Sol y agua en San Miguel del Arroyo

Ayer tenía un rato para dar un paseo en bici pero resulta que los pronósticos del tiempo anunciaban tormentas por cualquier sitio cercano a Valladolid. Quería acercarme al borde del páramo de San Miguel del Arroyo, ya sobre Segovia, para ver el mar de Tierra de Pinares. Lo había visto de refilón desde la autovía en un reciente viaje al Henar y se me había antojado. Bueno, si hay que mojarse en cualquier caso, me acercaré hasta San Miguel en coche y me doy una vuelta por allí.

Aquí, en el páramo, hubo una charca

Dicho y hecho. A primera hora de la mañana estaba por allí y precisamente sobre San Miguel había un gran claro con un sol brillante que sacaba los colores a los sembrados –todavía verdes- y a todas las flores de esta primavera. Las nubes –todavía blancas- tenían ganas de fiesta y no hacían más que moverse y cambiar de forma y aspecto.

Ladera florida

Luego resultó que el buscado mar no se veía bien: debido a la abundante nubosidad, y a que había llovido por la noche, la bruma dominaba el paisaje. No estaba mal, pero era otra cosa, distinta a lo que uno había previsto.

Tomé la pista de Vallelado para cruzar la autovía y enseguida pasé a rodar por caminos que casi no se veían debido a la abundancia de hierba. De hecho tuve que parar varias veces a quitar maleza que se acumulaba en el cambio trasero e impedía a la cadena trabajar bien. Pero el campo estaba precioso. Flores abundantes y de todos los colores y especies.

Invasión roja

Bajé hasta un vallejo de Vallelado para subir enseguida de nuevo al páramo y, cuando me quise dar cuenta, el claro entre nubes -ahora grises- se había cerrado peligrosamente y empezaron a sonar los primeros truenos. Así que puse rumbo a San Miguel para no tentar más la suerte. Cuando bajaba hacia el valle del Henar entre las bodegas, comenzó a llover con ganas pero ya era tarde, la lluvia que no consiguió su objetivo. Me libré por la campana.

Al fondo debería estar Tierra de Pinares

Corta y guapa excursión; inquietante al final. Aquí, el trayecto.

 

A la ermita de Sieteiglesias (Matapozuelos)

El Henar, la Espina, el Compasco, son los nombres de algunas ermitas a las que hemos acudido en peculiar romería ciclista en mayos pasados. El mayo anterior no fue posible, pues la movilidad estaba reducida y solitaria. Pero este año no había especiales problemas y pudimos desplazarnos unos cuantos chavales y algunas familias de la Escuela Deportiva Niara a la ermita de Sieteiglesias, en el término de Matapozuelos.

En alguna cuesta no dió tiempo a cambiar…

Nosotros ya conocíamos el lugar: en Tierra de Pinares, justo en el horcajo de los ríos Adaja y Eresma, por donde hace siglos pasaba la calzada que unía Septimancas y Cauca, y donde todavía hoy se busca infructuosamente la mítica ciudad de Nivaria, citada en el itinerario Antonino (mapa de calzadas romanas del momento).

…otros no se aguantaban si había una cuesta a la vista.

Para que pudiera celebrarse la jornada de fútbol sala con normalidad, salimos el sábado pasado un poco tarde, a las doce y media del mediodía unos treinta ciclistas de diferentes edades. El viento era fuerte pero como el trayecto discurría entre pinares no se notaba demasiado. Lo que sí se notaba era la primavera: suelos verdes, salpicados del amarillo de las escobas y del morado del cantueso.

Sendero del Adaja

Algunos se iban quedando atrás sin mucha causa justificada, hasta descubrimos que la rueda de atrás de Beltrán iba frenada. Ajustado el freno comentaba que iba volando y no le costaba dar pedales. Algo parecido le ocurría a Alonso con el sillín, que se le había movido hacia atrás.

Al llegar al puente sobre el Adaja nos alcanzó el equipo cadete que venía de jugar su partido, fuerte como un huracán. No nos aclaramos si había ganado o perdido. Mala señal.

Después de cruzar el pinar de Antequera y el del Esparragal, repusimos fuerzas en el Colagón. Así pudimos superar algunos bancos de arena antes de rodar por la animada, variada y agradable senda del Adaja (orilla izquierda). Salimos a Valdestillas y al poco estábamos cruzando uno de los puentes más antiguos de la provincia: el que ahora une Sieteiglesias y Matapozuelos, usado por caminantes y rebaños de la Mesta durante siglos, o tal vez milenios. Tan viejo es que –aunque se haya rehecho muchas veces- parece hundirse en las arenas de estos extensos pinares.

Aspecto de la explanada de Sieteiglesias

Llegamos a la ermita donde ya nos esperaban muchos familiares de los ciclistas y, después de la visita a la Virgen, que nos fue amablemente facilitada desde el Ayuntamiento de Matapozuelos, nos dedicamos ¡otra vez! a reponer fuerzas. ¿Todos? ¡no! Millán y Alonso se habían escapado a pegarse un baño en las todavía frescas aguas del Adaja. Y es que estos chicos prometen: Millán, con sus 10 primaveras, decidió volver en bici con los mayores a Valladolid. Y llegó sin problema. Creo que le vamos a fichar para nuestros recorridos habituales. Los demás chavales de esas edades (y unos cuantos mayores) volvieron en los coches de sus padres o familiares.

De vuelta

La vuelta, para variar un poco, la hicimos por el camino de la dehesa de Hosada desde Valdestillas a Puenteduero.

Los arruinados chozos de Portillo

En el cerro de la Muela, en Portillo, permanecen las ruinas de dos chozos. Por el aspecto externo –frágiles, de pequeñas dimensiones,  paredes rectas, entradas amplias – no parecen de pastor, sino más bien guardaviñas. Pero en los alrededores vemos restos de corralizas, en las que también hay vestigios de otros chozos. Sea como fuere, allí están para dar testimonio de otros tiempos en los que pastores y agricultores debían hacer largas jornadas –a veces seguidas- lejos de su casa y de su pueblo.

Hay un sendero señalizado que va desde Portillo a los chozos, por lo que no es difícil acceder a ellos. El lugar también ha cambiado desde que los chozos estuvieron en uso y ahora es un tupido monte de pinos. Antes estaría raso, destinado a pastos o bien a bacillares. Unos de los chozos se asoma por el mismo cerral tanto que lo han llamado mirador del Chozo. Pero la verdad es que aun en esto ha ganado el tiempo: ya no hay tal mirador o, si lo hubiere, sólo se puede ver un pino delante de nuestras narices. Ha ocurrido lo que en tantos cerrales de nuestros páramos: los pinos impiden ver el paisaje. Hay que buscar el hueco adecuado, que se encuentra con dificultad.

A todo esto, en lo profundo del intrincado y alejado bosque… ¡me sentí observado! Despacio, fui barriendo con la mirada la línea imaginaria del horizonte… hasta que vi dos cabezas de corzo con las orejas enhiestas y los ojos clavados en mí. En cuanto se dieron cuenta que los había descubierto salieron corriendo.

Otra cosa que me llamó la atención fue un grupo de robles quejigos muy jóvenes con las hojas recién salidas. Nunca había visto hojas tiernas de quejigo a primeros de abril, son árboles perezosos que echan sus hojas en mayo e incluso junio, y hasta ese momento muchos conservan las viejas. O estos son distintos o la primavera se ha adelantado como el almendro.

Llegué a la Muela desde Aldeamayor, pasando por el lugar del desaparecido molino de los Álamos: me desvié para ver lo que queda de éstos. También contemplé un antiguo horno de cerámica próximo al cementerio de Arrabal. Los caminos estaban húmedos por las recientes tormentas y las ruedas se pegaban un poco; costaba pedalear más de lo previsto.

Pude contemplar cerezos en flor y extensos campos de colza vestidos de amarillo. Las arenas del pinar también acogían las primeras flores, blancas, amarillas y azules. Hasta la fuente del Pilón parecía revivir, pues resbalaban por el caño unas gotas de agua. Ya bajo el dominio de Portillo, los caminos tenían abundante arena que pude salvar buscando el centro no rodado o las orillas del camino, donde la vegetación hacía como de capa aislante o protectora.

A la vuelta, después de pasar junto a los corrales del Comeso, el traicionero arroyo Bucianco casi me impide el paso, pues se había vuelto por sus fueros perdidos y se había adueñado del camino en el cruce. Menos mal que el agua no estaba fría: se había contagiado del día y parecía templada.

Aquí odéis ver el trayecto seguido.

Seguimos en los bodones, lagunas y salgueros de Olmedo y Coca

Como pudimos saltamos aguas y barros de la cacera del Caño para llegar a la laguna del Caballo de Alba, o simplemente Alba. Pensé que estaría llena, pero no, un lugareño nos dijo que estaba a la mitad, que él la había visto llegar hasta las tierras. También comentaba que sus aguas eran salinas, por eso aquí no bebía el ganado, si bien ahora no lo son tanto. Supongo que eso se deberá a que ahora se llenan más por agua de lluvia que del manantial proveniente del sobreexplotado acuífero de los Arenales. También dijo que el agua no es profunda y que cuando aquí se bañaba el 18 y el 25 de julio (sic) el agua le llegaba, en el centro de la laguna, hasta la cintura. Así lo dejo, suficiente comentario para conocer mejor esta laguna de las grandes.

Laguna del Caballo de Alba

Ya sin peligro, por una buena pista y visitando la laguna del Hoyo Meregil, nos presentamos en Villeguillo. Es curioso esto del turismo rural. Si pones Villeguillo en internet o lo miras directamente en Wikipedia, verás unos cuantos apuntes –similares a los de otros pueblos en arte y festejos-  pero no aparecerá la laguna, que es de lo más interesante y llamativo en la zona. Por supuesto –no lo hemos dicho-  pudimos ver abundantes aves acuáticas.

Uno de tantos encharcamientos

Tomamos ahora la cañada de los Gallegos. Junto a ella –o por ella- discurre el arroyo de la Ermita que ha sido cacerado o canalizado. Al principio, va bien ancho y fuerte de agua, con saltos bien diseñados para que la posible corriente no erosione sus orillas, hasta que… ¡¡desaparece tragado por el arenal!! En realidad, la cañada es una de esas corrientes de agua mínimas y superficiales  –y  seguramente subterráneas- a juzgar por la delgada e intermitente lámina que se deja ver. Los técnicos también las llaman salgueros.

El Llano

Salimos de ella al llegar a la altura del bodón de la Vega -que en realidad se ha quedado en un pequeño encharcamiento- para visitar los bodones del Cementerio, con abundante agua. Aquí nos sale un enorme bando de avefrías y una pareja de aguiluchos laguneros.

Bodón Guarrero

Seguimos por una cacera entre el pinar –que queda a unos 250 m- y la ladera, que está salpicada de pequeños bodones. Destaca el bodón Guarrero aislado en una tierra de labor. En un tramo de menos de 100 m. levantan el vuelo como veinte o treinta lechuzas campestres. ¡Nunca había visto tantas juntas! ¿Se estarán juntando para migrar?

Así estaban algunos caminos

Son varios los tramos en que todo es agua sobre la hierba, sobresaliendo sólo matas altas. Pero no hay problema, tenemos suerte y las aguas que atravesamos no son más profundas de un palmo. Al llegar a un amplio encharcamiento en el que pastan cigüeñas y alguna garza y cercano al bodón de la Liebre, tomamos el sendero de la Perrera, en cuesta. Antaño toda esta zona estaba literalmente plagada de manantiales, fuentes y bodones.

Arriba hay un pequeño llano y otro bodón, o tal vez se trata, simplemente, de tierras inundadas. Abajo otro bodón y…

…estamos en Aguasal. Naturalmente entramos por otro bodón, junto a la carretera, que aquí llaman Cárcava Grande. Tras el pueblo, la Cárcava Chica, que también visitamos. Da un poco de pena esta localidad: hoy está vacía; hace cien años tenía 197 habitantes.

Cárcava Chica

Volvemos a Olmedo por las Ganseras –más bodones y encharcamientos- y visitamos la antigua estación de ferrocarril, que es un almacén de todo tipo de objetos curiosos y no tan curiosos. Funcionó durante 109 años y se cerró en 1993.

Así debieron ser estas tierras –un derroche de agua y de vida a ella asociada- hasta que el acuífero de los Arenales comenzó a explotarse. Y los pueblos a vaciarse.

Lagunas, bodones, caceras… ¡de fiesta!

Como durante los últimos días no había parado de llover, nos dimos una vuelta por los alrededores de Olmedo para contemplar bodones llenos, o casi llenos. Y no nos equivocamos, parecían estar de fiesta por la abundancia de agua, a la espera de  la primavera cuando todo se vuelva verde y florido.

Bodón Juncial

Salimos por el antiguo firme del tren de Medina a Segovia. Ahí ya empezamos a ver que el agua caída bajaba por prados, sembrados y caminos en dirección este, hacia los bodones de Aguasal. A lo lejos, seguramente en lo alto, nos parece oír un bando de grullas que no llegamos a ver, pero que fue como un anuncio de las muchas aves que sí vimos. Enseguida dejamos el antiguo camino de hierro para, cruzando la loma de La Lámpara, que separa las vertientes del Adaja y Eresma, bajar al bodón Juncial que, haciendo honor a su nombre, se encontraba repleto de hierba alta y juntos, y con abundante agua superficial que no impedía cruzarlo –parcialmente- en bici.

Aspecto del bodón Blanco

Un poco más y llegamos hasta la difuminada orilla del bodón Blanco, que también poseía abundante agua aunque esta de carácter menos superficial. Salieron volando bandadas de patos y una pareja de aguiluchos laguneros. Las fochas, por su parte, se escondieron en la orilla opuesta. En la subida hacia Fuente Olmedo nos paramos a contemplar la hondonada de los bodones y, más extenso, el valle del Adaja.

Valdeperillán

Y de nuevo alcanzamos nuestro camino por el firme del ferrocarril. Tuvimos que vadear auténticas torrenteras que salían de los puentes y túneles del AVE. Los campos contiguos se encontraban encharcados y numerosos charcos y pequeñas lagunas habían renacido donde antaño seguramente hubo un bodón o lavajo. En la raya de las tierras de Olmedo y Coca nos acercamos al bodón de Valdeperillán, que se encontraba cubierto de maleza y con algo de agua. Y con abundante barro del malo, de ese que se pega a las ruedas y las bloquea. Sobre esto hay que decir que debido a los caminos de barro malo estaban cubiertos de hierba a veces hasta en las rodeas, pudimos sortear bastante bien este grave peligro.

Laguna de Valderruedas

Y nos pasamos al otro lado del AVE buscando la laguna de Valderruedas, que encontramos –al igual que el bodón anterior- cubierta de abundante hierba amarilla y con un dedo de agua. Pudimos recorrerla a lo largo sin mayores riesgos –el herbazal amortiguaba el efecto del barro en las ruedas- hasta dar con la laguna de las Eras, ésta ya repleta de agua. Antaño ambas se encontraban unidas formando una sola lámina. Al fondo, la silueta de Villagonzalo de Coca.

Laguna de las Eras

Pero Villagonzalo aún cuenta con otra laguna más, la de la Iglesia, en una profunda hondonada. A ella nos acercamos para contemplar su color azul vivo, pues cuando cruzamos por aquí el cielo lucía un azul intenso.

Laguna de la Iglesia con el pinar en el horizonte. Y, sobresaliendo, las torres de Coca (Iglesias y castillo)

Volvimos al lado este del AVE y tomamos el ferrocarril viejo hasta Ciruelos, que tuvo un pozo Bueno y otro Malo, según vimos por los nombres de algunas calles. Incluso pudimos ver el Bueno, con sus caños y manivela para subir el agua.

De Ciruelos salimos por el ferrocarril para tomar, en el puente, el lomo del Judío. Al bajar nos encontramos con la cacera del Caño, que bajaba fuerte, con abundante caudal. Las caceras son, aquí, cauces –parece que artificiales- por los que discurre el agua en medio de una cinta de hierba encharcada. Seguramente antaño el agua corría por toda esta cinta, provocando inundaciones de las tierras cercanas, razón por la que se encauzó. Esta cacera viene de Fuente, bordea el hoyo Meregil y las lagunas Albas, y alimenta los bodones de Aguasal.

Cacera del Caño

Continuamos en la entrada siguiente; aquí dejo el itinerario seguido. Si se mantiene un mínimo de lluvia de aquí al mes de abri -tampoco queda mucho- habrá más la fiesta con el colorido.

3 ríos creciditos, 3

Día gris con niebla meona, si bien el sol asomó tímidamente al final de la excursión. A la mitad del trayecto empezó a llover pero lo dejó enseguida. Pudimos comprobar en los ríos que la nieve de las montañas se está derritiendo. Viento fuerte, amortiguado por los pinares. Elevada temperatura para el mes de enero.

El primer objetivo consistió en acercarse a la confluencia del Eresma y Adaja. Entre ambos, salía un Adaja muy fuerte con corriente y anchura digna del Pisuerga. La pena es que en el cauce abundaban los árboles, arbustos y matas y no se disfrutaba de una buena vista. Pero fue  suficiente para darse uno cuenta del momentáneo poderío de este río normalmente tranquilo y austero.

Adaja y Eresma confluyendo

Nuestra idea era cruzar el Adaja por el puente de Sieteiglesias pero ¡ja! el puente aparecía sumergido en las aguas, y únicamente sobresalían unos metros del lomo central. Hay que decirlo: no nos atrevimos a cruzarlo para no estar mojados toda la excursión, si hubiera sido al final del trayecto, otro gallo hubiera cantado. Pero el río –gracias a la nieve derretida- nos venció y la verdad es la verdad. No hay más que hablar.

El puente asoma ligeramente el lomo

De manera que nos fuimos al ñuente de la carretera y de allí al Eresma, cuyo caudal ya daba la impresión de haber comenzado a menguar. Las praderas de la orilla habían sido anegadas recientemente y aparecían con sus hierbas peinadas en el sentido de la corriente; ya  levantarán.

Los pinares que atravesamos se mostraban limpios y relucientes por efecto de la nieve y la lluvia recientes. El suelo era una alfombra continua brillante y verde. No es normal verlos así. Pasado el caserío de Brazuelas, seguimos el camino de Santiago en dirección contraria hasta llegar a Alcazarén. Vimos que habían rehabilitado la mayoría de sus bodegas, al menos todas las que se encuentran junto al Ruedo. No sé si originalmente eran como las presentan ahora, pues nos daba la impresión de estar en un agradable pueblecito árabe… Desde luego, más vale así antes de que se caigan. Y en todo caso, Alcazarén -los dos castillos- es árabe. Es posible que señale la bifurcación hacia las (2) fortalezas de Simancas y Cabezón. Pero a saber.

Hacia el Colladillo

El siguiente paso no fue el de un río, sino el de un puerto: el Colladillo, que atraviesa un brazo de páramo hacia Mojados. ¡Uff, estuvimos a punto de ser derrotados por esa greda o barro que se pega a las cubiertas hasta bloquear la rueda. Pero mal que bien, pasamos al otro lado y llegamos a conectar con el cordel de Valdecoba y finalmente aterrizamos -bien sucios- en Mojados.

Llegando a Valdestillas

¡El cauce del Cega se ensanchaba y sus aguas pasaban bajo todos los arcos del puente! Pocas veces lo hemos visto así. Y con fuerte corriente. El agua también lamía los muros de la vieja fábrica de harina.

Ya sólo nos quedaba volver al punto de partida atravesando los pinares de La Minguela y del Tamarizo, que estaban limpios y –con el tímido sol que asomaba- hasta resplandecientes.  Nos paramos a contemplar un pino de tres brazos o troncos en una zona donde casi todos los piñoneros poseían dos.

Presa del Adaja

Finalmente, caímos junto a la centralita de Valdestillas: el elevado caudal caía rápido por el rebosadero y formaba una nube blanca de gotitas que se expandían por los aires llegando a refrescarnos, lo que agradecimos en un momento en que el sol ya calentaba por encima de lo habitual…

Aquí dejo el recorrido, de unos 45 km.