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La Agudilla

11 abril, 2018

¿Es un arroyo? ¿Es un humedal? ¿Es un conjunto de lagunas? ¿Es una lengua de terreno especialmente feraz para el cultivo? ¿Es una pradera? ¿Es una zanja? ¿Es un afluente del Adaja? ¿Es una corriente de agua asesinada? ¿Es un cauce seco? ¿Es el recuerdo de algo que fue? Pues sí, todo eso es -y más- la Agudilla.

Nace, según los mapas en el término de Palacios de Goda, en la provincia de Ávila, a 11 km del río Zapardiel y a 2 km del Adaja. Sigue por los rasos de San Pablo de la Moraleja y Ataquines para entrar en el pinar de Matamozos y, cuando está a a punto de caer en los brazos del Adaja, a menos de 500 m., da un quiebro y se aleja de él en dirección a la Zarza para terminar, después de recorrer 40 km, rendida ante el Zapardiel, en Medina del Campo.

En el pinar de Matamozos, poco antes de precipitarse en el Adaja

Pero vayamos más despacio. No lejos del apeadero de Palacios hay un humedal donde, después de las temporadas de lluvia, se mantiene el agua a escasos centímetros bajo el suelo y, si llueve, se forman pequeños charcos superficiales. La Agudilla continua por debajo aunque no se la vea, manteniendo esa típica hierba oscura y rala de los humedales. Después, por San Pablo y Ataquines, entra en tierras de labor convertida en una vulgar zanja aunque todavía mantiene algunos prados. Da nombre a una pequeña colina y sigue por pinares, donde ha creado una franja estrecha a modo de praderitas en las que pocos pinos se atreven a establecerse. Y, a la vez que, como si intuyera su fin, huye en estampida del Adaja, rodea amorosamente el caserío de San Cristóbal de Matamozos.

Aquí hubo una laguna

¿Huye del Adaja? Ya lo creo. Pero los hombres, que han cambiado -a veces contra natura- el curso de los ríos, han construido canales navegables, levantado presas, roturado selvas… ¿cómo no iban a cambiar el curso de este pequeño arroyo? Y, además, lo tenían muy fácil: aprovechando que pasaba cerca del Adaja, tiraron una zanja de unos pocos cientos de metros hasta este río y ya está: la Agudilla sin agua, asesinada. (Y es que somos expertos en asesinar corrientes de agua). Le podían haber cambiado el nombre por la Sequilla y así completar la pifia. Seguramente maquinaron esto para que no inundara las tierras de labor que robaron, más abajo a nuestro querido arroyo…

Lengua en el pinar

Seguimos. Forma -o formaba- una lagunilla al pasar por San Cristóbal y, después de rodearlo, se mete de nuevo por los pinares formando un humedal, una lengua sin pinos, aprovechada para cultivar cereal. De vez en cuando los cultivos dejan paso a pequeñas praderas con alguna charca… siempre que llueva.

Se dirige después a La Zarza, pero antes de llegar, recibe el tributo del arroyo -o zanja- de Carremolino que viene acompañado del agua procedente de la fuente de Bilbis y de las lagunas del Prado Moral. Esto le proporciona un poquitín de alegría… si la estación es húmeda.

Una de las lagunas del Prado Moral

Desde la Zarza nosotros rodamos por el camino del Lomo que va -sobre un lomo, claro- entre los prados que forma la Agudilla y las navas y lagunas de la Zarza, refugio para grullas en invierno.

Humedal poco antes de llegar a Medina

De nuevo un pinar y de nuevo la lengua para cereal alternando con algunas praderas, hasta que cerca de Moraleja de las Panaderas se convierte en una pobre zanja. Pero si pensábamos que había muerto de manera definitiva, estaríamos muy equivocados. Renace como el Ave Fénix, o resurge como el Guadiana. Ahora se va a convertir en un ancho humedal, de extensas praderas y salpicado de variadas lagunas, y todo ello gracias a la ayuda del arroyo -o humedal- del Vallejo, que viene de la Zarza.

A punto de terminar en el Zapardiel

Forma a continuación la zona de Prados Fríos, sonde suele pastar ganado vacuno, pasa bajo el AVE a través de un conjunto de varios puentecillos -por gracia de Adif, menos mal- y entre la colina de la Garganta y el montecillo de la Agudilla, ya las puertas de Medina, se disuelve -si es que queda algo de este pobre arroyo- en el Zapardiela la sombra de cuatro álamos. ¡Qué difícil lo ha tenido para llegar hasta aquí!

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Tierras de Medina

12 mayo, 2008

Hoy, sábado 10 de mayo, llueve sobre la meseta. Los litros se acumulan en los metros cuadrados y los agricultores están felices. Además, en algunos pueblos hace tiempo que no ven ningún topillo. Lo confirmamos; este invierno hemos visto algunos, pero últimamente están de capa caída.

mapa del recorrido completo -62 kms aprox.-

Hace dos semanas dimos un paseo por Tierras de Medina; en concreto, atravesamos términos de La Seca, Rodilana (bueno, es Medina), Medina, Gomeznarro, La Zarza, Pozal y Pozaldez. Los campos estaban espléndidos y ya presagiaban buena cosecha.

Nos paramos en tres ocasiones. La primera fue en Gomeznarro, pequeño pueblecito cercano a Medina del Campo. Tiene nombre de apellido. Antaño tuvo, como la mayoría de los pueblos de estas tierras arenosas y pinariegas, una buena charca. Hoy está desecada, y desde ella se levantan unos pocos álamos blancos, algunos tronchados. También es famosa esta localidad por ser la patria chica de Juan Martínez Villergas , poeta satírico del siglo XIX. La casa consistorial, con una puerta cerrada a cal y canto, es su casa natal.

En La Zarza, famosa por sus nícalos –frutos de otoño- existe una zona húmeda con amplios prados en la que pasta el ganado vacuno. En invierno, es zona muy frecuentada por bandadas de grullas. Es un buen lugar para contemplar todo tipo de aves, empezando por las acuáticas y terminando por las rapaces, que con frecuencia se dan por aquí una vuelta por si hay ocasión de…

Y Pozal de Gallinas. Aunque habíamos pasado por aquí más de una vez, nunca habíamos visto su torrejón, que se encuentra en dirección a Medina del Campo, a unos tres kilómetros, en medio de una tierra de cultivo. Es el típico torrejón de estas tierras, construido con una especie de cemento con abundancia de cantos. Pues bien, tiene la originalidad de que en el siglo XIX su subsuelo albergó un falansterio, el único en la provincia vallisoletana. Los falansterios fueron comunidades formadas por socialistas utópicos. Como puede imaginarse, casi ninguna llegó a buen fin. Pero el torrejón de Pozal fue testigo de excepción de uno de ellos.

Y, para terminar, un epigrama del poeta de Gomeznarro:

Varias personas cenaban
con afán desordenado,
y a una tajada miraban
que, habiendo sola quedado,
por cortedad respetaban.

Uno la luz apagó
para atraparla con modos;
su mano al plato llevó,
y halló… las manos de todos,
pero la tajada, no.