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Galerías de yeso en el Cerrato

3 julio, 2019

Siempre hay una excepción a la norma general, así como un refugio contra los elementos mas adversos. ¿Queréis estar fresquitos cuando en la ciudad llegamos a los 40 grados? Pues muy fácil, no tenéis más que introduciros en las yeseras del Cerrato. Cierto que también podemos refugiarnos en una bodega, sí, pero en las minas de yeso de Hornillos o Torquemada podemos incluso pasear tranquilamente, pues están constituidas por una verdadera red de galerías situadas en un mismo plano horizontal.

El sistema de explotación era simple, al menos en teoría: como los cerros del Cerrato provienen de la sedimentación de un inmenso lago interior, las vetas están paralelas al suelo, y no se han movido por presiones o movimientos a lo largo de millones de años. Existen vetas de yeso de unos seis o siete metros de grosor aproximadamente; se abrieron galerías paralelas entre sí a una distancia de uno cuatro metros desde la ladera del páramo que se van introduciendo en la montaña. Luego, se abren otras galerías perpendiculares a las primeras y todo el vaciado es el yeso extraído para uso en la construcción. La parte superior del cerro queda sustentado precisamente por las anchas columnas de planta cuadrada que quedan después del vaciado. El yeso es de primera calidad; cincuenta obreros extraían unas 150 toneladas al día desde 1914 hasta 1988 en que se agotaron.

Bueno, pues dentro de las yeseras hace para estar en manga larga por mucho calor que haga fuera.

Estas galerías las tenemos en la misma ladera en que se asienta Hornillos y también en el páramo del Mueso, en el término de Torquemada. Encima de estos páramos existe hoy otra riqueza: el viento, explotado por multitud de aerogeneradores.

Pero hubo más sorpresas a lo largo de este recorrido por páramos, laderas, valles y ríos. Salimos de Torquemada, donde pasamos por un precioso e impresionante puente de 25 ojos que salva el río Pisuerga. También visitamos un viejo molino, el barrio de bodegas muy bien conservado y la ermita románica de Santa María… por citar algo de lo mucho que posee esta villa.

Desde la subida al Mueso hasta más allá de la ermita de los Remedios en Herrera de Valdecañas, seguimos el trazado de la cañada real Burgalesa, que durante unos 20 km nos llevó por el páramo de los Angostillos (de los Molinillos, podríamos llamarle hoy); Hornillos y el castillo de los Enríquez; el monte Encinedo, lugar de donde todavía no se había retirado la primavera; el despoblado de Valdecañuelas donde nos acercamos a las ruinas de la ermita de Santa María; la larga cuesta de los Estepares hacia Herrera de Valdecañas y la ermita de la Virgen de los remedios en su lugar dominante y privilegiado sobre el valle. Es decir, fuimos atravesando los típicos paisajes cerrateños, pero siempre a la vista del amplios espacios de los valles de Pisuerga o Arlanza.

Bajamos a este último río en Quintana del Puente y a continuación nos trasladamos -esta vez por una cómoda carretera sombreada por encinas- a Cordovilla la Real, donde la fuente era un camión cisterna que descansaba junto al rollo jurisdiccional. Su puente es otra hermosa obra de ingeniería, arte y diríase que de la naturaleza también, pues se integra en ella a la perfección, y eso que el pobre Carlos III no contaba con ministros o consejeros de medio ambiente.

En fin, intentamos darnos un baño en la confluencia de los ríos Arlanza (¿o Arlanzón?) y Pisuerga pero no lo conseguimos. ¡Imposible acercarse a sus aguas!! y tuvimos que hacerlo ya en Torquemada, donde tampoco nos lo pusieron fácil.

Aquí, el trayecto según Durius Aquae.

Cotarras, barrales y yeseras

23 noviembre, 2011

(Viene de la entrada anterior, donde puedes ver el mapa)

Cruzamos La Pedraja hacia el Norte, no sin antes fijarnos en los monumentos a la Chopa y al Toro, éste último construido con ruedas de molino. Es un pueblo limpio y sencillo, con calles y casas de las de toda la vida que reflejan sabiduría en su arquitectura popular.

Salimos hacia el Oeste antes de llegar, por la carretera, a las bodegas. Después del vértice geodésico vemos unos almendros en la Cotarrilla y allá que nos vamos en busca de las fuentes de la Gamaza y del Feo. Han desaparecido, como tantas otras de la zona. Pero vemos algo que nos asombra: esta cotarra aunque sólo se eleva unos pocos metros por encima de la llanura, es un excelente mirador del Raso de Portillo. Y no sólo del Raso, pues se ve Laguna, Simancas, Parquesol y ¡los aerogeneradores de Ampudia, ya en la provincia de Palencia! Estupendo lugar para relajarse corporal y espiritualmente.

Ahora nos encaminamos hacia la Aldea. Pero antes de llegar hacemos una incursión en la cotarra de las bodegas, y entramos en algunas. ¿Por qué están aquí, un tanto alejadas del pueblo? Porque es el único lugar de la zona con peña y, por tanto, protegidas del alto nivel freático. Las entradas tienen sus arcos e ladrillo o piedra e, inmediatamente, se hunden en la peña de manera endiablada.

Ya casi en Aldea de San Miguel, pasamos por el barral Rojo –seco- y por el barral de las Eras, con agua y abundante carrizo. Como su propio nombre indica, poseen barro que se utilizó en épocas pasadas para elaborar adobas. Tam bueno era que la Aldea llegó a conocerse como la capital de las adobas. La ermita de San Roque está arruinada, pero no así la iglesia parroquial, de estilo románico mudéjar y dedicada a San Miguel Arcángel. Es una verdadera joya digna de contemplación; tiene delante una cruz de piedra. Desde el borde del páramo nos vigila la ermita de la Virgen de los Remedios.

Hasta Arrabal de Portillo hemos de cruzar la autovía y lo mejor es ir por una carretera que se señala cortada.

Lo que vamos a ver ahora, en la ladera del páramo, también nos llenó de asombro por inesperado. Conocíamos, ciertamente algunas minas de yeso en la provincia; tal vez las más grandes que recordábamos están situadas en las Mamblas de Tudela de Duero. Bueno, pues estas son espectaculares. Durante más de un kilómetro se suceden enormes galerías de forma trapezoidal, muy altas y bastante anchas, que se cruzan unas con otras y que han sido utilizadas hasta mediados de segunda parte del pasado siglo para extraer yeso. Las vemos que penetran en la tierra a partir de un corte del páramo perfectamente vertical. Se ve que convenía más horadar la tierra para explotar las buenas vetas de yeso que la excavación a cielo abierto. Abundan las maclas de yeso en forma de flecha.  Cerca de las yeseras quedan todavía grandes hornos de ladrillo en los que se cocía este material. Hoy todo esto está en desuso, pues seguramente en otros puntos de nuestra geografía existe un yeso más puro que se extrae y se trata de manera más económica. También llegaron a utilizarse, más recientemente, para el cultivo de champiñones.

Volvemos a Arrabal por el pinar llano del páramo y llegamos a Aldeamayor después de pasar junto al molino de los Álamos, humedales, pinarillos y tierras de labor.