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Entre Valvení y el arroyo de Cevico

9 marzo, 2019

No hay duda: el nombre de Valvení está muy bien traído. No hay más que darse un paseo cualquiera de estos días de invierno para comprobar sus laderas adornadas de encinas, las tierras ya verdes a causa del cereal que se mantiene creciendo para adentro, los riscos de caliza en lo más alto del valle, las praderíos con chopos y álamos, los almendros que jalonan senderos y rayas… y si subes al páramo pasearás por un bosque tupido de robles y encinas, y por rasos adornados de solitarias encinas. Pues esto es lo que hicimos al comenzar la excursión del pasado domingo: introducirnos en este valle tan benigno.

Encina del páramo

Pero no duramos mucho. Después de detenernos un momento en la granja Hernani, caímos a Valoria para subir al páramo de los Infantes por una vereda de la leonesa oriental. Salvamos algo más de 150 metros en menos de dos kilómetros. Paramos en los corrales de la Cabañosa, donde todavía vimos restos de dos chozos y atravesamos el páramo solitario hasta caer en Cevico de la Torre por una carretera -la de Cubillas- que nadie usa y tal vez por eso está tan mal. O al revés, que viene a ser lo mismo.

Cevico tiene fuentes, auténticos palacios y hasta una escalinata de subida a la iglesia de San Martín con más de 80 escalones. Casi no cuesta subirlos por aquello de la novedad; y junto a la iglesia se contempla muy bien el valle con sus vallejos, caminos y vericuetos. No lo hemos dicho antes, pero desde los cerrales por los que hemos pasado también hemos disfrutado de excelentes vistas.

Valoria

Después de reponer fuerzas junto a la fuente de Don Pedro, nos fuimos por el camino viejo de Dueñas -aun conserva el empedrado en muchos de sus tramos- acompañando al arroyo de Cevico hasta la ribera del Pisuerga, que ya no abandonamos hasta llegar a la granja Muedra.

Una grata sorpresa: alguien ha reconstruido (por completo, pues era pura ruina) la ermita de la Virgen de Onecha, en el término de Dueñas. Al principio creímos ver un espejismo, pero al acercarnos comprobamos que no, que se trataba de algo real. Parece que todavía no le ha llegado el turno al interior de la nave, que no vimos bien desde la ventana, pero, en cualquier caso, hay que felicitar a quien haya tenido la iniciativa y la haya ejecutado ¡Bien! Las futuras generaciones de eldanenses se lo agradecerán. También han despejado la zona que circunda la ermita, quedando accesible la vieja fuente. Abajo queda la feraz vega de Onecha: no la atravesamos porque no tiene camino de salida aguas abajo. Entre almendros primaverales y viejas graveras seguimos adelante.

Escalinata

Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con la ermita de la Virgen de la Galleta, ya en el término de Valoria. Ahí estaba, destartalada, al igual que el molino. La fuente y la chimenea parecen estar algo mejor, pero no mucho. Aunque nunca se sabe. Lo que ha ocurrido aguas arriba también podría repetirse aquí.

En fin, ya solo nos quedó rodar hasta San Martín bajo la atenta mirada del impresionante pico Muedra, que circundamos.

Aquí os dejo el gráfico del trayecto, que se acercó a los 60 km, con dos subidas al páramo y 30 kilómetros de viento fuerte en contra. Recorrido duro y hermoso al mismo tiempo; severo y benigno a la vez.

Páramo de los Infantes

25 febrero, 2019

El Cerrato se asoma al valle del Pisuerga por el páramo de los Infantes, que se encuentra entre Valoria la Buena y Cevico de la Torre. Desde su extremo oeste se puede contemplar todo este amplio valle, 175 metros más abajo que es, tal vez, la diferencia de altura más notable en nuestra provincia. Antaño este páramo fue monte de encinas y robles y monte bajo, y estuvo dedicado al pastoreo; hoy se han realizado extensas plantaciones de pino carrasco a la vez que se han roturado terrenos para tierras de labor. El suelo, ciertamente, es bueno aunque abunda la piedra caliza de mediano y pequeño tamaño.

Salimos de Valoria para rodear el páramo por el oeste. Muy arriba se distingue la ermita de la Virgen de la Paz y nos acercamos a la falda, cubierta de pinos. Seguimos hasta el Montecillo y el Toroalto, dos mogotes deprendidos del páramo, el primero pequeño y calvo y el segundo más elevado y cubierto por un pinar. En este último nos acercamos a fuente Amarga, que todavía mana agua. Finalmente, subimos por un camino en zigzag relativamente cómodo al páramo de los Infantes. A nuestros pies vemos Dueñas y, más al fondo, la ciudad de Palencia.

Tierras inclinadas en el valle, junto a fuente Amarga

Ya en el páramo nos acercamos a los corrales que –según los mapas- se encuentran en el borde del barco de Valoria pero de ellos ya no queda nada: toda esta zona, antes cubierta de monte bajo, ha sido levantada –incluyendo corralizas- y roturada para destinarla al cultivo de cereal. Luego, volviendo hacia el oeste, nos acercamos a otros corrales que se levantan, junto a una cabaña cerrada, en un claro del pinar. Después, buscamos los corrales de Pica, perdidos y estrangulados por el pinar carrasqueño; solo encontramos piedras amontonadas entre las que nos pareció distinguir los restos de un chozo. Así, enfilamos hacia el este sin salir del pinar. Una pareja de corzos nos mira y se aleja tranquilamente. Abunda la piedra caliza de tamaño mediano, no sé si son restos de viejos corrales o fueron levantadas para la repoblación forestal.

En el borde del páramo

Aquí sobrecoge la soledad. Nadie cultivando el terreno, nadie pastoreando ganado. Tampoco quedan ya construcciones ganaderas, y las cañadas han sido recortadas, o han desaparecido. Como compañeros del ciclista, sólo algún conejo, algún corzo, algún milano, además de las aves terreras, que parecen cantar al buen tiempo. Y el viento. Y el sol: hoy, 17 de febrero manga y pantalón corto, primer día de primavera que quiere llegar antes de tiempo.

Del pinar pasamos al monte bajo con algunas encinas y robles. Nos detenemos en los corrales del Espino, que han sido reconstruidos, incluyendo su amplio y precioso chozo. Se encuentran en una ligera vaguada que es el comienzo del barco de la Mazuela.

Corrales del Espino

¡Qué asombrosos son los caminos de estos paramillos cerrateños! Huyen de la uniformidad del páramo raso, pues cuentan con ligeras ondulaciones y, sobre todo, con encinas y robles salteados a los que se ha respetado porque, a cambio, sirven para amontonar a su alrededor, en buenos majanos, las piedras retiradas de los campos de cultivo. En algunos casos, la superficie para este fin se amplía y se juntan ordenados montones de piedra –parecen muros auténticos- con carrascas y otros arbustos… Es como navegar por un mar lleno de pequeñas islas e inofensivas olas.

Al extremo, nos asomamos a Cevico de la Torre y, al ver el valle y sus caseríos, desaparece la sensación de soledad. Las laderas aquí, son agrestes, con caliza descarnada. Curiosamente, un viejo camino sube como abriendo un surco en la misma piedra. Tal vez una antigua calzada.

Robles

Pero volvemos hacia el este, ahora por el cerral hasta el barco de los Poyatos donde, inclinados en plena ladera y aprovechando un pliegue en la falda del páramo, descubrimos el corral y chozo de Sacristán. Se conservan relativamente bien, pues el chozo está casi completo y practicable y, frente a él, los dos corrales de cuyo vallado se levanta todavía firme. Tal vez por lo alejado y escondido del lugar se mantiene todo en relativo buen estado. Más alejados, como perdidos en las laderas, nos parece verlos restos de otros corrales. Es un paraje especialmente bello y agradable, donde la hierba nos acoge y el barco nos protege, a pesar de que están orientados hacia el norte.

Chozo de Sacristán

De nuevo en el páramo, nos plantamos en los corrales de Revillamajano. Antaño llegaba hasta aquí una cañada desde el valle que seguía hacia el interior del páramo. Hoy los corrales, o lo que queda de ellos, son una isla en tierras de labor. Pero debieron ser importantes. De los chozos que aquí se levantaron no queda ya nada.

Restos de un colmenar

Nos metemos, cuesta abajo, por las laderas de la Mazuela para subir enseguida por la carretera de Cubillas a Cevico, carretera por la que nunca pasa nadie, al menos nunca lo vimos. Por el barco de los Borregos nos vamos a bordear los pinares del Condutero y de allí nos dirigimos a seguir el cauce del arroyo Valdedueñas. Paramos para contemplar los restos de un típico colmenar cerrateño, que debió ser sencillo y hermoso -¡qué pena tanta desolación!- y acabamos donde empezamos, en Valoria. Aquí podéis ver el trayecto.

Páramos angostos del Cerrato

16 enero, 2019

El paisaje del Cerrato es un canto a las formas y relieves, a los tonos y colores, a las encinas y robles austeros, a los pastores y sus rebaños, a la soledad de unas llanuras perfectas; a la vez, el Cerrato canta suavemente, como puede susurrar el viento cuando intenta mover las hojas de esas encinas centenarias y se roza con las formas pétreas que las aguas han labrado a lo largo de miles de años.

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La Mambla…

Y es que, en la primera parte de esta excursión, pudimos contemplar, en muy pocos kilómetros, diferentes formas de cerros: frente a Valoria de asoma el impresionante pico del Águila, con amplias rebabas de yeso blanco pintadas en sus viejas cárcavas trazadas por el agua en torrentera., a la ves que una estrecha faja blanca se dibuja a media ladera, como si fuera reciente crema pastelera. Y abajo, sobre la horizontalidad quieren salir arcillas amarillentas, sepultadas hace millones de años. Y eso que, en realidad no es un pico, sino una abrupta caída en busca del cauce del arroyo Madrazo.

y el Condutero

Continuamos, y nos metemos por un camino a media altura entre la Mambla y el Condutero. La primera -casi no hay que indicarlo- es un voluptuoso tetón. Pero como estamos en Castilla -que no otra cosa es el Cerrato- es gris, firme y austero. El Condutero, por su parte, nos ofrece su cara oeste, blanca y triangular, abundante en yesos. El camino, con tanta escultura ciclópea pero proporcionada, es precioso: enseguida cruzamos el Portillejo, que une las estribaciones de los dos cerros anteriores con el páramo de Cevico, hacia el que ascendemos lentamente por un camino apto para soñar despierto.

Ahora -segunda parte- todo es llano, aunque nos asomamos al valle del arroyo Madrazo por la Gargantada. Otra preciosidad. Pero nuestro objetivo no era nada de todo esto. Era -es- el páramo Angosto y su continuación, el de Abajo o de los Cariñuelos (tercera parte). El Angosto es una lengua estrecha que no llega a kilómetro y medio de largo por 200 metros en su parte más ancha. Se ha formado tras largos milenios -¿unos dos millones de años?- de trabajo de los arroyos Maderano y Madrazo. Uno por el norte y el otro por el sur, de modo que es una terraza privilegiada para contemplar dos de los más bellos valles del Cerrato. Y no digo más porque lo estropearía. Solo animo a subir allí.

Cristales de yeso

El páramo de los Cariñuelos -¿a quien se los harían?- es, diría yo, más salvaje y primigenio, con unos dos kilómetros de largo por 200 metros de ancho. Hay cultivos y monte, como en el anterior, al que está unido por las denominadas Motas. Vemos los mismos valles, además de la progresiva desaparición del propio páramo que nos sustenta en dirección a Castrillo de Onielo: una estrecha loma que por momentos parece convertirse en la cresta de un dragón. Abajo, Vertavillo, casi a un tiro de piedra, Alba -cercana igualmente- y Cevico de la Torre, además del ya mencionado Castrillo.

La cuarta y última parte de la excursión consistió en desandar lo andado -o rodado- a través del valle que baja de Alba a Valoria, que también tiene su aquél, sus laderas y sus cerros. Por supuesto, buenas laderas blancas cortadas casi a pico, las del este; que las del oeste son algo más suaves y oscuras.

Otro aspecto a resaltar es la abundancia de chozos y corrales pastoriles, lo que pone de manifiesto la importancia de la ganadería ovina en épocas lejanas. Pasamos cerca de los corrales y chozo de Pedro Mozo, en buen estado, en el término de Cevico; luego por los corrales y chozo de la Nave, que se mantiene en pie, en Alba. También en este término vimos los corrales del Páramo Angosto, en un precioso lugar, cuyos dos chozos puede decirse que ya han desaparecido.

En los Cariñuelos vimos un enorme chozo con un increíble corral semicircular que contiene dos corralizas, en mal estado todo el conjunto, y, en la ladera norte de este mismo páramo, otro curioso chozo con un corral circular dividido en dos originales mitades. No le queda mucho futuro. Ya de vuelta, cerca de las laderas de las Claras, de un blanco hasta brillante, en Población, vimos las ruinas de otro chozo de pastor junto a un camino que ni está señalado en los mapas y que lleva las Gargantada.

En fin, si a todo esto le añadimos manchas de monte, campos de cultivo agrestes por la abundancia de piedra, encinas y robles aislados, y un tiempo helador en un día de sol luminoso y con poco viento, diremos que la jornada anduvo cerca de la perfección.

Aquí dejamos el trayecto seguido. Aviso: la primera parte de la bajada de los Cariñuelos se hizo con la bici de la mano.

Valoria y Valvení

5 octubre, 2016

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Esta excursión discurre por los últimos valles y cerros del Cerrato, cuando éste desaparece cortado por el caudaloso río Pisuerga. Valoria se encuentra a unos 2 km de la desembocadura del arroyo Madrazo en ese río, bien protegida por el pico del Águila al norte y por las laderas de Aguileras, al sur. Posee una original iglesia de planta exagonal, un viejo molino, palacios, una quesería, bodegas modernas y tradicionales…

Las bodegas

Empezamos la excursión por éstas últimas, y nos acercamos a la Bodega Grande, que en realidad es un grupo de bodegas de las de toda la vida especialmente cuidadas. Merece la pena dar un paseo por sus senderos para contemplar de cerca estas construcciones tradicionales. Son muchas, y las hay de todo tipo, tal vez las más llamativas sean esas con la fachada construida en piedra de tonalidades rosadas. Ideales para pasar una agradable tarde en compañía de amigos o familiares. Delante del montículo en el que se agrupan vemos una pradera en la que hasta hace poco hubo una fuente que ahora está clausurada.

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En la Bodega Chica

La denominada Bodega Chica no tiene nada que ver. Hubo menos bodegas y ahora no hay ninguna, pues todas están reducidas a escombros: o bien hundidas o bien saturadas de tierra y porquería.

De manera que subimos al páramo por el camino de San Millán. Bueno, pues este camino se acaba sin previo aviso cuando queda un kilómetro hasta arriba. Se ve que en otra época fue utilizado, pues el firme –destrozado por la escorrentía y lleno de maleza- puede adivinarse. Pero… como somos ciclistas todo terreno, llegamos al páramo como buenamente podemos. Al final, con la bici al hombro.

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Desde arriba

Una lengua de páramo

Como siempre, ha merecido la pena. Estamos en una lengua, o istmo más bien, pues dominamos tanto el valle del norte –del que venimos- como del sur. La parte más ancha se aprovecha para cultivo de cereal y la más estrecha es perdido con alguna encina. Pasamos junto al vértice Senderillo que también da nombre a las laderas hacia Valvení, o Miralrío, si miráramos hacial el Pisuerga .

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Pico de la Muedra

Navegando entre dos valles nos acercamos al pico de la Muedra o del Castillo. Desde luego, es un lugar perfecto para un edificio defensivo, pues domina un amplio territorio. Pero no queda rastro. Hacia Valvení las laderas, de tonalidades blancas, están acarcavadas por efecto de la lluvia y otros elementos.

Descendemos a campo traviesa. Desde abajo también impresiona la falda de este cerro: potente, proporcionada, blanca, formando una especie de circo acogedor, con un resalte de caliza más oscuro tres metros por debajo de la rasante del páramo…

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Laderas

Valvení, benigno ¡y largo!

Una suave subida y descendemos, esta vez, a San Martín, donde iniciamos un largo ascenso de 10 km hasta llegar de nuevo al páramo. El valle se irá, poco a poco, estrechando. A la derecha, hazas que ascienden suavemente; a la izquierda, laderas empinadas y mogotes desprendidos. Cada pocos metros, el paisaje cambia.

Pasamos por la Granja San Andrés donde pensábamos saludar a sus mastines, que suelen salir al encuentro de los ciclistas, pero deben estar trabajando con sus ovejas. De todas formas, nos paramos en las ruinas de la Ermita Vieja, antigua parroquia de San Andrés en otros tiempos que, a duras penas, mantiene el cementerio en un cercado contiguo: Aquí también vemos la fachada de un antiguo palacete, casas de labranza, ruinas y una fuente.

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Fuente de Santiago

El valle es tan largo que no cuesta subirlo. Las laderas se van llenando de robles y en el fondo de la cuenca hay abundante humedad e incluso corren todavía hilos de agua. Y llegamos a la fuente de Santiago que se encuentra a media ladera no lejos del ras del páramo. Echa dos chorros de agua, lo que no está mal pues ya nos encontramos en septiembre y sin llover. La han limpiado y han ampliado un espacio llano ideal para descabezar una siestecilla.

Un poco más y pasamos junto al Roblón, alto, enhiesto, en mitad de lo poco que queda de vallejo. Ya arriba, conectamos con la cañada real Burgalesa, donde alguien ha colocado un cartel explicativo.

…y el valle del Madrazo

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Cubillas

¡Qué agradable y largo descenso hasta Población de Cerrato! Pero no paramos sino a coger  agua. Por la cañada de Dueñas subimos, a campo traviesa y cruzando un descuidado joso, al páramo de enfrente. De nuevo nos paramos a contemplar el paisaje y luego a examinar un chozo de pastor con su correspondiente corral.

La etapa siguiente nos lleva al Castillo y a las minas de cal que hay encima de Cubillas. Bueno del Castillo sólo queda el topónimo, como en la Muedra. Cierto que es el lugar ideal para levantar uno, pero lo edificaron y luego –piedra a piedra- se lo llevaron, de forma que no quedan ni las huellas. De la explotación de cal quedan las laderas blancas bien abiertas con entrantes y salientes. Y, debajo, las casas, campos y caminos de Cubillas en medio de este valle cerrateño. Destacan una enorme iglesia –desproporcionada para tan pequeña localidad- y una ermita ya en la afueras. Junto a la iglesia vemos las bodegas o cubillas.

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Restos de las viejas minas

Y aprovechamos la carretera para pedalear con menos esfuerzo y llegar a Valoria por la plaza del Hortal, donde ya no hemos encontrado el viejo pilón.

Paz

2 noviembre, 2014

Antiguo camino de Cevico

Antiguo camino de Cevico

Está a punto de terminar este largo y plácido veranillo que venimos disfrutando desde que llegó el otoño. Este fin de semana parece que al fin cambiará el tiempo –lluvia, viento- y los termómetros bajarán de golpe 8 o 10 grados. De manera que el jueves, sabiendo que todavía quedaban tardes agradables y templadas, nos fuimos hasta Valoria la Buena para subir al páramo de los Infantes.

Efectivamente, la tarde estaba apacible, soleada y con el viento el calma. Poco más de una hora le quedaba al sol cuando empezamos a subir. Tan de espaldas daba que parece que nos empujaba por el camino de buen firme que tomamos al principio. Al Este, una mambla desgajada del páramo. Al fin, nos metimos entre el Condutero –que significa algo así como conductor antiguamente- y la ladera del páramo subiendo entre campos recién sembrados, pinarillos y monte bajo en el que se podían ver dos chozos de pastor relativamente bien conservados.

La mambla

La mambla

Arriba se veía mejor el cielo y de nuevo nos daba el sol. Se trata de un páramo –como casi todos- con abundantes piedras, y con la tierra de color más bien colorado; además, los últimos rayos del sol sacaban las tonalidades rojizas de los campos. Una de las laderas se llama, precisamente, de Carrabermeja.

Virgen de la Paz

Virgen de la Paz

Pasados los pinares de repoblación pusimos rumbo hacia Valoria. Y aquí vino la sorpresa –grata- del día. Hacia el Oeste, justo en el canto del páramo, descubrimos una reciente y original ermita de la Virgen. Y digo ermita por llamarle de alguna manera: la imagen sobre un estilizado pilar; un suelo embaldosado y ligeramente elevado sobre el natural; un primer fondo con una especie de decorado de estilo oriental y, de segundo fondo, el aquí inmenso valle. El efecto es deslumbrante por lo armonioso y sencillo. Po una vez, el arquitecto o diseñador moderno ha tenido buen gusto y el conjunto no desentona en absoluto, ni es una verruga para el paisaje.

 

Poniente

Poniente

La imagen es de Santa María, Virgen de la Paz y la leyenda sigue ruega por nosotros, 2014. Que buena  falta nos hace, añado yo. Resulta que esta iniciativa se debe a la familia de un misionero, hijo del pueblo, que está en un país del lejano oriente.

Durante la bajada, bien atentos al camino. Llegamos a Valoria cuando la nave y la torre de la iglesia, ya en sombras, se recortaban sobre el cielo claro donde el sol se ponía. Ya no le quedan días como éste al 2014.

Iglesia de San Pedro

Iglesia de San Pedro

Por el Cerrato palentino

9 junio, 2014

cerrato

Un día luminoso con buena temperatura nos animó a buscar los páramos. Como punto de partida, Valoria la Buena, donde iniciamos ruta para ascender, primero de forma suave y luego con buenas rampas y un firme de gravilla y canto rodado que dificultaba la subida.

Después del esfuerzo tunemos tiempo para reponernos y rodar por la horizontalidad perfecta y amplia del páramo. Se aprecia el cambio de colorido de los cereales que ocupan la mayor parte de los sembrados de esta zona, ya que hace unas semanas eran de un verde brillante y ahora mutan su color hacia tonos amarillentos, provocados por la ausencia de lluvias durante esta primavera y el calor que ha llegado casi de repente.

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Llegamos a la Cañada Burgalesa, que todavía conserva anchura y pastos, además de chozos y restos de antiguos corrales. A nuestra derecha se inicia la bajada que nos llevaría hasta la granja de San Andrés, tras pasar por el magnífico ejemplar de roble conocido por el Roblón, que custodia la fuente de Santiago. Pero se dirige hacia el Este, por lo que continuamos por la cañada. Enseguida vemos que el camino ha sido arreglado, convirtiéndose en una verdadera autopista. Tal vez tenga que ver con los trabajos que la Junta de Castilla y León y el Ministerio de Medio Ambiente llevan para delimitar este espacio mediante su apeo, amojonamiento y señalización para su puesta en valor. Esperemos que se haga en los aproximadamente 103 kilómetros del itinerario principal de esta vía por la provincia, desde Esguevillas de Esgueva hasta Fresno el Viejo.

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No es de extrañar la presencia de los corrales de la Pedriza, con sus chozos en pie, y los de la Tiñosa, en la colada de la Piojosa, estos últimos con dos imponentes chozos, corrales y tenadas. Decidimos descansar en la fuente de Valdileja, donde la sombra de los robles y encinas, el frescor del agua y las mesas colocadas en la ladera, invitan al almuerzo.

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Repuestos y descansados, pasamos por los corrales de la Cabañona, donde la altura del chozo destaca sobre la horizontalidad paramera. Descendemos en suave bajada hasta el arroyo de San Juan que se unirá al arroyo de Santiago para que, en adelante, sus aguas tomen el nombre de arroyo Madrazo, que desembocará en el Pisuerga muy cerca de Valoria. Allí un molino en ruinas y una buena pradera esperaba a los rebaños para sestear.

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Volvemos a subir por una rampa asequible a nuestras fuerzas y ya estamos de nuevo en la horizontalidad sin fin. Dejamos que la cañada siga su dirección a la Sierra de la Demanda y tomamos el camino que nos llevará a Castrillo de Onielo, tras pasar por los corrales de la Machota y otros más pequeños a nuestra izquierda, con su correspondiente chozo. En la bajada del páramo nos llama la atención una peculiar fuente, con su alta arca cubierta a doble vertiente, todo ello en piedra, a modo de pequeña casita. Castrillo está enclavado en un cerro como continuación del páramo, donde el carácter defensivo del antiguo castrum vacceo y romano queda patente en los restos de la muralla y arco con el que cuenta la villa. Lo de Onielo le viene de uno de sus primeros personajes feudales que ostentaron su señorío, la Condesa Eylo, segunda esposa del Conde Ansúrez. Del Castrello de domna Eilo mutó a Onielo. Y así ha quedado.

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Ahora, cerca del molino de abajo, nos acercamos al arroyo Maderano para seguir el camino paralelo a las aguas que existe hasta su desembocadura. Primero pasamos por Cevico de la Torre, en fiestas, para continuar hasta muy cerca del Centro Penitenciario de Dueñas, donde dejamos la compañía del Maderano para tomar un camino que nos conducirá hasta Valoria. Nuestra ruta ha terminado.

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Fotos de Miguel Ángel, y también el track