Archive for the ‘Tierra de Pinares’ Category

Paisajes de Llano de Olmedo

16 junio, 2018

¡Qué poco valoramos los habitantes de nuestra provincia los paisajes en los que nos movemos! Tal vez porque los vemos todos los días, porque nos hemos acostumbrado a ellos, o porque todos pensamos que lo mejor son las iglesias, castillos y otras obras arquitectónicas. Haced la prueba con Llano de Olmedo: las guías del propio pueblo y otras informaciones que aparecen en la red os mandarán a visitar Coca, Olmedo, Medina del Campo, Arévalo, como si Llano no interesara para nada, no tuviera ningún encanto. Todo lo más habrá una mención a su templo parroquial. ¡Qué pena!

Más, como nosotros estamos en desacuerdo con esta práctica, vamos a dar un paseo por sus alrededores. Y eso que no vamos a recalar en bastantes de sus sitios interesantes, como el bodón Guarrero, o los restos de las fuentes Lavar y Carrasco.

Riberas del Eresma

De entrada, llama la atención el nombre de Llano, pues no está propiamente en un llano, sino que se asienta sobre una loma desde la que se divisa el pinar y las riberas del Eresma al este y las hondonadas de la laguna de Valdeperillán con los humedales de doña Pola al oeste. Aunque tal vez se deba a que la cima de la loma es, aunque pequeña, ciertamente llana.

Salimos -cuesta abajo- por el camino Ancho de Valandrinos. Dejamos a la derecha la fuente con su largo abrevadero y, un poco más abajo, un prado donde pastan caballos. Al fondo divisamos la llanura pinariega si bien nos entretenemos con varios humedales que cruzan nuestro camino: la Revilla, los Salgueros, hasta que cruzamos los prados del Cuadrón, totalmente verdes en esta estación. Sin embargo, parece como si ya no vinieran ganados a pastar aquí y, más que praderas, son ahora cardizales. Aquí estuvo también la fuente de los Carreteros, hoy desaparecida en virtud de las ansias de agua de tantos agricultores.

Lirios entre el pinar y la ribera

Nos introducimos en el pinar, que este mes de junio no parece un pinar sino un bosque de montaña, por su manto verde y abundantes flores. Hasta hay setas de diferentes formas y tamaños.

Llegamos al río Eresma. Un poco más abajo estaría, según el mapa, la fuente de Valandrinos. Pero como otra vez que pasamos por aquí no la encontramos, la volvemos a dejar escondida. Al otro lado, más pinares y campos sembrados de cereal. No vemos el agua del Eresma: los álamos forman una galería con bóveda que la protege y esconde. Pero seguimos por su orilla -su tajo, más bien- hasta que divisamos las torres de Coca y cambiamos de rumbo en dirección a Villeguillo tomando el camino de los Picones. Deberíamos haber visto el bodón Redondo pero, al parecer, ha sido desecado y en su lugar se cultiva el cereal.

Laguna del Caballo Alba

Hay jolgorio en las calles de Villeguillo y en la plaza se prepara una orquesta. Y es que están celebrando a san Antonio. ¡Viva!

Seguimos en dirección este hasta buscando las lagunas del Caballo Alba, que se encuentran a rebosar, con cigueñuelas, fochas y patos variados. Y empezamos a sufrir los efectos del barro en las ruedas. Aun así, damos un paseo por el Juncarral, salguero próximo a las lagunas que mantiene la típica hierba de estos lugares. Precisamente mientras pisamos hierba no hay problema, pero la tierra se pega que es un gusto. El agua rebosa por todas partes. En los canales y zanjas hay corriente… Si a la salida de Llano nos habíamos mojado, ahora brilla un sol que termina de secarnos.

Fuente de Santa Cruz

Nos acercamos a Fuente de Santa Cruz pero sin llegar al casco urbano; cruzamos la línea del AVE y de la antigua línea de Segovia, y las volvemos a cruzar de vuelta. Vemos cómo en el páramo de Íscar y Pedrajas se ha desencadenado una fuerte tormenta con abundante aparato eléctrico. Pero no sopla el viento desde allí. Estamos en una enorme hondonada; ¡qué paisaje tan cambiante!: lagunas y bodones; riberas y pinares; salgueros y cardizales; tierras de pan llevar, prados, lomas, arenales… ¿es necesario ver piedras en Coca o Medina? Conste que también nos gustan, pero…

Tras la lluvia, el aire se aclara y “limpia” el paisaje

Finalmente, por Valdeperillán, subimos hacia Llano, que se divisa en lo alto: entramos por las Eras, donde hubo un poblamiento prerromano. No vemos a nadie. La gente ha terminado de trabajar y parece descansar en sus casas… o se han ido todos a celebrar san Antonio y su orquesta a Villeguillo.

Aquí, el recorrido.

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Paisajes nuevos

3 junio, 2018

Estos últimos días no hemos hecho salidas largas ni alejadas de la ciudad. Pero no importa: el campo se encuentra ahora tan diferente a lo habitual, tan lejos de esos largos veranos e inviernos a los que nos tiene acostumbrados que no hay que irse lejos para encontrar paisajes nuevos y desconocidos. Todos los colores se dan cita en esta primavera: los rojos, blancos, azules y amarillos de las flores; los verdes de mil tonalidades de los campos y arboledas; los azules, grises y blancos del cielo… Y los reflejos de las aguas alegran los paisajes: en los ríos, en los charcos de los caminos, en las lagunas de las praderas. Total, que cada salida por los alrededores de Valladolid supone descubrir nuevos panoramas, al menos por las notables diferencias con lo habitual.

Si vas por los pinares, ha desaparecido el marrón del pasado año y todo está esmaltado de pequeñas florecillas y verdes alfombras; aun no ha llegado ese desierto tan habitual en este tipo de montes. El páramo es un mar de verde oleaje. Las riberas están ahora en su máximo esplendor, lejos de esos esqueletos de árboles propios del verano. Los ribazos de los caminos se encuentran alegres y coloridos como nunca. Y en los cielos se suceden los nimbos y cúmulos y, sobre ellos, los sedosos cirros… hasta que todo ese mundo superior estalla en golpes atronadores y fogosos relámpagos que nos hacen rodar más deprisa de lo habitual.

Todas las horas son buenas para pasear en bici. A medio día, porque al no ser las jornadas calurosas todavía, la temperatura es ideal. Y al atardecer, porque el sol saca todos los colores y tonalidades al paisaje. Y algo parecido ocurre de madrugada.

Y los ríos bajan con un generoso caudal, con su típico murmullo, razón por la cual los senderos de las riberas se tornan especialmente entretenidos. Hasta en las subidas al páramo, con sus curvas y recodos, con los valles que dejamos atrás y el lino blanco y azul de las laderas, nos olvidamos del esfuerzo y de lo que cuestan las cuestas…

Pues eso, a salir por las veredas cercanas, que por el momento no es necesario ir demasiado lejos para descubrir paisajes desconocidos. Que ya vendrá el tío Julio con las rebajas.

Adiós, abril

4 mayo, 2018

¡Qué manera de despedirse abril! Con cara de pocos amigos, fresquito, lluvioso y ventoso! Y es que el día 29 salimos a dar un paseo entre Villalba de Adaja y Olmedo. ¿Qué ocurrió? Pues que nos mojamos, nos embarramos y nos quedamos un poco helados gracias al vientecillo, a pesar de que estamos en plena primavera. Lo del cambio climático lleva unos meses sin funcionar, la verdad. Y es que es tan cambiante el tiempo…

Salimos en dirección a Pozaldez y a mitad de camino nos encontramos con que la fuente del Artillero, habitualmente seca, había renacido. Ahora se encuentra junto a un olivar (y nos es que haya cambiado de sitio, es que lo han plantado cerca). Paramos un momento en la estación del ferrocarril (788,8 metros sobre el nivel medio del Mediterráneo en Alicante) y nos fuimos por el cordel de Vallesmiguel en dirección a ese molino. Antes hicimos parada obligada en la fuente de Aguanverde, que tenía el segundo pilón totalmente sumergido en el agua. Los renacuajos, felices, coleaban entre las ovas y ranúnculos. Y aquí nos cayó el primer chaparrón.

Nubes de abril

Pasamos Calabazas y bajamos hasta las aguas del Adaja. Una vez más, nos convencimos de que el molino de Vallesmiguel ya no existe. Queda alguna piedra del molino o del puente y poco más. Las aguas venían recias y la maleza impedía llegar a ellas. Por el pinar nos dirigimos hacia el puente del Negral. Mientras, caía un segundo aguacero con abundante granizo. En la desembocadura en revuelta del arroyo Torcas, ya en la orilla derecha nos paramos a contemplar el río y sus numerosos puentes.

Los Eriales

El siguiente paso fue cruzar junto a la charca o bodón de los Eriales. Las cigueñuelas estaban de fiesta y no hacían más que gritarnos y volar a nuestro alrededor. Los patos salieron volando sin contemplaciones y algún avefría nos observaba de lejos, al igual que algún que otro limícola lejano. Poco después, pasamos junto a otra zona encharcada cercana a una gravera.

La Vega, con el cerro del telégrafo al fondo

En Olmedo paramos en la fuente de la carretera de Hornillos, que tenía agua, y nos acercamos al cementerio para contemplar los restos consolidados de una hermosa ermita románicadel siglo XII que estuvo dedicada a Nuestra Señora de las Nieves o de la Vega.

Pusimos rumbo a Valviadero y ese fue nuestro error, pues hubimos de darnos la vuelta al intentar cruzar por el collado que separa el monte del telégrafo del páramo de El Alto. La pegajosa y molesta arcilla bloqueó las ruedas de las bicis y salimos como pudimos de allí, mientras una nube cruzaba sobre nuestras cabezas descargando el tercer aguacero de la jornada. Como hacía bastante viento nos secamos enseguida, al igual que con los dos primeros.

En la ribera del Adaja

Vuelta a Olmedo. Tomamos la tranquila carretera de Hornillos que discurre entre la Vega y la Majada, con charcas, bodones y abundantes prados donde pasta ganado vacuno. Otra parada en la casa Navilla y otro tirón hasta Hornillos, donde nos asomarnos al Eresma. Después, por el camino de la Higuera del Judío, ya sin aguaceros, acabamos en Villalba, que se estaba secando gracias al viento. En el cielo quedaban amplios jirones de nubes algodonosas que reflejaban la luz de un sol en pugna por dejarse ver. En los lejanos horizontes parecían ganar, sin embargo, las nubes grises que seguían descargando chaparrones…

Entre Hornillos y Villalba

Para nosotros, el refrán se cumplió en exceso: abril abrilero, cada día dos aguaceros… Claro que donde dice dos bien podemos decir tres. Aquí, el recorrido en Wikiloc

Adiós, abril…

Excursión familiar a Valdestillas

25 abril, 2018

¡¿Qué mejor cosa que una salida por las tierras de Castilla y León para celebrar el Día de la Comunidad?! Así, esta vez pudimos cruzar por el Pinar de Valladolid, seguramente ligado a Fernando de Antequera, nacido allá por 1380 en Medina del Campo y que llegó a ser rey de Aragón, con los sobrenombres de el Magnánimo y el Sabio. También pasamos por los restos del monasterio de Aniago, cuya primera fundación se debe a la reina Urraca de Castilla. Y cruzamos el Adaja –que viene de la teresiana Ávila- por el puente mandado construir por los Reyes Católicos…

Pero luego llegó la realidad: el día se presentó excepcional, sin lluvia y con sol, algo novedoso en esta primavera, sin viento, y con los caminos no muy embarrados. Alguien, llamado Íñigo, se obstinó en pinchar una y otra vez, con lo que el pelotón se convertía en una estiradísima serpiente multicolor, que dicen los entendidos del periodismo ciclista.

Quedamos a las once en la Escuela Deportiva Niara. Salimos un poco tarde debido a que los mecánicos (o sea, Juan M., Óscar, Fernando, Jotas y Fico) seguían haciendo horas extraordinarias a causa del (mal) estado de algunas bicis y el abandono (pacífico, eso sí) de sus dueños. Todo ello ante las razonables protestas de Catalina, que había sido puntual como pocos. Pero todo llega en este mundo y a eso de las 11:45 conseguimos salir por el Peral tomando el camino de las Berzosas y luego atravesando el Pinar por la Cañada Real. 35 ciclistas rodando son 70 ruedas (por aquello de los pinchazos que después de todo sólo hubo 7 u 8).

Primera caída, la de Joaquín D. que se hizo un boquete en el brazo pero siguió sin problemas hasta la meta final: -¡que se quejen los débiles! debió pensar Más tarde cayó Joaquín U. que no se podía levantar a pesar de que estaba entero. Luego Santi, luego… Todo sin mayores trascendencias. Ernesto llevaba una bici varias veces inferior a su talla pero hizo ida y vuelta sin problema; parece que está en forma y que va a seguir dando guerra.

Parada en Puente Duero para repostar y rellenar los bidones. Y pasado el Duero por el puente medieval, enfilamos el camino entre pinares, campos y riberas. Andaban los campos húmedos y algunos –Ilde, Alejandro, Javito, Pablo– se esforzaban seriamente en mancharse de barro todo lo posible de forma que sus camisetas se tornaron de un perfecto color marrón terroso. O barroso. Lo peor es que también se esforzaron en cambiar de color al resto de la comitiva.

Luego, Chucho nos llevó por la estrecha senda del Adaja –entre el pinar y el río- sin que nadie se cayera al agua. Pero Teresita (¡ay, ay, ay!) no hacía más que pararse a recoger espárragos, y estuvo a punto de quedarse allí hasta acabar con todos los de este pinar, pues ya había acabado con los del suyo. Por eso llegamos un poco tarde. También hay que decir que donde el pelotón hacía paradas, don Mito, tumbadas. Pero se resistió a subir en el coche escoba de Juan P.

A eso de las tres, ya estábamos en el Tamarizo, justo enfrente de Valdestillas, al otro lado del río. Fue llegando todo el mundo: Teresa, Elena, Marta, María, sobradas; Rafa, Juan V., Álvaro, los dos Alejandros, Alfonso… No sabemos qué Catalina llegó antes, si la madre o la hija, aunque ésta última llevaba la rueda pinchada. También entró en meta, muy tranquilo y sin despeinarse Juan M. P.

Allí nos esperaban los que no habían ido con nosotros. Por ejemplo, Irene y Moncho, la primera con un pastel de salmón y otro de jamón impresionantes para reponer fuerzas, y el segundo con una vinoteca espectacular (¡solo para mayores, eh!). También estaba Lolo, que había tenido problemas para venir en bici e Irene pequeña. Aunque también debemos citar el arroz con leche, café y chupito (¡bien!) de Jesús Ángel y Carmen, que estaban con Edu. Igualmente allí estaban en plan avitualladores Carlos M, Beatriz y Alejandro; Ernesto; Pino, Javier y Luis; los Fekete al completo: difícil mencionarlos a todos, pero, como siempre hay que aplaudir a Martadegoma, la joven campeonísima de pinos y volteretas; y los Martínez de Soto, entre ellos sólo citamos a la audaz y valiente Covadonga, ¡única chica que se bañó en el Adaja despreciando la gélida temperatura de las crecidas y turbulentas aguas del deshielo!

Yo lo he contado, pero todo lo grabó Mariano y en algún sitio lo colgará. Nos hicimos 31 km. La vuelta fue más suave si bien algunos abandonaron en Valdestillas y fueron sustituidos por ciclistas de refresco. Total, que a las 19:00 h. todo el mundo estaba de vuelta en Pucela. ¡Feliz Villalar!

La Agudilla

11 abril, 2018

¿Es un arroyo? ¿Es un humedal? ¿Es un conjunto de lagunas? ¿Es una lengua de terreno especialmente feraz para el cultivo? ¿Es una pradera? ¿Es una zanja? ¿Es un afluente del Adaja? ¿Es una corriente de agua asesinada? ¿Es un cauce seco? ¿Es el recuerdo de algo que fue? Pues sí, todo eso es -y más- la Agudilla.

Nace, según los mapas en el término de Palacios de Goda, en la provincia de Ávila, a 11 km del río Zapardiel y a 2 km del Adaja. Sigue por los rasos de San Pablo de la Moraleja y Ataquines para entrar en el pinar de Matamozos y, cuando está a a punto de caer en los brazos del Adaja, a menos de 500 m., da un quiebro y se aleja de él en dirección a la Zarza para terminar, después de recorrer 40 km, rendida ante el Zapardiel, en Medina del Campo.

En el pinar de Matamozos, poco antes de precipitarse en el Adaja

Pero vayamos más despacio. No lejos del apeadero de Palacios hay un humedal donde, después de las temporadas de lluvia, se mantiene el agua a escasos centímetros bajo el suelo y, si llueve, se forman pequeños charcos superficiales. La Agudilla continua por debajo aunque no se la vea, manteniendo esa típica hierba oscura y rala de los humedales. Después, por San Pablo y Ataquines, entra en tierras de labor convertida en una vulgar zanja aunque todavía mantiene algunos prados. Da nombre a una pequeña colina y sigue por pinares, donde ha creado una franja estrecha a modo de praderitas en las que pocos pinos se atreven a establecerse. Y, a la vez que, como si intuyera su fin, huye en estampida del Adaja, rodea amorosamente el caserío de San Cristóbal de Matamozos.

Aquí hubo una laguna

¿Huye del Adaja? Ya lo creo. Pero los hombres, que han cambiado -a veces contra natura- el curso de los ríos, han construido canales navegables, levantado presas, roturado selvas… ¿cómo no iban a cambiar el curso de este pequeño arroyo? Y, además, lo tenían muy fácil: aprovechando que pasaba cerca del Adaja, tiraron una zanja de unos pocos cientos de metros hasta este río y ya está: la Agudilla sin agua, asesinada. (Y es que somos expertos en asesinar corrientes de agua). Le podían haber cambiado el nombre por la Sequilla y así completar la pifia. Seguramente maquinaron esto para que no inundara las tierras de labor que robaron, más abajo a nuestro querido arroyo…

Lengua en el pinar

Seguimos. Forma -o formaba- una lagunilla al pasar por San Cristóbal y, después de rodearlo, se mete de nuevo por los pinares formando un humedal, una lengua sin pinos, aprovechada para cultivar cereal. De vez en cuando los cultivos dejan paso a pequeñas praderas con alguna charca… siempre que llueva.

Se dirige después a La Zarza, pero antes de llegar, recibe el tributo del arroyo -o zanja- de Carremolino que viene acompañado del agua procedente de la fuente de Bilbis y de las lagunas del Prado Moral. Esto le proporciona un poquitín de alegría… si la estación es húmeda.

Una de las lagunas del Prado Moral

Desde la Zarza nosotros rodamos por el camino del Lomo que va -sobre un lomo, claro- entre los prados que forma la Agudilla y las navas y lagunas de la Zarza, refugio para grullas en invierno.

Humedal poco antes de llegar a Medina

De nuevo un pinar y de nuevo la lengua para cereal alternando con algunas praderas, hasta que cerca de Moraleja de las Panaderas se convierte en una pobre zanja. Pero si pensábamos que había muerto de manera definitiva, estaríamos muy equivocados. Renace como el Ave Fénix, o resurge como el Guadiana. Ahora se va a convertir en un ancho humedal, de extensas praderas y salpicado de variadas lagunas, y todo ello gracias a la ayuda del arroyo -o humedal- del Vallejo, que viene de la Zarza.

A punto de terminar en el Zapardiel

Forma a continuación la zona de Prados Fríos, sonde suele pastar ganado vacuno, pasa bajo el AVE a través de un conjunto de varios puentecillos -por gracia de Adif, menos mal- y entre la colina de la Garganta y el montecillo de la Agudilla, ya las puertas de Medina, se disuelve -si es que queda algo de este pobre arroyo- en el Zapardiela la sombra de cuatro álamos. ¡Qué difícil lo ha tenido para llegar hasta aquí!

Cuestas, cerrillos y las cavas del pinar

24 marzo, 2018

Otra jornada de agua y airón. De nuevo a rodar por arenas y gravas para evitar esos barros terribles que se pegan a las cubiertas y bloquean las ruedas. ¿Qué tal Pozaldez, Pozal de Gallinas y el pinar de las Cavas? Al final, la lluvia nos respetó.

La primera parte de esta excursión discurre por los cerros o cerrillos que separan la vertiente de los ríos Adaja y Zapardiel, que hasta llegar aquí bajan separados únicamente por una llanura, como luego veremos. Este paramillo eleva las torres de las iglesias de Pozaldez para que puedan divisarse desde media provincia y nosotros también lo aprovechamos para contemplar el paisaje: al oeste el castillo de la Mota y la Tierra de Medina que se extiende entre pinarillos y tierras que no vemos acabar, pues se difuminan en el horizonte. Y al este, el valle del Adaja, más limitado, pues vemos al fondo el telón de los páramos de Portillo y del Cerrato. Y el cielo de hoy, que tiene su aquel, pues amenaza lluvia entre claros añilados, con las revoltosas nubes que no dejan de moverse y cambiar de forma y posición.

Junto al pinar de Aguanverde

El cultivo que más abunda es el de la vid, y ya al salir de Pozaldez vemos los majuelos inundados. No por completo, claro, pero el agua se acumulaba en las zonas más bajas o sin salida, que son abundantes. El color dominante de las tierras es entre blanquecino y amarillento, debido a la abundancia de arena, con diferentes tonalidades, según el tipo de terreno y su humedad.

Seguimos en un sube y baja y nos metemos en el pinar de Aguanverde, que se extiende por una suave ladera que mira hacia el norte. Abundan los pinos de tamaño medio, y también los hay de buen porte. O, por decir mejor, los había: el viento y la tierra húmeda entre sus raíces han hecho caer a unos cuantos. Hacia el extremo oeste descubrimos una tierra rodeada de hileras de almendros, con un pozo o arqueta que tal vez surtía de agua a una huerta.

Viejo almendro

Aquí se produce la aventura del día: me hundo hasta las rodillas en la tierra empapada y, si intento sacar una pierna, profundizo más con la otra. Solución: salir rodando/reptando y en cuanto pude a cuatro patas hasta llegar a tierra firme.

Terminado el pinar, rodamos en dirección sur, por un tierra baldía y nos encontramos con una serie de cuestas o cerrillos de diferentes formas y tamaños: la Coronilla, la Testarada, la Mula, las Américas. El nombre de las primeras hace referencia a su forma, la cuarta ya es más difícil de interpretar: ¿adquirida con dinero traído de América? Estamos muy cerca de Calabazas.

Al fondo, el cerro de las Américas

Y nos vamos al pinar de las Cavas, que está al lado. El mapa pone el nombre con b, pero debería escribirse con v, ello porque cabas hace referencia a cava o zanja, y el pinar se llama así por las zanjas que lo atraviesan. Al parecer, históricamente hubo varios intentos de llevar agua del Adaja hasta Medina del Campo, el primero de ellos se atribuye a la reina Isabel de Castilla que quiso solucionar así el abastecimiento a esa importante ciudad, de manera que se trazó un canal, zanja o cava que tomaba el agua un kilómetro por encima del puente del Negral. Y allí pudimos ver sus trazas. Al parecer, no funcionó bien, y se construyó otra toma aguas abajo, que tampoco debió de ser un éxito. También pudimos ver el trazado.

Cava inferior

Se supone que tanto en un caso como en otro, el agua se elevaba primero mediante una presa y luego mediante algún sistema mecánico, aprovechando que la pendiente de bajada hacia el Zapardiel comenzaba a muy pocos metros del Adaja. Las dos cavas -que luego se unen- ahí siguen. Su anchura es variable: al principio mide la superior más de 50 metros que luego se reducen a unos 20. La profundidad tampoco es uniforme, pero entre el fondo y la parte superior de los caballones en algunos puntos hay hasta 5 m lo cual es muy llamativo pues debió ser mucho más profundo dado que han pasado quinientos años desde su construcción, y el tiempo nivela y enrasa toda obra humana… No es extraño que ingenios tan audaces para la época hayan dado lugar a legendarias explicaciones, como en otro lugar de este blog comentamos.

Cava superior

Sólo vimos el tramo que pasa por el pinar; luego atraviesa los campos de Pozal para entrar en Medina por el actual polígono industrial Escaparate y terminar a los pies de la Mota.

En una próxima excursión daremos cuenta de todo el trazado con más detalles y veremos si quedan restos de las presas, aportando también los datos históricos que encontremos a mano.

No faltó agua

Volvimos por las tierras encharcadas del término de Pozal para embocar Pozaldez por la cuesta del Azurdo, con su pico dominante a la izquierda. El sol se abría paso entre nublados para iluminar las laderas de los cerros sacando sus más vivas tonalidades. ¡Y menos mal que la arena no forma barro, que si no…!

He aquí mapa y trayecto.