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Entre Duero y Jaramiel

13 septiembre, 2018

Duero y Jaramiel modelaron las conocidas Mamblas de Tudela y Villabáñez. Son como la avanzadilla de una lengua de páramo que se extiende unos 40 km de largo hasta que el valle del Jaramiel, en sus fuentes, se acaba confundiendo con el mismo ras de la paramera. Pero mientras, podemos recorres sus laderas, vallejos, cantiles y, en general, el hermoso panorama que ha formado el padre Duero con la ayuda de este su aprendiz.

Salimos de Villabañez. Por fortuna, la iglesia estaba abierta. Como en tantos pueblos del Cerrato, cuando lo contemplas desde lejos, ves algo parecido a la gallina y sus polluelos: una inmensa iglesia en el centro y, alrededor, casas que levantan muy pocos metros. A veces le hace competencia un silo o una nave agrícola, lo que no ocurre -por el momento- en esta localidad. Pues bien, tras esta imagen y tras un sencillo pórtico realizado en piedra de Aldealbar, entramos en una verdadera catedral que impresiona por sus columnas y bóvedas, por su gran espacio. Tiene, además, un pozo bajo el coro y una curiosa escalera de caracol toda en madera para acceder a éste.

Curvas del Duero

Nos acercamos al borde del páramo subiendo por la carretera, que sigue por un barco, y contemplamos, desde arriba, Peñalba y el Duero. La iglesia de Peñalba también es inmensa, pero no queda casi nada del caserío. El río baja dando curvas y creando meandros. Sus aguas, que son las del Canal de Duero, convierten la dehesa de Peñalba, en la orilla de enfrente, en un tapiz verde a pesar de lo avanzado del verano.

Desde el cerral

Contemplando el paisaje descubrimos algo curioso que desde abajo, desde la senda de los Aragoneses, no es perceptible. Se trata de una inmensa corona de casi cien metros de radio, que se levanta a modo de flan muy aplastado o tapón de bebida refrescante, justo encima de los cortados. Resulta muy curiosa su horizontalidad, que contrasta llamativamente con la verticalidad de los cortados. Seguro que tiene una explicación geológica pero, aun así, tal vez tenga también una explicación histórica, en el sentido de que pudo ser la base para una construcción defensiva o pequeño castillo que protegiera el paso del Duero –aquí mismo hubo un importante puente, como atestiguan los restos- hacia el norte. Entre la Corona –que por ese nombre viene señalada en los mapas- y la ladera pasó precisamente la senda de los Aragoneses. Y como la Corona monta sobre los cortados, no tardará en irse derruyendo poco a poco. De hecho su lado sur ya ha empezado a caer. Por supuesto, hacemos el propósito de contemplar esta formación geológica más de cerca en una próxima excursión, por si algún indicio o vestigio nos ilustrara algo más.

Otra visión desde el borde del páramo

En cualquier caso, el panorama es como para quedarse un buen rato, contemplando los diferentes lugares de esta ancho valle, aunque esta vez la Corona ha absorbido gran parte de nuestra atención.

Ahora nos vamos por el camino de Raposeras a divisar Villabáñez y el valle del Jaramiel, sostenido por las Mamblas, desde un picón. Otro rato dedicado a la contemplación. Luego hacia el este, sobre el valle de Valdelamano y luego sobre Valdemate podemos contemplar la Cuesta Hermosa y a lo lejos, Villavaquerín y el Jaramiel. En los linderos abundan las endrinas y el espliego; la garduña y la berruguera entre los rastrojos. Como estamos a finales del verano podemos rodar a campo traviesa, buscando las mejores perspectivas, sin la limitación de los caminos que nos llevan por donde ellos quieren. ¡Viva la libertad!

Valle del Jaramiel

Al fin salimos a la carretera de Villavaquerín y la cruzamos para tomar, atravesando el páramo, el Camino a Castrillo, de excelente firme. Enseguida se transforma en una cañada de abundante pasto y con robles en hileras que la custodian. ¡Qué buen sitio para rodar! Al inicio de la bajada perdemos el camino pero no importa, por la rastrojera no se rueda mal y, en cualquier caso, nos permite contemplar el paisaje del Jaramiel con sus laderas de roble y encina a la vez que avanzamos. Como no hay camino, no hay que preocuparse por mantenerlo. Lo hacemos, lo vsmos creando. A pesar de todo acabamos tomando uno -sobre el que caen más tarde las altas laderas de las Atalayas- que nos deja en Castrillo Tejeriego.

Carrapiña

Damos aquí la vuelta y tomamos altura por la carretera de Piña hasta conectar con el camino que nos llevará por el valle de Carrapiña, que discurre abriendo una buena brecha en el páramo. Precisamente su ladera norte es llamativamente blanca, a causa del yeso y la cal, en vivo contraste con las matas de encina y roble que parecen subir por la empinada cuesta. En el fondo del valle las rastrojeras dejan al descubierto antiguos pozos. Pero no llegamos a salir por la puerta del valle, sino que ascendemos hasta casi lo más alto del páramo de Castro, entre el Carrapiña y el Jaramiel. Seguramente ahí hubo otra torre de vigilancia más o menos fortificada. Por una pista a medio ladera acabamos saliendo a la carretera que recorre el valle.

Las Lanchas

Y esa carretera atravesamos la Sinova y nos metemos a buscar el manantial de la Lanchas, que encontramos al pie de unos chopos, de los pocos que destacan en todo este valle. Y ahí está el manantial: goteando. Mana tan poca agua que el charco que produce de nuevo es engullido por la tierra.

Ahora subimos por la ladera sur hasta tomar el camino de la Puerta Suso y, cuesta abajo, llegamos a Villavaquerín por el camposanto. El resto será tomar el camino del Calzón que, por la orilla derecha del Jaramiel y contemplando las altas laderas del valle, nos dejará en Villabáñez. Hemos podido comprobar que el arroyo llevaba agua bastante clara y, en algunos puntos, nadaban los alevines. ¡Que siga así por muchos años! He aquí el recorrido.

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Valdecampaña, entre el Duero y el Jaramiel

11 noviembre, 2016

Un lugar que nunca defrauda en los días otoñales previos a noviembre es Peñalba, con sus cortados, su ribera y su arbolado. Y así ha sido este año también. Como en otras ocasiones, hemos partido de Villabáñez y, tras el collado de Peñalba, se abrió ante nosotros el amplio valle del Duero –con las Mamblas al oeste- y el sendero siguió en bajada hasta los cortados. La ribera parecía arder con las hojas amarillo rojizas, y los cortados recordaban la sección de inmensas tartas de crema. El cielo acompañaba con un azul intenso. Abajo, las aguas del Duero descendían lentas, retenidas por la pesquera de las Aceñas.

Cortados de Peñalba

Cortados de Peñalba

El Pañalba iniciamos la subida al páramo. Una subida de las más suaves de la comarca, con un desnivel que se supera gracias a un camino de unos 6 km, casi sin enterarte. Nos paramos en las ruinas de la casa de San Isidro a reparar –gajes del oficio- un pinchazo. Después, a campo traviesa recorrimos los últimos metros para asomarnos sobre Sardoncillo y todo el valle desde el dominador pico Melero. De nuevo, la hilera amarillenta del río, los rojizos majuelos de la Abadía de Retuerta, el Canal, laderas de monte bajo, pinares, robledales… Todo un espectáculo con las tonalidades propias del otoño. Nunca el paisaje es el mismo aunque creas que lo conoces de cabo a rabo. Y por fin terminó ese dominante amarillo del verano, que ha durado hasta bien entrado octubre y que aparecía, velis nolis, en todas las fotos. Ahora todo vuelve al color que le corresponde…

Valle del Duero

Valle del Duero

Después de llanear por el páramo a la vista del vértice de Los Altillos se nos presenta a lo lejos un muro; cuando nos acercamos vemos que está realizado en mampostería con piedras de diferentes formas entre las que predominan las aplanadas o lajas, y se encuentra peligrosamente inclinado hacia el exterior. No parece que vaya a aguantar mucho tiempo más. Perteneció a una casa de labranza –vemos las ruinas- que, desde el término de Villavaquerín, se asoma al Duero por Valdesardón.

El muro

El muro

El camino nos lleva a Valdelosfrailes por la Trinchera. Descubrimos unas viejas corralizas con su chozo y llegamos a la cañada que sube desde el Duero hacia el páramo atravesando unos paisajes de inusitada dureza para nuestras piernas –incluso termina subiendo por una pared casi vertical- pero, a la vez, de belleza inesperada para nosotros. Efectivamente, montes de roble y encina se alternan con esplendorosos majuelos, espectaculares vistas al valle, hileras de robles y almendros que limitan campos de labor, terrenos ondulados, picos y cantiles blancos por el yeso… En fin, nosotros después de andar un buen trayecto con la bici de la mano también acabamos, bien cansados, en el páramo.

Majuelo

Majuelo

Estamos en el paraje donde debemos dar la vuelta. Después de pasar junto a las ruinas de unas cuadras, contemplamos el ahora enrasado páramo de Valdecampaña, en Olivares. Aquí se han encontrado instrumentos de piedra elaborados por nuestros antepasados –mejor, por los antepasados del hombre de Neandertal- hace la friolera de 300.000 años aproximadamente. Por lo demás, es un páramo precioso, salpicado por hileras de robles que acompañan caminos y cañadas. De hecho, volvimos por una de éstas que nos condujo luego por un mohedal hasta asomarnos, esta vez, al valle del Jaramiel, con Castrillo Tejeriego al fondo y la Sinova a nuestros pies.

Después nos hicimos demasiados kilómetros a campo traviesa. Aun así, el día estaba delicioso y compensó. Nos asomamos desde otro pico Melero al valle del Jaramiel hasta que, al fin, tomamos el camino del barco de Valdeguinte que, tras casi 4 km de bajada, nos dejó en Villavaquerín de Cerrato. Repostamos en la fuente, justo en la plaza donde se alza un simpático edificio que es el Ayuntamiento. También visitamos el antiguo lavadero, junto a la chopera del arroyo.

La Sinova

La Sinova

El final de la excursión fue un agradable paseo siguiendo el camino –de excelente firme- de la orilla derecha del Jaramiel. Los chopos estaban amarillos y un rebaño de ovejas era cuidado sólo por un mastín. En Villabáñez visitamos la fuente Vieja. Luego, comentamos las incidencias de la excursión tomando una cerveza trigueña de Alberto. Resumen: excelente día, agradable trayecto y sabrosa cerveza. Creo que no le quedan muchas jornadas como ésta a nuestro otoño.

Aquí tienes el trayecto.

Efectos de la otoñada

Efectos de la otoñada

 

Páramos del Jaramiel

7 junio, 2013

VillavaquerínEl arroyo Jaramiel tributa directamente al Duero en Tudela, después de recorrer más de 45 km desde que nace –a unos 910 metros de altura- entre los términos municipales de San Llorente y Piñel de Arriba. Le cuesta abrirse su propio valle, pero al  llegar al término de Pesquera ya lo ha comenzado a excavar seriamente. Y –poco a poco- se va hundiendo mas y mas, hasta el punto de que sus cuestas y laderas en absoluto desmerecen de las de Duero o Esgueva, con los que este arroyo de nada se codea.

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Y es que entre estos dos ríos forma otras dos lenguas de páramo en las que se asientan cultivos de cereal y montes de roble. Aunque sean estrechas, dan la impresión de poseer una gran extensión, pues el horizonte se confunde con el cielo y no hay manera de saber si el cerral se encuentra lejos o cerca. Estamos, una vez más, en la paramera vallisoletana: como faltan pueblos y aldeas, y casi no hay carreteras, la sensación de soledad es casi completa. Además, como ya sugiriera Unamuno, el páramo es la cima de una montaña. Cima plana, pero cima. Elevada y perdida, más cercana al cielo que las tierras de los valles; es como estar alejado de lo cotidiano y perdido en paisajes solitarios.

Empezamos la rodadura en Villavaquerín, en pleno valle del Jaramiel. Pueblo castellano como pocos –el Cerrato nunca perteneció al reino de León- en el que se palpa también la cercanía del paisaje de Miguel Delibes, que cazaba en este término donde, además, se rodó Las Ratas. De aquí hemos probado excelentes nueces y cerezas.Y vuelven a reaparecer majuelos de buenas uvas.

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¿Qué mas detalles del paisaje? Pues que nos pareció que navegábamos por el verde mar de algún poeta. Sí, las mieses ondeaban como verdaderas olas al dejarse mecer por el viento. Claro que era un mar diferente al salado, no sólo por el color, también porque a veces le falta la horizontalidad, y las olas bajaban o subían suaves cuestas. Los robles solitarios querían ser veleros y ciertamente avanzaban entre el oleaje bravío, cortando el viento.

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Todo bullía; estamos en junio. Hasta vimos una pareja de alcaravanes, esas aves de ojos saltones que no se dejan sorprender fácilmente. A la hora de comer nos sentamos sobre una mullida alfombra de hojas, bajo una encina. Y también, alguno se sentó sobre una culebra, ¡pobrecita! Y a dos palmos teníamos una cogujada incubando seis huevos que no se delató hasta que nos levantamos. Innumerables lagartos y lagartijas se despertaban ante nuestros ruedas; y varios zorrillos se escondieron rápidamente en el cereal.. Eso sí, gracias a la constancia del viento no nos molestó ninguna mosca.

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Cruzamos páramos salpicados de corpulentos quejigos, incluso algún camino lucía acompañado por hileras de estos robles; al tomar un tramo de la carretera de Pesquera a Villafuerte comprobamos que ya no es la más hermosa de la provincia, pues al ampliarla se cargaron precisamente los robles que la adornaban. Nos asomamos al valle de la Quemada, que parecía un vergel escondido entre bosquetes de encina y roble, bajamos al arroyo del Chopón para ver un chozo de pastor…

Y también pasamos por las ruinas del caserío de Jaramiel de Abajo, que antaño acogió a más de diez familias y tuvo ¡hasta bar! Tampoco faltaron arruinados corrales al discurrir por la colada de Valdepereje.

DSCN4770En las inmediaciones de los montes, muchos caminos se encontraban cortados o perdidos. De hecho, tuvimos que dar marcha atrás en mas de una ocasión y lanzarnos a campo traviesa –respetando siempre las mieses- en otras. Pero ya se sabe: para eso está este tipo de burras. No se quejan por mucho que las mandes trabajar. Antes se cansa el amo.

A pesar de lo extraordinario y maravilloso de esta excursión de primavera hubo un contratiempo (o varios): ¡cuatro pinchazos! Al final, como no nos fiábamos demasiado, decidimos, a partir de Castrillo Tejeriego, volver por la carretera. Por si acaso. Pero sin casi tráfico, con el viento a favor, cuesta abajo y con el verde mar, resultó un placer.

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