma casa o en su patio, vimos la estrecha boca de un pozo, en piedra, que conforme gana en profundidad, se ensancha. Estaba seco, claro. Tras diversos escarceos por el monte, acabamos en la carretera que nos dejó en San Cebrián.

Mojón en la raya de Urueña y San Cebrián

Y desde aquí, por la ladera este del valle del Bajoz, nos dirigimos hacia la Santa Espina, de donde habíamos salido. El camino, en su mayor parte, o no existe o está cubierto de maleza. Por los pinares tampoco se podía rodar, pues los suelos estaban cubiertos de ramas recién olivadas y no retiradas. Menos mal que la balsa de la fuente de las Arcas estaba llena y pudimos refrescamos con un buen baño.

Hicimos unos 50 km, que no se reflejan bien en el trayecto: el GPS se para cuando le da la gana.

Entre Villardefrades y la Cuesta Tijera

28 octubre, 2018

(Viene de la entrada anterior)

Subida al páramo, entrada en los Torozos

Para subir al páramo de los Torozos apuntamos entre Almaraz y la villa de Urueña, inexpugnable con su muralla que parece continuación natural de la ladera del páramo.

Salimos de Villardefrades para pasar al otro lado de la autovía y después de llegar a un caserío agrícola, tomamos un camino bordeado de chopos y álamos dejando al norte Almaraz, hasta que llegamos al arroyo de la Ermita, que ha abierto una rendija en el murallón del páramo, y por ahí nos colamos. Está llena de verdor, con la humedad necesaria para que vivan varias arboledas, que ya han comenzado a vestirse con su dorado otoñal si bien se encuentran impenetrables a causa de la abundante fusca. Detrás, las ruinas del monasterio del Bueso (o Hueso). Siempre las ruinas; por todas partes en esta excursión.

Hacia el arroyo de la Ermita

Pasamos junto a la fuente de los Caños, elegantemente cubierta, que nos ofrece sus escaleras para bajar a los caños. Por una vez, por suerte, su cercado se encontraba accesible. De allí nos acercamos por un sendero entre almendros a la ermita de la Anunciada, en una pradería, bien a la vista de Urueña.

Aprovechamos la carretera de San Cebrián para subir al páramo. No se nos hizo ni costosa ni larga: a la derecha, el bosque de galería de un arroyo nos daba sombra y frescor y, a la izquierda, las entrañas del páramo nos mostraban los estratos de diferentes tipos de piedra caliza (clase práctica de geología).

Los Caños

En el monte, de nuevo pozos y fuentes

Rodando ahora sobre bogales y bien protegidos por las encinas de los montes Torozos, llegamos a la raya de San Cebrián, perfectamente señalada por un monolito. Justo cuando íbamos a tomar el camino de Tiedra descubrimos ¡oh casualidad! los restos de un precioso pozo ganadero, cuyo mínimo brocal de una pieza –¡ahora roto!- se ve que fue labrado en buena caliza; a su lado, una coqueta pila. Ya no queda sino una pared de la caseta que lo protegía. Ni del abrevadero que, se supone, estaba al lado.

Pozo en el monte

Nos vamos por el camino de almendros que parte del pozo hacia el oeste hasta que acabamos tomando el valle del arroyo de las Celadas. Este camino, como otros tantos, se encuentra bordeado de zarzamoras, rosales silvestres y endrinos. Hace calor: los insectos están muy pesados y las telarañas cuelgan de los manillares.

Vamos buscando la fuente de los Gallegos hasta que damos con ella. No puede ser más sencilla, es la mínima expresión de fuente, casi pasa desapercibida, y más con la maleza que este año hay por todas partes. En realidad es un manantial –que mana- protegido por una piedra más o menos plana. Peor suerte ha llevado la fuente de las Vecillas, a 700 metros de ésta, entre la carretera y una cañada. No queda ni rastro, solo algunas junqueras.

Fuente de los Gallegos

Últimos picos

Un camino nos conduce, en subida, hasta el alto de los Cotos, desde el que se contempla no solo el valle del Bajoz, sino también, al fondo, Mota y las otras cuestas y cerros que le hacen compañía. Una suave neblina atravesada por la luz del sol poniente le da al paisaje cierto aire romántico y decadente. Por aquí, ya se ve, todo es antiguo y está caído.

Cuando nos queremos dar cuenta ¡nos hemos quedado sin camino! ¿Algún problema? ¡De ningún modo!: tenemos nuestras bicis-cabras que nos conducen como si nada al fondo del barco de las Viñas, donde tomamos un camino que baja hasta el río Bajoz.

Cuesta Tijera y otras motas

Después de tres subidas al páramo, a alguno todavía le sobran fuerzas y de una carrera se presenta en la cima del cerro Cuesta Tijera, poniendo como excusa que hay un buen panorama sobre Mota. Pues claro que lo hay. Y abajo un buen lugar para descansar, lo que es igualmente cierto.

Una mirada al paisaje

14 abril, 2016

El pasado fin de semana asistimos a un simposio sobre el paisaje organizado por Joaquín Díaz en la bodega Heredad de Urueña. La sede parecía elegida a propósito pues se levanta en una ligera elevación sobre Tierra de Campos que domina la suave vega del Sequillo a la vez que resulta dominada por el perfil murado de Urueña, encaramada en el canto del páramo.

Mirando el paisaje desde la "Heredad"

Mirando al paisaje desde la “Heredad”

Las intervenciones fueron gratas e interesantes. Gratas porque se estaba allí muy a gusto con Germán Delibes, que nos explicó como si lo estuviéramos viendo el paisaje en un poblado hacia el año 2.500 a. C. en Villalba de los Alcores, o con Miguel Delibes de Castro que nos contó sus experiencias a propósito del paisaje y ecología, o también con Juan M. Báez Mezquita que disertó de manera deliciosa sobre el paisaje a través de la historia de la pintura. E interesantes porque profesionales tan buenos supieron poner a disposición del público su sabiduría acumulada durante años de dedicación y trabajo. La verdad es que les seguíamos encantados y absortos en su discurso. No sé el tiempo que utilizaron en sus charlas, pero se nos pasaron en un abrir y cerrar de ojos.

Otras conferencias fueron, también, muy sugerentes. Por ejemplo Leonardo Servadío  nos condujo a un futuro hipotético, posible y tal vez inquietante en el que, después de regenerar las urbes, campo y naturaleza estarían presentes en las ciudades, a la vez que éstas podrían llenar un campo automatizado y tecnificado.

Atardecer en el páramo

Atardecer en el páramo

Por su parte Albert Cortina, propuso las modernas y progresistas Cartas del paisaje, que funcionan como instrumentos de concertación y participación frente a reglamentaciones u ordenanzas. Además, estas técnicas ya se están experimentando de manera positiva en algunas regiones españolas, como el Priorato. En su intervención, José Luis Carles nos ayudó a percibir la sonoridad del paisaje, y Cristina Palmese, por su parte, nos llevó de paseo a saborear paisajes tan visuales como sonoros…

Para terminar, la Heredad de Urueña nos invitó a degustar sus caldos. Un agradable tinto y un clarece de primera ciertamente.

Urueña desde el canto florido

Urueña desde el canto florido

Si el sábado hizo un día excelente para contemplar la puesta de sol en la paramera y disfrutar del comentado paisaje, nosotros aprovechamos el domingo a medio día para dar un paseo por los alrededores de Urueña. Pero hizo terrible: viento helado y racheado, con aguaceros continuos. A pesar de eso y de que el barro de los caminos se nos pegaba a las suelas, logramos llegar a las ruinas del monasterio del Hueso, subir al páramo de Almaraz y bajar a la ermita de la Anunciada. Ya de vuelta a la ciudad, nos tomamos un clarete –para entrar en calor- al pasar por Torrelobatón.

¡Muchas gracias, Joaquín!

 

Puesta de sol en Urueña

14 octubre, 2013

Urueña 2

Después de leer una reciente entrada de la bitácora De pueblo en pueblo, pasé hace dos días por las proximidades de Urueña –en concreto, por la ribera del Sequillo cerca de Villanueva de los Caballeros- al atardecer y pude contemplar, una vez más, la puesta del sol en Tierra de Campos. Faltaba la perspectiva y fondo que da el cerral  en Urueña, pero tampoco estaba nada mal, pues tenía la luz y el cielo de Campos, y el fondo ilimitado de la llanura hacia el raso de Villalpando. A mi lado, palomares de barro dorados por el sol poniente y girasoles a punto de recolectar. Arriba, nubes azul celeste deshilachadas hacia abajo sobre un fondo ya azul oscuro; y yo -o tú, o Jorge Guillén-,  porque en esta Tierra el sujeto es parte del paisaje:

¡Aquel desgarrón del sol!

Arden nubes y no lejos.

Mientras, sin saber por qué,

Se ilumina mi deseo.

Urueña 1

También recordé otro anochecer –de invierno en aquella ocasión- en que pude recoger con la cámara de un amigo el cielo desde Urueña, trasformado en aire de color rosa difuminado y luego la llanura, con el horizonte ardiendo y las luces de los pueblos en la negrura. Y aquí las dejo.

Por supuesto, no pude menos que recordar a Miguel Delibes para quien la meseta al atardecer desde el mirador de Urueña produce una emoción que no es la ordinaria del paisaje. Y es que, efectivamente, va mucho más allá, casi hasta donde uno quiera.

Urueña 3