Pinares de Mojados y riberas del Eresma

Salimos de Mojados por la cañada que se dirige a Valdestillas, que también es una pista forestal. Nos desviamos en La Minguela y nos introducimos en el pinar. Aquí algo nos ha transportado a otro tiempo, a otro lugar. Sólo se oye el aire cuando agita las puntiagudas hojas de los pinos. Nada más. Piñoneros altos, inmensos, bien cuidados. La capa vegetal del suelo quiere dejar de ser amarilla y va tomando tonalidades verdes a causa de las últimas lluvias. Algunas setas que parecen heladas, muertas. Algún pino caído, tendido, ¿cuándo nos azotó el último temporal?

Seta y bicicleta

Todo está mojado, pero los caminos son de arena y se rueda bien. Voy solo y estoy solo, salvo por las bandadas de rabilargos y torcaces. No encontraré a nadie en todo el camino, salvo al pasar por Hornillos. El sol acaba luciendo entre las copas de los pinos.

En la confluencia de Adaja y Eresma tuerzo hacia el sur para continuar por la orilla derecha de este último. En la otra orilla, la ermita de la Virgen de Siete Iglesias. Sigo por un cordel real y me encuentro con los que llamamos pinos de las Abogadas, por estar junto a ese pinar y ser, con mucho, los más representativos. Son tres enormes, inmensos piñoneros. Nadie sabe cómo han sido preservados del hacha, la sierra o el viento. Tal vez por estar en el cordel. Tal vez porque alguien se preocupa de ellos: están recién olivados, y por eso pueden resistir mejor.

Eresma
Eresma

Cruzo a la orilla izquierda por el puente de la carretera de Matapozuelos. Enseguida -¡horror!- una alambrada que llega justo hasta la caída del río, corta el camino. Así, sin más, sin avisar. Pues nada, con la bici de la mano, entre la alambrada y el cortado, como buenamente se puede, consigo superar el obstáculo pero me acuerdo, eso sí, de la madre de quien haya permitido esta novedad. No dudo de que el dueño esté en su derecho pero… podían haberle obligado a mantener la servidumbre de paso…

Al fin salgo a un cordel –que ha sido cercenado en parte por la alambrada- que viene de la montaña de León. ¡Podre cordel: va cambiando de anchura según los dueños de los predios agrícolas por los que cruza!

Uno de los puentes que dan acceso al barrio de bodegas de Horrillos

Por el pinar llegamos al lugar, ya en Hornillos, donde desemboca el arroyo Sangujero. Merece la pena asomarse a esta confluencia. Esta localidad no se asienta en la ribera del Eresma, sino en la del arroyo, que forma un profundo e inesperado tajo para ponerse a la altura del río encajonado. Más arriba, en el Pilón –la vieja fuente- lo cruzo por un sencillo puente de ladrillo, propio de un enanito de cuento, para pasar a la orilla donde se encuentran la mayoría de las bodegas tradicionales. Curioso barrio y curioso aprovechamiento de las verticales laderas que forma el Sangujero. Ciertamente, la mayoría están semiderruidas, pero el lugar no puede ser más encantador y encantado. Lo completan algún merendero, otro puente de arco de ladrillo y una pasarela de madera. ¡Perfecto lugar para degustar un vaso de buen vino con los amigos!

Aspecto de la cueva de Luis Candelas

La siguiente parada es en la puente Mediana. La pobre cada día está peor. Los pretiles desaparecen –supongo que alguien los tira- pero los dos arcos apuntados aguantan, ¿cuántos siglos ya? La cueva de Luis Candelas estaba limpia, tanto el acceso como el interior; dentro, como cuatro pequeños bancos o poyos que surgen de la peña. Un banco en el exterior para contemplar el paisaje.

Volvemos por la orilla derecha. Los paisajes que forma el río con sus cortados y arboledas no pueden ser más hermosos. El viento parece arreciar, y los milanos muestran sus mejores acrobacias. Algún ratonero quiere imitarlos pero no es lo mismo.

Fuente solitaria

Frente a Hornillos descubrimos una curiosa fuente. Está seca, pero es moderna, alguien la ha construido en cemento y la ha coronado con una pequeña pirámide. Es extraño, una fuente así de elaborada y, a la vez, perdida en tan recóndito paraje. La hierba está de un verde brillante gracias a la verticalidad de los rayos del sol; también resaltan los troncos blancos de los álamos y aún quedan restos todavía verdes de arbustos y plantas…

Cerca de Mojados

Hasta el caserío de Brazuelas vamos por el sendero junto al río. Cuesta rodar, la tierra está húmeda y abundan los charcos. Finalmente, después de recorrer unos metros del camino de Santiago madrileño, otra vez atravesamos pinares de esbeltos pinos, sobre todo piñoneros, hasta llegar a Mojados.

Aquí dejo el recorrido, de unos 42 km.

Senderos del Adaja

Otro recorrido por senderos, esta vez por las orillas del Adaja, entre su desembocadura en el Duero y Valdestillas. Se trata de una excursión relativamente corta (28 km) pero intensa, pues discurre prácticamente toda ella por un bosque de ribera en el que abundan los chopos, álamos, fresnos, sauces, alisos y matas de olmo, porque el tradicional negrillo es una especie que, desgraciadamente ha desaparecido de nuestra provincia e incluso del mundo mundial. Además, estos árboles –y arbustos tales como rosales silvestres, espinos albares, madreselvas- te saludan y te rozan, debido al estrecho sendero por el que rodamos. Bueno, también pasaremos junto a pinos y escobas, pues contiguo al bosque de ribera tenemos un buen pinar.

La primera parte discurre por la orilla izquierda del Adaja, aguas arriba, desde el Colagón hasta Valdestillas. A veces va por el borde mismo del pinar y otras veces toca la orilla del río. En verano, la espesura suele ocultar el agua del Adaja, mientras que en invierno es más visible. La senda unas veces es más bien arenosa y otras más bien dura. En el vado Ancho podemos pasear por un amplio prado en el que no suelen faltar setas. Antes de llegar a Valdestillas nos alejamos del agua bordeando sembrados en torno a las casas de Quitapesares. Finalmente, cruzamos bajo la vía de alta velocidad y nos plantamos en el viejo puente del mismo Adaja.

Retomamos el sendero por la ribera.  Son frecuentes, como en la otra orilla, los repechos y ondulaciones del firme, hasta que nos introducimos en un pinar. Más tarde atravesamos un sembrado para cruzar enseguida entre el río y la casa de la dehesa de Hosada, en ruina y cubierta por árboles y arbustos. Debió ser un lugar muy vivo hace años, pero hoy –como tantos otros- ha caído en la ruina y el olvido.

Y ahora pasamos apretados entre el río y las hornías, que son como  cárcavas o torrenteras formadas por la lluvia después de que el Adaja no pudiera romper esta barrera de tierra más compacta que le impidió ir directamente al Duero y hubo de torcer su curso hacia el oeste. Esta zona está llena de senderos para subir y bajar en bici o en moto por las mismas hornías desde el río al monte Blanco. Si lo haces en bici, son senderos muy duros para subir y peligrosos de bajar. Intentamos subir por una de ellas pero lo dejamos, a la mitad, para otro momento. Eso sí, el paisaje es hermoso, tan hermoso como curiosas las hornías, que se han ido formando a pesar del sostén de las raíces de los pinos. Aunque, seguramente, los pinos los pusieran ayer mismo…

Además, si subimos al monte Blanco, tendremos una buena perspectiva de esta Tierra de Pinares hacia el sur y de Valladolid y falda de los Torozos hacia el norte. Al este se dejan ver las inconfundibles mamblas de Tudela y al oeste los cerros de Tordesillas.

Seguimos nuestro camino hasta las ruinas de la casa del vado Ancho y tomamos el camino, cuesta abajo, que nos lleva hacia las urbanizaciones de los Doctrinos y Puente Adaja. El valle se ha ido ensanchando y aquí todo vuelve a ser llano, muy aprovechado para cultivos.

No seguimos hasta Aniago y por el puente cruzamos a la orilla izquierda. Por el último sendero rodamos junto a la orilla –abajo el río, con barbos boqueando- hasta que llegamos, con la bici a rastras, a la misma desembocadura. No es fácil tener una buena perspectiva, pues se ha llenado de maleza.

La excursión bien puede acabar en la pesquera de las antiguas aceñas y dando un paseo por Villanueva. He aquí el trayecto según wikiloc.

Decálogo para un (buen) paseo entre pinos y sembrados de puerros y zanahorias

No sé por qué, pero la excursión que hicimos hace unos días por el Carracillo me ha salido en forma de decálogo. Y además, de auténtico decálogo pues, cosa inaudita, el decálogo normal puede contener 8, 9, 11, 12 o cualquier número de consejos, no solamente 10 (!), según el DRAE. ¡Deca ya no es lo que era!

Salimos de Pedrajas de San Esteban y…   esto aconsejo:

1.- Atraviesa cañadas y pinares sin miedo

Y así fuimos, sin miedo, porque aunque había diluviado el día y la noche anteriores, la arena estaba perfectamente practicable; no había tierra y por tanto barro tampoco.  Tomamos el cordel de las Ánimas para luego desviarnos por el camino de los Taberneros y la cañada de la Rodera. Por cierto, junto a ésta pudimos contemplar la fuente –seca- de Santibáñez, en piedra caliza, de estructura cuadrangular y cuyo arca había perdido el techado, si es que lo tuvo. Dejaba ver muy bien los agujeros y ranuras por los que se captaban las aguas del manantial.

 

Justo cuando conectamos con una cañada real de merinas que venía de Íscar, vimos un pino de magnas dimensiones y alrededor otros de buen cuerpo aunque menores. De aquí pasamos al caminos de las cañadas (curioso el nombre) para salir de la provincia de Valladolid y entrar en Segovia.

2.- Acércate al molino de Alvarado.

¡Qué grata sorpresa! Le llaman molino, pero en realidad es, por sus dimensiones y por los deseos de los constructores, una gran fábrica. Al acercarnos, sólo vimos dos cárcavos, uno de los cuales, con su regolfo, estuvo en uso hasta finales del siglo pasado. Cuenta con una gran balsa y el conjunto se completa con la chopera cercana.

3.- Visita la Visitación.

A mitad de la carretera que une caz del molino con Fresneda, se levanta la ermita de nuestra señora de la Visitación. Es relativamente moderna y a través de una rejilla en la puerta, se puede ver la imagen. Pero mejor el exterior: se encuentra en un alto y es una excelente atalaya para contemplar esta parte del campo de Cuéllar. Rodeada de tierras de labor en un primer círculo, y de pinares en un segundo, parece estar en el centro de la comarca.

4.- Y demora en la laguna Mora.

Hay muchas lagunas en estas tierras de pinares; algo tendrán que ver con el acuífero de los Arenales. Unas son claramente naturales, otras, por el contrario, parecen balsas de agua para ser utilizada en el regadío, muy abundante debido a la agricultura hortícola. Porque es una comarca de regadío en la que hemos visto muchos puerros, abundante zanahoria, patata, remolacha de mesa, lechuga, fresas, esparragueras,  hasta un melonar.

El caso es que la laguna Mora se encuentra en la misma cañada de las Toperillas, que tomamos para salir de Fresneda. Aquí no todo son pinos.  Si en la fuente de Santibáñez sólo quedaba un chopo, en el humedal  quedan muchos, además de abundante carrizo y junco. Y en medio, acompañada de otras lagunas menores, la Mora. Con facilidad levantarás alguna garza o algún pato.

5.- Mírala y la admirarás.

En otro alto, no lejos del camino y en medio de los campos, verás otra ermita solitaria que te atrae de una manera un tanto misteriosa. En cuanto te acerques sabrás por qué, pero sin llegar a comprender todo el misterio. Resulta que lo mejor de la ermita de San Marcos son sus portadas y sus huecos de ventanas, de ladrillo mudéjar desgastado por los siglos. Si quieres entrar por una de las portadas, has de agacharte, como si por un momento pertenecieras a una raza de gigantes que ha sucedido a otra de enanitos. En realidad es la antigua iglesia del despoblado de Marieles y –al menos las portadas- data de los siglos XII-XIII. Una joya, vamos.

6.- Déjate engañar por la vieja olma del Campo.

Poco después llegamos a Campo de Cuéllar. Buscando las lagunas –unas estaban secas, otras con algo de agua y escombros- nos dimos de bruces con la vieja olma que, en un primer momento nos engañó, la muy cuca. ¿Pues no ha reverdecido ese enorme tronco que tiene una copa de regular tamaño? Pues no, si te acercas a la hoja verás que se trata de un olmo siberiano que han plantado dentro del tronco hueco de la vieja olma. Y da el pego. No está mal, así la recordarán mejor. Pero no es lo mismo.

7.- Repón fuerzas en Chatún y Gomezserracín.

Son pueblos  relativamente grandes, con bar e incluso restaurante, el segundo. El primero tiene dos buenos parquecitos con mesas, fuentes y césped para abrir la fiambrera o engullir el bocata. Está todo limpio, con casas nuevas o remozadas. Se ve que la agricultura aquí da de comer a bastante gente. No parece esto una comarca vaciada.

8.- Descansa junto a las lagunas del Arroyo.

Pues estas lagunas, por nombre Palomera, Adobera y Lagartera, sí estaban vivas, limpias y agradables. Muy grandes, y llenas de patos, a cientos. Cerca de ellas un crucero y dos bancos de piedras, adecuados para descansar, que ya van pesando los kilómetros. Están rodeadas de maleza –también cercadas- lo que facilita la vida de la fauna- y arbolado.

9.- ¡Cuidado con los buitres!

Nos dieron una sorpresa en el pinar de arena de los Juncales, cerca de Chañe. Una buena bandada que no quería levantar el vuelo a nuestro paso. ¿Estarían ahítos de comida, sin poder elevarse? Seguramente no, seguramente estaban hambrientos junto a una granja de cerdos en la que de vez en cuando, les echarían algún cadáver… O vete a saber. El  caso es que nos llevamos alguna buena pluma de estas aves tan pesadas. Pero lo que realmente pesaba eran nuestras bicis sobre los arenales.

Y 10.- Llora, con el Pirón, donde estuvo la puente Vieja.

De Chañe llegamos a Remondo: por cierto, en ambas localidades tienen buenas espadañas con sus correspondientes campanas. De esta última salimos por el camino de la puente Vieja y nos encontramos en el río con un puente moderno de hormigón (construido con ayuda de la UE, eso sí). El pobre Pirón, con la superficie repleta de lentejas de agua, ofrecía un caudal equiparable al de una lágrima humana. ¡Qué triste! No merece la pena más comentarios.

Ya por pinares desde la puente, conectamos con la cañada real de merinas, en el término de Íscar, para seguir por el camino de la Picona, el cordel de las Tobas, y entrar en Pedrajas desde el cordel de las Ánimas. Aquí va el recorrido, según Durius Aquae.

Muy  lejos, de lo profundo del monte pinariego, salía un ritmillo de jota…

Ay, Chatún, Chatún, Gomezserracín,
el Campo, el Arroyo, y a Chañe a vivir
y a Chañe a vivir, y a Chañe a vivir
ay, Chatún, Chatún, Gomezserracín

 

Sol y agua en San Miguel del Arroyo

Ayer tenía un rato para dar un paseo en bici pero resulta que los pronósticos del tiempo anunciaban tormentas por cualquier sitio cercano a Valladolid. Quería acercarme al borde del páramo de San Miguel del Arroyo, ya sobre Segovia, para ver el mar de Tierra de Pinares. Lo había visto de refilón desde la autovía en un reciente viaje al Henar y se me había antojado. Bueno, si hay que mojarse en cualquier caso, me acercaré hasta San Miguel en coche y me doy una vuelta por allí.

Aquí, en el páramo, hubo una charca

Dicho y hecho. A primera hora de la mañana estaba por allí y precisamente sobre San Miguel había un gran claro con un sol brillante que sacaba los colores a los sembrados –todavía verdes- y a todas las flores de esta primavera. Las nubes –todavía blancas- tenían ganas de fiesta y no hacían más que moverse y cambiar de forma y aspecto.

Ladera florida

Luego resultó que el buscado mar no se veía bien: debido a la abundante nubosidad, y a que había llovido por la noche, la bruma dominaba el paisaje. No estaba mal, pero era otra cosa, distinta a lo que uno había previsto.

Tomé la pista de Vallelado para cruzar la autovía y enseguida pasé a rodar por caminos que casi no se veían debido a la abundancia de hierba. De hecho tuve que parar varias veces a quitar maleza que se acumulaba en el cambio trasero e impedía a la cadena trabajar bien. Pero el campo estaba precioso. Flores abundantes y de todos los colores y especies.

Invasión roja

Bajé hasta un vallejo de Vallelado para subir enseguida de nuevo al páramo y, cuando me quise dar cuenta, el claro entre nubes -ahora grises- se había cerrado peligrosamente y empezaron a sonar los primeros truenos. Así que puse rumbo a San Miguel para no tentar más la suerte. Cuando bajaba hacia el valle del Henar entre las bodegas, comenzó a llover con ganas pero ya era tarde, la lluvia que no consiguió su objetivo. Me libré por la campana.

Al fondo debería estar Tierra de Pinares

Corta y guapa excursión; inquietante al final. Aquí, el trayecto.

 

A la ermita de Sieteiglesias (Matapozuelos)

El Henar, la Espina, el Compasco, son los nombres de algunas ermitas a las que hemos acudido en peculiar romería ciclista en mayos pasados. El mayo anterior no fue posible, pues la movilidad estaba reducida y solitaria. Pero este año no había especiales problemas y pudimos desplazarnos unos cuantos chavales y algunas familias de la Escuela Deportiva Niara a la ermita de Sieteiglesias, en el término de Matapozuelos.

En alguna cuesta no dió tiempo a cambiar…

Nosotros ya conocíamos el lugar: en Tierra de Pinares, justo en el horcajo de los ríos Adaja y Eresma, por donde hace siglos pasaba la calzada que unía Septimancas y Cauca, y donde todavía hoy se busca infructuosamente la mítica ciudad de Nivaria, citada en el itinerario Antonino (mapa de calzadas romanas del momento).

…otros no se aguantaban si había una cuesta a la vista.

Para que pudiera celebrarse la jornada de fútbol sala con normalidad, salimos el sábado pasado un poco tarde, a las doce y media del mediodía unos treinta ciclistas de diferentes edades. El viento era fuerte pero como el trayecto discurría entre pinares no se notaba demasiado. Lo que sí se notaba era la primavera: suelos verdes, salpicados del amarillo de las escobas y del morado del cantueso.

Sendero del Adaja

Algunos se iban quedando atrás sin mucha causa justificada, hasta descubrimos que la rueda de atrás de Beltrán iba frenada. Ajustado el freno comentaba que iba volando y no le costaba dar pedales. Algo parecido le ocurría a Alonso con el sillín, que se le había movido hacia atrás.

Al llegar al puente sobre el Adaja nos alcanzó el equipo cadete que venía de jugar su partido, fuerte como un huracán. No nos aclaramos si había ganado o perdido. Mala señal.

Después de cruzar el pinar de Antequera y el del Esparragal, repusimos fuerzas en el Colagón. Así pudimos superar algunos bancos de arena antes de rodar por la animada, variada y agradable senda del Adaja (orilla izquierda). Salimos a Valdestillas y al poco estábamos cruzando uno de los puentes más antiguos de la provincia: el que ahora une Sieteiglesias y Matapozuelos, usado por caminantes y rebaños de la Mesta durante siglos, o tal vez milenios. Tan viejo es que –aunque se haya rehecho muchas veces- parece hundirse en las arenas de estos extensos pinares.

Aspecto de la explanada de Sieteiglesias

Llegamos a la ermita donde ya nos esperaban muchos familiares de los ciclistas y, después de la visita a la Virgen, que nos fue amablemente facilitada desde el Ayuntamiento de Matapozuelos, nos dedicamos ¡otra vez! a reponer fuerzas. ¿Todos? ¡no! Millán y Alonso se habían escapado a pegarse un baño en las todavía frescas aguas del Adaja. Y es que estos chicos prometen: Millán, con sus 10 primaveras, decidió volver en bici con los mayores a Valladolid. Y llegó sin problema. Creo que le vamos a fichar para nuestros recorridos habituales. Los demás chavales de esas edades (y unos cuantos mayores) volvieron en los coches de sus padres o familiares.

De vuelta

La vuelta, para variar un poco, la hicimos por el camino de la dehesa de Hosada desde Valdestillas a Puenteduero.

Los arruinados chozos de Portillo

En el cerro de la Muela, en Portillo, permanecen las ruinas de dos chozos. Por el aspecto externo –frágiles, de pequeñas dimensiones,  paredes rectas, entradas amplias – no parecen de pastor, sino más bien guardaviñas. Pero en los alrededores vemos restos de corralizas, en las que también hay vestigios de otros chozos. Sea como fuere, allí están para dar testimonio de otros tiempos en los que pastores y agricultores debían hacer largas jornadas –a veces seguidas- lejos de su casa y de su pueblo.

Hay un sendero señalizado que va desde Portillo a los chozos, por lo que no es difícil acceder a ellos. El lugar también ha cambiado desde que los chozos estuvieron en uso y ahora es un tupido monte de pinos. Antes estaría raso, destinado a pastos o bien a bacillares. Unos de los chozos se asoma por el mismo cerral tanto que lo han llamado mirador del Chozo. Pero la verdad es que aun en esto ha ganado el tiempo: ya no hay tal mirador o, si lo hubiere, sólo se puede ver un pino delante de nuestras narices. Ha ocurrido lo que en tantos cerrales de nuestros páramos: los pinos impiden ver el paisaje. Hay que buscar el hueco adecuado, que se encuentra con dificultad.

A todo esto, en lo profundo del intrincado y alejado bosque… ¡me sentí observado! Despacio, fui barriendo con la mirada la línea imaginaria del horizonte… hasta que vi dos cabezas de corzo con las orejas enhiestas y los ojos clavados en mí. En cuanto se dieron cuenta que los había descubierto salieron corriendo.

Otra cosa que me llamó la atención fue un grupo de robles quejigos muy jóvenes con las hojas recién salidas. Nunca había visto hojas tiernas de quejigo a primeros de abril, son árboles perezosos que echan sus hojas en mayo e incluso junio, y hasta ese momento muchos conservan las viejas. O estos son distintos o la primavera se ha adelantado como el almendro.

Llegué a la Muela desde Aldeamayor, pasando por el lugar del desaparecido molino de los Álamos: me desvié para ver lo que queda de éstos. También contemplé un antiguo horno de cerámica próximo al cementerio de Arrabal. Los caminos estaban húmedos por las recientes tormentas y las ruedas se pegaban un poco; costaba pedalear más de lo previsto.

Pude contemplar cerezos en flor y extensos campos de colza vestidos de amarillo. Las arenas del pinar también acogían las primeras flores, blancas, amarillas y azules. Hasta la fuente del Pilón parecía revivir, pues resbalaban por el caño unas gotas de agua. Ya bajo el dominio de Portillo, los caminos tenían abundante arena que pude salvar buscando el centro no rodado o las orillas del camino, donde la vegetación hacía como de capa aislante o protectora.

A la vuelta, después de pasar junto a los corrales del Comeso, el traicionero arroyo Bucianco casi me impide el paso, pues se había vuelto por sus fueros perdidos y se había adueñado del camino en el cruce. Menos mal que el agua no estaba fría: se había contagiado del día y parecía templada.

Aquí odéis ver el trayecto seguido.