Archive for the ‘Tierra de Pinares’ Category

Pinares del Adaja

26 noviembre, 2017

La excursión comentada en la entrada anterior se completa con la aproximación al Adaja y la vuelta correspondiente, pues salimos desde La Zarza y, después de rodar junto al Adaja, volvimos a la misma localidad desde el pinar de Seranos.

Así, en La Zarza tomamos el camino, arenoso y bueno, del Marzal, que cruza pinares, tierras de labor y humedales. Merece la pena subir a la cuesta de Janiclán, que es vértice geodésico, pues desde allí se contempla una alfombra verde e inmensa de copas de pino y se distingue al menos La Zarza, Olmedo y Ataquines con sus típicos montículos que le dan nombre.

A la vuelta pasamos por los pinares de Serranos y Matamozos que se encuentran bien cuidados y en explotación maderera. Hasta salir al caserío de San Cristóbal hicimos más de 6 kilómetros rodando entre pinos. Este caserío cada día está peor y continúa cayéndose a pedacitos. O a grandes trozos. No se sabe de qué extraña manera uno de los enormes contrafuertes se había separado del caserón, permaneciendo firme. En fin, era la dosis de desolación del día.

Después, cruzamos por una bonita zona de pinares con grandes claros destinados al cultivo, cuestas y colinas, y humedales. Un paisaje agradable y luminoso para un paseo vespertino. Eran los montes de El Sornil, Ramiro y la Cabaña.

Finalmente, por el camino del Puente del Runel salimos a campo abierto y nos acercamos al lavajo de la Juncia, con su chopera y seco. Sin darnos cuenta, estábamos de vuelta en La Zarza.

Anuncios

Adaja dorado

15 noviembre, 2017

En esta ocasión hemos dado un paseo, relativamente corto, por la ribera izquierda del río Adaja, desde las inmediaciones del puente de Medina hasta el solitario pinar de Serranos. Los chopos, no tanto álamos y otras especies, estaban en su momento dorado. Los pinos –negrales sobre todo,  de los que se extraía resina- estaban limpios y luminosos, por la lluvia que había caído el día anterior. La arena eólica del manto superficial estaba relativamente aceptable, ligeramente húmeda, y la bici no se quedaba clavada. Así que no fue mal día para rodar por estos lares.

El Adaja es un río peculiar, primo hermano del Eresma, que al cruzar por Tierra de Pinares, corta el subsuelo haciendo una zanja o pequeño barranco. O sea taja la tierra de un tajo. Seguramente de ahí provenga su nombre.  Como el paseo era corto y no se trataba de hacer muchos kilómetros, realizamos el trayecto por el borde mismo del tajo, aprovechando los senderos cuniculares con las precauciones debidas y bajando al río en cuanto había una propuesta mínimamente civilizada.

En el pinar, ya cerca del río, nos sorprendió una pareja de búhos reales. Y no vimos muchas más aves, salvo algún milano. Entre los mamíferos vivos, había abundancia de conejos. En el río, ni un solo pez, a pesar de que llevaba agua transparente. Y en pinar, nadie, pues se trata de uno de los montes más extensos y solitarios de la provincia.

Como ya hemos apuntado, los chopos dorados nos acompañaron durante todo el trayecto. En la Cabaña, también estaban doradas las vides. No había setas, salvo en la tumba de Luna, que estaba junto a un enorme chopo en la orilla del río (Luna  2001-2015, decía, suponemos que se trata de una perra).

Nos acercamos a varios vados que ya no se utilizan, por lo que estaban impracticables por la maleza, y a todos los cortados que pudimos. Tal vez el de mayor caída en vertical es el que está  a unos 400 m al noroeste del molino del Runel, al lado de una explotación ganadera.

A pesar de la denominación de pinar a todos los montes de esta zona, lo cierto es que también abundan las encinas, cierto que la mayoría en forma de mata, pero no deja de haber algunas bastante grandes. Igual que los pinos, estaban limpias y relucientes. Y tanto unos como otras, se asomaban tanto al cortado del Adaja que…  alguno han terminado por descolgarse, a pesar del buen agarre de sus raíces!

También era hermosa y simpática la vista de la otra orilla, enfrente. Sobre las puntas doradas de los chopos, las llanuras de la otra orilla con sus pinos y encinas, cuando ésta estaba más baja, o bien la continuación del pinar al mismo nivel que el nuestro…

Tarde fría, luminosa y dorada entre el río y los pinares.

El vado Ancho del Adaja

7 junio, 2017

El río Adaja viene del sur, apuntando hacia Puente Duero, lugar donde debería desembocar, pero se encuentra con el pico Eras del monte Blanco –de 750 metros de altura- que le impide el paso y desvía hacia el este, por lo que acaba desembocando a la altura de Villanueva, unos 7 km más abajo. Otra consecuencia de este choque con las faldas y hornías del monte es que forma un ancho cauce de unos 150 metros frente a los habituales 8-10 que tiene por esta zona. Al tener que girar, se mantiene lamiendo la ladera de la orilla derecha a la vez que deja un amplio lecho, ahora seco, a la izquierda, que antaño formara distintos remolinos y que vuelve a llenarse en épocas de grandes crecidas.

El vado desde la casa de las Hornías

Además, ese ancho cauce hasta hace poco se aprovechaba para cultivar cereal o plantas forrajeras y ahora, en esta época de abandono de los cultivos, lo vemos cubierto de verde en invierno y primavera. Además, se encuentra como oculto, por estar a una cota más baja, entre los pinares de Valdestillas y el monte mencionado. Sitio ideal, por tanto, para realizar una excursión en bici desde Valladolid o para pasar una agradable tarde, incluso en verano, pues tenemos al lado las refrescantes aguas del Adaja.

Al fondo, las ruinas de la casa de las Hornías

Esta agradable vega, se completa con un vado –el vado Ancho, claro- que da servicio al camino que baja de la casa de las Hornías y se dirige hacia Valdestillas; pero ya nadie pasa por este vado, pues las carreteras y puentes lo han sumido en el olvido. Y, como no se utiliza, el bosque de ribera ha ido ocultándolo y ahora tenemos que traspasar  las líneas de sauces y espadañas de las dos orillas para atravesar el río. Aun así, lo hemos hecho con la bicicleta al hombro sin mayores problemas. Esto ayuda a que la excursión sea más variada, pues si venimos de aguas abajo –Villanueva, Puente Adaja o de Valdestillas-, podemos cruzar al monte Blanco para seguir hacia Puente Duero o Viana de Cega.

Sendero entre el río y el pinar

Por la orilla izquierda discurre un sendero junto al río, bordeando el pinar, que, si por una parte nos enseña los encantos del Adaja, sus arenales, los cortados de la orilla de enfrente, la vegetación de ribera, los patos y peces… por otra es bastante molesto para el ciclista, por la arena suelta que tiene en la mayoría de sus tramos debido a su uso habitual por moteros. En la otra ribera, el monte Blanco se encuentra  surcado por numerosos senderos, y muchos de ellos se asoman sobre las hornías a la extensa tierra pinariega de Valdestillas, Villanueva hasta divisar las cotarras de Serrada, Matapozuelos, Pozaldez… Y el pico Eras es un mirador desde el que se contempla desde Simancas hasta Tudela incluyendo toda nuestra Ciudad.

Adaja, río de saucedas y arenas

Lo dicho: si no tienes plan para una excursión mañanera o vespertina, el vado Ancho con los alrededores del Adaja son siempre una posibilidad.

El puente de Valles Miguel

20 febrero, 2017

matapozuelos-2017

El día amenazaba lluvia; los generosos pronósticos nos ofrecían varios litros por metro cuadrado durante las horas en que íbamos a pedalear y nos habían metido el miedo en el cuerpo. Bueno, esto último es un decir, porque a media mañana ya estábamos rodando sin mayores preocupaciones, si bien esperando la lluvia. Pero lo que no previeron estos profetas modernos fue el fortísimo viento huracanado que soplaba del sureste. De manera que la ida –en contra del viento- fue un agónico zigzagueo en busca de pinares y arbolado que nos protegieran un poco del vendaval.  Nunca vimos tantos pinos chascados por el suelo; entre el temporal de hace unos días y el de esta noche, habían caído muchos de los árboles que se sostenían muertos y algunos que aún estaban vivos pero con raíces someras…

Cruzando el vado

Cruzando el vado

La sorpresa de esta excursión fue descubrir el viejo puente del molino de Valles Miguel, sobre el Adaja. Los mapas antiguos señalan este molino entre Calabazas y La Mejorada. Pero ahora la ribera de Adaja a su paso por nuestra provincia es una intrincada selva de árboles de todos los tamaños pegados unos a otros, lianas, yedras, arbustos y zarzas que se asientan sobre un suelo de arena arrastrada y amontonada por las riadas que, a su vez, sirve de lecho a una superficie de fusca hecha de ramas podridas y hojarasca sobre la que es fácil hundirse e incluso desaparecer. Ni que decir tiene que con muchísima dificultad se puede transitar –o reptar, diríamos mejor- en invierno, y que es imposible hacerlo en primavera o verano.

No queda mucho más del puente...

No queda mucho más del puente…

Con el  panorama descrito es compclicado encontrar nada, aunque sea un edificio, en este caso un molino. En otra ocasión, hace años, nos metimos por el mismo cauce del río –sólo arena y agua- pero fue avanzada la primavera y, por tanto, las hojas de los arbustos lo tapaban todo. Esta vez, en el sitio exacto señalado por el mapa pudimos encontrar los restos de un puente de piedra y ladrillo que aún conservaba al menos un ojo por el que pasan las aguas. Era pequeño y estrecho y hoy se encuentra un tanto hundido, pues el agua casi pasa por encima. Adecuado para el cruce de personas y pequeñas carretas, seguramente servía para dar servicio al molino, que no encontramos, y poco más. Si el molino quedó reducido a ruinas y éstas fueron cubiertas por la arena y la maleza, será necesario mucho esfuerzo para rescatarlo. Así que ahí lo dejamos descansar bajo arena y fusca: Sit tibi terra levis, que dirían los latinos. A pesar de que debió ser una industria importante, pues aquí confluyen ocho caminos de procedencias variadas: Calabazas, Hornillos, Moraleja, Pozaldez, La Mejorada, Alcazarén…

En la Gaceta de Madrid hemos encontrado un rastro, pues en 1821 se hacía referencia a él para subastarlo y contaba con dos piedras correderas y capacidad para una tercera, dos cuadras y un puente. Menos mal que queda el puente, arreglado por un fraile arquitecto de La Mejorada unos años antes, en 1756.

Trabajo del viento

Trabajo del viento

Otros hitos de la excursión que dejamos reseñados:

  • El paso por el vado de Lavanderas. Fácil, pues el agua discurre sobre una capa de cemento.
  • El rodeo que dimos a la muralla del antiguo zoo de Matapozuelos, hoy Aula de la Naturaleza. Temíamos que quedara un viejo león escondido, alimentándose de ciclistas, pero no vimos ningún animal salvaje. Por no haber, no hubo ni perros en toda la excursión, cosa fácil de comprender, pues esta vez no vino Óscar. La muralla acababa cerca del vado de las Cuevas. En otra ocasión las buscaremos.
  • No encontramos fieras, pero sí un rebaño de gansos domésticos que volaban como si no lo fueran.
  • Los tres puentes sobre el Adaja en Villalba, cada uno de una época distinta. El más simpático, como siempre, el más viejo. Conserva los pilares de piedra y un perfecto arco de medio punto, no creo que por mucho tiempo.

12-febrero-020

  • Calabazas. Preciosa vista desde la orilla derecha, con un campo de labor deslizándose suavemente hacia el cauce del Adaja y, al fondo, el perfil de las laderas y cuestas de la Mula. Bajamos hasta el vado, sin cruzarlo, para descubrir el lugar de reposo de los calabaceños.
  • El caserío de la Morabia, que antaño estuvo habitado y hoy tiene un pequeño majuelo y una huerta en ciernes, dos casas y abundantes ruinas, para variar.
  • La Mejorada, que vimos de lejos, y los cuatro puentes sobre el Adaja entre Olmedo y Medina: dos para el ferrocarril y dos para la carretera (nosotros cruzamos por el viejo y elegante de piedra, ya cerrado al tráfico).
  • La casa de Salazar, en el Chepuco, entre Calabazas y Villalba, reducida a una pared con puerta y ventanas que dan al paisaje campestre por ambos lados, y una hermosa higuera que ahora crece libremente sobre otra ruina (para variar) que a ella se acoge.
  • Y diferentes pinares –siempre con alguna encina- que nos protegieron del viento. Algunos, con negrales y piñoneros de buen porte.
Puente viejo de Villalba

Puente viejo de Villalba

Poco más destacaremos, salvo que, a la vuelta, desapareció repentinamente el viejo camino de Arévalo a Valladolid por la orilla izquierda del Adaja, entre Calabazas y Villalba, y tuvimos que atravesar una tierra y un pinar hasta enlazar de nuevo con él. Es lo que tiene rodar por el campo con mapas antiguos (que son los que cuentan secretos, además de ser obras de arte), pues los modernos están para seguir las carreteras con gps.

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

Y en el pinar de las Cabas salió el sol

 

 

Vientos huracanados

10 febrero, 2017

4-febrero-001No está el horno para bollos, ni el fin de semana pasado estaba para salidas en bici. El viento, que continuamente rugía y hacía temblar farolas, vallados ycarteles de  anuncios, y empujaba ramas, papeles y cartones, desanimaba al ciclista. Tanto que sólo vi a otros dos rodadores en la excursión que hice hasta Aniago el sábado por la mañana. Cualquier otro sábado a esas horas me habría cruzado con varias decenas de rodadores.

Pero tampoco es para tanto. Si te vas al pinar –como hice- resulta que el viento se reduce enormemente. No es que no se note, pero casi. De manera que atravesé el pinar de Antequera, crucé por Puente Duero y tomé diversos caminos en el pinar del Esparragal que me llevaron a Pesqueruela. Allí el río discurría tranquilo y todavía casi transparente, no había recogido el agua de las últimas lluvias.

4-febrero-048

Desde Pesqueruela rodé por un camino de servicio de la finca de Aniago que me llevó hasta el viejo monasterio. Fue un trayecto de menos de 3 km pero sin pinos ni obstáculos que, precisamente por eso, se me hizo eterno.  Al llegar al destino y ver los restos de su espadaña, claustro y otras dependencias me acordé de una cita de un libro escrito en el siglo XIX que había leído hace poco y que trata sobre nuestros antiguos mozárabes:

…en el país de los cristianos libres, donde el oficio mozárabe estaba proscrito y desterrado desde el siglo XI, no faltaron, por fortuna, algunos varones religiosos y entusiastas por nuestras antigüedades eclesiásticas que viesen con dolor la inminente desaparición de tan insignes memorias. Así, en 1436 restauró este Oficio el obispo de Segovia en un lugar de su diócesis llamado Aniago.

Y suspiré: ¡cuánta desolación ha pasado por tantos edificios de nuestros campos y pueblos! Al menos, el rito mozárabe sobrevive hoy en la catedral de Toledo y, en fechas señaladas, en San Juan de Baños o en la catedral de Salamanca… Los cardos secos contra las viejas tapias parecían acompañar mis pensamientos.

4-febrero-052

La vuelta, más rápida por el viento en popa, la hice por el monte Blanco. Aquí, como los pinos del pinar a la ida, las encinas estaban limpias por la lluvia reciente e incluso relucientes por el sol que tímidamente quería salir pero se volvía a ocultar.

Ya en el Pinar de Antequera esperaban Javier y Almu con unas patatas con chorizo y champiñones haciéndose a la lumbre, Óscar con unas orejas picantes de su autoría y Miguel Ángel con una botella de buen tintorro; conste que yo aporté un curioso blanco de tempranillo. Así que di el viento por bien empleado.

4-febrero-060

Un día ventoso en Tierra de Pinares

10 enero, 2017

bocigas-2016Bocigas es una localidad del alfoz de Olmedo. Se encuentra, por tanto, en plena Tierra de Pinares, y es el punto que elegimos esta vez para iniciar la excursión. No fue elegido al azar: como el día anterior se lo había pasado lloviendo, esta Tierra era la ideal para rodar, pues encontraríamos poco barro. O eso era lo que creíamos.

Salimos por el camino de las Bodegas que nos condujo hasta el extenso pinar de Mohago, en el término de Olmedo. Es un pinar de negrales que nada tienen que ver con los negrales retorcidos que conocemos en Portillo o Camporredondo. Aquí son esbeltos, altos, casi totalmente derechos; diríase que se esfuerzan, sobre todo, por buscar el cielo. Además, como precisamente había llovido se encontraban limpios –daba gloria verlos, diría alguno- e incluso como aún estaban mojados, tenían una tonalidad más neta y definida. Por otra parte, en el suelo había salido musgo y algo de hierba, lo que le daba un aspecto más agradable, si cabe, para el paseo. Setas, pocas, ciertamente. El camino, perfecto: dos roderas de arena dura, sin baches ni raíces: volábamos por el bosque.

Pinar de Mohago

Pinar de Mohago

Al poco nos encontramos en un curioso y agradable lugar en la orilla misma del Adaja. En una tableta colgada entre dos chopos alguien había puesto: Este es el lugar de Pecheye. Disfrútalo pero… no lo jodas. Bocigas. El paraje –una pequeña pradera rodeada de altos álamos- es apacible ahora, con que en primavera o verano, ni te cuento. Un poco más abajo está el vado de la Huerta, al que también nos acercamos para continuar luego camino por la colada del Pinar, que sigue la orilla derecha del río.

Salimos del pinar a un claro e hicimos parada en lo que queda de la casa de Villagrá. Lo que queda son las paredes de barro que dejan ver simpáticos detalles constructivos en piedra, ladrillo, teja y madera. Parece que dominaba otro agradable vado. Pero ya no es ni recuerdo de lo que fue.

En la ribera del Adaja

En la ribera del Adaja

Atravesamos a continuación el pinar de Puras con algunas asomadas al tajo del Adaja, que corta la llanura de estos campos y que se adorna de enhiestos chopos y álamos abiertos. En la otra orilla, pinares y pinares. Acabado el nuestro, salimos de la provincia para caer casi en el río y por un senderillo en la ladera de peña fuimos ascendiendo a duras penas hasta la tierra llana del Navazo. Desde aquí –pasando junto a una pequeña nava o bodón- seguimos un camino de excelente firme que nos dejó en Montejo de Arévalo, donde repusimos fuerzas.

Y aquí empezó lo peor: un viento muy fuerte nos daba de cara al mismo tiempo que subíamos una cuesta por el camino de las Bodegas, con abundante y pegajoso barro. Además, en algunos momentos el camino se llenaba literalmente de escobas. Tanto que teníamos que (intentar) rodar por las tierras de labor. Al sur dejamos ruinas de bodegas, un bacillar y, más lejos, un monte de matas de encina; al norte uno de los muchos cabezos o motas que tiene esta loma, continuadora de la colina donde se levanta la torre del telégrafo de Almenara.

Llegada a Bernuy

Pero todo esto terminó, salvo el huracán, al llegar a la cima. Al fondo divisamos Villagonzalo y, más al fondo todavía, a unos 9 km, Coca sumida en un mar de pinares. Pues a rodar nos lanzamos dejando a un lado y otro tierras de labor, algunas naves de marranos y, ¡oh sorpresa! hasta que no estuvimos literalmente encima, no vimos, abajo, Bernuy de Coca.

Da la impresión de que este Bernuy no es nada, en comparación con lo que fuera un día. Muchos edificios arruinados; las casas estaban vacías y sólo vimos dos o tres coches aparcados. De algunas traseras se habían adueñado las hiedras, señal segura de que ya no se utilizan… Eso sí, la iglesia era enorme y relucía con el sol, que ya mostraba querencia por el horizonte. ¡Ah!: nos recibió una preciosa fuente o pozo –de los de manivela y cangilones- con sus correspondientes abrevaderos.

Saliendo de Villagonzalo

Saliendo de Villagonzalo

También nos recibía en Villagonzalo la fuente del Caño, con varios lavaderos, que corre el peligro de convertirse en el centro de la escombrera local y de la que hemos hablado en la entrada anterior. Allí mismo se nos presentó la magnífica y extensa laguna de las Eras, de agua salobre. Como el cielo estaba de un azul oscuro e intenso, las aguas reflejaban esa tonalidad sin dejar de rizarse por el viento…  Pero estaba cayendo la tarde y pusimos rumbo al oeste, cruzando pequeños valles –al sur se dejaban ver Íscar y su castillo, y Llano de Olmedo- hasta llegar a Fuente de Santa Cruz. Aquí nos dio tiempo a ver algún palomar, fuentes, la Cruz del camposanto iluminada de lleno desde atrás…  hasta nos paramos en un encinar a la salida del pueblo. ¡Y a continuar navegando con el cielo dorado del poniente!

Hacia la puesta de sol

Hacia la puesta de sol

Al poco tomamos el camino de la Raya (de Valladolid y Segovia) hacia el Adaja y empezamos a descender suavemente por la ladera el valle, ahora con el viento a favor y sin prácticamente barro que se pegara a las ruedas. La verdad es que no pudimos apreciar mucho el paisaje a nuestro alrededor por la falta de luz, salvo el perfil de la torre del telégrafo contra un cielo oscuro y los arreboles –que no es poco- de la puesta de sol justo sobre los ataquines.

Ya en Bocigas, descansamos junto a la laguna del campo de golf: era de noche y Venus reinaba en el firmamento.