Posts Tagged ‘Zapardiel’

La cuesta Gradera y otras especialidades del sur

3 noviembre, 2018

El pasado jueves, aprovechando la fiesta, hemos dado una amplia vuelta por el sur de la provincia de Valladolid: San Vicente del Palacio, Lomoviejo, Salvador de Zapardiel y Honcalada estaban situados en nuestro trayecto. El día, después del último temporal, se presentó especialmente claro, por lo que pudimos contemplar en lontananza pueblos como Rubí de Bracamonte –con la nave de su iglesia destacándose en la llanura-, Fuente el Sol –de la que sobresalía su castillo-, Muriel, Ataquines, Donvidas, San Esteban, Sinlabajos, incluso se recortaban muy al fondo, al oeste, las torres de Madrigal. Y, por supuesto, al sur se elevaban la Serrota y la sierra de Segovia, esta última nevada.

El puente

El sol lució durante la primera parte del trayecto y se ocultó tras una gasa de nubes que fue en aumento durante la segunda parte. Los camposantos, debido a la fecha, estaban abiertos y concurridos. En los otros campos corrían las liebres perseguidas galgos y galgueros.

Salimos de San Vicente del Palacio en dirección norte, para contemplar una joya de la ingeniería civil: el puente de la antigua calzada de Madrid a Galicia sobre el río Zapardiel. Muchos ojos y mucho puente para un río que ya no lo es. Pero no diremos más, sino que esperaremos a que Durius Aquae nos cuente algo de su historia y construcción en una de sus entradas próximas.

La llanura

Y desde allí cambiamos de rumbo, hacia el sur. Los caminos estaban húmedos –había llovido los días anteriores- pero las charcas, lavajos y humedales no tenían agua. Mucho tiene que caer todavía para que la tierra se recupere del verano pasado. Todo se había pintado de un color entre gris, amarillo y pardo. De hecho, los rebaños de ovejas –por no hablar de aves y pájaros terreros- habían desaparecido, camuflados.

Pasamos junto al lavajo y el torrejón de Serracín y seguimos un estrecho humedal en el que no faltaban lavajos… secos. Ni avutardas. Al llegar a las Navas, cruzamos la carretera de Ataquines para tomar el camino que nos llevaría, casi en línea recta, a Lomoviejo, pasando por otros humedales y lagunas, dejando a la derecha el arroyo de la Tajuña y a la izquierda el alto alomado de Pradillos, con su vértice geodésico. Por encima de nosotros voló, altísimo, un bando de grullas, fácilmente reconocibles por su griterío.

Tierra, avutardas, pivot…

Llegamos a Lomoviejo, que está junto a otro lomo. Nos acercamos a su iglesia, que tiene un precioso pórtico de arcos deprimidos isabelinos; las columnas que lo soportan son de granito -que aquí domina a la caliza- y el suelo está recubierto con antiguas lápidas sepulcrales.

Salimos hacia el este por la colada de las Canalizas. El lavajo del Tío Juan tiene agua, y las ovejas han bebido recientemente. No así el de la Caballera. En el inmenso prado de las Canalizas pastan las vacas, y el camino o cañada da un rodea para cruzar por un vado el seco Zapardiel.

Prado de la Reguera

En la Reguera vemos la fuente del mismo nombre, seca. El prado al menos está verde, apto para rodar por él. Entre nosotros y el Zapardiel, un lomo. En el lomo, un pinar de gigantescos negrales, limpios y luminosos gracias a las lluvias de los últimos días. También pasamos junto a una telera metálica sin ovejas. En el prado de las Gayanas nos ladran los perros, pero tampoco vemos ganado. Al fin, llegamos a otro pueblo sencillo, Salvador de Zapardiel. Su iglesia es similar a la que acabamos de ver en Lomoviejo, mudéjar, pero carece de pórtico. Tras ella, el pozo tradicional abastece ahora de agua corriente a los vecinos. Al fondo vemos Sinlabajos, que perteneciera a Salvador. Ahora es de otra provincia. Todo cambia, aunque no mucho.

La sierra desde la cuesta de los Canteros

Al este se levanta, a unos cinco kilómetros, una auténtica montaña para estas tierras llanas de Medina y Arévalo. Son los altos de la Gradera, del Guindo y de Donvidas que están cien metros por encima de nosotros. Habrá que subir, ¿no? Por Muriel y Salvador hemos pasado más de una vez, pero hasta allí nunca hemos llegado. Pues nada, tomamos la cañada de la Lámpara y nos colamos por la cuesta de los Canteros hasta el alto del Guindo. Todo indica que estamos en un lugar perdido y olvidado, justo en el límite de Valladolid con Ávila. Seguimos por la cresta hasta la cuesta del Caballejo de 870 metros y la cuesta Gradera, por la que bajamos a campo traviesa para tomar senderos y caminos que nos dejarán de nuevo en la llanura. Pero antes echamos la vista atrás para ver mejor las terrazas y gradas de la Gradera, sin duda obra humana para aprovechar mejor estas tierras tan perdidas como difíciles.

Cuesta Gradera

Rodamos por diversos caminos, cruzando cerca de humedales y lavajos secos, con los ataquines al este y las torres de Madrigal al oeste, hasta llegar a Honcalada, que a duras penas mantiene la torre mudéjar de su antigua iglesia. Después, pasamos junto al caserío de San Llorente, cuyos viejos edificios tienen también un inconfundible sabor mudéjar. Por aquí, todo lo humano refleja el aire mudéjar.

Finalmente, cruzamos entre los ataquines para tomar la cañada que aprovecha el trazado de la vieja calzada que nos dejará en San Vicente.

La ruta en wikilok según Durius Aquae.

Anuncios

Lomas del Zapardiel

20 octubre, 2018

Día de la entrada del temido temporal Leslie en Valladolid. De madrugada, debió llover algo. La AEMET nos metía miedo con una alerta amarilla por vientos. El paseo en bici discurrió sin lluvia y prácticamente sin viento, y mira que desde la bici uno es sensible al viento. Así son las cosas. Otro día no avisarán y nos ahogaremos o nos barrerán vientos huracanados…

Teníamos pensado recorrer la parte baja del valle del Zapardiel. Pero no junto al río, sino por las laderas, para disfrutar de una visión de conjunto del valle, sus tierras, sus cuestas y sus vegas. De manera que salimos desde Tordesillas. En primer lugar cruzamos junto a la Vega, donde el famoso toro recibió el nombre y después pasamos junto al humedal de Valdegalindo, totalmente seco a estas alturas del año. Los juncales esperan que llegue el agua al subsuelo; no parece que este temporal se haya acordado de ellos. Se trata de un arenal con pastos –hay una ganadería de vacuno que los aprovecha- y donde hace milenios hubo un asentamiento prerromano.

Alcornoques

El siguiente paso nos lleva a subir al monte de pinos y alcornoques con mismo nombre, Valdegalindo, que nos ofrece las primeras vistas elevadas sobre el valle del Zapardiel, aquí todavía relativamente estrecho y bajo; y con las estribaciones del páramo de los Torozos como festón de fondo. Un sendero nos conduce entre alcornoques, pinos y encinas hasta bajar a Foncastín, que se despereza entre nubes grises. Porque esa es otra, ni viento ni lluvia, pero el tampoco sol no nos acompañó en momento alguno.

Saltamos el río y nos paramos a almorzar peras limoneras –los árboles cargados nos ofrecen un exquisito fruto maduro- y nueces, que esta temporada no llegan muy sanas. Atravesamos una amplia mancha de pinar contiguo al de la Nava, luego majuelos vendimiados en los que rebuscamos racimos que encontramos bien dulces, hasta cruzar la cañada del Reguilón, que une la fuente Pascua y con el Zapardiel.

Alimento del día

Poco a poco vamos ascendiendo hasta disfrutar de amplias vistas tanto al este como al oeste, pues la loma es alta y estrecha, con asomadas a ambos puntos cardinales. Vemos el amplio y hasta hondo valle del Zapardiel y nos extraña que un río hoy prácticamente seco haya esculpido un valle tan dilatado. Al fondo vemos también la apertura del valle desde Medina, con el cerro del Aire que cede el paso –entre vigilante y altivo- a este aprendiz de río. Más al fondo, los inconfundibles ataquines, con la torre de la iglesia de Ataquines. Y al oeste, el extendido caserío de Nava del Rey presidido por la torre de los santos Juanes (ahora con andamiaje) y con la ermita de la Concepción al fondo.

Bajada a Carrioncillo

El camino nos deja en un majuelo junto a la carretera de Nava a Torrecilla del Valle y, después de probar unos almendrucos, subimos al último otero para, en cómodo descenso de más de 3 kilómetros, plantarnos en la ermita de Carrioncillo. A Dios gracias, la fuente tiene agua si bien queda muy poco para su total destrucción; (ya no queda nada del caserío ni del molino).

Y comenzamos la vuelta, pasando a la orilla derecha del Zapardiel aprovechando el antiguo camino de Valladolid a Béjar. Esta orilla es zona de barrancos, pues caen por la ladera los de Romanero, Jimena y San Isidro. Nosotros iniciamos la subida por el de Jimena y la Casa Macho hasta alcanzar el paramillo de la Cueva. A pesar de estar a menos de 2 kilómetros de las lomas del Aire, aquí no llega.

Dejamos un vertedero de la mancomunidad de Medina y nos adentramos en el pinar de Romanero. A lo largo de la excursión no han faltado rodales de monte, sobre todo de piñonero e incluso alguno de negral, no muy abundante por estas latitudes. Las encinas y carrascas las hay más en linderos, perdidos y entre los propios pinos.

En la Peña

Desde aquí, un camino recto nos lleva hasta Rueda, donde le pueblo celebra la fiesta de la vendimia con una gran paella regada con buen vino: ¡qué pena: acabamos de comer!

De nuevo el sube y baja del que no nos hemos despegado en toda la excursión, esta vez por la cañada de Valladolid, nos acercamos a la Peña, después de haber cruzado otro monte de pino con alguna encina. Visitamos la ermita y luego las aceñas: parece que cada vez que uno las visita hubiera menos aceñas y más arbolado y maleza. La carretera –no hay más opción- nos deja al fin en Tordesillas.

Aquí puedes ver el recorrido.

La Moraña desde el Zapardiel

4 febrero, 2016
La iglesia de Barromán desde el Zapardiel

La iglesia de Barromán desde el Zapardiel

Al sur de las tierras de Olmedo y Medina, ya en la provincia de Ávila, se extiende la Moraña, comarca más bien llana, dedicada sobre todo al cultivo del cereal que cuenta con algunos pinares. Hay dos localidades importantes y conocidas por razones históricas: Arévalo y Madrigal de las Altas Torres. Las demás, en su inmensa mayoría, tienen nombres que nunca hemos oído; es una comarca desconocida. Nosotros vamos a penetrar por la vía del Zapardiel, río al que, en su tramo final, conocemos bien.

La idea era llegar desde Salvador de Zapardiel, todavía en Valladolid, hasta el caserío de Torralba, a unos 24 km. El día no ayudó: comenzamos el trayecto con un viento frío y huracanado en contra, por más que venía del sur. Pero a los ciclistas nos pasa un poco lo que al toro, que se crece en el castigo, y pensamos que al menos, a la vuelta, volaríamos sin dar pedales, cuesta abajo, y por buenos caminos. Así que ¡a por el viento!

Crucero a la entrada de Salvador

Crucero a la entrada de Salvador

Prados, llanuras y pequeños pueblos

El camino al salir de Salvador se transformó en un prado extenso y llano, de hierba rala y húmeda en el que también crecían setas gracias a este invernal buen tiempo. Desde la colada Angosta, llegamos al cauce viejo del Zapardiel, convertido ahora en una agradable pradera. Así llegamos a San Esteban.

En este pequeño pueblo –que, entre otras cosas, posee una vieja fuente junto a una alameda y una torre militar utilizada luego como campanario- nos introdujimos (sic) en el cauce del Zapardiel. Es una zanja seca por completo. En el lecho nacen juncales y hierba. Mal que bien, se puede rodar. Llegando a Castellanos parece un cauce natural, pues dibuja curvas y nacen algunos árboles en la orilla. Desde aquí, adelantamos por la pista-carretera hasta la siguiente localidad.

Cerca de Castellanos

Cerca de Castellanos

En Barromán, si algo impresiona, es la iglesia. Increíble mole que en nada se diferencia de un castillo. Situada en el punto central y más alto del pueblo, parece una cruz o una torre sobre un montículo. Aquí, vuelve a renacer esa Castilla de las grandes iglesias con casas que, bajo ellas, recuerdan chabolas. En todo caso, Barromán es una bonita y aireada localidad. No parece tan olvidada como las otras por las que hemos pasado, al revés, ha conseguido montarse en el tren del tiempo…

Seguimos de cerca al Zapardiel

En la desembocadura del arroyo del Molino volvemos a introducirnos en el cauce del Zapardiel, pero enseguida subimos a uno de los caballones de la orilla, pues aquí el lecho es arena difícil de rodar, y no tenemos el motor de gasolina. Cerca de las riberas hay pinarillos, alguna alameda, restos de pozos… Como anécdota, en la orilla izquierda, durante tres o cuatro kilómetros alguien ha ido formando una línea dejando un caramelo cada dos o tres metros. Ya se ve que hay gente para todo. La figura de la inmensa iglesia no deja de acompañarnos desde atrás. Por delante, la iglesia de Bercial, que tampoco es moco de pavo; ¡menuda torre!

En la colada de Mamblas, saliendo de Bercial

En la colada de Mamblas, saliendo de Bercial

En Bercial el cauce mantiene agua estancada. Es una simple charca, sucia, acompañada de carrizo. El pueblo tiene estructura alargada, y lo atravesamos de punta a cabo. Al salir, no bajamos al cauce –sigue con arena abundante- y rodamos por la colada de Mamblas, que se transforma en una alfombra de hierba. De vez en cuando, algún chopo o álamo hacen esta vía más agradable. Va paralela al cauce durante casi tres kilómetros y finalmente sale a la carretera.

Estamos en Mamblas. Otra vez una enorme iglesia mudéjar. En el camposanto, los restos de otra. Tomamos el camino de Cisla. El Zapardiel va al este. A partir de Mamblas y ya hasta Torralba al menos, el cauce parece tomar un poco de vida, pues se encuentra acompañado de hileras de chopos y variada vegetación arbustiva. Incluso, cuando lo cruzamos, unos kilómetros antes de Torralba… ¡llevaba agua! La bici lo vadea sin problema.

Entre Mamblas y Torralba ¡lleva agua!

Entre Mamblas y Torralba ¡lleva agua!

Torralba, fin del agónico trayecto

Enseguida nos encontramos con las ruinas del molino de Torralba. Seguro que lleva muchos años ¿siglos tal vez? sin utilizarse. Sin embargo, la excelente calidad del ladrillo mudéjar ha hecho que podamos ver todavía los bocines, parte de la presa y los cárcavos. Y es que parece que se construyó a conciencia. Este ladrillo recuerda la piedra por su fortaleza y dureza.

Los bocines en la presa

Los bocines en la presa

El camino nos deja en Torralba, donde efectivamente vemos una torre blanca en lo más alto, que tiene pinta de palomar. También conserva las ruinas de un castillo, algunas casas, una ermita y establos para ovejas y otros ganados. Poco podemos decir del origen de este castillo; la finca pertenece al ayuntamiento de La Coruña.

Aquí parece que el Zapardiel lleva más agua. Desde luego, ha crecido en anchura. Pero hay que cruzarlo y… ¡glup! ¡plas! ¡zriiiisssssschchch! la bici cumple su función y sí que hay más agua: ¡pies mojados! Pero ahora ya nada importa, pues vamos a tener el viento de culo. ¡Qué descanso, ufff!

Torralba

Torralba

Media vuelta

De vuelta, empezamos volando pero… ¡ay! a mitad de camino, el viento amaina y la tarde se serena. Es igual, hemos aprovechado la mitad de la vuelta y en la otra mitad, al menos el viento no lo tenemos en contra, que de todo hay que alegrarse.

Cerca de Bercial contemplamos una preciosa estampa que dura casi 10 minutos: una liebre perseguida por dos galgos. Primero quiebra a los perseguidores en increíbles y zigzagueantes acelerones; luego recorre casi dos kilómetros en círculo, alrededor de nosotros, nos pasa a diez metros, y se aleja durante un kilómetro hasta que perdemos al grupo de vista. Ha ido sacando distancia a los galgos. Creo que los tres acabarán reventados. Sólo esta tierra llana nos puede ofrecer un espectáculo igual.

Agua en los campos, que no en el río

Agua en los campos, que no en el río

También vemos algunos bandos de avutardas, muchos de jilgueros y ¡por fin! avefrías: ¿es que ha entrado ya el invierno? No sé, hay algunos almendros en flor. Seguiremos esperando acontecimientos.

Algunas tierras están anegadas, otras han drenado bien. En el horizonte se recortan, hacia el oeste, las torres de Madrigal y de Moraleja de Matacabras; al este, los pueblos de Donvidas, Sinlabajos, Fuentes. Es una llanura que se va elevando suavemente.

En Salvador

En Salvador

Entramos en Salvador por una pradera inmensa, que es continuación de aquella otra por la que salimos, pues el mapa señala que por aquí pasó el viejo Zapardiel. La hierba brilla con el último sol de la tarde. Hemos llegado.

La ruta. Pinchar para verla en wikiloc

La ruta. Pinchar para verla en wikiloc

 

¿Qué tendrá el Zapardiel?

30 octubre, 2015
Esta vez, aunque no lleva agua, está hermoso

Esta vez, aunque no lleve agua, está hermoso

Después de haber divulgado los muchos defectos y vicios que tiene el río Zapardiel (cuyos responsables, por otra parte, somos los humanos, no él) también debemos cantar sus virtudes y, así, hacerle justicia.

Zapardiel es río poético, místico y legendario.

Poético porque nada menos que el Poeta de los poetas –Juan de Yepes, o San Juan de la Cruz- nació y vivió junto a este río, ya que vio la luz en Fontiveros y vivió varios años en Medina del Campo. Así que el río no le impidió ver la belleza de los paisajes –al contrario, seguramente le acercaría a ella- pues supo cantar como nadie en castellano a la vida y a las mil cosas hermosas que poseen los campos:

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

Muro de una antigua presa de molino en San Vitente del Palacio.

Muro de una antigua presa de molino en San Vicente del Palacio

También ha inspirado a otros poetas, como Lope en No todo son ruiseñores, bucólicos versos:

Riberas de Zapardiel
estaba un pastor echado
sin zurrón y sin ganado…

Y el rey de Aragón Alfonso V el Magnánimo, estando en sus palacios de Nápoles, se acordaba con nostalgia de su natal Carrioncillo, recreación de Reyes en los Prados y riberas de Çapardiel.

Alguna vez lo hemos vadeado

En alguna ocasión lo hemos vadeado

Es místico, porque en Medina también vivió -y fundó- Santa Teresa de Jesús. Y precisamente su primer encuentro con San Juan de la Cruz se produjo junto al Zapardiel, en Medina.

Y legendario. A pesar de que Castilla no es tierra de leyendas y mitos, pues los castellanos llamamos a las cosas por su nombre, y sólo vemos y tocamos lo real, por aquí no hay brujas, ni meigas, ni hadas, ni trasgos, como los hay en las zonas montañosas próximas. Pues, a pesar de ello, el Zapardiel es protagonista en más de una leyenda.

El chopo señala el cauce. Término de Honcalada.

El chopo señala el cauce. Término de Honcalada

Ahí tenemos la referida a Los amores del río Zapardiel, convertida últimamente en obra de teatro: un caballero pretende el amor de su dama y ésta, le pone como condición que traiga a Medina del Campo el agua de nuestro río que, en aquella época, distaba varios kilómetros. Esto sucede un verano especialmente tórrido: la dama y Medina entera se mueren de calor… al fin, con mucho trabajo, el caballero lo consigue y la dama le otorga sus amores. Y Medina se convierte en un vergel y el Zapardiel hasta en un río navegable:

Por el río Zapardiel
navegan todos los barcos
cargados de amores menta,
cargados de amores blancos.
Por una dama, un amor
hizo callar el verano.
Por la villa de Medina,
la de Medina del Campo,
cruza el río Zapardiel:
¡Todo amor de Enamorado!

Por Lomoviejo

Por Lomoviejo

O sea, que ha sido Amor quien creó el Zapardiel. Nada menos. ¡Pocos ríos pueden enorgullecerse de un origen similar! ¿No será precisamente el actual río una figura de lo que ahora los hombres estimamos el amor? La verdad es que esto daría para componer otra leyenda en la que quedaríamos mal parados los actuales habitantes del Zapardiel…

En otra historia, la dama exige, en este caso al Caballero de Olmedo, para darle sus amores, que abra una zanja desde el Adaja -de agua abundante y limpia- hasta el misérrimo Zapardiel, que languidece en Medina. La leyenda termina mal, pues a pesar de que el caballero lo consigue, y lleva el agua junto a la mota del Castillo, la dama se ríe de él y no cumple su promesa. Tiene algo de realidad, pues de tiempo inmemorial existe una canalización cegada en esa zona.

Tiene puentes

Tiene puentes

* * *

¿Qué significa Zapardiel? Resulta que en Vitoria hay un río Zapardiel, que desemboca en el Chirrio o Abendaño –y éste en el Zadorra, que va al Ebro- y que así se llama porque en sus aguas abundaban las zapardas, pez pequeño y oscuro (hoy a punto de extinguirse). Tal vez el vocablo sea de origen prerromano, vasco posiblemente, y en nuestro Zapardiel también abundaron ese tipo de peces, o parecidos pero con ese mismo nombre. En todo caso, el arroyo vitoriano llevaría tan poca agua como el castellano. Así que el Zapardiel hasta pesca llevaba. ¡Qué tiempos aquellos!

La desembocadura en el Duero

La desembocadura en el Duero

Zapardiel: de las aceñas de Zofraguilla a Medina del Campo

24 octubre, 2015

zapardiel 2015El Zapardiel, más que río, es una zanja inmunda. Recorre 100 km desde la laguna de San Martín de las Cabezas, en la que nace (El Parral, Ávila) hasta el Duero en las aceñas de Zofraguilla, donde muere. Pero no lleva agua. No hay más que verlo en Medina del Campo: no existe. De Medina al Duero es, en el mejor de los casos, como una larguísima charca de agua sucia y densamente poblada de espadañas; tanto, que ver el líquido es difícil.

Nunca fue un gran río: Casan a Adaja con Zapardiel / no quiso ella, por ser chico él, le cantaba la chiquillería en plan de mofa. Y nuestros clásicos llamaban al espeso Esgueva émulo del Zapardiel, portador de malas nuevas para las narices. Pero curiosamente, también este río fue heraldo de leyendas y fazañas, como veremos en la entrada siguiente.

Humedales en el bajo Zapardiel

Humedales en el bajo Zapardiel

A pesar de todo, si no nos acercamos mucho al cauce, disfrutaremos en numerosos tramos de hileras de chopos, sauces, o álamos, que le acompañan. Con todo, el propio cauce ha sido modificado a lo largo de la historia de manera que no sabemos el trazado exacto dentro de un fondo llano de unos 500 m entre ambas laderas y dedicado a pradera para pastos. Por eso, son varias las ganaderías que tienen rebaños de reses –algunas bravas- en las zona. La ladera derecha tiene más inclinación y, en ocasiones acarcavada. La izquierda está, por el contrario, suavemente inclinada, apta toda ella para el cultivo, más aun si tenemos en cuenta, que la tierra es arenosa y suave, amorosa.

Laderas

Laderas

Es un valle perdido y olvidado, sin casi núcleos de población. Únicamente Foncastín, en un pico dominador y Torrecilla del Valle, junto al río, son dos pequeñísimas localidades. Y Torrecilla es, más bien, un caserío. También podemos contar las dos casas de Dueñas de Arriba y la bodega e iglesia de Dueñas de Abajo. Antaño los pueblos abundaban, y tenemos noticia de Valverde, Mollorido, Constanzana, Foncastín (viejo), Zofraga y Velayo. Incluso hubo algún molino y una almazara. Hoy todavía podemos ver –y usar- una pequeña joya de ingeniería: el puente de Zofraga, son sus losas no cubiertas de rodadura, sus pretiles con protectores, sus pilas y tajamares… ¡¡Tenemos que cuidarlo, que algún desaprensivo ya ha empezado a tirar las piedras del pretil…!!

Interior del "castillo"

Interior del “castillo”

El trayecto lo hicimos río arriba, desde la desembocadura hasta Medina del Campo. En la parte próxima al Duero los prados son más extensos y abundantes. Incluso en sus inmediaciones se encuentra el prado de los Abonales, siempre verde porque el agua mana naturalmente del mismo suelo. Tanto en este lugar como en la Cortijada o Prado del Zapardiel veremos buen ganado vacuno.

Un poco más arriba aparecen las laderas cubiertas de monte. En la izquierda los pinares de la Nava y en la derecha el pinar-alcornocal del Valdegalindo. Curiosamente los alcornoques están en los límites del monte, fácilmente identificables. Aquí estuvo Valverde, y los campos todavía hoy hacen honor a su nombre. Un poco antes de llegar a Foncastín vemos la entrada de una gran cueva, pero no nos acercamos. Lo dejamos para otro día, así que volveremos.

Higos muy dulces, almendrucos, nueces, peras, uvas, manzanas… de todo esto había, en abundancia y en sazón. De manera que el bocadillo se pudrió en la mochila. Y de todo sobraba, pues estaban llenos los árboles y el suelo donde nacían.

Los chopos señalan el cauce

Los chopos señalan el cauce

Nos acercamos a la torre en ruinas del viejo castillo de Foncastín, que hoy sirve para que a su sombra se recuesten tuberías de riego y en sus huecos se esconda alguna paloma ¡En esto han caído las fortalezas castellanas de otros tiempos! No lejos, un ciprés señala el lugar del cementerio de Foncastín Viejo y el Zapardiel se deja represar por un dique.

Pasamos por la ermita de Carrioncillo, sacada hace años de la ruina por los vecinos de Valverde. Pero, desgraciadamente, la fuente de la alameda está hecha un asquito. ¿Se puede remediar? También vemos los restos –calicanto- de la vieja fortaleza, más allá de la fuente, en dirección al río.

Ver el agua no es fácil

Ver el agua no es fácil

Las Dueñas son otra cosa. Al menos están cuidadas y limpias.

En el trayecto hasta Medina nos acompañan de nuevo praderías con vacuno pastando. Al fondo, la silueta de torre de la Mota nos invita a avanzar.

Casa Blanca

Casa Blanca

Ya casi llegando, dejamos al otro lado la Casa Blanca, finca de recreo construida en el siglo XVI para el banquero de Medina Rodrigo de Dueñas, que también mandó levantar la Casa Navilla. No abundaron en nuestro austero país este tipo de construcciones, por eso ésta tiene un especial valor. Por dentro –según cuentan- está profusamente decorada con yeserías policromadas que recrean un inusual espectáculo de formas y colores en medio de la austera llanura castellana. Pero el exterior no le va a la zaga, según escribió hacia 1918 Juan Agapito y Revilla señalando los encantos de esta finca:

…a un lado la terraza, debajo de la cual brota un manantial en comunicación con un rectangular estanque poblado de pececillos; las aguas, que además de servir de riego a la finca, aumentan el caudal del misérrimo Zapardiel que corre próximo; el alto arbolado de la parte baja; las tierras de huertas con sus frutales y flores; las tierras blancas de pan llevar en lo alto, todo ello, verdaderamente, es eglógico y comprendo la satisfacción de aquella rica familia de los Dueñas que formó un oasis en la inmensa explanada, desprovista de arbolado…

Planta de la torre del castillo de Foncastín (fotografía aérea del IGN)

Planta de la torre del castillo de Foncastín (fotografía aérea del IGN)

La vuelta la hicimos, hasta Rueda, por un continuo sube y baja de cuestas y laderas. Menos mal que el azúcar natural de los higos nos dio alas y en Rueda nos esperaba la Fiesta de la Vendimia… para reponer fuerzas.

Lavajos

1 febrero, 2014

San Vicente Palacio

Amaneció un día primaveral. Buena temperatura para salir con la bici y día luminoso, pese a estar en pleno invierno. Condiciones óptimas para nuestra excursión. Salimos desde San Vicente del Palacio en dirección oeste hasta la confluencia con el río Zapardiel, que para nuestra sorpresa llevaba agua, cuando normalmente está seco casi todo el año. Cruzamos por el vado siguiendo el camino que hay sobre el cauce del arroyo Malpaso, ahora cubierto por una pradera verde gracias a las constantes lluvias del último mes. La humedad se nota en todo el campo, con abundantes charcos y lavajos llenos de agua, pero también en los caminos arenosos de la comarca, que hacen pesado el rodar de las bicis, frenando nuestro avance.

A lo lejos, a nuestra izquierda vemos los restos del torrejón de Serracín que se yerguen sobre la llanura, pero nosotros seguimos nuestra ruta hacia el sur, levantando el vuelo de un bando de avutardas. Paramos para fotografiar los numerosos lavajos que han renacido y de repente, a nuestra derecha, sale fugaz una enorme liebre que sigue corriendo por las tierras en paralelo a nuestro discurrir. Y no será la única. Parece que los animales están contentos y se animan a hacer acto de presencia a nuestro paso, como queriendo celebrar que es el último día de caza de la temporada.

1. Vado M A

Nos acercamos hacia Lomoviejo -que tenemos a la vista- pero damos un pequeño rodeo para ver las lagunas de la Caballera y del Tío Juan y las chumberas que han nacido junto al camino, mirando al caluroso sur. En esta localidad se mantiene una costumbre el día 28 de diciembre, festividad de los Santos Inocentes, donde a los jóvenes del pueblo se les nombrará alcalde y alguacil y velarán por la paz del pueblo durante esas fiestas, otros recibirán el cargo de mozos de puertas encargados de pedir por las casas para tener vituallas con las que pasar la fiesta y los mozos de costumbres, cuya función es cobrar la costumbre o cuota por dejar que los jóvenes forasteros pueda hablar o salir con las mozas de Lomoviejo.

3. Chumberas

Seguimos ruta hacia el sur entrando en la provincia de Ávila, pues Lomoviejo, Salvador y Muriel de Zapardiel son los pueblos situados más al sur de la provincia de Valladolid. Cruzamos otra vez el río por el vado y antes de llegar a Salvador de Zapardiel nos sale una nutrida bandada de perdices y un poco más adelante otra liebre nos sorprende con su rápida carrera. Rodamos un trecho por la carretera que lleva a la localidad abulense de Sinlabajos, para enfilar por camino hacia Muriel de Zapardiel, haciendo un alto en la ermita de la Virgen de los Remedios. En esta localidad se han encontrado restos de una necrópolis medieval de los siglos XII o XIII de la misma época en la que se construyó la cabecera mudéjar de la iglesia de la Asunción, así como restos de muros hechos de cal, ladrillo y canto, de donde podría provenir el nombre del pueblo, como muros pequeños. Al lado del templo pero exenta se levanta la torre de la iglesia como vigía o atalaya defensiva. Aquí, en Muriel, vio la luz en 1881 el escultor Moisés de Huerta y Ayuso aunque a muy temprana edad se trasladó a Bilbao, donde obtuvo formación en esta disciplina artística.

6 honquilana

Honquilana

Volvemos al camino para toparnos con un grupo de galgueros que aprovechan para poner a prueba sus perros ante las escurridizas liebres, experimentadas en escapar con sus quiebros a los ligeros canes. Es mucha la afición que hay en esta zona por los galgos, caballos y liebres. Llegamos a lo que antaño fue Honquilana, hoy reducida a escombros por el abandono definitivo de sus gentes a mediados de los años ochenta. Todavía recordamos haber conocido su iglesia en pie, aunque hoy, como todo el resto del pueblo es pura ruina. En 1250 aparece en algunos escritos con el nombre de Fontquilana y perteneció a la Comunidad de Villa y Tierra de Arévalo, encuadrada en el sexmo de Sinlabajos, junto a otros pueblos de la zona como Muriel y Salvador de Zapardiel, San Pablo de la Moraleja y las Honcaladas. Nunca tuvo mucha población, pues a mediados del siglo XIX contaba con poco más de 20 vecinos. Como parroquia fue suprimida en 1911, aunque se mantuvo su iglesia, pero ante el abandono progresivo de su mermada población, aquellos objetos de más valor fueron puestos a buen recaudo por el Arzobispado de Valladolid. Hoy podemos contemplar su retablo en la vallisoletana iglesia parroquial de Nuestra Señora del Prado en el populoso barrio de Parquesol. De líneas renacentistas de mediados del XVI, sus trazas se debieron a Blas Hernández mientras que las pinturas sobre tabla son de Joaquín de Vargas. Por lo que antaño fue su calle principal que lo atravesaba de norte a sur, hoy discurre el Camino de Santiago de Levante, y nada más salir del pueblo, donde comienza la carretera que lo comunica con la modernidad, aparece un hito que así nos lo indica. A nuestra derecha vemos la fuente del Caño, de la que todavía mana agua, que abastece a varios pilones que antaño tuvieron función de lavadero y abrevaderos.

Continuamos en una próxima entrada. En total, la excursión son unos 60 km.

4. Puerta