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Vientos huracanados

10 febrero, 2017

4-febrero-001No está el horno para bollos, ni el fin de semana pasado estaba para salidas en bici. El viento, que continuamente rugía y hacía temblar farolas, vallados ycarteles de  anuncios, y empujaba ramas, papeles y cartones, desanimaba al ciclista. Tanto que sólo vi a otros dos rodadores en la excursión que hice hasta Aniago el sábado por la mañana. Cualquier otro sábado a esas horas me habría cruzado con varias decenas de rodadores.

Pero tampoco es para tanto. Si te vas al pinar –como hice- resulta que el viento se reduce enormemente. No es que no se note, pero casi. De manera que atravesé el pinar de Antequera, crucé por Puente Duero y tomé diversos caminos en el pinar del Esparragal que me llevaron a Pesqueruela. Allí el río discurría tranquilo y todavía casi transparente, no había recogido el agua de las últimas lluvias.

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Desde Pesqueruela rodé por un camino de servicio de la finca de Aniago que me llevó hasta el viejo monasterio. Fue un trayecto de menos de 3 km pero sin pinos ni obstáculos que, precisamente por eso, se me hizo eterno.  Al llegar al destino y ver los restos de su espadaña, claustro y otras dependencias me acordé de una cita de un libro escrito en el siglo XIX que había leído hace poco y que trata sobre nuestros antiguos mozárabes:

…en el país de los cristianos libres, donde el oficio mozárabe estaba proscrito y desterrado desde el siglo XI, no faltaron, por fortuna, algunos varones religiosos y entusiastas por nuestras antigüedades eclesiásticas que viesen con dolor la inminente desaparición de tan insignes memorias. Así, en 1436 restauró este Oficio el obispo de Segovia en un lugar de su diócesis llamado Aniago.

Y suspiré: ¡cuánta desolación ha pasado por tantos edificios de nuestros campos y pueblos! Al menos, el rito mozárabe sobrevive hoy en la catedral de Toledo y, en fechas señaladas, en San Juan de Baños o en la catedral de Salamanca… Los cardos secos contra las viejas tapias parecían acompañar mis pensamientos.

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La vuelta, más rápida por el viento en popa, la hice por el monte Blanco. Aquí, como los pinos del pinar a la ida, las encinas estaban limpias por la lluvia reciente e incluso relucientes por el sol que tímidamente quería salir pero se volvía a ocultar.

Ya en el Pinar de Antequera esperaban Javier y Almu con unas patatas con chorizo y champiñones haciéndose a la lumbre, Óscar con unas orejas picantes de su autoría y Miguel Ángel con una botella de buen tintorro; conste que yo aporté un curioso blanco de tempranillo. Así que di el viento por bien empleado.

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