Rodales de Zaratán y ladiego de Ciguñuela

Siempre descubrimos nuevos paisajes, aunque se encuentren muy cerca de donde vivimos. La tierra es extensa, sí, pero también variada y no hay que irse muy lejos para contemplar panoramas que hasta ayer ignorábamos. A veces basta con cambiar el punto de vista, la perspectiva, para ver otro telón de fondo distinto al habitual.

Bastó con dar un paseo fuera del camino, por la rastrojera, por una colina que viene a separar Zaratán –al norte- de Arroyo –al sur- y Parquesol –al sureste. Fue un excelente balcón sobre estas poblaciones, con las ondulaciones de las laderas del páramo, Valladolid al fondo, más al fondo los cerratos y, todavía más, la sierra de Guadarrama. Normalmente vamos desde La Flecha cruzando la loma citada por el Portillejo, pero esta vez hemos rodado por esta loma que viene del cerro de Valdeguarían al este, luego por el Cotano, y no nos hemos arrepentido. Abundan los almendros y antiguamente había casetos o chozos de piedra que han ido desapareciendo o se han trasformado en edificaciones más parecidas a una chabola…

La contemplación del panorama se completó con la subida a la cuesta redonda –el Secadal– que se levanta al suroeste de Zaratán y que conserva algunos de los muchos almendros que la adornaban. En su ladera sur, los restos en piedra y barro de una antigua edificación.

Antes, pasamos por la fuente de la Garbancera que echaba una gotita de agua por segundo. Luego subimos al páramo por el camino viejo de Ciguñuela; a su vera, llenos de basura, vimos los restos de la fuente del Pozuelo descansar en suciedad, que no en paz.

En Ciguñuela entramos por el camino viejo de Valladolid para tomar enseguida el camino ladiego que discurre por la Varguilla y que ofrece unas agradables vistas de la localidad, siempre con la torre de San Ginés presidiendo el paisaje. Al llegar al Picancielo el ladiego se divide y nosotros, como ya los conocíamos, nos fuimos hacia Simancas, finalizando así este corto y agradable recorrido.

Aquí puedes ver el trayecto seguido.

El Duero que nos une (con Soria, en este caso)

Ese era el título, si mal no recuerdo, de una antigua exposición de arte luso española. Queremos que el Duero nos una con Portugal, pero no es fácil, pues si aquí predomina la llanura castellana, allí el Duero cruza entre abruptas sierras que no nunca facilitaron el paso… Incluso al llegar a la hermana tierra portuguesa el Duero se ve obligado a sortear como puede los famosos y bellos desfiladeros de los Arribes.

El Duero también nos une a través de sus vinos: la Ribera, Rueda, Toro, Los Arribes, Oporto… parece como si hoy se hiciera realidad la edad de oro descrita por Virgilio, cuando ¡el vino corría en ríos por todas partes! (passim rivis currentia vina).

Esta vez nos fuimos al extremo Este de La Ribera, a San Esteban de Gormaz, frontera de la marca mora de Zaragoza, y descubrimos que aquí el Duero forma casi los mismos paisajes que en Burgos, Valladolid y buena parte de Zamora. Es la llanura que nos une, en la que este río modela páramos y cerros. Al principio, en la caída desde Urbión, es vertical, como luego también lo será en los Arribes.

Recorrimos un primer tramo de la excursión por la cañada real soriana occidental; luego, entre cabezos, picos y tetones desprendidos de la paramera, llegamos a Peñalba de San Esteban pasando antes por la Aldea. Una arquitectura popular tan sencilla como deslumbrante nos sorprendió vivamente. Los alrededores de estos pueblos estaban salpicados de palomares que más bien parecían extrañas torres de vigilancia.

Después, el arroyo de la Laguna, estrechamente vigilado por las verticales laderas del páramo de la peña del Sol, a veces troceado en ciclópeos pedruscos de caliza, nos condujo en dirección a Atauta. También se dejaban ver, abundantes, las tainas, como aquí llaman a las tenadas. En la cuesta de subida, otra sorpresa: el barrio de bodegas, situado en el valle a unos 400 m del pueblo, parecía una extraña ciudad de barro, más propia de la sabana africana que de Castilla…

Un denso encinar de abundantes cárcavas y barrancas nos puso en dirección a la solitaria ermita de la Virgen Blanca, ya en las cercanías de Ines, que visitamos, también con asombro. De nuevo a subir al páramo, de nuevo las tainas –visitamos una en estado ruinoso- y llegamos a Navapalos, aldea de barro que cuenta con, esta vez sí, una auténtica torre musulmana de vigilancia.

Poe aquí cruzamos el Duero, amansado por una represa y atravesamos, ya de vuelta hacia el este, un kilométrico y fructífero campo de manzanos, que acabó muy cerca de Pedraja –que no Pedrajas- de San Esteban. Las siguientes paradas fueron en la  orilla del Duero, en el manantial color esmeralda de la Pedriza, en el molino de Ojos y, finalmente, en la playa-piscina de San Esteban.

Pero aun nos quedaban fuerzas para subir a lo que queda del castillo, cuyo cerro se encuentra atravesado por el túnel del ferrocarril de Ariza, y desde arriba ofrece una hermosa vista sobre la ciudad y el valle del Duero. Por supuesto, nos acercamos a la iglesia de San Miguel, primer templo románico construido en tierras de Soria y uno de los más antiguos de España, con su pórtico de galería abierta que se multiplicaría después en otras muchas iglesias.

Aquí podéis ver el trayecto, según Durius Aquae

No corras tanto, mi niño;
no, mi cielo, goza ahora,
que te acechan Soria impura,
Tordesillas y Zamora.

Portugal te abre su abismo,
Ay, el mar, el mar, me muero.
Desde Urbión, cantando, a Oporto,
¿cuántas horas dura el Duero?


(Gerardo Diego)

Con las luces del amanecer

Dicen que se ha acabado el verano y que esta semana que acaba de empezar nos traerá lluvias. No lo sé. Lo que sí que sé es que ayer lució un sol espléndido e hizo un calor de aúpa. Salí aun de noche de la ciudad sin echar en falta la manga larga -¡cuántas madrugadas de julio he tiritado echandola en falta- y me planté en el borde del páramo, entre Arroyo y Zaratán, para ver salir el sol sobre el cerro de San Torcaz en Renedo y despedir a la luna en la llanura del páramo. ¡Curiosa esta sensación de rodar entre la luna y el sol!

Con lo dicho, estaría contado lo mejor de la excursión de este día, último de la feria y fiestas de la Virgen de San Lorenzo. Pero hubo más; por ejemplo que durante algún kilómetro pude rodar por el borde del páramo y no por el camino ladiego de más abajo, ya conocido. Así, disfruté de un panorama único: primero, la gran ciudad todavía dormida y, a continuación, el valle del Duero desperezándose, soltando esa fina neblina que le ayuda a pasar la noche adormecido. Al fondo, la silueta de Guadarrama que desaparecía conforme la aurora pasaba a sol. Encinas y pinos recibían los primeros rayos e iban cambiando de un color mortecino y gris a otro que manifestaba mejor que seguían viviendo.

Los campos estaban muy resecos. Un terrible verano había pasado por ellos sin querer despedirse aún. Sólo los conejos parecían ajenos a la tremenda sequía. Algunos pajarillos empezaban a animarse. Abajo, la localidad de Arroyo seguía encomendada a sus sueños. Algún caminante se dejó ver algo más tarde, ya en los alrededores de Ciguñuela.

El páramo se cruza rápido; el sol, de culo no molesta. Llegamos a un paraje de ondulaciones abundantes –teso de la Cera, arroyo (seco) de Valmayor, reguera Matajudíos, las Quebrantaduras- del que salimos por el solitario chopo de la fuente del Pozuelo, en el picón de los Pleitos.  El sol ya estaba alto y la luna, llena de vergüenza, había desaparecido de nuestro mapa real.

Nos acercamos hasta el barco de los Degollados, ya en el término de Castrodeza, donde han plantado frutales. Y empezamos a volver, poniendo rumbo a Simancas por pagos bien conocidos: el Rebollar, el páramo del Torrejón, el barranco del Pozo y… descanso en Simancas, repleta de talanqueras,  pues también disfrutaba de su último día de fiestas.

Aquí, el recorrido.

El Cerrato de Castrillo de don Juan

Esta vez partimos de Castrillo de don Juan, único pueblo de la provincia de Palencia que se asienta en las orillas del Esgueva. Como está en pleno Cerrato, abundan las buenas construcciones de piedra caliza, pero también las casetas y tapiales en barro. En cualquier caso, resulta una localidad típica, muy agradable para ser visitada y hacer un recorrido por el Esgueva, las laderas con bodegas y el páramo y, por supuesto, sus calles. A mediados del siglo XX tenía –según el Madoz- 95 casas, 20 fuentes (!), 526 almas y un molino harinero de dos ruedas.

Subimos por el camino del Coto Negro al páramo del sur o de la margen izquierda. Este Coto es una curiosa colina que se eleva sobre el páramo, queriendo superar su ras. Hay un sembrado de cereal, corrales y monte. En cualquier caso es una atalaya privilegiada para asomarse a Castrillo y a los barcos, vallejos y ondulaciones que forma aquí la paramera. En el nacimiento del arroyo de Fuentequeril hay dos corralizas con chozos y, a campo traviesa, nos asomamos a la más cercana.

Corrales

Después, cruzamos ondulaciones, colinas, pequeñas regueras, cerrillos redondos… hasta llegar a las proximidades de Los Llanos. Vemos corrales, una caseta bien cuidada, algo que tal vez pudo ser una era, ruinas y, en medio de tanta llanura, una par de humildes almendros que mantenían sus almendrucos desde la pasada temporada. Y gracias a las piedras arruinadas, pudimos dar cuenta de buena parte de ellos. Curioso y recóndito lugar entre el cielo y la tierra, pero así es este Cerrato.

Luego nos dirigimos hacia el sur. Se veía, entre cerros, la torre del castillo de Guzmán. También vimos en ese momento y más tarde la Manvirgo, impresionante cerro que emerge en el anchuroso valle del Duero muy cerca de Roa. La verdad es que toda esta zona que se extiende entre Esgueva y Duero es un páramo roto en mil cabezos, colinas, cuestas, cerros… Cualquier cosa menos una simple llanura.

Luego, por el pico Agudo, los cerros Mirón y Pelado, los Portillejos y los Llanos –toponimia que refleja bien la realidad- acabamos en las proximidades de Villovela. Pero como no teníamos aun ganas de iniciar la vuelta, subimos de nuevo al páramo por el camino de los Pedregales, y dimos una nueva vuelta entre corrales, robles y encinas. Destacaban algunos viejos robles de gran porte. Y, desde luego, en los sembrados había más piedra que cebada.

El camino de los Pedregales acaba en el páramo

También destacaba, desde nuestro lugar cercano al cielo, las montañas del sistema Ibérico y sus estribaciones, hacia el este. En primer plano la sierra de Tejada, inconfundible por su gigantesca antena. Detrás, hacia el norte, blancos, el pico de San Lorenzo y, al sur, los picos de Urbión. Después de dar un ligero rodea hasta el término de Torresandino, bajamos por Valdecubillas, que es también un buen bosque de roble.

Viejo roble entre Villovela y Torresandino

En Villovela admiramos su arquitectura tradicional en piedra y barro, y también en madera, de puertas y ventanas. Hicimos una visita a lo que queda del molino de Abajo, en un hermoso lugar de la ribera y, siguiendo el cauce del Esgueva nos acercamos a la solitaria ermita de San Isidro, junto al arroyo Vallejo y con pradera en la que no faltan mesas y altar. Después, entre bancales y almendros nos presentamos en Tórtoles, uno de los no muy abundantes pueblos vivos de la comarca.

Unas pocas pedaladas más para llegar a la provincia de Palencia y, por un camino entre chopos mochos, en Castrillo de nuevo. Por cierto, que entramos en esta localidad junto a lo que queda del viejo castillo (¿de don JuanDelgado de Avellaneda?), estos es, un lienzo de la muralla y lo que parece fue un cubo o pequeño torreón.

Aquí podéis ver el recorrido, de unos 40 km. (Ruta realizada el pasado invierno)

Inabarcables Torozos

Tal vez los montes propiamente dichos sean abarcables, pues su extensión continúa reduciéndose –como podemos apreciar en la zona de la Santa Espina a causa de las roturaciones- pero el páramo de los Torozos es difícil de conocer y rodar en su totalidad. De hecho llevamos años –decenios- recorriéndolo en bici y uno llega a la conclusión de que la vida no te va a dar para decir de verdad: conozco el páramo de Torozos.

Y es que la última excursión fue por las estribaciones de Torozos entre Mota del Marqués y Castromembibre. Entre otros parajes, cruzamos por La Tuda, colina amesetada que se encuentra en el término de Villavellid, cerca de Villardefrades. Se trata de un alto con forma alargada y abundante yeso en sus laderas. Arriba, hay sembrados de cereal y tierras en barbecho. Pero lo mejor son los paisajes que se contemplan desde aquí. Hacia el norte, Villardefrades a los pies, el perfil señorial de Urueña, los tesos de Tordehumos, un montón de pueblos más, que se hacen más pequeños conforme se alejan, y las tierras onduladas –hoy verdes y marrones- de Tierra de Campos.

Tierra de Campos desde el páramo

Hacia el oeste, Villavellid en primer plano y luego San Pedro de Latarce y un montón de pueblos al fondo… Como para quedarse una mañana o una tarde contemplando este mar de campos de Castilla.

Y luego, las laderas, en las que aflora esa piedra caliza viejísima, modelada por la intemperie, con mil salientes y agujeros, con restos de líquenes. Parece que aquí el páramo tuviera millones de años. Un sendero nos lleva por la ladera, muy cerca del cerral, y por un momento cabalgamos mirando el paisaje de abajo, con los mares a nuestros pies.

Rodamos por los cerrales del fondo

Las sorpresas no acaban aquí. Bajamos por lo que fue un camino y el destino nos conduce hasta la fuente de Carbajosa, manantial del arroyo Lavaderos: ahí está, con su rústica arca, manando un hilo de líquido elemento aprovechado para dar vida a una alfombra de plantas acuáticas…

Otro trayecto aéreo fue el que recorrimos entre Castromembibre y Villavellid, un tramo por el mismo cerral de El Cuerno y otro rato por un sendero hecho seguramente por motoristas o ciclistas todo terreno. Se producía la misma sensación de cabalgar cerca del cielo y alejados de los campos de tierra.

Echamos en falta este chozo (o nos equivocamos de camino)

Aunque no acaban aquí los descubrimientos. Después de salir de Mota y acompañar durante 2 o 3 km el trazado de la autovía [por cierto: hemos echado en falta un chozo de pastor que aquí se levantaba, ¿qué habrá sido de él?], atravesamos el monte de Carbajosa –parte que fue de los montes de Torozos- de punta a punta. Conserva buenas matas de encina.

Las «cuestas de Tiedra», así llamadas porque, estando en Mota, se sitúan en dirección a Tiedra

Ya acabando la excursión, antes de llegar a Mota desde Pobladura de Sotiedra por el sendero de los Frailes y otros caminos y veredas, decidimos subir –y así agotar las fuerzas- a la cuesta de Tiedra, que se levanta entre Mota y el arroyo Marrundiel. La acometimos por un portillo para conectar hacia el sur con el camino de Mota. Bonitos cerros pelados y blanqueados por el yeso. Y hermoso paisaje con el castillo de Mota al este, iluminado por el sol poniente, y el de Tiedra al oeste…

Pasamos por Villavellid, que en buena parte se cae, por Castromembibre, donde a las ruinas de su molino de viento le han colocado aspas, palo de gobierno y cubierta, o eso parecía desde lejos; y por Pobladura, a los pies de la Virgen de Tiedra Vieja.

Paisaje cerca de Pobladura

Los almendros estaban comenzando a vestirse de blanco, si bien algunos aún no habían estallado. El campo estaba verde, engañosamente verde: visto de lejos, así parecía, pero cuando estabas encima, el cereal estaba raquítico y predominaba el marrón de la tierra –o el blanco del yeso.

Aquí os dejo el trayecto seguido. Las fotografías no son actuales, pues la máquina la perdí en Mota y por allí se quedó.

Febrero pasa

Y febrero sigue como empezó. Después de 20 días, se mantiene el anticiclón de las Azores, su sol y sus heladas. Y su ausencia de lluvia. Claro que podía ser peor, pues hemos conocido otros inviernos en los que Valladolid no veía el sol debido a las densas nieblas que en el valle del Duero provocaba el anticiclón; al menos esta vez disfrutamos de sol gracias al viento, aunque lo siento por los agricultores.

Tapia de una vieja ribera

Pero bueno, si llueve en un par de semanas todavía se salva la cosecha, pues la escarcha y el rocío han mantenido húmedo el suelo y la primera capa de tierra, a juzgar por la abundante hierba verde… De todas formas, así es Castilla, pues lleva siglos con este clima en el que en invierno y primavera puede llover o no llover. Forma parte de su esencia y de su austeridad.

En ningún momento la niebla llegó a asustar

Por eso, se puede salir a pasear sin miedo a la lluvia o a la niebla. Sobre todo por la tarde, el sol ha elevado la temperatura y su luz saca todos los colores al paisaje. Hay que aprovecharlo. Los páramos aparecen limpios y luminosos, y nos podemos refugiar en los pinares y riberas para sufrir un viento suavizado. Las cubiertas de nuestras bicis no se pegan terreno y se pedalea con menos esfuerzo.

En Puenteduero

A primeros de febrero comenzaron a florecer los almendros de los valles y en eso estamos. Los de parameras y campos tardarán un poco más. También ellos nos hacen los paseos más agradables. Igualmente tenemos en baldíos y cunetas otras flores amarillas que alegran matas y herbazales. Poco a poco, a su tiempo, irán llegando las demás.

Las alamedas tienen que esperar

Avanza el invierno hacia la primavera, pasa febrero y nosotros con él. Pero mejor que llueva pronto.