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Pinares del Valcorba y del Henar

22 febrero, 2018

Excursión por los pinares de Valoria y Torrescárcela, en el páramo que han delimitado los arroyos del Henar y del Valcorba. Mañana ventosa y luminosa que se fue cerrando poco a poco hasta que, después del mediodía, las nubes ya no dejaron asomar al sol.

Los montes

El pinar estaba precioso, la verdad. Recién olivado y no por leñadores o forestales, sino por la nieve que, caída copiosamente las últimas semanas, se había acumulado en las ramas más largas y anchas de los pinos, normalmente las más bajas, hasta que las había hecho chascar. La mayoría de los pinos estaban con una o varias ramas desgajadas, algunas colgantes y otras –la mayoría- reposaban ya en el suelo. Claro que al rodar por los caminos también notamos que estaban excesivamente mullidos y húmedos, y no precisamente por la lluvia que moja y se seca más o menos pronto, sino por la nieve, que permanece un tiempo y empapa a fondo; el suelo en ese estado, sin llegar a impedirnos avanzar por bloqueo de las cubiertas embarradas, multiplicaba nuestro esfuerzo al pedalear.

Gálbulos o frutos de la sabina

Se trata de un pinar joven, de ayer. Se nota no sólo en los pinos –no hay casi grandes ejemplares- sino, sobre todo en los abundantes cercados de piedra caliza –recubiertos de musgo, se mostraban hasta elegantes- que debieron proteger bacillares. También lucía ese verde luminoso el musgo del suelo y el cereal sembrado en los claros del monte. Y en algunos puntos todavía quedan álamos y juncos allí donde hubo –hay todavía- agua en el subsuelo, que seguramente se aprovecharía para regar pequeñas huertas. En otras excursiones hemos visto hasta antiguos pozos en estos montes.

Cercas en el pinar

Por suerte, tiene muy poca arena (¡ojo, no rodamos por la zona que hay entre Camporredondo y Santiago del Arroyo, donde la arena puede llegar a cubrirte con bici y todo!) y abundan los bogales. Eso hizo algo más llevadero el rodar con barro. Y no sólo es un monte de pinos –negrales y piñoneros- también proliferan las encinas, los robles y –sobre todo- las sabinas y los enebros.

No lejos, se levanta el Santuario de la Virgen del Henar, patrona de los resineros; estos pinares se llenaba de miles de romeros que, a pie, a caballo o en carro, iban al Henar el domingo anterior a San Mateo desde, en este caso, los pueblos de la zona sur de Tierra de Pinares. Sin embargo, cuando cruzamos nosotros, el pinar estaba solitario y no vimos un alma.

Ermita del Santo Espíritu

La ermita del Santo Espíritu o de Fuenlabradilla, en las laderas del valle

Antes de iniciar el trayecto, dimos un breve paseo por el casco urbano de San Miguel, y tuvimos la suerte se encontramos con la procesión del Cristo, que salía de la Ermita del Humilladero. Después, resultó que estaba abierta la ermita de la Virgen de Fuenlabradilla, patrona de la localidad, y nos colamos a verla. Pudimos comprobar que está restaurada, y que alguien se ocupa de cuidarla. En otro tiempo era una de las iglesias principales del pueblo, la de San Esteban.

Fuente de la Ermita

Luego marchamos aguas arriba siguiendo el cauce del arroyo milagroso del Henar hasta tomar la desviación de la ermita del Santo Espíritu, donde también estuvo la imagen de Fuenlabradilla. En su origen, pudo ser un monasterio cisterciense, pero nadie conoce su historia a ciencia cierta; no obstante parece que se trata de un lugar enigmático -cruce de fuerzas telúricas para ciertos estudiosos- que alguien aprovechó para levantar una curiosa casita y consolidar las ruinas durante los años 80 del siglo pasado, gracias a lo cual no se ha caído del todo. Bebimos en la fuente de la Ermita, a la que acuden todavía desde San Miguel debido a las propiedades benéficas de sus aguas que, además, en algún momento ha manado aceite, como tantos pozos y fuentes asociados a lugares marianos. Los vecinos que estaban cargando agua nos dijeron que nunca la habían visto seca. Antes de seguir camino, contemplamos el valle del Henar desde los cantiles de caliza que abundan más arriba de la ermita.

En Minguela

Minguela

Después, tras cruzar por el campo abierto del páramo, contemplamos en Viloria del Henar, pueblo de piedra como La Mudarra o Campaspero, la portada románica del siglo XII y la torre del siglo XVII, de Santa María de las Nieves; el resto del edificio es del siglo pasado.

En Minguela pudimos comprobar una vez más lo perdida y seca que está su fuente, y lo abandonados que están sus antiguos huertos y rediles. Pero, por mucho que crucemos por este despoblado, no dejarán de impresionarnos las gigantescas rocas calizas que se van desprendiendo del páramo dejando la pared con curiosas grutas, utilizadas por los pastores para guardar rebaños. Pero todo eso es ya historia.

Fuente en Torrescárcela

El arroyo Valcorba y vuelta

De Minguela bajamos por el arroyo Valcorba, pasando junto al molino de la Requejada, hasta Torrescárcela, donde pudimos descansar junto a la hermosa fuente de tres caños. Aunque puestos a echar piropos, la sencilla fuente de un caño y rústico pilón que fluye unos metros más abajo, le gana en encanto y sencillez.

De ahí fuimos por la carretera dejando a la derecha los restos románicos de la iglesia del despoblado de Muriel para atravesar de nuevo el monte y caer –ya sin dar pedales- a San Miguel por el valle de Fuentes Claras, otra preciosidad digna de ser admirada.

Y aquí tienes el recorrido en Wikiloc según Durius Aquae

Despoblado de Muriel

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En busca de las fuentes del Valcorba, desde Quintanilla de Onésimo

24 julio, 2015

Fuentes del arroyo Valcorba

Este vez se trataba de llegar a las fuentes del Valcorba desde Quintanilla de Onésimo para regresar valle abajo. Fuimos con Manuel y Álvaro, ambos de Quintanilla.

El camino hasta Minguela fue casi una línea recta:

  •  Primero, la subida por el camino del Basilón hasta el monte. Buena pista pero muy empinada al final. Para mantenernos fresquitos preferimos subir a pie los últimos metros. A la izquierda vemos un encharque producido por un manantial próximo: aquí, hace muchos años se instalaba una caldera para sacar la esencia del espliego, y hasta los chavales llevaban ramos para recibir luego, a cambio, unas pesetillas que se invertirían en las fiestas de San Mateo en Valladolid.
Aquí nace el arroyo Valimón

Aquí nace el arroyo Valimón

  • Ya arriba, en el monte, fuimos por un camino precioso y recto –salvo un breve giro de 90 grados a la derecha y otros 90 a la izquierda- hasta la ermita del Cabañón. Hubo que salvar un obstáculo: una valla metálica que tenía un buen agujero por el que atravesar agachados, cosa nada complicada. El camino, estrecho y       con dos roderas que hacían posible el avance, pasa junto a piñoneros, negrales, matas de encinas y algunas sabinas. Pero también vimos, ocupados ya por pinos, abundantes corrales: o sea, que antaño esto no era un monte. O no lo era tan denso.
En el páramo abierto

En el páramo abierto

  • Y salimos a la ermita del Cabañón, ya en el páramo abierto. Nos paramos en la fuente del Tasugo, que conocemos bien, donde nace el arroyo Valimón. ¡Seguía echando, a estas alturas del año, dos hermosos chorros de agua, a pesar de que está casi en el ras del páramo! Los de Quintanilla nos hablaron de otra fuente en el páramo, la de Carrecuéllar -a la altura de Vegasicilia- que también está casi al ras. Tendremos que ir a verla, en otro momento. Ahora, a atravesar el páramo, un páramo lleno de pequeñas ondulaciones, hoyadas y navas. Al fondo, la sierra de Segovia. Avanzamos por el camino o cañada que separa los términos de Cogeces y Langayo y que está casi borrado, hasta la carretera de Cogeces a Peñafiel. Esto fue una suerte, pues muchos de los caminos de este páramo son en realidad anchas pistas rectilíneas y con buen firme; muy aburridas, por tanto.
En la fuente de Minguela

En la fuente de Minguela

  • A partir de la carretera, el paisaje cambia ligeramente pues primero cruzamos entre los arroyos del Valdelapeña y Valdecascón, que tira cada uno hacia su valle -estamos en el alto de la Mesa, 903 m- y luego llaneamos por la inmensa planicie que separa Cogeces y Campaspero. Al fondo, nos esperan los chopos de Minguela.

Y, casi sin pretenderlo, nos presentamos en Minguela, entrando por la cañada de la Yunta. La verdad es que nos fue imposible pasear por el terreno donde se levantó esta población, que estaba asfixiado por la maleza, especialmente por ortigas. Y, bien ortigados, llegamos hasta la fuente, completamente seca. Una vez más nos impresionó el tamaño del arca, a pesar de que tiene el techo ya caído. No pudimos acercarnos a las cuevas de la visera caliza, ni a otros lugares, e iniciamos al poco el camino de vuelta saludando desde lejos a las ruinas de la iglesia.

Iniciando el

Iniciando el “descenso” en Minguela

En Bahabón nos refrescamos un poco y seguimos valle abajo. Esta segunda parte de la excursión ya la hemos hecho y relatado en otras entradas del blog, así que poco diremos. Pero siempre impresiona y agrada hacer el valle de un tirón, disfrutando en pocas horas de las continuas variaciones del paisaje, desde las grandes calizas desprendidas al lado del camino hasta el gran valle abierto próximo ya al Duero.

Después de Bahabón, Torrescárcela y luego Aldealvar. Van pasando laderas pinariegas, molinos como el de los Álamos, corrales como los de la Dehesa, casas de labranza como el Quiñón, poblados prehistórico como la Pared del Castro…Y también hace acto de presencia la arena, que fastidia al ciclista como pocos elementos. Cuando llegamos a la carretera de Montemayor de Pililla decidimos seguir por el asfalto hasta Santibáñez, pues no vamos muy bien de tiempo y el camino que va por la orilla izquierda del arroyo tiene algunos bancos de arena.

En pleno esfuerzo

En pleno esfuerzo

En Santibáñez descansamos otro poco y tomamos el camino que más directamente lleva a Quintanilla, que bordea el pico Miranda, atraviesa el prado del Aceite y cruza los bacillares de la Abadía de Retuerta, lugares todos estos de Sardón de Duero. Finalmente, nos presentamos en Quintanilla después de habernos echado a la andorga 59 km de nada.

Girasoles en la ladera

Girasoles

La ruta por el Valcorba hasta su desembocadura en el Duero difícilmente puede hacerse en bici: no hay camino y la arena que a lo largo de milenios se ha depositado aquí hace complicado ir sobre dos ruedas; lo mejor es caminar. Pero merece la pena, pues veremos zonas húmedas, con abundante sombra de arbolado, y restos de molinos y balsas, de cuando el arroyo era caudaloso y proveía de fuerza y agua hasta llegar a su último término, Traspinedo.

Pociagüe

21 diciembre, 2013

Aldealbar PociagüeEl valle del Valcorba es una hendidura en el páramo que va desde el río Duero por Traspinedo hasta las proximidades de Campaspero. Sus laderas están pobladas de pinares y su cauce –hoy seco- salpicado de molinos, porque antaño llevaba abundante agua.¡Y no digamos cangrejos!

Guadarrama

Parte del valle lo recorrimos un día de niebla al que pertenecen estas imágenes de hace unas semanas. Los hielos cencellados nacían de las ramas con inusitado vigor. Pero fue salir el sol y licuarse. Justo en las fuentes del Valcorba, un poco más arriba de Minguela, el sol disolvía la niebla. Y al fondo surgían pinarillos y las cumbres nevadas de Somosierra. También pudimos descubrir algunas corralizas con restos de un chozo en los muchos prados que ha conformado en su nacimiento este valle.

Pociague

Pero si ya conocíamos el despoblado de Minguela –y también Oreja, cercano a esta misma zona- no nos habíamos acercado hasta Pociagüe, otro de tantos pueblos abandonados.

Pociagüe se encuentra a tres kilómetros  de Bahanón, en la linde con la provincia de Segovia, ya en el término de Cuéllar, junto a un pinar. Lo único que queda de esta aldea que se despobló a principios del siglo XVII son los restos de la iglesia: varios muros y un tosco ábside en piedra caliza. Lo vemos desde el exterior, pues lo han cerrado adosándole una especie de nave y hoy se utiliza como encerradero de ovejas.

Chozo

Muy cerca, un chozo de pastor en forma de cilindro al que le falta el techado. No debió de ser como la mayoría de los que vemos en la zona, con falsa bóveda por aproximación de hiladas, sino con otro tipo de cerramiento, pues el cilindro no tiende a cerrarse. Además, conserva cierta elegancia en los remates del arco que origina la entrada.

Ya de vuelta, cruzamos los pinares solitarios –buenos caminos, casi sin arena- que han vuelto a la explotación de la resina, pues abundan los negrales sangrados. Vimos también un chozo que pudo servir de refugio a los antiguos resineros.

Sabina

Antes de bajar a Aldealbar pasamos junto a los restos de la ermita de la Virgen de los Remedios -¡cuantas ruinas en esta comarca!- y bebimos de las aguas de la fuente de la Mora, pues la que está junto al humilladero se ha secado.

Fuente de la Mora

Fuente de la Mora

Hielo y niebla

12 diciembre, 2013

Camino invernal

Nadie duda de que ya estamos en invierno. Las fotografías son del fin de semana pasado y fueron tomadas en el valle del Valcorba, pero podrían haber sido sacadas en cualquier punto de nuestra geografía provincial. El hielo cubría árboles y plantas.

Temperaturas de varios grados por debajo de cero y tan continuadas, seguramente vendrán bien para limpiar el campo de tantas hierbas y arbustos que nos legó primavera tan lluviosa. Y, aunque por las mañanas ha habido niebla, normalmente levantaba por la tarde, con lo que los paseos vespertinos han resultado agradables.

Nos dimos un paseo por Minguela, el páramo de Campaspero y los pinares de Torrescárcela. También pasamos por el despoblado de Pociagüe: en otro momento contaremos lo que allí queda.

En Minguela

El Montecillo

19 julio, 2013

Santibañez el Montecillo

El paisaje ha cambiado, vaya si ha cambiado. La paja –y por tanto ese color amarillo mortecino- empieza a estar omnipresente: en el suelo de los pinares, en algunos herbazales, en los perdidos, en el monte bajo, en el cereal. Bueno, si te acercas al cereal –sobre todo al trigo- verás todavía espigas verdes, sobre todo en lugares donde el agua se acumuló formando charcos, bajo las encinas y en otros lugares húmedos. Las flores o, al menos, la abundancia de flores es ya un recuerdo de la pasada primavera. No hemos visto en el pinar ni las tardías jaras.

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También han aparecido, terribles, las chicharras. Lo de terribles es por el espantoso ruido que producen . No sé por qué me recordaban a esos momentos inmediatamente anteriores a las antiguas batallas cuando los tambores de un ejército intentaban amedrentar al contrario con ruidos ensordecedores. Pero bueno, las cigarras en formación de ataque no aparecieron. A Dios gracias. Aunque sí hubo otros insectos ¿coleópteros? que revoloteando bajo los pinos chocaban contra nuestro cuerpo. Los ratoneros, águilas calzadas y aguiluchos estaban cazando pero no se acercaron a nosotros. Cernícalos hay pero muy pocos este año.

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¡Ah! Pero qué buen año de frutas. Al pasar por las cercanías de Traspinedo, ¡qué en sazón estaban las cerezas! Repusieron las fuerzas de cansados ciclistas… Y, en las laderas, las endrinas maduraban al sol. Este otoño habrá materia abundante para elaborar pacharán. Los majuelos ya se adivinan cargados de pesados de racimos, a fecha de hoy de mínimas dimensiones.

Buena parte del recorrido del pasado domingo discurrió por terrenos bien conocidos, de excursiones anteriores: la vía de Ariza, las laderas y el páramo de La Parrilla.

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Otra buena parte discurrió por el Montecillo, monte no muy grande situado en una lengua de páramo entre los arroyos de Cogeces, Valcorba, Valdecas y Valimón, que han producido empinadas cuestas hoy tapizadas de pinares.  Era el típico lugar perdido en ninguna parte, pues no pilla de paso hacia ningún sitio. Pero ahora los senderistas han señalado un sendero –con su mirador y todo- para subir y bajar, de manera que está algo más concurrido. Magníficas vistas al valle del Valcorba, al Valimón, a las localidades de Traspinedo y Santibáñez… incluso asoma, en el ras de enfrente, la torre de la iglesia de Montemayor de Pililla.

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Aunque en las laderas hay pinos, arriba predominan las encinas carrasqueñas, y de tal manera que llegan a impedir el paso por su densidad. También hay unos pocos y grandes robles, y algunas sabinas. Otra amplia zona, que hasta hace no mucho fue bosque, se encuentra dedicada al cereal.  Un camino lo atraviesa a lo largo, desde Santibáñez hasta que, por el lado contrario, baja hasta el Valimón después de pasar junto a una nave agrícola con una piscina y columpios en desuso.

De vuelta, además de saborear cerezas, pudimos apreciar la preciosa calle porticada de Traspinedo con pies de madera, las ruinas de la ermita y su crucero, aun en pie. Y después de chocar contra la valla de Tovilla, pasamos por el desierto industrial de Tuduero, para recalar en Tudela por la vía de Ariza.DSCN5633

El pino de los Llanillos y la sima

1 febrero, 2013

Cueva Aldealbar

Esta vez hemos rodado durante un luminoso día de enero. Después de varías jornadas lluviosas y nubladas, estos días en los que el sol nos acaricia con sus rayos resultan especialmente atractivos, pues la luz del invierno saca los colores al paisaje con más nitidez que la del verano, cuando todos los colores son planos, sin contraste.

Como ya es costumbre estos meses, elegimos entre las arenas de los pinares y las gravas de los majuelos y, esta vez, nos quedamos con las primeras.

Junto al Pino

Desde la Parrilla nos acercamos, entre toboganes, al pino de los Llanillos, oculto en un monte de arena entre otros pinos, pimpollos y matas de roble. Fue difícil encontrarle, pero esta vez no se resistió. Después, cruzamos un pinar con excelente firme gracias a la lluvia caída, hasta dar entre dunas con la pista forestal que nos condujo a Montemayor de Pililla.

Y de Montemayor nos decidimos a tomar el valle del Valcorba aguas arriba. Lo de aguas arriba es un decir, porque de agua, nada. La bajada al valle fue rápida y técnica, por un estrecho y oscuro sendero entre piedras, robles y pinos.

Pinar de la Parrilla

Claro en el pinar de la Parrilla

¡Y a pasear por el valle!: una plaza de toros de piedra, molinos, corrales, viejas casas de labor fuimos contemplando desde el camino de arena que, al final, nos dejó en Aldealbar. ¡Qué rico en historia es este valle; antaño debió serlo en vida y actividad! Ahora a subir junto a la cueva y fuente de la Mora y las ruinas de la ermita de la Virgen de los Remedios, patrona del Valle.

En el cerrado pinar descubrimos la entrada a una pequeña joya: una sima que discurre a pocos centímetros por la capa de caliza bajo el suelo del páramo. Tiene de largo unos 150 metros. No nos atrevimos a entrar porque, sin cuerdas, la salida sería poco menos que imposible, y para qué molestar al 112 (seguramente sin cobertura). Pero prometimos hacerlo más adelante con la ayuda de algún amigo aficionado a la espeleología. Al parecer es la única sima conocida en la provincia.

Asomándonos a la sima

Asomándonos a la sima

Reanudada la marcha no dejó de asombrarnos la cantidad de montones de piedra en este pinar. Antaño, tal vez no fuera un pinar, sino tierras de labor. Muchos de estos majanos tenían las piezas perfectamente ordenadas, otros pretendían formar anchos tapiales. En otras zonas, efectivamente, construían vallas que delimitaron campos, hoy tomados por el pinar.

Aunque algunos de los caminos que atravesamos habían sido recientemente ensanchados, otros se encontraban protegidos por la exuberancia de arbustos y matas. Era como avanzar por una selva tupida. La jara, aquí, es muy abundante.

Negral y piñonero

Negral y piñonero

Antes de llegar de nuevo a Montemayor cruzamos un ramal de la cañada real Burgalesa. Y en Montemayor descansamos tomando las genuinas cortezas de cerdo de Antolín Sanz regadas con un botellín de cerveza.

Como se nos hacía tarde, no tuvimos mas remedio que tomar la pista forestal que, en poco más de media hora, nos dejaba en La Parrilla. Al oeste ya estaban apareciendo las primeras nubes que en arrebol nos despedían de uno de los mejores días de invierno.