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Los higos del Diablo, cerca de Torremolinos

25 octubre, 2018

Hace ya un mes que entró el otoño, pero la temperatura no ha bajado. En esta excursión por las estribaciones de los Torozos y Tierra de Campos, además de vestir todavía de corto, hemos pensado en lo bien que nos vendría una sombrita a la hora de pedalear. De hecho, terminando ya la excursión, se presentaron algunas nubes que agradecimos.

Motas, pozos, arroyos y picos

Salida de Mota del Marqués. Paisaje de eso, de motas, cuestas redondas, colinas, mamblas, picos, tesos, o sea, lo propio cuando el páramo se rompe en mil pedazos. No puedes seguir un recorrido plano y recto, y no tienes otra opción que ir buscando el camino con menos ondulaciones, cruzando de una colina a un arroyo y al revés. De manera que cuando nos introdujimos en los tesos de san Vicente, rodeamos la Cuesta Vecillas aprovechando una pradera –todavía verde en contraste con los alrededores secos y amarillentos- del arroyo del Medallón. El pozo –ya en desuso- tenía agua.

Prado del arroyo del Medallón

Y también tenía agua la pétrea fuente de Plumales, gracias a la cual el arroyo Marrundiel no estaba seco. Esta fuente se encuentra en un valle relativamente amplio protegido por laderas de yeso. Y por aquí subimos al páramo aprovechando la cañada de Marrundiel; en el mismo cerral nos encontramos con un pozo de brocal cuadrado, en piedra, que se mantenía en pie gracias a unas buenas grapas de hierro. ¡También tenía agua!

Almendro y pozo

Bordeamos una mancha de monte, atravesamos los inicios del barco de san Nicolás y, sin perder altura, nos asomamos a Tierra de Campos gracias al pico del Cubillo. Abajo, en primer plano, Villavellid, agazapada en una cuesta. Detrás, San Pedro de Latarce en la llanura y en lontananza, la línea verde del raso de Villalpando. Todo esto hacia el oeste; hacia el norte Villardefrades y un sinnúmero de localidades desperdigadas por estos campos de tierra. Cerca, otros tesos –como la Tuda, de blancas laderas-, caminos, alamedas, tierras de varios colores, manchas de almendros… En fin, como para pasarse unas cuantas horas contemplando, sin ninguna prisa…

Al fondo está la fuente de Plumales

Villavellid, perdida en los pliegues de Torozos

Poco antes de llegar a Villavellid descubrimos un manantial que daba agua al arroyo de los Praínos. Después de ver el castillo por fuera, nos acercamos a la iglesia de Santa María, que estaba abierta. Impresionantes un conjunto de la Virgen con el Niño y santa Ana, y una Piedad, ambos en madera policromada y, respectivamente, de finales comienzos del siglo XVII y finales del XVI. También pudimos contemplar el san Miguel titular de la otra parroquia que cerrara y la imagen nueva de la Virgen del Riego, cuya ermita se cayó y cuya imagen original fue robada. Y, después, lo que queda de la iglesia de San Miguel: cuando llegas a la portada –plateresca, en caliza ligeramente dorada- parece que te saludan dos personajes desde sendos medallones en los ángulos… ¡Qué pena! ¡¿Qué estamos haciendo con nuestro patrimonio, que es nuestra historia y nuestra identidad?!

Villavellid desde el pico Cubillo

También pudimos visitar las fuentes del pueblo, una en la plaza y la otra en las afueras, la de Abajo, ésta con dos buenos pilones. Todavía no ha fenecido a pesar de que casi no se usa…

Villavellid sigue llena de interrogantes: algunas de las numerosas tapias de caliza tienen la piedra tallada, acercándose a labores de cantería. ¿Vienen del castillo? ¿O de antes aun, de posibles infraestructuras romanas? De hecho vimos en la iglesia de santa María dos capiteles usados en la pila de agua bendita que bien pudieran ser uno románico (pie) y el otro romano, vaciado como pila propiamente dicha. Por otra parte abundan las casas de piedra –y también de barro- con buenas entradas (delanteras y traseras), y todavía se mantiene el pósito, construido reinando Carlos IV.

Pilón, Villavellid

Los higos del Diablo

Un camino recto, con bajada y subida, nos condujo al paramillo o teso del Infierno, también conocido con el nombre de Jano, ese dios romano de dos caras que se guardaba las espaldas él solito. Está pegando a Villardefrades por el oeste y su suelo es plano, de conglomerado calcáreo; se trata de una terraza del Sequillo y constituye una buena balconada para la contemplación de los pliegues de los Torozos que van cayendo hacia la Tierra de Campos.

En el paramillo del infierno

De manera salteada, quedan todavía almendros, muy descuidados, secos muchos de ellos. Pero también descubrimos algunos perales e higueras, éstas con higos casi negros, maduros, en su punto. Un gusto. Nos quitaron el hambre en el momento que más arreciaba el calor. Por eso, podemos decir que tomamos los higos del infierno que, sin duda, se los robamos al mismo diablo.

Torremolinos

Y de un teso a otro de similares características, para contemplar los restos de cuatro molinos de viento. Uno de ellos conserva todavía su planta circular, con un diámetro de más de 10 metros, lo que nos daría una muy elevada altitud. Pero ahora, cada vez que cruzas este paramillo tienes que activar la imaginación al pensar que estos montones de barro fueran alguna vez molinos de viento, importantes ingenios para transformar la materia prima de Tierra de Campos. Al menos, la primera vez que pasé por aquí pude ver alguna piedra molinera. Tampoco es mal sitio para contemplar el paisaje de Tierra de Campos.

Restos del molino más grande

El teso de los Molinos o Torremolinos acaba en una cuesta que se aprovechó para excavar bodegas. Ahora también se están cayendo, a pesar de sus muros y refuerzos en piedra caliza.

Y siguiendo la ya inexistente cañada del Molino, junto al arroyo Lavaderas, llegamos a Villardefrades. En fin, este trayecto parece un recorrido por el pasado, al que hubiéramos accedido gracias a una máquina o túnel del tiempo. Como no podía ser de otra manera, nos dimos de bruces con la iglesia de san Andrés, en el centro del pueblo, que no se encuentra en ruinas, sino a medio construir desde mediados del siglo XIX (!).

Tierra de Campos desde Torremolinos

Continuamos el recorrido en la entrada siguiente. Aquí podéis ver el trayecto.

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En la ladera del páramo

21 mayo, 2008

Villavellid desde Tierra de Campos

El páramo de los Torozos es una inmensa planicie que se extiende unos 70 kms a lo largo por unos 30 a lo ancho, entre las provincias de Valladolid y Palencia (sobre todo por la primera). Pero es mucho más que eso, pues esconde agradables e intrincados vallejos en los que descubrimos manantiales y arroyos, y también montes de roble y encina, por no hablar de algunas construcciones de tipo secundario –chozos, corrales, pozos, palomares- que se ya han fundido con la llanura gracias al transcurso de los siglos.

En muchos casos las faldas del páramo hacia la Tierra de Campos o hacia el Duero o el Pisuerga son suaves, como si se extendieran sin prisa durante varios kilómetros. En otras ocasiones, forman caídas un tanto abruptas, como ocurre en Villavieja del Cerro.

Ya hemos hablado de nuestra excursión por el valle del Sequillo. Comentaremos ahora algunos otros hitos de esa salida, en concreto los que se encuentran en las suaves faldas del páramo.

Ruta completa -50 kms aprox.-

Castromembibre

A esa localidad, que no oculta en el nombre su origen militar, hemos llegamos en bici desde Pobladura de Sotierra, después de atravesar campos ondulados marcados por motas y arroyos. Fue como pasear por un mar, pero de tierra.

Hay que decir que aquí se encuentran las estribaciones mas occidentales del páramo de los Torozos, y que llega un momento -ya en tierras zamoranas, por Abezames y Pozoantiguo– en que no se sabe si estamos en un páramo, en un cerro o en una llanura de ligeras cuestas.

En Castromembibre hay dos cosas que no hemos de pasar por alto. La primera es un torrejón en la loma que domina el pueblo, de piedra caliza, que fue nada menos que un molino de viento. Sí, esta perfectamente documentado que en estas tierra hubo estas máquinas. Y he aquí un claro resto. También podemos ver mas vestigios en la cercana localidad de Villardefrades.

Y la segunda es Tierra de Campos. No es tan alto como el mirador de Urueña, pero también asombra la inmensidad del territorio divisado. Es una estupenda miranda.Un paseo por sus calles, entre casas de barro o de piedra, fuentes y corralizas nos hablará de lo que es y lo que fue este pueblo perdido en los confines de Torozos.

Panorama en Castromembibre

Villavellid

Esta localidad -acentúese como Valladolid- también se encuentra en la suave y distendida falda del páramo y dista 3 kms de la anterior. Tiene castillo, que ha sido remozado, fuentes de agua reparadora para el caminante, frescos sotos y dos iglesias. También es, por su situación, una buena atalaya para contemplar el paisaje terracampino.

Desgraciadamente la iglesia de San Miguel se encuentra en avanzada ruina. Se levanta sola en las afueras del pueblo, y se han adueñado de ella cernícalos, grajillas y lechuzas. Pero nos habla, a su manera, mucho de lo que tuvo que ser esta villa. En otro tiempo. Hoy las hierbas campan por sus respetos; mañana…

San Miguel