Posts Tagged ‘Valdestillas’

¡Nieve!

13 enero, 2018

¡El domingo pasado nevó en Valladolid! Gran noticia que no se prodiga. El día siguiente a la fiesta de Reyes estuvieron cayendo copos durante varias horas. Bien es cierto que no cuajó -¡eso ya hubiera sido demasiado!- pero en los páramos y en el sur de la provincia llegó a desplegarse un manto blanco que por la noche se helaría.

Naturalmente, a nadie se le ocurrió salir en bici. De hecho, yo me hice 20 km y sólo me encontré con otro ciclista, que iba por la carretera. ¿Para qué salir con el frío que hacía y con el peligro de que lloviera o… nevara? Eso es lo de menos: siempre es bueno dar un paseíto. Y si el tiempo lo pretende impedir, pues entonces que sea corto para no provocar. Durante los diez primeros kilómetros cayeron unas gotas de agua, algo inapreciable. Durante los diez últimos se puso a nevar con ganas y me calé… bastante. O lo que uno se puede calar en sólo 10 km.

¿Qué ruta elegir? Casi era lo de menos, pero si había algo de nieve cerca, mejor, pues en Valladolid no había cuajado. Sin embargo, en Valdestillas, sí había nevado algo. Aunque hace una semana me había dado un paseo por allí, no importaba repetir. Bueno, realmente no era una repetición, pues el paisaje estaba muy cambiado a causa de las manchas de nieve, como puede apreciarse en las fotos.

 

De manera que volví al Pino-que-todo-lo-ve blanco (ahora). Esta vez el trayecto trascurrió casi todo por viñedos. La subida al Pino fue cruzando los majuelos de Campo Viejo por el camino de Serrada. Según subía la cuesta, la nieve aumentaba, de forma que las laderas cercanas al Pino estaban totalmente blancas. Y plagadas de huellas de conejos.

Ya en el Pino, era una verdadera delicia contemplar grandes extensiones manchadas de blanco hacia los cuatro puntos cardinales. La vista alcanzaba muy bien hasta las laderas de los páramos de Alcazarén, Mojados, Portillo, Cerrato y Torozos. Se veía sol en los Montes Torozos y una horrible borrasca gris oscura sobre Mojados.

Luego, a rodar un poco entre viñas en dirección a Serrada, pues en la llanura sobresalía la punta de la torre de su iglesia. Después, en los campos del sur se divisaba la silueta de las iglesias de Ventosa, Pozaldez y Matapozuelos. Todo vestido de blanco.

Finalmente, bajé la cuesta a campo traviesa entre la nieve y, como el temporal arreciaba con sus copos helados, acabé en la cañada de Salamanca en dirección a Valdestillas, precisamente en contra del viento y nieve. Y había que rodar rápido para no terminar muy calado.

Me asomé al cauce del Adaja, que bajaba con poca agua; esperemos que siga nevando o lloviendo.

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El Pino-que-todo-lo-ve y otros lugares valdestillanos

7 enero, 2018

Día gris con amenaza de lluvia. De hecho, al poco de acabar el breve -22 km- recorrido matutino se puso a jarrear intensamente durante unos pocos minutos. El fuerte viento del suroeste no amenazó, sino que fue una realidad en aumento conforme se rodaba. Por tanto, el trayecto nos llevó, en primer lugar, a buscar los pinares, donde todos sabemos que el viento pierde bastante de su potencia.

Entre el pinar de la Dehesa y el río Adaja está la casa de Quitapesares. O estaba, porque le han quitado todo menos la fachada y una tapia. Estas estas casas de labor que sirvieron para guardar útiles e incluso cosechas están siendo abandonadas, pues ya no tienen sentido. De manera que los ladrillos mudéjares de ésta también desaparecerán dentro de no mucho. Por algunos caminos sin excesiva arena nos introdujimos en el pinar y luego, siguiendo el claro del tendido eléctrico, pusimos rumbo al suroeste.

Los pinares del Valdestillas son el único lugar de la provincia donde todavía me pierdo y desoriento. Los únicos, también, donde no me viene mal ese artilugio que es el GPS. ¿Por qué? Creo que es fácil de explicar. Los pinares son todos muy parecidos, cierto, pero cuando abundan los caminos y senderos que parecen dar vueltas sin llegar a ninguna parte y –sobre todo- se suceden los grandes claros con tierras de labor, entonces no sabes exactamente donde te encuentras. Antaño, estos claros no se cultivaban. La mayoría eran prados; queda la toponimia: prado Redondo, casa del Prado Largo, fuente del Prado, prado de Matacarne… E incluso algunos tenían sus propias fuentes, donde hoy hay instaladas casetas con su pozo y motor. Y quedan también restos de navas. Tal vez antaño el pinar fue bastante diferente y la orientación no suponía problemas, pero la verdad es que hoy se complica.

Pero llega el momento en que te olvidas de esta influencia del pinar y sales a territorios de majuelos. El paisaje ha cambiado, y no sólo por el viñedo. El suelo es de arena y cantos rodados, o solamente de cantos, las colinas con sus subidas y bajadas son lo dominante, y las vistas llegan hasta más allá del Duero. Y el viento, que estaba tranquilo y bien sujeto por los barrerones de pinos, se desmanda.

En el raso del paramillo tomamos la cañada de Buenavista que nos lleva, siempre entre majuelos y luchando contra el viento, hacia el sureste. Vemos a la derecha las torres de Pozaldez y ala izquierda el pinarillo de la Virgen de la Moya. Finalmente, tomamos el camino de los Huevos, que nos llevará de vuelta hasta Valdestillas. En ese camino cruzamos junto a un vértice geodésico desde donde se divisa bien el valle del Duero: aparecen juntas las torres de las iglesias de Villanueva y Villamarciel y, al fondo, Velliza. Es como la antesala de lo que luego contemplaremos.


Enseguida una cuesta abajo y… ¡el Pino! Se trata de un piñonero, ni grande ni pequeño, de tamaño mediano que se encuentra asomado sobre los valles y se ve desde todas partes. Y esta fue la oportunidad no tanto de verle –aunque sí de cerca- sino de contemplar todo lo que él vigila, que es mucho. Crece en un lugar llamado la Hormiga ¿porque este saliente donde se asienta tiene cierta forma de hormiga? No está claro. Las cuestas bajan hacia el sur se llaman cuestas de las Misas, seguramente porque fueron dejadas a la iglesia como donativo para misas en sufragio del alma del donante…

Dejo la bici en el camino y, caminando hacia arriba por una cuesta de escobas literalmente levantada por los conejos, nos encaramamos al paramillo donde permanece nuestro pino. Es una especie de lengua estrecha que sale del páramo y el árbol se encuentra poco antes de la punta, de manera que fácilmente vigila el sur, el este y el norte. Como si la magia existiera, nada más llegar se abre un gran claro en el cielo y el pino queda iluminado, ofreciendo ahora a la vista todos los matices que ocultaba el paisaje gris en el que casi se mimetizaba. Pero, lo que es mejor, el claro parece agrandarse y deja ver buena parte de la llanura que se puede contemplar. Al sur se iluminan el cerro de San Juan, en Villavieja, y el teso de Valdelamadre, pegados al páramo de Torozos. Valladolid aparece como una gran ciudad extendida de este a oeste, entre Simancas y La Cistérniga. Delante, Boecillo, Aldeamayor, La Pedraja, más apartado Mojados… Pero precisamente el sol, que resulta de gran ayuda para contemplar el paisaje de noroeste a este, no deja ver hacia el sur: es mediodía y, como estamos en invierno, se encuentra relativamente cerca del horizonte…

En las proximidades del paramillo, los majuelos, perfectamente trazados, parecen subir –como si de un ejército en orden cerrado se tratara- por las faldas y cuestas de las Misas para subir hasta el Pino. Más allá cruzan la cañada real de Salamanca, las vías de los ferrocarriles y, más lejos todavía, los pinares se extienden por la llanura queriéndolo invadir todo, pues no en vano nos encontramos en Tierra de Pinares.

Justo cuando nos vamos el cielo se cierra y bajamos hacia el valle del Adaja en un ambiente difuminado de nuevo por tonalidades grises. Un gavilán tarda en elevar el vuelo y cuando lo hace, se lleva un tordo entre las garras. ¡Qué bien sortea las parras y los pequeños postes y cables que dirigen los sarmientos!

Por no dar excesiva vuelta atravesamos las dos barreras de ferrocarril por zonas no muy ortodoxas y nos dirigimos a la fuente que hay junto al depósito de agua de Valdestillas, que el  recorrido de hoy ha sido corto pero cansado. Vemos que está abierta la ermita del Cristo del Amparo y cruzamos la puerta: descubrimos al levantar los ojos, una magnífica talla del siglo XVII, de un Cristo moreno y amable. Y muy grande. Muy grande para lo pequeña que es la capilla. Desde luego, en este país, encontramos obras de arte en cualquier templo o ermita, como es el caso. Hemos podido entrar gracias a una valdestilllana que tiene la llave y que, con 96 primaveras a cuestas, se ha dado un paseo hasta aquí.

De lo que no queda nada por aquí es de ese continuo trajín de ir y venir viajeros –y ganados- entre Valladolid y Madrid, o entre Francia y Portugal por este punto entonces neurálgico. O tal vez sí, pues no en vano el moderno tren que une Madrid con el norte se desliza a lo largo de este Valle de Astillas.

Y aquí el recorrido en wikiloc.

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Adaja, Cega y pinares de Valdestillas y Mojados

24 noviembre, 2016

valdestillas-2016

Salimos de Valdestillas, el pueblo de las Cañadas, y nos introducimos en el pinar de la orilla derecha del Adaja, compuesto de pinos –piñoneros y negrales- de buen porte: Es uno de los pinares más extensos de la provincia y podemos rodar varios kilómetros sin salirnos de él. Ideal para días de lluvia –la arena mojada respeta a los ciclistas- y también para días ventosos –los árboles doman al viento.

Cortafuegos

Cortafuegos

Hay muy pocas setas; la tierra sigue sedienta a pesar de que la lluvia se ha dejado caer este otoño. Las poquitas que hay no parecen comestibles. A este suelo no ha llegado la otoñada, pues el color dominante es el marrón de la tamuja. A nuestro aguerrido guía se le ocurrió meterse por los cortafuegos -¡mira que hay caminos con buen firme en este lugar!- y nuestras piernas se resintieron. Sólo un poco, también es cierto. Pero el aire llevaba ese agradable aroma a tierra y madera mojadas.

Desde la fábrica

Desde la fábrica

Salimos a Mojados y nos paramos a contemplar esa maravilla que es el arenoso Cega con su puente de piedra. No casan puente tan largo e hilo de agua. Seguramente en otros tiempos fue mucho más caudaloso. Ahora, hasta lo secan en verano. Muy cerca, la triste y arruinada fábrica de harina llena de estériles ventanas… Eran otros tiempos que no volverán.

Por el Caño enfilamos el camino que nos conducirá a lo alto del páramo. Y otra vez a sufrir con la arena. La cuesta es muy empinada pero corta, de manera  que no tardamos demasiado en plantarnos en la ermita de San Cristóbal, que tiene una olmeda que quiere y no puede. Desde el cerral se domina Portillo y su raso, Valladolid, los bordes del páramo de Torozos, los pinares de Valdestillas y Mojados… El aire sopla fuerte y nos vamos cuando alguien empieza a preparar su parapente.

Riberas del Cega

Riberas del Cega

Por un camino resbaladizo nos dejamos caer casi sobre el Montón de Trigo –los nombres son lo que parecen- y hacemos parada y fonda en el vado de Megeces, pues tanta arena sobre la que hemos navegado nos ha dejado sin fuerzas y ahora las reparamos.

El día había amanecido con nubes o niebla alta pero ahora, después de comer, el sol se decidía a lucir un poco y provocar reflejos en las choperas del Cega. Todo se alegraba de repente, hasta nuestro ánimo, de manera que la vuelta hasta Mojados fue hasta más agradable. Laderas y cortados por el norte y pinares y riberas al sur. También, la ermita de la Virgen de Luguillas. Sin darnos casi cuenta, en uno de los charcos, embarramos las ruedas que acabaron por bloquearse.

Junto al Adaja

Junto al Adaja

Y de nuevo estábamos navegando por los pinares de Mojados y Valdestillas. Esta vez –con buen criterio- elegimos un camino con buen firme que hizo de la vuelta un entretenido paseo por un bosque húmedo y otoñal, con ondulaciones y curvas continuas y algunos corzos saltando al fondo.

Pinares

Pinares

Ya en Valdestillas nos acercamos a la presilla del Adaja que se utiliza para producción de electricidad. El agua limpia dejaba traslucir las figuras de barbos buscando comida y lo árboles reflejaban los últimos rayos del sol. Y un poco más abajo nos paramos para contemplar el salto de los tres puentes sobre el río. El más viejo de todos, heredero sin duda del romano que hubo cuando esta localidad era cruce de calzadas, tan antigua es Valdestillas.

Otoñal

Otoñal

De Valdestillas a Medina del Campo por la cañada de Merinas

29 enero, 2016
Ventosa de la Cuesta

Ventosa de la Cuesta

Valdestillas tiene a gala ser una localidad cañariega como pocas, y es verdad. Convergen en ella nada menos que siete cañadas de cierta importancia. Los ganados merinos llegaban de los puertos a Valdestillas bien desde Puente Duero o bien desde Tudela. El puente de Aniago es relativamente moderno -¡construido por los Reyes Católicos!- y los ganados pasaron siempre por Valdestillas, donde ya en la época romana existía un paso del Adaja mediante puente.

Hacia el sur podían seguir por las márgenes del Adaja o bien por la cañada de Medina del Campo. Esta última cañada era muy utilizada también por todo tipo de ganado, debido a la importancia de las ferias y mercados de esa Villa.

Campos todavía humeantes

Campos todavía humeantes

Vamos a recorrer precisamente este trayecto, hasta Medina del Campo.

En Valdestillas tomamos la calle de Medina y ya estamos perfectamente encauzados. Sólo tendremos que estar atentos en alguna bifurcación para no desviarnos, pues la cañada tiende a seguir una línea recta hasta nuestro destino. Atravesamos el ferrocarril por un paso a nivel y, poco después, pasamos por debajo del AVE.

Hasta aquí la cañada es un camino normal, una pista ancha. Pasado el AVE vuelve por sus fueros perdidos y toma su anchura primitiva, si no de cañada, sí al menos de cordel real; mantiene una anchura de casi 50 metros en la mayor parte de nuestro trayecto. Está perfectamente amojonada, lo que facilita su conservación.

Viñedos entre Ventosa y Rodilana

Viñedos entre Ventosa y Rodilana

Surcamos campos anchos y luminosos. Bueno, al principio no tanto porque había niebla espesa. Pero enseguida levantó.

Al norte dejamos una terraza o cerro testigo, buen mirador para toda esta zona: se contempla Valladolid, Tordesillas, Olmedo. A la vez, es una referencia, pues el pino del borde lo identifica perfectamente en muchos kilómetros alrededor. Y al sur dejaremos la esbelta estampa de la iglesia de Ventosa de la Cuesta, con el pueblo sobre otro cerro que domina nuestro paso.

La cañada sube la cuesta del Herrero, donde atraviesa un pinarillo y una almendrera, luego llanea durante un pequeño tramo y acaba bajando a Rodilana, que está en un valle anchuroso. Pero realmente no cruza esta localidad, sólo la toca de manera tangencial. Antaño los ganados pasaban junto a la laguna del Pueblo -por contraposición a la de la Iglesia- donde abrevaban, pero ahora está desecada. A lo largo de la cañada, había varios lavajos y manantiales; hoy sólo queda un buen charco junto a la carretera de Pozaldez a La Seca. Todo cambia.

Rodilana

Rodilana

Al fondo divisamos seis inmensos molinillos: tres a cada lado de la cañada. Están como en una loma desde la que ya descendemos al valle del río Zapardiel. Y divisamos la inconfundible silueta de Medina gracias al castillo de la Mota. La carretera ha aprovechado el trazado y superficie de la cañada y ésta, por fin, desaparece –o se reduce a la carretera y sus cunetas- unos dos kilómetros y medio antes de llegar a Medina.

Abajo, el campo de Medina

Abajo, el campo de Medina

***

La vuelta la hacemos por diferentes caminos. Tanto en los alrededores de Rodilana como en el término de Pozaldez vemos muchos campos plantados de olivos. No es el típico olivo arbóreo con el tronco avejentado por los pliegues; se trata de una raza arbustiva, que no levanta mucho más allá de tres metros y se encuentran unos junto a otros, en espaldera y como en surco. Bueno, que no son muy poéticos, quería decir.

Al fondo, Pozaldez

Al fondo, Pozaldez

Nos encontramos muchos cazadores con sus galgos, alguna liebre como huyendo desesperada y algún galgo que se ha quedado sin amo. No sabemos si porque se ha escapado o porque le han abandonado.

Hasta Pozaldez, buena subida y de aquí a Villalba, buena bajada, dejando a la derecha el humedal de la fuente del Artillero, que en épocas lluviosas, como es el caso, renace. Y bajamos al mismo cauce del río Adaja para conocer sobre el terreno –nunca mejor dicho- la denominada facies de Villalba de Adaja, conjunto sedimentario de areniscas, gravas, arcillas del mioceno inferior de color pardo anaranjado con matices verdosos. O sea, lo que por aquí llamamos peña. Se originó hace casi 20 millones de años.

La facies de Villalba de Adaja

La “facies” de Villalba de Adaja

Ponemos rumbo norte. Nos acompaña la visión de la torre de la iglesia de Matapozuelos –contrapunto vertical- a tanta horizontalidad, el pino de la terraza que parece vigilarnos, y , finalmente, la iglesia de Valdestillas.

Trazado que sigue la cañada

Trazado que sigue la cañada, unos 22 km

 

Pinares, páramos, valles… y su luz otoñal

13 diciembre, 2014

Valdestillas Megeces

El día amaneció soleado; no había helado por la noche, a pesar de que lo hizo la noche anterior y volvería a helar la próxima. O sea, una jornada ideal para pedalear.

Habíamos elegido el trayecto desde Valdestillas a la ermita de San Cristóbal, en el término municipal de Aldea de San Miguel, en el borde mismo del páramo.

Pinares

Piñoneros

Piñoneros

Teníamos un poco de miedo: resulta que con el sol tan estupendo que hacía, nos íbamos a introducir en un pinar que, con las copas de los piñoneros, nos iba a dar sombra. Pero nuestros miedos se disolvieron enseguida: en la pista por la que rodábamos, en dirección sureste, nos daba el sol de frente. ¡Perfecto! Y luego, al tomar otros caminos, resulta que el pinar se aclaraba un poco: seguíamos recibiendo, agradecidos, los rayos del sol.

¡Espléndido el espacio pinariego! El aire estaba muy claro y luminoso, sin vahos ni neblinas, transparente. Los pinos estaban lustrosos, casi brillantes, como si las últimas lluvias los hubieran limpiado a fondo, tanto en su corteza como en sus afiladas hojas. Y el suelo, con abundante tamuja, tenía también un tapiz de hierba, cosa nada habitual porque, o bien está reseco o bien –en pleno invierno- se cubre de una capa de musgo.

Negrales

Negrales

No faltaron las setas de todo tipo, aunque ya un poco mustias por las primeras heladas del otoño. Utilizamos para rodar el kilómetro de la pista de aviones del Corbejón. Pero, como otras veces, las bicis no despegaron.

Y los caminos estaban ideales, la poca arena hacía un ruido agradable al contacto con las cubiertas de las bicis. Bueno, salvo a la salida de Mojados, ya a la vuelta, que nos quedamos trabados en dos o tres momentos.

Mojados

El Cega en Mojados

El Cega en Mojados

Fuimos a dar a la carretera de Valdestillas y, a los pocos kilómetros nos presentamos en Mojados, donde compramos un pan excelente. También dimos una paseo por el pueblo: las iglesias mudéjares, el palacio del Conde Patilla (uno de los pocos edificios todo en piedra), las numerosas casas en ladrillo tradicional, el puente sobre el Cega, la fuente de Carlos III. A la vuelta, pasamos por la ermita de la Patrona, la Virgen de Luguillas; pero estaba cerrada. Todo mereció la pena.

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En el centro, Aldea de San Miguel; a la derecha, Portillo

El páramo

Superado el pinar, en campo abierto, la luz era todavía mayor. Al fondo Portillo, encima de su cerro y abajo, la Aldeílla con la torre de su iglesia entre altos cipreses. Un poco de arena antes de acometer la subida al páramo y ¡qué subida!, corta pero muy dura. Claro que, una vez arriba, se nos olvidaron los sufrimientos de la cuesta. Un inmenso panorama con Pedrajas de San Esteban en primer plano, el Raso de Portillo, la Cistérniga y su cerro, Parquesol y Valladolid, los pinares, el valle del Duero… Pues sí, ha merecido la pena el esfuerzo.

Ermita de San Cristóbal

Ermita de San Cristóbal

Una pena que la ermita de San Cristóbal esté cerrada a cal y canto. Otra vez que subimos al menos el atrio de entrada no tenía puerta y en sus bancos se podía descansar, pero ahora una puerta metálica (fea, claro) nos impedía el paso. Menos mal que no había viento. En la pradera de jóvenes álamos descansamos un poco para seguir en dirección a Megeces, por campo abierto con algún roble.

En el páramo

En el páramo

Y el valle

Bajamos al valle por una umbría con firme un tanto resbaladizo; alguno se apeó. Unos peculiares montes en forma de pico –el Montón de Trigo, se llama uno- nos recibieron abajo. Currantes sembrando ajos y, cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos en Megeces, cruzando el Cega por el puente de un solo arco que de manera tan limpia salta el río.

Bajando, que es gerundio

Bajando, que es gerundio

Por la ribera –pinares, campos recién sembrados, ganado pastando, algún roble- dejamos muy cerca la cueva del Tío Botas y cruzamos la granja de Tablares para salir a la carretera. Desde Luguillas, por el carril bici rodamos hasta Mojados. Nos quedaba todavía el placer de atravesar el pinar hasta Valdestillas, de respirar nuevamente luz y aromas de arena y tamuja mojadas…

¡Qué buen día de invierno todavía en otoño! Salieron algo más de 50 km.

A la vuelta, el tiempo se arrugó un poco

A la vuelta, el tiempo se arrugó un poco

 

Camino de Santiago

12 mayo, 2012

Como los suelos han estado mojados y con abundante barro, había que buscar terrenos de arena y grava para pasear en bici. Y contando con extensos pinares nada mas salir de la ciudad, no es preciso buscar muy lejos. Conocemos los pinares que se extienden por las riberas del Adaja y Eresma, y a ellos podemos volver una y otra vez aunque nos parezca que ya los hemos rodado mucho.

De manera que la salida la hacemos desde Valdestillas por la ribera izquierda del Adaja. A pesar de las lluvias caídas, el río no viene con excesivo caudal, y prueba de ello es que podemos cruzar el puente –casi a ras de agua- de la ermita de Sieteiglesias. A muy poca distancia el Adaja ha recibido las aguas del Eresma, a cuya cuenca nos pasamos ahora.

El camino que estamos siguiendo –primero por el Adaja y ahora por el Eresma- es el camino de Santiago que viene desde Madrid, cruza nuestra provincia de sur a norte, para conectar en Sahagún con el camino Francés. Y es que todos los caminos llevan a Santiago; no es necesario ir hasta Roncesvalles para tomarlo. Tampoco es el único que cruza por esta provincia, también lo hacen otros dos que vienen de Valencia y Alicante. Por eso vemos las típicas flechas amarillas que indican el Camino.

Cruzamos junto al caserío de Brazuelas y llegamos, por fin, siguiendo el Camino inverso, a Alcazarén, de resonancias árabes, mudéjares e incluso bandoleras, pues aquí –detrás de la iglesia de San Pedro- vemos la posada donde se hospedaba Luis Candelas cuando le capturaron. Por si fuera poco, en otra de sus casas sigue escribiendo Jiménez Lozano, autor que entiende como San Juan de la Cruz o como Miguel Delibes el alma de Castilla. Ya se ve que no es esta una localidad cualquiera.

Pero como estamos dispuestos a no dejar tan pronto el Camino, por él nos vamos al Molino Nuevo –con su puente en ruinas-, al caserío de Valviadero –de enorme iglesia y pequeño caserío- y al puente del Pisón, ya muy cerca de la ermita de Sacedón. Y a partir de aquí se impone desandar lo andado, pero por la otra orilla de Eresma.

De nuevo Alcazarén y el caserío de Brazuelas para introducirnos en las profundidades del pinar de los Hornos que acaba en la urbanización del mismo nombre.

Después de Mojados, la pista forestal que nos devuelve a Valdestillas es larga, empedrada y los pinos no nos conceden respiro alguno. Pero los aromas que exhalan pinos, tierra y tamuja mojados nos animan a respirar profundamente. En otoño, crecen aquí abundantes nícalos. Como novedad, han colocado un crucero poco después de cruzar la pista que lleva a Viana. Y después de la cruz, vemos un llamativo pino en forma de Y. Cuando nos queremos dar cuenta, hemos llegado a Valdestillas sin prácticamente mancharnos de barro. ¡Qué limpios son los pinares!

Nos hemos hecho unos 60 km aproximadamente.