Archive for the ‘Tierra de Pinares’ Category

Caminos, campos y puertas

11 agosto, 2018

Hace no mucho dimos un paseo por los términos de La Parrilla, Santibáñez y Traspinedo. Poco después volví por La Parrilla, y pude comprobar cómo bastantes caminos que atravesaban este término han desaparecido o están a punto de desaparecer. Y este año es especial para ello, pues al no utilizarse apenas, se añade el hecho de que se han cubierto de hierba y maleza por la abundancia de lluvias durante la pasada primavera.

Así, la subida a La Parrilla por el camino de Aldeamayor desde Casa Blanca supuso una verdadera lucha contra los elementos. Ya nadie utiliza ese camino y las altas hierbas se han adueñado de él. Algo parecido ocurre con otros muchos de los caminos que, abriéndose en abanico desde el municipio toman dirección este, hacia Traspinedo. Al principio son anchos y de buen firme pero conforme avanzan comprobamos que se utilizan mucho menos, hasta el punto que desaparecen por completo. Eso sí, se esfuman en lugares tan perdidos como hermosos, donde la tierras están delimitadas por grandes ejemplares de encina y roble. Además, abundan los corrales, las hoyas, y lo pozos abandonados, de corte tradicional -construidos más en piedra que en ladrillo- y antaño utilizados para regadío ¿de remolacha? La tierra, como en tantos páramos, toma un fuerte color rojizo.

Desaparecieron los caminos, pero a veces quedan las puertas en esos mismos caminos, o las tapias de piedra caliza que también perdieron su función. Por eso, vemos curiosas puertas en el campo, como esa que se abre hacia el monte Bayón

En fin, dentro de poco solamente quedará los nombres en los mapas: camino de la Carbonerilla, del Hoyo, de las Higueras, de Pozanos… Pero lo cierto es que este páramo es un lugar perfecto para pasear solitario y perdido, si te orientas bien, claro, y aguantas las muchas y molestas espigas que se te quedarán prendidas en los calcetines, sobre todo en verano.

Anuncios

Lagunas de La Parrilla y de Santibáñez

20 julio, 2018

Esta vez se trataba de comprobar si tenían agua dos charcas o lagunas, la primera en el término de La Parrilla y la segunda en el de Santibáñez de Valcorba.

Como primera medida, subimos al páramo de La Parrilla desde Tudela siguiendo el camino de Valdecarros: las laderas hermoseaban con un verde del que se aprovechaban los toros bravos de Taru. Al llegar a la curva donde la subida se hace más fuerte, pudimos comprobar que el agua caída en los últimos meses había provocado unas roderas –por llamarlas de alguna manera- de más de medio metro de profundidad, o sea, verdaderas zanjas. Por tanto, el camino estaba impracticable. Pero no importa, las ganas de subir eran más grandes todavía que los socavones.

Hacia Valdecarros

Ya arriba, nos asomamos al territorio del caserío de Tovilla: hasta parecía más grande ese pequeño azud de color verdeazulado que se alimenta del manantial de la fuente de Arriba. Las flores: salvia, marrubio, margaritas, linos, gordolobos, amapolas… estaban en todo su esplendor, a pesar de haber entrado julio. O tal vez se deba a que mayo lluvioso y junio tormentoso, hacen un julio florido y hermoso

Una buena nueva: ¡han arreglado el chozo del corral del Quiñón! Se trata de un chozo de planta circular y cuerpo de cubo, cerrado con una caperuza ancha, en forma de cono. Está en el límite del monte, junto a tierras de labor. En su corral, junto a la tapia, surge una encina. Hermoso conjunto.

El Quiñón

Nos dirigimos hacia La Parrilla y, al llegar a la carretera, tomamos el camino de la Carbonerilla. Segunda sorpresa: los restos de la casa de Cosme Noriega. De la casa nada queda, por lo menos a simple vista, pero posee un enorme corral con tapias y esquinas de cantería, todo abandonado entre el pinar y los campos de cultivo. Y al llegar a este punto el camino que llevábamos desaparece asfixiado por la alta hierba. No nos atrevemos a seguirlo y giramos por el corral introduciéndonos en el pinar. A pesar de tratarse de un humilde monte, resulta que a veces se cierra con encinas y pinos enormes que nos protegen en un ambiente umbroso y de cierto frescor. Pero seguimos rodando hasta la siguiente sorpresa del día.

Los corrales de la casa de Cosme

Después de pasar junto a los restos de un viejo pozo -todavía con agua- oculto entre encinas jóvenes, casi de repente, tercera sorpresa: aparece una gran hoya rodeada de monte de encinas y pinos, en la que se ha plantado cereal en la zona cercana al perímetro, en cuyo punto más profundo y central vemos una laguna de forma redondeada, rodeada a su vez de hierba. Del agua surgen dos chopos, lo que tal vez quiera decir que el nivel está relativamente alto. También vemos hileras de piedras calizas con la base sumergida. Hoy día no es muy normal encontrase con estas charcas en los páramos; hasta hace poco abundaban las navas con sus lagunas, pero la mayoría han sido desecadas o, simplemente, la sequía o la captación de manantiales las impide mantenerse.

El monte Bayón al fondo

En fin, ha sido sorprendente el viaje hasta aquí por montes y caminos poco transitados y, además, el lugar descubierto ha merecido la pena sin ninguna duda.

Nos encaminamos hacia el este primero por un camino entre encinas hasta que se corta en otro camino que lo atraviesa. Al sur queda el monte Bayón y al norte espacios delimitados por hileras de encinas dedicados al cultivo del cereal y plantas forrajeras. Pero el paraje sigue siendo encantador. Uno tiene la sensación de que por aquí no hay más almas.

Un poco más y atravesamos el camino de Montemayor a Traspinedo y bajamos hacia Santibáñez.

1 julio 171

El manantial de los Garbanzos

Nos acercamos hasta el manantial de los Garbanzos -con cuyas aguas seguramente se preparaban buenos cocidos- y nos vamos directamente por la carretera de Sardón a ver qué queda de la laguna Sangusera. Pues ahí está, un tanto modificada. La han recuperado, aguas abajo de donde antes se encontraba y, un poco más hundida, han construido laderas de protección. No es la misma, ni tan natural como antes, pero más vale así que seca. Casi no se ve la lámina de agua que, por no tener profundidad, está cubierta de plantas.

Laguna Sangusera

Ahora nos vamos por una pista que atraviesa el pinar de la dehesa de Traspinedo hasta su cruce con el arroyo Valcorba, que seguimos hacia su desembocadura. Pasamos junto a un puente de esos tradicionales, en piedra caliza, sin pretiles, luego cruzamos el pinar del Zarzal hasta la zanja del Molino y, finalmente, llegamos a Puente Hinojo que tiene fuente. El resto del camino, atravesando por la Dehesa de Peñalba hasta conectar con la senda del Duero, ya es conocido. Por cierto, la senda está impracticable: ha sido invadida por la maleza y en bici no se puede circular.

Esquema del recorrido

 

Paisajes de Llano de Olmedo

16 junio, 2018

¡Qué poco valoramos los habitantes de nuestra provincia los paisajes en los que nos movemos! Tal vez porque los vemos todos los días, porque nos hemos acostumbrado a ellos, o porque todos pensamos que lo mejor son las iglesias, castillos y otras obras arquitectónicas. Haced la prueba con Llano de Olmedo: las guías del propio pueblo y otras informaciones que aparecen en la red os mandarán a visitar Coca, Olmedo, Medina del Campo, Arévalo, como si Llano no interesara para nada, no tuviera ningún encanto. Todo lo más habrá una mención a su templo parroquial. ¡Qué pena!

Más, como nosotros estamos en desacuerdo con esta práctica, vamos a dar un paseo por sus alrededores. Y eso que no vamos a recalar en bastantes de sus sitios interesantes, como el bodón Guarrero, o los restos de las fuentes Lavar y Carrasco.

Riberas del Eresma

De entrada, llama la atención el nombre de Llano, pues no está propiamente en un llano, sino que se asienta sobre una loma desde la que se divisa el pinar y las riberas del Eresma al este y las hondonadas de la laguna de Valdeperillán con los humedales de doña Pola al oeste. Aunque tal vez se deba a que la cima de la loma es, aunque pequeña, ciertamente llana.

Salimos -cuesta abajo- por el camino Ancho de Valandrinos. Dejamos a la derecha la fuente con su largo abrevadero y, un poco más abajo, un prado donde pastan caballos. Al fondo divisamos la llanura pinariega si bien nos entretenemos con varios humedales que cruzan nuestro camino: la Revilla, los Salgueros, hasta que cruzamos los prados del Cuadrón, totalmente verdes en esta estación. Sin embargo, parece como si ya no vinieran ganados a pastar aquí y, más que praderas, son ahora cardizales. Aquí estuvo también la fuente de los Carreteros, hoy desaparecida en virtud de las ansias de agua de tantos agricultores.

Lirios entre el pinar y la ribera

Nos introducimos en el pinar, que este mes de junio no parece un pinar sino un bosque de montaña, por su manto verde y abundantes flores. Hasta hay setas de diferentes formas y tamaños.

Llegamos al río Eresma. Un poco más abajo estaría, según el mapa, la fuente de Valandrinos. Pero como otra vez que pasamos por aquí no la encontramos, la volvemos a dejar escondida. Al otro lado, más pinares y campos sembrados de cereal. No vemos el agua del Eresma: los álamos forman una galería con bóveda que la protege y esconde. Pero seguimos por su orilla -su tajo, más bien- hasta que divisamos las torres de Coca y cambiamos de rumbo en dirección a Villeguillo tomando el camino de los Picones. Deberíamos haber visto el bodón Redondo pero, al parecer, ha sido desecado y en su lugar se cultiva el cereal.

Laguna del Caballo Alba

Hay jolgorio en las calles de Villeguillo y en la plaza se prepara una orquesta. Y es que están celebrando a san Antonio. ¡Viva!

Seguimos en dirección este hasta buscando las lagunas del Caballo Alba, que se encuentran a rebosar, con cigueñuelas, fochas y patos variados. Y empezamos a sufrir los efectos del barro en las ruedas. Aun así, damos un paseo por el Juncarral, salguero próximo a las lagunas que mantiene la típica hierba de estos lugares. Precisamente mientras pisamos hierba no hay problema, pero la tierra se pega que es un gusto. El agua rebosa por todas partes. En los canales y zanjas hay corriente… Si a la salida de Llano nos habíamos mojado, ahora brilla un sol que termina de secarnos.

Fuente de Santa Cruz

Nos acercamos a Fuente de Santa Cruz pero sin llegar al casco urbano; cruzamos la línea del AVE y de la antigua línea de Segovia, y las volvemos a cruzar de vuelta. Vemos cómo en el páramo de Íscar y Pedrajas se ha desencadenado una fuerte tormenta con abundante aparato eléctrico. Pero no sopla el viento desde allí. Estamos en una enorme hondonada; ¡qué paisaje tan cambiante!: lagunas y bodones; riberas y pinares; salgueros y cardizales; tierras de pan llevar, prados, lomas, arenales… ¿es necesario ver piedras en Coca o Medina? Conste que también nos gustan, pero…

Tras la lluvia, el aire se aclara y “limpia” el paisaje

Finalmente, por Valdeperillán, subimos hacia Llano, que se divisa en lo alto: entramos por las Eras, donde hubo un poblamiento prerromano. No vemos a nadie. La gente ha terminado de trabajar y parece descansar en sus casas… o se han ido todos a celebrar san Antonio y su orquesta a Villeguillo.

Aquí, el recorrido.

Paisajes nuevos

3 junio, 2018

Estos últimos días no hemos hecho salidas largas ni alejadas de la ciudad. Pero no importa: el campo se encuentra ahora tan diferente a lo habitual, tan lejos de esos largos veranos e inviernos a los que nos tiene acostumbrados que no hay que irse lejos para encontrar paisajes nuevos y desconocidos. Todos los colores se dan cita en esta primavera: los rojos, blancos, azules y amarillos de las flores; los verdes de mil tonalidades de los campos y arboledas; los azules, grises y blancos del cielo… Y los reflejos de las aguas alegran los paisajes: en los ríos, en los charcos de los caminos, en las lagunas de las praderas. Total, que cada salida por los alrededores de Valladolid supone descubrir nuevos panoramas, al menos por las notables diferencias con lo habitual.

Si vas por los pinares, ha desaparecido el marrón del pasado año y todo está esmaltado de pequeñas florecillas y verdes alfombras; aun no ha llegado ese desierto tan habitual en este tipo de montes. El páramo es un mar de verde oleaje. Las riberas están ahora en su máximo esplendor, lejos de esos esqueletos de árboles propios del verano. Los ribazos de los caminos se encuentran alegres y coloridos como nunca. Y en los cielos se suceden los nimbos y cúmulos y, sobre ellos, los sedosos cirros… hasta que todo ese mundo superior estalla en golpes atronadores y fogosos relámpagos que nos hacen rodar más deprisa de lo habitual.

Todas las horas son buenas para pasear en bici. A medio día, porque al no ser las jornadas calurosas todavía, la temperatura es ideal. Y al atardecer, porque el sol saca todos los colores y tonalidades al paisaje. Y algo parecido ocurre de madrugada.

Y los ríos bajan con un generoso caudal, con su típico murmullo, razón por la cual los senderos de las riberas se tornan especialmente entretenidos. Hasta en las subidas al páramo, con sus curvas y recodos, con los valles que dejamos atrás y el lino blanco y azul de las laderas, nos olvidamos del esfuerzo y de lo que cuestan las cuestas…

Pues eso, a salir por las veredas cercanas, que por el momento no es necesario ir demasiado lejos para descubrir paisajes desconocidos. Que ya vendrá el tío Julio con las rebajas.

Adiós, abril

4 mayo, 2018

¡Qué manera de despedirse abril! Con cara de pocos amigos, fresquito, lluvioso y ventoso! Y es que el día 29 salimos a dar un paseo entre Villalba de Adaja y Olmedo. ¿Qué ocurrió? Pues que nos mojamos, nos embarramos y nos quedamos un poco helados gracias al vientecillo, a pesar de que estamos en plena primavera. Lo del cambio climático lleva unos meses sin funcionar, la verdad. Y es que es tan cambiante el tiempo…

Salimos en dirección a Pozaldez y a mitad de camino nos encontramos con que la fuente del Artillero, habitualmente seca, había renacido. Ahora se encuentra junto a un olivar (y nos es que haya cambiado de sitio, es que lo han plantado cerca). Paramos un momento en la estación del ferrocarril (788,8 metros sobre el nivel medio del Mediterráneo en Alicante) y nos fuimos por el cordel de Vallesmiguel en dirección a ese molino. Antes hicimos parada obligada en la fuente de Aguanverde, que tenía el segundo pilón totalmente sumergido en el agua. Los renacuajos, felices, coleaban entre las ovas y ranúnculos. Y aquí nos cayó el primer chaparrón.

Nubes de abril

Pasamos Calabazas y bajamos hasta las aguas del Adaja. Una vez más, nos convencimos de que el molino de Vallesmiguel ya no existe. Queda alguna piedra del molino o del puente y poco más. Las aguas venían recias y la maleza impedía llegar a ellas. Por el pinar nos dirigimos hacia el puente del Negral. Mientras, caía un segundo aguacero con abundante granizo. En la desembocadura en revuelta del arroyo Torcas, ya en la orilla derecha nos paramos a contemplar el río y sus numerosos puentes.

Los Eriales

El siguiente paso fue cruzar junto a la charca o bodón de los Eriales. Las cigueñuelas estaban de fiesta y no hacían más que gritarnos y volar a nuestro alrededor. Los patos salieron volando sin contemplaciones y algún avefría nos observaba de lejos, al igual que algún que otro limícola lejano. Poco después, pasamos junto a otra zona encharcada cercana a una gravera.

La Vega, con el cerro del telégrafo al fondo

En Olmedo paramos en la fuente de la carretera de Hornillos, que tenía agua, y nos acercamos al cementerio para contemplar los restos consolidados de una hermosa ermita románicadel siglo XII que estuvo dedicada a Nuestra Señora de las Nieves o de la Vega.

Pusimos rumbo a Valviadero y ese fue nuestro error, pues hubimos de darnos la vuelta al intentar cruzar por el collado que separa el monte del telégrafo del páramo de El Alto. La pegajosa y molesta arcilla bloqueó las ruedas de las bicis y salimos como pudimos de allí, mientras una nube cruzaba sobre nuestras cabezas descargando el tercer aguacero de la jornada. Como hacía bastante viento nos secamos enseguida, al igual que con los dos primeros.

En la ribera del Adaja

Vuelta a Olmedo. Tomamos la tranquila carretera de Hornillos que discurre entre la Vega y la Majada, con charcas, bodones y abundantes prados donde pasta ganado vacuno. Otra parada en la casa Navilla y otro tirón hasta Hornillos, donde nos asomarnos al Eresma. Después, por el camino de la Higuera del Judío, ya sin aguaceros, acabamos en Villalba, que se estaba secando gracias al viento. En el cielo quedaban amplios jirones de nubes algodonosas que reflejaban la luz de un sol en pugna por dejarse ver. En los lejanos horizontes parecían ganar, sin embargo, las nubes grises que seguían descargando chaparrones…

Entre Hornillos y Villalba

Para nosotros, el refrán se cumplió en exceso: abril abrilero, cada día dos aguaceros… Claro que donde dice dos bien podemos decir tres. Aquí, el recorrido en Wikiloc

Adiós, abril…

Excursión familiar a Valdestillas

25 abril, 2018

¡¿Qué mejor cosa que una salida por las tierras de Castilla y León para celebrar el Día de la Comunidad?! Así, esta vez pudimos cruzar por el Pinar de Valladolid, seguramente ligado a Fernando de Antequera, nacido allá por 1380 en Medina del Campo y que llegó a ser rey de Aragón, con los sobrenombres de el Magnánimo y el Sabio. También pasamos por los restos del monasterio de Aniago, cuya primera fundación se debe a la reina Urraca de Castilla. Y cruzamos el Adaja –que viene de la teresiana Ávila- por el puente mandado construir por los Reyes Católicos…

Pero luego llegó la realidad: el día se presentó excepcional, sin lluvia y con sol, algo novedoso en esta primavera, sin viento, y con los caminos no muy embarrados. Alguien, llamado Íñigo, se obstinó en pinchar una y otra vez, con lo que el pelotón se convertía en una estiradísima serpiente multicolor, que dicen los entendidos del periodismo ciclista.

Quedamos a las once en la Escuela Deportiva Niara. Salimos un poco tarde debido a que los mecánicos (o sea, Juan M., Óscar, Fernando, Jotas y Fico) seguían haciendo horas extraordinarias a causa del (mal) estado de algunas bicis y el abandono (pacífico, eso sí) de sus dueños. Todo ello ante las razonables protestas de Catalina, que había sido puntual como pocos. Pero todo llega en este mundo y a eso de las 11:45 conseguimos salir por el Peral tomando el camino de las Berzosas y luego atravesando el Pinar por la Cañada Real. 35 ciclistas rodando son 70 ruedas (por aquello de los pinchazos que después de todo sólo hubo 7 u 8).

Primera caída, la de Joaquín D. que se hizo un boquete en el brazo pero siguió sin problemas hasta la meta final: -¡que se quejen los débiles! debió pensar Más tarde cayó Joaquín U. que no se podía levantar a pesar de que estaba entero. Luego Santi, luego… Todo sin mayores trascendencias. Ernesto llevaba una bici varias veces inferior a su talla pero hizo ida y vuelta sin problema; parece que está en forma y que va a seguir dando guerra.

Parada en Puente Duero para repostar y rellenar los bidones. Y pasado el Duero por el puente medieval, enfilamos el camino entre pinares, campos y riberas. Andaban los campos húmedos y algunos –Ilde, Alejandro, Javito, Pablo– se esforzaban seriamente en mancharse de barro todo lo posible de forma que sus camisetas se tornaron de un perfecto color marrón terroso. O barroso. Lo peor es que también se esforzaron en cambiar de color al resto de la comitiva.

Luego, Chucho nos llevó por la estrecha senda del Adaja –entre el pinar y el río- sin que nadie se cayera al agua. Pero Teresita (¡ay, ay, ay!) no hacía más que pararse a recoger espárragos, y estuvo a punto de quedarse allí hasta acabar con todos los de este pinar, pues ya había acabado con los del suyo. Por eso llegamos un poco tarde. También hay que decir que donde el pelotón hacía paradas, don Mito, tumbadas. Pero se resistió a subir en el coche escoba de Juan P.

A eso de las tres, ya estábamos en el Tamarizo, justo enfrente de Valdestillas, al otro lado del río. Fue llegando todo el mundo: Teresa, Elena, Marta, María, sobradas; Rafa, Juan V., Álvaro, los dos Alejandros, Alfonso… No sabemos qué Catalina llegó antes, si la madre o la hija, aunque ésta última llevaba la rueda pinchada. También entró en meta, muy tranquilo y sin despeinarse Juan M. P.

Allí nos esperaban los que no habían ido con nosotros. Por ejemplo, Irene y Moncho, la primera con un pastel de salmón y otro de jamón impresionantes para reponer fuerzas, y el segundo con una vinoteca espectacular (¡solo para mayores, eh!). También estaba Lolo, que había tenido problemas para venir en bici e Irene pequeña. Aunque también debemos citar el arroz con leche, café y chupito (¡bien!) de Jesús Ángel y Carmen, que estaban con Edu. Igualmente allí estaban en plan avitualladores Carlos M, Beatriz y Alejandro; Ernesto; Pino, Javier y Luis; los Fekete al completo: difícil mencionarlos a todos, pero, como siempre hay que aplaudir a Martadegoma, la joven campeonísima de pinos y volteretas; y los Martínez de Soto, entre ellos sólo citamos a la audaz y valiente Covadonga, ¡única chica que se bañó en el Adaja despreciando la gélida temperatura de las crecidas y turbulentas aguas del deshielo!

Yo lo he contado, pero todo lo grabó Mariano y en algún sitio lo colgará. Nos hicimos 31 km. La vuelta fue más suave si bien algunos abandonaron en Valdestillas y fueron sustituidos por ciclistas de refresco. Total, que a las 19:00 h. todo el mundo estaba de vuelta en Pucela. ¡Feliz Villalar!