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Los montes Torozos, el valle del Sequillo y el Balcón (de la Filosofía)

25 junio, 2016

Montes Torozos 2016

Como el último recorrido por el monte Curto gustó a algunos, volvimos a las andadas, digo a las rodadas, y el domingo pasado estábamos en la Santa Espina preparados para dar retozar otra vez por los montes Torozos.

Al inicio de la excursión

Al inicio de la excursión

Pasamos primero el monte de la Santa Espina, tan reluciente y colorido como el monte Curto hace una semana. Una diferencia notable entre ambos es que el de la Espina se ha repoblado en algunos puntos con pinos carrasqueños, lo que le aleja un tanto del típico monte de quejigo y encina. Pensábamos que ya andaría el paisaje un poco amarillo, pero no, ahí estaban todas las flores (sencillas) del mundo. Seguía predominando la coronilla y la tamarilla, ahora con notable profusión de zumillos y jarales. Como parte de esta flora es leñosa, aguanta mejor que los herbazales. De todas formas, donde la había, la hierba tampoco estaba muy seca. Todo parecía engalanado para una boda. Para una boda de las de antes en los pueblos, nada que ver con esas otras horteradas de mal gusto tan frecuentes hoy. Así que paseamos por allí como si estuviéramos en un paraíso sencillo y recién estrenado.

Flor de uña de gato encarnada o vinagreta, visible ahora en nuetros montes

Flor de “uña de gato encarnada” o “vinagreta”, visible ahora en nuetros montes

Otro gallo nos cantó en el monte de San Luis o Morejón, en el término de Tordehumos. Es un monte que cada vez tiene menos (hectáreas) de monte. Ha sido roturado para dedicarlo a cultivos. Había buenas extensiones de forrajeras y algo de trigo. Pero lo peor de todo es que estaba atravesado por un sinfín de pistas realizas con maquinaria pesada. Otras zonas, estaban ya abiertas pero sin cultivar. Una pena, vamos, una pena de monte. Ya se ve que aquí el desmonte no ha parado desde la desamortización. Lento pero seguro.

La casa y la encina

La casa y la encina

Hasta que llegamos al monte Curto, esquivando la casa de Herrero. ¡Qué gozada de paraje! Tanto, que le dimos varias vueltas para llenarnos bien de sus esencias. Tiene dos casas del Monte. La más interior, dedicada a corral para guarda de ganado. Da la impresión de que no se suele utilizar. De hecho, con dificultad, por la maleza, nos acercamos a ella. La segunda ¡oh, sorpresa! le resultó un tanto familiar a Miguel Ángel, pues ¡había pasado en ella un día con su padre –cazador- hace muchos años! Efectivamente, conocida también como de Carvajal (o Carbajal, según los mapas modernos), era la vivienda del guarda. Es de buena piedra, con dos plantas, flanqueda por una higuera y se encuentra en un claro del bosque donde crece una solitaria y enorme encina, seguramente la más vieja del monte. La hierba nos llegaba por encima de la cintura. La casa está candada y con rejas en las ventanas, gracias a lo cual los cazadores todavía podrán utilizarla, suponemos. Al lado, corrales en ruina.

Claro en el monte con adormideras

Claro en el monte con adormideras

Dimos unas cuantas vueltas por este monte –de inmejorables caminos con los bogales cubiertos de tierra roja, perfecto firme para rodar- hasta tomar luego las sendas del cerral en dirección sureste primero y luego suroeste, contemplando a cada momento el valle del Sequillo y la infinita Tierra de Campos, y dar con el Balcón, especie de lengua que sale a la altura del bocacerral y que, adelantándose hacia el valle del Sequillo, permite contemplarlo tanto aguas arriba como abajo, porque es eso, un balcón natural. Y allí nos dedicamos a la admiración de la naturaleza y a filosofar, deliberando sobre si hay sitios mejores y más tranquilos que este en nuestra geografía patria e intentando averiguar el nombre de los pueblos y cerros que se adivinaban en lontananza, presididos todos por los altos montes de León, al fondo. O sea, que por unos momentos nos consideramos de los más afortunados entre los mortales. Tanto que decidimos dejar para otra ocasión el ascenso al cerro de Santa Cristina, tras el castillo de Tordehumos, objetivo último de esta excursión. Alguno se subió al vértice geodésico próximo –desde el que no se ve gran cosa, la verdad- y otros bajamos hasta una zona de chopos, álamos y negrillos que descubrimos junto al pliegue noreste del Balcón. Pero no había manantial fluyente. Hasta que nos fuimos a seguir recorriendo el cerral.

Tordehumos al fondo

Tordehumos al fondo

Luego, nos dejamos caer hacia el valle, pasamos  junto al cerro del Caballo, cuyo perfil verdaderamente recuerda la grupa, lomo y cruz de este animal, y corrimos una aventurilla a campo traviesa entre guisantes forrajeros de la que salimos bien parados (ya se sabe, a veces los caminos se acaban sin avisar). Al poco, rodando sin traba por el camino del Manantial, estábamos en Casa Ursi, de Villabrágima, el mismo lugar donde Miguel Delibes solía reponerse después de cazar en los montes cercanos. Nosotros también nos recuperamos un poco a la vez que nos llenaron los bidones.

Desde el Balcón

Desde el Balcón

Para empezar el regreso subimos al monte Curto, de nuevo cruzamos el monte de la Santa Espina para caer, esta vez, sobre la cañada de los Aguachales, que nos condujo al valle del Bajoz. Finalmente, atravesamos el recinto murado de la Santa Espina y nos dimos un respiro reposando sobre los rústicos bancos de madera junto al estanque, mientras los patos nos miraban de reojo (por si caía algo) y las palomas bajaban a los  bebederos.

Valle del Bajoz

Valle del Bajoz

El día y los kilómetros (48 aproximadamente) habían merecido la pena. Con creces.

 

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Monte Curto

18 junio, 2016

Monte Curto(1)Alrededor del monasterio de la Santa Espina se extiende una gran mancha de monte de encina y roble perteneciente a los denominados Montes Torozos, que en otro tiempo cubrían todo el páramo. Pues bien, el extremo norte de esa mancha, que pertenece al término municipal de Villabrágima, es el denominado monte Curto. Creí que estaría vallado y, por tanto, inaccesible al ciclista o caminante, pero no lo está, o no lo está en exceso. De hecho sólo hay dos fincas valladas dedicadas al ganado vacuno, en el extremo próximo a Castromonte y nada más, que hayamos apreciado. Parece, pues, un monte de utilidad pública o común de propiedad municipal.

Cerca de Castromonte

Cerca de Castromonte

Hay caza: jabalíes, corzos, zorros. Y, por supuesto, conejos y torcaces. En las lindes, liebres y perdices. Pero no vimos nada. La tarde parecía muerta en el aspecto cinegético. Casi mejor así porque, como esta vez iba solo, mejor no encontrarse enfrente un jabalí de cien kilos. Más de una vez cazó por aquí Miguel Delibes; y una de ellas se perdió. También cuenta que en este arcabuco los conejos lo tienen muy fácil para esconderse y, si se dejan ver, atraviesan los estrechos pasillos sin dar ocasión al disparo…

No abundan los grandes robles

No abundan los grandes robles

El monte y la tarde estaban hermosos. El cielo, azul con nubes altas y blancas. El aire, en suave brisa. El tapiz del suelo, verde y salpicado de millones de flores de todos los colores. Sin duda, ganaba por goleada la humilde coronilla  pero también abundaba la tamarilla o el té de monte. Me llamó la atención un buen grupo de adormideras, esa flor como la amapola pero azul y más alta. O sea, opio. Y en alguna zona umbría, bonitos y sencillos ejemplares de lirio español.

Caminito

Caminito

Parecía un monte recién estrenado, con el suelo rociado de esmalte multicolor, los robles jóvenes y semidesnudos, pocas encinas, la luz colándose por todas partes y la brisa agitándolo todo delicadamente. Si bien este monte, milenario, podría estar poblado de enormes y –por tanto- sombríos robles y oscuras encinas.

Los caminos, con el excelente firme del páramo en las zonas que aflora la caliza. Y, sobre la mayoría de los bogales, una fina capa de tierra roja. Se rodaba muy a gusto. Unos caminos eran pistas relativamente anchas pero lo otros, más abundantes, eran caminitos con dos roderas y en el medio una cinta de hierba con flores, al igual que el resto del suelo del bosque. Como dos senderos paralelos.

Villabrágima

Villabrágima

Cuando me quise dar cuenta estaba frente al cerro de Pilatos y con Villabrágima al fondo. Acabé bajando por una senda en el lugar denominado Fuente del Montanero (ni había fuente ni creo que quede ya montanero en el monte). La senda se acabó pero acabé dando con un camino enyerbado que me sacó a otro normalito.

Últimas carrascas

Últimas matas

Empecé a dar la vuelta pasando por el cerro Pajares y sus señaladas cárcavas y de nuevo subí al páramo, tomando ahora la dirección del lugar que llaman Garinos los de Castromonte, en dirección hacia Valverde de Campos. Es una hondonada donde se inicia el valle del Pico. Y de vuelta a Castromonte, donde entré utilizando el camino de Santiago.

Hemos recorrido unos 30 km para redescubrir el monte Curto. Ya le daremos más vueltas.

Lirio

Lirio

El día que levantó la niebla. De Sardonedo al castillo de los Quijada

15 enero, 2015

Valdenebro Villabru00E1gima

Llevábamos en la ciudad –y en buena parte de la región- dos semanas sin ver el sol a causa de la persistente niebla. A pesar de todo decidimos salir, pues el parte pronosticaba vientos moderados. Ese viento barrerá las nieblas, seguro. Eso creíamos.

Empezamos a pedalear desde Valdenebro de los Valles. En el mirador que hay en la esquina norte del pueblo se veía el Moclín cubierto de niebla espesa. Bueno, levantará a mediodía. El viento nos iba a dar de cara al menos durante la primera parte del trayecto.

En Sardonedo

En Sardonedo

Enseguida llegamos a Sardonedo, que ahora es un vértice geodésico que señala el punto más alto de la paramera de Torozos (856). También es el nombre de una finca pero antaño fue un monte, del que hoy no quedan más allá de unos pocos quejigos y encinas. Y, como la niebla espesaba, no pudimos ver demasiado panorama. A poco más de un tiro de piedra está la fuente del Prado y, hacia el noroeste, estuvo el convento del Valdescopezo.

Los caminos estaban con buen firme y poco barro. Pasamos cerca de los cálamo sque señalan el nacimiento del arroyo de Coruñeses y luego junto a un chozo de planta cuadrada. Un poco más y llegábamos al caserío de Coruñeses, donde el Tren Burra giraba 90 grados hacia el Oeste y había un apeadero.

El palacete de Valverde

El palacete de Valverde

Y ¡a descender si prisa por el vallejo hasta Valverde de Campos! La verdad es que el paisaje es precioso: laderas verdes, el firme del tren a media altura, dos molinos de cubo, abundantes huertas –alguna con noria-, frutales, fuentes, alamedas… En el pueblo nos recibe la iglesia de Santa María, con su austera espadaña con tribuna para acceder al campanario y su acogedor atrio. Enfrente, como contrapunto, la sencilla ermita del Cristo.

Como de lejos nos llamó la atención un palacete de piedra que sobresale en el caserío, nos acercamos a él. Impresiona encontrar hoy un edificio así en un pueblo perdido entre los límites de Campos y Torozos. Una muralla lo rodea; el arroyo de Coruñeses se oculta para pasar canalizado por la finca. Pero la maleza se está apropiando de sus muros, puertas y ventanas, lo cual significa que tiene los días contados…

Desde el Pico

Desde el Pico

La etapa sigiente consistió en un agradable paseo por el páramo. Subimos por el Pico, y ya allí nos asomamos a las inmensa Tierra de Campos. Pero no vimos demasiado. A pesar de que el viento había elevado la niebla, y de que por algún instante tímidos rayos de sol se colaban, no se veía demasiado. Todo lo más, Medina de Rioseco o el mismo Valverde entre neblinas. Pasamos junto a la Carva (845) después de comprobar que ha desaparecido por completo la cañada del Aguachal, que cruzaba por este pago.

 

Campos de Villabrágima

Campos de Villabrágima

Por fin, nos dejamos caer entre los cerros de la Ballesta y de Pajares. Entramos en Villabrágima por un camino flanqueado por dos tapias de piedra que parecen más bien murallas de una fortaleza. La del oeste está especialmente bien construida, con enormes piezas sin trabajar que le sirven de base y sobre las que se asientan otras más pequeñas.

El trayecto hasta Villagarcía lo hacemos por un amplio camino paralelo a la carretera que hasta hace poco era conocido como La Zamorana, porque hacia esa ciudad se dirigía. Cruzamos pequeños regatos, algunas alamedas y ruinas de antiguas casas de labor. El sol quiere salir pero no puede, aun queda mucha niebla por barrer.

El molino

El molino

Por fin, nos plantamos ante las ruinas del molino de viento de Anunciación Maseda, de planta circular, sobre una ondulación del terreno. Las paredes de la primera planta, de buena sillería, están perfectas gracias a la calidad de la piedra caliza. De la dos puertas, una conserva el arco con la clave como queriendo huir. Están los agujeros sobre los que se asentaban las vigas de la primera planta y el colector de harina labrado en la pared. El resto fue cayendo y rodando hacia el canal de Macías Picavea.

En Villagarcía están limpiando y consolidando el castillo-palacio de los Quijada, por lo que no podemos entrar. Nos acercamos a la Colegiata de San Luis y damos un paseo por el pueblo, todo él repleto de casas y palacetes en piedra de sillería que lo convierten en una localidad verdaderamente noble. Y reponemos fuerzas, que va siendo hora.

La vuelta la dejamos para la siguiente entrada. Hemos recorrido ya 30 km aproximadamente. La excursión completa son 58 km.

Villafrechós,Villalombrós,Villaesper,Villabrágima

4 diciembre, 2010


Seguimos -continuando la ruta de la entrada anterior-  en Tierra de Campos y nos metemos, además, en el corazón de esta tierra de villas. ¡Qué barbaridad! ¡Cuántos topónimos con este comienzo!
Pero bueno, hablemos algo del paisaje. Salimos de Cabreros del Monte desde la laguna –hay fochas y patos, aunque está sucia- y tomamos el camino que nos lleva, en directo, a Villafrechós. En una elevación del terreno podemos ver de nuevo los anchos campos de Castilla que llegan desde Santa Eufemia del Arroyo –a nuestros pies-  hasta el Teleno por el Oeste y hasta la montaña palentina por el Noreste. Un rústico y sencillísimo pozo –el brocal, de una pieza- situado junto a una reguera nos dice que aquí estuvo Curieses, hoy despoblado. Y, a un kilómetro del pueblo, una fuente seca con arco de ladrillo nos habla del valor que antaño tuvieron estos manantiales, hoy sucios y despreciados.


Villafrechós es  grande. Tiene un poco de todo, hasta farmacia y estanco. Pasamos por la calle del Castillo, señal inequívoca de que lo hubo aunque ya no quede nada. Impresiona la alta cerca del convento, de tapial con verdugadas de ladrillo y asientos de piedra. Y las iglesias y las casas blasonadas, por no hablar de los palomares y los restos del molino de viento. Junto a la Virgen de Cabo un prado, una fuente y bancos nos acogen para descansar.
Al poco de salir vemos una mínima alameda y en ella descubrimos otra fuente, también con arco de ladrillo y perdida, un palomar que más bien es ya un pedazo de tierra, y una higuera. Al final del camino, en el cruce, de nuevo nos paramos a contemplar la inmensidad que abarcan estos campos de tierra. Imposible acostumbrarse a sus dimensiones.
Y descendemos hasta tomar la cañada de los Caleros llegando por ella hasta el despoblado de Villalombrós o Villalumbrós, del que nada queda, al menos a primera vista. El paisaje, sin embargo, es algo diferente: tres alamedas, varias regueras, humedales, extensos prados… parece como si los habitantes de Villalombrós hubieran escogido el lugar por su humedad ¿umbroso?, por su abundancia de agua. Pero también aquí hubo un castillo que se daban, quitaban y devolvían los reyes de  Castilla y de León.


La cañada nos lleva hasta Villaesper, con sus rústicas bodegas en lo alto, fuera del pueblo, y su impresionante iglesia de Santa María, de excelente y noble cantería… en ruinas. Así es Castilla. O la raya de Castilla y León.
Otro paseo más pasando junto a pozos pastoriles y contemplando el ancho valle del Sequillo. Al final del trayecto nos espera la última villa, Villabrágima.

Cabreros del Monte

29 noviembre, 2010

Villabrágima será el punto de partida para la excursión de hoy, que discurre por paisajes históricos y naturales de Tierra de Campos.  Se asienta a orillas del río Sequillo, entre Medina de Rioseco y Tordehumos. Junto a la iglesia de Santa María podemos apreciar lo original que debió ser su muralla, si toda ella tuvo el aire de lo que queda, la Puerta del Reloj, coronada por una especie de minarete que contiene el susodicho reloj y, en la punta, una campana. Alamedas, tapiales de piedra, casas señoriales y palomares completan la fisonomía de esta localidad, netamente terracampina.

Por un camino ancho y con buen firme que luego se irá estrechando y hundiéndose en roderas, nos dirigimos hacia Morales de Campos. Al Oeste se contemplan los cerros de Tordehumos y el perfil del pueblo en el que destacan, lógicamente, sus iglesias. Allí se firmó, entre los reyes de Castilla (Alfonso VIII) y León (Alfonso IX) el tratado de Tordehumos, de 1194 por el que, entre otras plazas, Villalmenter sería devuelto a León.  (Enseguida cruzaremos por este despoblado)


Rodamos por el término de Tordehumos y, justo en su límite, pasamos junto al arruinado caserío de Carresneros. Quedan arbustos en el camino, y unos muros y un palomar que están volviendo a los campos de tierra.

Y al poco estamos en Morales: una típica panera, casas señoriales, la iglesia del Señor Santiago -no hay mas que ver las vieiras del arco de entrada- y -cómo no- palomares, variados y abundantes palomares. Saludamos a la Virgen de los Arenales en su ermita y seguimos ruta hacia Cabreros.

Cruzamos también junto a una charca, normalmente seca. Y entre campos de labor llegamos al lugar, hoy despoblado, donde se levantó Villalmenter, que quedó en el reino de León según el tratado de Fresno-Lavandera, y luego por el de Tordehumos. Ya se ve que en las escaramuzas ganaban castellanos, y en los tratados, leoneses. Y ciertamente el lugar parece estratégico: está en un alto y domina la falda de Torozos, Villagarcía, conecta con Tordehumos, Cabreros… No queda nada, ni una mala construcción, ni restos de caserío. Eso sí, al dar un paseo andando por los campos de labor descubrimos todo tipo de restos de cerámica y algunas buenas piedras.

De Villalmenter a Cabreros vamos por un camino relativamente estrecho. Al fondo se divisa la torre de la iglesia y, más al fondo, las montañas -parece el Teleno o sus estribaciones-  nevadas, señal inequívoca de que ha llegado el invierno. Pero antes de presentarnos en la localidad no desperdiciamos la ocasión de contemplar algunos palomares, que aun subsisten en pleno campo y parece que cumpliendo su función de albergar palomas.

Y llegamos a Cabreros del Monte, donde el 26 de marzo 1206 los reyes de León y Castilla firmaron otro tratado de Paz, el primero en la historia redactado en lengua romance. En él se citan los castillos de Carpio, Valderas, Bollanos (Bolaños) y Villa Fruchoso (Villafrechós), entregados al infante Fernando, de León, por Alfonso VII de Castilla.  Al parecer, donde hoy se levanta la iglesia de San Juan -el lugar más alto del pueblo- en el siglo XI se levantó un castillo, donde posiblemente estuvieron reunidos los dos monarcas para firmar las paces.

Hoy Cabreros es un pueblo pequeño y tranquilo. Conserva una laguna y las ruinas de dos molinos de viento. También hay que acercarse a la ermita de la Piedad. Y, por supuesto, a alguno de sus muchos palomares, como debe ser costumbre del caminante en esta Tierra. Y aquí nos quedamos por el momento, para continuar la ruta en la entrada siguiente.