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Un molino de viento en Villafrechós

20 junio, 2020

En esta excursión nos hemos acercado, por primera vez, a uno de los molinos de Villafrechós, el que está al sudeste, cerca de la carretera de Morales. Villafrechós es relativamente importante, muy cerealista, sin corriente de agua que aprovechar para moler el trigo, de manera que se optó por instalar uno de viento sobre una loma cercana, a medio  kilómetro de la villa. Y ahí están los restos: una torre cilíndrica de siete metros de altura, construida en piedra caliza o arenisca, con dos puertas y una serie de huecos que fueron utilizados para alojar el ingenio de molinería. También se vislumbran las diferentes plantas del molino. Desgraciadamente se ha caído una parte del muro. Da la impresión de ser una torre defensiva, pero el interior no miente, ni tampoco el topónimo del pago: el Molino.

El molino

Nos recuerda a los restos del molino de Castromembibre. Por nuestra parte sólo diremos que hay muchas construcciones populares en nuestra provincia, incluso muchos palacios, iglesias y castillos… pero muy pocos molinos de viento, y éstos, a punto de desaparecer. ¿No merece la pena conservar este patrimonio? Mañana será tarde.

Al llegar a casa comprobamos que en esta misma localidad existen o existieron los restos de otro molino, el denominado Molino Blanco. En otra excursión veremos si queda algo.

Así estaba Campos

Pero no acaba aquí todo lo que descubrimos en el término de Villafrechós, pues pasamos también por la Casa de Pedriquín, que está a unos dos kilómetros hacia el este, en el antiguo camino de Villaesper. En ruinas, por supuesto, es la típica vivienda aislada en Tierra de Campos, de tapial y adobe. Debió de rezumar trabajo, movimiento y, en definitiva, vida, que es lo que falta ahora en estos tiempos de despoblación. Posee un gran patio central, de forma rectangular, con sus establos, corrales, pozo, abrevaderos, todo dispuesto para servir a una clara finalidad agrícola y ganadera. En uno de los lados se levanta la vivienda propiamente dicha –hasta balconada tuvo- y el granero, de buenas proporciones… Imposible pasar al patio, repleto de cardos; a otras dependencias se puede entrar con bastante dificultad debido a los escombros. Por cierto, entre las vigas del granero puede verse un nido de un ave de medidas próximas a las de una cigüeña. En el campo cercano, cereal y almendros; no pudimos probar los perucos que hace años hacían las delicias de los chavales de Villa Eulalia y otros caseríos próximos.

La casa de Pedriquín

También causa pena verlo todo tan destruido, tan abandonado, tan carente de vida. Tal vez mañana querremos disponer de la típica vivienda aislada en Tierra de Campos, pero será tarde.

Otras ruinas más recientes -¡qué pena tanto escombro!- por las que cruzamos fueron las antiguas escuelas, construidas ayer mismo,  durante la República, en el lugar donde se levantó el antiguo castillo. Las esculturas de un niño –con un libro en las manos- y de una niña –con un cordero en el regazo- señalarían las entradas para unos y otras en un tiempo en el que se enseñaba quién era Cervantes y desconocían la ciencia de la sexualidad (que en la naturaleza era tan fácil de aprender como la vida misma); hoy, por el contrario, los jóvenes son expertos -¡por fin!- en sexualidad (si bien  son incapaces de repoblar) pero no saben quién escribió el Quijote. Pero no sigo por esta vereda.

Parte exterior del granero

Pudimos ver igualmente un bonito arco carpanel precisamente en la calle del Arco. Rodeamos el convento de clarisas ¡qué murallas de tapial! y vimos, entre morales, la iglesia de san Cristóbal con su torre mudéjar. No sé por qué, pero creo que Villafrechós y su término se merecen una visita sólo para ellos. ¡Y eso que no probamos las garrapiñadas…!

Por un campo segado entre almendros

Vuelvo al principio de la excursión. Salimos de Medina de Rioseco por la cañada leonesa para tomar la de Aguilar de Campos. Pudimos contemplar los curiosos tesos que resistieron el empuje de las aguas quedando desgajados de lo que hoy es páramo de Torozos. De nombres más o menos sugerentes: Carrecastro, la Mosca, el Bosque, los Aguadillos, las Parvas… Rodeamos la laguna de Hoyongil para entrar en Palazuelo de Vedija cruzando el firme del antiguo trenecillo de vía estrecha.

Aquí tomamos el camino ondulado de las Viñas por el que –levantando algunas avutardas- llegamos a Villafrechós, donde ya hemos contado lo que vimos.

Pero seguiremos en la siguiente entrada…  Aquí puede verse el trayecto.

La Manga de Campos

21 enero, 2019

Mirando el mapa de la provincia de Valladolid vemos, entre los términos de Barcial y Bolaños, en plena Tierra de Campos, una larga manga que se introduce desde Castroverde, en Zamora, cortando nuestra provincia y separando los dos primeros términos municipales. Es curiosa, pues no hay otra igual; es larga –casi 3 km- y muy estrecha, unos 100 metros o poco más. No sé cuál será su origen, pero ahí está, llamando la atención de los que consultamos mapas.

De manera que allí nos plantamos en compañía de nuestras bicis. Y la Manga no defraudó, era tal cual la imaginamos al ver el mapa. Posee una ligera inclinación en subida hacia el este y los límites de sus tierras cultivadas coinciden, aproximadamente con los administrativos, es decir, los pagos que aquí vemos, que pertenecen a Castroverde, están rodeados por otros de los términos de Barcial al sur, Bolaño al norte y Aguilar –una puntita de 100 m- al este. Rozando el límite con Barcial discurre el arroyo Valdeburón, rico en juncos, espadañas y endrinos que a fecha de hoy estaban cargadísimos de endrinas muy maduras: ¡un sueño para el elaborador de pacharán!

El arroyo de la Manga

Otro dato a tener en cuenta es que muy cerca, donde se junta la reguera del Cargel con el citado Valdeburón se levanta o, por mejor decir, se caen, unos viejos corrales de barro con alguna piedra y una bodega. Seguramente se trata de un despoblado. Hay también una nave agrícola de mediano tamaño. En lo más alto de la reguera vemos el teso del Conjuro, cerca de las lomas de Miravientos.

Total, que Tierra de Campos es también una caja de sorpresas. Y vista La Manga, veamos otros paisajes, pues el viaje de hoy discurrió por Villafrechós, Villamuriel, antiguo firme del tren Burra, Cenascuras, Barcial, La Manga, Castroverde, Valderaduey, Villar de Fallaves, cañada de Benavente y Santa Eufemia. Osea, Tierra de Campos en estado puro.

En la trinchera del tren

Antes de llegar a Barcial nos salimos de la profunda trinchera que marca el tren de Palanquinos para subirnos al Cenascuras, o sea, a la Loma, para contemplar 360o de paisaje entre las laderas de Torozos, el valle del Valderaduey y el teso del Rey. Lástima que esa mañana todavía flotaban bancos de niebla en algunos horizontes. Fue el punto más alto de la excursión, y no es mal sitio como asomada. También hay que escribir que en la trinchera naufragamos. No en agua,sino en barro. Gracias a un manantial que allí surge –alguien está reconstruyendo la fuente- todo era un barrizal y las burras cuando las metes por sitios así engordan tanto que llega un momento en que no pueden andar. Y luego, claro, hay que hacerles la limosucción.

Paloma solitaria en Villamuriel

Barcial no es mal sitio para disfrutar de la arquitectura popular, especialmente si nos gustan los palomares de barro. Pero también veremos bodegas, los restos del castillo y de la estación, y la fuente de la Reguera, primorosamente reconstruida no hace mucho. Y la curiosa torre de la iglesia, con una cara de piedra y las demás de ladrillo.

En Castroverde y Villar de Fallaves nos llamaron la atención sus iglesias. En el primer sitio, Santa María del Río es una joya románica como pocas y su torre, de piedra que surge del barro, está tan desgastada que recuerda un picacho natural castigado por la secular intemperie. Y en Villar ha quedado un aislado arco isabelino en recuerdo de lo que fue en su día. En ambos lugares se utiliza un tipo de piedra, una especie de mezcla de caliza y arenisca, dorada, fácil de trabajar pero muy erosionable que da a los edificios un aspecto distinto y original.

Campos de tierra

Salimos de Villar por la cañada de Benavente, sin ovejas pero en cuesta, con tierras sembradas de cereal y algunos almendros solitarios. Nos condujo hacia Santa Eufemia, que también está rodeada de rústicos palomares, algunos todavía en explotación. Y, a pesar de que no posee cuestas ni lomas, se las arreglaron para contar con buenas bodegas: bóvedas de ladrillo recubiertas de tierra. Sin embargo, ya no quedan majuelos en estos Campos. Por eso, las bodegas se hunden sin vino, futuro y sin remedio.

Los ríos estaban helados y blancos, salvo la zona central de la corriente. El paisaje del Valderaduey se distinguía bien del resto de Tierra de Campos, pues es muy llano, con una ligera elevación conforme te alejas del río, con ausencia casi total de cuestas. Diríamos que hasta es monótono, si lo comparamos con las subidas, bajadas, revueltas, tesos y lomas que disfrutamos antes y después de este valle llano que deja ver al mismo tiempo las torres de Valverde, Villar y Villamayor.

Palomar de tierra. Todo es, aquí, de barro

También nos alegraron el día los llamativos pinarillos que te encuentras por esta Tierra, las numerosas lechuzas campestres que levantamoscuando pasaban el día posadas en el suelo esperando un ratoncillo despistado, así como alguna que otra lechuza común que, al vernos, salió de las ruinas en las que tenía su dormidero. No faltaron tampoco avutardas ni avefrías. Aquí, el trayecto.

Junto a la cañada de Benavente

Villafrechós,Villalombrós,Villaesper,Villabrágima

4 diciembre, 2010


Seguimos -continuando la ruta de la entrada anterior-  en Tierra de Campos y nos metemos, además, en el corazón de esta tierra de villas. ¡Qué barbaridad! ¡Cuántos topónimos con este comienzo!
Pero bueno, hablemos algo del paisaje. Salimos de Cabreros del Monte desde la laguna –hay fochas y patos, aunque está sucia- y tomamos el camino que nos lleva, en directo, a Villafrechós. En una elevación del terreno podemos ver de nuevo los anchos campos de Castilla que llegan desde Santa Eufemia del Arroyo –a nuestros pies-  hasta el Teleno por el Oeste y hasta la montaña palentina por el Noreste. Un rústico y sencillísimo pozo –el brocal, de una pieza- situado junto a una reguera nos dice que aquí estuvo Curieses, hoy despoblado. Y, a un kilómetro del pueblo, una fuente seca con arco de ladrillo nos habla del valor que antaño tuvieron estos manantiales, hoy sucios y despreciados.


Villafrechós es  grande. Tiene un poco de todo, hasta farmacia y estanco. Pasamos por la calle del Castillo, señal inequívoca de que lo hubo aunque ya no quede nada. Impresiona la alta cerca del convento, de tapial con verdugadas de ladrillo y asientos de piedra. Y las iglesias y las casas blasonadas, por no hablar de los palomares y los restos del molino de viento. Junto a la Virgen de Cabo un prado, una fuente y bancos nos acogen para descansar.
Al poco de salir vemos una mínima alameda y en ella descubrimos otra fuente, también con arco de ladrillo y perdida, un palomar que más bien es ya un pedazo de tierra, y una higuera. Al final del camino, en el cruce, de nuevo nos paramos a contemplar la inmensidad que abarcan estos campos de tierra. Imposible acostumbrarse a sus dimensiones.
Y descendemos hasta tomar la cañada de los Caleros llegando por ella hasta el despoblado de Villalombrós o Villalumbrós, del que nada queda, al menos a primera vista. El paisaje, sin embargo, es algo diferente: tres alamedas, varias regueras, humedales, extensos prados… parece como si los habitantes de Villalombrós hubieran escogido el lugar por su humedad ¿umbroso?, por su abundancia de agua. Pero también aquí hubo un castillo que se daban, quitaban y devolvían los reyes de  Castilla y de León.


La cañada nos lleva hasta Villaesper, con sus rústicas bodegas en lo alto, fuera del pueblo, y su impresionante iglesia de Santa María, de excelente y noble cantería… en ruinas. Así es Castilla. O la raya de Castilla y León.
Otro paseo más pasando junto a pozos pastoriles y contemplando el ancho valle del Sequillo. Al final del trayecto nos espera la última villa, Villabrágima.