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Cerratos y castrillos de doña Eylo

1 septiembre, 2019

Volvemos al Cerrato, comarca difícilmente abarcable a lo largo de una vida, salvo que te dediques en exclusivo a ella, que no es el caso.

En esta excursión hemos tenido agradables sorpresas, como casi siempre. La primera es la bajada -que también puede hacerse de subida, claro- desde el Andutero -a la vista de Castrillo de Onielo- hacia el valle del arroyo Maderano. Se trata de un sendero, señalado también como cañada, que se pega horizontal a la ladera casi vertical, formando un camino de herradura por el que no caben dos bicis en paralelo, pero el firme es bueno (todavía). Curiosa sensación nada habitual por estas zonas no montañosas. Por cierto, al Andutero llegamos a través de un páramo estrechísimo, de esos que tanto abundan en esta comarca; desde el camino por el que rodamos se veían los dos valles formados por sus laderas.

En las rastrojera, los restos de un colmenar.

Después de bajar por el camino de herradura, nos acercamos a la ermita de la Virgen de Villabusto, restaurada. Hay que señalar que aquí disponemos de una magnífica fuente (artificial) donde saciar la sed, especialmente si son días calurosos, como estos.

Un dato curioso: el Onielo de Castrillo se lo debemos a la mujer del conde Ansúrez, doña Eylo. No pasamos por la localidad propiamente dicha, pero sí por un molino junto al Maderano, que luego fue palomar y hoy ruina, así como por un palomar en forma de torre.

Molino, palomar, ruina.

Otra sorpresa fue descubrir los corrales del , a 400 m de la cañada real Burgalesa, con su esbelto chozo que aun no está derribado. Su puerta es ancha y relativamente alta: hay que agacharse solo un poco. También pasamos por otros muchos corrales y chozos, ya conocidos, y por algunos reducidos a un montón de piedras. Las corralizas mejor conservadas las vimos junto a la cañada Burgalesa, que antes de llegar a Villaconancio ha mantenido en su superficie el antiguo monte de roble.

Valle del arroyo Maderano.

Rodamos por espesos montes de encina y roble, por descampados, por monte bajo, por terrenos ondulados y rasantes, por laderas; vimos los diferentes colores de la tierra que asoman en las laderas, así como las viseras de caliza, que tanto abundan. Pasamos por excelente miradores -como el del rollo de Vertavillo, o el páramo de la Cercada en Alba, o el Lego, sobre la ermita de la Virgen de Hontoria. Y por multitud -¡qué abundantes en otros tiempos!- de colmenares arruinados.

Corrales del Bú.

En todo caso, estábamos a finales de agosto. La tierra -también en el habitualmente verde monte cerrateño- se encontraba amarilla y polvorienta. El calor la ha dejado exangüe y parece desear las lluvias como los agricultores el agua de mayo. ¡Dura tierra castellana!

Aquí dejamos la ruta. El GPS ha acortado algún trayecto.

Por el Cerrato, alrededores de Vertavillo

17 febrero, 2019

De nuevo el Cerrato. La verdad es que cuando Tierra de Campos o de Medina están de un color pardo tristón -lo que es normal en invierno- el Cerrato ofrece una hermosa estampa, mucho más viva, de manera que casi nunca defrauda. El intenso verde de las encinas, el naranja oscuro de los robles que siguen manteniendo su hoja, el blanco de las laderas… unidos a los pardos del terreno en reposo, a la viveza de los valles que verdeguean y a los azules y grises del cielo, hacen del invierno cerrateño una estación ideal para rodarla, si es que se pueden rodar las estaciones.

A eso hemos de añadir otros objetos que le dan un toque humano al paisaje: colmenares, corrales, chozos, fuentes, casetos, hitos y molinos. Y cuando estás entra las onduladas laderas, no es difícil toparse visualmente con lo más alto de la torre de la iglesia de algún pueblo. Todo esto además de las muchas cañadas, pues siempre fue una comarca eminentemente ganadera.

Laderas

Esta fue una excursión corta pero intensa. En la primera parte, ascendimos al páramo por el valle del arroyo de los Arroyuelos, nombra que sin duda hace referencia a abundancia de agua. Enseguida descubrimos un viejo pero no muy abandonado colmenar, con sus huecos para alojar colmenas que habían estado hasta hace poco en uso. Ya se sabe: miel, queso y gato, del Cerrato. A mitad de valle, paramos en la fuente de la Reina. Se oía manar abundante agua. Pero la fuente propiamente dicha se encontraba tapada por un denso juncal. Seguimos por el valle, que se fue cerrando hasta adentrarnos en un denso robledal. Muy por encima, los cerrales de yeso parecían vigilarnos. Enseguida nos encontramos con los corrales y chozo de Valdepozo, bien protegidos del norte por la ladera. El chozo se encuentra separado y los corrales debieron ser importantes, a juzgar por los restos que vemos.

Fuente de la Tiñosa

Todavía nos quedaba una última sorpresa en el valle: la fuente de la Tiñosa. Bueno, el nombre de la fuente no lo sé, pero está muy próxima a los corrales del mismo nombre que, a su vez, reciben el nombre del páramo que está al norte. Se trata de una fuente de un buen pozo que rebosa, del mismo tipo que la del Valle del Horno, pero mucho más sencilla. Estaba seca.

Al llegar al páramo pusimos rumbo a Vertavillo, si bien nos paramos al iniciar la cuesta abajo para contemplar, al fondo, el pueblo y, delante del caserío, la ermita del Santo Cristo.

Chozo de Morato

A continuación, subimos al páramo de Arriba. Se trata de un páramo angosto y largo, de esos que abundan en el Cerrato. Al norte, Valdecuriel y al sur el valle del arroyo Madrazo; podías elegir vista al rodar. Los primeros kilómetros discurrieron entre tierras de cultivo, pero al poco el paisaje se volvió una mezcla entre montaraz y agrícola. En los corrales del Títere pudimos ver la lucha entre un chozo y una encina. Estará claro que, en pleno siglo XXI, acabará ganando la encina. Los corrales no están construidos sin ton ni son: las tapias de piedra son extraordinariamente anchas, para las esquinas suelen usarse piedras próximas a la cantería y los chozos suelen tener contramuro, a modo de cincho. Después pasamos por los corrales del Lego, con su chozo desmochado. Finalmente, el chozo de Morato había sido despojado de su primera capa de piedras pero ahí seguía, capeando el temporal. ¿Por cuánto tiempo?

Aviso para navegantes: hay muchos caminos que no vienen en el mapa y están en la realidad, y otros muchos que aparecen en los mapas pero no existen sobre el terreno. Supongo que habrán cambiado últimamente y no se ha recogido en las últimas ediciones. Por eso, si habitualmente nos metemos a campo traviesa, esta vez lo hemos hecho un poco más de la cuenta, especialmente en el monte de Valdelobos donde, al parecer, todo ha cambiado. También hemos echado en falta algunas fuentes nombradas en el mapa: o han desaparecido o bien no estaban bien señaladas. Y alguna, como la de la Tiñosa, no figuraba en los mapas a pesar de su excelente porte.

Por Valdelobos

Por Valdecuriel también abundaban los corrales, algunos prácticamente sepultados entre los encinares. Este valle nos lleva hasta Castrillo de Onielo, pero no entramos en esta localidad que perteneciera a doña Eilo y que se asienta sobre una colina; subimos y bajamos hasta aparecer de nuevo por Vertavillo, donde hicimos un alto para contemplar sus palomares. Protegidos por el páramo de Abajo, llegamos al molino de Alba. ¡Todavía conserva el rodezno con su eje en el cárcavo! Pudimos ver la balsa, el almacén y otras dependencias. No aguantará mucho tiempo más, a pesar de la excelente piedra de cantería que se ha utilizado en este ingenio…

Aquí, la ruta.

El molino

Por la Cañada Real Burgalesa

25 julio, 2008

De igual forma que nuestra provincia está atravesada por ríos y arroyos que conducen aguas de las sierras hasta el mar, está surcada también por caminos ganaderos que conducían los merinos desde las sierras de León y Soria hasta las dehesas de Extremadura y La Mancha.

Son las cañadas, cordeles y veredas. O eran, porque ya casi no se utilizan. De Vertavillo a Valoria hemos tenido la oportunidad de circular por una de ellas, la Cañada Real Burgalesa, que utilizaron los pastores de las Sierra de la Demanda para llegar, sobre todo, a Extremadura.

Esta cañada se conserva relativamente bien, pues cruza solitaria por los páramos de la Esgueva y paralela a este río, desde Hérmedes de Cerrato hasta las proximidades de Valladolid, cuando baja del páramo entre Renedo y Santovenia para llegar al descansadero de la pradera del Carmen, donde los rebaños hacían noche.

Dejamos la fuente de Valdileja para subir al páramo. Descubrimos una comarca agrícola, forestal y ganadera, pues abundan los cultivos de cereal, las encinas y robles y los corrales y chozos para el ganado. Muy cerca de la fuente están los corrales de la Tiñosa, con chozo incluido. También hay alimañas por los nombres de algunos lugares: las Hoyadas Loberas, por ejemplo. Y cruzamos una llanura de tierra rojiza cuarteada por los hileras de robles hasta llegar a la carretera que viene de Amusquillo para Alba.

Ya al otro lado de la carretera una caseta con pozo nos permite refrescarnos. Muy cerca, un complejo de 4 chozos bien conservados y 14 corralizas, son los llamados corrales de la Pedriza. Toda una lección de etnografía pastoril.

Y enseguida entramos en la Cañada Real Burgalesa, que venía unos centenares de metros a la izquierda de nuestra ruta. Ahora no tenemos mas que dejarnos llevar por la cañada, siempre protegida por robles: gracias al monte los agricultores no la han utilizado, como han hecho con tantas otras en Castilla. Ahora se una como medio de comunicación, pues un camino rural nos sirve para nuestra excursión. Además, es una verdadera reserva natural, pues la fauna encuentra en sus quejigos una estupenda protección.

En definitiva, que todavía podemos decir en pleno siglo XXI que nos desplazamos por una auténtica cañada real. Mide noventa varas o más en casi todo el tramo que recorremos ahora.

Cruzamos las carreteras que unen Esguevillas con Alba y Población y seguimos, sin variaciones, por la amplia y llana paramera. Llegamos por fin, a unas corralizas en las que se distinguen los restos de dos chozos con bóveda. Son los corrales de el Raso, entre Cubillas, Piña y San Martín de Valvení. Aquí dejamos la cañada para cruzar el páramo y bajar, veloces, a Valoria.

El Cerrato, una comarca encantada

21 julio, 2008

Existe una comarca que pertenece administrativamente a dos provincias–Palencia y Valladolid- llamada El Cerrato. Es una comarca mágica y encantada: ríos, arroyos y páramos se entremezclan formando cerros, valles, barcos, mamblas y paramillos. Y todo se adorna con fuentes, pozos, molinos, robledales, cañadas, chozos y corralizas. No se sabe exactamente donde empieza o donde termina (Ahí están, por ejemplo, Cabezón de Cerrato o Villamuriel de Cerrato…)

Aproximadamente 50 kms

Aquí no abundan los amplios páramos, como en Torozos, sino que son estrechas y largas lenguas de llanura, son páramos pequeños; la llamativa abundancia de fuentes y arroyos ha provocado este paisaje de continuos y variados valles y elevaciones.

Su peculiar orografía ha propiciado también su aislamiento e incomunicación, pues no lo cruzan carreteras generales, sino comarcales y locales. La abundancia de laderas facilita el crecimiento de montes y matorral diverso, haciendo de esta comarca una de las más salvajes en la provincia de Valladolid al menos. No son raros los lobos.

En esta excursión –que iniciamos en Valoria la Buena llegando hasta Vertavillo- nos esperaba, en primer lugar Valoria, que es como un guardián en la boca del valle. Su original iglesia de planta octogonal bien merece una visita. También pueden ser visitadas –y probadas, claro- la bodega Pilcar y la quesería Quevedo, que nos trasforman en alimento los productos del Cerrato. Valoria es, además, un territorio perfecto para excursiones a pie. ¿Sugerencias? La panorámica desde el pico del Águila; las ruinas del molino de la Galleta, en la ribera del Pisuerga; los chozos, corrales de Carramonte; la Mambla y su vallejo; la granja Hernani; el promontorio de Mira al Río; las riberas próximas a la Muedra…

Y ahora nos trasladamos a Vertavillo, dejando para la siguiente entrada el páramo de Llantadas por el que fuimos hasta esa localidad y la Cañada Real Burgalesa, por donde volvimos.

Vertavillo se encuentra perdido en el Cerrato, en el mismo valle que Valoria, pero más arriba y con unas laderas, por tanto, mucho menos elevadas. Posee molinos y arroyos: Madrazos, Arroyales, Arroyuelos y abundantes a la par que excelentes fuentes: Valduntrigo, Junqueruela, Ligueras… Se asienta en una ladera y a sus pies verdes arboledas desprenden cierto frescor. Es, por así decirlo, el típico pueblo castellano de los de antes, de los de toda la vida. Hoy contemplamos todavía una puerta, del Postigo –que abre el pueblo al valle- y un señorial rollo renacentista recuerda la justicia que aquí se impartía.

Pero, sin duda, lo mejor de Vertavillo es su paisaje: pequeñas llanuras salpicadas de roble que da cereal; densas laderas de encina y quejigo que protegen animales de todo tipo; valles húmedos, amplios y largos, como el de Arranca, que es cañada real y limita con Villaco; vallejos y barcos con la caliza rasgando la tierra… Todo aquí es primigenio, profundo y poético a la vez. Hasta alguna mariposa nos hizo compañía. Lo mágico del Cerrato se siente aquí con particular intensidad.

Y, ya cerca del páramo y de los corrales de la Tiñosa, la fuente de Valdileja, donde comimos. Su agua es fresquísima, y gracias a su pilón pueden refrescarse también bebidas o frutas. Al lado, unas mesas facilitan la postura y unos robles dan sombra, refrescante también. En un lugar así el verano abrasador no existe. ¡Palabra!